Luz de otoño
Dubyna. Ucrania 20 de junio de 1920
Dubyna. Ucrania
20 de junio de 1920
La suerte de nuevo le resultó esquiva en el camino de regreso a casa. Controles del ejército polaco buscando desertores, traidores o lo que viniera más a mano hicieron del viaje una interminable tortura. En cada uno de ellos Yuriy y sus compañeros tenían que bajar del camión, enseñar papeles, documentos o permisos. Siempre había un oficial demasiado orgulloso de su función que no desistía hasta descubrir una irregularidad que obligara a algún desgraciado a quedarse en tierra. Afortunadamente para Yuriy, su reciente herida, siempre al borde de la infección, y su cojera no daban lugar a duda de su incapacidad para seguir participando de aquella locura.
Continuamente eran adelantados por columnas de polacos que se retiraban hacia el oeste, hacia Polonia.
—Se ha consumado. Hemos perdido —dijo Yuriy cubriendo su rostro para esconder su turbación.
El resto de los ocupantes de aquel viejo camión observaban con estupor el éxodo polaco. Todos sabían lo que significaba, pero nadie hablaba. Las herméticas miradas lo transmitían todo: cansancio, apatía, resignación. Yuriy lloraba en silencio, sin lágrimas. Era un llanto que le nacía desde el fondo de su alma.
—¿Por qué? —se repetía una y otra vez. Los recuerdos de los días pasados regresaban a su mente en forma de jinetes fantasmales esparciendo tragedia y dolor a su paso. Rezaba con todas sus fuerzas para que su mujer le hubiera comprendido y se hubiera marchado de ese lugar condenado que era su hogar, y a la vez deseaba abrazarla y poder llorar amargamente sin el disimulo y la vergüenza que sufría en aquel camión. La contradicción de sus sentimientos, entrelazando egoísmo y esperanza, no le dejaba respirar. El camión circulaba con desesperante lentitud; varias averías y carreteras cortadas a vehículos civiles provocaban que cada segundo en él fuera una tortura, maldiciendo en silencio cada nuevo contratiempo.
Tras una infinita semana, por fin llegó el día en que sus ojos observaron de nuevo las granjas sembradas alrededor de su tierra. A medida que se acercaban y observaba las primeras casas de madera que anunciaban la entrada al pueblo, sus ojos y su alma se fueron entumeciendo.
No había dejado de advertir que, desde hacía al menos día y medio, no les habían sobrepasado los polacos en su apresurada carrera de repliegue.
—Los rusos deben de andar muy cerca —pensó en voz alta, atrayendo la aterida mirada de su compañero de banco. Apenas había cruzado con él unas frases en toda una semana.
Al pasar por la arteria principal del pueblo, el ruido del motor provocó la salida en estampida de varias mujeres que vagabundeaban por los soportales. Con la esperanza tallada en sus rostros impidieron avanzar al camión que, finalmente, tuvo que frenar con violencia para no añadir más drama al que ya transportaba. Gritaban los nombres de sus maridos mientras se abalanzaban hacia la parte de atrás. El corazón de Yuriy se encogió, deseando ver y no ver a su mujer. Bajó del camión. Se encontró de frente con miradas de espanto, de rencor, de miedo. Sollozos que le taladraban el alma. Casi se sentía culpable por ser él el afortunado y no alguno de los maridos de estas mujeres desamparadas.
Habían transcurrido apenas tres meses desde su marcha, y la eternidad que se abría entre aquel día y el de su llegada mortificaba la conciencia de Yuriy. El pueblo ya no era el pueblo; el campo ya no era el campo; el ganado ya no era ganado. Todo parecía irreal, trágico. Las calles eran las mismas, pero no era su pueblo. Tampoco él era el mismo. Después de la Gran Guerra donde sufrió el infierno en la tierra, salió adelante creyendo firmemente que el mundo había cambiado y nunca más volvería aquella orgía de muerte y destrucción. Sin embargo, se había repetido, y Yuriy entendió que se repetiría siempre, por los siglos de los siglos.
No vio a su esposa entre las mujeres que comenzaban a retirarse, con la cabeza agachada y cubriendo sus rostros de pura vergüenza. Pero al alzar la vista, se encontró con la mirada de Yevhen. Le contemplaba sereno desde la herrería. Una pequeña mueca en la comisura de sus labios mostró la infinita alegría de su vuelta, aunque fuera en aquel estado; no era momento de expresiones de júbilo. Con una seña, le sugirió que pasara a la herrería. Se abrazaron largamente; sollozaron ambos. Las lágrimas por fin salían de la oscuridad. Cuando se serenaron, la mirada inquisitiva de Yuriy hizo que Yevhen hablara de su familia.
