Luz de otoño
Capítulo II
Existe algún caso paranormal que merecería mayor esfuerzo por parte de los profesionales en la materia, como descifrar la capacidad de originar rumores en un establecimiento hotelero. El director no había delatado entre bastidores un asunto tan sensible, y yo todavía no había hablado con los implicados. Solo hubo que esperar hasta el lunes siguiente para comprobar que ya flotaba un aire enrarecido en el ambiente, de esos que impregnan de sospecha cualquier decisión que se tome, por muy inocua que parezca. Miradas de reojo, conversaciones a bajo volumen, ambiente seco con posibilidad de lluvias matinales… Mi semblante serio, por lo inhabitual, no ayudaba a despejar las bajas presiones.
Decidí no pensar en nada y me encerré en el despacho a repasar las incidencias del fin de semana con la esperanza de que pasara la marejada por sí sola. Apenas había aclarado mis papeles —hábilmente desordenados por mis compañeros— cuando la tempestad se asomó por mi despacho.
Gastón Penya, treinta y ocho años. Soltero. Metro noventa. Trajes entallados. Encantado de conocerse y poseedor de una espigada nariz aguileña de las que huelen un bacalao y lo dejan soso. Director comercial del hotel, y de profesión, dañino. Un individuo que surgió de la nada para cubrir un puesto innecesario. Un personaje de los que se venden más que hablan, de los que ocupan más tiempo posicionándose en la empresa que realizando su trabajo. Soberbio, altivo, educación exquisita y amplio vocabulario capaz de dejarte en evidencia en cualquier discusión, deporte que practicaba con mal disimulado regocijo. Manejaba los tiempos de la conversación con soltura profesional: sabía hasta dónde alargar las pausas para captar la atención y cómo terminar una frase con aroma a sentencia. Un ejemplo para ignorantes y un timador para los que, como yo, no soportábamos la superficialidad. Su pedantería solo estaba a la altura de su hipocresía. Una joya caída del cielo que animaba cualquier conversación en que aparecía su nombre. Imposible dejarte indiferente. Le odiabas a muerte o le odiabas a muerte.
—Buenos días, Álex —saludó con su hipócrita sonrisa mañanera.
—Buenos días, Gastón. ¿Qué tal?
—A las once tenemos reunión. Te quería comentar que llevaras la producción prevista de las cuentas de Internet. He hablado con el director y las vamos a repasar.
Sonrisa expectante.
—¿Hoy? ¿Reunión? —pregunté ceja en alto.
—¿No lo has visto? Mandé un correo el viernes —respondió fingiendo extrañeza adobada con un chasquido de lengua viperina, como perdonando un error impropio.
No respondí de inmediato. Esperé que se abriera el correo y…, efectivamente. Un correo sin abrir fechado el viernes a las… 19:45.
—¿Enviado a las 19:45? Gastón, no todos trabajamos tanto como tú — contesté conteniendo mis ganas de lanzarle el teléfono a la cabeza—. No. No lo sabía… —respondí luego más calmado. Cualquier otra emoción hubiera olido a derrota—. Y no me puedo poner ahora a sacar todas las producciones. Los lunes por la mañana tengo mucho trabajo repasando las incidencias del fin de semana. Me lo tendríais que haber dicho antes; hubiera sugerido la reunión para más tarde.
—No podía ser a otra hora. Esta tarde tengo una presentación. Nos van a explicar un nuevo sistema para gestionar las reservas y ampliar cupos en una página web —respondió Gastón, con las manos todavía en los bolsillos—. Si no puedes llevar la información, no te preocupes, le digo al director que no sabías de la reunión. No creo que pase nada. Hasta luego.
Se dio la vuelta con aire marcial y se marchó tranquilamente. En su rostro debía de reflejarse la satisfacción del trabajo bien hecho.
Gastón en estado puro a primera hora del lunes. Otra semana que empezaba muy bien. Típico de él: quedarse hasta tarde y mandar un email a última hora para reflejar por escrito su impagable dedicación, y de paso, dejar a los demás a la altura del betún. Doble ración de arrogancia.
Lunes por la mañana. Estupendo. Dejé todo lo que tenía pendiente y me puse como un loco a buscar las producciones. No iba a dejar que me humillase en medio de la reunión. El instinto me decía que él sí las tenía.
—Odio este trabajo —dije en voz baja.
