Luz de otoño
Capítulo XVII
Cuando rescaté a Joseph de su ensimismamiento, salimos del hotel y entramos a comer en la primera pizzería que salió a nuestro paso. Joseph se mantenía en un mutismo absoluto. Parecía emocionado. Respeté su silencio un rato más hasta que, viendo que nuestra excursión se deslizaba por los senderos de la melancolía, se me ocurrió sonsacarle trazos de su vida de espía para animar el resto de la tarde.
—¿Y qué hacías exactamente en Israel?
—Era una especie de enlace —respondió sonriendo—. Ya te comenté que captaba a judíos de origen ucraniano o del Cáucaso que creían más en el más acá que en el más allá.
»Fueron años muy intensos. Cuando recuerdo mi estancia allí parece que fue toda una vida, y eso que no pasaron más de cuatro años. Unos meses después de la guerra del Yom Kipur tuve un golpe de suerte que me permitió retirarme.
—¿El Yom Kipur? —pregunté.
—Sí. Los años 70 probablemente han sido los años más infames de nuestra historia moderna.
—¿Luchaste en aquella guerra?
—Desde la oficina de inteligencia de la CIA —confesó sin pudor—. Resultaba que, entre la red de refugiados de los estados soviéticos del Cáucaso, había muchos musulmanes moderados que, huyendo del hambre, trabajaron con nosotros como informadores. Eran musulmanes creyentes, así que no despertaban sospechas entre los suyos. Algunos de ellos fueron enviados a Egipto, donde llevaban una vida totalmente normal; lo único que tenían que hacer era informar de lo que se oía por las calles, los cafés, los acuartelamientos y cosas así.
»No soy capaz de recordar fechas…, creo que fue a finales del verano cuando llegaron los primeros rumores a mi departamento de que una silenciosa agitación se estaba produciendo en los ambientes militares egipcios. Se comunicó a los israelíes siguiendo los cauces habituales, y enseguida la información se contrastó con el descubrimiento de tráfico de armas desde la Unión Soviética a Siria. Siempre lo había habido, pero esta vez se trataba de armamento pesado.
»Todas las redes se activaron y, poco a poco, se fue conociendo la magnitud de las maniobras egipcias, que se sumaban a las sirias. Planteamos la posibilidad de atacar primero, como en la Guerra de los Seis Días, pero esta vez necesitábamos aparecer como víctimas.
En ese momento, se acercó la camarera con una pizza cuatro estaciones para mí y una ensalada César para Joseph. Hicimos un alto para colocarnos las servilletas, cuadrar los vasos, localizar los cubiertos y aclararnos la garganta. Con mis cinco sentidos alerta, el griterío infantil se había transformado en un murmullo lejano que ya no enturbiaba las palabras de Joseph. Comentar aquello no le resultaba incómodo; en otras ocasiones, cuando narraba acciones del frente ruso, parecía hablar con sordina, como escondiendo y midiendo que sus palabras no fueran a provocar alguna imagen dolorosa en su retina. Ahora hablaba como quien contaba una anécdota sin importancia.
—Israel ya llevaba tiempo trabajando en la posibilidad de un ataque parecido —dijo Joseph aprobando la idea de la cerveza—. De hecho, cuando vives en un país constantemente amenazado por enemigos que te superan en número y que desde que se despiertan están deseando acabar contigo, no puedes hacer otra cosa que estudiar y prever la manera en que pueden hacerlo. El saber cuándo es lo que añade el picante al asunto.
»Ya había conseguido sus objetivos militares en la Guerra de los Seis Días. El problema no era ganar más territorios, sino mantenerlos. Desde entonces poseía la península del Sinaí, un enclave con un alto valor estratégico que alejaba la frontera natural de Israel de los egipcios, detalle que estos no podían soportar; sin embargo, más allá del valor estratégico, era un terreno baldío y muy caro de mantener que obligaba a militarizar y desviar recursos de otras zonas calientes. Los israelíes no podían defender más territorio del ya conquistado. Solo podían esperar y defenderse.
»Además —continuó Joseph estirando su cuerpo hacia atrás, tanto que casi le falló la voz—, teníamos el problema añadido de que mis fuentes en Siria habían sido movilizadas. Este detalle certificaba la inminencia del ataque, pero nos dejaba a ciegas de lo que ocurría tras la frontera. Perdí el contacto con casi todos mis informadores.
