Nadie es perfecto
nueve
moreno…
–¡Qué más quisiera! – Me río y luego adopto un tono bastante serio-. Nick -
digo y estoy segura de que por mi tono de voz Nick sabe que tengo que decirle algo, de modo que se echa hacia atrás y dice:
–Oh, oh, ¿he sido un niño malo? He hecho algo malo, ¿no es eso? ¿Qué he hecho?
–No. – Vuelvo a reírme-. Sólo quiero que sepas que mientras me acueste contigo no tengo intención de irme a la cama con nadie más.
Nick asiente serio, es evidente que entiende lo que le estoy diciendo.
–Entiendo -responde-. Yo pienso igual que tú. Ya sé que esto nuestro no va en serio, pero estoy de acuerdo en que mientras durmamos juntos no nos acostaremos con nadie más. Lo único que me queda por añadir es que si alguno de los dos se siente tentado, o conoce a alguien, lo hablemos y seamos sinceros el uno con el otro.
–Perfecto -contesto, y le doy un beso, y mientras lo digo espero que nunca suceda, y que si alguien de los dos tiene que conocer a otra persona o se siente, como él dice, «tentado», que ese alguien sea yo. No me parece que sea mucho pedir.
nueve
¿Cómo puedo rechazar una invitación de Jules para ir a cenar cuando Nick está sentado a mi lado, en mi piso, y puede oírlo todo? Y lo está oyendo todo, porque sonríe como un idiota, y asiente, y no es que no me apetezca ir,
pero no estoy muy segura de que Nick encaje con mis amigos. Después de conocer a los suyos la otra noche, no lo estoy.
Aunque cabe decir que mis amigos seguro que son más simpáticos que los suyos. Jesús, me sentí como si me hubiesen puesto a prueba y no la hubiera superado. Y no precisamente por mi culpa.
La velada fue, para decirlo diplomáticamente, una terrible pesadilla. No me gustó pero que nada. Creí que sólo seríamos Nick y yo. Cuando nos encontramos, me dijo que había quedado con unos amigos y que si me importaba. Yo le mentí y dije que no, que no pasaba nada. Y una parte de mí tenía curiosidad por saber cómo eran sus amigos porque, por mucho que conozca a Sal, no conozco a los demás y quería saber quiénes eran y cómo.
Nos encontramos en un pub (sorpresa, sorpresa, vaya mierda de sorpresa), y desde el mismo momento que llegamos supe, por el aspecto del pub, que no iba a ser una velada memorable, porque hay pubs y pubs. No sé si entendéis lo que quiero decir. Vale. Los pubs no me gustan, me parece que ya os lo he dicho, pero alguna vez me dejo caer en alguno. Me gustan los que tienen un aire campestre en medio de Londres (como el Clifton, por decir uno), los que intentan ser algo más (como el Lansdowne, que ahora es más un restaurante que otra cosa) o los que han sido completamente restaurados y están limpios, son luminosos y resultan elegantes (como el Queens).
Los pubs en los que nunca he entrado son los auténticos. Los que tienen solera. Oscuros, lóbregos, llenos de humo, con camareras de barra que llevan el pelo rubio oxigenado y clientes poco fiables que hacen negocios en el bar. Podría deciros algunos nombres, pero no me gustaría jugarme la vida, y el tipo de gente que acude a esos pubs sabe cómo quitarte de en medio.
Y el pub en el que estábamos era uno de éstos, salvo que aún resultaba más oscuro, más lóbrego y había más humo que en los desagradables locales de mi imaginación. A través de la calima de humo distinguí a un grupo de
personas en un extremo, que se callaron cuando entramos y saludaron a Nick con la mano antes de repasarme de arriba abajo.
Yo me había puesto los trapos para la ocasión: mi uniforme de zapatillas deportivas, vaqueros y un jersey muy suelto. Y vale, muy bien, el jersey era de Nicole Farhi, ¿y qué? Para mí es una prenda de vestir informal. Y sí, llevaba joyas, pero eran de plata, ¿y qué pasa si eran de Dinny Hall? Sólo lo reconocerían los expertos en la materia.
