Michael Jackson

J. Randy Taraborrelli · Capítulo 11 de 14 · parte 1/3

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Michael Jackson

Décima parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Michael se encuentra con los acusadores

Tras obtener de Jordie lo que creyó que era la verdad, Evan Chandler solicitó otro encuentro con Michael Jackson. Anthony Pellicano se las arregló para gestionarlo. La confrontación final entre el sobreprotector padre del adolescente y el hombre que según él había abusado de su hijo tendría lugar el 4 de agosto de 1993 en el Hotel Westwood Marquis. «Nada bueno puede salir de esto —dijo Michael—, pero tengo que ver a Jordie de alguna manera, así que hagámoslo».

A la hora señalada, Evan entró en la estancia, seguido de su hijo, que se veía ansioso. Tan pronto como Jordie vio a Jackson, corrió hacia él y lo abrazó. Se besaron en las mejillas.

—Dios mío, cómo te he extrañado —dijo Michael, visiblemente afectado. Acarició el cabello de Jordie y le preguntó—: ¿Cómo estás? ¿Estás bien? Dime que estás bien.

—Yo también te he extrañado —dijo Jordie—. No puedo creer lo que está ocurriendo. Sí, estoy bien —dijo—, pero debes saber que… —La voz del muchacho se quebró.

—¿Qué? —preguntó Michael—. ¿Qué debo saber? No Importa —decidió con un tono de voz seguro—. Lo vamos a solucionar, te lo prometo.

Evan se acercó a Michael y lo abrazó.

—Me alegro de verte, Michael —dijo Evan.

Michael miró fijamente a Evan con ojos oscuros y fríos. Bajo esas circunstancias era un extraño saludo de bienvenida por parte de Evan. Más tarde, Anthony Pellicano diría: «Si creyese que alguien ha abusado de mi hijo y consiguiera estar tan cerca de él, en ese momento, esa persona estaría condenada a muerte».

Permanecieron sentados, Anthony al lado de Michael, por un lado, y Jordie junto a su padre, por el otro.

Evan fue al grano de inmediato.

—Creo que la actitud de Michael hacia Jordie ha sido inapropiada —dijo—. De hecho, estoy seguro de que lo fue.

—¿De qué está hablando, Jordie? —preguntó Michael al muchacho.

Jordie se encontró con los ojos de Michael y asintió ligeramente, como si quisiera comunicarle un mensaje secreto. Michael lo miró con curiosidad.

Evan buscó algo en el bolsillo de su camisa, sacó un sobre y cogió el documento que estaba dentro. Era la evaluación psiquiátrica de la relación entre Michael y Jordie. Leyó en voz alta el último párrafo, que resumía el análisis:

«El menor está en peligro, ya sea que la relación continúe o finalice. El impacto que podría causar en el resto de los miembros de la familia del menor también debería ser considerado. Estas circunstancias crean la posibilidad de que exista negligencia hacia el menor, incluso hasta el extremo de la prostitución».

—¿Qué significa eso, exactamente? —quiso saber Michael.

—Significa que este doctor piensa que tuviste relaciones sexuales con mi hijo — dijo Evan cada vez más alterado. Michael permaneció calmado, lo que pareció enfurecer aún más a Evan—. Tú y Jordie tuvisteis relaciones sexuales, ¿no es cierto? —le gritó—. ¡Admítelo, mierda! Compórtate como un hombre. Admítelo. —A esas alturas, Evan tenía lágrimas en los ojos—. ¿Cómo pudiste hacerlo, Michael? — preguntó—. Dios mío, ¿cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo pudiste hacerle eso a Jordie?

—Ya te dije que no lo hice —contestó Michael manteniendo la calma—. Eso es absurdo. Nunca ocurrió. Ni siquiera conozco a ese doctor. —Se volvió hacia Anthony —. ¿Acaso conocemos a ese doctor?

Entonces Anthony, con una ira que contrastaba con el comportamiento de Michael, dijo:

—Demonios, no, no conocemos a ese doctor. Esta reunión se ha terminado —le dijo a Evan—. Vete de aquí. Ahora.

—Espera —dijo Evan. Leyó entonces otro documento escrito por el mismo psiquiatra—: «El hecho de que un hombre de treinta y cuatro años duerma constantemente con un niño de trece, cuando hay otras camas disponibles, constituye —y allí levantó su voz— una conducta perversa y obscena». Una conducta perversa y obscena, Michael. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?

Michael parecía paralizado. Se volvió hacia Jordie en busca de ayuda, pero el muchacho rehusaba mirarlo a los ojos.

—Dije que terminamos —insistió Anthony—. Esto significa guerra —añadió usando su frase favorita—. ¿Quién te crees que eres para venir aquí y acusar a Michael de un crimen? ¿Acaso te has vuelto loco? ¡Vete a la mierda!

—Espera —dijo Evan nuevamente—. Mira, si él está dispuesto a someterse a un test detector de mentiras, está bien —añadió señalando a Michael—. Si sale que él no lo hizo, está bien. No volveréis a verme jamás. Incluso podrá salir con Jordie a pasear y yo no diré una palabra.

—Eso es una maldita ridiculez —disparó Anthony—. Michael jamás se someterá a un detector de mentiras. Además —añadió—, yo formé parte de la inteligencia del ejército. ¿Acaso crees que no podría enseñarle a Michael a pasar una prueba como ésa?

Fue una extraña declaración por parte del consejero de Michael en una discusión tan importante como ésa. Por un segundo, Evan no supo cómo reaccionar.

—Genial —dijo finalmente—, entonces quizá puedas enseñarle a mentir también a Jordie.

Anthony se puso de pie.