»Recuerdo a un chico, un checheno que había perdido a sus padres en una explosión de gas en Grozni. Murieron decenas de familias, pues era normal que en aquellos años la unidad familiar entera trabajara en la misma fábrica. Como era menor de edad, no le adjudicaron la vivienda de sus padres, por lo que tuvo que irse a vivir con un pariente cerca de la frontera. En cuanto pudo se escapó de allí y recaló en Siria donde, harto de miserias, fue reclutado por nuestra red. El chico murió con los primeros bombardeos israelíes.
Pronunció aquella última frase sin atisbo de dolor ni pena, como si hubiera afirmado que el chico se salvó. Separó un poco la salsa de anchoas de la lechuga y se llevó el tenedor a la boca. Atendí escrupulosamente a la escena pensando en la cantidad de muertos que habrían desfilado por sus ojos. Supongo que para tipos como aquel la vida y la muerte iban agarradas de la mano y es el cliente quien elige qué extremidad coger.
—Llegó el día del Yom Kipur y atacaron los árabes —dije yo reavivando el interés.
—¿Resultado? Los israelíes rechazaron a los egipcios en el Sinaí amenazando con coronar las pirámides. De nuevo una derrota de la coalición árabe, e Israel, con más territorio del que podía mantener.
—¿Qué pasó después?
Me miró fijamente y, acercándose más a mí, comenzó a hablar en voz baja, reviviendo cada palabra. La pasión le había trasladado a una de sus conferencias secretas y me lo contaba a hurtadillas.
—Sitúate. Nos encontramos en el punto de partida, pero… algo ha sucedido: Estados Unidos cambia de estrategia y proyecta una jugada que dará un vuelco total a la situación. Queda claro que, a pesar de la superioridad técnica y militar judía, los israelíes no pueden continuar toda la vida rodeados de enemigos que deseaban borrarlos del mapa, porque algún día lo conseguirían, así que deciden ayudar a Egipto a resarcirse de su nueva humillante derrota y atraerlo a su lado. Para ello necesitan que un Anwar el-Sadat en horas bajas, expuesto a que un general exaltado le quiera derrocar, resurja de sus cenizas y tome de nuevo el timón con un rumbo acorde con los intereses de Washington y no de Moscú, como ocurrió con Nasser.
»La estrategia que ideamos estaba condicionada por la capacidad de Anwar el-Sadat para liderar a su pueblo tras la derrota, y para ello, nuestro servicio de inteligencia y diplomático le dio un empujoncito: para eliminar el peligro de un posible golpe de Estado, debíamos proveer a Anwar el-Sadat de un triunfo, de algo de lo que el pueblo egipcio se sintiera orgulloso…, debíamos convertirlo en un héroe.
»El plan consistía en lo siguiente: ceder el Sinaí a los egipcios.
—¿Así, sin más? —pregunté sorprendido.
—Lógicamente en un principio los israelíes se negaron, pero luego entendieron las razones. En realidad, cedían un terreno que no les servía absolutamente para nada más que alejar su frontera a cambio de una paz duradera con ese mismo país cuya frontera quería alejar. Con esta jugada, eliminaban su amenaza occidental, con la garantía «made in USA».
»Lo impactante de todo ello es que el pueblo egipcio cree que de verdad ganó aquella guerra —sentenció, con una mirada de incredulidad dirigida hacia la ventana, como si la tenue luz que a esa hora se proyectaba al interior del local fuera a desvelar el enigma.
Cuando salimos de la pizzería, me desilusionó comprobar que, efectivamente, la luz se había evaporado. Una ligera niebla descendía de las montañas e impregnaba de silencio la calle principal. Cansado tras una dura jornada deportiva, el gentío caminaba despacio, y el ruido de sus botas de esquí rozando el pavimento destacaba como la única señal de vida del lugar. Las lujosas boutiques simulaban estar cerradas, aunque no hubieran cerrado aún. Parecía como si la estación se estuviera regalando una tregua antes de comenzar la jornada nocturna. Era el momento de reponer fuerzas tras una agotadora jornada de descensos, juegos y diversión. Cruzamos una mirada y comprendimos que poco más teníamos que hacer allí. Decidimos bajar hacia la explanada de la estación y tomar un último café antes de abandonar Zermatt.
