Michael Jackson

J. Randy Taraborrelli · Capítulo 2 de 14 · parte 1/3

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Michael Jackson

Primera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Introducción

 

El bucólico pueblo de Los Olivos, en el condado de Santa Bárbara, tiene poco más de cien años. Si un visitante quiere tener una idea de su historia, debe dirigirse a Mattei’s Tavern. Construida en 1886, es uno de los tantos monumentos de épocas pasadas, ya que allí hubo una parada de diligencias donde los pasajeros pasaban la noche durante sus viajes, cuando el único medio de transporte era el coche tirado por caballos. Luego se convirtió en una parada Intermedia del Ferrocarril de la Costa del Pacífico, un servicio ferroviario de vía estrecha creado en la década de 1880, cuando viajar por tierra a lo largo de la costa era algo entre difícil e Imposible. En su apogeo, abarcaba algo más de ciento veinte kilómetros, desde lo que alguna vez se llamó Harford Wharf, en San Luis Bay, hasta Los Olivos hacia el sur. Los pasajeros pasaban la noche en Mattei’s antes de tomar la diligencia a Santa Bárbara, al día siguiente. Actualmente, en ese sitio está el Museo de Carruajes, que presenta una historia visual de la región. Lo que en su origen fuera un abrevadero es ahora el Brothers Restaurant, un lugar encantador para comer en Mattei’s Tavern.

Hace no mucho tiempo, un hombre de aspecto extraño llegó al museo con un niño, una niña y un bebé. Iba acompañado por dos mujeres mayores que se ocupaban de los pequeños, tal vez niñeras, una de ellas cargando al bebé en una mantilla. También estaba presente un joven asistente que en apariencia no tenía mucho más de veinte años. Sus ojos apuntaban a todos los lados, como si estuviera en alerta máxima, celosamente atento a todo aquello que los rodeaba y a lo que estaban haciendo las demás personas presentes en el lugar.

El hombre mayor llevaba una mascarilla quirúrgica de seda de color púrpura oscuro, un sombrero tipo Fedora cubriendo su cabello de color negro tinta y enormes gafas de sol. Se detuvo ante uno de los paneles de fotos y llamó: «¡Prince! ¡Paris! Venid, mirad esto». Los pequeños corrieron a su lado y él señaló una foto con un dedo largo y flaco de color tiza, con la punta envuelta por un apósito adhesivo, y leyó la descripción que acompañaba la fotografía, con una voz aguda y aleccionadora. En medio de su lectura le pidió al niño que pusiera más atención, insistiendo en que «es importante». El grupo recorrió los paneles mientras el hombre de la mascarilla leía los epígrafes de las fotos instando a los niños a que escucharan atentamente.

Después de la clase, los integrantes del pequeño grupo disfrutaron de un refrigerio en el restaurante. Intercambiaron risas y compartieron bromas privadas, indiferentes a su entorno, como si ignoraran la existencia de todo aquello que no perteneciera a su pequeño mundo. El hombre de la mascarilla se alimentaba levantándola apenas en lugar de quitársela. La gente del lugar trataba de ignorar al extraño contingente. Sin embargo, era difícil apartar la vista, especialmente porque los niños también llevaban máscaras, aunque no quirúrgicas sino… de Halloween. Se las quitaron para comer y luego se las volvieron a colocar, cubriendo nuevamente sus caras.

A principios del siglo XX se construyó una nueva línea férrea, unos cincuenta kilómetros más cerca de la costa del Pacífico. Como no pasaba por Los Olivos, la población de esa pequeña ciudad, que alguna vez fuera próspera, comenzó a mermar. Sin embargo, más tarde sería redescubierta, gracias a la creciente afluencia de turistas de los últimos veinte años. Ahora hay allí una reserva indígena y un casino, además de varios spa y centros de terapias New Age. Florecen pequeñas galerías de arte, cuyos propietarios son lugareños; tiendas de antigüedades y de regalos, boutiques y bodegas en edificios restaurados al estilo del «Lejano Oeste».

Una tarde, el hombre de la mascarilla visitó una de las galerías de arte. «Ésta quedaría perfecta en la habitación, ¿no es cierto?», le dijo a su joven asistente, mientras sostenía una pequeña pintura al óleo de dos ángeles flotando, etéreos, sobre un niño dormido. El asistente asintió con la cabeza. El hombre de la mascarilla preguntó al encargado de la galería: «¿Cuánto cuesta este cuadro?». Después de conversar con él en privado, se dirigió hacia su asistente y le susurró algo al oído. Finalmente, le dijo al dueño de la pintura: «De acuerdo. Me lo llevo».

El propietario garabateó algo en un papel y se lo entregó al joven, que enseguida sacó un fajo de billetes de su cartera y comenzó a contarlos para pagar la compra.

«¡No, espera! Es demasiado —dijo el hombre de la mascarilla, que había seguido atentamente la operación—. Creí que usted había dicho que costaba cien dólares. No ciento seis dólares y monedas. —Tuvo lugar entonces una urgente y breve conferencia—. ¿Qué? ¿Impuestos? ¿En serio? ¿Por esto? —preguntó. Luego fingió pensar un rato y antes de dejar el cuadro en su lugar, dijo—: En ese caso… De todos modos, le agradezco».

Se inició una nueva negociación.

«¿De verdad? Bueno, de acuerdo entonces. Cien dólares —se oyó decir al hombre de la cara cubierta, que miró otra vez el cuadro y tomándolo nuevamente en sus manos exclamó—: ¡Oh, Dios, es hermoso! Esos niños se ven tan… protegidos. Qué tierno».

Cuando junto a su asistente salía de la galería, se volvió y le dijo al propietario: «Creo que usted es una persona maravillosa, quiero que lo sepa, y le deseo toda la suerte del mundo en su negocio. ¡Volveré pronto!».

En Los Olivos hay unos quinientos ranchos donde se crían caballos, casas de estilo Victoriano y casi dos docenas de negocios. Ese lugar remoto y adormilado es el hogar de unas mil personas. Menos de una docena de ellas son de raza negra, incluido un residente insólito, el único hombre del pueblo que lleva una mascarilla: Michael Joseph Jackson. La Figueroa Mountain Road sube serpenteando a través del exuberante y ondulado valle de Santa Ynez de Los Olivos. Un hombre vende manzanas junto a un frondoso árbol a la vera del camino; ha estado haciendo lo mismo durante años. Todos los días se sienta a vender sus frutas, disfrutar del día y achicharrarse al sol. Es exactamente el lugar apropiado para hacerlo.

