Luz de otoño

Joseph Maga · Capítulo 19 de 27

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Luz de otoño

Capítulo XIII

 

El intenso silencio que se desplomó tras sus palabras solo fue roto por el chasquido de un zippo que Joseph manejaba con su mano izquierda. No recordaba el momento en que lo hubiera utilizado, ni siquiera intuía que fumara.

—Es muy bonito. ¿Recuerdo del frente? —pregunté para relajar el ambiente creado por el relato.

—No. No guardo nada del frente. Este mechero fue un obsequio de un soldado americano. En Berlín. Gracias a mí se libró de un arresto de la policía militar en una pelea de taberna. Se licenciaba al día siguiente.

El giro de nuestra conversación no había conseguido cambiar el rostro serio de mi amigo. Continuaba con la vista baja, a veces fija en el mechero, a veces simplemente en el aleteo de sus dedos. Por fin, aguantamos la mirada unos segundos y sonrió, más para acompañar mi gesto que por convicción. De alguna manera, él se había quedado estancado en aquel 1 de septiembre de hace sesenta y nueve años.

Parecía aturdido. Recordar todo aquello le había emocionado y ahora escondía su rostro tras un vaso de agua que tardaba demasiado en beber, quizás ahogando un atisbo de agitación; sin embargo, enseguida se recompuso y volvió a ser el Joseph sereno que creía conocer.

—Joseph, quizás estoy siendo un poco egoísta al remover cosas que igual preferirías no recordar. Espero que perdones mi curiosidad —dije con cierto remordimiento.

—No te preocupes, es un buen ejercicio para la memoria —respondió resuelto —. Hace tanto tiempo ya… No recuerdo si alguna vez le he contado esto a alguien. Quizás tengas razón y deba escribir sobre ello.

—Pues claro. Escribir extrae tus miedos y temores y los encarcela en el papel —sugerí como si hubiera descubierto la pólvora.

Me miró sonriente y continuó su relato al hilo de mi primera pregunta.

—¿Qué sentiste? —pregunté.

—No lo sé —respondió al vacío—. De alguna manera, todos esperábamos aquel momento. Fue más bien la constatación del fin de una ilusión, de una época. De repente, el mundo que había construido alrededor de una vida plena rodeado de oficiales cultos y educados se esfumó con el sonido del primer cañonazo.

»La guerra, tantas veces temida y para algunos deseada, se presentaba para cambiarlo todo.

»Durante las semanas siguientes apenas pudimos dormir cuatro horas seguidas. La radio escupía los mensajes sin parar y el capitán tomó nuestro cuartucho como puente de mando. Como te comenté, nuestra misión consistía en cubrir al Schleswig-Holstein que tenía dificultades en la península de Hel, en el fortín de Westerplatte, donde la heroica defensa polaca nos mantenía a raya.

»Cuando finalizó la campaña de Polonia, nuestro orden de batalla consistió en patrullar el Báltico en nuestro viejo cascarón. No teníamos ninguna posibilidad frente a los ingleses, por lo que navegábamos siempre en convoy. Más tarde proporcionamos apoyo a nuestras tropas que se dirigían a Noruega, para finalmente permanecer fondeados en Oslo escoltando transportes.

»Aquellas semanas en el Báltico tras la derrota polaca fueron extrañas. La guerra entró en un incómodo letargo y los días se alargaban demasiado. Pensaba en mi familia, lamentando que hubieran tenido razón una vez más. Me sentí miserable por haberlos abandonado siguiendo un incontrolado impulso egoísta. En aquellos momentos me necesitaban más que nunca, y yo a ellos. De repente, durante aquella estúpida espera, ya no quería vivir ninguna aventura. Quería regresar en el tiempo, volver a Dresde. Deseé que todo hubiera sido un sueño y despertar con los gallos al alba, calzarme las botas de agua para limpiar el establo y que un desayuno caliente me saludara como cada mañana.

»Pero no fue así.

—¿Cómo terminaste en la Abwerh de Canaris? —pregunté impaciente.

Joseph me sonrió como quien sonríe a un chiquillo que reclama más golosinas después de haberse comido todas las demás con disimulo, pero me siguió el juego. Creo que comenzaba a disfrutar también de su relato.

—Todo empezó el día en que Hitler desarrolló sobre el papel la invasión de Rusia —dijo con gravedad—. Por lo que a mí concierne, la orden me llegó en el verano del 40.

