Mapas del tiempo
Capítulo 10. La era de las «civilizaciones» agrarias: Tendencias a largo plazo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
En el I milenio d. C., las redes afroeuroasiáticas quedaron bajo el dominio de las civilizaciones agrarias del Mediterráneo (con Roma y Bizancio como capitales), de Mesopotamia o Persia (los imperios de los partos, los sasánidas y los abasíes), la India y China (dinastías Han, Tang y Song). Las más influyentes de todas fueron quizá las que formaban la región axial de Mesopotamia y Persia, sobre todo en la época islámica, en que Mesopotamia volvió a ser un centro de intercambio de mercancías, de ideas tecnológicas que iban desde la vela latina hasta la fabricación del papel, pasando por el número «0» y por nuevos cultivos, y de ideas religiosas nuevas que aglutinaban elementos de diversas regiones de Afroeurasia. Pero cabe la posibilidad de que la península indostánica desempeñara en estos intercambios un papel mayor del que normalmente se le adjudica, sobre todo a causa de la progresiva importancia del comercio marítimo con África oriental hasta el Mediterráneo y con el sureste asiático hasta China. Como ha señalado Shaffer, el mundo islámico heredó las tradiciones intelectuales y tecnológicas del mundo mediterráneo y de la península indostánica, mientras que muchos rasgos significativos de la historia religiosa, comercial y tecnológica de la China Tang y Song, desde la importación del budismo hasta el empleo del «0» en matemáticas, pasando por la introducción del arroz de
Champa, podrían reflejar influencias indias[22]. Durante este período aparecieron civilizaciones agrarias en otras cuatro regiones del continente afroeuroasiático: el sur de China, el sureste asiático, el África subsahariana y Europa. La densa población agrícola de estas regiones plantó las raíces demográficas de las que surgieron ciudades y estados y con las que civilizaciones ya existentes fundaron imperios coloniales.
En el sur de Egipto, el estado sudanés de Kush fue sustituido, en el siglo III d. C., por el estado etíope de Axum, cerca del mar Rojo, que controlaba muchas rutas comerciales que unían Arabia con el África subsahariana y la India con el
Mediterráneo[23]. Axum se convirtió al cristianismo en el siglo VI. Las áridas tierras saharianas del África occidental empezaron a hacer de puente entre el Mediterráneo y el África subsahariana, aproximadamente como las estepas euroasiáticas mediaban entre el mundo mediterráneo y China. A principios del I milenio d. C. aparecieron los camellos en el Sahara, y desde el siglo III los mercaderes y pastores montados en camello, como los antepasados de los tuareg, vincularon el África subsahariana con las redes comerciales mediterráneas, transportando al norte el oro y el cobre del África occidental (y a veces los esclavos locales). La riqueza de estas redes comerciales precipitó la aparición de ciudades y estados en regiones ya colonizadas por agricultores que vivían básicamente del sorgo, del panizo y ocasionalmente del arroz. El imperio de Wagadu, capitaneado por un gobernante llamado Ghana, cristalizó como eje regional mucho antes del siglo IX d. C. en las fronteras de lo que hoy son Mali y Mauritania. A mediados del siglo IX se fundó el imperio comercial de Kanem, al norte del lago Chad. La dinastía gobernante, la de los Sayf, duró mil años.
Allí donde aparecen nuevas regiones de civilización agraria suele ser fácil detectar la influencia de los centros de gravedad más cercanos: la del norte de China en China meridional y Vietnam, la de la India en el sureste asiático, la mediterránea y la mesopotámica (luego islámica) en el África subsahariana, la romana en la Europa occidental y la bizantina en la oriental. Estas influencias se ven con la máxima claridad en el sur de China, cuya población se expandió por una región controlada por dinastías procedentes de la China septentrional. Mientras que en el norte de China, en el año 1 d. C., vivían más de las tres cuartas partes de la población del imperio, en 1300 vivía menos de la cuarta parte. En el extremo occidental del continente euroasiático se produjo un desplazamiento parecido, pero esta vez hacia el norte, hacia el interior de Europa.
Muchas regiones siguieron oponiendo resistencia a la difusión de las civilizaciones agrarias. Donde no se daban los requisitos tecnológicos y ecológicos para que se condensara la demografía, las comunidades tradicionales duraban mucho más, como se ve perfectamente en las áreas (como las estepas euroasiáticas) donde no
se difundió la civilización agraria porque no había una población agrícola densa[24]. En las tierras que luego se llamaron Rus y más tarde se integraron en el imperio de Moscovia, la agricultura sólo se había practicado en unas cuantas regiones, por ejemplo en la actual Ucrania, desde los tiempos de la primera era agraria. El severo clima de la región y la presencia de pastores belicosos impidió la formación de poblaciones agrícolas con densidad suficiente para alimentar ciudades o estados. Antes bien, las comunidades agrícolas siguieron siendo débiles y estando aisladas, características que aprovechaban los exactores como los escitas, tan estupendamente descritos por Heródoto. Luego, desde mediados del I milenio d. C. en adelante, los nuevos cultivos (como el centeno), el uso de arados metálicos y la superpoblación estimularon las migraciones de los europeos del este hacia los Urales. Como en África occidental, la densidad demográfica atrajo a los comerciantes de otras zonas. Éstos llegaban de las estepas euroasiáticas o del Báltico y comerciaban con Asia central y Bizancio. Crearon una serie de estados regionales, el primero de los cuales fue el imperio jázaro, cuya capital estaba al norte del mar Caspio. A lo largo de las rutas que unían el Báltico con Bizancio surgieron pequeñas ciudades-estado que se agruparon bajo una sola dinastía en el siglo X y crearon la formidable potencia de la Rus de Kíev. Dadas sus tempranas relaciones comerciales con Asia central y Bagdad, la Rus de Kíev habría podido fácilmente convertirse al islam y formar parte integral del mundo islámico. Pero en 988 el gran príncipe Vladimiro (al que hemos mencionado en el capítulo 9) se convirtió al cristianismo ortodoxo; desde entonces, Rus y los estados que la sucedieron pertenecieron, por lo menos culturalmente, al mundo cristiano.
