Luz de otoño
I 16 de septiembre de 2008
I
16 de septiembre de 2008
Un estridente pitido anunció la llegada del tren de las 07:45 invitando a los numerosos viajeros del andén a tomar posiciones. El día había amanecido nublado y presagiaba algo de lluvia, incrementando la sensación de frío, a pesar de que en aquellos momentos rozarían los quince grados centígrados; suficiente para llevar alguna prenda de abrigo que casi seguro sobraría a lo largo del día en aquel septiembre tan irregular. El tren disminuyó su velocidad a medida que entraba en el minúsculo apeadero y, finalmente, se situó frente al espejo cóncavo que le marcaba el límite del andén. Sus ventanas reflejaban fugaces los rostros cansados de quienes a esa hora se embarcaban hacia sus respectivos trabajos.
Como cada día, yo asistía pensativo al transcurrir de la multitud, una manada silenciosa encaminándose con prisas a sus rutinas. Un amigo mío afirmaba que la vida no era sino un torrente desbocado de convencionalismos sociales que anulaba tu voluntad y te arrastraba sin que pudieras ni quisieras evitarlo. Viéndome a diario en el vagón, no podía sino entregarme a su inequívoco razonamiento. Todavía me encontraba a mitad de mi examen diario a las gentes del vagón cuando, de repente, un pitido seco me anunció la entrada de un mensaje en el móvil. Sin duda era del hotel donde trabajaba. Lo miré, consciente de que las buenas noticias no madrugan.
«Álex, ha llegado ya el director. Ha preguntado dónde estás.»
«Magnífico —aventuré—. Se suponía que la reunión era a las nueve.»
Respondí el mensaje a Laura, una recepcionista que me apreciaba mucho desde que la hice fija al acabar su contrato de prácticas oponiéndome a la opinión del director. En aquella época ser jefe de recepción todavía era importante. Miré el reloj. No llegaría antes de las ocho y media. Una conocida sensación agobiante inundó mi cuerpo. No me encontraba disfrutando precisamente de mi mejor momento vital.
Desde que terminara las vacaciones y comenzara septiembre no era capaz de conciliar el sueño con la placidez que acostumbraba. Siempre, justo antes de dormir, una fugaz visión de mi situación se asomaba en el último instante, cuando ya has cerrado el libro y girado la cabeza para sentir el frescor de la almohada: allí se presentaba, puntual a su cita para impedir mi descanso, un calambre que me subía por el espinazo, agarrándose al estómago, y que me desvelaba manteniendo mi mente en perfecta agitación. Sin duda era un ejercicio masoquista, pues los últimos días simplemente esperaba a que sucediera e incluso ya me había acostumbrado. A los problemas propios del trabajo se añadían otros más complejos de carácter personal. Roces, envidias y malas contestaciones que minaban mi moral y, lejos de asimilarlos, me sublevaban y provocaban situaciones de estrés antes desconocidas y que ahora me amargaban la existencia. La noche pasada no había sido distinta a como la esperaba y ya ni contaba las horas de sueño perdido.
Y allí estaba yo ahora. De pie, fijándome en el rostro que la oscuridad del túnel me devolvía reflejado en la ventana. Una cara resignada y aburrida de camino a mi hotel para comenzar lo que, en apariencia, sería una jornada más. Sin saber que sería el principio del fin.
Además, aquella mañana me encontraba particularmente disperso por un hecho insólito que no lograba encajar en mi rutina diaria. Apretado y agarrado al único hueco del asidero que cruzaba el vagón, intenté recordar paso a paso la escena buscando otra perspectiva que arrojara alguna luz a aquel extraño envío.
Ayer, al llegar al apartamento, el portero me había entregado un paquete dirigido a mi dirección. Era un paquete envuelto en un sobre de mensajería con mi nombre en el membrete. Dudé un instante en cogerlo, hasta que me confirmó que era a portes pagados. Le agradecí el favor, y sin demasiado interés, lo cogí pensando que se trataría de alguna promoción publicitaria o algo del estilo.
Entré en casa, me puse cómodo y, sentado en el sofá, lo abrí. Apareció una raída caja de madera, como de cigarros habanos. Su interior estaba revuelto. Fotos antiguas en blanco y negro se mezclaban con lo que parecían facturas de hotel, un medallón, cartas con una caligrafía perfecta escrita en tinta china, y unos documentos amarillentos con membrete oficial. Permanecí un instante en silencio manoseando los papeles. Lo lógico era pensar en un error de envío, pero mi nombre aparecía bien claro en el sobre.
Había, además, otro detalle fascinante que aumentaba mi desconcierto. Todos los documentos estaban… ¡en alemán!
¡Pero si yo no hablo alemán! ¿Quién me había mandado esa caja?