»El almirante Canaris fue llamado a la Guarida del Lobo e informado de la operación. Himmler y Heydrich ya se veían desfilando en la plaza Roja. Canaris, más realista, aconsejó realizar la campaña lo antes posible, a más tardar al inicio de la primavera, o no llegarían a tiempo a destrozar el frente ruso antes del invierno. Heydrich, presente en la conversación, le tildó de derrotista y antialemán; este abogaba por una victoria en cuatro meses. Hitler asintió divertido al intercambio de reproches sin ponerse del lado de ninguno. No consentía que la realidad le nublara sus fantasías. La gran guerra por la civilización alemana no se debía librar en Occidente; Francia e Inglaterra eran consideradas molestos inconvenientes que obstaculizaban el gran objetivo nazi: la eliminación de los bolcheviques.

»A pesar de que Canaris no podía obviar la sorprendente eliminación de Francia del tablero de juego y la desorientación británica, por sus informadores en Ucrania conocía el potencial ruso. Cuando supo que la operación no se detendría, dedicó todo su empeño en desarrollar un plan que había estudiado años atrás, en plena purga estalinista: ya que combatiríamos contra los rusos, lo más conveniente sería ganarles.

»El viejo almirante había establecido un magnífico servicio de información en la Unión Soviética y conocía el descontento que reinaba en muchas áreas de ese vasto territorio; incluso yo, a través de mi madre, había sido testigo de la desolación del pueblo ucraniano. No parecía difícil atraer ese descontento y el odio de esas gentes que lo habían perdido todo con la irrupción bolchevique y que se encontraban esclavizados en granjas que antes les pertenecían. Ucrania había sido pasto de la miseria de demasiados ejércitos en muy poco tiempo. Los últimos en llegar habían literalmente masacrado a todo sospechoso de haber colaborado con el enemigo. Esta ambigüedad de criterio les había otorgado la potestad de tomar represalias contra cualquiera que habitara esas tierras o confiscar la granja que más produjera. A comienzos del año 41 existían en Ucrania no menos de veinte células preparadas para facilitar el camino a los tanques de Guderian.

»Tras el ejército, debían llegar nuestros equipos de propaganda animando a la población a sumarse a la causa germana. Teníamos la misión de reunir a los alcaldes y personalidades de cada pueblo y ciudad y cantar las bondades del régimen nazi, la organización, el progreso. “Con el nazismo llegará una época de prosperidad que durará mil años. Nunca pasaréis hambre, no os mataréis a trabajar para los bolcheviques, recuperaréis lo que os quitaron. ¡Basta ya de aguantar el yugo comunista que solo ha traído odio y miseria! ¡¡Observad el progreso alemán!!”, les diríamos…

—¿Querían vengarse de los rusos? —pregunté.

—Querían vengarse de su desdicha —corrigió Joseph—. A principios de los años 30, la colectivización agraria impuesta por Stalin para industrializar el país a marchas forzadas provocó una hambruna indescriptible. La adquisición de maquinaria industrial se abonó con lo único que disponía el país: grano.

»Los ucranianos fueron obligados a trabajar hasta la extenuación para luego ceder todas sus cosechas. A los que se negaron a abandonar sus granjas les hicieron pagar tantos impuestos que, al no poder afrontarlos, se requisaban las granjas igualmente. Muchos comieron el grano crudo mientras lo recolectaban. Cuando llegué detrás del ejército alemán, me narraron escenas espantosas de muertos famélicos por las calles y otras barbaries. Los antiguos combatientes nacionalistas nos recibieron como libertadores.

—O sea, ¿que queríais sublevar a los rusos contra su propio gobierno? — pregunté. Mi cara de asombro le incitó a seguir narrándome esa parte de la historia que inevitablemente se confundía con la suya propia.

—A grandes rasgos, ese era el plan original de Canaris —prosiguió—. De hecho, una vez iniciada la invasión, supe que ya antes de la contienda, en el año 37, el frente nacional ucraniano contactó con el régimen nazi para que apoyaran una sublevación. Muchos generales soviéticos, hartos del despotismo y de la intromisión de los comisarios políticos en sus filas, la apoyaron. El resto, pobres desgraciados, hubieran seguido a cualquiera que les hubiera prometido la devolución de sus tierras y algo de pan. Los agentes de la Abwehr enviados constataron sobre el terreno las posibilidades de dinamitar la Rusia comunista desde sus mismas entrañas. No obstante, por aquellas fechas, Hitler y Stalin jugaban otra partida de ajedrez en España, cada uno probando su armamento en los bandos enfrentados. Hitler no estaba preparado todavía para un enfrentamiento frontal, y para rematar la faena, apareció en escena el personaje más siniestro de cuantos incubó el nazismo y medraron bajo su amparo: el mismísimo Reinhard Heydrich, el más astuto, ladino e implacable de todo el organigrama nazi. El hueco que dejaba libre su ausencia de escrúpulos lo ocupaba su maldad.

