Luz de otoño

Joseph Maga · Capítulo 12 de 27

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Luz de otoño

Capítulo VIII

 

—Oh là là! Mon ami! ¿Qué tenemos por aquí? ¿Será el desventurado Álex quien le robe el corazón a la chica más dura del Oeste? —No le faltó tiempo a Pierre para atribuirse el mérito de haber hecho de mí un aprendiz de Don Juan.

—Joder, Pierre —contesté visiblemente molesto—. No todos estamos tan desesperados como tú. Sophie es una chica fantástica, pero no es mi tipo. Además, no creo que sea de las que se relacionan para solo una noche, como bien aventuraste, y yo no puedo quedarme aquí hasta comprobar si cambiaría de opinión. No me jorobes y ponme un tanque de los tuyos.

—Que sí, que sí —respondió ajeno a mi indignación.

Me apoyé en la barra y giré la cabeza hacia la esquina donde alguien se escondía tras un periódico alemán de hojas descomunales; al oírme hablar, dobló ligeramente el periódico por arriba dejando asomar su cabeza cana y realizó un gesto de saludo al que respondí con una sonrisa.

Era Joseph.

Pierre observó los saludos y se me acercó hablando en voz baja.

—Me dijo la de la panadería que estuvo en el hospital de Lausanne. Efectivamente, es cáncer.

—Vaya por Dios —exclamé.

—¿Dónde has estado estos días, Willie Fog? —preguntó Pierre cambiando de tema mientras sacaba brillo a unas botellas de whisky de malta que hacía años que nadie demandaba.

—Pues he bordeado el lago Lemán por la costa francesa, por Évian-les-Bains, Ivoire… Ahora estoy pensando en ir a Neuchâtel —respondí pendiente del tanque de cerveza.

—Yo no conozco Neuchâtel, pero creo que Joseph ha vivido una temporada allí. ¿No es verdad, Joseph? —gritó en dirección al anciano, que sin duda escuchaba nuestra conversación tras el periódico cual espía de novela barata.

Joseph inclinó el periódico de nuevo y asintió con la cabeza diciendo:

—Es una ciudad preciosa y tiene una universidad de mucho prestigio. Tuve el placer de dar clases allí.

Y antes de que hablara de nuevo, Pierre se adelantó sin poner el intermitente:

—Joseph, ¿por qué no te sientas un rato con nosotros? Venga, que te pongo otra cerveza.

—No quiero molestar.

—¡Nooo! —exclamé—. No se preocupe usted. Es imposible hablar de nada serio con este filibustero —dije, suponiendo que una pequeña broma que nos aliara contra Pierre le inclinaría a aceptar la invitación, cosa que hizo finalmente.

Como anfitrión accidental, me sentí obligado a iniciar la conversación.

—¿Y qué enseñabas en la universidad? —pregunté.

—Viví algunos años en Neuchâtel, «la ciudad de mantequilla», realizando una suplencia a un profesor titular del Departamento de Historia. Soy licenciado en Historia, especialidad en Historia Contemporánea.

—¡Como para no serlo! —interrumpió Pierre—. No ha tenido que estudiar nada, solo recordar detalles de su vida. ¿Verdad, Joseph?

—Bueno —respondió con aire melancólico—, el siglo XX ha sido muy intenso y me ha tocado la suerte o la desgracia de vivirlo apasionadamente.

—Joseph, no seas modesto —interrumpió Pierre.

—Ha sido una vida muy larga —comenzó a hablar el aludido, gesticulando con la cabeza, como pidiendo perdón por haber vivido tanto tiempo—, y, como penitencia, Dios me ha otorgado el don de poseer una memoria que a estas alturas de mi vida quisiera no conservar. Para resumir os diré que no soy alemán, en realidad soy ucraniano —afirmó solemne.

Pierre me hizo un gesto indicándome que no tenía ni idea y dejó el trapo para prestar más atención.

—Emigré a Alemania con mi familia en los años 20, una época terrible para mi tierra. A los dieciocho años, me enrolé en la Marina de Guerra alemana y participé en las primeras escaramuzas de la Segunda Guerra Mundial sirviendo en un acorazado. Después me reclutaron como agente del Servicio de Inteligencia alemán y combatí en la campaña de Rusia, primero como agente y luego como soldado. Al final de la guerra, fui prisionero de los americanos y acabé trabajando para ellos como agente de la CIA. A mediados de los 70, gracias a un golpe de fortuna que me hizo rico, me retiré del servicio y por fin pude dedicar todas mis fuerzas a cumplir el sueño de mi vida, que no era sino estudiar. Me matriculé en la Universidad de La Sorbona y me especialicé en Historia Contemporánea, sin ningún mérito por mi parte, como bien apunta Pierre…

Tras sus palabras se refugió en un gran trago de cerveza.

