Michael Jackson

J. Randy Taraborrelli · Capítulo 8 de 14 · parte 1/3

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Michael Jackson

Séptima parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Michael compra las canciones de los Beatles

Mientras Michael Jackson recorría el país con la gira Victory, fue tema de nuevos titulares —esta vez en las páginas de negocios— por haber comprado la ATV Music Publishing Company por la pasmosa cifra de 47,5 millones de dólares. La compra, tal vez la mayor adquisición editorial de su tipo efectuada jamás por un Individuo, fue en realidad la culminación de diez intensos meses de negociaciones. La semilla de esa operación había sido plantada varios años antes, cuando Michael estuvo en Londres para grabar el hit «Say, Say, Say» con Paul McCartney en los estudios Abbey Road. Michael había hecho amistad con Paul y Linda McCartney durante su estancia; casi siempre comía con ellos en su hogar a las afueras de Londres. Una noche, después de cenar, Paul mostró a Michael un grueso folleto con títulos de canciones de cuyos derechos era propietario, y que Incluían la mayor parte del material de Buddy Holly, y temas como «Autumn Leaves», «Sentimental Journey» y «Stormy Weather».

—Ésta es la manera de hacer dinero a lo grande —dijo Paul—. Cada vez que alguien graba una de estas canciones, me pagan. Cada vez que alguien pasa estas canciones por la radio, o en actuaciones en directo, me pagan.

—Me estás gastando una broma, ¿verdad? —dijo Michael.

—¿Parezco estar hablando en broma? —respondió Paul, serio.

La verdad es que Paul gana, según se ha informado, más de cuarenta millones de dólares al año por los derechos de grabaciones y canciones que no han sido compuestas por él mismo.

Michael quedó intrigado. Poseía los derechos de publicación de sus propias canciones —obtener esos derechos fue una de las razones por las que él y su familia habían dejado Motown y la editorial Jobete de Berry Gordy—, pero siempre pensó que el negocio editorial era tedioso, y consistía principalmente en conseguir derechos y licencias para publicar el material en otros medios. Paul explicó que el mundo editorial podía ser lucrativo, especialmente gracias a la explosión del CD y el uso cada vez más frecuente de canciones populares en los anuncios publicitarios, las películas y la televisión. «Los autores de las canciones a menudo pierden sus derechos por una razón u otra: a veces los venden para hacer un negocio —una cosa muy miope, especialmente hoy día, cuando la industria discográfica genera tanto dinero—, y a menudo los pierden por ignorancia, como en el caso de los Beatles, quienes simplemente firmaron cediendo sus derechos cuando eran ingenuos y no sabían cómo eran las cosas».

Por cierto, Paul McCartney y John Lennon habían vendido sus derechos a un editor llamado Dick James, cuando eran jóvenes. Luego, a finales de los sesenta, mientras McCartney y Lennon estaban en sus respectivas lunas de miel, James vendió Northern Songs —la compañía que seguía teniendo los derechos de las composiciones de los Beatles— a la ATV Music Limited, de sir Lew Grade. Los activos de la ATV fueron comprados posteriormente por el Bell Group, del empresario australiano Robert Holmes à Court. McCartney y los herederos de Lennon compartieron, con la ATV, las ganancias por las composiciones generadas para 251 de sus canciones escritas entre 1964 y 1971, que incluían «Yesterday», «Michelle», «Help», «A Hard Day’s Night», «The Long and Winding Road», «Hey Jude», «Let It Be», y muchas otras. La ATV también retuvo los derechos de publicación de miles de otras composiciones, entre ellas canciones de las Pointer Sisters, Pat Benatar y Little Richard (incluyendo «Tutti Frutti», «Long Tall Sally», «Rip It Up» y «Lucille»).

Cuando Michael le dijo:

—Tal vez algún día yo compre tus canciones. —Paul rio—. Fantástico —dijo—. Qué buen chiste —comentó.

Michael no estaba bromeando. Algún día, Paul se arrepentiría de esa conversación.

—Le di un montón de consejos gratis —diría más adelante—. ¿Y sabes una cosa? Por la boca muere el pez.

—Michael es de la clase de tipos que saben preguntar. Cuando trabajamos juntos, creo que ni siquiera se había hecho una cirugía estética. (En realidad, para esa época ya se había hecho la cirugía). Tengo fotos con él en nuestra casa, y su aspecto es bastante diferente. Desde entonces se ha hecho un montón de cirugías faciales. De hecho me contó que se iba a un retiro religioso, y yo le creí. Pero salió de ese retiro religioso con una nueva nariz. El poder de la oración, supongo.

Michael y Paul mantuvieron una relación relativamente amistosa, pero Michael también guardó distancia. No quería que Paul lo percibiera más que como un conocido, tal vez porque tenía un plan.

Cuando Michael regresó a Estados Unidos, le mencionó el libro de títulos a John Branca y dijo que él también quería comprar algunos derechos, «como Paul». John hizo una investigación y le presentó a Michael una lista de canciones que estaban en venta. La primera compra de Michael fue el catálogo de Sly Stone, que incluía todos los clásicos pop de Sly de los años setenta, como «Everyday People», «Hot Fun in the Summertime» y «Stand!» («Stand!» fue la canción que los Jackson 5 tocaron la primera vez que aparecieron en The Ed Sullivan Show. Michael se convirtió en su propietario). Por menos de un millón de dólares, Michael también se aseguró otros títulos, como dos de los éxitos de Dion, «The Wanderer» y «Runaround Sue», «1-2-3» de Len Barry, y «Expressway to Your Heart» de Soul Survivors.

Durante los dos meses siguientes, Michael estuvo demasiado preocupado con la gira Victory, de modo que no pudo concentrarse en los acuerdos editoriales. Pero luego, en septiembre de 1984, cuando John Branca voló a Filadelfia a encontrarse con Frank Dileo y Michael precisamente a causa de los problemas de la gira Victory, John mencionó al pasar la disponibilidad del catálogo ATV. Michael quiso saber qué clase de música representaba la ATV.