El sonoro apellido del alemán me sobresaltó y me paralizó. Producía inquietud escuchar su nombre por alguien que lo conoció.

—Heydrich, esa mantis religiosa despiadada, anhelaba con ferocidad apoderarse de la jefatura de la Abwehr para así gestionar la información, es decir, el poder absoluto. Nunca camufló su ambición ni delante de su mentor, el mismísimo almirante, hacia el cual profesaba sentimientos contradictorios.

»Cuando Himmler le nombró jefe de la SD y puso a la Gestapo bajo su control, nunca tuvo el menor miramiento para interferir en las propias acciones de la Abwehr si ese era su deseo, poniendo incluso en peligro a los propios agentes de Canaris. Su mal disimulada ambición le cegaba. Así, desde su atalaya de poder, seguro de su influencia sobre Himmler y Hitler, inició el siguiente movimiento. Infiltró a su propia gente en la Abwehr, inaugurando así una lucha sin cuartel entre los dos hombres de los que dependía el futuro de la Alemania nazi.

»No tardó mucho tiempo el astuto Heydrich en poseer los documentos originales con las informaciones que nos llegaban desde Ucrania y la asonada que fraguaba: nombres de oficiales soviéticos, lugares de entrenamiento, armas… Era una información capital para cualquiera que supiese manejarla. Canaris, fiel a sus principios de caballero, prefirió obviarla. Era un furibundo anticomunista desde el fin de la Primera Guerra Mundial, pero no podía arriesgarse a que su país entrara en guerra con Stalin. No apoyaba la insurrección soviética, pero tampoco pensaba interferir en ella. Los ucranianos se disponían a agitar el árbol en su lugar; él solo debía esperar sentado para recoger las manzanas.

»La Abwehr contuvo el aliento esperando la noticia que pusiera fecha a aquella jugada que podría cambiar el destino de Europa. Pero de repente, a mediados del año 37, las informaciones provenientes de la disidencia empezaron a espaciarse cada vez más hasta casi desaparecer. Paralelamente, por otras fuentes secundarias, se recibieron inquietantes informes de masivos arrestos entre la oficialidad rusa. Dos agentes alemanes fueron descubiertos y heroicamente se sacrificaron con su cápsula de cianuro para no delatar su misión. Todavía no lo sabíamos, pero… se habían iniciado las purgas. Stalin comenzó a fusilar a todo oficial que respirara aire distinto al suyo.

—¿Qué? ¿Stalin descabezó a su propio ejército? —pregunté asombrado de semejante estrategia absurda más propia de un líder débil y asustadizo que del líder astuto y despiadado que imaginaba. Aunque, bien mirado, quizás no fuera incompatible con su personalidad.

—Correcto. Entre 1937 y 1938 se ejecutaron, acusados de traición, a miles de oficiales soviéticos, lo más granado del Ejército Rojo, incluido su mejor hombre, el mariscal Tujachevski. Cientos de comunistas de regiones sospechosas como los países bálticos, Ucrania y Bielorrusia fueron arrestados y fusilados. Se desató una furia vengativa que llegó incluso hasta España, un país donde los soviéticos disponían de una inmensa delegación apoyando a los republicanos y que en aquellos años era un auténtico hervidero de espías de todas las nacionalidades disfrazados de corresponsales, escritores y asesores. Cualquier hombre o mujer delatada con o sin razón era fusilado o enviado a Siberia.

»Canaris no daba crédito y presintió que el máximo organismo soviético había sido alertado. Hacía tiempo que sospechaba de filtraciones dentro de su organización y fallos en la seguridad. No tardaron mucho en descubrir que la sección tercera que se ocupaba de las operaciones en el extranjero estaba bajo estrecha vigilancia de los hombres de Heydrich. Se fueron atando cabos y…

—¡Heydrich! —exclamé.

—A través de su embajador en Berlín. Este informó a Beria, el jefe de la NKVD, que el ejército entero estaba organizando un golpe militar para acabar con Stalin, e incluso le mostró documentos originales robados de las oficinas de la Abwerh por sus hombres. Para Heydrich era un golpe audaz; para el exquisito Canaris, una burda treta indigna de su excelsa organización.

