Luz de otoño

Joseph Maga · Capítulo 6 de 27

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Luz de otoño

Capítulo IV

 

Llegó el día D.

Lo que esperaba fuera un día de despedidas, tranquilo, sosegado y poco estridente, se convirtió desde primera hora de la mañana en un carrusel de problemas de toda índole que hizo que no lo olvidara fácilmente. Para empezar, puse mal el despertador y no sonó. Luego, queriendo recuperar el tiempo perdido, decidí ir en mi coche en lugar de en el metro y me lo encontré con una rueda deshinchada, y vuelta al metro corriendo para embutirme en plena hora punta. Solo llegué media hora tarde. Nada más entrar en el hotel, me comentaron que había habido un corte de agua en la zona y que no teníamos agua desde las seis de la mañana.

—Todo alegrías —afirmé.

Cada vez que sonaba el teléfono de centralita, los recepcionistas se cruzaban una mirada de escaqueo intuyendo el motivo de la llamada. Las primeras hojas de reclamaciones se expandieron por el mostrador. Inútiles las excusas y las disculpas. Acudí veloz a apagar el incendio y canalicé los insultos hacia mi persona. ¡Para lo que me quedaba en el convento…!

Por un momento se me pasó por la cabeza irme en ese instante. Simular una indisposición y dejar el marrón para el siguiente. No lo hice, claro. Mis compañeros no tenían la culpa y me buscaban como referente cuando un cliente agitaba los brazos con violencia.

—Esto se va animando —reafirmé.

Tenía la cabeza embutida en una factura cuando, de reojo, le vi pasar. Su inconfundible figura eclipsaba al resto de los seres humanos. El director miró hacia recepción como miran las vacas al pasar un tren y entró en su despacho. Terminé de atender al pesado que tenía delante y me escabullí tras él para comentarle el problema del agua. Desde su burbuja de pladur, la respuesta fue la esperada: indiferencia extrema.

No se restituyó el suministro de agua hasta pasado el mediodía, cuando las excusas y los nervios ya se habían agotado. Me disponía a realizar el traspaso de poderes a quien iba a heredar mi puesto cuando, de repente, apareció por mi despacho Laura con la cara desencajada barajando pavor e ironía. Enseguida imaginé los motivos de tales desvelos: esperábamos su llegada.

Acababa de anunciar su aparición Sebastian Malik, un cliente conocido por su mucho dinero y su mala educación. Era un vip conocido del consejo e hilo directo con el presidente que aprovechaba su burda condición para sembrar el terror. No había posibilidad de contradecirle y mantenía a la recepción en estado de alerta desde que aparecía por la puerta hasta que se marchaba en su flamante Mercedes descapotable. Entró de muy mal humor porque no había nadie a la vista que le ayudara con su equipaje. La llegada del Mesías, de la luz, de la prosperidad, ¡hosanna el cliente que nos cuida, que nos da trabajo, aleluya!

Nada más verle, un recepcionista bajó al baño corriendo y el otro se lanzó a por el teléfono un nanosegundo después de que sonara, así que me quedé yo para darle la bienvenida. En esos momentos me importaba bastante poco su opinión de mí, así que no le hice la pelota como acostumbraba. Preguntó por el director en un tono tan autoritario como ridículo.

Ambos permanecieron un rato hablando al fondo del hall. El señor Malik gesticulaba airadamente y el director asentía como los escribas egipcios ante un sumo sacerdote calvo. Dirigieron su mirada un par de veces hacia recepción. Señalado por el dedo acusador, sonreía para mis adentros sin disimulo.

A los pocos minutos, se acercó el señor Gamelin para preguntarme con fingida indignación:

—¿Qué ha pasado con el portero? Me ha dicho el señor Malik que, cuando ha llegado él, no había nadie en la puerta. ¿Y el botones? Está muy enfadado. ¡A ver qué le dices! —respondió con su flema habitual.

Aguanté su mirada. Era mi último día y de alguna manera en mi subconsciente me había preparado para algo así. Observándolos al fondo del hall, una parte de mí ya empezó a sospechar lo peor. Me imaginaba la claudicación del Herr Direktor. Pero mi último servicio en el hotel no sería salvar el culo al mamporrero.

—Señor Gamelin, seguramente no se acuerda, pero hoy es mi último día — dije dibujando una sonrisa lo más lentamente que pude para alargar el momento. —Me miró alzando levemente las cejas—. Como comprenderá — añadí levantando la voz para que mis palabras llegaran hasta la última baldosa de la recepción. Quería espectáculo—, a partir de hoy, no tendrá a nadie para hacer cumplir las gilipolleces del señor Malik, del consejo y mucho menos las suyas, así que gánese el sueldo de una puta vez y dígaselo usted.

Me di la vuelta, cogí la caja de bombones que había comprado y me fui por los distintos departamentos a repartirlos para despedirme de los compañeros. No miré hacia atrás. Caminando por la tercera planta, la alargada sombra de una napia me anunció la presencia del reptil. Carraspeé para anunciar mi presencia y acto seguido la sombra desapareció. Al girar la esquina, vi su espalda alejarse mientras parecía atender una llamada que, desde luego, no escuché. Continué mi camino con la felicidad instalada en mi cuerpo.