De repente, dejé de escribir. Recosté mi cuerpo sobre la silla de cuero de imitación y levanté la vista hacia mi cuadro preferido; el único que decoraba el pladur. Una lámina de El cielo estrellado de Van Gogh. Un personaje medio zumbado que, según cuenta la leyenda, no vendió un cuadro en su vida. «¿Fue feliz?», me pregunté.
«Repite eso otra vez —me dije con la mirada fija en los churros estrellados del cuadro—. Odio este trabajo, al hotel, a mis jefes, a los clientes, a las agencias…», repetí mentalmente.
Recuperé mi conversación con Julia de la semana anterior. No solo no había mejorado con la medicina de razonamiento femenino, sino que me estaba subiendo la fiebre del resentimiento. Confesé a Julia que no me gustaba esto. Ahora lo odio. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Atizarle a un cliente?
«Odio este trabajo, odio este trabajo», repetía sin parar, escuchando el eco en mis neuronas.
La temprana presencia de Gastón había reactivado toda la retahíla de sentimientos negativos hacia el trabajo y la vida en general. Este descubrimiento repentino me maravilló. «¿Cómo he podido estar engañándome todos estos años?», me dije todavía recostado, apoyándome en el reposabrazos sin dejar de mirar hacia la pantalla del ordenador, cuyas cifras se extinguían borrosas mientras mi mente viajaba hacia un mundo mejor.
Llegado a este punto, repasé mecánicamente mi pasado inmediato y el camino recorrido para llegar a mi actual crisis existencial. No hubo nada extraordinario. De simple recepcionista en un pequeño hotel, asumí la responsabilidad en un momento de vacío de poder tras la marcha del anterior jefe de recepción —más por veteranía que por capacidad—, y de repente, me vi envuelto en responsabilidades ajenas a mi interés.
El caso es que me lo había creído… Hasta hoy.
Me sentí eufórico. Acababa de descubrir el origen de mis inexplicables inquietudes, de mi mal humor, de mi agitación misteriosa. ¡Era fantástico! Descubierto el mal, habría alguna cura.
¿Cuándo perdí la perspectiva? ¿Dónde olvidé la ilusión?
Terminé el informe y asistí a la reunión, donde el pedante profesional de Gastón desgranó las expectativas comerciales como si hubiera descubierto la pólvora. Habló justo de lo que yo había aventurado al director hacía ya dos semanas, pero, de repente, eso dejó de importarme. En esos momentos me encontraba a otro nivel. Para él, el mérito, y para mí, la verdad.
Más tarde, repasando las reservas del día, me fijé en un apellido italiano que me recordó a Vincenzo della Siere. Busqué en la ficha de clientes cuándo se había alojado mi amigo por última vez y, tal como pensaba, había sido en el mes de marzo. Luego nada. No tenía por qué resultar extraño; sin embargo, ahora caía en la cuenta de que tampoco era normal no tener noticias de él. Durante tres años seguidos se había alojado con nosotros como mínimo dos veces al mes y las reservas me las solicitaba a mi correo personal del hotel. Incluso cuando no pensaba venir me lo indicaba para que dispusiera con libertad de su habitación preferida. Debía reconocer que tampoco pensaba mucho en él, pero aquel envío lo cambiaba todo. Pudiera ser que se presentara de repente en el hotel preguntándome por la caja…, en cuyo caso, ¿por qué no enviarla directamente al hotel? Sabía que la habríamos guardado. Seguía sin encajar nada.
Ya habían pasado casi dos semanas desde que recibiera la caja sin tener pista alguna de su verdadero propietario. Había vuelto a sacar su contenido, esperando una revelación que no llegó. Había algo en aquellas fotos que me fascinaba; tal vez fuese su sencillez, su ingenuidad. Nada artificial interfería en aquellos rostros y paisajes, recuerdos de una época en blanco y negro en la que todo parecía más puro. La foto del niño —o quizás fuera una niña— era deliciosa. Unos grandes ojos que se adivinaban azules inundaban toda la escena e impedían mirar más allá. Del resto de la caja poco podía averiguar sin saber alemán.
Había escrito varios emails a Vincenzo sin obtener respuesta. No le había hablado explícitamente de la caja, solo había dejado caer leves insinuaciones. Le pregunté si tenía pensado pasar por la ciudad y si iba todo bien. Todavía no estaba seguro de que él fuera el autor del envío, pero los días pasaban y Vincenzo se postulaba como único sospechoso. Decidí tomármelo con calma. A fin de cuentas, la caja aportaba un poco de color a mi cada vez más decaída existencia. En el hotel ya había tomado la decisión de dejarme llevar con buen talante y mano izquierda. No merecía la pena guerrear ni con Gastón ni con Gamelin, pues ellos disponían de mejores armas: el cinismo y la maldad. Yo jamás alcanzaría su nivel y, después de todo, tampoco antes se me hacía mucho caso.