—Escúchame, y escúchame bien —dijo señalando con el dedo agresivamente a Evan—. Michael Jackson no tuvo relaciones sexuales con tu hijo y no se someterá a una prueba con el detector de mentiras.

—Te escucho —dijo Evan—, pero no consigo entenderte. ¿Por qué no?

—Porque es un insulto, por eso —dijo Anthony levantando el tono de su voz.

Todas las miradas se posaron sobre Michael, quien miraba hacia delante, como en trance.

—Bien, entonces no hay nada más que decir —concluyó Evan—. Esta reunión se ha terminado. —Evan no mencionó que Jordie y Michael habían intimado. Quizá no quería jugar aún esa carta—. Te veré en los tribunales, Michael —dijo. No hubo ninguna reacción por parte de Michael.

Jordie se levantó y acompañó a su padre mientras salía de la habitación. Al atravesar la puerta, según Anthony Pellicano, el muchacho se volvió hacia Michael con una expresión triste. Michael observó fijamente a Jordie, probablemente sin saber que iba a ser la última vez que sus ojos se posarían sobre él.

—Oh, una cosa más —dijo Evan señalando al cantante—. Voy a arruinarte —dijo —. Te destruiré, Michael. Te destruiré.

Finalmente, Michael y Anthony se quedaron solos.

—Oh, Dios mío —dijo Michael tras unos minutos. Se lo veía pálido y extenuado, como si estuviera en shock. Se incorporó del sillón y miró por la ventana—. Oh, Dios mío —dijo nuevamente mientras las lágrimas descendían por su rostro—. Oh, Dios mío.

 

Negociaciones infructuosas

La incendiaria carta del psiquiatra de Beverly Hills, el doctor Mathis Abrams, que Evan Chandler esgrimió en el encuentro con Michael Jackson, fue solicitada por su abogado, Barry Rothman. Éste buscaba una opinión experta que pudiera probar lo que podía haber ocurrido entre Michael y el hijo de su cliente. En el transcurso de una conversación telefónica con el doctor Abrams, Rothman le expuso la evidencia que pensaba que tenía contra Michael, presentando un escenario puramente hipotético. A pesar de que Abrams no entrevistó a Evan, Jordie o Michael, su opinión sobre lo ocurrido sería devastadora. Tras la conversación con Barry Rothman, el doctor Abrams redactó un informe (fechado el 15 de julio de 1993) en el cual observó que, al menos a partir de lo que el abogado había descrito, parecía que algo de índole sexual había ocurrido entre las partes. También decía que si los incidentes habían ocurrido tal y como le habían sido explicados por el abogado, no tendría otra opción que realizar una denuncia en el Departamento de Protección del Menor de Los Ángeles.

Tras el enfrentamiento entre su padre y Michael, Jordie se deprimió como nunca antes en su joven vida. La idea de que quizá iba a tener que testificar en contra de Michael era más de lo que podía soportar. Antes de irse a dormir, dibujó algo que sugería la idea de suicidio: una figura saltando de la terraza de un edificio de cinco pisos que luego se estrellaba dejando un charco de sangre en el suelo.

A la mañana siguiente, cuando Evan entró al cuarto de Jordie para despedirse, antes de salir al trabajo, encontró el escalofriante dibujo en el suelo. Jordie aún dormía. Evan escribió sobre el papel: «No dejes que esto pase», subrayando cada palabra. Luego volvió a dejar el dibujo donde lo había encontrado. Mientras salía, cambió de opinión y decidió llevarse el dibujo. Más tarde se convertiría en evidencia del estado anímico de Jordie.

La noche siguiente, Evan y Barry se reunieron con Anthony Pellicano. «Pusieron todas sus cartas sobre la mesa —recordó Anthony—. Veinte millones. Eso era lo que querían».

De hecho, Evan quería que la suma total de 20 millones fuera depositada en una cuenta que devengara intereses. Cinco millones pagaderos a Jordie en cuatro cuotas en un período de cuatro años. «Tal vez esa suma de dinero le enseñará a Michael Jackson a no abusar de ningún otro niño —le explicó Evan a Anthony—. Eso pagará la educación de Jordie y las evaluaciones psiquiátricas. Me permitirá jubilarme y pasar más tiempo con mi hijo, ayudándolo a superar esta etapa. Si no, pues bueno. Iremos a juicio y veremos cómo termina».

Aunque Anthony estaba seguro de que Michael ni siquiera consideraría pagarle un solo centavo a los Chandler, tenía la obligación de comunicarle la oferta a su cliente.

Evan ya había redactado en forma manuscrita una carta dirigida a su abogado, Barry Rothman (con fecha del 5 de agosto), manifestando sus intenciones, en caso de que Michael decidiera no pagar los 20 millones. En esa misiva explicaba que una de las razones por las cuales había esperado poder evitar el juicio había sido el devastador impacto que ello tendría sobre la carrera de Michael. «Creía que Michael era una persona amable, sensible y tierna que había cometido un error, producto de un amor genuino por Jordie —escribió—. Ahora sé que estaba equivocado».

Luego, Evan recapitulaba su versión de los hechos que habían tenido lugar en aquel encuentro con Jordie, Michael y Anthony Pellicano. Escribió que Jordie se había dado cuenta de que él (Evan) tenía evidencias de que Michael lo había acosado sexualmente. (Anthony Pellicano, sin embargo, afirma que Jordie no dijo una sola palabra durante la reunión acerca de que Michael hubiera abusado de él). «Michael respondió con una sonrisa fría y burlona, como la que suelen tener los criminales cuando manifiestan su inocencia, incluso ante pruebas irrefutables sobre su culpabilidad —escribió Evan—. Era una imagen escalofriante. No mostró ninguna señal de arrepentimiento por sus actos y fue completamente indiferente al sufrimiento de Jordie».

