Luz de otoño

Joseph Maga · Capítulo 1 de 27

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Luz de otoño

Ucrania 12 de abril de 1920

Joseph Maga

 

Luz de otoño

 

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Titivillus 30.04.2023

Joseph Maga, 2014

Editor digital: Titivillus

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Ucrania

 

12 de abril de 1920

 

Las primeras unidades de la caballería polaca pronto se dejaron ver por la calle principal que articulaba el pequeño pueblo ucraniano de Dubyna. Sus habitantes observaban con indiferencia la lenta procesión que serpenteaba por las calles; estaban más que acostumbrados a que soldados de toda ralea y condición surcaran sus callejones. En esta ocasión, solo parecía cambiar el color de sus uniformes.

Apoyado en una viga de madera, Yuriy Majaluk contemplaba desde la herrería de su amigo Yevhen el paso de los jinetes. Un instante que más tarde recordaría con inmensa tristeza y amargura. Ambos amigos mostraban la preocupación que otorga la experiencia de haber vivido anteriores saqueos, violaciones y peleas con las que saludan los soldados extranjeros a los pueblos por los que transitan antes de la batalla. Eran aliados, decían algunos. Yuriy se apenó por ellos; por el profundo desengaño que sufriría su visión romántica de la guerra, por los gritos que aullarían a sus madres al verse rodeados de explosiones. Pero eso es algo que tendrían que descubrir por sí mismos; al principio es difícil de creer.

Los recuerdos de la Gran Guerra permanecían demasiado vivos en su memoria. Cuatro años terribles en los que los dramas personales se fundieron con la tragedia de todo un pueblo. Los peores momentos asomaron al inicio de la contienda. Cientos de jóvenes entusiastas, incluido Yuriy, partieron a la llamada del zar a defender su imperio, y para el primer año, ya habían caído muertos o heridos casi todos los que habían partido de la comarca. También su mejor amigo, el hijo de Yevhen. Los pocos que siguieron enrolados se limitaron a mantenerse con vida. Lo que restaba de imperio ya no les pertenecía.

La desolación se había instalado en las granjas ucranianas. Tras cuatro años de Guerra Mundial y dos de guerra civil, no quedaba sino rezar para poder cuidar de tus campos un día más. Con la resignación como bandera, a ningún granjero le importaba ya la política, solo deseaban seguir con su vida, llorar a sus muertos y que la pertinaz sequía pasara pronto. No reconocían más patria que el horizonte que abarcaban sus cansados ojos.

Miró a Yevhen con gravedad.

Yuriy no era un hombre instruido, pero sí capaz. Disponía de esa inteligencia propia de los hombres de campo, que poseen el instinto de saber lo que va a ocurrir porque siempre ha sido así. El conocimiento de la naturaleza humana, de la consecuencia de nuestros actos. No era necesario ser licenciado para adivinar que un ejército extranjero que avanza, tarde o temprano retrocede, y el desenlace de una y otra acción siempre permanece en el mismo lugar: Ucrania. No estaba dispuesto a sacrificar la vida por nada que no fuera su mujer y su hijo. Ya había entregado su juventud y su alma a un imperio que ahora no existía, y desde luego, no lo haría de nuevo junto a los polacos.

Decidió esperar acontecimientos; si la cosa se ponía muy seria, tenía parientes en Alemania que estaban en deuda con él. Llegados a este punto, no le importaba irse de esa tierra maldita. En más de una ocasión lo había pensado. Esperaba el momento oportuno. Quizás estuviera viéndolo desfilar en ese mismo momento ante sus ojos.

Hacía pocos meses que la zona más occidental de Ucrania se había declarado independiente, proclamándose República Nacional de Ucrania Occidental, y ahora se encontraba enfrentada a todos los vecinos de su estrenada frontera. La parte más oriental se había decantado por los bolcheviques, en plena guerra civil contra el Ejército Blanco. Los ucranianos, agitados por sus advenedizos políticos, se encontraban enfrentados entre ellos apoyando a los distintos bandos que ocupaban su territorio. Una errónea elección costaba la vida, ya fuera en el campo de batalla o en la retaguardia. Ucrania acostumbraba a ser el terreno de juego elegido para que las potencias vecinas mostraran su ambición: quien ganaba se la quedaba. Dubyna se ubicaba en una encrucijada, cuya frontera se diluía entre las dos repúblicas ucranianas, ocupadas actualmente por los polacos. Toda una provocación geográfica para sus desgraciados habitantes.