Evidentemente, no fue así.
Llegó el viernes.
Había adoptado el papel de supercínico, al que todo le da igual mientras cobrara a fin de mes y los días se deslizaran sin mucho ruido, hasta el punto de que, inconscientemente, relegué a un segundo plano el dilema original.
A media mañana, cuando finalizó el incansable desfile de ejecutivos con prisas para volver a casa y antes de que comenzaran a llegar las reservas del fin de semana, me escondí en el despacho a contestar emails atrasados, ordenados de urgentes a muy urgentes. Enfrascado en un presupuesto infernal, no me percaté de que la persona a la que sutilmente llevaba evitando varios días permanecía anclada frente a mi puerta sin atreverse a entrar ni a atraer mi atención. Los dos nos sobresaltamos cuando levanté la vista de mi pantalla.
—Pasa, Daniel —dije mientras me incorporaba de la silla gesticulando para que se sentara—. Cierra la puerta.
Se defendió bien. Rebatió con eficacia todos los argumentos de su cese, aumentando de paso la carga sobre la conciencia del verdugo decapitando a un inocente. Al final, entendió la inutilidad de sus esfuerzos y se marchó llevándose consigo la dignidad y dejándome a mí la vergüenza y el hastío.
Cuando salió del despacho, permanecí un rato recostado mirando al techo. Había recibido una buena dosis de la medicina que yo alegremente recetaba: al final, él había muerto como un héroe y yo había sobrevivido sin salir de la trinchera. Lo tomé como una pequeña concesión a la causa. Daniel tenía todo el derecho del mundo a desahogarse, y yo no tenía ánimos ni fuerza para explicar las circunstancias. Intenté autoconvencerme de que la desagradable misión estaba cumplida. «Ya pasó todo», me dije.
Pero no había pasado…
—Perdona, Álex —interrumpió un recepcionista—. Te ha llamado Gastón mientras estabas reunido. Quiere que bajes a verle para comentarte algo de una tarifa de una empresa que negociaste el año pasado.
—Gracias, ahora le llamo —respondí con amabilidad. Los chicos de recepción no tenían culpa de nada.
Por supuesto, no pensaba ni llamar, ni mucho menos bajar a su despacho. Que subiera él si era importante. Todo el día tocándose las narices y cuando se aburre, se las toca al resto. Ya sabe dónde estoy; si quiere, que venga.
—¡¡Será subnormal!! —añadí, sintiendo cómo el cabreo me subía por el esternón.
El lunes siguiente por la mañana me encontré una nota de Gastón escrita en un tono muy serio, casi amenazante: me apremiaba a cerrar rápidamente los canales de venta, pues se habían colado más reservas de las que podíamos alojar. Un overbooking con todas las de la ley. El director estaba ya informado; con otra notita.
Comprobé todos los canales y, efectivamente, se habían quedado algunos abiertos. Me disponía a cerrarlos con urgencia cuando el teléfono de mi despacho sonó, haciendo parpadear el display donde ponía «Director».
—Buenos días, señor Gamelin —contesté con falso tono amistoso.
—¿Puede pasar por mi despacho, por favor? —preguntó con su mortecino tono habitual.
Entré en su despacho. Junto a él estaba mi amigo Gastón, la persona que más deseaba ver en aquellos momentos, inclinado hacia atrás con las piernas cruzadas, mordisqueando levemente la patilla de sus gafas y fingiendo una actitud resignada, diría que paternalista. Cruzó una mirada con el director antes de tomar la palabra.
—Buenos días, Álex. Supongo que has visto el overbooking del fin de semana —me arrojó Gastón desde una de las sillas que adornaban el despacho de dirección. La otra permanecía vacía esperando una invitación a ocuparla.
Sin duda, me había convertido en el pato de feria al que disparar las frustraciones ajenas. Jamás pude entender qué tenía Gastón contra mí, ni por qué yo era su objetivo. Cuando le conocí, no tardé ni dos días en convencerme de que debía andar con cuidado con este portento. Seguramente era una forma de motivación. En alguna parte lo había leído: había gente que se buscaba enemigos para mantenerse alerta y activo. Gastón debía de ser uno de estos gilipollas. Lo malo era que me estaba ganando la partida por mi incapacidad de ponerme a su altura, y yo ni sabía ni quería competir. Si después de tantos años el hotel iba a permitir que mi labor se esfumara por el sumidero del cinismo ante la insidiosa mirada del galáctico, que así fuera.