Un kilómetro antes, detrás de una imponente puerta de roble, se encuentra el número 5.225 de Figueroa Mountain Road, una enorme residencia de estilo danés en tres niveles, con paredes de ladrillo y mampostería cruzadas por vigas de madera. Allí vive Michael Jackson.

La finca de alrededor de mil hectáreas originalmente había sido un rancho dedicado al cultivo de avena y la cría de ganado llamado Sycamore Ranch. Se puso en venta por un valor de 35 millones de dólares, pero en mayo de 1988 Michael la compró por 17 millones y la bautizó Neverland Valley Ranch en homenaje al País de Nunca Jamás de la historia de Peter Pan. Lo primero que hizo Michael fue construir allí su propio parque de atracciones, que incluía un carrusel, un tobogán gigante, una línea de ferrocarril con su propio tren y hasta una noria. Con su fortuna podía hacer cualquier cosa que deseara… y lo hizo en Neverland.

El lugar de Michael en el mundo luce absolutamente verde hasta donde alcanza la mirada. El paisaje está salpicado de antiguos molinos de viento. Es elegante, serenamente majestuoso; numerosos árboles sombrean con delicadeza los terrenos espléndidamente cuidados, que incluyen un lago artificial celeste de más de dos hectáreas, con una suave y relajante cascada de un metro y medio, y un bello y atractivo puente de piedra. Es allí, en medio del infinito silencio del campo no cultivado y suavemente ondulado, donde Michael Jackson creó su propio entorno, un refugio seguro en un mundo que, para él, siempre fue apremiante y difícil.

 

Tres mil doscientos kilómetros al este, en una esquina de la sucia ciudad industrial de Gary, Indiana, hay una pequeña casa de ladrillos revestidos de aluminio, con dos dormitorios y un baño. La propiedad, situada en el número 2.300 de Jackson Street, tiene unos treinta metros de profundidad y quince de ancho. No tiene garaje, jardín ni césped. Gruesas columnas de humo se elevan desde las fábricas de los alrededores impregnando la atmósfera de tal modo que, inevitablemente, quien respira ese aire siente un poco de náuseas. Joseph y Katherine Jackson, los padres de Michael, compraron esa casa en 1950 por 8.500 dólares, con un pago inicial de 500 dólares.

Fue en ese lugar, un vecindario habitado por negros, donde Michael Jackson vivió cuando era niño, con sus padres y sus hermanos Maureen, Jackie, Tito, Jermaine, LaToya, Marlon, Janet y Randy.

Como muchos padres, Joseph y Katherine querían que sus hijos triunfaran. A comienzos de los años cincuenta, ellos apenas tenían una casa con dos dormitorios y un baño para once personas. Compraban ropa y zapatos de segunda mano. Esperaban que cuando los niños terminaran la escuela pudieran conseguir un trabajo fijo, tal vez en una fábrica, si no surgía algo mejor.

Sin embargo, cuando el señor y la señora Jackson descubrieron que algunos de sus hijos tenían talento musical, sus ilusiones se ampliaron: decidieron que, con sus sorprendentes habilidades para la música y la danza, los niños ganarían concursos y serían «descubiertos».

En cuanto la prole grabó sus primeros discos, las expectativas de los padres se tornaron más ambiciosas: una espaciosa residencia en California con criados a su entera disposición. Coches de lujo para todos. Trajes con chaleco, anillos de diamantes y gran poder para Joseph. Abrigos de visón, joyas y una vida social más rumbosa para Katherine. Fantasearon con lanzarse a la televisión y ver a sus célebres hijos presentando sus grandes éxitos ante un mundo entusiasta. Como resultado de la fama de los muchachos, toda la familia sería reconocida, solicitada. Les pedirían que posaran para fotos y firmaran autógrafos. Todos ellos serían estrellas. Vivirían en un mundo extraordinario, sin preocupaciones. Todo estaría solucionado, en manos de su buena fortuna.

¿Era pedir demasiado? Por cierto, en ese momento parecía una buena idea. No obstante, como dice el proverbio, hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede hacerse realidad.

 

Joseph y Catherine

Joseph Walter Jackson nació el 26 de julio de 1929 en Fountain Hill, Arkansas. Hijo de Samuel y de Chrystal Jackson, era el mayor de cinco hijos. Una de sus hermanas, Verna, falleció a los siete años. Samuel, maestro de escuela, era un hombre estricto e inflexible, que educó a sus hijos con mano de hierro. No les permitía relacionarse con amigos fuera de casa. «La Biblia dice que las malas amistades echan a perder a la juventud», sostenía Chrystal.

Un pariente recuerda que «Samuel Jackson amaba a su familia, pero era reservado y no era fácil acercarse a él. Pocas veces demostraba afecto a su familia. La gente lo malinterpretaba, creía que no tenía sentimientos. Los tenía, era sensible, pero no sabía cómo manejar esa sensibilidad. Joseph se parecería mucho a su padre, en más de un aspecto».

Samuel y Chrystal se divorciaron cuando Joseph era un adolescente. Sam se mudó a Oakland, llevándose consigo a Joseph, mientras que Chrystal se trasladó con los demás hijos a East Chicago. Cuando Samuel se casó por tercera vez, Joseph decidió irse a Indiana con su madre y sus hermanos. Abandonó la escuela en el undécimo grado y se convirtió en boxeador en el Golden Gloves. Poco después conoció a Katherine Esther Scruse en una fiesta de su vecindario. Ella era una mujer menuda y bonita, y Joseph se sintió atraído por su personalidad afable y su cálida sonrisa.

Katherine había llegado al mundo el 4 de mayo de 1930 y había sido bautizada Kattie B. Scruse en homenaje a una tía de la rama paterna. (Cuando era pequeña, la llamaban Kate o Katie, y aún en la actualidad los más allegados la llaman así). Kattie era hija de Prince Albert Scruse y de Martha Upshaw. Había nacido en Barbour County —a pocos kilómetros de Russell County, Alabama, una zona rural donde habían vivido varias generaciones de su familia— cuando sus padres llevaban un año de casados. Luego, en 1931, tendrían otra hija, Hattie.

Prince Scruse trabajó para el Seminole Railroad y también como productor de algodón en un campo arrendado, al igual que el abuelo de Katherine, y también el bisabuelo, Kendall Brown, quien cantaba todos los domingos en una iglesia de Russell County y había adquirido renombre por su voz. Alguna vez había sido esclavo de la familia Scruse de Alabama, cuyo apellido finalmente adoptó.