—Tu mujer y tu hijo escaparon a Alemania —dijo Yevhen.
—Loado sea Dios, Yevhen —dijo Yuriy escondiendo la cara entre sus manos, agachando el mentón para no mostrar a su amigo las lágrimas que pugnaban de nuevo por salir. Le fallaron las piernas y se sentó en un taburete. Un dolor insoportable se le agarraba al pecho.
—Escucha, Yuriy —dijo su amigo agarrándole de los brazos con fuerza para que reaccionara y saliera del estado de estupor en el que parecía haberse sumergido—, es lo mejor que han podido hacer. He oído que las cosas van a ir mal.
La noticia de la caída de Kiev le dejó inerte. Había oído rumores de los soldados que los adelantaban; sus silencios respondían a las preguntas que les lanzaban desde los transportes. Sus pensamientos se dirigieron veloces hacia los pocos conocidos que hizo en Kiev. Su compañero de camilla, la simpática mujer que mantenía el refugio, la anciana del río, los habitantes que habían saludado a la fuerza invasora con entusiasmo…, ¿qué sería de ellos? Las imágenes le perseguían. Los insaciables cosacos, sable en alto; los ahorcados que los recibieron a su llegada a Kiev, el pueblo saludando al desfile… ¿Cuántos ajusticiados habría ya?
—Lo sé —respondió Yuriy sin atreverse a levantar la mirada del suelo, como si el mirar a los ojos a su amigo condenara de antemano su razonamiento—. He visto cosas terribles, Yevhen. Estas heridas me condenan. Alguien hablará para salvarse.
Yuriy emitía frases inconexas con voz trémula.
—Los polacos se están retirando, no defienden ya ninguna posición. Es una persecución. Esto se llenará de cosacos y bolcheviques clamando venganza a los que les ayudamos.
—¡Huye!, ¡estás a tiempo! —aventuró Yevhen cogiéndole de las manos.
—No. Sería inútil —respondió afligido—. Mi salvaguarda es hasta aquí, mi permiso termina en Dubyna. Los polacos no quieren que los sigamos en su retirada; les estorbamos. ¿Dónde iba a ir? Con estas heridas no podré avanzar mucho. Si me detienen, creerán que soy un desertor. Y eso nunca —dijo Yuriy levantando la mirada enfurecido.
—Si te quedas, te detendrán —suplicó Yevhen—. Si huyes, tendrás una oportunidad. Tal vez encuentres a alguien que te ayude por el camino. No seas loco. ¿Y tu mujer? ¿No le vas a dar la oportunidad de reunirte con ella?
—Dios mío, Yevhen. No puedo pensar, estoy aturdido. Roto. —Sentado en el taburete, mantenía su rostro escondido tras sus sucias manos. Se le habían acabado las lágrimas.
—Escucha, Yuriy, vete a casa. Descansa. Te vas a llevar algo de queso y remolacha. Cuando te levantes, pensarás con más lucidez y me harás caso. También puedes quedarte con nosotros esta noche. Anna estaría encantada.
—Gracias, Yevhen —respondió Yuriy con los ojos vidriosos, negando con la cabeza para rechazar la propuesta de su amigo—. No os preocupéis, estaré bien. Seguro que hay mucho que hacer en la granja. Debo volver a casa.
—Confío en ti, Yuriy —respondió su amigo cogiéndole de los hombros.
Cuanto más cerca se encontraba de su granja, más lejos se sentía de allí. La tristeza embargaba cualquier otro sentimiento que pudiera despertar en ese instante. Solo podía estar triste, nada más. Ni amor, ni odio, ni venganza. Solo el abatimiento le anunciaba que seguía vivo.
La granja, su vida, apareció ante sus ojos solitaria como él: el campo amarillo clamaba por su atención. Le echaba de menos; si no actuaba pronto, se perdería la poca cosecha que podía obtener a esas alturas. La sequía de ese año no hacía sino añadir más dolor a su amado campo. Las espigas se estiraban hacia el cielo como buscando lo que el hombre y la tierra no le querían dar: amor. Se sentían desamparadas ante la apatía de sus dueños, pues querían ofrecer su fruto y el hombre, egoísta, lo desdeñaba.
Entró en la casa. No pudo reprimir una sonrisa amarga al descubrir todo recogido y ordenado. Parecía que le esperaran a cenar, como cada día al terminar la dura jornada, y que madre e hijo le iban a recibir con una sonrisa y un plato caliente de sopa de remolacha.
Subió a las habitaciones.
Las piernas le temblaban. La congoja no le abandonaba y le costaba avanzar por el pasillo. Aguzó el oído para escuchar algún sonido esperanzador. Su corazón necesitaba que su esposa siguiera allí.
No estaba.
