Luz de otoño

Joseph Maga · Capítulo 17 de 27

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Luz de otoño

Capítulo XI

 

Después de un buen desayuno acompañado de dos cafés cargados, mi humor no se dejó influir por el día gris con que había amanecido. En la psicohabitación del hotel había leído un folleto de la ciudad que había despertado mi interés, por lo que decidí antes de partir dar una pequeña vuelta por el casco antiguo y atravesar el puente de madera.

Resultó que Lucerna se había erigido como una importantísima villa de paso entre Italia y el Sacro Imperio germánico, y hoy en día, continuaba siendo la ciudad más importante del centro del país de los Alpes. Sus únicos conflictos reconocibles —como casi en toda Suiza— tuvieron lugar el siglo XVI con el impulso de la Reforma protestante y, para mi sorpresa, descubrí que Lucerna había liderado las filas católicas.

Así que, con esta escueta pero esencial información, me dirigí al Kapellbrücke, el puente más antiguo de Europa, el cual curiosamente tuvo que ser reconstruido en 1993 por un incendio causado por una colilla. Mi pensamiento se deslizó por el puente intentando descubrir en qué lugar un turista de pacotilla intentaría apagar un cigarrillo sobre una construcción de madera de seiscientos años. Tras sortear un grupo de despistados japoneses que seguían un paraguas verde pistacho, conseguí subir los peldaños que daban acceso al puente.

El recorrido se transformó en un intenso viaje a través del tiempo. En el interior, todavía se observaban pinturas y frescos originales del siglo XIV. Las maderas crujían a mi paso, se escuchaba el murmullo del agua golpeando los pilares de madera, y los cisnes, ajenos a esos animales con dos patas que les lanzaban migas de pan, revoloteaban nerviosos buscándose una sombra que no existía. Me asomé por una barandilla para embriagarme de un escenario que me atrapaba y que probablemente no había sufrido cambios durante siglos. Fachadas con trampantojos saludaban la rivera del río, calles empedradas cuyos adoquines habían albergado el eco de los caballos a su paso. El tiempo se había detenido en aquel lugar. Mi retina reemplazó los cafés por tabernas y las tiendas por almacenes, e imaginaba soldados mercenarios con sus pesadas armaduras y pendones de todos los colores recorriendo las posadas, codiciosos de cerveza de la tierra. La misma sensación me asaltaría más tarde al enredarme por sus calles.

Me llamó la atención la extraña trayectoria que seguía el puente. No cruzaba de una orilla a otra en línea recta, como sería lo natural, sino que se adentraba en el río, como si, curioso, quisiera seguir su curso, y luego giraba repentinamente en el último tramo para alcanzar la orilla opuesta. No encontré explicación para el fenómeno. La torre octogonal en donde el puente rompía su trayectoria y que fue en su origen un faro y una prisión ahora albergaba una pequeña tienda de souvenirs. Trasteando un poco entre los estantes, acabé encontrando una cajita que al darle la vuelta emitía un mugido de vaca; me hizo gracia la tontería y la compré. Ya me arrepentiría más tarde cuando no supiera dónde guardarla. Curiosa la transformación de la sociedad: los desesperados presos habían sido sustituidos por despistados turistas, y la vida sigue…

Retrocedí sobre mis pasos y me adentré en el casco medieval. Como era relativamente pequeño, lo recorrí enseguida. Me maravillaron el colorido y las pinturas de algunas de sus fachadas. Las calles no dibujaban un orden urbanístico al uso, y se enmarañaban formando pequeñas plazuelas cuya visión te trasladaba a tiempos pretéritos, temiendo en cualquier momento la aparición tras una esquina de un mosquetero mosqueado.

Entré en una de las muchas tiendas de souvenirs que salpicaban las calles y, sin complicarme mucho la vida, compré imanes con forma de vaca que adoptaban posturas indecentes para todos mis conocidos, bastante más cómodos de llevar que los cientos de relojes de cuco que adornaban todas las tiendas para turistas. Tentado estuve de comprar uno para hacer la gracia, pero por fortuna, me salvó la campana en forma de ociosa dependienta cuyo desagradable timbre de voz apremiaba a decidirme.

Con los imanes a cuestas y una excelente disposición, me senté en el coche y abrí el mapa de carreteras. Paseando por el puente había decidido regresar a Leuk rodeando el macizo montañoso que alimenta el Ródano por el norte. Se trataba de llegar a Berna por la carretera 8 que atravesaba el bello paraje de Interlaken, donde me podría detener a comer, y más tarde, rodear el lago de Thun por su rivera izquierda para llegar a Berna. Desde Berna accedería a la E27 hasta el lago Lemán y, desde allí, tomaría el valle del Ródano desde Montreux.

El proyecto era ambicioso: si me entretenía o surgía cualquier imprevisto, tendría que hacer noche de nuevo por el camino, pero una vez roto el tabú de mi primera noche en solitario, no me importaba lo más mínimo repetir la experiencia. De momento, no me estaba aburriendo de mi compañía y debía aprovechar esa circunstancia. Además, había mucho que pensar durante el camino. Justo antes de apagar la luz de la mesita de noche, había sonado la alarma de los mensajes en mi móvil. Era Sophie.