Pasaron unos segundos antes de que pudiera cerrar la boca. Por un instante pensé que nos estaba vacilando: Pierre ya me lo había advertido, pero claro, escucharlo en directo me descolocó. A punto estuve de emitir mi desconfiada opinión, pero la voz de Joseph me lo impidió.

—Al lograr mi doctorado, realicé unas suplencias en distintas universidades hasta que me retiré. Decidí que me vendría bien un lugar tranquilo, cerca del mar y con temperatura agradable todo el año, y me decanté por un pueblecito maravilloso en la costa mediterránea, en España. Estuve varios años hasta que me cansé de sol y de turistas. Al principio solo los sufría en la temporada estival, pero aquello comenzó a crecer. Hoteles, urbanizaciones, restaurantes… La paz y la tranquilidad se terminaron con la llegada de rusos atiborrados de dólares de dudosa procedencia, y pensé que los motivos que me habían llevado allí se habían esfumado junto al aire marino, por lo que decidí volver a la docencia. La universidad de Neuchâtel me ofreció una plaza, y allí enseñé Historia Contemporánea hasta que dispuse retirarme en este país. Suiza emana la tranquilidad necesaria para los que buscan paz de espíritu. Un país tranquilo, tradicional, limpio, ordenado, sensato… Y aquí estoy desde entonces, viviendo en lugares donde me siento cómodo o donde puedo servir de ayuda. Ahora resido en este pueblo por quedar a medio camino entre Lugano y Ginebra, y porque la grandiosidad del valle del Ródano me recuerda todos los días lo insignificante que es el ser humano.

Sus palabras me insuflaron una mezcla de asombro y respeto, pero también de pena y soledad. Quise mostrarle mi admiración. Yo sí me sentía insignificante: no hay nada más saludable para solucionar tus problemas que conocer los problemas de los demás. Me sentí ridículo de mis charlas existenciales ante el espejo.

Sus ojos temblaron con el reflejo de la luz de la barra y me dedicó una tierna sonrisa de anciano resignado.

—No acostumbro a contarle mi vida al primero que llama a mi puerta, y eso que algunos lo han intentado, pero no sé por qué he comenzado a hablar y no he podido parar. Además, tampoco hay nada de malo en que a mi edad quiera presumir un poco de aventurero, ¿no crees?

—Sin duda es una licencia que te puedes…, corrijo, te debes permitir — afirmé con rotundidad.

Sus palabras se ablandaron y un silencio melancólico atravesó nuestros cuerpos. Intuí que una intensa lucha interior se libraba en el corazón de aquel anciano.

—Estos días ando un poco deprimido —continuó sin mirarme a los ojos—. Solo soy un anciano cuya única herencia son sus recuerdos. Mis días se acaban, y conmigo, mi memoria.

Intentaba recomponerse dibujando una sonrisa de circunstancia que no hizo sino empeorar la escena. Me vinieron a la mente los comentarios de Pierre acerca de su enfermedad; quizás le hubieran dado una mala noticia en su última visita al hospital. Le animé a que descansara.

—No, no, Álex —dijo de repente como animado por algún resorte oculto que le hubiera recolocado erguido sobre su taburete. Crucé de nuevo una mirada con Pierre, quien detrás de la barra me indicaba que todo estaba correcto, por lo que me relajé y me dispuse a escuchar.

Divagó un poco y nombró la CIA, y, como si esa hubiera sido la palabra clave, me lancé a preguntar.

—¡¡Al diablo con los secretos!! —Alzó la voz queriendo emitir un grito y le salió algo parecido al cantar de un grajo, lo que contribuyó a sonsacarnos unas buenas sonrisas y una mejor disposición a escucharle.