Durante un rato curioseé las fotografías. Eran antiguas, de los años cuarenta seguramente, y se conservaban en muy buen estado. Una de ellas mostraba a una chica muy guapa, el pelo muy negro peinado hacia atrás con un pequeño rizo deslizándose por su frente. La cara era muy pura; irradiaba simpatía y juventud. En otra aparecía la misma chica con un hombre mayor que ella. ¿Su padre? ¿Su amante? El hombre era la elegancia personificada: alto, traje oscuro a rayas, pañuelo en el bolsillo, brazo cruzado en el pecho y un cigarro en la mano. No sonreía, quizás la foto fue idea de ella. Siempre es así.
El resto de las fotos eran similares: o primeros planos de ella o en pareja. Iba a dejarlas de nuevo en la caja cuando un par del final me llamó la atención. Eran de un bebé: un primer plano de un niño precioso que sonreía a la cámara como si hubiera nacido para ese fin. La otra mostraba a la misma criatura en manos de una enfermera en lo que parecía un ala de un hospital, rodeada de camas vacías. No entendía nada, así que busqué de nuevo alguna referencia que me aclarara qué hacer con todo aquello.
La factura del hotel pertenecía al Mont Cervin Palace de Zermatt, en Suiza, y estaba a nombre de Stefano della Siere. Me detuve un momento. Aquello me sonaba. ¡Había estado el verano pasado en Zermatt con Julia…! Y el lugar nos lo recomendó un cliente del hotel. ¡Vincenzo della Siere!
Permanecí un instante en silencio buscando la posible conexión. No, no podía ser Vincenzo…, ¿o sí? Pero…
Adjunto a una de las fotos del bebé había otro documento en italiano. Era de un hospital. Creí descifrar que se trataba de una partida de nacimiento… El nombre escrito con letra casi ilegible se refería a un tal… ¿Vincenzo della Siere? Era él. ¡Era Vincenzo! Esta partida de nacimiento confirmaba que el paquete le pertenecía.
¿Cómo encajar esto? No tenía sentido. Hacía más de seis meses que Vincenzo no se alojaba en el hotel y, además, no teníamos confianza para yo recibir una caja como esta. ¿Tendría realmente él algo que ver con este envío, o era una pura casualidad?
El caso era que, casual o no, tenía en mi poder una caja con documentación variopinta —¡quién sabe si útil!—, y no tenía ni idea de qué hacer con ella.
Un codazo no intencionado me devolvió bruscamente a mi realidad más cercana. Mi comprimido compañero de vagón se empeñaba, con escaso éxito, en leer uno de los periódicos gratuitos que sobrevivían a la crisis y que regalaban a la entrada de la estación. Con la primera página a escasos centímetros de mi rostro, vislumbré un titular apocalíptico en letras muy grandes y negras que advertía que un gran banco de Estados Unidos había quebrado el día anterior: el Lehman Brothers. No lo conocía ni sabía de su existencia más allá de alguna referencia en el telediario. Mis conocimientos de economía eran básicos —de contabilidad casera, de no llego a fin de mes, luego existo—, pero era consciente de que suponía una pésima noticia que incluir en el cesto de las malas noticias, ya repleto desde el verano.
Llegué al hotel y me informé con rapidez de las novedades antes de que el director me preguntara algo que solo él suponía que yo ya debiera saber. Los clientes desfilaban, como de costumbre, jurando que no habían consumido nada del minibar, mientras yo intentaba memorizar la ocupación del fin de semana. A las 9:00 en punto, mi teléfono interno emitió su incómoda melodía.
Toqué la puerta sempiternamente cerrada del director, y pasé al escuchar su áspera voz.
Me mantuvo de pie un momento antes de mirarme, y todavía sostuvimos una conversación trivial antes de que me permitiera tomar asiento. Luego, continuó un rato ordenando sus papeles y cuando decidió que era el momento de empezar, se dirigió a mí.
El señor Gamelin era una persona compleja y difícil de catalogar. Hacía más o menos un año que había llegado al hotel, y todavía no habíamos mantenido una conversación distendida que no tratara de la operativa diaria. Era un hombre mayor —atendiendo a rumores, tendría unos sesenta y seis años—. Su anterior trabajo había consistido en dirigir un resort de cinco estrellas en Cerdeña con cuatrocientas habitaciones y ciento cincuenta empleados, que en nada se parecía al hotel de ciudad donde había ido a parar después de que los dueños del resort decidieran que era más rentable manejar a un director joven, dinámico, ambicioso y, sobre todo, más barato que el señor Gamelin, quien desde luego no era nada joven, nada activo, y con un sueldo de directivo de club de fútbol. Era más bien bajito, quizás de un metro sesenta y cinco de alto; un tipo que antaño se adivinaba duro y que compensaba con mala leche los centímetros que echaba de menos. Gafas de pasta pasadas de moda, orejas grandes de persona mayor y expresión muy marcada de mantener el ceño fruncido durante demasiado tiempo. El pelo lo exhibía demasiado negro para su edad, y por los lados, excesivamente corto. Tipo militar. Tampoco su ruda voz endulzaba su figura. Quizás comenzara un mal día todas las mañanas frente al espejo, pero bien que se cuidaba de aliviar esa carga con sus empleados. Entre los cuales, yo era su alumno destacado.