»Heydrich convenció a Hitler de las bondades de un plan que eliminaría a los nazis de cualquier sospecha. Canaris, en cambio, montó en cólera cuando por fin descubrió al culpable de arruinar su inmensa red de informadores. Se ejecutó a los jefes del ejército, pero también a toda la oposición, y lo que más le preocupaba, ya no quedaría nadie que hiciera sombra a Stalin, de quien recelaba tanto como de Hitler. Su titánico proyecto de eliminar a los dos dictadores no solo se desinflaba, sino que veía cómo estos se hacían más y más fuertes sin que ni él ni sus hombres, que ahora quedarían expuestos, pudieran evitarlo, todo gracias a la vedette de Heydrich.

—¿Pero tú en aquella época estabas todavía embarcado? ¿Qué tienen que ver contigo estos sucesos?

—Canaris sabía que, aun con su ejército descabezado, Rusia era un hueso demasiado grande para las fauces nazis. Nunca terminarían de comérselo. A pesar de perder a toda su organización, no desatendió a sus potenciales amigos ucranianos. Solo que, en esta ocasión, habría que ir a buscarlos. Necesitaba gente preparada en Alemania que sustituyera a los agentes caídos y contactara de nuevo con la disidencia. A principios del 39 ya había rehecho parte de la red, y para esta nueva etapa se creó una oficina tan especial que ni los propios trabajadores en la sede la conocían, y los pocos implicados, escogidos personalmente por el almirante, despachaban directamente con él. Los esbirros de Heydrich nunca supieron de la nueva operación.

»Ya tenía fecha para la invasión: trabajaba contrarreloj y comenzó la búsqueda de agentes en el único estamento que sabía no estaba contaminado por los nazis.

—¡¡La Marina de guerra!! —exclamé entusiasmado.

—Tenía poderosas razones para acudir a la Armada —respondió complacido —. Los nazis nunca consiguieron infiltrarse en la Kriegsmarine. Los códigos del honor y el deber impermeabilizaban los intentos de Himmler de manejar a la oficialidad: estos se debían a Alemania, no a los nazis. Otra ventaja era la habilidad de esta en el manejo de códigos, comunicaciones y criptografía y, por supuesto, los excelentes contactos del almirante con sus excompañeros.

»… Y resulta que el comandante del Schlesien era un viejo camarada de Canaris, que no dudó en devolverle un antiguo favor a su amigo aun a costa de desprenderse de su aventajado operador de radio.

Me miró unos segundos esperando mi reacción.

—Que no era otro sino tú.

—Que no era otro sino yo —respondió—. Me llamó a su camarote y, sin darme oportunidad de expresar mis deseos, me comunicó que la patria necesitaba de mis servicios en otro lugar. Un avión me esperaba en Oslo donde atracaríamos en dos días, y de allí volaría a Berlín para comenzar mi instrucción como agente de campo. «Muchas gracias por sus servicios a bordo y buena suerte.»

»No tuve la más mínima oportunidad de rechazar la sugerencia. Mi conocimiento del idioma, el hecho de que viviera en Alemania desde los tres años, lo que me inmunizaba a la hora de ser espía soviético, y mis conocimientos en radiotransmisiones me convirtieron en el candidato que estaban esperando. El mismísimo almirante Canaris me recibió en persona y subrayó la importancia del reclutamiento de alguien con mis cualidades. Los acontecimientos avanzaban con tal rapidez que me arrollaban sin darme tiempo a valorar los peligros de mi nueva misión. El sueño que ocupó los mejores años de juventud junto a un barco de guerra se desvaneció como quien aparta de un manotazo el denso humo de un cigarrillo.

»Te puedes imaginar el miedo y el orgullo que sentí en su despacho: ¡me fui de allí convencido de que iba a ganar la guerra yo solito! La verdad es que el viejo sabía cómo motivar a su gente. Fui trasladado a la capital, donde comencé a trabajar en la ciudad-búnker, en pleno centro de Berlín, justo debajo de Wilhelmstrasse, el cuartel general de la Inteligencia.

—¿Cómo te prepararon? —interrumpí.