Yuriy miró apenado cómo unos niños del pueblo, ajenos al drama que acompaña a todo soldado, jugaban entre los caballos imitando su andar mientras chapoteaban en el barro. Algunos se ponían firmes y otros saludaban. Hacía tiempo que no se veía tanta caballería. Los asombrados críos admiraban el espectáculo sometiéndose al efecto embriagador que ejerce sobre los más pequeños un orgulloso ejército en formación.

El rostro de los polacos mostraba el cansancio de la larga marcha, pero un brillo especial en sus ojos delataba la excitación que acompaña a los ejércitos victoriosos que avanzan hacia su destino. El aire marcial y altivo de sus oficiales revelaba que todavía muchos de ellos apenas habían entrado en combate.

Yuriy había eludido el reclutamiento gracias a una herida en su pierna derecha recibida en la Gran Guerra, cuando todavía era capaz de entregarse a alguna causa patria y dar su vida por valores que ahora le eran muy ajenos. Una oportuna esquirla le destrozó la rodilla y facilitó su regreso. Con el tiempo había recuperado la movilidad, aunque aún cojeaba ligeramente, sobre todo en los duros días del raspútitsa, cuando el barro anega los caminos hasta hacerlos desaparecer y avanzar por ellos se convierte en una penitencia.

Observando a aquellos altivos jinetes, su mente se dispersó por unos momentos y le devolvió a las noches estrelladas desde el fondo de las trincheras junto a camaradas que no tardaría en perder. Más uniformes, más gloria, más muerte.

La experiencia en la Gran Guerra le había demostrado que los soldados no eran más que números anotados en la libreta de un general: tantos números tiene un regimiento, tantos porcentajes de bajas en el ataque, tantos sobran para la siguiente ofensiva. Se preguntaba si los propios soldados eran conscientes del papel que desempeñaban en aquella locura. Él, desde luego, sí. Se había alistado convencido de que su país era agredido y debía defender su honor. Más tarde, tras las primeras carnicerías, se preguntó: ¿qué convicción?, ¿qué fuerza oculta animaba a los soldados a obedecer a sus mandos y salir a campo abierto donde, con las estadísticas que ellos manejaban, moriría uno de cada dos reclutas sin tener la más mínima oportunidad? La guerra le había cambiado. La guerra lo cambia todo. El barómetro que calibra las desgracias anunciaba la tensa calma que precede a la tormenta. Los bolcheviques estaban demasiado ocupados en su guerra civil y ahora se encontraban provisionalmente distantes; sin embargo, era cuestión de tiempo que, apagado su fuego interno, focalizaran sus esfuerzos en la amenaza que los visitaba por el oeste.

Yevhen se había retirado a continuar su labor. Demasiados recuerdos sin cicatrizar. Yuriy permanecía absorto mirando con tristeza el avance de las columnas a caballo; vítores de algunos ilusos engañados por la propaganda surgían de entre los relinchos de los equinos. La reciente declaración de autonomía alimentaba la ambición de los que un día fueron kuláks, sin darse cuenta de que, si se alargaba esta nueva confrontación, no quedarían herederos que continuaran la labor.

Con los polacos, desfilaba una sección de voluntarios ucranianos, bastante peor equipados, que simulaban ser ordenanzas de los oficiales a los que servían de intérpretes. Parecían felices y desfilaban orgullosos mostrando su convicción a los habitantes, quienes los contemplaban en un intento de justificación redentora, saludando a las pocas mujeres que, más ocupadas en vigilar a sus niños que en devolver sonrisas, descansaban en los soportales.

Yuriy estaba a punto de retirarse junto a su amigo cuando se percató de la dura mirada que un jinete polaco fijaba sobre él. Gritó en su dirección. Debía de ser un oficial o algo así que cabalgaba paralelo a la marcha. No reconocía sus galones; tampoco le entendía. Era joven, recién salido de alguna academia. De los que se creen que el mundo los aguarda para poner orden en él. «De los peligrosos», pensó Yuriy. Vestía un uniforme impecable en el que brillaban los correajes y las piezas de metal de su guerrera. Parecía dirigirse a él. Asombrado de que no se le hiciera caso de inmediato, gritó de nuevo en dirección contraria hasta que otro soldado surgió de entre las filas. Era un ucraniano que le hacía de intérprete, quien, por su acento, debía de ser originario del Oeste, de la Galitzia. El soldado era muy joven y parecía encantado de poder servir a su oficial extranjero.