Evan opinó más tarde que si Michael hubiera tenido una entrevista con un psiquiatra, seguramente sería calificado como un pedófilo. Por lo tanto, escribió, no sentía compasión alguna por Michael y no tenía ningún interés en protegerlo de un juicio. De hecho, continuaba, creía que Michael debería estar en la cárcel para impedir que acosara sexualmente a otros menores. Añadió, además, que creía que el encarcelamiento de Michael sería el resultado inevitable de cualquier investigación que emprendiese el fiscal del distrito y que si fuese necesario que Jordie testificase, estaría ansioso por declarar contra Michael. Bastaría sólo con que Jordie dijese la verdad, escribió; quizá sin darse cuenta del coste emocional que un testimonio tan visceral podría acarrearle a su hijo.

«Deseo que continúen las negociaciones con el señor Pellicano —concluía Evan —, pero si esa empresa fracasara, entonces, como su cliente, le ordeno que presente una demanda contra Michael Jackson por acosar sexualmente a mi hijo». En una posdata escribió acerca del dibujo que había encontrado en la habitación de Jordie. «Creo que deberías verlo —escribió—, estoy muy asustado. De una u otra forma, quiero que termines con esto lo antes posible». Incluyó en el sobre una copia del dibujo de Jordie.

Cuando Anthony le llevó la oferta de Evan a Michael, la respuesta fue inmediata: «De ninguna manera —dijo—. Tenemos un amor que es puro y eternamente inocente. No pienso arruinarlo pagándole a ese hombre. No existe absolutamente ninguna posibilidad de que lo haga».

El 13 de agosto, Anthony le presentó a Evan, con el visto bueno de Michael, una contraoferta: tres guiones de cine en un lapso de tres años, cada uno valorado en 350.000 dólares, lo que significaba un trato de más de un millón de dólares que, además, incluía la promesa de que todos los grandes estudios leyeran cualquier guión que Evan y Jordie escribieran para una secuela de la película de Mel Brooks. A Evan y Rothman la oferta no sólo les pareció incierta, sino que, además, era una suma de dinero muy pequeña en comparación a la demanda multimillonaria que se traían entre manos. «Ni siquiera están cerca —le dijo Evan a Anthony—. Paso». Después, extrañamente, Evan le preguntó a Anthony si Jordie podía tomar posesión del ordenador que Michael le había comprado y que había instalado en un escondite en Los Ángeles. Anthony no podía creer la osadía de Evan. Michael no había comprado ese ordenador para Jordie, se apresuró a responder (aunque es dudoso que Anthony estuviera al tanto de lo que Evan decía) y Jordie no volvería a verlo, «así que es mejor que te olvides de él». Evan salió rápidamente de la oficina.

Al día siguiente, Barry Rothman propuso una contraoferta a Anthony Pellicano: un trato por tres guiones que ascendían a la suma de alrededor de quince millones de dólares. A través de Anthony, Michael rechazó la contraoferta. Luego, inexplicablemente, Anthony fue con otra contraoferta tan baja que no esperaba siquiera que Evan la aceptase: 350.000 dólares por sólo un guión, que debería pagarse directamente del bolsillo de Michael. Había pasado de una oferta de tres películas a solo una… No era la mejor táctica de negociación, podría decirse. Por supuesto, Evan la rechazó. Ahora sentía que la negociación estaba cargada de mala fe, por lo que ya casi no tenía sentido que continuara.

Con todas las batallas aparentemente perdidas, la guerra estaba a punto de comenzar.

Jordie se entrevista con un psiquiatra

El 16 de agosto de 1993, después de que se derrumbasen las negociaciones entre Evan Chandler y Anthony Pellicano, Michael Freeman (el abogado de June) avisó a todos de que iba a presentar una petición al juzgado solicitando que Evan devolviese la custodia de Jordie a su madre. June no sabía cómo lidiar con el enfrentamiento entre Evan y Anthony Pellicano. Si Evan estaba seguro de que Michael había abusado de Jordie, ¿por qué estaba tratando entonces de extraerle 20 millones de dólares en lugar de denunciarlo directamente a las autoridades? Comenzó entonces a cuestionar los motivos de Evan; quería de vuelta a su hijo. Se determinó entonces la fecha en que tendría lugar la audiencia que resolvería quién se quedaría con la custodia de Jordie.

Sin embargo, Evan no tenía Intención de devolver a Jordie a su madre, obviando lo que el juez dijera al respecto. Estaba seguro de que ella Iba a llevarlo inmediatamente con Michael Jackson. Vivirían por siempre felices en Neverland y temía no volver a ver jamás a su hijo.

Sin saber qué hacer y con la presión de tener que actuar, Evan concertó una cita para Jordie con el doctor Mathis Abrams, el psiquiatra que había redactado la carta en la que especulaba, a partir del caso hipotético planteado por el abogado, acerca del abuso sexual a Jordie. Le dijo al doctor que, en realidad, el caso no era imaginario y que había involucrado a su propio hijo y a Michael Jackson. Evan se daba cuenta de que en cuanto Abrams y Jordie se encontrasen comenzaría el verdadero drama. El médico estaría obligado a presentar un informe a las autoridades, lo que pondría fin a la confidencialidad del asunto entre Jordie y Michael. De todas maneras, como diría más tarde, Evan se sentía compelido a proteger a su hijo, y sacrificar a Michael Jackson era un pequeño precio a pagar, especialmente después de lo mal que habían terminado las negociaciones.

En la audiencia, el 17 de agosto de 1993, el abogado de Evan se mostró de acuerdo con que Jordie regresase con June a las siete de esa misma tarde. En realidad estaba tratando de comprar tiempo…, no tenía ninguna intención de que Jordie regresase con su exesposa. Mientras la vista se llevaba a cabo, Jordie se encontraba en la entrevista con el psiquiatra.