Katherine recordaría más tarde: «La gente me decía que cuando las ventanas de la iglesia estaban abiertas, la voz de mi bisabuelo resonaba en todo el valle, por encima de cualquier otra. Entonces, me dije, que posiblemente lo lleváramos en la sangre».

Cuando tenía dieciocho meses, Katherine contrajo poliomielitis, o parálisis infantil, como se la denominaba por aquel entonces. Aún no existía una vacuna contra la enfermedad, y muchos niños —como Verna, la hermana de Joseph— morían o quedaban gravemente lisiados a causa de ella.

En 1934, Prince Scruse se mudó con su familia a East Chicago, Indiana, en busca de un empleo fijo. Trabajó en una fundición de acero y luego fue maletero en el ferrocarril central de Illinois. En menos de un año, Prince y Martha se divorciaron; Martha se quedó en East Chicago con sus hijas pequeñas.

A raíz de la poliomielitis, Katherine se volvió una niña tímida e introvertida, que con frecuencia era blanco de las burlas de sus compañeros de escuela. Su vida transcurría entrando y saliendo de los hospitales. No pudo terminar la escuela secundaria y más tarde obtuvo su título asistiendo a cursos para adultos. Utilizó muletas y otros aparatos hasta los dieciséis años. Aún hoy cojea al caminar.

Sus recuerdos positivos de la infancia se relacionan con la música. Ella y su hermana, Hattie, crecieron escuchando programas de música country en la radio y admirando a estrellas como Hank Williams y Ernest Tubbs. Fueron integrantes de la banda de la escuela primaria, de la orquesta de la escuela secundaria y del coro. Katherine, que también cantaba en la iglesia bautista, soñaba con hacer una carrera en el mundo del espectáculo, primero como actriz y luego como vocalista.

Katherine se enamoró de Joseph en cuanto lo vio. Él estaba casado pero su matrimonio sólo duró un año. Después del divorcio, Katherine comenzó a salir con Joseph y poco después se comprometieron. Ella estaba fascinada, cautivada por su carisma, seducida por su encanto, su belleza y su poder. Él era un hombre dominante y ella se sintió protegida. Disfrutaba de sus historias, le hacían gracia sus bromas. Sus ojos eran grandes, muy separados y de un color avellana, casi dorado, que ella jamás había visto. Cada vez que lo miraba a los ojos, según ella misma comentaba, se sentía embelesada, y eso la hacía feliz. Como ella misma dice: «Estaba loca de amor».

Katie y Joseph eran opuestos en muchos aspectos. Ella era suave. Él era rudo. Ella era razonable: él, explosivo. Ella era romántica. Joseph era pragmático. Sin embargo, había química entre ellos.

Los dos sentían pasión por la música: él tocaba blues con su guitarra; ella era una fan de la música country que tocaba el clarinete y el piano. Durante su noviazgo, en las frías noches de invierno, se acurrucaban para cantar villancicos de Navidad. A menudo lo hacían a coro, armonizando la voz de Joseph con el hermoso timbre de soprano de Katherine.

Michael Jackson siempre sintió que había heredado de su madre la habilidad para el canto. Recordaba que siendo muy pequeño, Katherine lo sostenía en sus brazos mientras cantaba temas como «You Are My Sunshine» y «Cotton Fields».

Joseph, de veinte años, y Katherine, de diecinueve, se casaron ante un juez de paz el 5 de noviembre de 1949, en Crown Point, Indiana, después de seis meses de noviazgo.

Katherine había padecido el divorcio de sus padres y el hecho de haber crecido en un hogar de padres separados. En consecuencia, se prometió que cuando encontrara marido permanecería a su lado en cualquier circunstancia. Pero Joseph no parecía ser motivo de preocupación: la trataba con respeto y le demostraba total consideración. Ella disfrutaba de su compañía; nadie la había hecho reír tanto. Y, lo más importante, había un formidable vínculo sexual entre ellos. Estaban enamorados, eran compatibles e hicieron que todo funcionara bien.

Los recién casados se instalaron en Gary, Indiana. Su primera hija, Maureen, apodada Rebbie, nació el 29 de mayo de 1950. El resto de la prole llegó en una rápida sucesión. El 4 de mayo de 1951, el mismo día en que Katherine cumplió veintiún años, dio a luz a Sigmund Esco, apodado Jackie. Dos años más tarde, el 15 de octubre de 1953, nació Tariano Adaryl, al que apodaron Tito. Luego vino Jermaine LaJuane, el 11 de diciembre de 1954; LaToya Yvonne, el 29 de mayo de 1956; Marlon David, el 12 de marzo de 1957 (fue uno de dos mellizos prematuros; el primero, Brandon, falleció veinticuatro horas después de nacer); Michael Joseph, el 29 de agosto de 1958 («con una cabeza rara, grandes ojos marrones y largas manos», dijo su madre); Steven Randall, el 29 de octubre de 1961, y por último Janet Dameta, el 16 de mayo de 1966.

 

Los primeros tiempos

Hablemos de la época remota en que los once miembros de la familia Jackson vivían hacinados en el número 2.300 de Jackson Street. «Dando cinco pasos desde la puerta de entrada se llegaba al final de la casa. No era más grande que un garaje», solía decir Michael.

Katherine y Joseph compartían una habitación con una cama doble. Los muchachos dormían en la otra, en una litera triple. Tito y Jermaine compartían la cama de arriba; Marlon y Michael, la del medio; y Jackie ocupaba sola la de abajo. Las tres niñas dormían en un sofá cama en la sala de estar. Cuando nació Randy, durmió en otro sillón. En los meses más crudos del invierno, la familia se apiñaba en la cocina frente al horno abierto.

«Todos teníamos tareas. Siempre había algo que hacer: fregar los suelos, limpiar los cristales de las ventanas, cuidar el jardín —recordaba Jermaine con una sonrisa—. Después de comer, Tito lavaba los platos. Yo los secaba. Los cuatro mayores (Rebbie, Jackie, Tito, y yo) planchábamos la ropa y no podíamos salir hasta que terminábamos. Mis padres creían en el valor del trabajo. Desde pequeños conocimos la satisfacción de la tarea realizada».

