Luz de otoño
XVIII 13 de diciembre de 2008
XVIII
13 de diciembre de 2008
Desde nuestra velada en el apartamento no había tenido noticias de Sophie. Ni un escueto mensaje que me indicara que seguía allí. Yo, por mi parte, tampoco había intentado contactar; quise dejar que transcurriera un tiempo prudencial. Quizás habíamos expuesto demasiado nuestros sentimientos y debíamos darnos un tiempo para valorar los daños recibidos e infligidos; hacer un recuento de bajas hormonales y determinar si estábamos en condiciones de afrontar una nueva escaramuza.
Desde luego, sabía que todo eso no eran más que pajas mentales, propias de un tío que cree que acaba de descubrir la pólvora. Lo más probable es que Sophie estuviera tranquilamente con sus quehaceres diarios y hubiera olvidado nuestro encuentro en cuanto salió a la carretera, pero qué le iba hacer. Me sentía más a gusto creyéndome a mí que a ella.
Por primera vez en mucho tiempo, me encontraba bien conmigo mismo. Mi vida había dejado de transcurrir como el día de la marmota, aderezada tan solo por sucesos predecibles y dignos de olvidar. Ahora, me levantaba cada día sin saber cómo iba a terminar y sin nada que perder. Ya era hora de aprender a tocar el piano.
Me acerqué a desayunar a la panadería. La oronda camarera ya me miraba con otros ojos, con más deferencia. Me atendió con rapidez e incluso se molestó en intentar comprender mi comanda.
De regreso en el apartamento y todavía con el aroma del café recién hecho mareándome los sentidos, me senté frente al portátil y eché un vistazo a las portadas de los periódicos, primero los deportivos y luego los de interés general. Llevaba unos días totalmente desconectado del mundo exterior. Quizás por eso me encontraba tan bien.
En lo deportivo, diciembre siempre era un mes insulso. Lo más interesante era un partido de fútbol que esa noche jugaban en España el Barcelona y el Real Madrid, que debutaba con su nuevo entrenador. No creía que en la televisión suiza lo retransmitieran. De repente, no sé cómo, se coló una página de horóscopos en la pantalla e hice algo que jamás había hecho antes: lo leí.
Domingo, 13 de diciembre de 2008.
PISCIS: Hoy algo importante sucede en tu vida. Tomarás decisiones
importantes. En el ámbito de las relaciones, algunas parejas pasarán
por una crisis y otras se afianzarán. Y en relación a la economía,
dará un giro muy interesante que cambiará muchos aspectos. Día de
aprendizaje, ¡anímate a cambiar! Mira a tu alrededor y descubre
toda la gente que te quiere, aprovecha esa sensación de alegría y
satisfacción. Sugerencia: los años pasan, disfrútalos.
Tardé unos segundos en cerrar la página. Una irónica sonrisa cruzaba mis labios. Nunca leía los horóscopos, y menos los creía, pero… ¡¡qué diablos!! Si dicen cosas buenas, ¿por qué no saborearlo?
Tras la dosis de optimismo, cerré la agorera página y me centré en los diarios de información general. Comencé por Le Temps. La primera plana saltó a mi encuentro con letras apocalípticas que hablaban de una gran estafa: cerca de cinco mil millones de euros eran las pérdidas de la banca ginebrina por culpa de un tal Madoff. Leí con atención el artículo hasta descubrir que el fenómeno había estafado más de cincuenta mil millones de dólares a las grandes fortunas de todo el mundo. Accedí a periódicos de varios países, americanos, franceses, británicos, españoles y todos llevaban en portada digital la nueva hecatombe financiera que sacudía los cimientos del establishment. No pude reprimir una sonrisa socarrona al observar cómo los ricachones de medio pelo habían sido timados por lo que parecía ser un sinvergüenza encantador. Por lo menos, no habían pillado a los modestos ahorradores…, ¿o sí?
Desde luego, no a mí. Lo que tenemos los pobres es una increíble falta de sensibilidad ante los dramas de los ricos. Conecté la radio y me metí en la ducha.
Salí del apartamento y pasé por la oficina de correos a recoger el paquete que, según el aviso por debajo de la puerta, me había llegado, lo guardé en la mochila y me dirigí al bar de Pierre para leer en papel la noticia de la gran estafa.
Eran las once de la mañana. Cuando entré en el bar, lo vi detrás de la barra hablando con su inmenso jefe. Me saludaron con un «buenos días» cada uno en su idioma y siguieron a lo suyo. No parecía que discutieran, pero tampoco daba la impresión de ser una charla amena. Como en ese momento el único cliente era yo, tuvieron a bien dejarme esperando hasta terminar su conversación. Mientras, agarré el codiciado periódico y me dispuse a hojearlo… comenzando por los deportes, por supuesto. Luego pasé a la sección de economía: de nuevo, titulares catastrofistas trataban de evaluar el daño del tal Madoff a la economía suiza en general y a la ginebrina en particular. Recordé que desde que llegué a Suiza, todas las semanas jugaba al Euromillón. ¿Qué mejor sitio para que te toque que Suiza?
Antes de pasar a las noticias de sociedad, mi siguiente objetivo periodístico, Pierre se acercó a la barra y me saludó de nuevo. Su jefe había entrado en la cocina. No parecía preocupado. Así era Pierre: se ponía el mundo por montera sin mover una pestaña. Más tarde, cuando viajábamos en el coche, confesó que aprovecharía la incorporación de Sophie para irse del bar; probablemente a finales de enero, cuando finalizaba el contrato del apartamento. Planeaba irse a Australia el tío valiente. Su jefe no se lo había tomado muy bien, pero entendía que la vida era así, y que contratar a jóvenes extranjeros siempre significaba un riesgo a punto de materializarse.
Se tomó un café con leche y me dijo que en realidad no le tocaba trabajar. Venía a recoger unas cosas y luego se marchaba a Sion.
Una idea se abrió paso entre mi impávida corteza cerebral.
—No tengo nada que hacer, ¿quieres que te acerque? —dije de repente.
Se quedó dubitativo. Mientras él hacía sus cálculos, yo hacía los míos, meditando la conveniencia de llamar a Sophie. Y ahí estábamos los dos con nuestros análisis existenciales, cuando de repente sentí que el frío escalaba por mis pies. Se había abierto la puerta y un simpático abuelo con un inconfundible sombrero gris marengo y bufanda roja bermellón entraba en el bar.