En el transcurso de las tres extenuantes horas de sesión con el doctor, Jordie describió incidentes de masturbación y sexo oral con Michael Jackson. De hecho, reveló que habían mantenido relaciones sexuales durante meses.

Como podía esperarse, el psiquiatra informó de todo lo que Jordie narró directamente al Departamento de protección del menor. A las pocas horas, el muchacho era entrevistado por una asistente social del mismo Departamento del Condado de Los Ángeles y por un oficial del Departamento de Policía de Los Ángeles.

El informe manuscrito de once páginas de la asistente social comenzaba con una descripción acerca de cómo Evan y Michael se habían conocido, a partir de un desperfecto en el coche de Michael. Jordie contó que se hizo amigo de Michael y que hablaban por teléfono casi todos los días, «en largas charlas sobre videojuegos». Las charlas continuaron, incluso cuando Michael estaba de gira. En febrero (1993) y durante las semanas siguientes, Michael comenzó a ver más a menudo tanto a Jordie como a su madre, June. Le compró juguetes y los llevó a él, a June y a su media hermana, Lily, a Las Vegas. Allí fueron a ver la película El exorcista. El film le causó miedo, contó, y esa noche durmió con Michael en la misma cama, una costumbre que se repitió numerosas veces, incluyendo aquellas en que estuvo en Neverland. Durante esos primeros encuentros, sin embargo, no había habido abuso sexual. Según el informe, al principio Michael se limitaba a «arroparlo y besarlo en la mejilla». Sin embargo, hubo una ocasión, en el rancho, en la que, mientras June dormía en el cuarto de invitados, Jordie y Michael compartieron la misma cama y el cantante pop comenzó a «frotarse contra mí».

«Con el tiempo —afirmó Jordie en el informe—. Michael poco a poco comenzó a besarme en la boca. Hubo una vez que estaba besándome y metió su lengua en mi boca. Yo le pedí: “No hagas eso”. Entonces se puso a llorar, supongo que para hacerme sentir culpable». El informe continuaba diciendo que Michael le dijo al chico que su relación «estaba escrita» y que estaba «en el cosmos».

Según el informe, la relación entre Michael y Jordie se tornó sexual cuando fueron a Monaco con la familia y, desde entonces, mantuvo su carácter sexual. Los detalles que Jordie describió eran sumamente gráficos.

Jordie también acusó a Michael de amenazarlo con que si alguna vez llegaba a contarle a alguien algo sobre lo que había ocurrido entre ellos, sólo conseguiría meter a ambos en problemas y que él sería enviado al reformatorio juvenil, una institución para jóvenes delincuentes. «El menor también dijo que el señor Jackson le habló sobre otros chicos con los que había hecho lo mismo —escribió la investigadora—, pero con los que no había llegado tan lejos. El menor dijo también que el señor Jackson intentó hacerle odiar a sus padres, así tendría que quedarse solo con el señor Jackson». El informe terminaba con el deseo de Jordie de permanecer bajo la custodia de su padre y con la sugerencia de que a su madre le gustaba el estilo de vida ligado a la farándula que rodeaba a Michael.

Más tarde, cuando Jordie fue entrevistado por el Departamento de Policía, relató las mismas anécdotas sobre los encuentros sexuales y también les dio a los oficiales una descripción detallada de los genitales de Michael.

Era imposible que las asombrosas revelaciones sexuales que involucraban a una estrella tan famosa en todo el mundo, controvertida y de aspecto tan andrógino como Michael Jackson, no se filtrasen a la prensa. No había manera de que el caso no emergiese a través de los titulares más sensacionalistas en la historia del espectáculo. Sólo era cuestión de tiempo…

«Jordie jamás me perdonará…»

Al día siguiente, el 18 de agosto de 1993, Bert Fields y Anthony Pellicano le comunicaron al Rey del Pop la horrible noticia de que la Unidad de Abusos Sexuales en la Infancia del Departamento de Policía de Los Ángeles había iniciado una investigación criminal sobre él.

—Oh, Dios mío —preguntó Michael—, ¿éste es el fin?

—No —respondió Bert—. Nos defenderemos, Michael. Y tenemos muchas posibilidades de ganar.

—Además, tú sabes bien cómo suelen salirte las cosas —añadió Anthony con optimismo.

—Justamente eso es lo que temo —respondió Michael con tristeza.

Anthony abrazó a Michael.

—Vamos, tú nunca pierdes —dijo, según recordó tiempo más tarde—. Mira tu vida, Michael. Mira quién eres. No vas a comenzar a perder ahora.

Michael empezó a sollozar.

—He trabajado tan duro… —dijo—. Durante toda mi vida he trabajado muy duro. No puedo perderlo todo ahora, Anthony. No puedo perderlo todo.

—No lo harás —intervino Bert—. Te prometo que no lo harás.

Ese mismo día, June y Dave Shwartz fueron entrevistados por la policía. Ellos no estaban tan seguros, alegaban, de que Michael fuese culpable de abusar de Jordie. Ambos sentían que el muchacho estaba bajo el control de Evan y ya no sabían qué creer, dijeron. «Me parece que sólo creo la mitad de la historia» dijo el policía a regañadientes. June perdería la custodia de Jordie, al menos temporalmente. Aunque era provisoria, la decisión del Departamento de Asistencia a la Niñez le rompió el corazón, pero no había nada que se pudiera hacer. De todas formas, Jordie había manifestado que deseaba estar con su padre.