Joseph trabajaba como operador de grúa de Inland Steel, en East Chicago, desde las cuatro de la tarde hasta medianoche. Michael recordaba que su padre regresaba a casa con una gran bolsa de rosquillas glaseadas para todos. «Era un trabajo duro pero fijo, por eso no me podía quejar», decía Joseph. Sin embargo, el dinero nunca era suficiente. Aunque a menudo trabajaba horas extras como soldador, Joseph raramente ganaba más de sesenta y cinco dólares a la semana. La familia aprendió a vivir con esa suma. Katherine cosía la ropa para sus hijos o compraba en la tienda del Ejército de Salvación. Comían platos sencillos: huevos con tocino en el desayuno; sándwiches de salchichón y huevo, y a veces sopa de tomate en el almuerzo; pescado y arroz en la cena. A Katherine le encantaba preparar pasteles de melocotón y de manzana para el postre.

Son pocas las fotos de los niños Jackson en la escuela, porque posaban para ellas pero no podían comprarlas. Durante los cinco primeros años en Jackson Street, la familia no tuvo teléfono. Cuando tenía cuatro años, Jermaine enfermó de nefritis, una inflamación de los riñones, y estuvo hospitalizado tres semanas. Fue un duro golpe, tanto económico como emocional, para Katherine y Joseph.

Si Joseph se quedaba sin empleo, trabajaba cosechando patatas. Durante esos períodos la familia se atiborraba de patatas, hervidas, horneadas o fritas.

«Yo no estaba satisfecho. Algo en mi interior me decía que había algo mejor que eso en la vida. Lo que realmente deseaba, más que cualquier otra cosa, era encontrar una manera de entrar en el mundo de la música», recuerda Joseph Jackson. Él, su hermano Luther y otros tres integrantes formaron The Falcons, una banda de rhythm and blues que actuando en pequeños clubs y bares proporcionó un ingreso extra a las respectivas familias. Los tres hijos mayores de Joseph —Jackie, Tito y Jermaine— estaban fascinados con la música de su padre y presenciaban los ensayos en la casa. (Michael no tenía recuerdos de The Falcons).

The Falcons no tuvo éxito comercial. Cuando la banda se disolvió, Joseph guardó su guitarra en el armario de su dormitorio. Ese instrumento era el único vestigio de un sueño postergado y no quería que ninguno de sus hijos la tocara. Michael se refería al armario como a un lugar sagrado. De vez en cuando, Katherine sacaba la guitarra y tocaba para los niños. Todos la rodeaban en la sala y cantaban juntos canciones country como «Wabash Cannonball» y «The Great Speckled Bird».

Disuelto el grupo, Joseph no sabía qué hacer de su vida. Por aquel entonces, mientras trabajaba por la tarde en Inland Steel y por la mañana en American Foundries, tenía claro que ambicionaba mucho más para sí mismo y para su familia. Comenzaban los años sesenta y «todos nuestros conocidos integraban algún grupo musical —comentó Jackie—. Había que ser parte de algún grupo. Entre las pandillas y los grupos musicales, yo elegía un grupo musical. Pero, como nos prohibían estar con otros chicos, empezamos a cantar en casa. Nuestro televisor se rompió y mamá comenzó a hacernos cantar juntos. Y cuando nuestro padre se iba a trabajar, nosotros nos metíamos en su cuarto y sacábamos la guitarra».

«Yo tocaba —continuó Tito—. Y junto a Jackie, Jermaine cantaba y aprendía nuevas canciones. Un día nuestra madre entró en la habitación. Quedamos paralizados. “Nos atraparon”, pensamos, pero ella no dijo nada. Nos dejó tocar».

«No quise detenerlos porque vi que allí había mucho talento», explicaría Katherine más tarde.

Las cosas continuaron así durante unos meses, hasta que un día Tito rompió una cuerda de la guitarra. «Sabía que íbamos a tener problemas —recordaba Tito—. Todos tendríamos problemas. Nuestro padre era estricto y nosotros le teníamos miedo. Entonces, volví a dejar la guitarra en el armario y esperé que no se diera cuenta de lo que había pasado. Pero lo descubrió, y me llamó dando gritos. Aunque mi madre mintió y dijo que ella me había dado permiso para tocar la guitarra, me hizo pedazos». Cuando Tito cuenta la historia, balbucea, tiene dificultad para hablar. Aun cuando han pasado muchos años, todavía se puede percibir su inquietud. «Ella sólo quería evitar que me azotara, como ya había sucedido otras veces», dijo con tristeza.

«Después, cuando Joseph se calmó, entró en la habitación. Yo todavía estaba llorando sobre la cama. Y le dije: “Tú sabes que yo sé tocar. De verdad sé hacerlo”. Me miró y dijo: “De acuerdo, muéstrame qué puedes hacer, chico listo”. Y entonces toqué. Jermaine y Jackie cantaron un poco. Joseph estaba asombrado. No tenía idea de lo que podíamos hacer, era un gran secreto y nos habíamos esforzado para que él no se enterara porque le teníamos mucho miedo».

Más tarde, Joseph comentó que cuando sus hijos le revelaron su talento, sintió una súbita oleada de entusiasmo. «Decidí que dejaría que ellos hicieran música —me dijo muchos años después—. Tuve una visión: imaginé a esos chicos haciendo felices a los espectadores al compartir con ellos su talento, que tal vez habían heredado de mí. Sólo quería que fueran alguien. Es todo lo que quería», agregó, aparentemente emocionado por sus propias palabras mientras recordaba.

Al día siguiente, Joseph fue a trabajar y esa noche volvió a casa cargando algo en la espalda. Llamó a Tito y le entregó el paquete: era una guitarra eléctrica roja. «Ahora, a ensayar, muchachos», dijo Joseph con una amplia sonrisa. A continuación reunió a sus tres hijos —Jackie, Tito y Jermaine, de nueve, siete y seis años, respectivamente— y ensayaron.

«Nunca nos habíamos sentido tan unidos —recordaba Tito—. Finalmente habíamos encontrado algo en común. Marlon y Mike se sentaban en el rincón y miraban. Nuestra madre nos daba algunos consejos. Me di cuenta de que mi madre y mi padre se sentían felices. Todos nos sentíamos felices. Habíamos encontrado algo especial».