—Ya estamos todos —afirmó Pierre.
La entrada de Joseph en escena proporcionó nuevas variables a la ecuación.
—Y yo que no quería trabajar hoy… —exclamó Pierre.
—Buenos días, amigos.
Tras los saludos iniciales, Joseph confesó que venía a leer el periódico. Se acababa de enterar del timo de Madoff y venía a instruirse. Enseguida, como no podía ser de otra forma, la conversación giró en torno a la economía mundial y, como si a cada uno de nosotros le hubiera tocado un papel en esta comedia, desgranamos nuestra opinión con el entusiasmo del ignorante. Pierre cogió el ariete contra todos los banqueros, al modo antisistema. Según hablaba, mi imaginación ya le iba poniendo pasamontañas y colocándole entre las manos un inmenso tirachinas frente a una sucursal bancaria.
—¡Si es que son todos unos hijos de puta! —decía—. Es un círculo vicioso en el que la política se nutre del dinero de la banca, y la banca, de las leyes de la política. Y nosotros en medio, como paniaguados.
Joseph, con bastante más mundo, asentía con la cabeza y le respondió:
—Siempre ha sido así, amigo Pierre. Un banco es una empresa y hará lo que sea por su negocio, no por ti. Por muy bien que te traten, jamás serás un amigo: serás un cliente, y dejarás de interesarles cuando no tengas fondos. Y para entonces llegará otro cliente creyendo que le tratan como a un amigo. Parece mentira que vivas en Suiza y no te hayas enterado de la filosofía bancaria.
Yo permanecía callado asintiendo con la cabeza las disertaciones de mis amigos. Cuando calló Joseph, me sentí obligado a dar una opinión que no tenía.
—La culpa es de los bancos —sentencié. Me quedé tan a gusto.
—¡Y de los políticos no digamos! —continuó Pierre, con fuego en sus ojos—. ¡Cómo miraban hacia otro lado cuando el valor de las casas subía un diez por ciento todos los años, sin que nadie levantara la alfombra! En mi país — continuó encendido—, antes de entrar en el euro, existían cientos de millones en dinero negro; pues bien, en mi opinión, la crisis actual es consecuencia del dinero negro que se blanqueó en la compra de inmuebles.
Estaba lanzado. Imparable. Insensible a los gestos que Joseph y yo nos hacíamos.
—Los políticos no son los únicos culpables —objetó Joseph—. La política no es más que el reflejo de la sociedad. La culpa es del paradigma social de cada país. Una sociedad altanera, corrupta o anestesiada produce políticos canallas y aprovechados; no al revés. Los políticos incompetentes nacen de las sociedades enfermas.
Yo los miraba sin atreverme a revocar su discurso. Ante semejante adagio, poco podía aportar. Además de ser una explicación más, a esas alturas me preocupaba poco: vivía de alquiler y no tenía esperanza de comprarme una casa jamás; probablemente no era el cliente más popular de mi banco. En realidad, la gente común no podía escaparse de pertenecer a la cuenta de resultados de un banco; se podría filosofar sobre ello días enteros. No merecía la pena.
—Bueno, Joseph ¿y qué haces por aquí hoy? Pensaba que te marchabas a Neuchâtel —preguntó Pierre reorientando la aburrida conversación bancaria.
—Pues sí, la verdad es que debía ir hoy, pero olvidé sacar el billete de tren. Estoy perdiendo facultades. Una pena. Un exalumno mío recibía el premio por un trabajo de investigación que yo tutelé.
—Nunca he estado en Neuchâtel —dijo Pierre para acabar de redondear la idea que de inmediato merodeó, pues el que seguro no tenía nada que hacer era yo. Además, no me venía mal rodearme el máximo tiempo posible de gente conocida con semejante paquete a la espalda.
—Pues aquí tienes tu oportunidad: Joseph y yo nos vamos ahora a Neuchâtel —dije sin pensar buscando con la mirada la complicidad del anciano.
De inmediato, Joseph comenzó a protestar y excusarse: que si no hacía falta, que yo probablemente tuviera mejor plan, que si estaba muy lejos, que me iba a aburrir, que en realidad no le apetecía mucho… y todas esas cosas que se dicen por educación y savoir-faire.
—No se hable más —dije cortando la riada de excusas que el pobre Joseph trataba de interponer—. No tengo hoy nada mejor que hacer, así que nos vamos ahora mismo. Llegaremos justo después de comer. Asistes al evento y luego… Mmm, ¿luego te pensabas quedar a dormir allí?
—¿Ves como no es buena idea, Álex? —respondió Joseph, ofreciéndome una digna retirada.
«Pero… ¡qué diablos!», me dije. Volverme atrás resultaba patético; decidí jugar duro. Además, aquella zona de Suiza la había ido dejando para el final y temía marcharme sin visitarla. ¿Qué mejor manera que hacerlo acompañado por alguien que ha vivido allí?
—Pierre, que no se diga que un tío como tú no es capaz de improvisar un plan en un minuto —dije para picarle—. Nos buscamos un hotelito en Neuchâtel y pasamos un par de días de puta madre. A la vuelta, paramos en Gruyère y nos atizamos una fondue de queso. Y no me vengas con que no es un planazo. Te invito, si quieres.
La estudiada mención a la invitación traspasó la coraza. Tampoco él era de los que se echan atrás.
—De acuerdo, pero a mí no me invita nadie. Venga, adelante —exclamó Pierre.
El marsupial de su jefe hizo un gesto de hastío cuando vio a Pierre salir de la barra: tenía pinta de querer trabajar entre poco y nada. Ya en el coche, nuestro amigo belga nos confesaría que había fallado su compañera, a la que Sophie iba a sustituir, y su jefe le había insinuado la posibilidad de que él se quedara hoy a atender el bar. La negativa de Pierre había trastabillado su humor.
Sin tiempo de ir a Sion, invité a Pierre a mi apartamento para escoger algo de ropa para el día siguiente, pues teníamos una talla parecida. Dejamos que Joseph hiciera su maleta y quedamos en el parking en quince minutos.