Más tarde, aquel mismo día, Michael se encontró con uno de sus colaboradores, un publicista, que debía asesorarlo sobre la estrategia a seguir si las acusaciones llegaban a la prensa. «Me encontré con él en un escondite en Los Ángeles —recordó el publicista—. Tenía un aspecto terrible, como si no hubiera dormido en días. No llevaba maquillaje, por lo que su rostro se veía estropeado, salpicado de manchas. Estaba flaco, como enfermo. Llevaba puesto un pijama. “¿Qué voy a hacer ahora? — me preguntó—. No puedo creer que esto me esté ocurriendo a mí, Michael Jackson. ¿Crees que la policía me preguntará sobre Jordie?”».

El publicista le dijo a Michael que era muy probable que pronto fuera interrogado por las autoridades. Michael rompió a llorar.

—Pero no puedo responder preguntas —dijo entre lágrimas—. No puedo hablar sobre Jordie, ¿no lo entiendes? Es mi alma gemela. No sabría qué decir.

—Di la verdad, Mike —sugirió el publicista dándole una palmada en el hombro.

—Pero nadie me creerá —dijo Michael, derrotado—. Será mi palabra contra la de Evan. Pobre Jordie —añadió Michael mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de su mano—. No puedo creer que su padre haga esto. Estábamos tan unidos… Evan está tan celoso de mí… tan, tan celoso…

El publicista le preguntó entonces cómo quería manejar a los medios cuando la noticia se hiciera pública.

—Oh, al demonio con la prensa —dijo Michael, yendo de la tristeza a la furia en una milésima de segundo—. No me importa lo que digan de mí. Van a inventar cosas de todas formas. Que se vayan a la mierda. De todos modos es culpa de ellos que yo tenga este problema.

El publicista recordó sentirse confundido por lo que Michael le decía.

—¿De qué manera los medios son responsables? —preguntó.

Michael golpeó con su índice a su colaborador mientras lo increpaba.

—Es porque tú permitiste que los medios escribieran todas esas cosas sobre mí por lo que ahora la gente piensa que yo soy capaz de una cosa así —dijo enfurecido —. Es culpa tuya. No. Es culpa de ellos. —Michael se desplomó sobre el sillón, completamente extraviado—. He intentado poner freno a los rumores durante años y años, pero volvían a aparecer una y otra vez —dijo—. La cámara hiperbárica. El Hombre Elefante. La cirugía plástica. Ahora esto.

 

El 20 de agosto de 1993, Michael viajó a Bangkok para la segunda parte de la gira Dangerous. Es irónico que retomara su gira en una ciudad famosa por ser la capital mundial del sexo.

Michael sentía que dejar Los Ángeles era demasiado para él. No podía aceptar que Jordie no lo acompañara durante la gira. Había planeado momentos emocionantes para ambos en distintos continentes, y la única razón para salir de gira era, desde su punto de vista, estar con su «alma gemela». Ahora partiría solo. Por supuesto, estaría rodeado por más de doscientas cincuenta personas, integrantes de la enorme y multimillonaria producción, desde músicos, técnicos y bailarines hasta guardaespaldas, secretarias y asistentes. Sin embargo, para lo que a Michael le importaba, si no estaba Jordie, estaba solo.

Además, no quería irse de su hogar sencillamente porque desconocía lo que podía ocurrir en Estados Unidos en su ausencia. A pesar de todo, también estaba ansioso por irse, aunque sólo fuera para alejarse de la ciudad y no tener que lidiar con las terribles cosas que iban a suceder. Sintió la necesidad de escapar de su vida, si es que eso era posible. Y efectivamente, Michael se fue justo a tiempo, porque al día siguiente se iba a desatar una tormenta infernal.

 

La noticia se hace pública

El sábado 21 de agosto de 1993 fue librada una orden judicial que le permitió a la policía acceder al domicilio de Michael Jackson en el número 5.225 de Figueroa Mountain Road en Los Olivos, Santa Bárbara: el Rancho Neverland. Las autoridades contrataron a un cerrajero para obtener acceso a todas las habitaciones de la propiedad, incluyendo los aposentos privados de Michael. Más aún, la orden judicial permitía a las autoridades revisar el «escondite» de Michael en el número 1.101 de la calle Galaxy, #2247 en Century City, California, en busca de pruebas. Por supuesto, cualquiera que creyese que allí encontraría algún tipo de evidencia incriminatoria era extremadamente ingenuo. Obviamente, debido a la cadena de acontecimientos que se venían sucediendo, en el equipo de Michael se esperaba que una orden judicial se librase de un momento a otro.

Adrian McManus, la criada personal de Michael y el único empleado de Neverland con acceso a su habitación recordaba: «La gente corría por todas partes, los empleados estaban sacando cosas de la propiedad en cajas y canastos, a toda velocidad. Se llevaron sábanas, almohadas, cubrecamas, toallas y batas. Se llevaron las cajas de maquillaje, los delineadores de ojos, lápices labiales, cremas y gel. Se llevaron pilas de revistas. Se llevaron las fotos. Recuerdo que una persona que trabajaba para Michael levantó en alto una foto y todos la rodearon para verla, mientras preguntaban: “¿Quién es? ¿Quién es?”. “¿Es acaso Macaulay Culkin en ropa interior? ¡Sí, lo es!”. Entonces cogieron la foto y la pusieron en una caja junto a otras de niños en ropa interior. Los escuchaba murmurar: “Este tipo está loco, ¿no?”, mientras hurgaban en sus cosas. “¿Cuántas fotos de Elizabeth Taylor necesita una persona?”. La situación era desagradable.