En la terminal del tren cremallera, con un estupendo café caliente en las manos, comentamos las disparatadas modas juveniles en cuanto a formas de llamar la atención. Los anoraks competían en colores fluorescentes, y las gafas de sol, en tamaño. Entonces comprendimos dónde confluía toda la gente que no paseaba por la calle: estaban ahí, esperando el tren, apurando como nosotros el último aliento antes de descender a Täsch y coger el coche. En pleno tumulto, una chica rubia atrajo mi atención durante unos segundos: tenía un parecido extraordinario con Sophie, pero desde luego no era ella; no, vistiendo una cazadora fashion de color rosa. Aunque solo fue un pensamiento fugaz, me preocupó. ¿Me estaba volviendo de esos descastados que ven a su chica por todas partes y se vuelven paranoicos?
Me asomé al gran ventanal de la cafetería para despedirme en silencio de Zermatt. Como muchos otros lugares, imaginé que no volvería a este lugar, y una incómoda sensación de pena recorrió mi cuerpo. Una vez más, seguía a oscuras respecto a mis problemas, si bien la compañía de Joseph iluminaba el resto de mi existencia.
Una vez en el coche, comprobé cómo el tráfico se tornaba inesperadamente denso. No era demasiado molesto, pues la orografía de la carretera impedía ir más deprisa, pero siempre resulta desagradable conducir emparedado entre coches —sobre todo si el que circula delante va un poco más despacio que tú, y el de atrás, un poco más rápido—. El regreso podía atragantárseme e induje a Joseph a hablar de cualquier cosa. Para mi sorpresa insistió de nuevo en hablar de mi hermana, la vigilante del museo. Apenas había empezado a desgranar sus aventuras cuando, de una manera brusca e inesperada, me interrumpió:
—Yo tuve una hermana.
Me quedé helado. Mis manos se aferraron con fuerza al volante sin saber muy bien por qué. Sus palabras parecieron desvanecerse en sus labios. El semblante de Joseph se desinfló como un globo al que se le escapa el último suspiro de aliento.
No me atrevía a romper la extraña atmósfera que se instaló en el coche. No sabía si quería o necesitaba hablar de ello. Fue Joseph quien rompió el espeso silencio.
—Se llamaba Anna. Apenas la conocí. Murió cuando tenía tres años de edad y yo cinco. No la recuerdo, ni conservo ninguna foto de ella. —Un rayo de angustia pareció atravesar su garganta y sus palabras se quebraron con estrépito—. Mi padre tampoco la conoció. Mi madre estaba ya embarazada cuando hicimos el viaje desde Dubyna, nuestro pueblo.
—¿Quieres hablar de ello, Joseph? —pregunté sobrecogido por el tono áspero, cansado y taciturno de su voz.
Tragó saliva con dificultad y, mirando hacia la oscuridad de la ventana, comenzó a hablar sin dar señas de haberme escuchado.
—El trabajo en la granja era muy físico, y rápidamente empezaron los síntomas de agotamiento, angustia y somnolencia. Mi madre nunca pudo imaginar lo que le esperaba hasta que tuvo su segunda falta. Tenía un ciclo irregular, y con la tensión vivida en los últimos meses, olvidó las implacables reglas de la naturaleza. Fue una situación sorprendente e imprevista. A la felicidad propia de una noticia así se agregó el recelo de la incertidumbre: mi madre estaba desolada por no poder contar con mi padre y se culpaba por haber huido.
Yo miraba las rayas de la carretera hipnotizado por su relato, intentando mantener la concentración en las curvas y en los injustificados frenazos del coche de delante. A veces, en mi inconsciente inocencia, pensaba en Joseph como una especie de bon vivant, un abuelete simpático con jugosas historias que contar frente a una chimenea. Alguien cautivador a quien sentar en una mesa y amenizar la velada. Un luchador con suerte. El reflejo que me devolvió a la realidad me dejó aturdido: por vez primera pensé en Joseph como un ser humano y no como un narrador de historias. Había que ser un titán para conservar la integridad y dignidad cuando has sufrido lo que él me contaba; desde luego, mi vida resultaba gloriosa si la comparaba con la de otros. Con la de él.