—Bueno, de hecho incluye algunas cosas que podrían interesarte —bromeó John.

—¿Como por ejemplo?

—Northern Songs.

Michael se entusiasmó.

—¿Te refieres a las canciones de Northern Songs?

—Sí, Mike —dijo John, incapaz de ocultar su entusiasmo—. Estamos hablando de los Beatles, hombre. Los Beatles.

De hecho, Paul había tratado de comprar la ATV en 1981. Le había propuesto a Yoko Ono que compraran juntos la editorial por 20 millones de dólares, aportando 10 millones cada uno, pero ella pensó que era demasiado dinero y declinó el ofrecimiento. Puesto que Paul no quiso gastar él mismo los 20 millones de dólares, el trato se vino abajo.

Mientras Michael andaba a saltos por la habitación, aullando y chillando, John le advirtió que se generaría una dura competencia, una guerra de pujas por semejantes canciones, tan populares. «No me importa —declaró Michael—. Quiero esas canciones. Consígueme esas canciones, Branca».

John dijo que se pondría manos a la obra. Luego llamó por teléfono a John Eastman, el abogado y cuñado de Paul McCartney, y le preguntó si Paul pensaba hacer una oferta por el catálogo. «No —dijo Eastman—. Es demasiado caro».

Unos días más tarde, Yoko Ono llamó por teléfono a John y dijo que había oído el rumor de que Michael estaba interesado en comprar la ATV. A continuación pasó cuarenta y cinco minutos tratando de que John creyera que comprar el catálogo era una pésima idea. John comentó esa conversación con Michael. «Obviamente, ella lo quiere para sí misma —dijo Michael—, pero no quiere gastar tanto. Espera que el precio baje si no hace una oferta, así que cómpralo, Branca».

Los meses siguientes estuvieron llenos de intensas y frustrantes negociaciones. Pujando contra Michael estaban la Entertainment Company de Charles Koppelman y Marty Bandier, la Virgin Records, el magnate inmobiliario Samuel J. Lefrak, y el financiero Charles Knapp. En un momento dado, John Branca suspendió las negociaciones por completo.

Durante esos tensos ocho meses, Paul McCartney volvió a intentar que Yoko Ono se uniera a él en una puja. Cuando Yoko repitió que no estaba interesada, Paul decidió no participar en las negociaciones.

Mientras tanto, Michael llamaba por teléfono a John Branca una vez por semana para oír sus noticias.

Cuando Koppelman y Bandier superaron la oferta de Michael, de 47,5 millones de dólares, con una de 50 millones, Michael no se desanimó. «Branca, no podemos perder esto ahora —dijo—. Tienes que hacer algo. Sé que acordamos que no íbamos a gastar más de 41 millones, pero estoy dispuesto a hacerlo».

La oferta de Koppelman y Bandier estaba financiada por la compañía MCA. John llamó por teléfono al director de la compañía, Irving Azoff. «No puedes darles a esos tipos dinero para comprar este catálogo —le dijo John a Irving—. ¿Sabes que están compitiendo contra Michael por conseguirlo? ¿Recuerdas que tú fuiste un asesor de la gira Victory?

—Johnny, no te preocupes —dijo Irving Azoff—. Me ocuparé del asunto.

Entonces, Azoff boicoteó a Koppelman y a Bandier, negándose a financiar su oferta. John Branca había puesto a Michael otra vez en el asiento del conductor.

Pronto, Robert Holmes à Court estaba llamando a John Branca y prácticamente le rogaba que fuera a Londres a cerrar el trato. John fue implacable y respondió como si Michael no estuviera interesado. Holmes à Court se ofreció a pagarle el pasaje de avión, pero John podía pagarse su propio billete, y no quería ningún favor a esas alturas del partido. John aceptó ir a Europa, y Holmes à Court prometió que si no se cerraba el trato, él reembolsaría todos los gastos de viaje y alojamiento de John.

Michael otorgó a John un poder notarial, éste viajó a Inglaterra y cerró el trato en veinticuatro horas. Michael Jackson nunca firmaba los contratos importantes, los que hacen historia; lo hacía John Branca. Entonces, John hizo una llamada de larga distancia a Michael, y le dio las noticias, la buena y la mala. La mala: tenía 47,5 millones de dólares menos. La buena: era el dueño de la ATV.

Michael no podía creer que fuera tan afortunado. No podría decirse lo mismo de Paul McCartney, quien contó: «Alguien me llamó un día y me dijo: “Michael compró tus canciones”. Yo dije: “¡¡¿¿Qué??!! Me parece feo hacer esa clase de cosas. Ser el amigo de alguien y luego comprar la alfombra sobre la que ambos están”.

Una vez cerrado el trato, Michael trató de llamar por teléfono a Paul para discutir el tema. Conociendo su personalidad, seguramente no le resultaba sencillo, y, aun así, lo intentó. Sin embargo, cuando llamó, Paul le colgó. Finalmente, Michael concluyó: «Paul tiene un gran problema. Yo he tratado de ser un tipo amable. Peor para él. Yo tengo las canciones, fin del asunto».

Robert Hilburn, en un análisis de la adquisición de la ATV para Los Angeles Times, explicaba la compra de Michael en cifras: «Si, por ejemplo, “Yesterday” gana 100.000 dólares al año en derechos por ventas de discos, radiodifusión y actuaciones en directo, McCartney y los herederos de Lennon, en tanto coautores, se reparten aproximadamente el 50 por ciento de esos ingresos, unos veinticinco mil para cada uno. El editor (ahora Michael Jackson) recauda el otro 50 por ciento. El editor también controla la utilización de la canción en películas, anuncios y producciones escénicas. De hecho, “Yesterday” rinde así una cifra considerablemente mayor».