Cuando las conversaciones eran tensas —y últimamente teníamos demasiadas —, no podía evitar pensar qué oscuras circunstancias habrían acontecido para que el pobre hombre hubiera acabado a su edad en este hotel, en lugar de disfrutar, después de toda una vida dedicado a la sacrificada hostelería, de una dorada jubilación mejorando su handicap de golf entre gin-tonics. La respuesta —y una vez más acorde con la rumorología hotelera, que nunca falla— descansaba en una imperiosa necesidad de liquidez. Según uno de los botones —estos lo saben todo—, estaba medio arruinado por unas inversiones en Bolsa que no supo recuperar a tiempo y unas compras inmobiliarias en Palma de Mallorca que ahora valían la mitad, no así su crédito hipotecario. Por tanto, ahora se dedicaba a ejercer de «palmero» ante sus nuevos propietarios, importándole bien poco el bienestar de sus súbditos, en especial el mío…
El estridente sonido del teléfono me sacudió de los pensamientos que habitualmente me surgían ante su presencia. Siguiendo su costumbre, contestó como si yo no estuviera allí ni tuviera otra cosa que hacer que esperar a que su excelencia terminara. Después de una estéril conversación con un comercial, cerró su carpeta y dirigió su magnánima mirada a mi persona.
—Buenos días, Álex. Hoy esperamos un grupo de unos laboratorios, ¿no es así? ¿Está todo controlado?
Que se acordara de la llegada de un grupo me sorprendió y alteró al mismo tiempo. No era habitual ese nivel de implicación.
—Estará todo bajo control, ¿no es así? —repitió.
Directo como siempre. Sin palabras superfluas ni animosas.
—Sí, señor Gamelin —respondí, todavía de pie—. Cuando recepción termine de hacer los check out, se asignarán las habitaciones. Estos laboratorios son un poco pesados. Todos quieren camas de matrimonio, tranquilas, no fumadores, lejos del ascensor… Ya imagina que no hay para todos. Lo asignaremos lo mejor posible. Espero no tener los problemas de la última vez. ¿Se acuerda? Luego querían negociar la tarifa porque a uno de sus médicos invitados no le ofrecimos una habitación de matrimonio, y durante el fin de semana no dejó de quejarse por todo.
—¿Qué laboratorios son? —preguntó, sin levantar la mirada de sus papeles y sin aligerar mi repentina preocupación inicial.
—No los conozco —respondí con la sensación de tener a la pared de enfrente como único interlocutor—. Vienen con una agencia de viajes. Están desarrollando un nuevo medicamento e invitan a médicos de todo el mundo para informarlos de sus propiedades y, de paso, convencerlos de que lo receten. Los laboratorios les pagan todo y los médicos no reparan en el gasto. De lo único que se tienen que preocupar después es de que las farmacias de su zona vendan el producto con el que son agasajados.
»Habrá una buena producción esta semana —añadí por ver si cambiaba su expresión de catador de vinagre con que me obsequiaba.
—Sí, dale prioridad a este grupo —respondió con la mente puesta en otra parte—. No debemos tener ninguna incidencia, no está la situación para que la próxima vez se cambien de hotel. Otra cosa…, mmm… ¿Cómo andas de personal?
La pregunta me sorprendió repasando mentalmente el cautivador trasero de la chica de la agencia de viajes que había venido a inspeccionar el hotel. Estaba deliciosamente desprevenido.
—¿Perdón? —carraspeé.
Movimiento de ceja derecha hacia arriba. Un segundo de análisis. Rápido. Débiles señales de alarma. Nunca pregunta por el personal. No tengo discurso preparado. ¿Qué trama?
Estrategia de urgencia. Mostrarse indiferente.
—Irene está de vacaciones, se incorpora la semana que viene y entonces se irá Daniel. El turno está bien cubierto. Por la tarde tengo a tres recepcionistas para atender el grupo —respondí, aparentando una paz interior que desde luego no asomaba.
—¿A quién tienes en recepción que no esté fijo?
Me incorporé un poco de la silla, que además de fea era muy incómoda, con el propósito de acortar las visitas. Para lo que quería, era un lince. Crucé las piernas varias veces para disimular el nerviosismo que pugnaba por traicionar mi tradicional temple. En el intercambio de piernas, me percaté de que me había puesto dos calcetines del mismo color pero distinta pareja. Mal augurio.
Las señales de alarma se tornaban más intensas. Piensa rápido. Desvía la conversación. Es muy directo. ¡¡¡Céntrate!!!