Me faltó velocidad en los dedos para contestar que estaba más que encantado de volver a verla, y que cuando llegara a Leuk, la llamaría sin falta para que fuera preparando algún plan que le pareciera interesante. Al pulsar el botón de enviar y de verificar por tres veces que el mensaje ya estaba en el éter, permanecí unos segundos observando el desconchado techo. Había triunfado. No sabía cómo, pero lo había hecho. Una chica a la que acababa de conocer me había llamado para hacer algo juntos. Haciendo memoria, creí jurar que era la primera vez que me ocurría algo así. Ni con mis anteriores relaciones triunfé de esa manera. No quería decir que fuera el inicio de una relación ni nada de eso. Sophie no me gustaba… «¿No?», me dije.

Mi relación con Julia había resultado ser asimétrica; con Sophie, amenazaba serlo todavía más. Comencé a sospechar que mi vida era una continua asimetría. Pero ¿qué diablos?, ¡no tenía nada que perder!… Aparte de la dignidad, claro.

De repente, la folclórica decoración de la habitación me pareció más acogedora y el colchón fue adquiriendo consistencia. Aún tardé un poco en conciliar el sueño aventurando algún plan que nos resultara inolvidable. Los impulsos eléctricos de mis neuronas navegaban a toda velocidad activando espacios somnolientos, escudriñando un destino alternativo por si Sophie era de las que confiaban en que los hombres tuviéramos todas las soluciones.

Al salir del último semáforo que accedía a la autopista E35, la bombilla se encendió.

—¡¡¡Ginebra!!!

Perfecto. Tenía aparcado ese destino como comodín para el día en que realmente no supiera qué hacer. Siempre me quedaría Ginebra. Se encontraba a una hora y media larga de Leuk. Un simple paseo en coche. A medida que pensaba en ello, me convencía de que era la excursión perfecta para dos personas que se quieren conocer un poco mejor. Sacrificaba el comodín, pero valía la pena utilizarlo. No se me ocurría nadie mejor con quien gastarlo que Sophie.

La autopista terminaba a la salida de Lucerna; el resto de la carretera se introducía en el valle donde reposaban los dos lagos, en cuyo punto de unión se encontraba la ciudad que iba a visitar. Tras dos horas de precavida conducción, vislumbré el primero de los lagos a los que debía su nombre: Interlaken. Los picos estaban nevados, y no pude evitar sentir un tremendo escalofrío al pensar en desenredar las cadenas que se habían hecho fuertes en el maletero. Afortunadamente, el trayecto culminó lento, pero sin incidencias.

La visita duró menos de lo que pensaba. Una vez recorrido el eje principal completamente abarrotado de tiendas de souvenirs y paseado en rededor de uno de los lagos, plegué velas y continué. Me llamó la atención una de las excursiones que anunciaban en una agencia de la calle principal: se trataba de comer en el lugar donde se rodó la película de James Bond 007 al servicio secreto de Su Majestad. Era una estación de esquí con formas circulares que construyeron para la ocasión.

Recuerdo que el malo era Telly Savalas y Bond lo protagonizó sin mucha suerte un tal George Lazenby. ¡Pobre George! Mi traviesa mirada se encontró reflejándose en el escaparate de la agencia. Una idea perversa se cruzó en mi juicio: «¿Me apetece subir a la estación?», se preguntaba mi reflejo. La idea de sacarme unas fotos imitando a George me producía un estimulante cosquilleo, pero eso significaba dormir en Berna y no acudir a mi cita con Sophie.

La disyuntiva me produjo un conato de lucha interior: por un lado, quería subir a la estación, precisamente por no haberlo planeado y porque es el tipo de cosas para las que jamás se te vuelve a presentar la ocasión, pero otra parte de mí era reacia a cambiar mis planes por no frustrar otros venideros. La lucha tenía su lógica. Se suponía que viajaba sin planes u obligaciones. Que podía hacer en cualquier momento lo que me viniera en gana.

Caminando lentamente hacia el coche pensaba en ello: ya no se trataba de subir porque me apeteciera, sino para demostrarme a mí mismo que podía hacerlo. Había perdido la espontaneidad de la idea y, con ello, la ilusión. Estaba claro lo que iba a hacer: la parte más educada y disciplinada de mí sabía que me marcharía sin fotos de 007, por lo que me puse en marcha lo antes posible para salir de aquella ciudad que había puesto a prueba mi personalidad y me había vencido.

Durante la primera parte de la travesía no desapareció la sensación de derrota que me invadía; luego, como circular por los pueblecitos que orillaban el lago y la carretera solicitaba mi atención, la lucha interior fue decreciendo en intensidad, sobre todo a medida que trataba de auto-influenciarme. Ocurre que al final tomas una decisión, y vas justificándola y defendiéndola hasta que la convicción es tan absoluta que incluso te preguntas cómo pudiste siquiera pensar en otra alternativa. Continué conduciendo.

A punto de llegar a Berna, unas luces lejanas se interpusieron en mi trayectoria. Cuando me aproximé a ellas, mis dudas se disiparon: era un control policial.

Instintivamente disminuí la velocidad al acercarme. Parecían buscar a alguien, pues no había otros coches estacionados, pero, entonces, un gendarme que portaba un cono amarillo de señalización comenzó a agitarlo en mi dirección. De inmediato, los otros gendarmes que estaban detrás de una señal de límite de velocidad me dieron el alto y me indicaron que sacara el coche de la vía hacia mi derecha.