Una vez Michael hizo la compra, él y sus representantes investigaron tácticas para que le rindiera dividendos. Contrató un equipo para desarrollar una serie de antologías y cuatro películas utilizando música de los Beatles: Strawberry Fields, una película de animación; Back in the USSR, una película acerca de los rockeros rusos; y películas basadas en «Eleanor Rigby» y «The Fool on the Hill». Michael también proyectó hacer tarjetas musicales y cajas de música. Cuando otorgó una licencia de «Revolution» a Nike para un anuncio de zapatillas, obtuvo el consentimiento de Yoko Ono, pero no el de McCartney. De hecho, Paul, al igual que muchos fans de los Beatles, sentía que Michael estaba degradando su música.

Sin embargo, Paul tuvo que aceptar la realidad. Cada vez que tocara una de las canciones que escribió entre 1964 y 1971, tendría que pagarle a Michael.

Cuando Michael vendió «All You Need Is Love» a Panasonic por 240.000 dólares, finalmente Paul lo llamó y le dijo que estaba yendo demasiado lejos. Michael no cortó la comunicación. Explicó que utilizar canciones de los Beatles en anuncios permitía que la música llegara a una generación completamente nueva de fans, quienes entonces comprarían los discos de los Beatles. «No me gusta la idea de que Michael Jackson sea el único tipo del mundo que tenga voz y voto con respecto a qué canciones de los Beatles se pueden usar en anuncios —diría más adelante Paul—. ¡Ha hecho una lista! No veo por qué a él le corresponde esa decisión».

Paul dijo que esperaba que «All You Need Is Love» siguiera siendo un himno de los sesenta, y no que se convirtiera en una canción publicitaria de «un maldito sistema de altavoces. Y tampoco quiero que “Good Day Sunshine” se convierta en una galletita Oreo —se quejaba—, cosa que tengo entendido que ha hecho Michael. Es realmente degradante. No creo que lo haga porque necesita el dinero».

No obstante, Paul es el dueño del catálogo de Buddy Holly y ha explotado comercialmente las canciones de Holly muchas veces, porque, tal como argumentó, «el mismo Buddy hizo anuncios, y su viuda tiene el expreso deseo de que ganemos dinero a través de los anuncios. Es su decisión».

Yoko parecía satisfecha con lo que Michael hizo con el catálogo de los Beatles, y dijo que era «una bendición» el hecho de que el propietario fuera él. En noviembre de 1990 afirmó: «Los empresarios que no son artistas no tendrían la consideración que tiene Michael. Él ama las canciones. Es muy generoso. Si Paul y yo fuésemos los propietarios, habría un montón de peleas y discusiones estancadas en un punto muerto. No sería deseable para ninguno de nosotros. Si Paul tuviera los derechos de las canciones, la gente habría dicho: “Al final, Paul timó a John”. Y si los tuviera yo, dirían: “Ah, la dama dragón da un nuevo golpe”».

En 1990, Paul y Michael se reunieron para discutir lo que Paul llamó «este problema editorial». Paul recordaba: «Se lo planteé de esta manera: Cuando firmamos nuestro acuerdo, John y yo ni siquiera sabíamos qué era la edición. Creíamos que las canciones estaban en el cielo y que todo el mundo era su dueño. Ahora, hasta los niños entienden mejor las cosas. El año pasado, “Yesterday” superó el récord de cinco millones de reproducciones en Estados Unidos, cosa que ninguna otra canción ha hecho jamás. Ni siquiera “White Christmas”. Pero nadie se ha acercado para decirme: “Realmente creo que te mereces una prima. Has hecho algo grande por esta compañía”. Así que, ¿qué demonios está pasando? ¿Intentas decirme que tengo que quedarme contento por el resto de mi vida manteniendo el acuerdo que firmé cuando era un tonto de veinte años? He hecho mucho por esta compañía».

Michael simuló no entender de qué demonios le estaba hablando Paul. Por lo tanto, Paul se lo dijo con toda claridad. «Quería que reconociera en el acuerdo que yo era un gran escritor para esa compañía de la que era dueño», recordó Paul.

Michael le dijo a Paul que no quería «herir a nadie», y Paul dijo que le alegraba oír eso. «Es un auténtico señor, este Michael», diría de él un aplacado Paul. Michael prometió que intentaría buscar alguna solución.

Al día siguiente, John Eastman, el abogado de Paul, llamó a John Branca por teléfono y le dijo que Paul y Michael habían acordado renegociar una suma mayor por los derechos de sus canciones. John trató de confirmarlo con Michael.

—¡Qué diablos, no, yo no le dije eso a Paul! —dijo Michael, fastidiado—. De hecho, él no va a conseguir una suma mayor a menos que yo obtenga a cambio algo de él, en retribución.

John le transmitió el comentario de Michael al abogado de Paul.

—De acuerdo, muy bien. Entablaremos una demanda —amenazó Eastman.

—Haz lo que te plazca —le dijo Branca.

Cuando John le contó a Michael que tal vez Paul lo demandara, él rio estentóreamente.

—Fantástico. Déjalo que me demande —dijo—. Mientras tanto, ve y autoriza algunas canciones más, Branca. Hagamos algún dinero. Manejemos esta cosa como un negocio.

Un socio de Michael dijo: «Michael pensaba que Paul había tenido dos oportunidades de comprar la compañía. Las dos veces había sido demasiado tacaño para gastar el dinero. Te recuerdo: se dice que Paul es el artista más rico del mundo, con una fortuna de unos 560 millones de dólares. Sus derechos por año ascienden a 41 millones. Tal como me contó Michael, “Si él no quiso invertir 47,5 millones de dólares en sus propias canciones, no tiene por qué venir a mí llorando”. Es duro de corazón, este Michael Jackson, igual que su padre. “Conseguí esas canciones por derecho —dijo—. Son mías, y nadie puede decirme qué hacer con ellas. Ni siquiera Paul McCartney. Que aprenda a aceptarlo”».