—Mmm, Daniel termina contrato ahora; de hecho, tengo preparada su hoja de renovación por parte del responsable de recepción, que soy yo. Laura, a mediados del mes de octubre. No se preocupe, tengo los turnos reforzados para que no haya problema con los laboratorios. Quédese tranquilo —añadí simulando seguridad en mi respuesta para cambiar rápido de espinoso tema.
—Verás, Álex… —comenzó a hablar desviando su mirada.
Alarma total.
Tono paternalista ya conocido como «Tengo una noticia que no te va a gustar». Me recosté de nuevo hacia atrás, como deseando alejarme de una noticia desagradable.
—No te lo tomes como algo personal, porque no lo es. Sabes que, si fuera por mí, no se tomaría esta decisión, pero el asunto de momento no pinta bien. El otro día, el presidente del consejo estuvo aquí y vio que tenías dos personas en el turno que apenas tenían trabajo. Quiere que reduzcamos personal.
Lo dijo sin que ningún músculo de su cara se resintiera.
Mi cara de asombro le hizo reaccionar y balbuceó algunas palabras que mi propia ofuscación me impidió oír… Mi cerebro me repetía una y otra vez: «¿Que yo tenía dos recepcionistas?, ¿que yo tenía dos recepcionistas?».
Me estaba trasladando el problema a mí como haciéndome ver que con un turno distinto no se hubiera creado el conflicto. No me lo podía creer. Qué típico. Una nueva muesca en el mármol de su rostro.
Hacía tiempo que el consejo no se dejaba notar. Pero este problema no era mío. Tenía argumentos para defenderme, e iba a vender cara mi más que probable derrota.
Menuda pereza me estaba provocando la sola visión del director, extendido sobre su butaca, pidiéndome despedir a alguien, mientras veía minimizado en su pantalla el solitario de cartas. En un alarde inconformista, intenté revolverme contra un destino ya sellado por los hados. Con poco entusiasmo, rebatí su argumento con pólvora mojada. Si fallaba la orientación de la andanada, un compañero sería despedido. ¡¡¡Qué bonito día!!!
—Señor Gamelin, ya sabe cómo funciona esto…
Comencé mi discurso inclinado hacia adelante, esperando que la cercanía me garantizara una mejor recepción del mensaje. Esgrimí todos los argumentos posibles. Con mis palabras introduje ciertas dosis de teatralidad, como echarme el pelo hacia atrás y suspirar, que aparentemente no le impresionaron. Él también traía la lección aprendida.
Su posición, codo apoyado en la mesa y dedos sobre la sien, mostraba una preocupante indiferencia a mis palabras. Me miraba con las cejas levantadas. Su experiencia en estos trances le otorgaba un aire de despreocupación que me intranquilizaba, quizás porque me acababa de transferir su problema. La banca siempre gana.
—Álex, sabes lo que hay. —Ahora regresaba al tono paternalista—. Estamos todos en el mismo barco. A veces, hay que tomar decisiones que no nos gustan obligados por los que mandan. No insistas, te he dicho que intentaré hacer lo que pueda. Los fines de semana, cuando viene el presidente, intenta que en el turno haya el personal justo…
Alarma total, flota hundida, sálvese quien pueda, guerra perdida, rendición. Mi cerebro era ya un volcán expulsando mala leche por sus laderas.
Salí del despacho completamente abatido y ya no me repuse en todo el día. Lo que se avecinaba era demasiado grave; tanto que no quería ni pensar en ello. De nuevo a cumplir el papel de verdugo. Era el caos. Con todas las vacaciones de invierno organizadas, tenía que decidir en una semana a quién despedir. Y lo peor de todo era soportar la soberbia del enano paniaguado.
¡Empezaba bien la semana!
Al regresar a casa, entré directamente al dormitorio y me desvestí nervioso. De repente, el traje me oprimía, la corbata se resistía y los cordones de mis zapatos se confabulaban contra mi impaciencia. En ese momento, no existía urgencia más importante en la vida que desembarazarme de aquel maldito traje. Cuando lo logré, expulsé un sonoro suspiro de alivio que más bien asemejó a un áspero exabrupto de rabia no contenida. Me puse algo cómodo y me dirigí a la cocina, donde la visión de la nevera con sus estilizados estantes medio vacíos no contribuyó en nada a calmar mi humor. Respiré profundamente, conté hasta que me cansé y procedí con lo que mejor se podía hacer en estos casos: encender la televisión para no pensar.
Todavía era un poco pronto para llamar a mi novia, pero necesitaba con urgencia desahogarme, pelearme con el mundo y que una cálida voz me dijera que tenía razón. Dejé que corriera el tiempo entre anuncios de telefonía y coches hasta que, hastiado y tras varias miradas de reojo al móvil por si Julia me leía el pensamiento, decidí que ya era el momento.
No respondió.