—En noviembre de ese año ya estaba en Kiev, así que debió de durar unos tres meses, una décima parte de lo que se tardaría en preparar a un agente de campo. Imagínate en qué condiciones me lanzaron: aprendí nuevos códigos de comunicación y una nueva máquina Enigma distinta a la que utilizábamos en el Schlesien; me enseñaron a interpretar planos, orientación; técnicas de interrogatorio, de captación, de supervivencia. Me asignaron un compañero ucraniano de Zhytómir para que practicara con él el idioma. Me resultó muy complicado hablar sin acento, por lo que al final se decidió que mi lugar de procedencia fuera la zona de la Galitzia, que había sido polaca y de donde mi acento bien pudiera ser originario. No obstante, lo mejor seguía siendo que esquivara cualquier contacto con todo aquel ajeno a la organización local.

—¿Te dieron una pastilla de cianuro? —pregunté.

—Sí.

No por esperada, la respuesta me resultó más fácil de digerir. Había visto decenas de películas de espías en las que la cápsula de cianuro formaba parte de la coreografía de la escena, pero claro, era ficción. Ahora estaba delante de un tipo que seguramente alguna vez la había tenido en la mano, preguntándose si debía engullirla o no. Es decir, suicidarse por una causa no personal. Suicidio como deber. De repente, me sentí muy pequeño al lado de aquel anciano: fue una cohibida sensación que me acompañó varias veces en su presencia a medida que me desgranaba su vida.

Quizás en ese momento, Joseph estuviera evocando la misma escena que yo proyectaba fuera de mí. Quizás, escondido en un granero escuchando las voces de los rusos agitando heno buscándole; acariciando la cápsula con los dedos sudorosos. Muerto de miedo, descubriéndose incapaz de matarse en ese momento e imaginando las consecuencias de su captura… «Los ruidos de las pisadas se amortiguan. Un motor en marcha. Los rusos parecen desistir de buscar por ahí. El sudor te recorre la nuca y un escalofrío te sacude la espalda. El cuerpo se derrumba, quizás unas lágrimas de pánico. Un instante de reflexión preguntándote por qué no te introdujiste la cápsula en la boca. Miedo a fracasar, a delatar a tu gente. Quieres volver a casa, pero son los tiempos del apocalipsis. Nadie tiene casa. Solo sobrevivirán los elegidos por la ruleta de la fortuna.»

Mientras mi mente divagaba en silencio, Joseph aprovechó la ocasión para concluir e invitarme a un licor en el bar de Pierre. Nuestra simpática camarera hacía tiempo que nos había dado por imposibles y se había retirado a la cocina junto a su familia. La nota estaba pagada, y la puerta, abierta. El local era nuestro.

Al salir a la calle, el frío golpeó sin piedad mi rostro. Enrollé la bufanda alrededor de mi cuello por encima de la nariz y me calcé un gorro de lana dejando únicamente una diminuta franja al descubierto a la altura de los ojos. Joseph se puso su sombrero de paño gris y salió del restaurante como si el aire polar le esquivara. Con andar estirado caminaba sin esperarme; yo intuía de vez en cuando que miraba atrás para ver mi patética actuación sobre la nieve. Con los brazos estirados cual funámbulo de feria, intentaba guardar el equilibrio mientras mis pasos se deslizaban cuesta arriba.

Por fin alcanzamos el bar de Pierre para descubrir que no estaba. Debo confesar que me alegré al comprobar que el a veces pesado y siempre inquieto Pierre no atendía la barra aquella tarde —me encontraba muy cómodo escuchando a Joseph, y Pierre no habría tardado en hacer alguna observación inoportuna obligándonos a cambiar de tercio—. Bueno, en realidad, no es que no estuviera Pierre, es que no lo atendía nadie: el bar estaba abierto, pero completamente vacío. Nos apoyamos en la barra a la espera de alguna señal divina hasta que esta apareció en forma de oronda señora portuguesa que se identificó como la limpiadora del local. Nos confesó en un alemán arcaico que, debido a la nevada, no había podido venir nadie a abrir el bar, y que el propietario la había llamado para que aprovechara para limpiar, pues la moza vivía en el pueblo; pero si aparecía algún cliente, cosa que dudaba mucho, le atendiera, pues con un tiempo como este si alguien se presentaba por allí es que estaba muy necesitado.

Sonreímos cuando Joseph terminó de traducir, no pudiendo sino dar la razón a aquella delirante lógica. Joseph se atrevió a pedir un Drambuie mientras que yo preferí continuar con la cerveza. Mezclar a esas horas de la tarde no auguraba un final feliz. Ante nuestra sorpresa, la portuguesa nos atendió con una profesionalidad que ya quisieran algunos, «en especial Pierre», bromeó mi amigo. Tiró la cerveza sin apenas espuma y sirvió el licor con rodaja de naranja incluida que apareció de la nada.