—Sí. Lo acabo de ver. Ahora mismo estaba repasando los canales que se han podido quedar abiertos.
—Gastón estuvo aquí el domingo por la tarde y reparó en ello. Por lo visto, le llamó por teléfono y no pudo contactar con usted —dijo el director añadiendo pimienta a la más que probable discusión que amenazaba por iniciarse y que, desde luego, yo no iba a rehuir teniendo a Gastón enfrente.
Lancé una fugaz mirada al reloj de mesa que se escondía tras un calendario del 2007. Las 9:15 del lunes por la mañana, y ya me habían amargado otra semana. Comenzaba a ser una costumbre. Estupendo.
—Lo siento, me dejé el teléfono en el coche. No he visto las llamadas — respondí mirando alternativamente a ambos, tratando de adivinar de dónde partiría la próxima estocada.
—Pues tenéis un problema —añadió Gastón.
En su rostro me pareció observar un ligero destello desafiante… ¿o quizás de satisfacción?
La sangre ascendía a chorros a mi cerebro y las venas comenzaron a martillearme las sienes. Un calor sofocante invadió todo mi cuerpo. Intenté ordenar con rapidez mis palabras para que sonaran tranquilizadoras, mientras luchaba conmigo mismo para no levantarme y soltarle una hostia al ínclito, al sibilino, al cretino de Gastón, que había hecho de la maldad la razón de su existencia. ¿Cómo se atrevía a pedirme explicaciones delante del director por un asunto del que él no tenía ni idea, básicamente, porque nunca se preocupó de saber cómo se cierran los canales de venta, a pesar de arrastrar el nombre de «director comercial» en sus tarjetas de visita? ¿Cómo se podía ser tan ruin? ¿Qué hacía allí sentado con el director? ¡Si solo le faltaba enfocarme con el flexo…!
—Perdona, Gastón, pero aquí el director y el director comercial sois los que tenéis que pronosticar el movimiento de mercado, ¿o voy a ser yo también el que tenga que saber si se va a llenar el hotel o no? En lugar de quejaros porque el trabajo no sale bien, ¿por qué no aventuráis las causas? Si están muy claras. ¡¡Las sé hasta yo!!
Y Pandora abrió el estuche…
Si no me levanté y le partí la cara ahí mismo fue porque no iba a llegar hasta él —se había inclinado levemente hacia atrás; sin duda estaba esperando una reacción así—. El cabrón me había provocado y había mordido el anzuelo. El director, que se percató de todos los movimientos, hizo lo que se esperaba de él: nada.
Pasaron unos segundos antes de que el señor Gamelin se dignara a hablar. Dirigió una fugaz mirada con Gastón justo antes de contestar. Recostado en su sillón-sofá de seiscientos euros, empezó su discurso.
—Álex —continuó desde el fondo—, desde hace varias semanas, por no decir meses, estamos observando en usted una actitud… un poco cansada. Sabe que apreciamos mucho su labor aquí, y no me duelen prendas en reconocer que muchas veces este hotel funciona gracias a su dedicación, pero tenemos que adaptarnos a los tiempos que corren, y estos exigen cierto esfuerzo extra que, por lo que comenta en cada reunión que tenemos, no parece muy dispuesto a afrontar. Hoy estamos planteando un problema que ha ocurrido durante el fin de semana, y esperaba otra cosa de usted, aunque fuera una excusa. Creo que no es adecuado, tal como están las cosas, poner pegas a todo lo que se sugiere.
Me miraba fijamente, como desafiante. No podía disimular mi cara de asombro, como Gastón no podía ocultar la suya de satisfacción. ¡Será mamporrero hijo de puta…!
Semanas de desengaños y desilusión me subían por las entrañas. Juntando mis manos frente a mi cara a modo de oración, intenté ser lo más correcto que la circunstancia requería. Si perdía los nervios, Gastón habría ganado… otra vez. Pero si me acobardaba y asumía una culpa que no era mía, Gastón vencía de nuevo. Siempre tenía la oportunidad de decir que sí a todo y luego hacer lo que mi entender me dictara, hasta el siguiente fallo, y vuelta a empezar. Pero algo dentro de mí crecía y crecía. Una fuerza irrefrenable me empujaba hasta casi levantarme del asiento: la impotencia de ver a estos dos sinvergüenzas llamándome la atención por un problema fruto de su incompetencia, esperando que me retractara o pidiera perdón, era sencillamente superior a mi entendimiento.