No esperaba un politono interminable al otro lado de la línea. Me quedé como paralizado y sin reacción ante el impertinente buzón que apremiaba a dejar el mensaje. Colgué sin dejar recado alguno. Detesto hablar con las máquinas. Luego, tras ese instante de turbación que genera una reacción inesperada, recordé que Julia me había comentado algo de una fiesta de presentación de un nuevo producto que su empresa lanzaba al mercado. «Sin duda, la fiesta debía de ser hoy», pensé contrariado.
Permanecí en silencio. Decepcionado. Necesitaba expulsar mi ansiedad y ahuyentar mi frustración. Maldecir sin contemplaciones. Me recosté en el sofá y la visualicé en la fiesta. Arreglada con su vestido malva —¿o sería el rojo? — atendiendo los distintos corrillos de personas, correcta en todas las conversaciones, atenta a los gestos de su jefe. Bordaba el papel de anfitriona leal. Fui entrelazando imágenes de su esbelta figura deslizándose entre los invitados. Alguna vez la acompañé, hasta decidir por acuerdo tácito dejar de asistir. Me solía comportar como un fardo mientras ella aunaba esfuerzos por integrarme en corrillos de gente con la que no compartía absolutamente nada.
Últimamente no la veía mucho, la verdad. Su trabajo la absorbía de manera casi compulsiva, y en estos tiempos, los afortunados que conservaban su empleo debían trabajar el doble para mantenerlo. Ella pertenecía a este clan, con el agravante de ejercerlo sin ningún género de queja, y podría decirse que incluso disfrutando. ¿Crisis?, ¿qué crisis?
En su agencia de publicidad, las cosas no funcionaban mejor que en cualquier otra empresa inmersa en la catarsis actual. Los clientes vendían menos. Se dedicaba menos gasto a publicidad, y también se reducían costes despidiendo a gente. Los favorecidos con la mudable etiqueta de «imprescindibles» debían ampliar el espectro de sus funciones. La banca continúa ganando. Su situación era similar a la que yo estaba sufriendo, si sufrir era la palabra. Entre sus quehaceres no se incluía el trago de despedir a un trabajador, colaborador, casi amigo, pero sí soportar los efectos de una plantilla descompensada y un trabajo interminable en horas y labores.
Necesitaba su apoyo moral. Pero no. Hoy… tampoco estaba.
Los días posteriores a mi conversación con el ilustre patán comenzaron a estirarse como una goma en las manos de un niño aplicado. Las horas no tenían fin. Madrugar se convirtió en un suplicio. Cada vez que sonaba el despertador, sentía morirme un poco. Las piernas me pesaban y deambulaban sin órdenes explícitas camino a la cocina, donde me esperaba un café cada día más cargado. Ahora era yo el que mostraba el abatimiento que tanto me hacía pensar en el metro. Mi cara apática se confundía con esos rostros resignados que tanto extrañaba. Ya pertenecía al clan. No me apetecía fingir que todo iba bien. No conseguía quedar con mi novia, y mis amigos persistían con sus respectivos problemas de horarios. No encajábamos nuestras agendas.
La semana no avanzaba.
Los problemas cotidianos del hotel se me hacían lejanos y me encontraba como ausente. Sin ganas. Situaciones que anteriormente requerían una rápida respuesta por mi parte se deslizaban ante mis ojos, sin ofrecer más que hastío y cansancio. Aparcaba hasta nueva orden decisiones importantes pero no urgentes. No tenía cuerpo para discutir.
Las alarmas se dispararon el día que, sin reparar en ello…, o sí…, respondí con grosería ante la, por otra parte absurda, reclamación de un cliente. La sola presencia de gente en el mostrador me molestaba. No lo entendía. Me gustaba mi trabajo…
Me estaba arrepintiendo de demasiadas cosas en los últimos días. La supuesta hoja de reclamaciones del afectado no me asustaba y no esperaba noticias del director, con quien no había vuelto a hablar. El silencio era el arma que ambos habíamos escogido; una manera como otra cualquiera de despreciarnos.
Por fin, después de unos días de conversaciones breves y apresuradas en las que intenté trazarle un esbozo de mis preocupaciones, conseguí convencer a Julia de que nos viéramos en mi casa la tarde del jueves. Habíamos quedado pronto. Cuando saliera de trabajar iría directamente a casa, me dijo.