Exceptuando el frustrado intento de los vikingos por colonizar Terranova hacia 1000 d. C., no hubo contactos apreciables entre Eurasia y América hasta el siglo XVI, motivo más que suficiente para tratar el continente americano como una zona
mundial con características propias[25]. Sin embargo, también en América se expandieron las civilizaciones agrarias, entraron en contacto y al final crearon sistemas mundiales embrionarios. En Mesoamérica, como ya hemos visto, las primeras civilizaciones agrarias aparecieron entre los olmecas a mediados del II milenio a. C., aunque algunos estudiosos replicarían que los olmecas no crearon auténticos estados. Sin embargo, dejaron una herencia patente en las tradiciones culturales de todas las civilizaciones mesoamericanas posteriores. En efecto, los verdaderos estados aparecieron a mediados del I milenio a. C., pero hubo que esperar hasta mediados del I milenio d. C. para que surgieran estados imperiales, con sede situada más al norte, en México. La historia de Teotihuacán pone de manifiesto la rapidez con que podían aparecer grandes estructuras imperiales cuando se contaba con los cimientos apropiados. También nos recuerda cuán frágiles podían llegar a ser los primeros estados. Teotihuacán, situada a unos 50 kilómetros al norte de la actual Ciudad de México, no pasaba de ser un grupo de pequeñas aldeas en 500 a . C. Desde 150 a. C. creció rápidamente. Tres siglos más tarde tenía entre 60 000 y 80 000 habitantes. Este desarrollo (como el de la anatolia Çatal Hüyük, que había florecido seis milenios antes) pudo deberse al comercio de la obsidiana, el equivalente premetálico del acero. En su período de máximo esplendor, Teotihuacán tenía una población que oscilaba entre 100 000 y 200 000 habitantes, y la grandeza de su arquitectura monumental no tenía nada que envidiar a los mejores ejemplos
afroeuroasiáticos (véase la figura 10.3[26]). Teotihuacán se alimentaba de una red de aldeas y pueblos cercanos que utilizaban la agricultura de regadío y sistemas de chinampas (que se describen más adelante). Pero dependía asimismo de comestibles que llegaban a través de grandes redes comerciales que formaban un sistema mundial mesoamericano. De modo que se le puede considerar eje regional y quizá también el primer centro americano de gravedad. Teotihuacán se vino abajo entre 600 y 700 d. C. Es posible que la explotación excesiva de la tierra, causada por el rápido crecimiento demográfico, destruyera la ecología de la región, o que las ciudades rivales obstruyeran las redes comerciales que la abastecían, o que invadieran y saquearan la ciudad. Antes de que transcurriera medio siglo sólo quedaba ya un puñado de aldeas. Una fuente de la época colonial cuenta que los dirigentes de la ciudad huyeron y se llevaron «los escritos, los libros, las pinturas; se llevaron toda la
artesanía, las fundiciones de metales[27]».
FIGURA 10.3. Teotihuacán. La gran ciudad-estado de Teotihuacán, a 40 km de Ciudad de México, floreció
aproximadamente entre 200 a. C. y 650 d. C. Parece que en su momento de más auge llegó a tener 200 000
habitantes, lo que la situaba entre las mayores ciudades del mundo. Era ciertamente la más grande y poderosa de
América. Tuvo contactos con muchos puntos de Mesoamérica y sus tradiciones políticas influyeron en estados
mesoamericanos posteriores, como el de los aztecas. Según Brian M. Fagan, People of the Earth: An Introduction
to World Prehistory 7 , HarperCollins, Nueva York, 1992, p. 574, tomado de René Millon, ed., Urbanization at
Teotihuacán, Mexico, parte 1, vol. 1, University of Texas Press, Austin, 1973. © René Millon.
Entre los mayas, que eran de la misma época y vivían más al sur, en la península de Yucatán, había centros regionales integrados en las mismas redes de intercambio que Teotihuacán. Decayeron aproximadamente al mismo tiempo, seguramente a causa de la superpoblación, tal vez relacionada con los cambios climáticos que socavaban la fertilidad de las tierras de labor regionales. Desde finales del I milenio se intensificaron en México central la expansión urbana y la construcción del estado. Este proceso concluyó con la creación del imperio azteca, ya en el siglo XV. Su capital, Tenochtitlan, tenía entre 200 000 y 300 000 habitantes en 1519, y otras ciudades del valle de México eran casi tan grandes. He aquí cómo Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés, describió su primera impresión de Tenochtitlan en 1519.
Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desque vimos
tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan
derecha y por nivel como iba a Méjico, nos quedamos admirados, y decíamos que parescía a las cosas de
encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenían dentro
en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que vían, si era
entre sueños, y no es de maravillar que yo lo describa aquí desta manera, porque hay mucho que ponderar en
ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas, como víamos[28].
Hasta dos millones de personas vivían en Tenochtitlan y alrededores en 1500. Su subsistencia dependía del cultivo de campos elevados, llamados chinampas. Los primeros pobladores de las tierras pantanosas que rodeaban Tenochtitlan construyeron jardines flotantes con vegetación y barro de los ríos y los apuntalaron con «vallas» de sauces. Abrieron canales entre los jardines y los fertilizaron con barro del lecho de los canales, con vegetación descompuesta y con desechos humanos; cultivándolos con atención podían dar siete cosechas al año. La dieta de aquellos
primeros pobladores se complementaba con pescado y aves acuáticas[29].
La primera civilización agraria de América del sur apareció en el I milenio d. C., en un período de rápido crecimiento demográfico y gran expansión urbana. El primer gran imperio que surgió allí fue el de los incas, que se organizó en el siglo XV. Las civilizaciones agrarias de América del Sur tenían contactos apreciables con Mesoamérica, pero sigue discutiéndose si fueron suficientes para crear un solo sistema mundial. En América del Norte, a raíz de la adopción general del cultivo del maíz a finales del I milenio d. C., las poblaciones crecieron rápidamente; todos los indicios de que había una civilización agraria en ciernes se dieron cita en las culturas llamadas del Mississippi. En el centro había pueblos grandes con centros ceremoniales elevados, a veces de hasta 30 metros de altura. Los centros como Cahokia, que hacia 1200 d. C. pudo contener entre 30 000 y 40 000 habitantes, eran parecidos a los centros ceremoniales del período sumerio de Eridú. Las comunidades del Mississippi probablemente estaban organizadas en jefaturas a gran escala; pero como casi toda la población seguía viviendo en comunidades agrícolas pequeñas, no se puede considerar como civilización agraria plenamente desarrollada. El crecimiento demográfico de esta región se basaba en el maíz, de modo que la región del Mississippi podría considerarse un eje regional dentro de una red americana de intercambios cuyos centros de gravedad estaban en Mesoamérica y América del Sur.
Si se tiene por un eje de esas características, entonces podemos afirmar que en el II milenio d. C. las diversas regiones de civilización agraria del mundo se habían organizado ya, a través de redes de intercambio en expansión, en dos grandes sistemas mundiales: Afroeurasia y América. El sistema afroeuroasiático era más antiguo, más grande y más poderoso, y estaba más densamente poblado. El alcance de su poder se puso claramente de manifiesto en el siglo XVI, cuando los dos sistemas entraron finalmente en contacto. En ninguna de las otras dos zonas mundiales existían civilizaciones agrarias, aunque en algunas regiones dedicadas a la agricultura, como Papúa y Nueva Guinea, las islas Tonga y las Hawai, aparecieron jefaturas poderosas, algunas con asomos de estatalización.
Podemos cuantificar sin demasiado rigor la expansión de las civilizaciones agrarias en un período de 4000 años. Rein Taagepera ha tratado de medir la superficie gobernada por «sistemas imperiales» de Afroeurasia en diferentes fechas. Por sistemas imperiales entiende grandes entidades políticas que abarcan varios estados agrícolas. Aunque la definición dejaría fuera algunas regiones de civilización agraria, nos da pese a todo un índice aproximado de la expansión política y militar de las civilizaciones agrarias en Afroeurasia. Taagepera calcula la superficie total controlada por sistemas estatales en cada período y compara los resultados con las áreas controladas por sistemas estatales de la actualidad. La tabla 10.2 resume sus datos.
TABLA 10.2. SUPERFICIE DE AFROEURASIA CONTROLADA POR CIVILIZACIONES AGRARIAS.
FUENTE: William Eckhardt, «A Dialectical Evolutionary Theory of Civilizations, Empires, and Wars», en
Stephen K. Sanderson, Civilizations and World Systems: Studying World-Historical Change, Altamira Press,
Walnut Creek (California), 1995, pp. 79-82, basado en buena medida en Rein Taagepera, «Size and Duration of
Empires: Systematics of Size», Social Science Research 7 (1978), pp. 108-127.
Destacan tres eras. La primera se extiende desde el III milenio hasta mediados del I milenio a. C. En este período sólo había civilizaciones agrarias en la zona afroeuroasiática y las que había controlaban sólo el 2 por ciento de la superficie dominada hoy por sistemas estatales. La segunda era empieza a mediados del I milenio a. C., con la aparición del imperio aqueménida, y llega hasta el año 1000 d. C. Al final de esta era, las civilizaciones agrarias dominada entre el 6 y el 13 por 100 de la superficie dominada por los estados modernos. En este período también aparecieron civilizaciones agrarias en América, pero la superficie que abarcaban era mucho menor que en Afroeurasia. Después del año 1000 d. C., con la aparición del imperio mongol y de los imperios europeos de los últimos 500 años, hubo otro fuerte aumento de la superficie controlada por sistemas imperiales. Los imperios americanos también se expandieron después del año 1000, pero contribuyeron mucho menos a esta rápida ampliación. En 1500, el imperio inca gobernaba alrededor de 2 megametros y el imperio azteca sólo 0,22. La inclusión de regiones del Pacífico con formación estatal incipiente, como Hawai y Tonga, modificaría poco los
resultados[30].
