Los depredadores

Harold Robbins · Capítulo 83 de 100

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Los depredadores

cinco

 

J. P. estaba enojado.

—Todo en Estados Unidos es mafia: el almacén está controlado por la mafia, el embotellamiento está controlado por la mafia, la venta y la distribución están también controladas por la mafia. ¡Y se quedan con el cincuenta por ciento del total! ¿Y qué nos queda a nosotros? Pagamos el transporte, los barriles y el personal durante un mes en los manantiales para el agua. A fin de cuentas, no nos quedan más que unos céntimos por litro.

—Además, necesitamos publicidad si vamos a vender en las tiendas. Ya he hablado con algunos grandes supermercados. Quieren publicidad si van a utilizar espacio para las botellas. Los mayoristas no venderán a los restaurantes si no ganan el ciento por ciento por botella —expliqué—. Otras empresas europeas están ganando dinero en Estados Unidos: productos cosméticos, perfumes y mucha comida enlatada. Aquí podemos vender Plescassier, pero debemos invertir para que así sea.

—Mi padre no quiere invertir ese dinero. No hay más que decir. Tendrás que encontrar la forma de solucionarlo.

—Botellas de cinco litros. Eso es lo que quería tu padre y lo que vamos a tener que hacer. Pero no ganaremos dinero y ciertamente no servirá para mejorar el nombre de Plescassier.

—No depende de mí —dijo J. P.—. Haz lo que puedas —agregó antes de colgar.

Giselle me miró.

—No pareces muy contento.

Hacía casi un mes que estábamos en nuestro pequeño piso amueblado de la calle 64 Este.

—No estoy contento. Dentro de dos días llegará el agua a la terminal Bush, y no he conseguido ningún contrato con nadie para comprar Plescassier. J. P. cree que la mafia es demasiado cara, su padre no está dispuesto a invertir en publicidad y, a fin de cuentas, yo soy quien está jodido.

Giselle cruzó la sala y se sentó junto a mí en el sofá.

—Si no funciona, siempre podemos regresar a Francia.

—¿Y qué hay allí para mí? Una mierda de trabajo con poco dinero y sin futuro. Lo siento, querida, pero soy norteamericano y aquí es donde debo estar. En Francia, sigo siendo extranjero.

—Yo soy extranjera aquí. Sin embargo, me siento feliz de estar contigo.

—Y yo también me siento feliz contigo, querida. Pero soy un hombre. Quiero cuidar de ti. No sé cuánto tiempo querrá J. P. que trabaje con él cuando regrese. Luego me convertiría en un mero chulo que vive a costa tuya.

—Jerry, concédete un poco de tiempo —dijo Giselle después de cogerme la mano —. Encontraremos una salida.

La besé.

—Eres maravillosa. Siempre crees en mí.

Soltó una carcajada y se puso de pie.

—Dúchate. Yo te lavaré. Luego nos acostaremos y haremos el amor. Olvidarás todos tus problemas.

—Has olvidado la cena.

—Luego.

 

Buddy me despertó por la mañana.

—Tengo una ganga extraordinaria para ti —dijo.

—No he tenido mucha suerte con las gangas —refunfuñé.

—No seas estúpido. Esta es fenomenal.

—¿De qué se trata?

—Un Roadmaster recién salido de la cadena de montaje. Y te lo darán casi gratis.

—¿Robado?

—¡Qué importa! Se lo compramos a un comerciante de coches de ocasión. Se han ocupado de todo. Te entregan incluso documentos legales.

—Mi negocio se va al carajo y tú me hablas de gangas ilegales.

—Te costará mil pavos. Su precio normal sería de cuatro mil quinientos. Lo usas un par de meses y puedes venderlo por dos mil quinientos.

—No soy negociante de coches.

—Necesitas un vehículo. Los taxis te cuestan mucho más por mes. Además, Giselle necesita un coche. Los metros y los autobuses no son su estilo.

—De acuerdo. ¿Dónde me lo entregarán?

—Te recogeré a las doce del mediodía. Es un representante de Buick en la avenida de Saint Nicholas.

Llevé a Giselle conmigo cuando fuimos a buscar el coche, y ella miró fijamente el vehículo.

—Mon Dieu! —exclamó—. Es gigantesco.

Buddy y yo nos reímos.

—Es un coche estupendo —dije—. Este es el primer año que los fabrican con aire acondicionado.

—¿Para qué se necesita el aire acondicionado en un automóvil? —preguntó Giselle—. Basta con abrir la ventana, y entra todo el aire que uno quiera.

—Espera a ver el calor que hace en verano —respondí.

—Además —intervino Buddy—, las ventanas también son eléctricas. No es necesario darle a la manivela.

—Es demasiado grande —comentó Giselle—. Preferiría un coche más pequeño.

—Te acostumbrarás y te encantará —dijo Buddy—. Ulla tuvo la misma sensación cuando llegamos.

Buddy y yo acompañamos a Giselle a casa y luego cruzamos el puente de Brooklyn en dirección a la terminal. Por el camino le conté a Buddy el trato. Le pareció lamentable, pero no supo qué responderme. Al llegar a las oficinas de la terminal entré en el despacho de Cioffi.

—¿Todo bien? —se interesó con una sonrisa.

—No —respondí—. ¿Puede organizarme una cita con Al?

—Lo llamaré —dijo Cioffi, que levantó el teléfono—. Dijo que estaría aquí en algún momento esta tarde.

—Entonces, si no le importa, lo esperaré aquí.

Luego me dirigí a Buddy.

—Coge el coche y vete a casa. Nos veremos a la hora de la cena.

Esperé en el despacho a que apareciera Anastasia hasta casi las seis. Cuando miré por la ventana vi su Cadillac y a dos guardaespaldas que lo esperaban.

—Hola, Jerry. ¿Ha hablado ya con los franchutes?

—He hablado con ellos, Al. No están listos todavía para una operación de gran envergadura. Dicen que no disponen del dinero para financiarla.

—Tiene usted mucha agua. ¿Qué piensa hacer con ella? ¿Metérsela en el culo como un gigantesco enema?

—He hablado con los directores de algunos supermercados —respondí con una carcajada—. Dicen que podrían utilizar recipientes de quince litros y de veinticinco litros de agua pura francesa. Evidentemente, quieren que sea barata, y no les importa el nombre. Solo les interesa si no es cara.

—¿A cuánto cree que puede venderla?

—Dos dólares por quince litros y tres dólares por veinticinco.

—Esto no nos dejará mucho. El mantenimiento nos costará setenta centavos por recipiente. Bueno, esto lo cambia todo. Tendremos que ganar más del cincuenta por ciento.

—Usted manda, Al. Dígamelo usted. Pero recuerde que yo no saco nada de este negocio. El dinero va a parar a Francia.

—No me importa. A tomar por el culo los franceses. Usted quédese lo que quiera y ellos no distinguirán la diferencia.

—Ese no es el trato que tengo con ellos. Recibirán todo su dinero.