»En realidad solo era un oficial de enlace —continuó—. A menudo un mero traductor. La única ocasión en que realicé trabajo de campo fue en Israel. A principios de los años 70, algunos de los judíos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial provenientes de Ucrania deseaban instalarse en Israel. La motivación de muchos no descansaba precisamente en su fervor religioso, sino en escapar de un pasado terrible con los nazis y la esperanza de un futuro mejor lejos de la Unión Soviética. Mi misión consistía en captar un posible desencanto comunista y esa falta de ortodoxia religiosa para atraerlos a las redes de informadores de la CIA en Israel. Al ser yo el único agente disponible que hablaba ucraniano, me designaron la tarea de mantener la red. Mi tapadera de comerciante me permitía viajar a menudo y establecer innumerables contactos. Jamás pisaba la embajada americana, pues tanto el edificio como los supuestos agregados culturales estaban vigilados.

—Pero… ¿cómo acabaste en la CIA? ¿No eras un prisionero? —preguntó Pierre atento. Yo le escuchaba entusiasmado. No me podía creer que estuviera frente a un veterano de la CIA desgranando sus misiones. Suponía que luego no nos mataría.

—Un prisionero alemán de origen ucraniano despertó mucho interés en un campo de prisioneros de guerra aliado —contestó.

»En los días finales de la contienda, nuestro batallón se encontraba en el este. Defendíamos unas posiciones en las afueras de Berlín esperando la inminente llegada de los soviéticos. Muchos camaradas que habíamos visto y sentido las barbaries cometidas en suelo ruso sabíamos cuál era nuestro destino en caso de no morir y caer prisioneros: ser fusilados en el acto o llevados a campos de concentración peores que los nuestros. Nuestra única esperanza era elegir la forma de morir.

»Un teniente, que había sido degradado por haberse retirado con su sección de una posición indefendible y perdonado de la ejecución por falta de efectivos, tuvo la idea de cambiar de frente e ir hacia el oeste para así caer en manos de los americanos. Suponíamos que, al haber entrado en la guerra más tarde, tendrían menos motivos para odiarnos. Creo que no nos equivocamos. Para lograrlo, necesitaba contar al menos con toda una sección para atravesar el frente sin despertar sospechas. No le costó convencer a todos los desgraciados que ocupábamos la trinchera en la orilla del río Spree, y al día siguiente, aprovechando una escaramuza de los rusos, desertamos todos. Robamos un camión y huimos. Sospecho que ni siquiera nos echaron de menos; los rusos avanzaban como bulldozers y aplastaban la resistencia alemana como si fueran castillos de naipes. El teniente falsificó los papeles de traslado al frente occidental y gracias a que todavía conservaba su porte de mando conseguimos movernos por la retaguardia en dirección al oeste. Sin duda, fue el viaje más peligroso de mi vida. En cada cruce de carreteras éramos detenidos por guardias de corps encargados de apresar a todo desertor. No les sobraba el trabajo, pero el truco radicaba en ver quién podía gritar más alto, y nuestro teniente alcanzaba varios registros por encima de aquellos perros. En cuanto llegamos a la línea defensiva del oeste, a la primera acción tiramos las armas y nos rendimos. Cinco días después los rusos entraron en Berlín.

»Mi última acción militar no fue nada heroica —dijo gesticulando con ambas manos. Pierre ya se había incorporado a la narración fuera de la barra. En el bar no quedaba nadie y solo se escuchaba la madura voz de Joseph—. Los americanos nos hacinaron en un campo de prisioneros donde cada día llegaban nuevos desarrapados como nosotros, sin higiene y sin comida, pero agradecidos de no estar en Rusia. Los veteranos del frente del este como nosotros escandalizábamos a los combatientes que habían estado de vacaciones cuatro años en Francia con nuestras historias. Todos nos entreteníamos narrando nuestras hazañas y nuestros temores, pero, al final de cada relato, el silencio atormentaba nuestra memoria y, callados, nos retirábamos avergonzados.

Influido por el nuevo recuerdo, Joseph hizo una pausa de unos segundos homenajeando a aquellos camaradas cuyas historias, seguro, no desmerecían las suyas.