Al adquirir la ATV, Michael Jackson demostró ser un hombre de negocios perceptivo, realista, exactamente la clase de empresario que su padre, Joseph, habría deseado ser. Si Joseph intimidaba, Michael se congraciaba. Si Joseph gritaba, Michael solía escuchar, aunque también él podía llegar a ser poco razonable. Si Joseph improvisaba a toda prisa, Michael analizaba todas las perspectivas antes de llegar a una decisión o, al menos, tenía a alguien que lo hiciera por él, concretamente John Branca. En verdad, Michael tenía la sabiduría de rodearse de personas brillantes, y de permitirles que hicieran su trabajo sin interferencias. Joseph nunca lo hizo, siempre quiso tener la última palabra sobre todas las cosas. Se diría que Michael había estudiado la técnica de Joseph para hacer exactamente lo contrario. Sin embargo, padre e hijo siempre tuvieron en común la característica de no confiar en nadie y de ser despiadados con aquellos a quienes han vencido. Rara vez dieron una segunda oportunidad.

«We Are the World»

En enero de 1985, la gira Victory ya era historia. Aunque no había sido una experiencia fácil, Michael encontró un caldero de oro al final del arco iris: Chuck Sullivan le dio 18 millones de dólares, en efectivo, para desarrollar una línea de ropa. Michael apenas había llegado a tener algunas prendas en las tiendas, que no se vendieron, cuando Chuck entró en bancarrota y así se quedó con los 18 millones.

Los Jacksons hicieron mucho dinero con la gira Victory, aunque los promotores no podían decir lo mismo. Cada hermano ganó unos siete millones, un sexto de lo recaudado una vez deducidos todos los gastos. Michael donó su parte a la beneficencia; sus hermanos gastaron la suya en un estilo de vida fastuoso y, en pocos años, tuvieron que volver a trabajar.

Michael no volvió a salir de gira nunca más con sus hermanos, aunque ellos repetidamente trataron de convencerlo de hacer «solamente una gira más».

A su regreso a la casa de Encino, una de las primeras cosas que hizo Michael fue subir al Mercedes-Benz 450 SEL negro de LaToya y salir a toda velocidad sin ningún guardia de seguridad. Sencillamente quería un poco de libertad, ¡como si eso fuera posible! Como siempre, había un par de decenas de fans en la entrada, esperando a alguien que tuviera aspecto de Jackson. Nunca soñaron que, de hecho, podrían echarle un vistazo a Michael Jackson. Cuando lo vieron salir por el portón, subieron a sus coches y lo siguieron en una frenética persecución. Michael trató de despistarlos, pero fue en vano. Ya casi estaba en la casa de Quincy Jones, a kilómetros de distancia, cuando el vehículo se quedó sin combustible. Michael saltó del coche, dejándolo en medio de la calle, y corrió algunas manzanas, mientras sus admiradores lo perseguían, hasta que llegó a la casa de Quincy, donde halló refugio.

Tras la gira Victory, Michael se involucró en «We Are the World», el histórico esfuerzo para alimentar a los hambrientos de Etiopía. Durante algún tiempo, Harry Belafonte había estado haciendo planes para reunir a las máximas figuras del espectáculo con la finalidad de grabar un disco cuyas ganancias se destinarían a una fundación sin fines de lucro, USA for Africa, para alimentar a las masas famélicas. Además de proveer de alimentación de urgencia, ayuda médica y programas de desarrollo sostenible a las zonas damnificadas de África, la empresa también se reservaba fondos para mitigar la pobreza en Estados Unidos. Harry contactó con Ken Kragen, un empresario del espectáculo con experiencia en ese tipo de campañas para preguntarle si podía contar con el apoyo de sus clientes, Kenny Rogers y Lionel Ritchie, en el proyecto. Kenny y Lionel, a su vez, obtuvieron la colaboración de Stevie Wonder para añadirle más renombre a la iniciativa. Lionel telefoneó entonces a Michael para pedirle que participara en la grabación. Él respondió que no sólo quería cantar la canción, también quería ayudar a Lionel a escribirla.

Michael siempre había sentido empatia por las personas que padecían hambre, desamparo y enfermedad, especialmente los niños. Frank Dileo ha relatado muchas historias conmovedoras sobre la influencia de Michael en niños que estaban a punto de morir. Algo inexplicable en el interior de Michael lo hacía capaz de llegar a los niños al borde de la muerte; su presencia era como una especie de bálsamo. Era uno de los dones que Michael más valoraba de sí mismo.

Por ejemplo, una noche, después de un espectáculo, le trajeron a Michael a un niñito en una camilla que sufría de un tumor cerebral y cáncer en la columna. Cuando le acercaron el niño, Michael le cogió una mano y la apretó con fuerza. El niño sonrió. Frank Dileo dio media vuelta y rompió a llorar. «No teme enfrentarse al peor sufrimiento y logra encontrar allí, aunque sea mínimo, algo positivo y hermoso», concluyó Frank.

Seth Riggs, el maestro de canto que viajaba con Michael en las giras, recordaba: «Todas las noches venían niños en camillas, tan enfermos que apenas podían levantar la cabeza. Michael se arrodillaba al lado de las camillas y acercaba su cabeza a la de ellos para que los fotografiaran juntos. Luego les regalaba una copia para que recordaran el momento. Yo no podía soportarlo. Me iba al baño a llorar. Los niños se animaban en su presencia. Si les daba energía para que vivieran un par de días más, entonces, para Michael, valía la pena».

Lionel Ritchie fue a Hayvenhurst todas las noches durante una semana, y allí él y Michael se aislaban en la habitación de éste para trabajar en la letra y las melodías de «We Are the World». Querían lograr una especie de himno, una canción que fuera tan fácil de cantar como memorable. Aunque Michael y Lionel nunca lo han dicho públicamente, LaToya —que los vio trabajar— afirma que Lionel sólo escribió un par de versos de la canción. Ella sostiene que el 99 por ciento de la letra fue escrita por Michael, «pero él nunca sintió que fuera necesario decirlo». La letra y la melodía estuvieron terminadas para el 21 de enero de 1985, justo la noche anterior a la sesión de grabación.