Estallé.
—¿Me va usted a decir que mi actitud es de cansancio? Claro que es de cansancio, ¡y de estar hasta las pelotas! ¡Cansado de trabajar diez horas diarias cuando otros departamentos se tocan las narices, cuyos resultados no se han visto ni se verán jamás porque no tienen ni puta idea! ¡De que cualquier problema sea culpa de recepción, que no solo tendría que ser el más numeroso en vista del trabajo, sino al que encima le quitan gente para ahorrarse mil euros al mes, que es lo que el departamento comercial se gasta en viajes inútiles! Estoy cansado, ¡claro que sí!, y no comparto nada de lo que ustedes dicen. Es una desgracia para todos, pero es lo que hay.
Callé de golpe. E inmediatamente comprendí que habían ganado.
Se hizo el silencio.
El director y Gastón se miraban incrédulos, como si no se acabaran de creer lo que habían escuchado sus oídos.
El señor Gamelin rompió el hielo. Su cuerpo seguía recostado plácidamente en la inmensa silla de cuero. No aparentaba enfado; es más, una vez repuesto de la sorpresa que supuso mi desahogo, parecía como sospechosamente sereno.
—Muy bien, Álex. Desde luego no esperaba esa reacción suya, ni conocía sus opiniones. Tiene razón. Es una lástima esta situación, sobre todo para usted. Conoce de sobra lo que opino. Si no está de acuerdo con mi manera de llevar las riendas de este hotel, creo que lo más interesante es llegar a un acuerdo que nos haga la vida más sencilla a todos. ¿No cree?
En ese momento, apenas oía lo que me decía: permanecía sobrecogido por mi atrevimiento. Por fin había sacudido el árbol con la esperanza de que cayera un fruto maduro, aun a riesgo de que cayera un fruto podrido. Me habían situado frente al precipicio y yo había elegido saltar. Mi mirada permanecía perdida en el cuadro que por alguna razón se había convertido en el destino de mi desorientación.
Permanecía en silencio, percibiendo la mirada de unos tahúres que jugaban con cartas marcadas, madurando mi nuevo estatus, cuando, de repente, lo que parecía un sentimiento de vergüenza pronto pasó a ser un sentimiento de alivio, y sonreí. Fui consciente del gran peso que me había quitado de encima, y les había demostrado lo que un hombre con dignidad es capaz de hacer. Soy un gilipollas, pero un gilipollas con clase.
—Por mi parte, no tengo nada más que añadir —dije incorporándome con estudiada lentitud, ofreciéndoles la última oportunidad de apalearme.
—No se vaya todavía, Álex —dijo de repente el director—. Esto no termina aquí. Como sabe, el consejo quiere prescindir todavía de una persona más. Vaya pensando en quién.
«Órdago a la grande», me dije. Ya me tenían donde querían, pero también sabía que, de alguna manera, me había dejado arrastrar hasta allí. Permanecí de pie, procesando la respuesta de la cual dependía mi futuro.
—O estás o no estás —dijo Gastón amenizando la espera—. ¿Estás? —repitió para que no quedara duda de las consecuencias de mi respuesta. ¡Esta era la gran pregunta! ¿Estás dispuesto a tragar y quedarte con una persona menos, o prefieres ser tú quien nos deje? ¿De eso iba el juego? Pues no iba a ponérselo fácil. Quería que Gamelin lo dijera en voz alta y que se oyera él mismo decirlo.
—¿Tengo que pensar que me van a despedir a mí si no estoy de acuerdo? — pregunté desafiante.
Se había inclinado de nuevo hacia atrás, había cogido un lápiz y le daba vueltas. Intentaba aparentar tranquilidad, como si despedir gente formara parte de su rutina y no le quitara el sueño. Restarle importancia. Pero yo intuía que no estaba en absoluto cómodo. Esta segunda oportunidad que amablemente me brindaba probablemente no había sido idea suya, sino fruto de la conversación con el consejo. No se atrevía a despedirme sin su aprobación. Ni siquiera tenía coraje para eso.
Le miré fijamente. Su cara de poker me ponía enfermo. No podía ceder. Por fin me hallaba en el cruce de caminos que, a mi pesar, tanto había ansiado. El momento en que debía elegir entre lo fácil y lo justo. Lamerle el culo a Judas o buscarme otro empleo. Echar a un recepcionista o echarme a mí. Renunciar a mis principios o deambular por la cola del paro.
