Los depredadores

Harold Robbins · Capítulo 70 de 100

Páginas del PDF

Los depredadores

dieciocho

 

Había transcurrido casi una semana cuando celebré mi última reunión con el del traje azul y el del traje gris. Tuvo lugar en un pequeño reservado del Blue Note, rodeado de cortinas. Fue diferente de cualquier otra reunión. Los franceses iban de uniforme. El del traje gris vestía uniforme de general de brigada del ejército francés y el del traje azul un uniforme de policía de la Sûreté, con su gorra característica y dos galones dorados en la charretera. Paul me acompañó a su mesa. Nunca había estado en aquella sección del club, en el lado homosexual del pasillo.

Cuando Paul me llevó a su mesa, los dos franceses permanecieron sentados. Los saludé al estilo militar antes de sentarme. Había una botella de coñac sobre la mesa, y el general nos sirvió una copa a Paul y a mí.

—Salut! —brindó.

—Salut! —respondimos.

El policía me miró.

—Estamos muy contentos de su misión —dijo—. Ha sido muy satisfactoria.

—Gracias, señor.

—¿Ha regresado todo su personal adicional a sus unidades respectivas? — preguntó el general.

—Sí, señor. Salvo uno. Estaba en mi pelotón desde antes de venir a Francia.

—¿El que había sido trasladado a Noruega? —preguntó, a su vez, el policía.

—Sí, señor.

—¿Por qué no lo ha mandado de regreso a Noruega? —quiso saber el general.

—Quería quedarse aquí —respondí, mirando a Paul en busca de apoyo—. Originalmente lo trasladaron debido a un problema que tuvo con la policía militar, a raíz de haber conducido a nuestro comandante en jefe a un club prohibido.

—¿Mandaron a su amigo a Noruega para ocultar el incidente? —preguntó el policía, que sonrió.

—Sí, señor.

—¿Organizó usted el traslado?

—No señor. Esa no era mi jurisdicción en aquella época.

—Pero ¿sabía que su comandante en jefe había organizado el traslado? — intervino el general.

—Sí, señor.

—¿Cree que su amigo es de confianza y mantendrá la boca cerrada? —preguntó el policía.

—Sí, señor.

—¿Usted qué opina? —dijo el general, dirigiéndose a Paul.

—Jerry y él han sido amigos desde mucho antes de la guerra —contestó Paul—.

No me cabe la menor duda de que ambos son de plena confianza.

En esta ocasión fue el policía quien llenó las copas.

—Salut!

—Salut! —respondimos.

Entonces, el general colocó un sobre encima de la mesa.

—Aquí tiene una bonificación, para mostrar nuestro agradecimiento por un trabajo bien hecho.

Cogí el sobre. Estaba repleto de billetes de banco.

—No era necesario, caballeros, pero muchas gracias por su generosidad.

—Y quiero comunicarle que no lo molestará ninguna autoridad —sonrió el policía—, si decide vender en la calle el resto de los Jeeps.

—Gracias, señor.

Nos pusimos todos de pie y nos estrechamos formalmente las manos, antes de que ellos se retiraran. Paul y yo volvimos a sentarnos. El sobre seguía encima de la mesa.

Lo abrí y conté los billetes. Cinco mil dólares estadounidenses, en billetes de cien dólares. Miré a Paul.

—Creo que la mitad debe ser para ti —dije.

Paul movió la cabeza.

—Ya se han ocupado de mí. Este dinero es todo tuyo.

—¡Qué locura! —exclamé, después de silbar suavemente—. Esto eleva los ingresos a más de veinticinco mil desde que empezamos.

—Permíteme que te asegure que, si tú has ganado esto, esos dos han ganado mucho más. No les debes nada. Estás a salvo, no olvidarán tu ayuda.

—No sé cómo ocultar esto a las autoridades estadounidenses.

—¿Por qué no haces lo mismo que Buddy?

—Pero él está casado. Lo ha ocultado entregándoselo a su esposa.

—Giselle podría ocultarlo por ti.

—Pero no estamos casados.

—Giselle te quiere y no le importa el dinero. Lo esconderá y te protegerá —dijo Paul, que sonrió.

Pensé en Kitty y en cómo me había protegido.

—Me ofrecería a guardártelo, pero no estaría seguro. Soy corso, y ciertas personas del Gobierno francés conocen mi proximidad al movimiento separatista. Si surge algún problema, me eliminarán y lo perderé todo.

—Dios mío —exclamé compasivamente—. No lo comprendo.

—Así funciona el mundo —asintió Paul—. Los irlandeses luchan contra los británicos. Los judíos contra los árabes. Siempre habrá gente que lucha por su propio país. Siempre creen que así serán libres. Incluso vuestra propia guerra civil lo demuestra.

—Estupendo —respondí con sarcasmo—. Gracias por la lección de historia, pero esto no tiene nada que ver con mi dinero. Sigo sin saber dónde ocultarlo. diecinueve

—Tienes la opción de ser honrado —contestó Paul entre risas—. Diles que lo ganaste en el juego. Entonces pagarás tus impuestos y no tendrás problemas. Naturalmente, te quedará poco, pero habrás sido honrado.

—Mierda. Me estás tomando el pelo.

—Por supuesto —respondió Paul—. Si no puedes confiar en Giselle, no hay nadie en el mundo en quien puedas hacerlo —agregó, levantándose de la mesa—. Si quieres mi opinión, habla con Giselle esta noche.

Lo miré fijamente cuando cruzaba el club en dirección a los bastidores. Aquel tipo tenía razón. No podía hacer otra cosa. No quería quedarme sin blanca, como cuando tío Harry y Kitty me la jugaron. Giselle era la única persona en quien podía confiar.