Mientras Pierre preparaba una pequeña bolsa de viaje, repasé la ruta: calculé unas tres horas de camino más otra para comer. Eran las doce, así que llegaríamos a las cuatro de la tarde. El móvil de Joseph tenía conexión a Internet; a través de algún buscador de hoteles encontraríamos hospedaje.
Por allí bajaba Joseph con una preciosa trolley de cuero negro.
Justo antes de arrancar el coche, cruzamos nuestras miradas: en nuestros rostros se reflejaba sorpresa, algo de incredulidad y mucho de emoción. Yo estaba eufórico. Una vez más, un día que se presentaba inane había mudado en aventura. A Joseph le brillaban los ojos; seguramente hacía mucho tiempo no se embarcaba en una tontería así. Pierre era el que se mostraba más sereno: todavía no había asimilado que estaba en un coche camino a Neuchâtel con dos tipos, quién sabe si psicópatas, y lo estaba procesando.
Nos pusimos en marcha. De inmediato sobrepasamos Sion y, para mi sorpresa, no fue hasta casi llegar a Montreux donde reparé, con cierta satisfacción, que al pasar por delante del pueblo no había pensado en Sophie. Me tiré unos kilómetros preguntándome si eso era bueno o malo.
Poco a poco, Pierre se fue encontrando más cómodo y comenzó a sacar todo su arsenal de ironía belga. Parecía conocer cada pueblo que dejábamos atrás por el bar que solía frecuentar. Solo merecían la pena los sucedáneos de pub ingleses que, para rematar el despropósito, se llamaban Churchill. Me sonaba haber estado en alguno. Para mi alivio, Joseph resultó ser el objetivo elegido y a él dedicó sus mejores comentarios. Joseph, conocedor de sus intenciones, se las devolvía sin despeinarse.
—Vamos a ver, Joseph… ¿Qué diablos busca un tipo como tú en un pueblo perdido de Suiza, pudriéndote de aburrimiento, en lugar de estar en el Caribe o en Indonesia fundiéndote los millones que habrás ganado? Yo, a tus años, con todo hecho en la vida, estaría descuartizado a golpe de masaje en alguna isla de Tailandia, con esas hermosas manos pequeñitas rozando la baja espalda. Mmm… ¿Te imaginas, Álex? ¿Todo el día así? Yo sí me lo imagino.
—Sí —respondimos casi al unísono ambos sufridores.
—Ya, ya, ahora disimulad y dejadme a mí la fama de pervertido —respondió burlón—. Sé que pensáis lo mismo. La diferencia es que yo no me lo callo. Además, no es broma: en cuanto haga algo de dinero, me voy a Tailandia. Quiero disfrutar del cataclismo en una playa con un daiquiri en una mano, un cigarrito de la risa en la otra y el estómago bien surtido de champiñones psicotrópicos. Va a ser grandioso.
—¿No creerás en las teorías del fin del mundo? No sabía que te interesaran esas cosas —mentí. Quería que sostuviese en alto el pendón del esperpento. Nos mantendría entretenidos.
—Pues sí, sí que creo. Es más, lo espero con ganas.
—Explícate —atacó Joseph, a pesar de que parecía no escuchar.
—Vale, queréis reíros de mí. Pues os voy a dar ese placer. Siento una extraña satisfacción cuando cuento mis teorías y la gente se ríe de mí; me siento como Casandra, aquella pirada de Troya condenada a conocer el futuro y que nadie la creyera. Cuando llegue el momento, me acordaré de vosotros. Bien, ahí voy: es imposible que salgamos de esta. ¿Nunca habéis sospechado de la humanidad tal y como hoy la conocemos?
Joseph y yo nos mantuvimos en silencio, como invitación a que continuara.
—Algo falla en mis cuentas… Hace poco encontraron una antepasada simia de hace dos millones de años. Es decir —se incorporó un poco de su asiento para reafirmar su confidencia—, que desde hace dos millones de años (que a uno se le llena la boca al decirlo) hasta hace unos diez mil, la humanidad se bajó del árbol y poco más. Y, de repente, en tan solo cinco mil años, nos ponemos a construir pirámides, y en otros cinco mil somos capaces de destruir el planeta apretando un botón rojo. En dos millones de años solo aprendemos a tocar la zambomba y, en solo diez mil, llegamos a la Luna. ¿No os chirría algo? Llamadme rarito, pero a mí me mosquea. —Se recostó de nuevo en el asiento trasero con los brazos detrás de la nuca, dejando que maceráramos su propuesta.
—Seguramente alguien más habrá pensado en ello y habrá una explicación — dije, intentando no perder de vista las señales de tráfico. Era la primera vez que circulaba por esa carretera e íbamos contrarreloj.
—Sí, si explicaciones las habrá. Yo te estoy dando una —contestó resuelto.
—¿Y cuál es tu explicación? —inquirió Joseph.
—El supuesto meteorito que exterminó a los dinosaurios data de sesenta y cinco millones de años atrás, ¿no? —continuó Pierre—. O sea, desde el año menos sesenta y cinco millones hasta el año menos tres millones se supone que no hubo nada parecido a un mamífero con dos dedos de frente.
—Los efectos del impacto de un meteorito bien pudieron durar esa cantidad de años —respondió Joseph.
—De acuerdo, acepto tu teoría. Se tardan sesenta y cinco millones de años en crear al hombre desde que impacta un meteorito. ¿Y antes? La Tierra se formó hace cinco mil millones de años. ¿No ocurrió nada desde el año menos cinco mil millones hasta el año menos sesenta y cinco millones? Ahí va mi teoría. El homo sapiens tal y como lo conocemos solo tarda treinta mil años en autodestruirse. Creo que pudo haber otras civilizaciones antes que la nuestra y que, siguiendo tan humana tradición, se aniquilaron.
En ese momento apenas le escuchaba, más atento a no pasarme el desvío que a las imbatibles teorías de mi amigo, pero Joseph sí que parecía prestar atención.
—También es posible que los métodos de medición estén equivocados — prosiguió Pierre—. Se nos llena la boca hablando de millones de años, y no tenemos realmente ni idea. ¿Cómo se puede datar algo de más de tres millones de años y estar seguro de ello? ¿Y si seguimos un dogma equivocado?