Abrí el armario para ponerme algo cómodo y vi la caja de las fotografías. Apenas había reparado en ella estos días de zozobra interior. La saqué y la puse encima de la cama para enseñársela a Julia, por si ella tenía alguna idea sobre qué diablos podía significar todo aquello. Mientras me cambiaba, el rostro de Vincenzo se perfiló en mi memoria. En realidad, no manteníamos más que una «breve» amistad. La primera vez que visitó la ciudad se alojó en mi hotel y le atendí en recepción. Tenía una cita que le falló en el último momento y me preguntó por algún lugar de moda para salir y tomar algo. Le recomendé uno en el que triunfó —supongo que el acento italiano, el reloj de joyería y el billetero repleto influyeron en su éxito—, y tan encantado quedó por mis servicios que ya nunca dejó de alojarse con nosotros —y eso que su nivel era de cinco estrellas—. En poco tiempo, gracias a su dinero y alcurnia —según rumores, era descendiente de la realeza italiana—, se introdujo en el frenesí de la vida social de la ciudad y continuó solicitándome entradas para el fútbol y reservas en restaurantes exclusivos. Hasta llegó a hacerme un favor consiguiéndome dos entradas vip para un concierto de The Pixies agotadas desde hacía meses, que llegaron a mi casa por mensajero dos horas antes del recital. Teníamos una edad y gustos parecidos y, por alguna razón, debí de caerle en gracia. Era algo superficial, de los que piensan que saber la hora es una vulgaridad y creen vivir en un perenne photo call, pero tras esa fachada de ropa cara y de diseño se adivinaba un chico educado, honesto y generoso con sus amigos. Yo, a otro nivel, también me preciaba de intentar serlo y nuestras conversaciones resultaban de lo más gratificantes, pero de ahí a recibir este paquete tan raro… No era lógico.
Julia no apareció hasta las ocho.
La culpa recayó en un presupuesto infinito que debía haber entregado hacía dos días y que su jefe pidió a última hora. Disimulé mi turbación. Por alguna razón, los sucesos de los últimos días me estaban sazonando con un sentimiento de incontrolado egoísmo. Necesitaba atención, que alguien me escuchara. Ya solo me faltaba llorar al tener hambre, y el retraso de su llegada incrementó esa sensación de obstinado segundón. No me reconocía. Era una actitud infantil y egoísta. Lo sabía, pero no podía evitarlo. Julia no tenía la culpa de mi inseguridad y lo pagaba con ella.
Cuando regresé de la cocina con las bebidas light que me había pedido, ralenticé mis pasos para observarla por un instante antes de arrimarme a su lado. Recostada en el sofá, con las piernas recogidas y los tacones en el suelo, mostraba el rostro cansado y sonrisa forzada. La chaqueta de su traje beige descansaba sobre un cojín, y el resto de su cuerpo trataba de vencer la gravedad manteniéndose medio erguido gracias a otro cojín, dejando la falda ligeramente levantada insinuando la belleza que anidaba en su interior.
La observé despacio. No percibió mi presencia. Miraba la televisión, aunque parecía no verla. Estaba como ausente, quizás un poco triste. Su dulce cara no trasmitía emoción alguna. ¿Abatimiento? ¿Resignación? La semana no estaba figurando en el top ten de las semanas fantásticas de nuestras vidas. La miré durante unos segundos más, y me esforcé para ser lo más simpático y receptivo posible.
Apoyé la bandeja con cuidado sobre la mesa de mis amores: era una mesa hecha por mí. Había utilizado montones de revistas de todo tipo, de cine, de moda, de tendencias, de coches. Las había apilado a la misma altura y colocado un cristal sobre toda la superficie. Cuando me aburría de las portadas, las cambiaba de posición simulando estrenar mesa; todas, menos una de la revista L’Epicure. En ella aparecía el rostro frontal de Michael Douglas en una bañera llena de espuma, fumándose un Montecristo número 4. Detrás de él se adivinaban las suaves manos de una mujer que le afeitaba con delicadeza. A su lado descansaba doblado el Wall Street Journal y una copa de whisky con mucho hielo. La sonrisa de Michael reflejaba como nadie el concepto del éxito. No podía evitar imitar su sonrisa cada vez que la miraba. Esa foto me levantaba la moral todas las mañanas.
Acerqué el vaso a su lado y Julia lo agradeció con su mirada.
La visión de sus piernas propagó el efecto previsible. En la simpleza del hombre radica su grandeza, frase muy socorrida que manejaba cuando mis neuronas cambiaban de lugar. La observé con más detalle. Unas ligeras ojeras ensombrecían sus preciosos ojos avellana. Realmente tenía mal aspecto. La conciencia que todavía conservaba recordó de nuevo mi torpeza. Ahora estaba totalmente jodido. Por ella, por mí, y también por mí, por haber pensado solo en mí.
Aflojamos un poco la tensión que exhibíamos y, tras unos comentarios inocuos, comencé a relatar mi delirante semana. No fue hasta casi el final de mi lastimero discurso cuando percibí que Julia me miraba fijamente. Escuchaba y lamentaba la situación, pero encontraba demasiado profesional su atención. Fue un efecto fugaz que me dejó una sensación de inexplicable malestar; no había motivo para sentirme desplazado de sus desvelos, y sin embargo, un remanente de mi desconcierto anterior posó el desconsuelo en mi ánimo. Mostró cierta complacencia y comprensión, pero, desde luego, no le dedicó la importancia que yo le atribuía.