A pesar de este largo proceso de expansión, conviene recordar que todavía en el siglo XVII, hace sólo 300 años, los sistemas estatales no controlaban más que la tercera parte de los territorios abarcados por los estados del siglo XX. Aunque hubieran acabado por dominar redes de intercambio en todo el mundo y por abarcar la mayoría de la población del planeta, nunca habrían controlado el mundo como los actuales estados capitalistas.
Acumulación, innovación y aprendizaje colectivo
La difusión de la civilización agraria fue posible gracias a la continuidad de los procesos de intensificación que habían empezado a principios del Holoceno. Por lo tanto, los índices de innovación fueron un determinante crucial del ritmo y el carácter de los cambios en esta era. ¿Qué factores regulaban los índices de innovación? ¿Dónde fue más intensiva la innovación y a qué velocidad se dio en la era de las civilizaciones agrarias?
La escala por sí sola era una causa de innovación, porque el creciente tamaño de las redes de intercambio generaba nuevas sinergias intelectuales y comerciales. Pero, hablando más concretamente, hubo tres factores que determinaron la pauta y la naturaleza de las innovaciones en este período: el crecimiento demográfico, el aumento de las actividades de los estados, la creciente comercialización y la expansión de las ciudades. Describiré cada uno por separado, aunque en la práctica estuvieron interrelacionados. Aunque contribuyeron a largo plazo a la innovación y al desarrollo, también podían frenarlos a medio y corto plazo. Para los individuos de la época, las pautas cíclicas más evidentes eran por lo general las que se formaban en períodos breves, de ahí que los historiadores premodernos hayan enfocado la historia presuponiéndole ciclos en vez de tendencias a largo plazo. Como veremos, el impacto de estas tres causas de innovación fue ambiguo e impredecible, características que contribuyen a explicar por qué la innovación fue mucho más lenta en la era de las civilizaciones agrarias que en la era moderna.
La escala como causa de innovación. Al nivel más general, el tamaño y la variedad de las redes de información, así como el volumen de los intercambios que había en ellas, determinaron la media de las innovaciones producidas en períodos largos. Cuanto mayor era el volumen y la diversidad de la información que se intercambiaba, más probable era que los intercambios produjeran innovaciones, tanto grandes como pequeñas. En el período que aquí nos interesa, es innegable que las redes de información crecieron en escala y variedad en la zona mundial afroeuroasiática y en menor medida también en América. Además, relacionaron sociedades de muchas clases: las innovaciones introducidas por los agricultores bárbaros del norte de Europa llegaron a difundirse por el Mediterráneo; las tecnologías de la equitación surgidas en las estepas euroasiáticas se difundieron por China y Mesopotamia, y las tecnologías metalúrgicas y los cultivos se difundieron por toda Afroeurasia, en áreas de civilización agraria y más allá de sus fronteras.
Las mejoras en la tecnología del transporte y las comunicaciones permitieron que las innovaciones se difundieran con más rapidez y amplitud (véanse las tablas 10.3 y 10.4). La revolución de los productos secundarios fue fundamental en el aumento del volumen y la velocidad de los intercambios en la zona afroeuroasiática, porque introdujo nuevas formas de transporte ya en 4000 a. C. probablemente. La explotación de bueyes, asnos y caballos pudo a su vez haber fomentado la aparición del transporte rodado. En el mar, aunque los marineros europeos no alcanzaron la perfección de la navegación polinesia, es indudable que aumentó la velocidad, seguridad y precisión de la navegación europea, sobre todo en el I milenio d. C. La construcción de vías importantes fomentó asimismo el transporte de China a Roma, pasando por Persia. Las principales innovaciones en las formas de comunicación estuvieron relacionadas con la aparición de los signos escritos y los métodos de escritura. Pero hubo imperios, como el de los aqueménidas y el Han, que organizaron sistemas de correos de larga distancia (como los incas mucho más tarde en Perú). Muchas sociedades construyeron además sistemas de alarma primitivos, basados en hogueras de señales, para que la información recorriera distancias largas a gran velocidad.
El tamaño y la diversidad de Afroeurasia y sus sistemas de comunicación relativamente avanzados contribuyen a explicar por qué las innovaciones se produjeron aquí más rápidamente que en las restantes zonas mundiales del Holoceno. El volumen de la información que se intercambiaba era aquí mayor y más variado que en otras partes, así que la acumulación y el intercambio de nuevas tecnologías se producían más aprisa que nunca. La aparición de grandes regiones de civilización agraria y de amplias redes comerciales permitieron que también se pusieran en marcha estos procesos en América. Las redes de información eran grandes aquí; permitían el intercambio de información entre regiones que tenían formas de vida, cultivos, tecnologías y ecologías diferentes; a su vez, las innovaciones ecológicas aumentaban el volumen y la velocidad de los intercambios. La alfabetización fue parte del proceso, como lo fue la construcción de calzadas impresionantes; pero lo que faltó en América fue todo el complejo de innovaciones relacionado en la zona afroeuroasiática con la revolución de los productos secundarios.