»Mi trabajo era esconder todos los perfumes de mujer de Michael, que eran bastantes. Sólo usaba fragancias femeninas, no masculinas, y supongo que pensaron que eso no se vería bien. Al día siguiente, cuando vino la policía, miraron un poco alrededor y uno de ellos dijo: “Mhhhhhh. Un botín pequeño, por lo que veo”. Lo sabían. Era obvio, lo sabían».

Cuando las autoridades encontraron una caja fuerte enorme y negra, del tamaño de un armario, tan grande que se podía caminar dentro de ella, estaban exultantes. Imaginen lo que podría esconder alguien tan enigmático y misterioso como Michael Jackson dentro de un objeto como ése. Los oficiales le ordenaron al cerrajero que encontrase la combinación. Cuatro horas trabajó en esa caja fuerte. Finalmente, voilá. Estaba abierta. También estaba vacía, excepto por un maletín negro. «Ábralo. Ábralo», exclamaron los oficiales. Dentro había sólo una hoja de papel. En ella estaba escrita la combinación de la caja fuerte. Alguien en el equipo de Jackson tenía cierto sentido del humor.

A pesar de la limpieza previa, la policía consiguió hacerse con libros, vídeos, fotos, notas y todo aquello que encontraron que pudiese ser usado como prueba. Un año más tarde, en una entrevista telefónica que le hice a Michael, me habló sobre esa búsqueda: «Imagina que tienes a alguien revisando todas tus cosas mientras te encuentras a miles de kilómetros de distancia. Se llevaron toda clase de objetos, cosas tontas como mis vídeos en Disneylandia, fotos de mis amigos, cajas y cajas de cosas personales. ¡Incluso mis diarios íntimos! Imagina tener a algún extraño leyendo tus pensamientos más recónditos, sus sucias manos pasando las páginas, leyendo mis notas sobre mi madre o sobre lo que siento por Dios. Fue brutal. Todavía no hemos podido recuperar muchas de aquellas cosas. Me dan ganas de llorar cuando pienso en ello. Pero entre todas mis pertenencias privadas no encontraron una sola que pudiera usarse como evidencia de que había hecho algo malo».

Las autoridades tomaron fotografías de las habitaciones de Neverland para poder compararlas con las descripciones de Jordie. Consiguieron además la libreta de direcciones y de teléfonos de Michael, la cual utilizaron para interrogar a más de treinta niños y sus respectivas familias. (Entre los entrevistados se encontraban Emmanuel Lewis, Jimmy Safechuck y Jonathan Spencer; todos ellos insistieron en que Michael jamás se había comportado de forma impropia con ellos).

El 23 de agosto, un canal de televisión de Los Ángeles dio a conocer la sorprendente noticia de que la policía había entrado en la residencia Neverland. La policía confirmó que Michael Jackson era sospechoso de haber cometido un delito. Sin embargo, los oficiales no entraron en detalles. A pesar de la falta de información, en el transcurso de ese día la historia se convirtió en el centro de la transmisión de más de setenta emisoras de noticias y de boletines especiales sólo en el área de Los Ángeles. En pocas horas la investigación había alcanzado las primeras planas internacionales. El periódico New York Post sacó una edición con una horrible foto de Michael, en la que se le veía en su peor momento, junto con un titular más que sensacionalista: «¿Peter Pan o Pervertido?». Una cosa quedaba clara: nada volvería a ser lo mismo para Michael Jackson.

 

Aunque los informes televisivos no mencionaron el tema del abuso sexual, los rumores eran lo suficientemente sólidos como para que el equipo de Michael saliese a desmentirlos. La responsabilidad de realizar la declaración en la que se afirmaba que, efectivamente, Michael estaba siendo acusado de abusar de un menor, pero que era inocente, recayó sobre Anthony Pellicano. Fue a través de sus comentarios que el público vio confirmado por primera vez que Michael estaba siendo investigado por abusos. El Departamento de Policía convocó entonces una conferencia de prensa para revelar más detalles. Tenían razones para creer, decían, que Michael había abusado de un chico de trece años. Eso fue un shock. La estrella del pop, a quien habitualmente se veía en compañía de muchachos jóvenes y a quien se conocía por su filantropía hacia las organizaciones que se ocupaban de los niños, ¿podría ser realmente un pedófilo? En cuestión de horas, Los Ángeles se pobló de reporteros extranjeros que dirigían sus propias investigaciones sobre lo que Michael había hecho… y a quién. Siempre había sido tan enigmático, tan extraño… Todos asumieron que, ahora, todas las preguntas acerca de él habían sido respondidas. Todos los que conocían a Michael temían que su carrera, e incluso su vida, estuvieran arruinadas. «Creí que se mataría», dijo uno de los miembros de su personal en ese momento.

Al día siguiente, Anthony Pellicano explicó a los medios que Michael había sido «víctima de un intento de extorsión que se fue de las manos» y que su equipo había realizado investigaciones durante los últimos cuatro meses. «Se nos pidió una suma de 20 millones de dólares —declaró a Associated Press—. Por supuesto, lo rechazamos de pleno. Creemos que fue nuestro rechazo la causa de lo que ha estado ocurriendo estos últimos días». No mencionó que el equipo de Jackson había entablado una negociación que incluyó propuestas y contrapropuestas.

El equipo de Michael contrató al influyente abogado criminal Howard Weitzman. Fue él quien leyó la declaración de su nuevo cliente: «Estoy seguro de que el Departamento de Policía va a realizar una investigación justa y en profundidad y que sus resultados demostrarán que no hubo mala conducta por mi parte. Tengo pensado continuar con mi gira mundial».