Repasé mentalmente las cosas que guardaba en la guantera. Disponía de toda la documentación en regla, aunque sabía por experiencia que siempre, siempre, había motivos para endosarte una multa. Recordé al startrooper y bajé la ventanilla con mi mejor sonrisa.

Delante del coche patrulla vislumbré un Sedán negro. Se abrió la puerta y un hombre bajito con bigote y barba de varios días bajó de él. El inspector de Lugano.

Se acercó y me pidió con brusquedad que abriera el maletero y saliera del vehículo. Al no encontrarme en una posición dominante en la conversación, hice lo que me pidieron sin abrir la boca. Mientras duró el concienzudo registro de mi coche, el inspector no movió una pestaña, y menos se dirigió a mí. Cuando sus hombres acabaron de removerlo todo, pregunté:

—¿Puedo saber qué están buscando, inspector?

El hombre me miró y respondió:

—En casa del señor Della Siere falta documentación extremadamente valiosa. Si tiene usted alguna idea de dónde se encuentra, será mejor que me lo diga si no quiere tener problemas —respondió el personaje, del que ya a esas alturas intuía el peligro que portaba a sus espaldas.

Negué con firmeza cualquier tipo de conocimiento acerca de documentaciones robadas y otras vagas acusaciones. Al final, viendo que no me podía retener sin más, me despidió con una frase que heló mis venas durante el resto de la jornada:

—Si encuentro la documentación y usted está cerca, solo la documentación verá la luz.

Llegué a Berna sobre la una del mediodía, justo a la hora de almorzar y con las palabras del inspector taladrándome por dentro. Decidí no obedecer mi primer impulso de largarme de allí corriendo, probablemente era lo que buscaban, por lo que me dije: «Álex, si no te han liquidado ya, es que no pueden hacerlo, así que no te acojones y sigue con tu vida. Eso les joderá más».

Las nubes cubrían toda la región amenazando lluvia. Intenté no pensar en ello, pero saliendo del parking noté que las primeras gotas hacían su estelar aparición. Rogué que se tratara de un contratiempo pasajero y me adentré por los fornidos soportales de la ciudad medieval. Como la noche anterior había sido vencido por el sueño y el sonido de los violines, no había planeado la excursión, de modo que me introduje por sus calles sin mayor miramiento.

En directo, la estampa me pareció sublime: las calles empedradas brillaban por el contacto de la llovizna, y de ellas emergían unos inmensos soportales que cobijaban de la lluvia en una perfecta simbiosis ciudad / ciudadano. Más tarde leería que el nombre de la población se debía a que un noble de la región decidió asentarse en ese magnífico paraje donde el río Aare dibuja un sinuoso meandro y resolvió llamarla como el primer animal que matara en su próxima cacería. Resultó ser un pobre oso despistado que nunca llegaría a ser consciente de la importancia de su sacrificio. Berna significa «oso» en el idioma que se gastan por estas tierras. Desde luego, era difícil imaginar que en algún tiempo no muy lejano hubiera osos por aquí. ¡Pobrecitos! Milenios de osuna existencia eliminados de un plumazo en aras del progreso. Y había más, pues Berna estaba hermanada con otras capitales europeas en cuyo escudo también retrata a un oso: Berlín y Madrid. Me pareció una tradición muy suiza.

En este punto de la jornada y con el recuerdo del inspector enquistado en mi mente, me pregunté si me estarían siguiendo también aquí. Tampoco tenía mucho más que hacer, por lo que me procuré una pequeña diversión.

Mientras caminaba por entre los sobrios pilares de los soportales, cambié bruscamente de dirección y retrocedí sobre mis pasos, fijándome detenidamente en todos los rostros con los que me cruzaba de frente sin descubrir nada relevante. Al rato giré sobre mis pasos de nuevo, esta vez cruzando corriendo la calle y esquivando por los pelos un tranvía que, lejos de dar modernidad al centro histórico, aportaba un increíble halo de romanticismo. Llegué al siguiente soportal y volvía a girar sobre mí mismo, y entonces lo vi. No era el Bigotes, de Lucerna, pero esa cara también la había visto antes. Además, su actitud de frenar en seco y mirar hacia un escaparate cuando giré le delató. Para mi sorpresa, no sentí temor alguno; al contrario, podría aventurar que me estaba acostumbrando al jueguecito.

Continué caminando por el impresionante empedrado de unas calles que se encontraban dispuestas a dos niveles: a pie de calle, aparecían con frecuencia escaleras que se dirigían a unos semisótanos que eran en realidad comercios a los que se accedía por unas puertas de madera a modo de escotillas. Observé que la mayoría eran tiendas de ropa, de juegos y de música orientadas a la juventud, cuya vigorosidad no les impedía bajar las empinadas escaleras. Las tiendas que se apostaban arriba, en el interior de los soportales, eran más clásicas: tiendas de encajes, regalos, muebles y cafeterías. Hasta en eso eran ordenados.