TABLA 10.3. REVOLUCIONES DE LOS TRANSPORTES EN LA HISTORIA.
Crecimiento demográfico. Al principio de la era agraria, el crecimiento demográfico y el cambio tecnológico se potenciaban entre sí. En la era de las civilizaciones agrarias, esta relación siguió siendo una importante causa de innovaciones y de acumulación, sobre todo en regiones de pastores o campesinos independientes, cuyas comunidades producían innovaciones importantes, sobre todo en materia agropecuaria.
TABLA 10.4. REVOLUCIONES DE LA INFORMACIÓN EN LA HISTORIA.
La población mundial pasó de unos 50 millones a unos 250 entre 3000 a. C. y el año 1 d. C. (véanse las tablas 6.2 y 6.3). Esta expansión representa una ligera aceleración del dinamismo demográfico de la primera era agraria y da a entender que la creación de civilizaciones agrarias tuvo un impacto importante pero no revolucionario en el crecimiento de la población. Las tendencias demográficas a largo plazo producen la ilusión de que hubo un crecimiento uniforme. Pero a una escala de varias generaciones o de varios siglos, la pauta que se manifiesta es cíclica, una pauta de auge y decadencia. Los historiadores han venido mostrando un interés creciente por estos grandes ciclos de expansión y decadencia, aunque no se ponen de acuerdo sobre su periodicidad y sus causas. En un célebre trabajo publicado en 1966, Les paysans de Languedoc, Emmanuel Le Roy Ladurie rastreaba ciclos de expansión y declive de varios siglos de duración en la región del Languedoc y en los comienzos de la moderna economía francesa en general. Estos ciclos afectaban a todos los aspectos de la vida: Robert S. López decía que eran una «alternancia de pico, depresión y pico» que «puede observarse no sólo en el terreno económico, sino en casi todos los aspectos de la vida: la literatura y el arte, la filosofía y el pensamiento, la política y el derecho también resultaban afectados, aunque en medida
diferente[31]». Con una frase que se hizo famosa, Le Roy Ladurie dijo que estos ciclos
eran «la respiración de una estructura social[32]». Un motivo de su decisiva influencia fue la omnipresente importancia del sector agrario. Dondequiera que las formas de producción dependiesen, en su mayor parte, de materiales orgánicos y fuentes de energía, el producto agrícola fijaba los límites de la producción no ya de los alimentos, sino de la ropa, la vivienda, la energía, el instrumental productivo, incluso
de los pergaminos y el papel[33]. Como la agricultura era el principal motor del crecimiento económico en la era agraria, los índices de innovación en la agricultura determinaban los ciclos económico, político e incluso cultural a medio plazo. A medida que crecía la población, también lo hacían la producción, la demanda y la mano de obra disponible. Las poblaciones en alza crearon la solidez que se necesitaba para sufragar sistemas comerciales crecientes, estados más grandes, la construcción de una arquitectura monumental y la protección de los artistas y los artesanos, lo cual fomentaba a su vez el cambio cultural. Las civilizaciones agrarias florecieron económica, política y artísticamente en períodos de estas características. Los períodos de población decreciente debilitaban todas estas actividades. En consecuencia, los movimientos de expansión y contracción económica, de la consolidación urbana, del comercio y del poder político están relacionados con los mismos ritmos subyacentes. La acumulación a largo plazo se produjo en el subsuelo de estos ciclos, de un modo por lo general invisible para los contemporáneos. Sólo desde el punto de vista de la historia universal se advierte que cada ciclo suele llegar más arriba que el anterior.
Lo que era válido para los comienzos de la Francia moderna podría repetirse para las civilizaciones agrarias en general. Para comprender los ciclos descritos por Le Roy Ladurie podría sernos útil fijarnos en el crecimiento demográfico de varias regiones de civilización agraria. La figura 10.4 representa en un gráfico las cifras aproximadas de población calculadas por J. R. Biraben para China, la península
indostánica y Europa entre 400 a. C. y 1900 d. C.[34] Salta a la vista en seguida que en cada región hay períodos de crecimiento demográfico seguidos por períodos de reducción, a veces de reducción muy brusca. ¿Cómo explicar estos ritmos a medio plazo que parecen haber determinado la historia de todas las regiones de civilización agraria? Aunque combinan tendencias imbricadas en cuanto a crecimiento demográfico, fluctuaciones de las cosechas, hostilidades y política comercial y estatal, estaban a merced de una serie de factores: un ciclo de retroacción negativa que relacionaba la innovación (sobre todo en agricultura), el crecimiento demográfico, la degradación ecológica, el deterioro de la salud y el aumento de los conflictos, y producía un descenso de la población (véase la figura 10.5).
FIGURA 10.4. Ciclos malthusianos en China, la India y Europa, 400 a. C.-1900 d. C. En este gráfico vemos la
pauta malthusiana del crecimiento demográfico, jalonada de descensos bruscos, que fue característica de la era
agraria. Tomado de J. R. Biraben, «Essai sur l’évolution du nombre des hommes», Population 34 (1976), p. 16.