—A principios de octubre —hablaba con la cabeza girada a su derecha, hacia su ventanilla, mirándose fijamente en el reflejo que le devolvía el cristal—, mi madre escribió a mi padre contándole la buena nueva. Estaba preocupada por las noticias que llegaban de Ucrania: motines, huelgas, asaltos, venganzas, hambrunas… Dormía muy mal. Durante el día apenas se mantenía en pie del cansancio acumulado y los quehaceres diarios. Yo era demasiado pequeño para comprender nada y no contribuía a mejorar la situación. Mis travesuras iban acompañadas de indiferencia y hastío. La mente de mi madre estaba a muchos kilómetros de allí. Necesitaba a mi padre más que nunca.
»Pasaron unos meses. Según me dijeron, no fue hasta enero del siguiente año cuando otro campesino, que había escapado de la comarca y pasaba por Dresde de camino a Berlín, nos comentó que había escuchado rumores de que a mi padre se lo habían llevado unos soldados a mediados de junio y no se le había vuelto a ver por la granja.
»A partir de ese momento, mi madre cayó en una profunda desesperación. No era una mujer valiente, siempre había necesitado la compañía de alguien que la guiara y aconsejara. No podía vivir sola, algo de lo que ya se habían dado cuenta mis tíos, que por mucho cariño y ánimo que la ofrecieran pensando en la criatura, no conseguían sacarla del inmenso complejo de culpabilidad que la ahogaba.
»Por fin llegó el alumbramiento. Como si todas las preocupaciones de mi madre hubieran recaído sobre la pobre criatura, Anna nació con una salud crítica y sin posibilidad de sobrevivir. Aun así, estuvo con nosotros tres añitos. Mi edad me impedía ser consciente del dolor que, como un inquilino más, ocupaba la granja. Hasta que un día me dijeron que Anna estaba en el cielo con mi padre. Ni siquiera recuerdo cómo me sentí. Lo siento ahora, que me queda poco para reunirme con ellos.
»Fue mucho más tarde, cuando invadimos Ucrania, que pude contactar con un vecino que vagamente recordaba sucesos de aquel entonces. En Ucrania se había sufrido tanto durante los últimos veinte años que cada nueva tragedia se cimentaba sobre la anterior. La retirada de los polacos en aquella olvidada guerra fue espantosa. En su huida arrasaron pueblos robando alimentos, destrozando granjas, caminos… Y los bolcheviques remataron la faena sobre los aterrorizados campesinos, cuya desgracia no tenía consuelo. O huían humillados con los polacos, o permanecían en su estéril tierra esperando la venganza de los conquistadores. Mi padre se quedó.
»Anhelo creer que fue así, que se enfrentó a esas partidas y murió como un héroe. De pie, sin rendirse, con la dignidad que otorga la paz interior que se le atribuye a un hombre bueno como él lo era.
»Solo cuando supe su triste final comencé a pensar realmente en mi padre. En las cosas que habría hecho él en mi lugar, y a admirarle por lo que hizo; pensar en lo que pudo ser y no fue por culpa de la maldita sed de muerte y destrucción que alimenta el ego de los hombres. Me imaginé a mis padres jugando con sus hijos entre los amarillos campos de trigo de nuestra tierra y alimenté un odio enfermizo a todos los responsables de aquel éxodo de la felicidad. Más tarde, viviendo y sintiendo en mis carnes la miseria que contribuí a sembrar, el odio dio paso al perdón, porque yo también deseaba ser perdonado. Sentí que mi historia no difería en nada de la de los cientos de miles de rusos que soportaron nuestra invasión, ni de la de los cientos de miles de europeos que perdieron a sus seres queridos. Me dije que no tenía derecho a sucumbir a la desesperación, levanté la frente y me dispuse a sobrevivir.