Ya no regresé a la recepción. Prolongué mi ruta por los despachos hasta la hora de comer y luego, sin despedirme de nadie más, me fui del hotel para siempre.

«Ya está hecho. Ya has salido del hotel. ¿Ahora qué?», me preguntaba de camino a casa sentado en un vagón del metro, que a esas horas circulaba vacío. El momento de euforia ya se había evaporado y ahora era el turno de justificar mis actos. Necesitaba ánimos para afrontar la decisión más difícil que creía haber tomado nunca. Marcharme de un puesto de trabajo en el que no me iban mal las cosas para buscar en mi interior un lugar que se adaptara a mi personalidad en el peor momento de la crisis mundial, jugándome la relación con mi novia, era una apuesta sin duda arriesgada. «Pero ¡qué diablos!, tengo treinta años», asentí con firmeza.

Necesitaba recobrar sensaciones de antaño. Recuperar viejas amistades de esas que, sin motivo aparente, habían sido paulatinamente sustituidas por obligaciones y compromisos. Esos amigos que las circunstancias de la vida ha ido alejando de tu lado y que la pereza ha terminado de triturar. Me encontraba feliz y asustado. Preguntándome si mi envite sería merecedor de un final feliz por su osadía, o si me esperaba la angustia del jugador afortunado que un día decide apostar todo a un número perdedor traicionado por su impaciencia.

Al salir del metro, escuché el sonido de un mensaje en el móvil. Julia había llamado mientras viajaba y, ante la falta de cobertura, dejó un corto mensaje. Quería hablar conmigo.

Le devolví la llamada al instante mientras aún subía los peldaños que me acercaban a la calle.

—Hola, cariño, ¿cómo estás? —preguntó.

—¿La verdad? Estoy un poco aturdido, pero si tuviera que mojarme, diría que ilusionado. Hacía tiempo que no me encontraba tan bien. Hoy ha sido mi último día. Lo sabías, ¿no? Como no podía ser de otra forma, ha habido problemas. No sé cómo ha acabado el asunto porque me he largado, pero ahora estos problemas que los solucione el enano sospechoso. Me encuentro bien.

Era la pura verdad y quería que me lo notara en la voz.

—Que se las arreglen ahora sin ti. Ya verás lo pronto que te echan de menos. Espera que no te vuelvan a llamar un día de estos —dijo Julia, para luego guardar unos segundos de silencio.

—¿Va todo bien? —pregunté.

—Sí, sí —respondió demasiado rápido—. Solo necesito que me dé el aire un poco. Estos últimos días no doy una a derechas en el trabajo, me encuentro agotada y me gustaría salir un poco hoy. ¿Quieres quedar a tomar algo?

—Claro.

—¿A las siete está bien? Es que hoy me quiero ir pronto de la oficina.

—Estupendo, ¿quedamos en el pub de mi amigo Dani? Un beso, cariño — respondí feliz.

Al llegar a casa, me entretuve en arreglar el desorden crónico del que todo soltero siempre alardea. De alguna manera, vislumbrar una perspectiva tan placentera frente a mí, lejos de inculcarme pereza y dejadez, me inyectó ánimos renovados y deseé empezar cuanto antes mi nueva vida. ¿Qué mejor modo de comenzar que poniendo al día las cosas pendientes que en una casa de hombre ocupado en otros menesteres siempre abundan? Que si un cuadro sin colgar, esa bombilla fundida de toda la vida, libros apilados estratégicamente en una esquina, montones de fotos fuera de su álbum si lo hubiere… De vez en cuando, se paseaba fugazmente por mis pensamientos la pequeña anomalía que representaba el haber quedado con mi pareja tan pronto un día de diario. Anomalía que se esfumaba en cuanto tropezaba con algún objeto largamente buscado y luego olvidado que de repente aparecía detrás de cualquier cosa.

Cuando me cansé de ordenar libros por los colores de sus tapas, saludé a Michael en su bañera y me senté en el sofá. Tenía que esbozar un plan. De hecho, llevaba días meditando qué hacer con mi tiempo libre. No quería levantarme tarde y perder la mañana en casa. Necesitaba hacer cosas. Siempre quejándome de la falta de tiempo y ahora, por fin, me podía permitir estar unos tres o cuatro meses disfrutando de la vida. Tema viajar: estaba claro que tenía que organizar dos o tres visitas pendientes. Tema estudiar: podía aprovechar e ir a la biblioteca y repasar los idiomas. Tema tiempo para mí. ¿Dónde podría escaparme yo solito a estar conmigo mismo y pensar sin interferencias?

Sonó el teléfono.

No me lo podía creer. Era del hotel. No hacía ni medio día que me había ido y ya me estaban llamando. Dudé en cogerlo, pero respondí.

—Hola, Álex. Perdona que te moleste, sé que no es el momento, pero tengo a dos personas en el mostrador que preguntan por un paquete que enviaron al cliente ese italiano que conoces, Vincenzo no sé qué… Por aquí no tenemos nada y se están poniendo un poco nerviosos. Perdona de verdad que te llame, pero es que no sabemos nada e insisten mucho.