El fundador de los estudios demográficos, el británico Robert Malthus, fue de los primeros que analizaron las relaciones entre crecimiento demográfico y recursos disponibles. A finales del siglo XVIII sostuvo que una especie, considerada de un modo puramente matemático, puede multiplicarse en progresión geométrica, según la conocida tendencia de curva ascendente del interés compuesto. Sin embargo, los recursos disponibles para alimentar a la especie en cuestión sólo crecen en progresión aritmética, siguiendo una tendencia en línea recta. Esto significa, como ya hemos visto en la sección final del capítulo 5, que los recursos disponibles establecen los límites reales del crecimiento demográfico. En la naturaleza, los recursos disponibles están determinados por los nichos disponibles para una especie concreta. Pero los humanos son un caso aparte porque no dejan de inventar: exploran, modifican, mejoran e incluso crean nichos nuevos. Así pues, los límites del crecimiento de la población humana sólo vienen dados por la cantidad y productividad de los nichos que las innovaciones han vuelto disponibles en una época concreta. Cada vez que hay innovaciones importantes, se eleva el techo del crecimiento demográfico. Cuando se producen innovaciones importantes, la población puede crecer hasta que rebasa el último techo. Luego hay un descenso brusco: la tierra se agota; la hambruna se lleva a los hambrientos; las enfermedades acaban con los desnutridos; y las guerras, organizadas a menudo por gobiernos que compiten por los escasos recursos, acaba con los soldados y con los habitantes de las aldeas o ciudades por los que pasan aquéllos. Al final la población se estabiliza a otro nivel. La innovación garantizaba que cada ciclo llegaba normalmente a un nivel más alto que el anterior, pero la innovación solía ser demasiado lenta para impedir la catástrofe al final de cada ciclo, ya que la población crecía más que los recursos disponibles.
FIGURA 10.5. Ciclo de retroacción negativa: población, agricultura y ambiente.
Hay un importante componente ecológico en estos ritmos, porque las catástrofes demográficas solían precipitarse por culpa de la explotación excesiva de ambientes frágiles, sobre todo en regiones donde el crecimiento demográfico dependía del riego de tierras áridas. Es el mismo ritmo que vemos en la evolución de los parásitos demasiado destructores. En la era de las civilizaciones agrarias se aprecia más donde condujo al hundimiento de toda una civilización. A finales del III milenio a. C., la desertización de la Mesopotamia meridional, más la salinización causada por el riego excesivo, minaron los cimientos ecológicos de Sumer. Un indicio que identifica la salinidad creciente en el registro arqueológico es el aumento del uso de la cebada, que tolera la sal mejor que el trigo. Al final, sin embargo, la población decayó y pasó de unos 630 000 habitantes en 1900 a. C. a unos 270 000 en 1600 a. C., sin que volviera
a crecer hasta un milenio después, con los aqueménidas[35]. Por desgracia, la historia posterior de Mesopotamia repitió los mismos pasos (véase la figura 10.6). La decadencia de la civilización maya a finales del siglo VIII d. C. (véase el mapa 10.1) obedece sin duda a una suerte parecida. Michael D. Coe comenta:
La población maya clásica de las llanuras meridionales seguramente había aumentado hasta desbordar la
capacidad de sostén de la tierra, al margen del sistema de agricultura que estuviera vigente. Hay crecientes
indicios de deforestación y erosión masivas en toda la región central, paliados sólo en unas cuantas zonas
favorables por la construcción de terrazas secas en las laderas. En resumen, la superpoblación y la
degradación ambiental habían llegado a un nivel sólo igualado por lo que está ocurriendo actualmente en los
países tropicales más pobres. El apocalipsis maya, porque no fue otra cosa, seguramente tuvo raíces
ecológicas [36].
Las nuevas tecnologías o las nuevas oportunidades potenciaron el crecimiento demográfico en todos estos casos, pero ni la pericia tecnológica ni la administrativa bastaron para sostener el crecimiento indefinidamente. En todos estos casos bastó la innovación para iniciar el crecimiento, pero no para sostenerlo ni para impedir la sobreexplotación y el hundimiento ecológico. Esta pauta característica de la innovación lenta (la «deriva tecnológica» de que habla Eric Jones) que se queda por debajo de los índices potenciales de crecimiento demográfico es el principal elemento
que explica los ciclos escalonados que se pueden ver en toda la era agraria[37]. Me referiré a ellos llamándolos ciclos malthusianos.
FIGURA 10.6. Población y cambio tecnológico: ciclos malthusianos y tecnologías de riego en la baja
Mesopotamia. Basado en Neil Roberts, 2 The Holocene: An Environmental History , Blackwell, Oxford, 1998,
p. 175, basado a su vez en M. J. Bowden et al., «The Effect of Climate Fluctuations on Human Populations: Two
Hypotheses», en T. M. L. Wigley, M. J. Ingram y G. Farmer, eds., Climate and History: Studies in Past Climates
and Their Impact on Man, Cambridge University Press, Cambridge, 1981, pp. 479-513.