Mientras Michael y Lionel componían, Ken Kragen se ocupaba de preparar el elenco estelar: Bruce Springsteen, Tina Turner, Bette Midler, Billy Joel, Ray Charles, Diana Ross, Dionne Warwick, las Pointer Sisters, Stevie Wonder, Cyndi Lauper, Willie Nelson, Smokey Robinson, Bob Dylan y muchos otros, en total cuarenta y cinco artistas. Otros cincuenta tuvieron que ser dejados de lado para evitar que el proyecto se volviera demasiado engorroso y difícil de manejar. Michael le pidió a LaToya que apareciera, y ella lo hizo. (Apareció junto a Bette Midler). Marlon, Jackie, Tito y Randy también estuvieron allí.

Quincy Jones se tomó una pausa en la producción de la película El color púrpura para producir y arreglar (junto a Tom Bahler) el tema de Jackson y Richie en los estudios A&M en Hollywood. Debido a que los Premios American Music se habían entregado esa misma noche, muchos de los artistas llegaron directamente desde la fiesta. Lo primero que veían era un cartel fuera del estudio A: «Por favor, dejen colgados sus egos en la entrada». Era sorprendente que tantos artistas de tan diversos perfiles y renombre individual fueran capaces de hacer eso: que no hubiera vanidades. Diana Ross no pudo ocultar su entusiasmo y pidió autógrafos a las otras estrellas. Las Pointer Sisters tomaron fotos de Michael. «Nunca antes experimenté esa poderosa sensación de comunidad», observó Kenny Logins.

Alrededor de las diez de la noche, la reunión se volvió solemne. Ken Kragen se dirigió al grupo para asegurarles a todos que el dinero generado por la grabación llegaría, de verdad, «a los lugares que correspondían». Bob Geldorf, el líder de los Boomtown Rats y organizador del evento benéfico musical British Band Aid, del que salió el sencillo «Do They Know It’s Christmas?» habló de sus viajes a Etiopía. Dos mujeres etíopes, cuya presencia había sido concertada por Stevie Wonder, informaron sobre el horrible sufrimiento en ese país.

Finalmente, Michael se dirigió al conjunto de estrellas. Con mucha tranquilidad y un tanto torpemente, explicó que la canción que Lionel y él habían compuesto era «una canción de amor para inspirar preocupación sobre un lugar lejano cerca de casa».

Las pistas de la música habían sido grabadas ese día más temprano, de modo que sólo era cuestión de realizar ajustes a la letra. «¿Debería ser “brighter day” (“día más brillante”) o “better day” (“día mejor”)?», y de añadir las voces. Michael les enseñó a los artistas la melodía y la letra —a la mayoría se le había enviado grabaciones de demos de la canción, tocada por Michael—, y trabajó con ellos en los arreglos vocales.

Si bien Michael Jackson era parte esencial del proyecto, también quedó muy aislado de él. Mientras que todos los demás presentes fueron filmados (por seis cámaras) cantando «We Are the World», el solo de Michael fue grabado después, en privado, y añadido a la versión final. En ningún momento se quitó las gafas de sol. Alguna gente supone que eligió no grabar con el resto debido al temor que le inspiraba cantar ante sus famosos colegas. Singularmente perfeccionista, sentía que no podía actuar desplegando al máximo su capacidad frente a ellos. Otros ofrecen una explicación más cínica: a Michael le gustaba sentir que era distinto de todos y enfatizaba esa diferencia erigiendo barreras entre él y sus fans, sus iguales y su familia. Desde luego, en el vídeo de «We Are the World» la toma de Michael empieza con sus zapatos Bass Weejun y su marca registrada, los calcetines de lentejuelas, y luego sube hacia arriba hasta su rostro cuidadosamente maquillado, todo según las directivas del propio Michael. «La gente sabe que soy yo nada más ver los calcetines —dijo, orgulloso, y en eso estaba en lo cierto. Luego añadió con una sonrisa—: Traten de filmar los calcetines de Bruce Springsteen y fíjense si alguien sabe a quién pertenecen».

La sesión de grabación y filmación en vídeo llevó toda la noche. Quién cantaría qué y con quién fue decidido un par de días antes por Lionel Richie, el productor Quincy Jones y el arreglista Tom Bahler. Algunos de los interesantes dúos fueron los de Tina Turner y Billy Joel, Dionne Warwick y Willie Nelson, y, por supuesto, Diana Ross y Michael Jackson. El único pequeño detalle que no resultó tal como estaba planeado fue el dúo entre Michael y Prince. A Michael no le gustaba Prince, pero siendo un asunto de beneficencia, accedió a cantar con él. Sin embargo, Prince no apareció. A las seis de la mañana siguiente llamó al estudio para preguntar si podía ir y tocar una parte de guitarra. Quincy le dijo que era demasiado tarde.

Hacia las siete y media de la mañana, el trabajo estaba concluido y los artistas empezaron a irse. «Michael estaba tan exhausto como todos —informó Jeffrey Osborne—. No dijo mucho, tal vez algo acerca de que estaba muy contento, pero se notaba que estaba encantado».

«Esperaba ver más vanidades en acción —informó Paul Simon—, “El Enguantado” se encuentra con “El Jefe” y cosas por el estilo, pero sencillamente no ocurrió».

«Simplemente, desearía que esta noche no terminara nunca» dijo Diana Ross al abrazar a Tina Turner.

Todos los participantes en la sesión de grabación de «We Are the World» parecían compartir los sentimientos de Diana. El espíritu suave, elevado, que tiene la canción también alcanzó a las emociones del público cuando finalmente fue puesta a la venta. La partida inicial de 800.000 discos se agotó en tres días. La canción fue número 1 en Estados Unidos durante un mes, y también pasó un par de semanas en el primer puesto en el Reino Unido, así como en otros países. El vídeo de «We Are the World» se adecuaba muy bien al espíritu benevolente de la iniciativa y ayudó a vender en total cuatro millones de discos, lo que generó unos ocho millones de dólares para el fondo USA for Africa.