 

En los años sesenta, Gary era una ciudad hostil y el barrio de los Jackson podía ser un lugar peligroso para los más jóvenes. Katherine y Joseph temían constantemente que alguno de sus hijos se hiciera daño en las calles. En palabras de Jackie: «Nuestros padres siempre nos protegieron. Nunca nos permitieron divertirnos en las calles como los demás niños. Teníamos un horario estricto para volver a casa. Sólo podíamos jugar con otros niños de nuestra edad cuando estábamos en la escuela. Nos gustaba la faceta social de la escuela».

Katherine Jackson, que ejerció gran influencia en la vida de sus hijos, les transmitió un profundo y obediente respeto por algunas convicciones religiosas. Había sido bautista y luego, luterana; pero se apartó de ambas religiones por la misma razón: descubrió que los pastores tenían aventuras extramaritales. Cuando Michael cumplió cinco años, Katherine se convirtió en testigo de Jehová, y comenzó a llamar a las puertas de las casas para predicar su fe. Fue bautizada en 1963 en la piscina de Roosevelt High, en Gary. Desde ese momento, cada domingo la familia debía vestir sus mejores ropas y acompañarla a Kingdom Hall, su lugar de culto. Joseph, que había sido criado como luterano, lo hizo un par de veces para contentarla, pero dejó de ir cuando los niños aún eran pequeños porque, como explicó Marlon, «era muy aburrido». Con el paso del tiempo, Michael, LaToya y Rebbie serían los más devotos.

Si su madre hubiera abrazado otra religión, tal vez Michael Jackson habría evolucionado de forma totalmente diferente. Los testigos de Jehová están tan lejos de la corriente dominante en el protestantismo que, especialmente en los años cincuenta y sesenta, se los consideraba una secta. Sin importar dónde viva, ningún testigo de Jehová honra a la bandera (creen que hacerlo es una demostración de idolatría) ni se incorpora al ejército (cada uno de ellos se considera pastor, y, por lo tanto, está exento de hacerlo). No celebran la Navidad, la Pascua, ni los cumpleaños. Normalmente no aportan dinero a ningún grupo más que a su propia Iglesia, porque consideran que el acto más valioso y más caritativo consiste en predicar el Evangelio. De vez en cuando los testigos de Jehová aparecen en las noticias porque se niegan a recibir transfusiones de sangre y también impiden que las reciban sus hijos, sin importar la gravedad de su estado.

En lo que se refiere estrictamente a las enseñanzas, los testigos de Jehová se consideran a sí mismos como el cordero; cualquier otra persona es una cabra. Cuando se librara la gran batalla de Armagedón —se esperaba que sucediera en 1972 y luego en 1975— todas las cabras serían destruidas, pero el cordero no sufriría daño alguno. Luego, los corderos resucitarían a la vida en la tierra como súbditos del Reino de Dios. Serían gobernados por Cristo y un selecto grupo de 144.000 testigos vivirían en el cielo a la vera del Señor. Al cabo de mil años, Satanás reaparecería para tentar a los que estuvieran en la tierra. Los que sucumbieran a sus artimañas serían destruidos de inmediato. Los demás vivirían idílicamente. Por supuesto, como todos los que se adhieren a creencias religiosas, algunos testigos son más inflexibles en cuanto a estas enseñanzas que otros.

Se calcula que entre el 20 y el 30 por ciento de sus miembros son negros. Los testigos son juzgados sólo por sus buenas acciones —su devoción o la difusión de su fe— y no por los automóviles nuevos, las grandes casas, la ropa cara y otros símbolos de estatus. A causa de su devoción por los testigos de Jehová, Katherine estaba satisfecha con lo que tenía en Gary, Indiana. Disfrutaba de su vida y tenía pocos conflictos, excepto la preocupación de que la ciudad no ofreciera nada más prometedor para el futuro de sus hijos que un puesto en una fábrica para los muchachos y la vida doméstica para las niñas. ¿Era eso tan malo? Joseph le decía que sí, decididamente sí. Algunas veces ella estaba de acuerdo. Otras, no sabía qué pensar.

Todos los días, durante al menos tres horas, los muchachos ensayaban, quisieran o no, ya que Joseph tenía la idea fija de sacar a la familia de Gary.

«Cuando descubrí que mis hijos estaban interesados en ser parte del mundo del espectáculo, realmente me puse a trabajar con ellos —diría Joseph Jackson a la revista Time—, Mientras los demás chicos estaban en la calle jugando, mis muchachos estaban en casa trabajando, tratando de aprender cómo ser alguien en la vida, cómo hacer algo con su vida».

Si bien la música unió a la familia Jackson, también sirvió para distanciarla de todos los miembros de su vecindario. «Si la gente pensaba que nosotros éramos extraños a causa de nuestra religión, ya no tuvo dudas. “Sí, miren a los Jackson. Creen que son especiales”. Los demás chicos solían pasar el tiempo en las esquinas y cantando con sus grupos. Pero a nosotros no nos dejaban hacerlo. Teníamos que ensayar en casa. Entonces, ellos pensaban que nosotros nos creíamos demasiado buenos para cantar en la esquina», recordó Jackie.

Los ensayos se realizaban dos veces al día, antes y después de la escuela, aun cuando los demás del vecindario pensaran que los Jackson estaban perdiendo el tiempo. Mientras ellos ensayaban, por las ventanas abiertas se filtraban las burlas que llegaban desde afuera: «¡Vosotros no sois nada, Jacksons!», y llegaban las piedras lanzadas hacia la sala, pero eso los hermanos lo ignoraban y se concentraban en sus sesiones de práctica.

Hacia 1962, Marlon, de cinco años, se unió al grupo. Tocaba el bongo y cantaba, en general desafinando. Aunque Marlon no sabía cantar ni bailar, lo admitieron en el grupo porque Katherine les obligó. Un día, mientras los muchachos ensayaban, Katherine observó que Michael —tenía cuatro años— comenzaba a imitar a Jermaine, que cantaba una canción de James Brown. Su voz sonaba tan firme y pura que Katherine se sorprendió. Apenas Joseph regresó a casa, lo recibió en la puerta con una buena noticia: «Creo que tenemos otro cantante solista».

Joseph pega a Michael

Michael Jackson se refirió muchas veces a los abusos que sufrió por parte de su padre. Cuando en 2003 concedió su controvertida entrevista a Martin Bashir, las lágrimas acudieron rápidamente a sus ojos al recordar la manera en que lo había tratado. «Era algo muy malo, realmente malo», dijo, refiriéndose a las palizas. Era verdaderamente penoso ver a Michael remontarse a la época en que vivía en Gary y su padre le pegaba. Resultaba evidente que tantos años después aún seguía traumatizado por ese tramo de su infancia.