Las enfermedades forman parte de estos ciclos tanto como la degradación ambiental. Las relaciones entre los humanos y las enfermedades son más fáciles de apreciar en Afroeurasia, tal vez, como sostiene Jared Diamond, porque sólo los humanos vivían con los animales en contacto tan estrecho como para intercambiar
con ellos organismos patógenos[38]. Las cifras de la tabla 6.3 indican que la población mundial aumentó con una rapidez excepcional entre 1000 a. C. y el año 1 a. C. (Estas cifras corresponden sobre todo a Eurasia, así que cualquier conclusión que saquemos con ellas se referirán sobre todo a Eurasia). Entre 3000 y 1000 a. C., el tiempo de duplicación de la población mundial pasó de 1630 años aproximadamente a comienzos de la era agraria a unos 1580; pero entre 1000 y 1 a. C., pasó a ser de 945 años. Estos cálculos refuerzan la impresión que dejan otras tendencias: que el I milenio a. C. fue un período de crecimiento demográfico excepcional, por lo menos en gran parte de la zona mundial afroeuroasiática, y que luego se volvió más lento. ¿Por qué?
La explicación más elegante de esta aceleración en el crecimiento demográfico de Eurasia se debe a William McNeill. Tuvo que ver con las cambiantes relaciones de los humanos con los parásitos, grandes y pequeños. Los «macroparásitos» (los estados exactores) aprendieron a recaudar tributos por medios menos violentos y más previsibles; mientras que el crecimiento demográfico y los intercambios epidemiológicos capacitaron a cada región para establecer relaciones más estables con las enfermedades locales:
Durante el I milenio a. C., el equilibrio entre el «macroparasitismo» y el «microparasitismo» en tres
importantes centros demográficos [China, India y el Mediterráneo] se compensó de tal modo que permitió el
incesante crecimiento demográfico y la expansión territorial de formas de sociedad civilizada. En
consecuencia, a principios de la era cristiana, las civilizaciones de China, la India y el Mediterráneo habían
alcanzado un tamaño y una masa comparables a los del más antiguo y civilizado Oriente Medio[39].
Los sistemas políticos sabían juzgar mejor los niveles apropiados de la exacción y los súbditos (y su sistema inmunológico) sabían enfrentarse mejor a las enfermedades infecciosas.
Lamentablemente, la moneda de esta argumentación tiene otra cara. Cuando las regiones hasta entonces aisladas normalizaban sus contactos, intercambiaban enfermedades. Y este intercambio podía ser devastador en lugares donde se carecía de la inmunidad necesaria. Las epidemias pudieron haber invertido o desacelerado el crecimiento demográfico durante un tiempo a ambos lados de la frontera epidemiológica. En el I milenio de la era moderna, hasta el año 1000 d. C., la población mundial no aumentó en absoluto. Este revés demográfico es de importancia capital y sin embargo ha sido casi totalmente olvidado por los historiadores. Es posible que haya habido períodos anteriores con un crecimiento lento parecido, aunque con los testimonios disponibles es difícil saberlo. En el sistema mundial mediterráneo encontramos indicios de importantes colapsos demográficos y políticos a finales del III milenio a. C. y hacia el final del II. Fueran cuales fuesen las causas de estas decadencias anteriores, McNeill dice que el estancamiento del I milenio d. C. se debió al aumento del tráfico por las principales redes de intercambio de Eurasia, como las Rutas de la Seda y las rutas marítimas que unían el Mediterráneo y Asia meridional y oriental. Las bacterias patógenas viajaron por estas rutas lo mismo que los humanos, las mercancías y las técnicas, ocasionando epidemias masivas y recurrentes cuando las regiones se enfrentaban a enfermedades nuevas para las que la población carecía de anticuerpos biológicos o culturales.
McNeill califica este proceso de «clausura de la ecúmene euroasiática[40]».
MAPA 10.1. La zona mundial americana antes de Colón.
Las nuevas enfermedades causaron mayor impacto en los extremos del sistema mundial euroasiático, el Mediterráneo y China, donde los contactos anteriores habían sido más limitados. Afectaron menos a Mesopotamia y la India, regiones que estaban más cerca del eje de la red euroasiática de intercambios y, por lo tanto, eran más resistentes a las enfermedades. McNeill aduce que en las regiones de población más densa probablemente aparecieron relaciones más estables con las bacterias patógenas regionales en el I milenio a. C., lo cual podría explicar que en dicho milenio hubiera un crecimiento demográfico más rápido; los intercambios de bacterias patógenas entre las principales civilizaciones de Eurasia podrían explicar el lento crecimiento del I milenio d. C.
La creciente importancia en el I milenio d. C. de los sasánidas y luego de los imperios islámicos, cuyos centros estaban en Persia y Mesopotamia, y del imperio Gupta (320-535 d. C.) del norte de la India podría tener detrás la inmunidad relativa de las regiones axiales. Pero los individuos caían enfermos en el extremo oriente y en el extremo occidente. Como dice McNeill: «En los primeros siglos cristianos […] Europa y China, las dos civilizaciones menos afectadas por las enfermedades del Viejo Mundo, estaban en una situación epidemiológica parecida a la de los amerindios en época posterior: eran vulnerables al ataque socialmente perturbador de
las enfermedades infecciosas que no conocían[41]». Es probable que en el mundo mediterráneo no existieran hasta el I milenio d. C. enfermedades como la viruela, el
sarampión y la rubéola[42]. Roma sufrió la primera epidemia a gran escala en 165 d. C. Seguramente se trató de la viruela, pero en los siglos siguientes aparecieron el sarampión y la peste bubónica. La «peste de Justiniano», que azotó Bizancio en 542-543, fue casi con toda seguridad peste bubónica, ya que el historiador Procopio
nos ha legado una detallada descripción de la enfermedad[43]. La peste reapareció por lo menos en los dos siglos siguientes.