El 25 de agosto, en un esfuerzo más por intentar «minimizar los daños», al día siguiente de que Michael actuase en Bangkok, Anthony Pellicano organizó una conferencia con dos jóvenes amigos de Michael, Brett Barnes y Wade Robson. Brett admitió, frente a las luces, las cámaras y los micrófonos, que había dormido con Michael en muchas ocasiones pero que eso no tenía ninguna connotación sexual. «Él nos besa como alguien que besa a su madre», dijo el niño de once años. «Es normal en él que nos abrace, nos bese y nos frote su nariz, y cosas como ésa».

Wade, que tenía diez años, también dijo que había dormido en la misma cama con Michael, pero «sólo como amigos». Dijo: «Michael es una persona muy, muy buena, realmente amable y dulce. Claro que dormí una docena de veces con él, pero la cama era enorme».

Ofrecer a Wade y Brett a la prensa por parte de Anthony Pellicano poco pudo hacer para ayudar en el caso de Michael: de hecho, muchos creían en ese momento que lo había empeorado. Cuando Michael se enteró, estando en Tailandia, de que Anthony había decidido exponer a los niños, no se puso nada contento. «Eso no está bien —dijo, según un asesor—. Creo que eso hace que empeore mi imagen. No está nada bien».

 

En el mundo del espectáculo, pocas veces una historia tomó tanto vuelo, tan rápido, como el escándalo por abusos de Michael Jackson, en el que la prensa mundial ofrecía como primicias titulares que sugerían insistentemente que era culpable, a pesar de que aún no se encontraba imputado. Cuando las declaraciones confidenciales que Jordie Chandler hizo a las autoridades, cargadas de sexualidad, sobre las ocasiones en que durmió con Michael Jackson llegaron a la prensa, toda la objetividad periodística pareció saltar por la ventana. La prensa tenía en sus manos una historia en la que supuestamente la máxima estrella del pop tenía una relación de carácter sexual con un chico de trece años. Parecía imposible para los medios de comunicación permanecer neutrales. Ciertamente, Michael parecía culpable, al menos si las declaraciones de Jordie eran ciertas.

El 26 de agosto de 1993, aparecí en la CNN opinando que nosotros, la prensa, quizá deberíamos respetar ciertos límites al presentar la historia. Para mi sorpresa, tras la transmisión mundial de esa entrevista, Michael me llamó desde Bangkok.

El día anterior, Michael se había presentado ante setenta mil personas. Finalizó su actuación con un escenario repleto de niños cantando su himno personal, «Heal the World», a su agradecido público. Había visto el reportaje en la CNN mientras estaba fuera de escena, dijo, y me llamó debido a lo que había dicho.

—¿Cómo te sientes? —le pregunté.

—Mal —dijo. Su voz sonaba débil, como un murmullo.

—¿Hay algo que pueda hacer? —le pregunté.

—No —respondió—. Estoy muy, muy… triste. Es un mundo terrible, ¿no es cierto? No queda amor en este mundo.

Me prometió enviarme un regalo desde Neverland para demostrar su agradecimiento por el reportaje.

—Quizá una llama —dijo. Parecía animado por la idea—. ¿Tienes lugar para una llama? ¡Te mandaré una llama bonita y grande! —dijo, mientras se le oía reír suavemente entre dientes.

—Dime, ¿cómo haces para actuar con todo lo que está ocurriendo? —pregunté.

—El concierto de anoche fue bueno —dijo—. Pero al finalizar cada canción tenía que salir corriendo detrás del escenario para inhalar oxígeno. El ambiente era tan húmedo que creí que moriría. Ahora no me siento bien. Creo que estoy deshidratado. Me cuesta mucho respirar. No sé cómo voy a cantar esta noche.

—¿Has hablado con alguien de tu familia? —pregunté—. Están preparando una conferencia de prensa para darte su apoyo.

—Oh, genial —dijo Michael con poco entusiasmo—. Eso es… genial.

Esa tarde, Michael tenía programado su segundo concierto en Bangkok. Sin embargo, el espectáculo fue cancelado. Era el primero de muchos en ser suspendido durante los meses siguientes, bajo los pretextos más variados: desde deshidratación hasta migrañas, pasando incluso por problemas dentales.

Poco tiempo después, la familia Jackson ofreció una conferencia de prensa con el fin de «aprovechar esta oportunidad para reunirnos como familia, unidos y en armonía, para expresar a Michael nuestro amor y leal apoyo». Frente a cámaras de todo el mundo, los miembros de la familia dijeron que «creían, sin lugar a dudas, que Michael estaba siendo víctima de un cruel y obvio intento para aprovecharse de su fama y éxito. Sabemos, al igual que todo el mundo, que ha dedicado su vida a brindar felicidad a los jóvenes de todo el mundo. Tenemos confianza en que su dignidad y humanidad prevalecerán».

En esa conferencia de prensa también anunciaron que pronto dejarían el país para estar junto a Michael.

En realidad, Joseph no estaba al tanto de lo que le ocurría a su hijo. Obviamente, habían tenido sus diferencias. Sin embargo, las transmisiones sobre el escándalo eran más de lo que podía soportar. Desde su punto de vista, el éxito de Michael influía positivamente en él. Sentía que todos los logros que Michael había conseguido como superestrella estaban inseparablemente unidos al rol que había tenido en la vida de su hijo. Lo último que deseaba era ver cómo el universo que rodeaba a Michael se hacía pedazos, pero no había nada que pudiera hacer excepto apoyarlo. El problema era que Michael no quería su apoyo. Su relación había sido muy inconsistente durante demasiado tiempo y Michael tenía una actitud sumamente negativa hacia él.

En cuanto a Katherine, tampoco quería que se involucrase en su vida en esos momentos tan difíciles. Tenía miedo de que ella, manipulada por el resto de su familia, lo quisiera convencer de hacer la única cosa que no deseaba: reunirse con sus hermanos para hacer un espectáculo.