El pequeño Michael era un niño fascinante. «Desde muy pequeño Michael me pareció diferente al resto de los niños —afirmaba Katherine y explicaba—: Como sabes, los movimientos de los niños son muy descoordinados. Michael nunca tuvo ese tipo de movimientos. Cuando bailaba, parecía una persona más grande. No creo en la reencarnación, pero…».

Michael siempre fue precoz. Su madre recordaba que al año y medio sostenía solo el biberón y bailaba al ritmo de la lavadora. Su abuela, Chrystal Johnson (el apellido de casada que tuvo más tarde), recordaba que comenzó a cantar cuando tenía alrededor de tres años. «¡Y qué hermosa voz tenía! Ya entonces era una dicha escucharlo», decía con entusiasmo.

Michael era un niño demasiado sensible para soportar los maltratos que recibía de su padre. Por otra parte, corría rápido y estaba decidido a evitar altercados con Joseph. Según decía Tito, Michael era «tan rápido que cuando mi madre o mi padre intentaban pegarle, lograba huir y ellos terminaban pegándole al aire».

Joseph creía en el valor y el efecto de la fuerza bruta como herramienta para disciplinar. «En esta vida eres un ganador o eres un perdedor. Y ninguno de mis hijos va a ser un perdedor», solía decir. Para asegurarse de que así fuera, sin dudar propinaba bofetadas a sus hijos con el propósito de que no se desviaran de la senda de los «ganadores». Arrojarlos contra las paredes no era una conducta poco frecuente en él, especialmente con los varones. Michael era el único que intentaba defenderse cuando su padre lo provocaba. Una vez, cuando tenía apenas tres años, Joseph le pegó por algo que había hecho. Llorando, Michael tomó uno de sus zapatos y se lo lanzó a su padre. Joseph se apartó y el zapato no llegó a golpearlo.

—¿Estás loco? Acabas de firmar tu sentencia de muerte. ¡Ven aquí ya mismo! — le gritó Joseph. Según el relato de Marlon, cogió a Michael enfurecido y comenzó a darle puñetazos, uno tras otro, mientras lo sostenía boca abajo colgando de una pierna, pegándole en la espalda y en las nalgas. Michael comenzó a llorar y a gritar tan fuerte que parecía pedir auxilio a todo el vecindario.

Katherine le gritó:

—Déjalo, Joseph. ¡Vas a matarlo!

Cuando Joseph finalmente lo liberó, el niño corrió a su habitación, sollozando, y le dijo:

—Te odio. —Esas palabras fueron un desafío para Joseph. Siguió a Michael a la habitación, cerró la puerta de un portazo y le dio su merecido.

«Una vez, Joseph encerró a Michael en un armario durante horas. Fue algo traumático, horrible para él», contó un amigo de la familia Jackson. Katherine no lograba resignarse a la manera en que su esposo trataba a sus hijos. ¿Cómo un hombre dulce, capaz de besarle las yemas de los dedos en un momento romántico, podía cambiar tanto y pegar a sus hijos? Esa conducta era sencillamente incomprensible para una mujer devota como ella. Sin embargo, no sabía qué hacer. Amaba y temía a su marido en la misma medida. Algunas veces le decía lo que pensaba, pero le costaba hacerlo.

En realidad, Katherine también había sido víctima de la furia de Joseph. Cuando Rebbie era bebé, Joseph estaba muy nervioso por la falta de sueño y la carga de trabajo. Un día volvió a casa y encontró a la niña llorando mientras Katherine estaba fuera, hablando con una vecina. Salió corriendo a buscarla. «La niña está llorando a gritos», vociferó. Ella regresó de inmediato y, según recordaba, le dijo: «Lo siento, Joseph. No sabía que se había despertado». Joseph dio media vuelta y le pegó un bofetón. «La mejilla me quedó entumecida», comentaba Katherine. Pero ella reaccionó con una brusca y repentina furia. Tomó un calentador de biberones de cerámica y se lo lanzó con todas sus fuerzas. El calentador le golpeó en el antebrazo y se hizo trizas, produciéndole un corte profundo. La sangre salía a borbotones de la herida mientras discutían a gritos. «No vuelvas a pegarme o te abandonaré antes de que puedas darte cuenta», le advirtió. Katherine aseguraba que fue la primera y la última vez que Joseph le pegó. Todo indica que dirigió su violencia hacia sus hijos.

En una ocasión, Michael tenía cinco años, al entrar en su habitación Joseph le hizo una zancadilla y él cayó al suelo, ensangrentado.

—Esto es por lo que hiciste ayer. Y mañana te daré tu merecido por lo que hagas hoy —le dijo—. Él comenzó a llorar.

—Pero si aún no he hecho nada —protestó, bañado en lágrimas.

—Pero lo harás, muchacho. Lo harás —le respondió su padre.

Desde entonces cada vez que el pequeño Michael entraba en una habitación miraba a derecha e izquierda, como si estuviera cruzando la calle, para protegerse de su padre. ¿Cómo hace un muchachito para sobrellevar ese temor? «¡Comencé a tener tanto miedo de ese hombre…! De hecho, me pregunto si no corro peligro al decir que lo odiaba», confesó más tarde.

Michael recordaba que su padre «siempre fue un misterio para mí» y él lo sabía. Una de las cosas que más lamentaba era no haber podido acercarse verdaderamente a él. En realidad, ninguno de los hijos de los Jackson logró «un verdadero acercamiento» a Joseph, que no se mostraba para nada afectuoso con ellos. Algunas veces llevaba a sus hijos a acampar y a pescar los fines de semana o les enseñaba a boxear para defenderse, pero nunca dedicó demasiada atención a sus hijas. (Cuando era pequeña, a Janet le gustaba meterse en la cama de sus padres, pero tenía que esperar a que Joseph se durmiera).

En ciertos aspectos, la manera en que Joseph criaba a sus hijos era, cuando menos, poco convencional. Si los chicos dejaban abierta la ventana de su habitación por la noche, él se ponía una máscara terrorífica, entraba y les gritaba con toda la fuerza de sus pulmones. Los más pequeños empezaban a llorar y a agitarse, casi muertos de miedo. ¿Por qué un padre desearía provocar a sus hijos semejante trauma? Joseph explicaba que trataba de demostrarles que no debían dejar las ventanas abiertas por la noche: un ladrón podía entrar en la casa. Muchos años después, Michael y Marlon seguían teniendo pesadillas en las que eran secuestrados de sus dormitorios.