Con estos pensamientos, y aprovechando que ya no llovía, salí de los soportales de la calle Munstergasse para darme de bruces con una maravilla arquitectónica erigida como catedral, cuyo nombre era Münster St. Vinzenz, de estilo gótico. Escogí un lugar estratégico para vigilar a toda persona que pasara por allí y, a la vez, maravillarme con la policromía de las imágenes del pórtico, protegidas por unos alambres casi invisibles de lejos que impedían el paso de palomas y otras aves famosas por el efecto nocivo de su descomer sobre estatuas y monumentos.

Estuve un buen rato sentado allí hasta que se me ocurrió rodearla. Aligeré el paso y, cuando giré por la parte de atrás, miré a mi espalda para comprobar que nadie se molestaba en seguirme. «Seguramente se han sentido descubiertos y han abortado la operación», pensé creyéndome un espía de vodevil. De repente, mis ojos se abrieron como platos. Apoyados en una columna, dos gendarmes oteaban la plaza que se abría frente a la catedral. No había nada de particular en ello, de no ser porque uno de ellos era el mismo que me había dado el alto por la mañana.

Retrocedí rápidamente, interponiendo el edificio entre su posición y la mía. ¿Me seguía también la Policía, o iba tras mis perseguidores? Me situé en una esquina de la plaza para ampliar mi campo de visión. Detrás de mí, el río Aare serpenteaba entre gabarras y vegetación. Al llegar a mi altura, se ensanchaba formando un pequeño recodo donde el agua reposaba para descansar y recomponerse de tanta curva. Siguiendo su curso con la mirada, descubrí algo parecido a un palacete que intuí debía de ser un hotel o un edificio oficial por sus banderas y la majestuosidad de su fachada y que, a partir de ahí, desaparecía de mi vista girando repentinamente hacia la izquierda. Estaba medio escondido tras un kiosco de bebidas y los gendarmes no podían verme sin acercarse a la plaza. Parecían algo inquietos. Una turista se acercó a uno de ellos y, para su asombro, fue rechazada con brusquedad. Decidí bordear el kiosco en el único momento en que me pareció verlos despistados y me introduje de nuevo por el casco antiguo.

Entré en una tienda de deportes y compré un amplio chubasquero azul marino. Cuando salí, camuflé la mochila bajo el chubasquero y me puse la capucha. Ahora sería yo el perseguidor. Sabía dónde se encontraban, y ellos buscaban a un hombre con mochila azul claro, gorra y cazadora beis. No me costó mucho localizarlos. Al cabo de un rato, decidieron retirarse, los seguí y, cerca del parking donde había estacionado, observé cómo se acercaban al Sedán oscuro. El inspector salió airado del coche en cuanto escuchó a los gendarmes. Desde donde me encontraba no podía escucharlos, pero por los gestos del inspector algo me decía que aquellos dos merluzos regresarían al turno de noche.

Descubrir que la Policía quizás estuviera al tanto de mi situación, lejos de tranquilizarme, me preocupó. El inspector del gabán gris perla no me inspiraba la confianza que se le supone a un inspector con gabán gris perla. Solía desconfiar de la gente con barba sucia sin afeitar, y el inspector modelaba a la perfección mi teoría.

El sol anunciaba ya su despedida y decidí imitarle. Aproveché que un grupo de gente entraba en el parking para mezclarme con ellos. Quizás vigilaran el coche, pero ya no me importaba. Tenía cierta ventaja sobre ellos: yo sabía que no me podía fiar de la Policía, pero ellos no sabían que yo lo sabía, y al otro también creía haberle despistado. Sea como fuere, continuaba sin entender nada. Necesitaba pensar con claridad; a lo mejor precisaba ayuda. Mi viaje a Suiza no estaba aportando nada de paz a mi atribulado espíritu; más bien todo lo contrario.

El viaje de regreso se me hizo muy corto. Tenía demasiadas cosas en que pensar. Lo poco que había disfrutado de Berna me había provocado sensaciones muy intensas. Era difícil de explicar, pero me sentía muy reconfortado después de haber deambulado por sus calles. Como si la robustez de sus edificios hubiera apuntalado mi voluntad. Era una ciudad recia, pero a la vez colorida, fría pero acogedora. Me sentía cómodo con esa combinación. La extraña persecución a la que estaba siendo sometido enseguida se diluyó bajo los compases de un CD recopilatorio de música tecno británica de los 80 —Yazoo, Thompson Twins, Erasure, Depeche Mode…— y me suscitó una sonrisa burlona revisando mis años inocentes de pelos de punta y ademanes misteriosos.

Alrededor de las ocho de la tarde enfilé la cuesta que anunciaba la entrada de Leuk-Stadt. Aparqué el Skoda y recogí la bolsa de ropa y de regalos. Ya asentado en el apartamento, me invadió una pereza horrible. No me apetecía ni siquiera encender el horno para la sempiterna pizza, pero en fin, algo había que hacer, tenía hambre. Debía vencer mi vagancia a cenar en casa o a salir, y esta vez ganó la opción aventura. Saldría a que Pierre me preparara algo de comer en su bar.

Una vez tomada la decisión, me fue más fácil aceptarla; además, tenía ganas de conversación y de narrarle a alguien mis experiencias por la Suiza germanófila. Necesitaba sacar a la luz las emociones de estos últimos días… y las que me restaban.

