Los depredadores
diecinueve
Estábamos a finales de abril, el 30 de abril, para ser exactos. Eran las once de la noche y estaba en la mesa de Paul, en el Blue Note, a la espera de que Giselle finalizara su espectáculo para regresar a casa. Tenía una cerveza en las manos cuando oí una voz a mi espalda.
—Sargento Cooper.
Reconocí la voz, me puse de pie y saludé.
—Coronel.
—Descanse, sargento —dijo antes de sentarse.
—Sí, señor —respondí, antes también de sentarme—. ¿Puedo invitarlo a una copa, señor?
—Gracias, Cooper. ¿Cree que aquí tienen whisky canadiense de centeno?
—Puedo preguntarlo —respondí.
Me dispuse a llamar a una camarera, pero Paul se anticipó. Apareció entre bastidores antes de que la camarera pudiera acercarse a la mesa.
—Coronel —dijo, y sonrió—. Encantado de verlo de nuevo.
Paul era magnífico. No había visto al coronel desde que Buddy lo había llevado al club, hacía ya meses.
—El coronel quiere saber si hay whisky canadiense de centeno —dije.
—No, señor —se disculpó Paul—. Pero tenemos bourbon norteamericano.
—De acuerdo —respondió el coronel—. Gracias. Y también un poco de ginger ale.
—Inmediatamente, señor —dijo Paul.
—Debo hablar en privado con el brigada —agregó el coronel.
—Mi despacho está a su disposición, coronel —le indicó Paul—. Allí nadie lo molestará.
A los cinco minutos estábamos sentados en el despacho de Paul, que nunca había visitado. Era pequeño, pero elegantemente amueblado. El escritorio era antiguo, en parte cubierto de cuero, con una silla del mismo estilo. Frente al escritorio había un sofá doble tapizado también en cuero. De las paredes colgaban algunas ilustraciones teatrales francesas y cuadros de payasos.
El coronel tomó posesión del escritorio y de su butaca. Paul había dejado sobre la mesa una botella de bourbon, un vaso, hielo y ginger ale. El coronel se preparó un combinado y se inclinó sobre el escritorio.
—Casi ha terminado la guerra —dijo, como si yo nunca hubiera oído nada al respecto.
—Sí, señor —respondí.
—He recibido órdenes de cerrar por completo esta operación —comentó, mientras se preparaba otra copa.
Guardé silencio.
—Sé que todavía tiene unos once Jeeps que pueden reconstruirse, así como unos cuantos para piezas de repuesto. ¿Se le ocurre cómo podemos utilizarlos?
—No he pensado en ello, señor.
Mentí porque no estaba dispuesto a contarle que ya había recibido permiso de los corsos para venderlos en el mercado negro.
—Yo tampoco —dijo, y se sirvió otra copa—. Me han destinado de nuevo a Detroit para organizar el cuartel general de licenciamiento de nuestra unidad, a fin de sacar a todo el mundo con la misma rapidez que los trajimos.
—Sí, señor.
—Puedo llevarlo conmigo a Estados Unidos, brigada. Estoy autorizado a elegir cierta ayuda. Me ha parecido que podría interesarle, porque ha hecho un buen trabajo para mí, y deseo mostrarle mi agradecimiento.
Lo miré. Se le habían subido ya los colores a las mejillas y poco le faltaba para estar completamente borracho. Yo no era estúpido. Sabía que la única razón por la que quería llevarme a Estados Unidos era la de asegurarse de que no hablara de la operación cuando él se hubiera marchado. Además, no confiaba en él. Bebía demasiado y no podía tener la seguridad de que me llevara a Estados Unidos.
—Agradezco su consideración, señor. Sin embargo, mi propósito es el de permanecer en Francia después de la guerra.
—¿Tiene una chica?
—Sí, señor. Coronel, Buddy sabe tanto como yo sobre nuestra unidad, y sé que quiere regresar a Estados Unidos cuanto antes, especialmente con usted, señor. Usted le inspira un gran respeto.
El coronel reflexionó unos instantes y se sirvió otra copa.
—¿Y usted qué piensa hacer?
—Si firma usted los papeles de mi licenciamiento, con la fecha en que termine oficialmente la guerra, ya me las arreglaré. Estoy seguro de que aquí podré encontrar algún trabajo.
Me aguanté la respiración mientras el coronel reflexionaba.
Vertió otro trago de bourbon en su vaso y lo contempló.
—De acuerdo, brigada. Mande al soldado a mi despacho. Sé que es lo suficientemente listo como para realizar el trabajo. Firmaré sus papeles de licenciamiento y podrá mandarlos al cuartel general cuando le parezca oportuno. Y declararé el resto de los Jeeps inservibles. Asegúrese de obtener algún dinero por ellos.
—Gracias, señor —respondí, después de levantarme y de saludar.
Se levantó, se irguió e intentó saludar, pero no acabó de lograrlo. Empezó a desplomarse sobre el escritorio, empujando la botella de bourbon y su vaso vacío al suelo.
Paul parecía tener un sexto sentido. A los pocos momentos apareció en el despacho y miró al coronel.
—No aguanta la bebida —dijo.
Los franceses son graciosos incluso cuando no se lo proponen.
—Menuda estupidez —exclamé—. Llama al portero para que me ayude a enderezarlo. Iré en busca de Buddy y lo llevaremos a su apartamento.
—¿Qué quería contarte?
Sonreí.
—Creo que me tendrás aquí algún tiempo. Recibiré mis papeles de licenciamiento. Y, por cierto, diles al del traje azul y al del traje gris que Buddy se marchará con el coronel.