«Ella lo vive casi a diario en su empresa», pensé buscando una explicación al fenómeno. Hacía poco, me había comentado que una amiga suya que trabajaba de maître en un restaurante para economías medias había sido despedida por falta de producción y, a la semana, se enteró de que habían contratado a un inmigrante en su lugar, a quien sin duda pagaban la mitad. Nos había tocado vivir una época en la que lo más sensato era limitarse a sobrevivir y a no pensar, aunque sospechaba que para sus amigas sí había espacio para el consuelo y las miradas sinceras.
—¿Qué opinas? ¿No es un cabrón? —pregunté esperando una afirmación positiva que reforzara mi ego.
—Pues sí —respondió—. Nos estamos volviendo locos. Pero es lo que toca —añadió girando la cabeza y estirándose del pelo hacia atrás, como anudando una coleta imaginaria.
Luego continuó hablando con tono plomizo y cansado, desgranando sus preocupaciones, repitiendo un discurso largamente escuchado. Su jefe tampoco sería «el empresario del año».
—Así que dime tú ahora quién es más cabrón —concluyó—. Lo único positivo de esta situación es sospechar que quien sobreviva a este maremoto que se ha llevado por delante tantas ilusiones y proyectos, quien aguante subido a una madera sorteando las olas resurgirá más fuerte. Yo estoy en ello, Álex. Puedo imaginar que te encuentres algo molesto por lo poco que últimamente nos vemos, pero no puedo soltarme. Si lo hago, otro habrá ocupado mi lugar y todo por lo que he luchado desde que acabé la carrera se desvanecerá y tendré que comenzar de nuevo. Y me niego. No quiero.
Sus últimas palabras las expulsó con furia y los ojos inyectados en dolor. El vaso temblaba ligeramente en su mano y se lo retiré con cariño.
Me miraba con firmeza, como esperando esquivar otro golpe para ofrecerme el gancho de izquierda definitivo. Me sentí muy incómodo por el pequeño ridículo que estaba disputando. El yo. El yo mismo, y luego el yo que había recitado al principio, se desmoronaba al escuchar sus inquietudes. No lograba adivinar si trataba de desahogarse o era una declaración de intenciones; sea lo que fuera, ya lo pensaría más tarde. Me acerqué a su cara y le di un suave beso de perdón en la mejilla. Me cogió ambas manos y continuó:
—Mi jefe cuenta conmigo —dijo con una sonrisa que casi ofrecía disculpas —. Creo que, si aguanto, puedo vencer.
La escuchaba con atención. «Quien resiste, vence», decía siempre mi padre. Julia era un claro ejemplo de ambición y sacrificio Me sentía extraño porque no la seguía. Yo también me había considerado siempre una persona responsable y trabajadora, pero algo en mi percepción de la vida estaba cambiando en estas últimas semanas. Antaño la hubiera animado; ahora, en cambio, no sabía muy bien por qué, no la seguía, y no la consolé con las palabras de empuje y coraje que en ese momento necesitaba.
Sus argumentos eran imbatibles, no había duda. Entonces, ¿por qué no lograba hacerlos míos, apoyarla y desearle lo mejor? ¿Por qué continuaba enfrascado en mi mundo interior sin valorar sus esfuerzos por prosperar en la vida? ¿No la respetaba?
—Sería estupendo —contesté sin convicción—, pero muchas veces me pregunto si merece la pena. Si merece la pena trabajar tanto sin descanso para luego seguir trabajando sin descanso. ¿A cuántas cosas se renuncia hoy en día para progresar laboralmente?
—Desde luego, a mí sí me compensa —respondió sorprendida de mi análisis —. He nacido para trabajar, para ser alguien. He estudiado mucho. Tengo dos másteres y no voy a pararme a filosofar sobre la vida. Tú eres hombre, te puedes permitir el lujo de plantearte tu existencia. ¿Qué te pasa? Hasta hace dos días eras tú el que te desvivías por el hotel. ¿Cómo ha podido afectarte tanto?
—No lo sé —respondí indeciso—. Me dices que te encuentras bien con lo que haces, y tu cara expresa lo contrario.
—Tampoco estoy pasando una buena racha. Hay mucha competencia en la oficina… No me llevo del todo bien con alguna gente de mi entorno.
—Me encuentro perdido, como viviendo una mentira. No sé si me gusta lo que hago —continué.
—Pero, Álex… —dijo soltándome la mano con los ojos muy abiertos—. ¡¿Tú qué te crees?! Al noventa por ciento de la gente no le gusta su trabajo. ¡Por Dios, reacciona! ¿Qué quieres? ¿Dejarlo todo y volver atrás? Porque hace años te lo pasabas de puta madre sin responsabilidades, buscando una felicidad con unos amigotes que ahora están tan jodidos como tú en sus respectivos trabajos, deseando revivir una etapa de su vida que nunca regresará. ¿Es eso lo que quieres, volver a ser Los albóndigas en remojo?
Lo dijo tan bruscamente que me dio vergüenza confesar que realmente lo pensaba así.