 

Una travesura que no funcionó

Los Grammy de 1986 fueron el escenario de una de las más extrañas travesuras de Michael, aunque no resultó como él había esperado.

Frank Dileo, John Branca, Norman Winter y Michael Jackson habían conversado a menudo sobre las carreras de ídolos del mundo del espectáculo como Frank Sinatra y los Beatles, y sabían que sus representantes habían contratado a adolescentes para que gritaran y lloraran al verlos en sus apariciones públicas. La histeria queda bien en las fotos. Michael siempre creyó que contratar a jóvenes para chillar, desmayarse y sollozar era un golpe maestro de las relaciones públicas.

Una noche, Michael y Frank telefonearon a Norman para contarle una idea. Michael quería causar conmoción durante la presentación televisada de los Premios Grammy en febrero. Se había decidido que Quincy y Michael recibirían el premio si «We Are the World» ganaba el del Disco del Año. No se sabe si fue su intención, pero parecería que Michael quiso robarle un poco de protagonismo a Quincy durante la recepción del premio. Él y Quincy siempre tuvieron una relación extraña, simbiótica pero también competitiva.

El plan de Michael era que una adolescente femenina subiera corriendo al escenario y se le echara encima cuando él estuviera al lado de Quincy. El personal de seguridad de Bill Bray estaría preparado y a la espera para quitarle de encima la chica a Michael, quien entonces reaccionaría con sorpresa y nerviosismo. Dado que los Grammy se televisan internacionalmente, todo el mundo sería testigo de esta loca escena. Al día siguiente, la popularidad de Michael, y la histeria que habría provocado en los Grammy, sería tema de las noticias en todo el mundo. La escena provocada por la «fan exaltada» de Jackson probablemente incluso eclipsaría el hecho de que «We Are the World» ganara el codiciado Grammy al Disco del Año. Desde luego, el discurso de Quincy al recibirlo sería pasado por alto en beneficio de la adoración maníaca de Michael.

Frank y Norman estaban en contra de la idea de Michael. Si alguna vez llegara a oídos de la prensa que la chica que atacó a Michael en realidad había sido contratada por él para hacerlo, sería una vergüenza para todos los involucrados. «Pero nunca llegará a sus oídos —dijo Michael, entusiasmado—. Así que, ¿a quién tenemos? ¿A quién podemos contratar para hacer esto?».

Frank y Norman no tenían ni idea. Finalmente, una publicista femenina que trabajaba en la oficina de Norman encontró a una adolescente lo suficientemente perspicaz como para llevar a cabo el engaño. Fue contratada para hacer el trabajo.

La noche de los premios, los involucrados en la artimaña contuvieron el aliento cuando los presentadores Sting y Phil Collins anunciaron que «We Are the World» era el Disco del Año. Michael, que tenía puesta una chaqueta militar negra, una camisa roja y un broche rojo, se levantó de su asiento. Frank, sentado detrás de Michael, sonrió de oreja a oreja, con un puro que le colgaba de la boca. Entonces, Michael subió al escenario con Lionel Richie.

Al instante, Quincy Jones, Dionne Warwick, Kenny Rogers y Stevie Wonder también se encontraron sobre el escenario. Mientras Quincy estaba pronunciando su discurso, Michael se balanceaba nerviosamente, mirando ansioso, como si se preguntara cuándo iba a hacer su aparición la chica.

Sin que Michael pudiera darse cuenta, la adolescente, que tenía todas las credenciales para llegar a la zona del escenario, no pudo abrirse paso entre la multitud de gente —técnicos, personal de producción, miembros de la prensa— que se había reunido entre bambalinas para mirar embobada a las estrellas. Antes de que la impotente «atacante» supiera lo que estaba pasando, los discursos se habían terminado y a ella se le había pasado el momento. El plan no funcionó.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —quiso saber Michael más tarde—. Estoy ahí, esperando y esperando, ¿y nada?

Cuando Frank Dileo explicó qué había sucedido, Michael estalló en carcajadas.

—La broma es para mí, supongo —dijo—. Ni siquiera podía concentrarme en lo que estaba pasando porque estaba esperando que esa chica apareciera y se abalanzara sobre mi… y eso no pasó nunca. Quincy dijo que yo estaba con los pelos de punta, ¡creyó que yo necesitaba ir al baño! La próxima vez tendremos que planificarlo mejor —concluyó Michael, con un guiño.

 

Más cirugía plástica

En junio de 1986, Michael Jackson pasó por otra operación para hacer que su nariz fuera más delgada, su cuarta rinoplastia. También quiso que Steven Hoefflin le creara un hoyo en la barbilla. Años más tarde, le contaría a un conocido que la «mayor felicidad que he tenido jamás fue saber que podía tomar decisiones con respecto a mi rostro». El mismo conocido le pidió consejo y Michael le recomendó que se operara con Steven Hoefflin. «La cosa no tiene ningún misterio, hombre —dijo Michael—. Después de la primera, ni siquiera duele tanto. Una vez que te la has hecho, no vas a parar de mirarte al espejo. Te sientes fenomenal contigo mismo. Hazlo. Te va a encantar».

Cuando Michael le contó a Katherine que se iba a hacer un hoyuelo en su barbilla, ella opinó que, para decirlo con sus palabras, se estaba «pasando de la raya».

«¿Para qué? —quiso saber—. Sencillamente, no lo entiendo».

Según le contó Katherine a una amiga suya, Michael explicó: «Me lo puedo pagar, lo quiero y me lo voy a hacer», como si estuviera comprando un coche nuevo en lugar de soportar una cirugía plástica dolorosa para cambiar su apariencia. La mayoría de la gente sólo fantasea: «¿No sería bonito tener una nueva nariz, y quizá también una nueva barbilla?». Michael podía darse el lujo de que esos caprichos se hicieran realidad. «Creo que si más gente se lo pudiera pagar, también lo haría — razonaba su hermana Janet—. No veo que tenga nada de malo».