Cuando Michael creció, se alejó de Joseph tanto como pudo y se aferró a su madre, a quien adoraba, como si su vida misma dependiera de ello (tal vez así era).

—Aun teniendo nueve hijos, ella trataba a cada uno como a un hijo único — recordaba en 1991, durante una conversación con el autor de este libro—. Después de haber conocido la dulzura, la calidez y el cuidado de Katherine, no puedo imaginar cómo es posible crecer sin el amor de una madre. —Irónica afirmación, teniendo en cuenta que sus dos hijos se criaron sin su madre, Debbie Rowe—. Todo lo que ella nos enseñó tiene un valor Incalculable. La bondad, el amor y la consideración hacia los demás encabezan la lista.

—¿Y qué puedes decir de Joseph? —le pregunté.

—Yo solía vomitar cuando me acordaba de él —recordó sucintamente Michael.

En 2003, le dijo a Martin Bashir que Joseph tenía los ojos azules. Era evidente que no había mirado a su padre a los ojos en mucho tiempo: son color avellana.

 

Escalar montañas

En 1963, cuando tenía cinco años, Michael Jackson comenzó a asistir a la Garnett Elementary School. Katherine ha dicho que era sumamente generoso, tanto que solía coger joyas de su joyero para dárselas a sus maestras como muestra de su afecto hacia ellas. Dado que era un chico terco, siguió haciéndolo aunque su madre le regañara por regalar sus pertenencias.

Uno de los primeros recuerdos de Michael se remonta a una representación que hizo a los cinco años, en la que cantó a capela para su clase «Climb Ev’ry Mountain», de la película Sonrisas y lágrimas. Los demás niños estaban tan impresionados por su confianza en sí mismo como por su talento. El público lo ovacionó de pie. La maestra comenzó a sollozar de emoción. Katherine asistió a la actuación con el padre de Joseph, Samuel, que a pesar de no ser precisamente un hombre sentimental, se conmovió hasta las lágrimas por la melodiosa interpretación de Michael. «No sé de dónde lo sacó —comentaba Katherine acerca del talento de Michael para el canto—. Tan pequeño y ya era tan bueno… Algunos niños son especiales. Michael era especial».

A los cinco años, Michael tenía mucha más energía y carisma que Jackie, que por aquel entonces tenía doce años, y se transformó en el «líder». Algo perfecto para Michael, que disfrutaba al ser el centro de atención. Jermaine se sintió herido. Había sido el cantante del grupo y de pronto, al parecer, ya no era suficientemente bueno. Algunos miembros de la familia sostenían que una de las razones por las que tartamudeaba cuando era niño era la falta de confianza en sí mismo. Aunque Jermaine tuvo que apoyar la decisión de la familia, ya que era obvio que Michael era un artista nato, siempre pareció competir con Michael, especialmente en la edad adulta, y en más de una ocasión trató de superarlo.

«Se convirtió en un pequeño gran imitador —recordaría Jermaine sobre Michael —. Apenas veía algo (otro niño bailando, o tal vez a James Brown en la televisión), lo aprendía de memoria y luego sabía exactamente cómo hacerlo. Además, le gustaba mucho bailar. Marlon era bueno bailando, tal vez mejor que Mike. Pero a Mike le gustaba más. Siempre estaba bailando por toda la casa. Solíamos verlo bailar mirándose en el espejo. Practicaba solo y luego venía y nos mostraba el nuevo paso. Entonces lo incorporábamos al espectáculo. Michael comenzó a ocuparse de la coreografía de nuestro espectáculo».

«Por fin llegó el momento de presentarnos a un concurso de talentos. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer —decía Michael—. Todos los chicos de nuestra calle querían presentarse y ganar el premio. Yo tenía alrededor de seis años, y ya había comprendido que nadie te regala nada. Tienes que conseguirlo tú mismo. Como decía Smokey Robinson en uno de sus temas, “tienes que ganártelo”. Nos presentamos al concurso de talentos de Roosevelt High School, en Gary. Cantamos “My Girl”, una canción de The Temptations, y ganamos el primer premio».

Los muchachos también interpretaron «Barefootin», el éxito de Robert Parker. Durante una pausa musical, en medio de la canción, el pequeño Michael se quitó los zapatos y comenzó a bailar descalzo por todo el escenario, para gran deleite de la muchedumbre.

«Después de eso comenzamos a ganar todos los concursos de talentos a los que nos presentábamos. Pasábamos, naturalmente, de una cosa a la otra, cada vez más, más y más. La casa se llenó de trofeos, mi padre se sintió muy orgulloso. Tal vez aquella época en Gary, cuando ganamos todos esos concursos, fue el momento en que vi más felices a mis padres. Creo que nunca la familia estuvo tan unida como al comienzo, cuando no teníamos nada más que nuestro talento», relató Michael.

En 1965, Joseph ganaba unos ocho mil dólares al año con su empleo de tiempo completo en la fábrica. Katherine, por su parte, trabajaba media jornada como vendedora en Sears. Cuando Joseph quiso invertir más dinero en el grupo, para comprar equipo musical, amplificadores, micrófonos, ella comenzó a preocuparse.

«Tenía miedo de que estuviéramos precipitándonos», recordaría ella más tarde.

El matrimonio tuvo fuertes discusiones sobre la cuestión económica. Alguna vez, Joseph defendió ante mí su posición: «Vi el enorme potencial de mis hijos y tiré la casa por la ventana. Invertí un montón de dinero en instrumentos, y era dinero que no teníamos. Mi mujer y yo tuvimos acaloradas discusiones sobre ese “despilfarro”, como ella lo llamaba. Gritaba que el dinero debía utilizarse para comprar comida en lugar de guitarras y baterías. Pero yo era el cabeza de familia y lo que decía era la última palabra. Logré imponer mi opinión. Los negros estábamos acostumbrados a luchar y apañarnos para ganarnos la vida. No era nada nuevo para mí, ni para ninguno de nosotros. Salí adelante en la vida con mucho esfuerzo. Mis hijos sabían ahorrar, no tenían otra posibilidad. Hacíamos que el dinero alcanzara comiendo cosas como tripas de cerdo y hojas de col. Yo les decía que era la comida tradicional de los negros del sur de Estados Unidos y que era bueno comerla para tocar música soul. Estábamos tratando de progresar, no estaba dispuesto a permitir que nada nos detuviera».