—¿Dónde ubicas tú a los dinosaurios? —preguntó Joseph.
—Partiendo de la base de que los métodos de medición puedan no ser correctos, los ubico donde sea. Por lo que a mí respecta, pueden haberse extinguido hace solo cien mil años por un virus. Que se conserven intactas sus osamentas después de sesenta y cinco millones de años es lo verdaderamente raro.
—El mundo no avanza…, solo gira —dijo Joseph pensativo.
En ese mismo instante nos acercamos al punto donde tomar una importante decisión. Habíamos hablado de parar a almorzar en Yverdon-les-Bains, un pueblecito a la orilla del lago de Neuchâtel. Por lo visto, Joseph conocía un pequeño restaurante donde se comía muy bien, muy barato y, sobre todo, muy rápido. Ralenticé la marcha y Joseph, atento a la jugada, indicó que siguiera hacia Yverdon Norte, cuando casi había continuado hacia Yverdon Sur. La típica equivocación que atormenta a los despistados con prisa. Ya estábamos llegando y necesitaba concentración máxima, pero Pierre estaba encantado de tener cautivos a dos inocentes y, lejos de comparecerse de mí, siguió ametrallándonos con lo que a mí me parecían sublimes bobadas. Para mi asombro, era Joseph quien le animaba a continuar.
—La humanidad, tal como la conocemos desde hace diez mil años, no ha hecho sino intentar destruir al prójimo por todos los medios a su alcance, y a medida que hemos ido progresando, hemos ido sofisticando esos medios.
«Está lanzado», pensé agobiado.
—No importa si se autodestruye mañana o dentro de cien años. Lo importante es que, desde mediados del siglo XX, está capacitado para provocar el Armagedón sin ayuda divina. ¿Creéis de verdad que nadie apretará el botón rojo cuando el cambio climático haya acabado con las cosechas y las materias primas se hayan agotado? ¿Creéis que un país con capacidad nuclear va a soportar su propio declive? ¿Creemos de verdad que en setenta años hemos cambiado más que en diez mil? ¿Pensáis que, cuando se acabe el petróleo, China no invadirá Irán?
El canalla parecía encantado de oírse. Menos mal que Joseph podía hacer dos cosas a la vez, y mientras asentía a las palabras de Pierre, con las manos me indicaba los giros que realizar. En el último, se abrió ante nosotros un imponente castillo de cuatro almenas: acabábamos de entrar en la plaza Pestalozzi. Joseph me indicó que buscáramos ya un aparcamiento, típico comentario de copiloto, y enfilé la Rue de la Plaine, pues me pareció con más posibilidades. Para mi sorpresa y alivio, no resultó demasiado complicado. Enseguida vimos un sitio libre frente a la plaza, de esos que hay que echar monedas. Teníamos una hora, como bien se encargó de indicar la maquinita.
Todavía después de bajar del coche, Joseph continuó explorando la vena pesimista de nuestro barman favorito. Era Pierre en estado puro. No tuve muchas más ocasiones de escuchar sus opiniones, pero en este viaje me eché al hombro una buena dosis de Pierre au point.
—Te caerá bien mi amigo Henry —dijo Joseph a Pierre dándole una suave palmadita en el hombro sin apenas contacto.
—¿Quién? —pregunté yo.
—Henry Duran. Es el nombre de mi alumno cuya tesina van a premiar.
—¿De qué trata la tesis? —pregunté de nuevo.
—La Ilustración —respondió sin mirarme, y apresuró sus pasos para guiar el camino hacia la esquina de la plaza, donde asomaba el letrero de un restaurante.
Miré el reloj. Era ya un poco tarde para comer, pero no lo suficiente para que no nos atendieran. A Joseph no parecía importarle. Al momento, salió de la cocina una mujer enjuta con un delantal blanco con bordados y manos enrolladas con un paño. No parecía muy amigable, pero su expresión cambió al instante cuando entornó los ojos y reconoció a nuestro amigo, que ya extendía sus brazos hacia ella.
—¡Matthew! ¿Serás desgraciado? ¡Qué desconsideración presentarse así, sin avisar! —le recibió la dueña de aquel cuchitril mientras abrazaba a nuestro amigo.
Pierre y yo nos miramos con ambas cejas levantadas, y Joseph, antes de que abriéramos la boca, se adelantó a presentarnos.
—Madame Poulard, te presento a dos jóvenes estudiantes que quieren ser algo en la vida.
—Enchantée, mes amis. Asseyez-vous ici.
Nos acomodamos en una mesa sin mantel y abrió una botella de vino sin etiqueta.
—Excelente vino de la tierra —añadió Joseph despejando nuestras dudas.
Sirvió un vaso a Pierre y yo adelanté la mano sobre el mío indicando que no quería vino —solo me faltaba conducir con los sentidos vaporosos—. Joseph se sirvió.
—Cosecha de este septiembre. Mirad qué color. —Bebió un sorbo y posó de nuevo el vasito sobre la mesa.
Pierre y yo le mirábamos inquisidores y expectantes. Joseph sonrió como a quien descubren en una inocente mentirijilla existencialista.
Al instante, apareció la señora Poulard con tres ensaladas caseras. Las puso sobre la mesa y se dirigió al aparador a buscar los cubiertos y el convoy del aliño. Sus movimientos eran rápidos y precisos. Los colocó sobre la mesa y desapareció, no sin antes dedicarnos una sonrisa de perfecta anfitriona.
—Bueno, no es para tanto. Durante mucho tiempo me llamé Matthew. No tengo la culpa, lo ponía en mi pasaporte.
Nuestras miradas indicaban que no nos contentábamos con miajas. Queríamos carnaza.
—Cuando salí de la Agencia, decidí utilizar una de las tres identidades que tenía asignadas para mis operaciones. Dejé muchos amigos en Europa, pero también algún que otro traficante de armas a quien mi nombre despertaría, digamos…, instintos básicos… Básicamente, vengarse. En mis últimos años desarticulamos varias redes de traficantes provenientes del Cáucaso que surtían a los terroristas de todo Oriente Medio.
»Regresé a Europa con el pasaporte de un tal Matthew James, ciudadano americano nacido en Lituania, y antes siquiera de pensarlo, el tal Matthew se introdujo en mi vida cotidiana.