Permanecí un instante en silencio. En el último momento había decidido recuperar la caja y llevarla conmigo. No sabía muy bien por qué, pero el caso es que no me pareció buena idea dejarla allí. Al fin y al cabo, me la habían enviado a mí. Ahora dos hombres preguntaban por ella. ¿Qué hacer?

—¿Qué aspecto tienen? —pregunté para ganar tiempo.

—Pues son extranjeros. Alemanes, creo. ¿Sabes algo del paquete? —preguntó con rapidez.

Recordé que quizás alguien ya había pasado por mi casa buscando la maldita caja y por nada del mundo deseé que se repitiera la jugada, sobre todo estando yo en ella. Algo me decía que debía deshacerme de la caja cuanto antes…, eso sí, sin que se notara que la tenía yo.

—No, Laura, no sé a qué paquete se refieren. No hemos recibido nada. Ni yo tampoco —dije con una torpeza de la que me arrepentí en el acto.

Me despedí con prisas y colgué.

Sentado en el sofá, intenté ordenar las ideas que me asaltaban desde todos los flancos. Había recibido una caja, en mi casa, a mi nombre, de un remitente de cuya identidad no estaba seguro. Podía ser que hubieran entrado en mi casa buscándola, y ahora alguien está nervioso preguntando por ella en el hotel. Claro que también podía ser que la caja me la hubiera mandado Vincenzo por algún motivo que ya se aclararía, que nadie hubiera entrado en mi casa, y que esas personas las hubiera enviado Vincenzo pensando que yo habría llevado la caja al hotel.

Esto último era lo más lógico, y era lo que ahora mismo necesitaba creer.

Cada vez tenía más claro que necesitaba un pequeño descanso para repensar mis próximos pasos y mi vida en general. Quizás un viaje de unos pocos días, sin más compañía que mi nueva perspectiva. Un viaje para optimizar mi salud mental. Seguro que Julia lo entendería. Nos vendría bien estar un tiempo separados, y sospechaba que ella pensaba igual.

El destino era importante. La playa me atraía, aunque yo era una persona activa, de los que se aburre enseguida cuando no hay nada que hacer, y en un resort caribeño podría o morir de sopor, o asesinar al equipo de animación. En el pueblo de mis padres tenía familia y algún conocido, pero habría que dar demasiadas explicaciones y no tendría libertad de movimientos. ¿Mis tías invitándome a comer continuamente? ¡¡¡Buff!!! De acuerdo, era la opción más barata, pero no me iba a solucionar nada, y la falta de calefacción era innegociable.

Despatarrado en el sofá, intenté recordar algún lugar que conociera y hubiera guardado buen recuerdo de él. Algunas vacaciones, algún pueblo, algún lugar tranquilo… Me recosté con los ojos perdidos en la inmensidad del gotelé, esperando un soplo de inspiración… Fue imposible. Lo único que ocupaba mi mente era la putada que me estaba haciendo el italiano ese… Espera un momento… ¡Si no era italiano! ¡Era suizo! De Lugano. ¡Claro! Vivía en Italia, pero nació en Suiza. Ahora me acuerdo. Tenía doble nacionalidad. ¡¡Fue él quien nos recomendó el pueblecito de Suiza donde Julia y yo estuvimos este verano!!

¡Qué viaje tan bonito! ¡Cuánto disfrutamos!

Poco a poco, Julia fue desplazando a Vincenzo de mi parietal izquierdo y ocupó el lugar que le correspondía. Recordé nuestros fantásticos paseos alrededor de los lagos que nos encontrábamos por el camino, la paz y armonía que se respiraba… Suiza. ¿Por qué no? De algún modo, viajar allí se posicionaba en mi entendimiento de una manera, diría…, mágica. La factura del hotel de Zermatt, los documentos en alemán e italiano, el rostro de Vincenzo, su casa en Lugano, en la Suiza italiana, las fotos de la caja, el pueblo que nos acogió…

Permanecí un rato pensativo. La idea realmente era encontrarme a mí mismo, estudiar mis reacciones ante lo desconocido, conocerme mejor. Pero ¿acaso no había roto ya con los moldes de los convencionalismos impuestos, con las reglas de lo correcto y la normalidad estereotipada?

La vida te acaba quitando la vida. ¿Qué somos sin los sueños?

Sentía cierta excitación al comprobar mi disposición a cerrar etapas de mi vida, dejando atrás las puertas de lo conocido para adentrarme en la incertidumbre. A fin de cuentas… ¿Qué somos nosotros sino un conjunto de vivencias intensas? Y tenía, además, la sensación de que el viaje a Suiza ya estaba decidido incluso antes de yo saberlo. Esa caja, a mi pesar, tenía toda la pinta de añadir la intensidad que echaba de menos a mi existencia.

Salí de la ducha y me abrigué bien aparcando el glamour para otro día. Una borrasca se había instalado en la ciudad y amenazaba con perpetuarse. Decidí ir en autobús; encontrar aparcamiento por el centro a esas horas y lloviendo era una misión de audaces. Cuando llegué, la tormenta resultó ser perfecta.