Un psicólogo ha especulado con que era el lado narcisista de Michael el que le ordenaba que se hiciera tallar un hoyuelo en su barbilla. «Michael Jackson estaba, evidentemente, cada vez más y más encantado con su propia imagen —dijo el doctor Raymond Johnson—. Aparentemente está siguiendo con su búsqueda del rostro perfecto».

«Realmente quiero ser perfecto —confirmó Michael—. Me miro al espejo, y sencillamente quiero cambiar, y para mejorar. Siempre he querido ser mejor, así que tal vez es por eso que quería el hoyuelo. No veo otra forma de explicarlo».

 

Por supuesto, una de las teorías preferidas del público con respecto a Michael es que estaba tratando de transformarse en la imagen de Diana Ross. ¡Como si Diana Ross tuviera un hoyuelo en el mentón! Esta teoría es el resultado de la popular conexión entre las dos estrellas a lo largo de los años, y de algunos de los recuerdos familiares según los cuales Michael habría afirmado ante Janet y LaToya cosas tales como «no eres guapo hasta que empiezas a parecerte a Diana». Después de la cirugía y con la ayuda de un maquillaje apropiadamente aplicado, Michael a veces, efectivamente, se parecía a Diana, con cejas arqueadas y depiladas, pómulos altos, y una nariz afilada (de hecho, mucho más afilada que la de Diana). Aun así, el parecido estaba a la vista del observador. Cuando un conocido le contó a Diana que Michael estaba tratando de parecerse a ella, la idea le horrorizó. Pensó en Michael y soltó: «¿Yo me parezco a eso?».

De hecho, Michael no quería parecerse a Diana, ni siquiera cuando estaba embelesado con su imagen, su atractivo, su glamour y, también, su poder. En verdad, trató de recrearla alguna vez, interpretando ciertas fantasías «señorita Ross» delante de testigos. El chófer de limusinas de Beverly Hills, Ralph Caricosa, recuerda haber llevado a Michael a cierto destino. Miró por el espejo retrovisor y preguntó: «¿Ahora adonde, señor Jackson?». Michael dijo: «Llámame señorita Ross, por favor». Una noche, Diana lo pescó poniéndose el maquillaje de ella en los camerinos del Caesars Palace en Las Vegas. La antigua estrella de The Supremes, Cingy Birdsong, contó que cuando Diana lo regañó («¡Cuántas veces te he dicho que no te acerques a mi maquillaje!»), Michael respondió diciendo: «Pero Diana, es mágico».

Una vez, Michael se estaba registrando en el elegante Helmsley Palace en Manhattan, telefoneó al mostrador de entrada desde el teléfono del vestíbulo y, delante de unos divertidos testigos, puso su mejor imitación de la voz de Diana al hablar, para engañar a la operadora.

—Mi suite no es lo suficientemente buena —dijo, comportándose como una diva descontenta—. ¿Cómo se atreven a ponerme en esa suite? No hay flores, y creo que vi un ratón, y yo, en fin… estoy realmente disgustada. Ni siquiera puedo volver a entrar allí.

—¿Quién habla? —preguntó aparentemente la sorprendida operadora.

—Vaya, soy la señorita Ross —respondió Michael, tratando de reprimir la risa—. La señorita Diana Ross. ¿Quién cree que habla? ¿Cómo se atreve siquiera a preguntar?

Para cuando la operadora le pidió que esperase, Michael estaba sonriendo de oreja a oreja.

—Me cree —susurró, lleno de excitación—. ¡Piensa que soy Diana Ross!

La operadora volvió a atender la línea.

—Diana Ross no se está alojando aquí.

—Ah, ¿no? —respondió Michael—. Disculpe.

Luego colgó rápidamente, riéndose tan histéricamente que apenas podía respirar.

 

La mayor parte de la gente que conoce a Michael está de acuerdo en que hay dos razones por las cuales se ha hecho tantas cirugías plásticas. Primero se esforzó por alcanzar el ideal de la perfección física, o su versión de ésta, cuanto menos. Pasaba la mayor parte de su vida examinando fotos suyas, por no mencionar las horas bailando delante de espejos, mirando vídeos, decidiendo cuáles eran sus mejores rasgos.

—Sólo deseo tener la mejor apariencia que pueda tener —le contó a Frank Dileo.

—Pero ¿cuándo te vas a detener? —preguntó Frank.

Michael se encogió de hombros.

—Soy una obra en ejecución —dijo con una tenue sonrisa.

Públicamente, Frank nunca tuvo mucha paciencia ante las preguntas sobre las cirugías plásticas de Michael, sobre todo porque no podía explicarlas. «De acuerdo, se ha hecho arreglar la nariz y el hoyuelo. ¿Y qué? Tengo una noticia para ustedes — dijo—: me he roto la nariz cinco veces. Me la han arreglado dos veces. ¿A quién demonios le importa? Elvis se operó la nariz. Marilyn Monroe se operó la nariz y los pechos. Todo el mundo se ha hecho algo».

Michael tenía también otra razón para las operaciones. Todos los chicos Jackson, al crecer, se fueron pareciendo a su padre, Joseph. Michael no podía imaginar un peor destino para él, e hizo todo lo que pudo para destruir el parecido. Es cierto, tenía muchas de las características de su padre, aunque no las reconociera: la despiadada determinación de Joseph, su frío sentido de los negocios, y, entre las positivas, su amor a la familia. Con respecto a sus emociones, Michael pudo haber sido parecido a su padre en un montón de cosas —aunque nunca llegaría a emular la insensible infidelidad de Joseph en el amor— y, como él dijo, eso lo asustaba. Por fuera, sin embargo, no era para nada parecido a Joseph.