Nos miramos un poco desconcertados por la insólita situación y sonreímos tras nuestras copas. No tenía claro si a Joseph le apetecía seguir narrando episodios de su alborotada vida; seguro que por educación atendería mi sugerencia, pero tampoco quería agotar al pobre hombre. Sin embargo, antes de que mi mente ideara alguna excusa para continuar la charla, Joseph se adelantó a mis plegarias:

—Como puedes ver, nunca tuve que utilizar la cápsula de cianuro —dijo con envidiable tranquilidad para tan tétrica declaración.

Absorto, exclamé:

—¡Es increíble que el ser humano sea capaz de hacer cosas así!

—Nunca he pretendido ser lo que fui —aventuró—. Me vi en una situación que requería la presencia de alguien como yo en un infame momento de la historia en la que era muy sencillo erigir héroes y esconder cobardes. Con apenas veinte años resulta muy fácil ser permeable a los halagos y realmente creí en mi misión. Partí hacia Ucrania, la tierra de mis antepasados, intuyendo que, por alguna razón, mi destino se forjaría de nuevo allí. Supongo que me sentí como una especie de elegido para saldar la deuda que Ucrania tenía con mi familia… y, como puedes observar, no fui ningún héroe; de hecho, la misión fracasó. El pueblo ucraniano no se levantó contra Stalin. Es más, se revolvió contra nosotros una vez se descubría con estupor las masacres indiscriminadas que los nazis inoculaban en la población judía en los territorios conquistados: pensaban que les ayudaríamos a salir del barro y a patadas los hundimos más en él.

Dejó de hablar por un momento para mitigar el pequeño sofoco que por un instante le había hecho perder el hilo.

—Tuve mucho miedo. El peso de la responsabilidad en ocasiones me ahogaba. Sospechaba que nunca saldría vivo de aquella misión y era entonces cuando el recuerdo de mi madre se hacía insoportable, pero los días pasaban y el margen para el arrepentimiento se diluyó.

»El día que subí al avión en el que ensayé el salto de paracaídas, supe que ya no había vuelta atrás.

Levantó su jarra reclamando mi complicidad ante sus últimas palabras y, respetuoso, asentí. Joseph no tenía pinta de ser un cobarde, pero… ¿quién sabía? ¿Acaso conocía algo de él aparte de lo que me contaba? Su trémula voz narrándome episodios delicados invitaba a creer en la veracidad de sus palabras, pero lo más importante era que, falso o verdadero, disfrutaba enormemente de su compañía. Prefería creerle, y lo hacía.

Todavía permaneció un buen rato narrándome episodios de su vida hasta que la oscuridad de la noche se coló por las ventanas. Fue como una señal, pues, a esas alturas de la tarde, mi amigo se mostraba ya cansado y, aunque intentaba disimularlo, sus ojos ligeramente vidriosos por los recuerdos —y quién sabe si también por el Drambuie— parecían lejanos y ausentes. De la camarera portuguesa nada más se supo. De vez en cuando se escuchaba desde el office de la cocina el sonido de un cacharro golpeando a otro sin miramiento alguno y nada aventuraba a pensar que fuera a asomar la cabeza para evaluar nuestras necesidades.

Permanecimos unos segundos en silencio hasta que los dos fuimos conscientes de que nada más teníamos que hacer allí. Avisamos a la señora de nuestra marcha y le dije que apuntara lo consumido, que ya vendría mañana a abonarlo. La señora asintió desde el fondo de la cocina y continuó con sus ruidos. Salimos a la calle para comprobar que un manto de densa niebla se colaba por los recovecos del pueblo. Nos despedimos afectuosamente: yo, agradecido de escuchar, y él, de haber encontrado un oyente entregado. No quedamos para otro día. Un detalle casi mágico de nuestras charlas era precisamente la sorpresa de nuestros encuentros.

Antes de darnos la espalda me preguntó:

—¿Vas a viajar esta semana por el lago Lemán? ¿A Lausanne o Ginebra?

Mi cara paralizada le animó a contestar por mí.

—Si pensabas ir por allí, no lo hagas. La previsión del tiempo es pésima y creo que van a cortar las carreteras por obras. —Me miró durante unos segundos más y se marchó dejándome literalmente noqueado.