—¿Por qué te lo has vuelto a cambiar? —dije entonces.
—A estas alturas de la vida, me encuentro como un pez fuera del agua respirando sus últimas bocanadas de aire. Si ahora alguien decidiera que mi presencia en este alocado mundo fuera prescindible, me haría un favor.
—No digas eso, hombre —dijo Pierre—. Por alguna razón, sospechamos que el mundo contigo dentro es más interesante. ¿No has pensado escribir tus memorias?
Joseph dirigió una leve mirada hacia donde yo me encontraba. Fue un vistazo fugaz. Menos de un segundo. Lo suficientemente corta como para pasar inadvertida y lo suficientemente larga como para asomar el recuerdo de una idea largamente premeditada.
—¿Quién se interesaría por las tonterías que pueda contar un viejo como yo? —A nosotros —contesté lo más rápido que pude para que esa idea, que ya sospechaba se removía en su mente, no fuera abandonada en una vía muerta.
De nuevo apareció la señora Poulard; más que moverse, parecía deslizarse sobre el suelo de madera. Esta vez portaba en una bandeja tres filetes empanados con queso en su interior. Retiró los platos vacíos y los sustituyó por los filetes. Afortunadamente no eran muy grandes, pues con todas las emociones del día el hambre había quedado en un discreto segundo plano.
Tras los cafés y una sonora despedida no exenta de reproches de madame Poulard a nuestro amigo por su prolongada ausencia, reanudamos la marcha. Realizamos el resto del trayecto casi en silencio. La imagen de Vincenzo me atrapó de nuevo. Habían pasado varios días desde el incidente de Lausanne y parecía como si nada hubiera ocurrido. Ninguna noticia de Vincenzo ni tampoco de Sophie. ¿Cómo le habría afectado su encontronazo con el tío del bigote? Apenas habíamos hablado de ello durante el regreso de Lausanne, y menos aún en mi casa… Pero ahora… Ni un mensaje siquiera. Ahora que conocía toda la historia era cuando más necesitaba de su apoyo…, y la muy ladina había desaparecido.
Al llegar a Neuchâtel, Joseph recogió la iniciativa y fue dirigiendo el camino a nuestro hotel.
—Continúa por el Quai Louis-Perrier todo recto, luego sigue por el Quai Philippe-Godet hasta el puerto.
Al bordear este último, Joseph señaló un imponente edificio de cemento y cristal:
—Dirígete hacia allí. Ese es nuestro hotel.
—Será el tuyo —dijo Pierre—. ¿No dijiste que nos buscarías un hostal barato?
—Mentí —dijo Joseph con tranquilidad—. No conozco ningún hostal en Neuchâtel. Pero sí conozco este. No os preocupéis, os harán un buen precio.
—¡Madre mía, adiós días libres! —dijo Pierre echándose las manos a la cabeza. Joseph le observaba por el retrovisor con una mueca burlona.
Nos instalamos en nuestras habitaciones sin dar crédito a la jugada que nos estaba gastando nuestro amigo. Era una habitación doble superior con vistas al lago. Nada más entrar, me dirigí hacia la puerta para ver la lista de precios, solo para orientarme, y lo que vi me cortó la respiración. No dije nada a Pierre, que en aquellos momentos estaba en el trono, por riesgo a que saliera corriendo dejándome la cuenta a mí. Nosotros no asistiríamos a la entrega del premio, pero quedamos a cenar en un restaurante, cuya dirección escribió Joseph en una hoja en la misma recepción. No había pérdida posible: en pleno centro urbano.
Pierre aprovechó su dominio del baño para darse una estruendosa ducha con cánticos y alabanzas. Yo mientras aproveché para hojear el mapa de Nauchâtel que había cogido de recepción. No parecía una ciudad muy grande y estábamos cerca del centro. Cuando oí que el agua dejó de caer, sugerí a Pierre salir a pasear.
—No, amigo. Estoy agotado. Ayer me acosté tarde y quiero aprovechar para descansar un rato. Tú deberías hacer lo mismo.
Quizás tuviera razón. Miré hacia la cama. Aunque resultaba tentador dejarme ir con el volumen de la tele bajito y dormir un par de horas, las siestas prolongadas solían sentarme mal.
—Ten el móvil preparado; yo voy a salir. Te llamaré dentro de un par de horas a ver cómo vas. De todas formas, hemos quedado a las ocho de la tarde. A las siete quiero estar de vuelta para ducharme y cambiarme —grité tras la puerta.
Salí del hotel y decidí encaminarme en primer lugar hacia la colegiata, que era el punto más alejado del hotel y que, además, me obligaba a pasar por las calles céntricas que luego visitaría con más detalle. Me dispuse a caminar y enseguida fui sorprendido por un conjunto de edificios color vainilla que adornaban los alrededores del puerto. Ya había oído hablar del singular color de sus edificios, pero contemplarlos en directo liberó mis sentidos.
Localicé la Rue du Château que, como imaginé, era una cuesta que se introducía como una lagartija entre los edificios del barrio antiguo. Me armé de valor y comencé a subir. Nada más iniciar la ascensión, entré en una placita con una pequeña fuente coronada con lo que parecía un caballero medieval, similar a las que había visto en Berna: cromados impolutos, pose marcial, barba gigante.
Continué subiendo hasta llegar a la explanada frente a la colegiata. Era una iglesia protestante, sobria, como todas, pero cálida a la vez. Unas figuras policromadas, que parecían ser los benefactores del lugar, ofrecían un aire festivo a la composición, todo aderezado por un imponente órgano y un vistoso rosetón. Salí de allí satisfecho con lo expuesto y me tropecé con la estatua de un tal Guillermo Farel, que, como tuve ocasión de leer después, fue el impulsor del protestantismo en toda esta parte de Suiza. A diferencia de lo que predicaba, este sí tenía su estatua.
Aprovechando que estaba en la parte alta de la ciudad, me asomé a un muro de piedra para contemplar la inmensa mancha vainilla y el azul del mar que se extendía a mis pies. La luz del sol había comenzado su retroceso y el color del ocaso era maravilloso desde aquella altura.