Michael siempre había sido el hijo del que Katherine se sentía más orgullosa, su favorito desde que era un mocoso. Sin embargo, en los últimos tiempos desaprobaba su actitud debido a que no podía perdonarle lo que hacía con su vida privada. Simplemente no lo entendía, y tenía buenas razones: él no daba explicaciones. Todo lo que sabía era que él era… diferente. Nunca se había embarcado en una relación amorosa seria, tal como habían hecho sus hermanos. Estaba preocupada por él. También lo apoyaba, a pesar de sus rarezas y excentricidades y era la primera en hablar en su defensa. Pero en realidad, ella no lo conocía realmente. Sólo conocía algunos aspectos, aquellos que él quería que supiese; algo que, por otra parte, era bastante común dentro de cualquier relación entre madre e hijo.

Antes de que aflorara el escándalo, la familia le había revelado un plan para un programa de televisión especial sobre la familia Jackson que iba a girar alrededor de un premio a los logros para otorgar a ciertas celebridades. Nuevamente, había sido una idea de Jermaine. Michael lo había dejado muy claro, no quería ningún tipo de malentendido: quería tener una participación muy limitada, quizá entregar algún premio para luego permanecer sentado con el público. Como era típico en la familia Jackson, hubo tantas idas y venidas en lo concerniente a su participación que, en un momento dado, quiso suspenderla por completo. Ahora que su familia salía en su apoyo en esos momentos tan difíciles de su vida, sentía que estaba siendo acorralado en lo que a ese programa se refería. ¿Cómo podía decepcionarlos después de que se mostraran tan leales públicamente?

 

Hace su entrada Lisa Marie Presley

Lisa Marie Presley, la hija de Elvis Presley, el pionero del rock and roll, conocía a Michael desde 1974; se habían encontrado en Las Vegas durante uno de los compromisos de la familia en el MGM Grand. Lisa tenía seis años; Michael, dieciséis. Elvis la había llevado a ver el espectáculo porque era fanática del grupo. «Siempre me gustó —recuerda Lisa Marie, quien prefiere que la llamen Lisa—. Michael me fascinaba con su talento. Me encantaba verlo bailar. Él quería conocerme mejor, pero a mí siempre me pareció un poco raro. Por aquel entonces, no deseaba conocerlo más de lo que lo conocía».

Nacida el 1 febrero de 1968, hija de Elvis y Priscilla Presley, Lisa Marie estuvo destinada a las controversias, aunque fuera sólo a causa de su ilustre linaje. Tuvo una infancia privilegiada. Su padre la mimaba con regalos, como joyas e, incluso, un abrigo de piel… ¡a la edad de cuatro años! O, como su madre prefería decir: «Ella tuvo todo lo que un niño no debía tener ni podía apreciar». Fue malcriada o, según ella misma suele recordar: «¿Cómo era de niña? ¡Olvídalo! Era una maldita tirana».

También diría, acerca de su infancia: «No tengo un solo mal recuerdo de ella, debo admitirlo. Siempre había una tremenda energía en torno a él [Elvis] y a toda la casa [en Graceland] cuando mi padre estaba allí. Era un irresponsable adorable».

Lisa solía sentarse fuera de su cuarto en Graceland durante horas esperando a que se despertase. Cuando lo hacía, se acurrucaba en su regazo y, sin razón aparente, decía cosas como: «Papi, por favor no te mueras». Ella tenía la sensación de que su tiempo en la tierra sería breve. «Me daba cuenta de que abusaba de las drogas — admitiría más tarde—. Lo sentía, lo sabía. A veces tenía mal carácter. No se le veía feliz. Lo veía tomar píldoras, cócteles de píldoras. Pero trataba de ocultármelo lo mejor que podía. De todas formas, lo sabía. Me sentía impotente. Era doloroso. Aún lo es. Era un hombre muy bueno, un hombre decente».

Lisa tenía nueve años cuando su padre murió en 1977. Ella estuvo presente cuando encontraron su cuerpo en el baño y vio cómo intentaban reanimarlo. «¿Qué le pasa a mi papá?», preguntaba empapada en lágrimas. En el funeral parecía en estado de shock, caminaba entre la gente como atontada, diciendo a sus parientes: «No puedo creer que Elvis Presley haya muerto».

En octubre de 1988, Lisa se casó con el músico Danny Keough, ya embarazada de su primera hija. Danielle Riley nació al año siguiente y Benjamin Storm, en 1993. La relación duraría seis años.

En febrero de 1993, Lisa y Michael se reencontraron en una cena privada en la casa de un amigo en común, Brett Livingston-Stone, en Los Ángeles. En esa época, Lisa ya había grabado cuatro canciones producidas por su esposo. Sentía que tenía mucho que decir acerca de su inusual vida como hija de un icono y estaba tratando de encontrar la manera de hacerlo a través de las letras y de la música. «Tenía la voz — me dijo una vez en retrospectiva—, pero no tenía la experiencia. Todos se ponían frenéticos cuando se enteraban de que la hija de Elvis quería cantar. Se convertía en un asunto de negocios y dinero, dinero, dinero: terminé perdiendo la pasión. Perdí el impulso creativo. Supongo que me asusté y decidí dejarlo».

«No tenía confianza en sí misma como vocalista —dijo Brett Livingston-Stone—. Tenía miedo de que la comparasen con Elvis, miedo al rechazo. Cuando le sugerí que quizá Michael podría ayudarla, me contestó: “Él es una superestrella, ¿realmente crees que me ayudaría?”. Después de la cena, Lisa le puso unas cintas suyas que dejaron a Michael realmente impresionado. Le dijo que tenía mucho talento y una bonita voz, que podría llegar a ser una estrella y que vería qué podía hacer por ella».

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