Entró en el cuarto de matrimonio y se dirigió directamente hacia la almohada. Metió la mano por la parte donde dormía él, y el tacto de lo que encontró le hizo inmensamente feliz. Tenían por costumbre dejarse notas de amor debajo de la almohada para que el otro las descubriera como por casualidad. Era un juego inocente que los llenaba de vida. Su amor estaba fragmentado en miles de pequeños momentos inofensivos, que se sumaban y sumaban hasta hacerlo infinito. Su cara se iluminó al reconocer la letra infantil de su mujer.
Amado Yuriy:
Te echamos de menos, mi amor. Esta carta es una copia que guardé
por si no te llegaban mis cartas. Te he escrito todas las semanas que
permanecí sola aquí. Me encuentro desesperada por no saber si te
llegan mis noticias. Únicamente recibimos una carta tuya a las dos
semanas de marcharte. Nos la entregó en mano un oficial muy
cariñoso; por lo visto, el correo está vigilado. Nos dio mucha alegría
saber que, a pesar de todo lo que cuentan de las batallas en las que
habéis participado, te encuentras vivo.
Cuando te enrolaron no pude alcanzarte; sé que no tenías otra
opción, pero hubiera dado media vida por haberme despedido de ti en
ese momento. A tu hijo le he dicho que te ibas con los buenos a salvar
a la patria, para que por lo menos te vea como al héroe que sé que
eres. Los héroes son las personas como tú, Yuriy, las personas buenas
que hacen el bien todos los días de su vida, sin mayor reconocimiento
que el saber que el día de mañana les espera otro día igual de duro.
Los que se levantan al alba para mantener a sus familias. Los héroes
son anónimos. Tú eres mi héroe, Yuriy, no lo olvides nunca.
Hemos sabido en estos días que vais ganando la guerra, que estáis ya
en Kiev. No entiendo lo que me dices. No entiendo que quieras que
nos vayamos. ¿Por qué, Yuriy? ¿Qué es lo que te asusta? Los rusos
no me parecen tan malos como los ves tú. Sabes que por estas tierras
han pasado todos los ejércitos del mundo y siempre hemos salido
adelante. No obstante, escribí como me dijiste a nuestra familia de
Alemania, y me han respondido. En realidad, les viene bien algo de
ayuda; escasea la mano de obra. Saben que puedo trabajar igual de
bien o mejor que un hombre. Son muy buenas personas; si deseamos
ir, me esperan. Pero dejar esto, Yuriy, dejar nuestra tierra, nuestra
vida, nuestro porvenir… Sin ti aquí, la cosecha se ha perdido. Nadie
ha querido o podido ayudarme, y esta sequía ha sido fatídica.
¿Cómo quieres que nos vayamos sin saber nada de tu estado? Me da
mucho miedo irme sin ti; el viaje con el niño me aterra. Sé que
quieres que vaya y tendrás tus razones y lo haré, Yuriy. Me iré porque
te amo, porque lo has ordenado y porque eres una persona inteligente
que no harías nada que nos perjudicase a tu mujer y a tu hijo. Nos
vamos dejando el alma en esta casa para que tú la encuentres cuando
llegues y la lleves contigo hasta que nos veamos y nos la devuelvas.
Te amo, Yuriy. Sé que tú también, y me quedo con el recuerdo de tu
amor. Te esperamos en Alemania. No tardes, mi vida.
Joanna
15 de mayo 1920
El dolor se volvió insoportable. Yuriy se rasgó la camisa. Quiso salir corriendo de la casa, atravesar campos, ríos, montañas y no parar de correr. Quería llorar, pero no le quedaban lágrimas con las que honrar la carta de su mujer. Necesitaba gritar. Habría matado por no estar ahí. Golpeó la mesita, lanzó la silla por el aire. Su ira pujaba por salir.
—¡¡¡Maldita sea, malditos sean todos!!! —gritó con la garganta quebrada, trémula de aflicción.
Cayó de rodillas y allí rompió a llorar sin consuelo.
Permaneció unos minutos en silencio de rodillas en el suelo. Inclinado sobre la cama. Golpeando con fuerza el colchón. Impotente. Desencajado. Superado por la desesperación. Los ojos cerrados con fuerza. Deseando que todo hubiera sido un sueño. Que se despertaría al olor del pan recién hecho abrazando a su hijo, quien, con esfuerzo, trepaba por su cama para despertarle y jugar.
Continuó de rodillas un tiempo infinito hasta que, agotado por la tensión, el sueño le fue venciendo y las imágenes se fueron haciendo cada vez más lejanas, casi borrosas, y cayó medio inconsciente.