—Yo no pierdo el tiempo pensando en lo que podría ser —continuó Julia—, vivo lo que puede ser, el día a día. Tú deberías empezar a hacer lo mismo y no preocuparte tanto de cosas que no puedes solucionar.
La mirada de Julia, cansada y recelosa, me indicaba lo inoportuno de filosofar por el sentido de la vida y que mis planteamientos no superarían su coraza de escepticismo. No nos estábamos ayudando mucho.
—Tienes razón. Es lo que hay y punto —concluí. No era el día.
No tenía sentido discutir ni ponernos a la defensiva después de más de una semana sin vernos; sobre todo, después de esta semana. Volví a besarla, esta vez en los labios; con una sonrisa me hizo saber que ya estaba bien por hoy. Permanecimos en el sofá hablando de banalidades, poniéndome al día de las conquistas de sus amigas. Relajamos nuestra actitud inicial y luego, más por instinto que por pasión, intenté un acercamiento a traición que enseguida percibió, batiéndome en retirada con elegancia al comprobar lo alto de la trinchera. Tampoco era el momento. Estaba agotada, se estaba haciendo tarde y tenía que madrugar.
Tras la cena, todavía alargamos la conversación un poco más, comentando las tonterías que a esa hora ponía la televisión, y nos despedimos con un beso y un «Te llamo».
Cuando se marchó, permanecí unos instantes en el sofá intentando recordar retales de nuestra conversación. Me sentía un poco raro, inquieto, sin motivo aparente. Al final me había desahogado, pero no de la manera que necesitaba, y no me refería a la sexual: algo más profundo anidaba en mi alma. Un paso en falso quizás. Nos necesitábamos y no habíamos sido capaces de acercarnos.
Una punzada atravesó mi confianza. ¿Serían ilusiones mías? Era evidente que Julia, una vez más, no compartía mi punto de vista, ni yo el suyo. Como mujer era directa, sabía lo que quería, y así quería ella que fuera yo. La comprendía perfectamente. A ellas les costaba más llegar y mantenerse; no había duda de ello y se lo reconocía. Las mujeres necesitaban de más y mejores méritos para acceder a un puesto de trabajo digno de su capacidad. Yo trataba de ponerme en su lugar para comprender su perspectiva, pero cuando es tu pareja la que se mata a trabajar para, orgullosa, vencer las rancias reglas sociales, uno no podía evitar pensar que esa titánica lucha podría llegar a minar una relación, sobre todo cuando es la de uno mismo.
Con la mirada perdida en la pantalla de la televisión, mis pupilas se desenfocaron mientras retrocedía en el tiempo, buscando imágenes de estos dos últimos años de relación para recordar con urgencia mis sentimientos hacia ella.
Julia no era especialmente guapa atendiendo a los cánones de belleza, pero tenía ese atractivo especial que emanan las mujeres seguras de sí mismas, francas, directas, cultas, inteligentes, que saben comportarse en cualquier situación, que tienen la palabra precisa en el momento adecuado. Justo lo contrario a mí; por eso nos compenetrábamos tan bien. Yo necesitaba su orden, y ella se regocijaba en mi caos. Quizás la necesidad de cuidarme y corregirme sustituía cierto sentimiento maternal que a menudo no se molestaba en disimular. A mí me gustaba esa sensación de protección. Julia aportaba la conciencia que diariamente me recordaba que ya no era un jovenzuelo atolondrado, aunque he de reconocer que a veces me saturaba como solo una madre sabe saturar.
Teníamos puntos de vista diferentes en casi todos los aspectos de la convivencia. A veces era divertido y otras no tanto. Ninguno se permitía el lujo de rendir el terreno conquistado. Cuando plantas tu bandera en la montaña de «Los miércoles quedo con mis amigos», ya no puede haber vuelta atrás, o estás perdido. Las negociaciones pueden ser muy duras y dejar marcas, pero al final, como son más inteligentes que uno, te hacen creer que has ganado…, aunque en realidad… siempre pierdes. Lo sabía, lo reconocía y me gustaba.
En la cama estábamos muy compenetrados. Tenía un cuerpo menudo al que yo brindaba mis mejores travesuras y ella sus mejores dedicatorias. Después de una magnífica reconciliación, solía pensar si no era aquella complicidad lo que nos mantenía juntos y que todo lo demás era accesorio. Desde luego, en otro tiempo, tal día como hoy, nos hubiéramos acostado. Sin embargo, se marchó y me dejó boquiabierto. ¿Cómo podemos ser tan distintos?
Recogí los restos de la cena para fregarlos otro día, y al regresar al salón vi sobre una estantería la caja de Vincenzo. Con nuestras disputas emocionales se me había olvidado comentarle el tema. La cogí y la guardé de nuevo en mi armario; ya pensaría en ello más sereno. Me senté de nuevo frente a la televisión y me dispuse a hacer zapping convulsivamente.
¿Qué me está ocurriendo?