«Me lo dijo él mismo —dijo una antigua novia de Berry Gordy que conoce a Michael desde hace años—. Haría cualquier cosa para no parecerse a Joseph. Créeme, lo último que quiere ver cuando mira al hombre del espejo es a su padre. Con cada operación se distancia no sólo de su padre, sino de la familia entera. Me temo que ése es el punto triste de todas las cirugías».

«La tragedia es —concluía Joyce McCrae, que había tenido con ellos un vínculo íntimo durante largo tiempo y que trabajaba en la oficina de Joseph— que no importa cuánto trate Michael de restregarse la cara para quitar de ella a Joseph, él sigue ahí».

O como Joseph Jackson lo expresó tan acertadamente: «Hace falta un padre para hacer un hijo».

Fue después de la operación de Michael para hacerse un hoyuelo en la barbilla cuando se le empezó a ver con una mascarilla quirúrgica, además del sombrero de fieltro negro y las gafas de sol. La prensa especuló que estaba obsesionado con los gérmenes, una reminiscencia de la fijación de Howard Hughes con las cuestiones de la salud. Michael no decía nada públicamente. «Si conocieras lo suficientemente bien a Michael, sabrías lo que está pasando —dijo Joyce McCrae—. Tan pronto como lo vi utilizando la mascarilla, dije: “Ah, se ha hecho hacer el hoyuelo”. La gente me decía: “¿Qué? Eso es ridículo”. Bueno, ciertamente, eso es lo que estaba pasando».

En esa época, Michael apareció en unos puestos de venta de promoción de una película en el Hotel Continental Hyatt de Hollywood usando una mascarilla azul y un sombrero de fieltro negro. Calificarlo de llamativo sería quedarse corto. Cuando los vendedores lo vieron, triplicaron los precios de todos los objetos sólo porque sabían que Michael era para ellos como la gallina de los huevos de oro. Estaba comprando objetos de promoción de Disney con un niño pequeño y Bill Bray, su guardaespaldas. Cada vez que veía algo que le gustaba, le murmuraba a Bray a través de su mascarilla que comprara el objeto. Entonces, Bray sacaba un fajo de billetes de cien dólares, le pagaba al vendedor y pasaba a la siguiente vitrina. A Michael no le pasó por alto el hecho de que los precios fueran aumentados especialmente para él.

—Me ven venir y sienten que puesto que yo tengo un montón de dinero, se pueden aprovechar de mí —me dijo—. Eso no es justo, ¿verdad?

—No, no lo es, Michael. Pero ¿por qué la mascarilla? —pregunté.

—Me han sacado las muelas del juicio —me dijo—. Ah, hombre, qué sufrimiento. No podrías creer por lo que he estado pasando.

—Suena espantoso —dije.

Michael sacudió la cabeza, tristemente.

—Es espantoso.

Cuando Michael no se cubría el rostro con una mascarilla, se animaba a aparecer en público con una máscara peluda de gorila que le cubría toda la cabeza, con pelaje y ojos redondos. «Me encanta cuando la gente me ve y se asusta —dijo—. Y me encanta que no sepa quién está dentro de la máscara. Sencillamente eso me encanta». Gran paradoja, Michael es un fantoche en público. Una vez, mientras caminaba por un aeropuerto con la máscara de gorila puesta, se tropezó con un cenicero lleno de arena y se cayó de bruces al suelo frente a una multitud de paparazzi, todo porque tenía la visión obstruida.

Cuando le sacaron las vendas tras la operación del hoyuelo, Michael se concentró más que nunca en su apariencia. El nuevo hoyuelo parecía extrañamente fuera de lugar en la parte inferior de su rostro suave y de aspecto ingenuo. Tras tantas operaciones, la nariz de Michael quedó más delgada que nunca. También respingona, un toque curioso. Depilarse las cejas le daba un aspecto más suave, incluso más femenino. Su piel parecía estar aclarándose cada día que pasaba. Había empezado a usar una crema blanqueadora de piel de venta libre llamada Porcelana para adquirir ese aspecto. LaToya también la usaba. Tenían cajas y cajas de esta crema almacenadas en Hayvenhurst, que atesoraban como si fuera el más valioso producto de belleza que se hubiera fabricado jamás.

Además, Michael subsistía a base de una estricta dieta macrobiótica que lo había dejado bastante delgado y hacía que su rostro pareciera todavía más esculpido. «Si comiera como él, estaría muerto», dijo Frank Dileo sucintamente.

A decir verdad, Michael Jackson había empezado a parecer más que un poco fuera de lo común. Era difícil estar con él en la misma habitación y no clavarle la vista con incredulidad, especialmente si uno lo había conocido desde que era un niño. El cómico Eddie Murphy probablemente lo expresó de la mejor manera cuando dijo: «Me encanta Michael, pero su hermano es extraño».

Los dúos salieron «mal»

A los veintisiete años de edad, Michael Jackson se enfrentó al desafío de grabar un álbum que superara el tremendo éxito de Thriller. ¿Podía hacerlo? ¿Alguien podía? En el verano de 1986, cuando empezó a trabajar en el siguiente álbum, que se Iba a llamar Bad («Malo»), Michael estaba bajo una enorme presión. Extremadamente competitivo, Incluso consigo mismo y sus propios logros, sentía que si no superaba el récord de ventas de Thriller, de 38,5 millones de copias vendidas, sería visto como un fracaso. Más aún, debía tener éxito con la venta de los sencillos. Una vez conversaba sobre el fenómeno de los cuatro sencillos del álbum Off the Wall que había precedido a Thriller en 1979 y le dijo al redactor Gerri Hirshey: «Todavía nadie ha batido mi récord, gracias a Dios. Hall y Oates lo Intentaron, pero no lo lograron». Finalmente alcanzó su propio récord con el álbum Thriller, con las siguientes cifras: «This Girl Is Mine», número dos; «Billie Jean», número uno; «Beat It», número uno; «Wanna Be Startin’ Somethin’», número cinco; «Human Nature», número siete; «PYT (Pretty Young Thing)», número diez; y «Thriller», número cuatro. Necesitaba que le fuera mejor que eso con Bad.

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