Al entrar en el bar, dudé por un instante si debía contarle a Pierre que había quedado con Sophie. Aunque no había nada que esconder, preferí no sacar el tema a menos que él preguntara. Estaba claro que a Pierre no le importaría beneficiársela y que tampoco se escandalizaría si yo intentara lo mismo; es más, lo contrario le sorprendería, pero no me apetecía que nuestra conversación girara sobre mujeres en general y Sophie en particular. Fue una grata sorpresa encontrar a Joseph. Vestía con los mismos tonos grises de la última vez que coincidimos. La ropa oscura acentuaba su palidez y aspecto sombrío. Me hizo un gesto con la mano y esta vez fui yo quien se acercó a su mesa a saludarle.

La estampa habitual que emanaba de su semblante me reconfortó: periódico doblado —esta vez español—, jarra de cerveza a medio terminar, sombrero apoyado en la mesa, sonrisa plácida. Esta imagen provocó que, por primera vez desde que llegué al pueblo, me sintiera partícipe de este lugar. Los primeros días en los que aparecía por la puerta, me embargaba la sensación de ser el foco de atención, el intruso, el extranjero, la persona de quien todos se preguntan los motivos de su estancia, lo que trama, su oficio. En esta ocasión, entré en el local saludando a los pocos parroquianos que apuraban sus cervezas obteniendo gestos de aprobación y me acerqué a un amigo para sentarme con él. Todo natural.

—Hola, Joseph. ¿Cómo se encuentra? —pregunté con amanerada educación.

—Buenas tardes, Álex —me respondió—. Bien, ¿y tú? ¿Haces progresos con lo que buscas?

—Querido Joseph, si supiera lo que estoy buscando, créeme, ganaría algo de tiempo —respondí resignado. Él hizo un gesto de aprobación que yo tomé como una invitación a continuar—. Suiza es un país increíble. Parece mentira la diversidad ciudadana que existe y lo bien que se manejan. Qué claridad, qué limpieza, qué fácil parece todo aquí. En algunos lugares simulan estar en el siglo XVII sin que ello altere su devenir diario.

—Es cierto, es un país muy prosaico —respondió Joseph. Y enseguida, como si hubiera activado un invisible resorte, se incorporó y me dedicó una de sus deliciosas pláticas—. Aunque también luce sus claroscuros —aclaró—. No pienses que esto es un cuento de hadas. El pilar de su riqueza proviene de su industria bancaria; aquí reposan las fortunas más sospechosas e inmorales del mundo. El suizo es un superviviente nato. Pragmático, nunca participa de la algarabía ajena si no le va a reportar beneficios. Seguramente no te has dado cuenta, pero es un país cuasipolicial y legislan hasta qué días debes ir al servicio. La libertad individual está sometida al supuesto beneficio de la colectividad. Tú no podrías vivir aquí mucho tiempo.

—Sí, lo he pensado en alguna ocasión. Es como si caminaran paseando a un perro, pero sin el perro —sentencié.

Me sorprendió el análisis de Joseph. Desde luego, no me había parado a pensar en los suizos como colectividad. Me había limitado a admirar su país desde el aspecto típicamente turista, aunque debo decir que la multa de aquel gendarme estuvo de más, y sospecho que una defensa de mi derecho a no saber poner unas cadenas me hubiera traído problemas con aquel soldado clon. Lo bueno de hablar con Joseph era que con pocas palabras te desgranaba todo un argumento de debate.

—Lo cierto es que la famosa neutralidad suiza estuvo a punto de saltar por los aires durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabías que Hitler estuvo a punto de invadir Suiza? —preguntó, como si ese detalle fuera importante en nuestra conversación.

—Pues no —respondí orgulloso de mi ignorancia.

—¿Qué crees que hubieran hecho los suizos? —preguntó de nuevo mirándome fijamente.

—¿Dejarse invadir? —respondí.

—Veo que has captado la idiosincrasia de los suizos. Se hubieran defendido, claro, pero en cuanto hubieran sopesado las ventajas e inconvenientes de seguir la lucha, habrían elegido la solución menos mala: un protectorado alemán. Más beneficioso, más seguro y, sobre todo, más rentable.

—¿Por qué no se llevó a cabo la invasión?

—Mi jefe, Canaris, lo impidió.

Mis cejas arqueadas demandaban más información. Me acomodé en la silla, atendí a mi cerveza rubia y luego le dediqué una sonrisa esperando que me acribillara con la historia que, sin duda, se moría por contarme.

Joseph se aclaró la garganta y prosiguió empleando su dulce tono académico.

—No tiene mucho misterio. Hitler quiso invadir Suiza al menos en dos ocasiones: en el verano del 40, cuando cayó Francia e Inglaterra se defendía panza arriba de la Luftwaffe, y en el verano del 42. En la primera ocasión, Hitler quería simplemente hacerse con el oro suizo para poder sufragar los gastos de guerra. En aquel verano no era una idea descabellada: Estados Unidos todavía no había entrado en la contienda, y otros muchos países al otro lado del Atlántico, aunque neutrales, simpatizaban con la eficacia nazi. Los países sudamericanos, en especial Argentina, no esquivarían el oro suizo a pesar de su procedencia. Pecunia non olet. Para el verano del 42, el oro suizo ya no nos servía de mucho, puesto que con el mundo entero en llamas, nadie nos vendería ni un kilo de alubias. Lo único que motivaba a Hitler esta vez era vengarse de los judíos adinerados que, según sus informaciones, habían podido salvar sus fortunas en territorio helvético.