—El hambre agudiza el ingenio —continuó de repente—. Un día, con la esperanza de mejorar mis condiciones de vida, me presenté a un oficial americano y le demostré mi habilidad con los idiomas eslavos por si podía servir de ayuda. Apuntaron mi nombre, unidad y número de confinamiento, y cuando ya me había olvidado del asunto, me llamaron para trasladarme a otra área del campo, donde los judíos supervivientes de los campos de la muerte provenientes de Ucrania, Bielorrusia y Crimea eran incapaces de entender a sus libertadores. A menudo ofrecíamos espectáculos surrealistas: yo traducía del ucraniano al alemán y otro del alemán al inglés. Un día pregunté por qué no se ayudaban de los rusos para realizar las traducciones y su silencio me hizo pensar que la presencia de sus aliados del Este comenzaba a no ser tan amistosa. Tampoco encontraban alemanes que hubieran servido en los campos. Los arios se habían escapado según sintieron el aliento de los aliados y era difícil dar con alguno. Cada vez que detenían a uno, lo confinaban en un lugar secreto, en parte para evitar venganzas descontroladas, en parte para poder saber exactamente qué ocurrió allí, pues todavía nuestras mentes no alcanzaban a comprender la atrocidad cometida.

»A partir de aquel momento ocupé otro barracón, menos hacinado. Incluso había jabón. Aunque no me hacía muchas ilusiones. Solía pensar que, una vez realizado el trabajo, sería fusilado para asegurar mi silencio. Era lo que en Rusia estaba acostumbrado a ver.

»Pasaron varias semanas hasta que un día, sin avisar, me trasladaron. No tuve tiempo de despedirme del único camarada de trinchera que me quedaba. Habíamos coincidido en una deshonrosa retirada en Ucrania y desde entonces habíamos permanecido juntos. Jamás le volví a ver. Rudolph, se llamaba. Todavía conservo el primer plano de su mugrienta cara y sus negros dientes apretados mientras tiraba de mí para sacarme de debajo de la rueda de un anticarro que me aplastaba contra el barro. Habría muerto asfixiado si ese bruto no hubiera caído a mi lado. De las cientos de formas en que pude haber muerto en el east front, ahogado semiinconsciente en el barro sin duda habría resultado la más estúpida.

»Como os decía, un día me despertaron, me metieron en un camión y me sacaron del campo de prisioneros. A mitad de camino nos detuvimos, subió un policía militar americano y me vendó los ojos. No hubiera hecho falta, porque no tenía ni idea de por dónde circulábamos, pero viajar en un camión con los ojos vendados solo podía significar una cosa. Recuerdo que llovía. El sonido del agua golpeteando la carrocería del camión era lo único que mi mente registraba. Me encontraba tan inerte que mi único pensamiento era que, con la tierra mojada, sería más sencillo cavar mi fosa.

»“Hasta aquí llegó tu suerte, amigo Joseph. Te van a dar de tu propia medicina”, me dije extrañamente sereno. De alguna manera, creí merecer ese final.

»Un escalofrío me recorrió el espinazo al sentir detenerse aquel camión. Escuché voces y un desagradable chirrido metálico: alguien se asomó al camión y habló con los policías militares que me custodiaban. Me encontraba paralizado. Creí poder afrontar mi destino final con entereza, y en el último momento me faltó el valor y la dignidad. En las horas que duró el trayecto, mi mente había viajado sin descanso por los senderos de la angustia, la locura, la esperanza, la tristeza y la fe. Con los nervios deshechos y las piernas temblando, bajé del camión para descubrir que mi lugar de destino no era sino otro campo de prisioneros.

»Nunca supe ni su nombre ni dónde se ubicaba. No era un campo de concentración propiamente dicho, sino una especie de recinto vallado donde la gente que lo poblaba gozaba de plena libertad para moverse, excepto para escapar. Era extraño: ni estaban encerrados ni podían huir; más aún, no querían irse de allí. Desde luego, la vida en aquel lugar no tenía comparación con otros campos: comida caliente, agua siempre tibia, duchas con jabón… Muchos prisioneros, por llamarles de alguna forma, vestían con elegancia, algunos con sombrero, e incluso a otros los acompañaban sus familias.

—Pues menudo cambio, ¿no? —interrumpí para que tomara un poco de aire.

—Con el tiempo averigüé que en aquel recinto se confinaba a los prisioneros importantes. Colaboradores del régimen nazi que, queriendo o no, habían puesto sus conocimientos a su servicio. Algunos hasta habían desarrollado su trabajo con notables éxitos en campos como la química o la física, científicos cuyas investigaciones no era deseable que cayeran en otras manos «amigas». Médicos, oficiales y miembros del Servicio de Inteligencia alemán que se habían identificado y entregado a los americanos. Los científicos permanecían poco tiempo en el campo; a los dos o tres días un coche los recogía y ya no sabíamos nada más de ellos.