Permanecí en aquel muro disfrutando de una visión única de la ciudad hasta que el frío me recordó que debía volver. Solo las vistas desde la colegiata hubieran justificado el viaje. Al llegar, encontré a Pierre despatarrado en la cama con visos de haberse despertado no hace mucho, con un canal musical a modo de banda sonora de su existencia.
—¿Qué tal, Pierre?
—Bien, et toi?
Me disponía a narrar la visita, el color de la ciudad, la iglesia, las vistas, pero la pereza me venció; seguramente no le interesaba en absoluto, así que respondí escueto para que lo entendiera.
—Muy bien. La ciudad mola.
El restaurante resultó ser una brasserie decorada con exquisito gusto. El suelo y el techo eran de madera oscura y las paredes parecían forradas de tela a rayas de color beis y marrón claro. De la pared salían unas lámparas que recordaban a unas cornamentas de ciervo, y en los espacios que quedaban entre ellas, se alternaban cuadros y espejos. En medio de la estancia, un panel de madera a media altura separaba dos ambientes. Un camarero ataviado con mandil blanco nos acompañó a la mesa de nuestros amigos.
Durante mi paseo por la ciudad había pensado en Henry. Me imaginé al típico estudiante de treinta años, ratón de biblioteca, con gafas de pasta y pelo revuelto de no conocer un peine en días. Un intelectualoide trasnochado que, después de estudiar, se pone de nuevo a estudiar.
Nos vieron entrar y se levantaron a la vez; Joseph estiró las manos a modo de bienvenida.
—Amigos, os presento a mi mejor alumno, Henry Duran.
Una vez más, mi mítico sexto sentido saltó en pedazos. El tal Henry Duran era un mocetón de un metro noventa muy bien plantado. Tenía gafas, sí, pero de diseño, y le quedaban demasiado bien. Pelo castaño claro repeinado con gomina. Ojos marrones, casi verdosos. Expresión agradable, sonrisa perenne, traje oscuro a medida, reloj de joyería… En fin, la antítesis de la figura que había ideado para que no me hiciera sombra. Ahora no es que me hiciera sombra, es que me podía esconder bajo su brazo cual polluelo desvalido y desaparecer bajo el magnetismo que emanaba su estampa.
Nos sentamos todos y Joseph introdujo a su alumno. Omitió éxitos académicos, aunque los tenía, y de renombre. Henry Duran era canadiense, de Montreal. Hablaba, además del francés e inglés de su país, español, italiano y portugués. Le gustaban los idiomas latinos. Se encontraba en Neuchâtel casi por casualidad, como ocurren estas cosas: estudiando en La Sorbona realizó un intercambio de tres meses con la Universidad de Neuchâtel y acabó viviendo aquí.
—¿Cambiaste París por Neuchâtel? —interrumpió Pierre sorprendido de semejante idiotez.
—Para un estudiante que está de paso por Europa, tres años es mucho tiempo. Hay todavía ciudades magníficas que disfrutar.
Fuera de las presentaciones, era la primera vez que hablaba. Su voz resultó ser cálida pero firme. Segura. Sin posibilidad de réplica.
—¿Y por qué estudiaste en Europa? —Quise saber yo, haciendo la cobertura a Pierre.
—Bueno, digamos que mantengo una relación muy intensa con Europa. Mi bisabuelo era francés. Emigró a Montreal a principios del siglo XX, y a mi abuelo lo mataron en el norte de Europa en la Segunda Guerra Mundial.
Al oír norte de Europa, Pierre se adelantó a preguntar:
—¿Sabes en qué lugar?
—En Dieppe.
—Oh, vaya. Lo siento —se sintió obligado a decir.
—No pasa nada. Fue una de tantas desgracias de la guerra. Dejó a mi abuela preñada justo antes de partir; nunca supo que tendría un hijo. Imagino que fue mejor así. El caso es que ese niño que nació huérfano se abrió paso en la vida y ahora es propietario de una de las mayores cadenas de repuestos de automóviles de Canadá. Yo, hijo predilecto, me fundo su dinero estudiando aquí. Es una debilidad.
El camarero se acercó a nuestra mesa y Joseph nos apremió para elegir los platos. Yo me decanté por una ensalada y un bistec medio hecho de segundo. Pierre me imitó.
—Además, lo que realmente me atrapó en Neuchâtel fue conocer a Matthew —continuó Henry.
Pierre y yo nos miramos cómplices.
—Eran mis últimos días aquí. Me encontraba en un pub de la parte vieja y de repente vi entrar a Matthew; no era muy habitual verle por los pubs y me acerqué a su mesa para matar el aburrimiento. No sé cómo, la conversación nos envolvió, y cuando confesó haber luchado en la Segunda Guerra Mundial en el frente ruso, me rendí a sus pies. Os podéis imaginar la curiosidad que me invadió. ¡Conocer a un auténtico soldado alemán, el bando que había matado a mi abuelo! No existía rencor. Era una guerra. Matthew apareció como un regalo, pues me estaba embarcando en un estudio sobre el desastre de Dieppe. Su visión de la guerra podría cambiarlo todo. Decidí quedarme todo el curso, luego el otro, el otro… Hasta que hace dos años…, desapareció.
Joseph nos miraba a todos. Carraspeó y dijo a modo de disculpa:
—Bueno. Tenía que arreglar papeles.
Todos sonreímos la ocurrencia y respetamos su silencio administrativo. Me resultaba extraño y enigmático que no hubiera confesado su verdadero nombre a alguien que parecía tan cercano…, si es que Joseph era su verdadero nombre.
—Estuvimos en contacto por Internet para supervisar la tesis —quiso aclarar Henry.
—Trata sobre la Ilustración, ¿verdad? —dije yo.
—En realidad, como pretexto, sí que habla de la Ilustración del siglo XVIII, pero va más allá. Elegí la Ilustración como modelo de cambio, igual que pude haber escogido el Renacimiento. Se trata de un estudio sobre la evolución social y el porqué… No me gustaría aburriros.
—No, por favor. Me interesa ese punto de vista. ¿Nos puedes hacer un breve esbozo de ese estudio? —Fue Pierre quien pronunció esas palabras. Y yo que creía que estaba allí matando el tiempo.
Henry miró de soslayo a Joseph como pidiendo permiso para contar un secreto. Este no tenía ningún inconveniente; es más, creo que estaba deseando conocer nuestra opinión sobre la tesis.