—¿Cómo le convenció Canaris? —pregunté.

—En ambas ocasiones, Canaris le deslizó informes negativos de las consecuencias que tales acciones comportarían, aunque también tenía sus razones personales. Necesitaba a una Suiza neutral que emergiera como una isla ante el maremoto nazi. Él mismo ayudó a numerosos amigos de ascendencia judía a escapar a Suiza y escondía allí a sus colaboradores cuando se sentía amenazado por las SS de Heydrich; pero, además, toda la red de espionaje de la Abwehr recibía los pagos a través de sociedades fantasmas o de capital alemán desde los bancos suizos. En especial las redes de Sudamérica. Una invasión alemana a Suiza habría puesto fuera de juego todas esas sociedades y las transacciones desde Suiza al resto del mundo habrían quedado bloqueadas. Alemania no podría enviar dinero sin delatar su procedencia. Los bancos de Zurich funcionaban a modo de ventanillas de caja de los alemanes. Invadir Suiza equivalía a provocar la quiebra de tu propio banco.

—Supongo que los banqueros son así en todas partes… y en todas las épocas —dije suspirando.

—La actitud de los suizos es la del aceite sobre el agua fría: da igual lo que pase por debajo, ellos siempre se las arreglan para que no afecte a su filosofía de vida. Te puede parecer una actitud ventajista y nada generosa, pero tú no eres suizo. Solo los suizos saben ser suizos.

—¿Y cómo sabes tú eso?

Joseph me dedicó una sonrisa y enseguida comprendí que la pregunta estaba de más. Sin embargo, mi nuevo amigo se encontraba de buen humor: había encontrado un oyente interesado, disciplinado y entusiasta. Bebió un sorbo de su jarra, me miró unos segundos y continuó regalándome los oídos:

—Me enteré de eso después de la guerra. En el verano del 42 me encontraba en Ucrania; no supe nada de todo esto hasta llegar a Estados Unidos. Cuando Canaris se sintió amenazado, puso a buen recaudo sus documentos privados. ¿Adivinas dónde? En una caja de seguridad en Zurich. Además, Canaris tenía en Suiza sus propias redes de espionaje paralelas a las actividades de la Abwehr.

»El personal de la Abwehr ya había informado a Canaris de las actuaciones de los Einsatzgruppen de las SS en Bielorrusia, y ese verano se conoció la existencia de los campos de concentración. Fue en ese momento cuando los altos mandos de la Abwehr, que eran abiertamente antinazis, comenzaron a trabajar directamente para el enemigo sin que Canaris hiciera gran cosa por impedirlo. Desde el principio de la guerra, operaba desde Lucerna una red de espionaje dirigida por un patriota alemán apolítico, pero profundamente antinazi, que pasaba información a los Aliados. Canaris tenía conocimiento de ella y la utilizaba para contactar con el enemigo. Una invasión de Suiza destruiría esta red y a los alemanes de su organización implicados. Incluido él. El problema de Canaris fue que estos espías también informaban a los soviéticos; la suerte para los alemanes radicó en que Stalin era otro paranoico y no comenzó a valorar dichas informaciones hasta el verano siguiente. Cuando Canaris se enteró y quiso cortar cualquier comunicación con los suizos, ya era demasiado tarde, pues él mismo estaba siendo vigilado por los esbirros que Himmler había infiltrado en la Abwehr. No fue hasta octubre del 43 cuando los nazis descubrieron la red Lucy, pero el mal ya estaba hecho. El fracaso alemán en la ofensiva de aquel verano en el saliente del Kursk terminó con las esperanzas de la Wehrmacht de vencer a los rusos, y la derrota alemana ya fue cuestión de tiempo. El almirante Canaris jamás habría autorizado ni consentido que los soviéticos disfrutaran de esa información, pues era un reconocido anticomunista y un patriota. Nunca hubiera llevado a los soldados alemanes a una trampa en territorio soviético. Se equivocó con el tamaño de esa red. Fue laxo en su persecución, infravalorando su radio de acción.

»La verdad es que aquella conexión suiza nunca tuvo mucha suerte, y eso que fue una de las más activas mientras operó. Los receptores de la información subestimaron fatalmente sus valiosas advertencias. Franceses y belgas supieron del inminente ataque a Francia en mayo del 40 y no lo creyeron. También se avisó a los noruegos con el mismo resultado.

—¿Y de la invasión a Rusia? —preguntó Pierre sin perder detalle de su monólogo.

—También. Stalin tuvo noticia de la inminente invasión alemana desde tres fuentes distintas: a través de la red suiza, de los británicos y de su espía en Tokio, un tal Richard Sorge. Un personaje de película con conexiones en la Embajada alemana, quien más tarde tendría una importancia capital al informar en el otoño del 41 a la Stavka, el alto mando soviético, de que los japoneses atacarían a los americanos e ingleses en el Pacífico y no a los rusos en Manchuria, lo que permitió a los soviéticos sacar a sus tropas siberianas del Este y enviarlas justo a tiempo para la defensa de Moscú.

—Y Stalin, teniendo tanta información al respecto, ¿no hizo nada?