Joseph y Katherine siempre lograban superar sus peleas. Después del griterío, Joseph se inclinaba hacia ella y la besaba suavemente en los labios. Podía ser sorprendentemente delicado. Más tarde, ella diría que temblaba cada vez que iniciaba un acercamiento romántico; él siempre zanjaba las controversias con ella de ese modo. «Joseph me convenció de que valía la pena hacer ese esfuerzo por los niños. Nunca alguien creyó tanto en sus hijos como mi marido creía en estos muchachos. “Gastaría hasta mi último céntimo en estos chicos si fuera necesario”, solía decirme».

Pronto Joseph llevó a sus hijos a competir en los concursos de búsqueda de talentos de Chicago. Era una ciudad muy animada, con la sensacional música soul de los años sesenta y desbordante de talentos como Curtis Mayfield, The Impressions, Jerry Butler y Major Lance. Tal vez Joseph no fuera un showman, pero ciertamente conocía el mundo del espectáculo y enseñó a sus hijos todo lo que había aprendido — por experiencia, observación e instinto— sobre la manera de comportarse en el escenario y ganarse al público.

«Era increíble, siempre acertaba en todo. Fue el mejor maestro que tuvimos — dijo alguna vez Michael—. Sin embargo, no hacía que fuera divertido: “No lo estás haciendo bien; tienes que hacerlo de este modo”, me decía. Y luego me pegaba. Me hacía sufrir. Después decía: “Hacedlo como Michael”, y me ponía de ejemplo.

»Yo detestaba eso. No quería ser un ejemplo, no quería sobresalir. Mis hermanos me miraban con resentimiento porque no podían hacerlo como yo. Era horrible, y Joseph lo hacía invariablemente. Pero mi padre también era brillante. Me enseñó a moverme en el escenario, a manejar el micrófono, a hacer gestos, y todo lo demás. Yo estaba siempre hecho pedazos: por un lado, él era ese hombre horrible, y por otro, un mánager increíble».

El grupo hizo su primera presentación pagada en Mr Lucky’s, un club nocturno de Gary, a cambio de aproximadamente siete dólares. A partir de entonces, los muchachos comenzaron a tocar en otros clubs donde los clientes les lanzaban monedas y billetes al escenario. «Mis bolsillos estaban a punto de romperse con tanto dinero —me dijo una vez Michael—. Después de la presentación, compraba golosinas a montones para mí y para los demás».

Algunos chicos del barrio que eran músicos acompañaban a los Jackson de vez en cuando. En 1966, Johnny Porter Jackson (que no tenía parentesco con ellos) se sumó al grupo como batería estable. La familia de Johnny tenía buena relación con los Jackson, que por aquel entonces consideraban a Johnny como un primo. También se sumó un teclista, Ronny Rancifer. El grupo tocaba en clubs de Gary e incluso en Chicago; Michael tenía ocho años y era el cantante solista. Tito tocaba la guitarra. Jermaine, el bajo; Jackie, los shakers, y Johnny Jackson, la batería. Marlon hacía los coros y bailaba, aunque no era muy buen bailarín. (Sin embargo, se dedicó a la danza con tanto esfuerzo y perseverancia que terminó rivalizando con Michael).

Después de un extenuante fin de semana de actuaciones, a las cinco de la madrugada del lunes los Jackson llegaban en su Volkswagen al número 2.300 de Jackson Street. Joseph besaba a Katherine en la nariz con una sonrisa juvenil. «¿Cómo estás, Katie?», le preguntaba. Para ella, nada podía ser mejor que la expresión de su marido cuando todo había salido bien con los muchachos: era pura alegría. Sus hijos la abrazaban y luego se iban a dormir un par de horas, mientras Katherine vaciaba sus bolsas y les preparaba un formidable desayuno. Después, Joseph se iba al trabajo y los chicos, a la escuela.

Aunque estaba más que contenta por el éxito creciente de sus hijos, Katherine no estaba de acuerdo con el cambio de prioridades de la familia. De pronto, el énfasis no estaba puesto en hacer música para divertirse, sino para ganarse la vida. Le parecía que ganar dinero sólo servía para querer ganar más dinero. Sin embargo, como testigo de Jehová, Katherine valoraba las buenas acciones por encima del dinero. Por lo tanto, le preocupaba ver tan felices a sus hijos cuando, después de una actuación, volvían a casa con los bolsillos llenos de monedas. «Recordad que lo importante no es eso», les decía. Pero ¿cómo creerla, si ella misma los alentaba a ganar más concursos y, por lo tanto, más dinero?

Los Jackson 5 adquirieron su nombre en los alrededores, por cierto poco auspiciosos, de un centro comercial de Gary, Indiana. «Fue hablando con una chica, una modelo llamada Evelyn Leahy —me dijo una vez Joseph—. Los muchachos estaban actuando en el centro comercial y después del espectáculo ella me dijo: “Joseph, creo que los Jackson Brothers suena un poco anticuado, como los Mills Brothers. ¿Por qué no simplemente los Jackson 5?”. Me pareció un buen nombre, y de ahí en adelante los llamamos así».

Pronto el grupo comenzó a actuar en más clubs fuera de la ciudad los fines de semana. Joseph colocó en el Volkswagen de la familia un portaequipajes donde transportaba el equipo hasta el llamado circuito «chitlin» (de chitterling, que significa «tripas de cerdo»), teatros de dos mil butacas en el centro de ciudades como Cleveland, en Ohio, Baltimore, en Maryland y Washington D. C. Compartían el programa con otros artistas y todos se esmeraban por lograr la preferencia del público. Los grupos de cierta fama, como The Four Tops, alternaban con desconocidos como los Jackson 5. Los principiantes tenían así la oportunidad de aprender de los artistas más experimentados. Después de la actuación, los hermanos de Michael se iban, pero él se quedaba a mirar todo el programa. Quien quisiera encontrar a Michael, de apenas ocho años, sabía dónde: estaba entre bastidores, observando, estudiando y, como él mismo recordaba, «tomando nota de cada paso, cada movimiento, cada giro, cada vuelta, cada roce, cada emoción. Fue la mejor educación que tuve».

En poco tiempo, Michael comenzó a incorporar las mejores rutinas y recursos de cada artista. Por ejemplo, observaba atentamente a James Brown. (Diana Ross solía hacer lo mismo antes de que The Supremes llegaran a la fama. ¡Les robó a todos los de Motown Revue!).

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