—No pretendo daros una clase —se disculpó—. Seguro que conocéis los conceptos que manejaban los ilustrados del siglo XVIII.
—Yo sí que necesito esa clase… Si no te importa, claro. —Pierre seguía a lo suyo. Si se le metía algo en la cabeza, dejaba la educación y las formas para mejor ocasión.
Henry recogió el guante:
—La Ilustración fue una ruptura. El proceso que acabó con el absolutismo y dio paso a las revoluciones liberales del siglo XIX, donde se dieron los primeros pasos para instaurar los poderes en manos del pueblo. Como antes el Renacimiento liquidó a la Edad Media para introducirnos en una nueva era, la Ilustración destronó la Edad Moderna iniciando la Edad Contemporánea, transfiriendo el poder del rey al pueblo.
Henry hizo una pausa para escudriñar nuestra reacción y nuestras miradas. Pierre no perdía detalle. Joseph sonreía al oír lo tantas veces leído. Y yo escuchaba a regañadientes, aunque poco a poco fui abandonando mi pose petulante para acabar imitando a Pierre.
Henry, contemplando su auditorio, continuó:
—Fue una revolución cultural; la piedra filosofal de la existencia. Se rasgaron las ataduras religiosas que habían retenido y eliminado el librepensamiento. Se iluminó la oscura condescendencia hacia las monarquías absolutistas, donde la divinidad del rey era una coartada que cobijaba toda clase de abusos; donde los papas y demás cargos eclesiásticos tenían poderes políticos. Los hombres ilustrados comienzan a plantearse qué papel desempeña el hombre en la naturaleza; si pueden hacer algo para cambiar el orden establecido; si hay algo más allá del conocimiento hasta ese momento aceptado. Cambiar el dogma.
«La Ilustración», pensé. Desde luego, recordaba haber estudiado la Ilustración en la escuela, pero como todo, sin dar excesiva importancia a nada. Aquella conversación me estaba abriendo los ojos. Envidiaba su poder de comunicación. A la firmeza de su voz se añadía ahora pasión y entusiasmo, pero no de modo histriónico, sino didáctico. Estaba logrando que las palabras de un desconocido me embaucaran hasta el punto de regalarle toda mi atención.
—¿Hay mayor logro que consagrar tu vida a plantearse si existe la posibilidad de hacer de tu mundo algo mejor? ¿Descubrir que hay un camino inexplorado con el convencimiento de que, por poco que avances, extenderás la semilla de la curiosidad a otros que, igual que tú, piensan que no todo está perdido? ¿Que tiene que haber luz al final de este túnel; que la humanidad no ha llegado a la estación termini de su trayecto?
»Los ilustrados del siglo XVIII no eran mejores que nosotros, pero entendieron que el modelo estaba obsoleto. Este es el gran mérito de estos hombres: que ante un camino que no ofrecía escape, imaginaron otra salida, que en aquellos momentos podía parecer extravagante, pero que cambió el paradigma social.
»Conceptos cuya existencia ahora te sería imposible no poseer, como la igualdad ante la justicia, surgieron de esos hombres. El Estado que suprima de su sistema educativo el estudio de la obra de estos pioneros está condenado al ostracismo. Locke, Rousseau, Montesquieu, Jefferson… son los padres del mundo contemporáneo, de la revolución que sometió al Estado al poder del pueblo. Sin filosofía, sin conocimiento, el pueblo es maleable e influenciable, autómata. “El Estado emana del pueblo.” No puede ir contra el pueblo, a no ser que este sea analfabeto, se encuentre narcotizado, o entusiastamente engañado. Si olvidamos eso, olvidamos que somos libres. La filosofía es libertad.
Hizo una pausa, nos miró a los tres, que permanecíamos expectantes, y pidió de nuevo disculpas. El camarero del mandil blanco se acercó a nuestra mesa para retirar los platos de las ensaladas, pues todos habíamos pedido lo mismo, lo que sumó a la reunión un aire de sectarismo y conjura. Mientras el camarero atendía su labor, permanecimos en silencio, como si lo que comentaba Henry no debiera ser oído por extraños al club que se acababa de formar. Cuando se retiró contrariado, Henry continuó, azuzado una vez más por Pierre, que no perdía hilo.
—¿Crees que eran conscientes de lo que estaba germinando? —dijo el belga.
—Estamos acostumbrados a juzgar los acontecimientos desde la óptica de la actualidad y por su resultado. Ponte en situación: un hombre llamado Rousseau, un ser anónimo, anodino, que de pronto publica, casi de milagro, que el hombre es libre y dueño de su destino, que tiene unos derechos inalienables de buscar su propia felicidad y que ningún Estado puede impedirlo. Hoy en día no solo no te causa asombro, sino que se lo puedes escuchar a cualquier hippie trasnochado. Pero, por favor…, ¡¡sitúate!! Imagínate en el siglo XVIII. Jamás nadie había insinuado tal sacrilegio. Hasta ese momento, el hombre era un juguete en manos divinas que tenía que aceptar sus desgracias por mandato celestial y dar gracias por respirar.
»¡¿No te das cuenta de la revolución?! —exclamó de nuevo—. ¡¡¡Es como si mañana nos visitaran los extraterrestres!!! Lo conocido no tendría interés frente a lo que desearíamos conocer.
»Insisto, sitúate a mediados del siglo XVIII. La sociedad absolutista corrompida, dos siglos perdidos entre el rey y la religión, donde las ideas eran trituradas por la doctrina de Dios, patria y rey…, y de repente, LA LUZ. La mente se libera, lo prohibido se permite. Lo oscuro se descubre. El pecado se acomoda.
—¿Qué aporta entonces tu tesis a lo ya conocido del período ilustrado? —dije yo en aquel momento.
Me miró durante unos segundos, como preguntándose si alguien como yo entendería la explicación que le pedían que hiciera. Si tuvo alguna duda, la disimuló con profesionalidad y continuó con la pasión acostumbrada.