Estos devastadores intercambios bacterianos no se limitaron a alterar los esquemas demográficos. Afectaron también a las estructuras estatales e incluso a la historia religiosa e intelectual. Es probable, por ejemplo, que el descenso de la población contribuyera a la decadencia del imperio romano. El cuadro no es tan claro en China, aunque hay indicios de que hubo infecciones severas, quizá de viruela y sarampión, desde mediados del siglo II d. C. Sabemos también que la población china descendió bruscamente y que las estructuras políticas e ideológicas del imperio se hundieron con ella entre la caída de la dinastía Han y el ascenso de la Tang
(618 d. C.).[44] Mientras tanto, la población de Mesopotamia, Irán y probablemente también el norte de la India resistió mucho mejor y estas regiones florecieron a finales del I milenio d. C. La peste negra del siglo XIV inaugura una nueva fase en el intercambio de portadores de enfermedades, y en este caso la enfermedad dominante fue la peste bubónica.
En la era de las civilizaciones agrarias hubo otras agresiones que redujeron el ritmo de la acumulación demográfica. Las más importantes fueron las del emparentado trío del hambre, la guerra y la expansión urbana. Las estudiaremos más adelante.
Los estados, causa de acumulación. En las regiones que controlaban, los estados y las ciudades fueron potentes concentradores de riqueza y fuentes poderosas de acumulación e innovación, porque la fuerza de los gobernantes dependía de su capacidad para movilizar recursos humanos y económicos. Además, las ciudades, por su propia naturaleza, eran ejes importantes del intercambio de ideas, así como de mercancías. Sin embargo, las ciudades y los estados también podían entorpecer la innovación.
Aunque los estados individuales también ascendían y caían, todas las tendencias a largo plazo indican un aumento sostenido del alcance y el poder de los estados más grandes y poderosos. En relación con este fenómeno se produjo un aumento cuantitativo de sistemas estatales más pequeños y rudimentarios, con administración limitada y soberanía fragmentada, un modelo político que a menudo se denomina
feudal [45] o simplemente los primeros estados. Ningún estado de la era de las civilizaciones agrarias tenía ni por asomo la capacidad de los estados modernos para regular la vida cotidiana de sus súbditos. Casi todos gobernaban con cadenas de intermediarios, sin saber casi nada de la mayoría de los gobernados ni interesarse por su vida. De todos modos, es indudable que mejoraron lentamente sus funciones y que administraron su poder con gran habilidad y eficacia conforme sus métodos de depredación se volvían menos violentos y más contenidos.
Una medida indirecta del creciente poder de los estados es la superficie gobernada por los más grandes. Rein Taagepera ha calculado aproximadamente esta
tendencia[46]. Las cifras de la tabla 10.5 señalan que hubo tres eras.
TABLA 10.5. SUPERFICIE GOBERNADA POR ESTADOS E IMPERIOS CONCRETOS.
FUENTE: Cifras tomadas de Rein Taagepera. «Size and Duration of Empires: Systematics of Size», Social
Science Research 7 (1978), pp. 108-127.
La primera, de c. 3000 a. C. a 600 a. C. En ella, ni siquiera los estados más grandes controlaban más de un megametro (1 megametro = = 100 000 km2) de tierra. El primer sistema imperial, creado por Sargón de Acad, abarcaba alrededor de 0,6 megametros, mientras que las dinastías egipcias del III milenio, sus rivales más próximas, controlaron unos 0,4 en su mejor momento. El imperio de Sargón fijó un umbral que sólo consiguió cruzarse a mediados del II milenio, cuando el faraón Tutmosis III fundó en Egipto y el este de Mesopotamia un imperio de corta duración que tal vez abarcara cerca de 1 megametro. La misma superficie podría tal vez atribuirse al imperio de la dinastía Shang de China en los siglos XIII y XII.
Segunda. El imperio aqueménida alcanzó una nueva cota en el siglo VI del I milenio a. C. En su momento culminante gobernó sobre alrededor de 5,5 megametros de territorio. Durante los dos mil años que siguieron, Persia, gobernada por los aqueménidas, los seléucidas, los partos, los sasánidas y los abasíes, pasó a ser el centro de una serie de imperios que controlaron un territorio de extensión parecida. Ellos fijaron la media de la extensión imperial en todo este período. El imperio Maurya de la India gobernó brevemente más de 3 megametros en el siglo III a. C. Ningún imperio indostánico posterior alcanzó este nivel hasta que se fundó el imperio mongol, en el siglo VI d. C. En el siglo I a. C., la dinastía Han de China había empezado a gobernar un territorio mayor aún que el de Persia (más de 6 megametros). El imperio de Alejandro Magno fue más grande que el de los persas, pero más efímero. En el siglo I d. C., Roma controló un imperio de más de 4 megametros. Las conquistas islámicas de los siglos VII y VIII crearon imperios, con base en Mesopotamia y Persia, que abarcaban unos 10 megametros de la principal región axial de Afroeurasia, hasta que se fragmentaron.