Tras una breve proclama por parte del oficial a caballo, el soldado enfureció el rostro y le preguntó en un tono autoritario por su unidad y por qué no estaba uniformado. Yuriy resistió la mirada del cretino del soldado, primero con asombro y luego con estupor. Había oído rumores de desertores y de cómo eran tratados. Él, desde luego, no lo era, pero su vida de repente pasaba por demostrárselo a un estúpido oficial polaco, cuya soberbia le exigía dar algún escarmiento público con el que justificar su bastón de mando.

Todo estaba sucediendo demasiado rápido.

Un escalofrío le atravesó su columna vertebral. Su pierna sana comenzó a temblar levemente. El olor del miedo le atenazaba.

Yevhen había salido al oír la discusión e intentó situarse entre Yuriy y el ucraniano.

La serpiente equina seguía avanzando indiferente a lo que ocurría a su alrededor. El ruido de los cascos se magnificó en el cerebro de Yuriy. No podía oír otra cosa. Trataba de pensar rápido una respuesta y se acercó al intérprete cojeando afectado. Intentando medir bien sus palabras, le explicó lo de su herida en la Gran Guerra. No podía combatir, sus heridas de la anterior guerra le hacían inútil para la siguiente.

—Tengo certificados médicos firmados por oficiales del zar que aseguran mi incapacidad —fueron sus trémulas palabras.

El intérprete tradujo la respuesta. La cara compungida del altivo polaco y las voces que acompañaban sus gestos hicieron temer a Yuriy que su respuesta no figuraba en el manual del buen soldado invasor.

La luz roja se mantenía encendida en el cerebro de Yuriy lanzando destellos al resto de sus miembros, que comenzaron a temblar siguiendo el compás de su pierna. La cara desencajada de Yevhen presagiaba lo peor.

Durante unos segundos no pasó nada; Yuriy miraba aterrado al intérprete, exigiendo una traducción de lo gritado por el oficial. El soldado bajó la vista incómodo y dirigió la mirada hacia la fila de caballos, de donde rápidamente surgieron dos soldados desmontados, que, subiéndose a la tarima de la herrería, le cogieron por los brazos. Su amigo fue empujado al suelo mientras intentaba impedirlo. Yuriy forcejeó insultando a todos los presentes intentando acercarse a su amigo, que yacía inmóvil a los pies de su herrería.

—¿Qué ocurre? ¿No le has traducido lo que te he dicho? Maldito estúpido. ¡No puedo luchar! —gritó Yuriy desesperado, intentando zafarse de los brazos que le sujetaban—. Díselo otra vez. ¡No te ha entendido! —suplicaba Yuriy—. ¡¡¡No puedo luchar!!!

Los gritos despertaron el interés de otros polacos y el desfile se ralentizó. Al percibir lo que estaba ocurriendo, las madres comenzaron a llamar y perseguir a sus hijos, y las calles se fueron despoblando de curiosos. En unos minutos, solo Yuriy y los jinetes desfilando turbaban el silencio que se instaló en la calle principal.

—Pero… ¿qué hacen? ¡No soy un desertor! —gritaba al intérprete, que en aquellos momentos se escabullía hacia la parte de atrás, sin querer atender las súplicas que desde la calle lanzaba la poca gente que, aún atemorizada, se atrevió a contradecir al oficial polaco.

—¡Es un error! —gritaban a la vez Yevhen y Yuriy, quien ya estaba siendo arrastrado hacia las filas de atrás—. ¡Exijo ver a un oficial ucraniano! ¿Dónde está nuestro ejército? —suplicó.

Desde el porche de su herrería, Yevhen se encaramó a un taburete para descubrir con horror que el desfile lo cerraban varias decenas de civiles que seguían a la fuerza al ejército polaco. Algunos iban esposados; otros mostraban visibles marcas de golpes. Incluso había algunos subidos a un carro. Era gente demasiado mayor para luchar, y aun así los habían arrancado a la fuerza de su hogar.

«Ahí está», se dijo al ver a Yuriy.

Su cojera y su nerviosismo le impedían coordinar los pasos y caminaba a trompicones. Se maldecía por haber creído que los polacos serían distintos. Por no haber sospechado que todos los ejércitos se nutren de canallas pendencieros que consideran la vida en territorio ajeno un valor prescindible. Al pasar por delante de Yevhen, este le hizo un esperanzado gesto tranquilizador.

—No te preocupes, Yuriy, saldrás de esta. Avisaré a tu mujer —alcanzó a leer en sus labios.