»En aquel lugar no había excombatientes. Aquellas personas habían hecho la guerra desde despachos, fábricas o laboratorios. Nadie hablaba mucho. Apenas tímidas palabras corteses de saludo entre ellos, o miradas huidizas, culpables… El ambiente era de tensa espera. Cuando algún padre de familia era llamado al despacho del comandante, su rostro se contrariaba por los nervios. Aunque la mayoría, hasta donde yo sé, consiguió su objetivo: emigrar a Norteamérica y trabajar para el Gobierno estadounidense.

»Una vez probada la fruta, es difícil renunciar a ella, por lo que durante mis días de intérprete me preocupé bien de desarrollar mis mejores dotes teatrales de servilismo y abnegación. Por nada en el mundo quería volver a las comidas frías y el agua helada, así que me esforcé encarecidamente por resultar útil y eficiente. La dignidad era una virtud que en aquellos tiempos solo aportaba miseria. En la Kriegsmarine, los telegrafistas recibíamos clases de inglés para familiarizarnos con el enemigo y sus claves. Para el año 45 había olvidado lo poco que aprendí, pero poco a poco fui agudizando el oído y, para mi sorpresa, comencé a defenderme con cierta soltura.

»Pero todo lo bueno se acaba y me hicieron regresar al anterior campamento. Esta vez debía ayudar en otro tipo de interrogatorios… Desertores rusos.

»Con la euforia inicial por la victoria ya desaparecida, y cuando ya no quedaban más mujeres alemanas por violar, algunos soldados del ejército rojo decidieron escuchar con sus propios oídos los cantos de sirena del mundo occidental, cuya melodía capitalista aparentaba desafinar menos que la verbena de Stalin. En los meses siguientes al fin de la guerra, numerosos soldados soviéticos se pasaron a los territorios custodiados por los americanos, detalle que ambos aliados se cuidaban en silenciar. Al principio, los sorprendidos americanos devolvían los soldados a sus aliados, los rusos, aunque no tardaron en valorar aquella magnífica fuente de información y comenzaron a prestarles mayor atención. ¿Adivinas de qué nacionalidad eran la mayoría?

—¡Ucranianos! —exclamé eufórico.

—Exacto —dijo con tono docente—. Los pobres muchachos apenas sabían hablar ni escribir. La mayoría eran jóvenes cuyas familias habían sido arrasadas por los nazis y a los que, a la vuelta, solo les esperaba el trabajo en una granja colectiva. Soldados que al entrar en Polonia respiraron por primera vez un aroma distinto del que emanaba de los comisarios políticos del NKVD. A los oficiales los retenían durante más tiempo. Los americanos querían saberlo todo: nombre y número de divisiones empleadas en las ofensivas, armamento utilizado, nombres de oficiales al mando, tácticas empleadas, situación de los territorios ocupados, detalles de la ocupación nazi…, en fin, todo.

»Lógicamente, los rusos furtivos no se mezclaban con los demás huéspedes. Estaban separados del resto por una valla metálica cubierta con una gruesa tela que impedía la visión de un lado al otro. Supongo que no era fácil encontrar plazas libres en otros campos.

—¿Cuánto tiempo permaneciste allí? —preguntó Pierre, que no perdía detalle de sus gestos.

—Estos interrogatorios duraban ya varias semanas cuando tuve un encuentro que cambiaría de nuevo mi empleo al servicio de los libertadores.

»Era el último interrogatorio del día y estábamos todos agotados, yo de traducir, y los oficiales americanos de anotar cada palabra en un informe. Anunciaron la llegada de un tal capitán Kravets. Me desanimé un poco: al ser capitán, el interrogatorio sería más largo. Entró en el barracón, saludó y se sentó en una silla atendiendo a un gesto que se le hizo. Cuando el oficial americano comenzó a preguntar, permaneció unos segundos en silencio, mirándome fijamente sin atender al oficial. Yo no entendía semejante atención, y la prolongación de su mutismo comenzó a turbarme, pues la situación se tornaba embarazosa. Sobre todo para mí.

»—¿Ahora trabajas para ellos, Joseph? —rompió Kravets el silencio con una amarga sonrisa.

»Los americanos solo entendieron mi nombre y el oficial se giró hacia mí alarmado. El capitán Kravets seguía mirándome fijamente, satisfecho por la confusión creada, mientras yo trataba de ubicar su rostro con evidente nerviosismo.