—Bueno, aquí entran en juego muchas teorías. Durante los años 50, en plena Guerra Fría, tuvimos ocasión de interrogar a algunos generales rusos que habían desertado del Telón de Acero y nos contaron distintas versiones que al principio nos parecieron inverosímiles y, luego, simplemente conjeturas sin fundamento, expuestas quizás para impresionar a sus interrogadores; lo malo es que con Stalin nunca se estaba seguro de nada.

»La más curiosa fue una que afirmaba que Stalin, conocedor de la inminente invasión, dejó hacer a los alemanes confiando en que su ejército aplastaría la incursión alemana y que le servirían en bandeja la excusa para su añorada expansión por el oeste a costa de rumanos, búlgaros y los propios alemanes. Pero falló en sus cálculos: su ejército era un gigante con pies de barro y los alemanes les barrieron durante cuatro meses seguidos hasta que llegó el invierno.

»Y otra teoría, más inverosímil si cabe, afirmaba que era el propio Stalin quien se estaba acercando a la frontera alemana para en breve comenzar él la guerra. En el momento de la invasión alemana, la frontera rusa estaba atestada de divisiones rusas y casi toda la aviación se encontraba en los aeródromos del Oeste. Simplemente no era lógico.

—¿Tú qué crees que pasó, Joseph? —preguntó Pierre de nuevo.

Sonrió con su mirada astuta.

—En la mente de Stalin se magnificaba la idea de una destrucción mutua entre Gran Bretaña y Alemania, solo debía esperar la fruta que, zarandeada por la guerra, cayera mansamente en sus manos para luego surgir él, recoger los escombros y extender el comunismo por el mundo, ocupando Europa del Este y con los restos del Imperio británico en el Oeste.

»En el año 48, un general ruso se pasó al bando occidental en la embajada británica en Polonia. No recuerdo su nombre, pero sí su relato: perdió a sus dos hijos en la gran guerra patriótica. Uno de ellos militaba en una compañía bajo sus órdenes y encontró la muerte en una carga suicida a campo través contra una división acorazada alemana. Lo hizo sin dudar, nos dijo. Creían de veras en Stalin. Más tarde perdió a otro hijo en el sitio de Leningrado. Al acabar la guerra, y aun habiendo perdido a su familia, en lugar de honores, fue destinado a un puesto fronterizo por el mar Caspio con la misión de diezmar a las poblaciones poco afines al régimen. Fue él quien nos dijo que a mediados del 41 el ejército ruso realizaba maniobras de ataque hacia el oeste simulando juegos de guerra, y que entre la oficialidad soviética era un hecho que tarde o temprano se atacaría a Occidente.

Esperé unos segundos para digerir la narración de Joseph. Desde luego, nunca había oído nada de esas teorías y me costaba elegir entre creérmelo o pasar del tema. No sabía cómo reaccionar, si con amanerado escepticismo o generosa confianza. Tras unos segundos de silencio, una idea me asaltó de repente y le increpé a quemarropa:

—¿Nunca te has planteado escribir algún tipo de memorias sobre tu vida? Yo intento escribir un diario, pero creo que lo voy a dejar; no me queda nada interesante por contar después de escucharte.

Mis edulcoradas palabras tuvieron efecto y, al final, acabó confesando que, durante su estancia en Ucrania, había escrito un pequeño diario sobre sus experiencias en el frente. Algunas escenas todavía no se habían borrado de su memoria. Nunca había vuelto a hablar de aquello. Hasta ahora.

A esas alturas no se me pasaba por la cabeza que Joseph no estuviera presente en el mío, así que le pedí permiso para escribir sobre él, a lo que accedió sin demasiado entusiasmo. Además…, ¡qué diablos! ¡Si ni siquiera sabía su apellido!

Cuando llegué a casa, encontré que mi libro de la mesilla estaba en su correcto lugar. No supe si alegrarme.

1 de abril de 1941

Berlín. Cuartel general de la Abwehr.

—Mi querido amigo…

El almirante Canaris trataba afablemente a todo el personal bajo su

mando, en especial al de operaciones. Conocía la dificultad, el riesgo

y la importancia de nuestra labor, por lo que se mostraba gentil y

agradecido. Creaba vínculos de lealtad, éramos una familia, y por la

familia uno lo sacrifica todo. Si fallabas con tu cometido, le habías

fallado a él. Al hombre que vela por ti, que te cuida, te protege. No

trabajabas para los nazis, trabajabas para él. Era un hombre de

honor y esperaba ser correspondido.

—Estoy impaciente por escuchar las novedades. ¿Por quién apuestan

los ucranianos, Joseph? —preguntó mientras servía dos copas de

coñac.

—Su excelencia tenía razón. Como he informado durante estos meses,

el armamento soviético es mucho más potente de lo que

sospechábamos, y la frontera se ha ido reforzando con nuevas

divisiones, aunque sin entrenamiento adecuado. Los pocos generales

con experiencia que le quedan a Stalin se están moviendo

sigilosamente sin despertar su atención. Regresando aquí, he

adelantado a un ejército que se acercaba de maniobras a la frontera

polaca, y en la frontera de Ucrania y Besarabia me he topado con

más de cinco cuerpos mecanizados, mucho más de lo que sugirió su

excelencia.