Se despertó en el suelo. La claridad del día se filtraba por las contraventanas. Le dolía la cabeza. No sabía cuánto tiempo había dormido. Sentado en la cama, intentó poner en orden su mente ahora que por lo menos sabía a qué enfrentarse: su mujer, su maravillosa mujer, se había puesto a salvo junto a su hijo. Jamás en su vida se lo agradecería lo suficiente. De repente, reparó en sus dudas y temores y rio con estrépito. El cansancio y la tensión afloraron por fin con todo su esplendor con unas carcajadas histéricas que le dejaron sin aliento. Se incorporó y comenzó a preparar un pequeño saco con algo de ropa para su marcha. Partiría esa misma mañana.
Al rato, su estómago comenzó a rugir. No había comido desde el día anterior y bajó a la cocina a preparar el queso de su amigo.
Al principio, no notó nada.
Estaba absorto intentando recordar dónde guardaba su mujer los platos y demás vajilla. Encontró lo que buscaba y se sentó a comer en aquella mesa destartalada que tantas veces su mujer quiso cambiar. Qué poco importaba todo ahora.
—Dios, qué hambre tenía —rio Yuriy mientras engullía a grandes bocados el queso rancio de su amigo.
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan entero. La decisión de irse inmediatamente le había proporcionado fuerza y determinación. Observó con detalle la cocina: tanto esfuerzo que había costado mantener aquella granja, y ahora todo se había perdido. Sería el último de su familia en verla. Se le pasó por la cabeza prenderle fuego antes de irse; al fin y al cabo, ya no le pertenecía nada que no pudiera llevarse consigo.
El fuerte olor del queso anulaba cualquier otro sentido; aun así, a los pocos minutos, comenzó a notar un olor familiar. Un olor que no tenía sentido a esas horas. Frunció el ceño, prestó atención, y entonces, más calmado, lo identificó con claridad: humo.
Extrañado, se asomó a la ventana. Desde ahí no podía ver nada, el fuego estaría en la parte posterior. Salió corriendo por la puerta principal, cada vez más asustado por la creciente intensidad del olor. Fue a la parte de atrás y, petrificado, vio cómo ardía la granja de Vadym, su vecino. Estaba a unos dos kilómetros de la suya. Ardía como una gran pira. Imposible hacer ya nada. ¡Qué desastre! Echó una mirada rápida, instintiva, a su propiedad; todo parecía en orden.
Sin embargo, algo le inquietaba…
Permaneció alerta. En el frente había desarrollado un sexto sentido que le hacía desconfiar de cualquier cosa, aunque no supiera bien el qué, y ahora…
Algo no encajaba.
El silencio. Eso era.
La granja de Vadym parecía arder sola. No había nadie intentando apagar las llamas. De hecho, no había nadie en absoluto. Con las manos extendidas, intentó proteger sus ojos del sol y divisar alguna figura. No veía nada. Su mujer, antes de irse, debía de haber vendido las mulas. No tenía medio de acercarse más que corriendo, pero, según lo pensaba, se paró en seco.
El silencio.
Yuriy miró a su alrededor, en dirección al pueblo. Entornó los ojos y… Le fallaron las piernas y cayó de rodillas.
—Ya han llegado —murmuró abatido.
Varias columnas de humo rompían el horizonte en dirección al pueblo. No les habían dado ninguna oportunidad.
Una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla. Mil imágenes barrieron su mente. Su mujer, su hijo, su infancia, Alemania, su compañero de camilla… La mirada vacía se perdió en el horizonte amarillo.
El viento le golpeó con el ruido de cascos de los caballos. Llegaban al trote, sin prisa, seguros de su poder. Eran cosacos. Imposible huir. Se sentó a la entrada de su querida granja y decidió afrontar su destino con la dignidad ausente del mundo que conocía.
—Que sepan estos malditos cómo muere un inocente.
—¿Yuriy Majaluk? —preguntó el jinete que mandaba la escuadra.
—Soy yo. —Su voz se quebró. Ya no importaba.
Mientras esperaba sentado al pelotón de ejecución, pensó en recibirlos a tiros. Alguno se llevaría por delante. «Pero ¿para qué? —se preguntó—. Otro muerto más que no cambiará mi destino.» Decidió plantarles cara desarmado. Sereno. Digno. Había puesto en paz su alma. Había salvado a su familia. De alguna manera, la templanza que mostró en el frente surgió de nuevo frente a aquellos cosacos.
—Yo soy Yuriy Majaluk. Ciudadano de la República Popular Ucraniana — repitió levantándose altivo, soberbio, orgulloso.
—Ha sido denunciado como colaborador del régimen traidor a la República Soviética de Ucrania. Sus propiedades pertenecen ahora al pueblo ruso —dijo el oficial cosaco mientras desmontaban los hombres.
Escuchó cómo cargaban sus armas y miró al cielo con una sonrisa serena.
—Te esperaré, amada mía.