»—Hubo un tiempo en que quisiste que trabajara para ti, ¿recuerdas? —Sus ojos azules me retaban de nuevo.

»Repasé a toda velocidad la galería de rostros que como flashes surgían de mi mente, hasta que finalmente lo encontré: en Kiev, meses antes de la invasión. No recordaba su nombre; desde luego, no era el que había informado junto a su rango. Habría engordado unos diez kilos (de alguna manera, los soldados rusos habían encontrado la forma de alimentarse en estos últimos meses) y una pequeña pero gruesa cicatriz le cruzaba ahora la barbilla.

»El oficial al mando detuvo el interrogatorio en el acto y sacó al capitán ruso del barracón. Sin atender a mi reacción, me preguntó irritado:

»—¿De qué conoce usted a este ruso? —Sin esperar respuesta, ordenó con la mirada al otro oficial que me detuviera y pusiera las esposas. Enseguida capté la situación. De repente, ya no era el alemán bueno que les ayudaba a traducir, sino el posible espía ruso que sabe Dios para quién trabajaba.

»Cuando estuve esposado, el oficial al mando repitió la pregunta. A esas alturas del juego, ya no tenía nada que esconder. Por descontado, no era espía ruso y mi vida dependía de demostrarlo. Decidí poner toda la carne en el asador y que Dios me ayudara como hizo tantas veces en las trincheras de Ucrania.

»—Fui oficial de la Abwehr, el Servicio de Inteligencia alemán —contesté altivo, orgulloso, mostrando que era mi deber haber ocultado mi oficio anterior—. Conocí al capitán Kravets (quien, por cierto, no se llama así) en Kiev, en el transcurso de una misión que tenía por objeto atraer la disidencia ucraniana al servicio de los nazis y así facilitar la ocupación una vez se iniciaran las hostilidades contra los soviéticos.

Pierre y yo cruzamos furtivamente nuestras miradas. Joseph se percató de ello y, consciente del impacto de sus palabras, alargó la pausa hasta que digerimos e imaginamos la escena.

—La cara del oficial se contrajo —continuó el anciano retomando el hilo—. Su rostro se tornó rojo de ira, no sé si por creer que les había tomado el pelo o por pensar lo que se les avecinaba cuando relataran mi historia a sus superiores. Lo único que comprendió es que su rango no le autorizaba a seguir explorando mi historial y, acto seguido, llamó al cuartel general para que se hicieran cargo de mí. Escoltado por cuatro policías militares, me encerraron en una sucia celda en el mismo campamento de los rusos.

»Al día siguiente se presentó el coronel al mando, y dos agentes del Servicio de Inteligencia me sacaron de aquel agujero para llevarme de nuevo al barracón de los interrogatorios. Ahora era yo quien se sentaba al otro lado de la mesa. Apenas había dormido meditando hasta qué punto debía contar lo que sabía y lo que había hecho. Allí nadie me conocía, pero existían otros prisioneros del antiguo Servicio Secreto con quien contrastar mi información. Debía justificar mi pertenencia a la Abwehr para no ser acusado de espía ruso, pero… ¿era necesario contarlo todo? ¿Debía guardarme algún as en la manga por si mi situación empeoraba?

»Con estos pensamientos, comencé mi particular tormento. Los americanos eran más duros de lo que pensaba. Además, iban a por mí. No fue un interrogatorio para obtener información, sino para cogerme en un renuncio y fusilarme por espía. Durante dos meses estuve narrando mis misiones y verificando informaciones recogidas por otros Servicios de Inteligencia aliados acerca de operaciones de la Abwehr. La información se convertía en un arma más eficaz que los órganos de Stalin. Les conté mi vida y milagros tal y como os lo estoy contando a vosotros. Alemania no existía. Solo le debía fidelidad a mi lucha por vivir.

»Al acabar los interrogatorios, fui encerrado de nuevo en el barracón-celda. Regresaron las duchas gélidas y las comidas correosas. Me tuvieron allí cerca de un año. Resultaba un prisionero muy incómodo; sabía demasiadas cosas de uno y otro bando, de los americanos, de los alemanes y de los rusos. Una vez confirmadas mis declaraciones, no me podían juzgar porque, como soldado alemán, era mi deber luchar contra el enemigo. No sabían qué hacer conmigo, como me confesó años después un superior en la oficina de la CIA en Berlín Oeste. Al final, acabaron ofreciéndome trabajo.