—Los grandes interrogantes que plantea la tesis son: ¿es el hombre actual consciente de la época en que vive? ¿Es consciente de vivir en un período que se acaba? ¿Nuestro modelo de sociedad ha iniciado su declive y necesitamos una luz que ilumine otro camino? Ese cambio… ¿surge espontáneamente? ¿Es necesario que la sociedad esté preparada, o se adapta rápidamente a la nueva situación? ¿Se han perdido oportunidades de cambio por no estar preparados? ¿Necesitamos nuestro propio período ilustrado con una nueva revolución cultural que sacuda los cimientos de nuestra consciencia? ¿Necesitamos recuperar la Ilustración para el siglo XXI? ¿Existe en nuestra sociedad un Rousseau que lidere el regreso a la naturaleza en detrimento de la frenética carrera al caos?
—Básicamente —intervino Joseph, que hasta ahora era el único que seguía comiendo sin prestar gran atención a las palabras de su alumno, quizás porque las había orientado él—, la historia ha demostrado que cada tres siglos aproximadamente se produce una revolución social y política que lo cambia todo. Siguiendo la línea argumental, a este siglo XXI le correspondería el honor de erigirse como el siglo de un cambio revolucionario en el concepto de sociedad tal y como la conocemos. La gran apuesta es… ¿lo sabemos?, ¿lo haremos?, ¿sucederá sin más?, ¿lo provocaremos?
—¡Exacto! —respondió Henry entusiasmado—. Todo es efímero. Vivimos inmersos en un descontrol donde la urgencia mide nuestro éxito. Nadie tiene tiempo de pararse a pensar; quien se detiene, pierde. Nos automatizamos. La personalidad es un rasgo hostil. Se requieren personas eficaces y rentables, no personas íntegras y humanas. La originalidad se ha transformado en excentricidad. Al que no sigue a la flauta que silban los convencionalismos, los clichés, las masas, se le achica el espacio arrinconándole en el incómodo cajón de los frikis. La masa obliga. O la sigues, o te obvia. Vivimos corriendo, pero… ¿dónde está la meta? ¿Hacia dónde corremos? ¿De quién huimos?
»La tesis intenta convencernos de que la civilización actual se encuentra en declive, inmersa en su edad otoñal. Necesitamos una revolución cultural que lo cambie todo. Algo que renueve y extienda la luz en este otoño de claroscuros como hicieron los ilustrados del siglo XVIII con su destino. El siglo XXI deberá ser el siglo de la transición entre la Edad Contemporánea y la edad que garantice el futuro sostenible de la humanidad. De otra forma, nos mereceríamos que un meteorito nos devolviera la razón.
Pierre le miró deslumbrado. Descubrir que no estaba solo en el mundo le excitó de tal manera que no pudo reprimir un estruendoso sonido de satisfacción. Joseph se rio y todos los imitamos: Henry por seguir la coral, y yo por hacer algo. Estaba en medio de una reunión de gente inclasificable, como un pingüino en el Sahara. Al principio me sentí mal, algo envidioso por no poder aportar nada a sus comentarios. Luego me fui relajando. A fin de cuentas, la mayoría de la gente es como yo, personas que viven el día a día sin pensar en meteoritos. Estar rodeado de iluminados catastrofistas no me restaba mérito. Fue mucho más tarde, recordando esta conversación, cuando caí en la cuenta de que era precisamente por la cantidad de personas que eran como yo por lo que la sociedad navegaba narcotizada, y me hice la gran pregunta: ¿de verdad creo que dentro de cien años viviremos mejor y más felices que ahora? La respuesta, obviamente, era no.
—¿Cómo te gustaría que fuera esa sociedad, Joseph? —preguntó Pierre.
Le miré extrañado. Había preguntado al único que seguro no la iba a ver.
—Me gustaría que la humanidad regresara a la naturaleza, de donde nunca debió salir. El ser humano pertenece a la naturaleza y la hemos esclavizado a nuestro servicio. Deberíamos pedir perdón y regresar a ella —respondió. Y en su mueca se adivinó que su propuesta era irrealizable.
—¿Y a ti, Henry? —pregunté yo.
—Soy más realista. El hombre se encontrará con su futuro antes de que regresemos al naturalismo.
—¡El futuro no existe! —exclamó de repente Pierre—. ¿No os dais cuenta? Si no está escrito, no existe… y, desde luego, escrito no está…, aunque me pregunto cuándo se dejará de escribir. ¿No habéis caído en la cuenta de que ya desde las primeras películas de ciencia ficción no aparecen libros? Nadie imaginó un futuro con libros…
Le dimos la razón con nuestro silencio.
De postre habíamos pedido todos tiramisú, para que no quedara duda de la recién creada hermandad, y a la hora de pagar, descubrimos que Joseph ya se había adelantado dejando su tarjeta de crédito al llegar. Empecé a sospechar que esta excursión no resultaría tan cara a fin de cuentas. Pierre, por supuesto, ni hizo ademán.
Salimos a la calle. Apenas quedaban transeúntes por la plaza. La noche se tornó fría, y la humedad que subía del lago empapaba las piernas. Al despedirnos, Henry nos dio sus señas y correo electrónico, por si deseábamos seguir en contacto. Permanecí unos segundos observando su silueta mientras se alejaba. Un gran tipo, pensé, de esos que merecen la pena; de los que, pudiendo vivir sin preocupaciones, se preocupaba de querer hacer algo mejor, o por lo menos aportar su granito de arena. Además, conocer a Joseph me había acercado más de lo que sospechaba a los planteamientos de Henry Duran.
Nos encaminamos cuesta abajo hacia el hotel, y al entrar en el hall, Joseph se despidió para irse a la habitación a descansar. Pierre y yo decidimos tomarnos una copa en el moderno bar del hotel. Ron caribeño para mí y whisky escocés para él. Al final, nuestra conversación derivó en mujeres y fútbol. Ese era mi nivel.
Ya en la habitación, un correo electrónico captó mi atención. Era un antiguo compañero del hotel. Me preguntaba qué tal me iba todo y cosas así…
Al llegar a la última frase, me detuve en seco.
¿Te has enterado? Robaron ayer en el hotel. Parece ser que no se han llevado muchas cosas. Debió de ser un cliente alojado, porque robaron por los offices de camareras y objetos perdidos. Estaba todo revuelto. A la gobernanta casi le da un infarto…
Miré hacia la mochila y decidí guardarla en la caja fuerte.