»Imaginar a mi padre muriendo como un héroe, fiel a sus principios, a sus ideales, a su tierra, fue una referencia que me ayudó a soportar los últimos años de la guerra y la posguerra. Cuando permanecía escondido en un búnker esperando la llegada de una carga de rusos o cuando, medio enterrado, rezaba para que un obús no cayera en mi trinchera, mi último pensamiento se volcaba en aquel rostro desconocido que, solo en un bosque, miró con orgullo a los ojos de sus asesinos diciendo “Aquí tenéis mi cuerpo, que mi alma no os pertenece”. Si mi padre se había enfrentado desnudo a su destino, ¿qué derecho tenía yo a acobardarme con una MG 38 entre mis brazos? En aquellas precarias trincheras, donde tantos camaradas encontraron la muerte, intentaba pensar que lo peor que me podía suceder era reunirme en la otra vida con aquel valiente…
Su voz se quebró de nuevo. Una fina lluvia comenzó a golpear el parabrisas y la tristeza inundó cada rincón del coche, pero a Joseph no parecía afectarle: con la mirada perdida en el infinito no dejó que la emoción le detuviera.
—… Hay otros momentos en los que, calado hasta los huesos y con un compañero moribundo a tus pies, deseas que todo acabe de una vez. Deseas que uno de esos obuses que caen tan cerca de ti por fin acierten y te lleven por delante sin dolor…, que una bala de francotirador cumpla su siniestro cometido y te quite la vida antes de sentir el disparo. También ocurre que el terror te paraliza: el miedo a morir, al dolor, a que todo se acabe en la esquina de una calle anónima de un pueblo perdido puede contigo y las piernas no te obedecen; se reblandecen y avanzas a trompicones, cayendo, resbalando, poniendo en peligro a los camaradas, y solo te salva el puñetazo silencioso de un compañero que te observa detrás de ti para, luego, si has sobrevivido, descubrir que yace destrozado en la esquina que llevaba tu nombre.
»Y ya ves, Álex, no hay manera de que me muera —dijo, esta vez sí, temblando de emoción.
—¿Nunca te has preguntado… por qué tú te salvaste y los otros no? — pregunté presa de la emoción.
—Cada día de mi vida.
No dijimos muchas cosas más en el trayecto de regreso, cada uno procesaba en su interior lo dicho y lo oído. Una vez alcanzado Visp y accedido a la carretera principal, el tráfico se diluyó y cogí velocidad de crucero. No era muy tarde a pesar del manto de oscuridad que cubría el valle. Justo antes de alcanzar la última cuesta, propuse rematar la jornada en el bar de Pierre, pero me contestó que se encontraba un poco cansado y prefería dejarlo para otro día. Lógicamente, no insistí. Yo también tenía ganas de estirarme sobre el sofá. La sugerencia obedecía casi más a un gesto cortés que al deseo de prolongar nuestro encuentro. Además, ya había exprimido al pobre Joseph, quien sin duda necesitaría un descanso para que se asentaran de nuevo los sentimientos agitados por mi curiosidad.
Al llegar al apartamento me puse cómodo, conecté el portátil y encendí la televisión: mil y un anuncios navideños inundaban todos los canales. Todos animaban con entusiasmo a comprar champán, dulces, regalos… Parecía que la crisis que nos golpeaba se tomaría unos días de respiro en las fiestas navideñas. «Consumo, luego existo», podría ser la máxima de estos días… Y de los siguientes.
Abrí el correo.
Ningún email de Vincenzo o de quienquiera que me hubiera pirateado mi cuenta.
Terminé el día cenando unos espaguetis que llevaban en la despensa desde la primera compra, esa que haces como si no hubieras comido en tu vida y fueras a tener hambre a todas horas. Acuciado por el recuerdo de los pocos días que me restaban, decidí comenzar a consumir todo lo que tenía en la nevera y los armarios. Los espaguetis serían lo primero y, a juzgar por la cantidad que había comprado, lo segundo y lo tercero.
Miré el teléfono media docena de veces antes de acostarme, extrañado de no recibir mensaje alguno de Sophie. Apenas había pensado en ella durante el día, y no por falta de motivos. Ahora, al ver la cama, la eché de menos. Muchísimo de menos.
Tras la lectura de unas líneas de mi libro de cabecera, giré la cabeza para conciliar un merecido sueño. Mi último pensamiento se asomó sin querer remediarlo a la hermanita de Joseph.