Respiré tomándome mi tiempo, saboreando el momento, y me lancé al vacío.
—¿Es este hotel el que usted quiere? —Le miré directamente a los ojos, muy calmado. Dejé pasar unos segundos y continué—: Yo no, señor Gamelin. No puedo estar de acuerdo con usted. Y lo sabe.
Mientras caía al vacío, mi mente recorrió los rostros de los compañeros que habían pasado por el hotel. Ahora yo les acompañaría, pero aportando la dignidad que a ellos no les dejaron mostrar.
La paz.
La tranquilidad que me invadió en ese momento me otorgó la valentía y el arrojo para marcharme de su despacho sin su permiso ni mirar atrás. Quizás él lo quería así y había vuelto a caer en su trampa; quizás estaba todo planeado y Judas exhibiera sus dedos victoriosos. Pero nada podía comprar la sensación de paz interior que había ocupado cada músculo de mi cuerpo. Quizás a sus ojos mediocres había perdido, pero yo… Yo sabía que había ganado.
Cuando salí del despacho del director, decidí dar una vuelta por el hotel. No tenía fuerzas para entrar al mostrador. Llamé a Julia.
—Hola, cariño, soy yo. Llámame cuando puedas. No es importante, pero me gustaría charlar contigo. Te quiero.
Tenía el teléfono fuera de cobertura y, además, le ocurría lo que a mí, me daba una pereza horrible escuchar luego los mensajes del buzón de voz. La llamaría más tarde.
Salí pronto del hotel, es decir, a mi hora. No me quedaban ánimos para nada, ni siquiera para justificarme. Retrocediendo en el tiempo, trataba de encontrar el momento justo en que debí darme cuenta de la deriva que tomaba mi camino. Durante estos seis años tuve ofertas que me aseguraban mayor sueldo y mejor posición, y que descarté en un alarde de compromiso, creyendo heroicamente que, abandonando el barco, este se hundiría. ¡Qué idiota fui! Aún no estaba este director, claro. Cuando llevaba las de ganar no fui valiente, y ahora que no tenía red que amortiguase mi caída, resulta que me disfrazo de héroe.
—No es valentía, es estupidez —repetía mi angelito sobre el hombro.
Los últimos días había perdido algo de peso. Casi siempre me acostaba sin cenar. Algo de fruta o un yogur era lo único que mi estómago aceptaba. No obstante, compré algo más consistente por si Julia se acercaba a cenar.
Entré en mi cuarto y… me quedé paralizado.
Mi mirada se fijó en el libro que reposaba sobre mi mesilla. Era mi libro, mi mesilla…, pero no estaba como yo siempre lo dejaba. Tenía la costumbre de colocar el libro en una determinada posición, las esquinas del libro coincidiendo con las de la mesita. Era una tonta manía heredada de mi niñez, pero nunca, nunca dejaba de hacerlo. Nunca.
… Y el libro estaba movido.
Un miedo irracional recorrió mi cuerpo hasta que, por fin, pude reaccionar y acercarme despacio a la mesita. Lo miré unos instantes antes de tocarlo, como si pensara que solo con mirarlo se colocaría en su posición original.
Repasé mentalmente mis movimientos matutinos y me visualicé colocando el libro. ¿Tanto me estaba afectando todo?… ¿O es que alguien había entrado en mi casa? Era de locos.
El resto de la habitación estaba en aparente orden. El poco efectivo que guardaba seguía en un cajón bajo los calzoncillos. No fue hasta pasado un buen rato cuando recordé la caja. Un escalofrío recorrió mi espalda. No estaba acostumbrado a estas emociones. Me temblaron las piernas y me senté en el sofá.
¿Cómo podía pensar que habían entrado en mi casa buscando la caja?… Pero el libro estaba movido. Estaba completamente seguro de haberlo colocado como siempre. No la habían encontrado, claro. La llevé al hotel pensando que Vincenzo se pasaría por allí a reclamarla y así ahorrarnos incomodidades. La había guardado a buen recaudo en la caja fuerte de mi despacho, pero ahora no sabía si alegrarme por ello.
Me senté frente al televisor e intenté calmarme. Me encontraba en ebullición. ¿Y si resultaba que al final había sido yo que, al abrir el armario y dejar la camisa sobre la cama, simplemente había movido el libro sin darme cuenta? Sí, seguro que había sido así.
Por supuesto, Julia ni llamó ni se pasó.