—Sí, ya sabemos por nuestros hombres en Bielorrusia que el ejército

soviético está bien pertrechado. Hemos conseguido fotografías de

esos tanques de los que informaste, los KV-1. Parecen temibles, desde

luego, pero Hitler no atiende a razones. Va a lanzar el ataque a pesar

de nuestra información. —Hizo una pausa y añadió con cierta

amargura—: Y luego están esos generales advenedizos, ávidos de

gloria, que le ríen las gracias y sus ocurrencias. Se pasean por el

cuartel general como pollos sin cabeza. Solo el mariscal Von

Rundstedt se lee nuestros informes, aunque no hace nada al respecto.

—¿Puedo preguntar a su excelencia cuándo se llevará a cabo la

operación?

—Sí, puede usted preguntarlo. ¿Qué más da? Hemos perdido lo que

usted bien afirmó era imprescindible para tener éxito: el tiempo. En

estos momentos, nuestras divisiones acantonadas para atacar el

frente sur soviético se dirigen a Grecia. ¿Qué le parece? La ofensiva

se retrasa hasta nueva orden. Antes del verano no será posible —

continuó con una mueca mezcla de sorpresa e incredulidad.

—Me temo que es un grave contratiempo —apuntó Joseph—. Según

nuestros contactos, la clave de toda la operación es llegar a Moscú

antes del invierno. ¿Cree usted que lo lograremos?

—Quién sabe. Si lo que me dice de su armamento es cierto, será un

invierno muy largo. Pero basta ya de malas noticias. —Se incorporó

hacia adelante esperanzado—. Dígame qué nuevas trae de Ucrania.

—He contactado con nuestros hombres en Kiev —continuó Joseph—.

Tendremos más apoyo de lo que sospechábamos.

—Esos desgraciados… —interrumpió Canaris—. Se agarrarían a un

clavo ardiendo si se pudieran vengar de los bolcheviques.

—Tiene razón, excelencia, hay mucha amargura contenida, pero no

se fían de nadie. No iniciarán el levantamiento de Ucrania mientras

no caiga Moscú. Hasta que esto no se produzca, no se pasarán a

nuestro lado. Cuando se inicien las hostilidades, habrá un

reclutamiento masivo del que no podrán escapar. Dependerá de

nosotros, de lo rápido que lleguemos a Moscú y a Kiev.

—¡Maldita sea! —exclamó exasperado—. Todo puede fracasar por

esos ineptos italianos. ¿Y en el resto de las poblaciones? ¿Qué

impresión ha sacado? ¿Podemos contar con su ayuda?

Canaris se removía intranquilo sobre el butacón. El plan se diluía

entre sus manos y no había nada que pudiera evitarlo. Dirigió su

mirada hacia el techo y permaneció unos segundos callado.

Joseph le observaba con cierta preocupación. Era frustrante dirigir

una organización de inteligencia a la que nadie hacía caso. Tenía

enemigos por todas partes: los nazis esperaban un resbalón para

saltarle encima y Hitler le tenía por un viejo de una época ya caduca.

No entendía cómo no le habían sustituido ya. Quizás fuese porque en

este juego del espionaje todos tenían información de todos y nadie se

atrevía a dar el primer paso.

—El campesinado es apolítico —continuó Joseph para recobrar su

atención—. Vive del campo, lo ha pasado tan mal con unos como con

otros; apoyará a quien le facilite su modo de vida. Solo quieren vivir

en paz. Lógicamente habrá una leva que se llevará a los jóvenes, pero

los que queden colaborarán si hacemos bien las cosas.

—Ese es el problema. Heydrich está al tanto de toda la operación

(que, por cierto, se llamará Barbarroja, como nuestro gran

emperador) y no me fío de él. Quiere mi puesto y nuestro descrédito.

—El almirante hizo otra pausa y permaneció unos segundos

dirigiendo su mirada hacia el gran ventanal que iluminaba la

estancia; luego, mirando hacia su copa, añadió arrastrando las

palabras—: Estoy muy cansado, Joseph. Si no temiera tanto lo que

pudiera hacer Heydrich con toda la información que manejamos,

hace tiempo que hubiera solicitado que me reemplazaran.

Dedicó una agria sonrisa a Joseph mientras se levantaba para poner

fin a la reunión.

—Pero no voy a darle ese gusto a los nazis… Disculpe, estoy

hablando demasiado, hay cosas que no debería saber. Me estoy

comportando como un viejo cascarrabias. Olvide lo que le he dicho.

Estamos todos en el mismo barco.

Uno de sus perritos anunció su presencia con un pequeño ladrido. Se

escondía tras su sencillo escritorio, como temeroso de haber

escuchado la conversación. El almirante le dedicó un gesto cariñoso

con la mano y miró a Joseph fijamente.

—No va a volver a Rusia hasta que comience la invasión. No me

puedo arriesgar con usted. Tómese unos días de descanso, visite a su

familia. Cuando esto empiece, va a ausentarse durante mucho tiempo.

Le informaré por el canal habitual.

—Gracias, almirante, estoy a su disposición para lo que su excelencia

ordene.

—Puede retirarse, Joseph. Gracias por sus servicios.

Joseph salió del despacho un tanto abatido y tomando conciencia de

que, efectivamente, tenían más posibilidades de perder la guerra que

de ganarla. Decidió hacerle caso y visitar a su familia.