—¡Tócate los huevos! —grité yo escandalizado.

—¿Eso sería ya en el año 46 o 47? —preguntó Pierre—. Ya estabais en plena Guerra Fría, ¿no es así?

—Pues sí. La Guerra Fría comenzó antes de que terminara la caliente: en la Conferencia de Yalta. En el momento en que Stalin se convenció de que ya nada podría detener el avance de sus tropas. Entró en Rumanía, Bulgaria, Hungría, Polonia, y jamás tuvo intención de abandonarlas.

»En Yalta, Stalin hizo el papel de víctima —afirmó de repente—. Su país había sido el más golpeado por la guerra. Veinte millones de rusos muertos en la contienda despertaban solidaridad y compasión entre sus aliados; condolencias que desde luego él no sentía hacia los suyos: era un estadista por encima del bien y del mal. Se autoasignó el derecho de obtener más contraprestaciones que cualquier otro ante la mirada simpática de Roosvelt; no así de Churchill. El inglés conocía la doble moral de Stalin; por ello insistió en entregar a Francia una parte del pastel alemán cuando los franceses habían hecho bien poco o nada por la victoria aliada. El temor de Churchill era quedarse solo, cuando los americanos se marcharan, como muro de contención ante previsibles levantamientos comunistas que seguro encontrarían terreno abonado en países devastados, cuyas gentes se lanzarían a los brazos de todo aquel que les prometiera pan. Churchill necesitaba a Francia en plena forma para compartir esa carga.

Acompañó esta última afirmación con un sonoro golpe en la mesa con la jarra ya vacía; Pierre, dándose por aludido, hizo ademán de recoger el guante, pero un gesto autoritario de nuestro anciano amigo le detuvo.

Habíamos tocado su vena didáctica y nos había ofrecido una clase magistral de Historia Contemporánea… según su punto de vista, desde luego. A mí me valía y, por la cara que ponía Pierre, a él también.

Nos regaló una última sonrisa y alzamos nuestras cervezas en señal de gratitud. Sin dejarnos apenas tiempo para comentar sus palabras, hizo ademán de recoger su abrigo y ponerse en pie. Apoyó su mano en la barra y lanzó una breve pero intensa mirada al espejo que tenía enfrente, como juzgando la conveniencia de sus palabras.

—¿Nos veremos mañana, Joseph? —pregunté esperanzado.

—Eso solo Dios lo sabe, amigo Álex —respondió ya de espaldas levantando la mano en señal de despedida—. Solo Dios lo sabe —se repitió a sí mismo mientras abandonaba el local.

Permanecí un instante mirando a Pierre. «¡Guau!», pensé. Qué extraños virajes concede la vida: hacía unos días me planteaba la posibilidad de regresar con el rabo entre las piernas, y ahora deseaba prolongar todo lo posible esta locura y dejarme llevar. Al día siguiente había quedado con Sophie para descubrir los encantos de Sion y quién sabe cuántas sorpresas más.

—Estoy mal de la cabeza —concluí.

Me despedí de Pierre y regresé al apartamento. No tenía mucho sueño a pesar de las tres o cuatro cervezas que me había atizado. Encendí el portátil y una irreprimible fuerza hizo que abriera el archivo donde guardaba mis anotaciones del viaje. Mis dedos comenzaron a juguetear con el teclado y me encontré plasmando en la pantalla todo lo que recordaba del relato de Joseph.

La cerveza dificultaba la reacción de mi memoria, pero, aun así, todo estaba demasiado fresco y mi mente todavía disfrutaba del impacto recibido. Mis palabras se disparaban con una soltura desconocida: no quería olvidar nada y escribía como un loco, tal y como lo recordaba. Golpeaba las teclas atropellando las palabras. Todavía no había terminado de escribir una y mi mente ya dictaba la siguiente. Era como una montaña rusa de sensaciones. Imágenes yendo y viniendo. Me sentía vivo. La bisoña idea de escribir un pequeño diario cobró la fuerza de un huracán: si no escribía ahora que tengo tiempo y ganas, nunca me lo perdonaría.

Cuando terminé y tras releer las primeras líneas, me convencí de que sería necesario un repaso y acomodar mejor frases y palabras, pero ya lo haría otro día. Sophie y las colinas de Sion me esperaban al día siguiente con los brazos abiertos.