Probablemente aquellas tías no eran unas expertas, pero tras un intercambio de miradas supe que no íbamos a llevarnos bien. Todos los que se agolpaban en la mesa diminuta del pub parecían estudiantes repetidores.
Genial. «Al menos -pensé con desdén mientras los desnudaba con la mirada del mismo modo que ellos me desnudaban a mí-, al menos llevo los vaqueros limpios.» Ni una sola de ellas llevaba maquillaje y aunque yo no iba muy maquillada, bueno, quizá un poco, pero casi no se notaba, veía cómo se entretenían mirando el carmín de mis labios y me entraron ganas de echar a correr.
¡Y la ropa! Dios mío, la ropa. Aquellas chicas parecían socialistas cortadas por el mismo patrón: vaqueros sucios, Doc Martins y jerséis holgados y sin forma, con agujeros, y sí, hablo en serio cuando os digo que incluso tenían un par de lamparones aquí y allá. Ahora que lo pienso, los hombres iban vestidos casi del mismo modo.
«Jesús -pensé mientras caminaba-, sé que voy a odiarlos», pero decidí ser encantadora y amable y que las cosas fuesen bien porqué eran amigos de Nick y tenía que hacer el esfuerzo.
–Ésta es Joanna -dijo Nick mientras una rubia de lo más guarra me miraba con el entrecejo fruncido.
–¿Cómo estás? – dije ofreciéndole mi mano para que la estrechara. Se quedó mirando a su vecino, sorprendida, y dudó con una sonrisa desdeñosa estampada en el rostro antes de, al cabo de unos segundos, darme una mano increíblemente floja y más o menos moverla para luego retirarla.
–Éste es Pete. – E hice lo mismo, salvo que Pete ni se molestó en estrechar mi mano. El tipo se limitó a desviar la mirada de su cerveza hacia arriba y dijo:
–¿Cómotás?
–Bien, gracias -respondí-. ¿Y tú?
No dijo nada. Sólo me dedicó una sonrisa afectada.
–Rog, Sam, Chris, Alce.
–¿Disculpa?
–Ése es mi nombre -dijo Alce-. ¿Cómotás?
Nick se fue hacia la barra para encargar otra ronda y me di cuenta, con algo más que un ligero desagrado, que todas las mujeres bebían cerveza, aunque eso no significaba que yo también tuviese que hacer lo mismo. Y un cuerno.
De modo que me quedé allí plantada sin saber qué hacer, esperando a que alguno de los chicos me ofreciese un taburete, pero ninguno lo hizo y se limitaron a seguir hablando de Tony Blair y esos cabrones de la Tercera Vía, y yo me quedé ahí como una idiota, deseando estar en cualquier otro sitio, lejos de aquel antro.
Finalmente me acerqué a la mesa de al lado y pregunté si podía coger un taburete y asintieron, de modo que me senté al lado de Joanna e intenté ser amable.
–Me encanta tu jersey -mentí, con la idea de que la mejor manera de hacer amigos es hacer tantos cumplidos que al otro le resulte imposible no mirarte con buenos ojos-. ¿De dónde lo has sacado?
–Del mercadillo de Camden Lock -respondió antes de darse la vuelta con
cara de asco.
–Así que tú eres Libby -dijo Rog, y respiré aliviada porque alguien iba a darme conversación, porque alguien iba a ser amable conmigo-. Hemos oído hablar mucho de ti.
–Vaya -dije al tiempo que sonreía educadamente-. Cosas buenas, supongo.
Se encogió de hombros.
–¿A qué te dedicas, Rog? – osé preguntar, procurando incluir su nombre en la frase, porque he leído en algún sitio que cuando utilizas muchas veces el nombre de alguien eso hace que esa persona sea amable contigo.
Me miró durante unos segundos y volvió a encogerse de hombros.
–Nada.
–Vaya. – No sabía qué más decir-. Bueno -proseguí-. ¿Qué te gustaría hacer?
Se encogió de hombros por tercera vez.
–Nada.
–Eres un jodido mentiroso -dijo Joanna y se dio la vuelta hacia mí-. Es artista, pintor.
–¿De verdad? – exclamé-. ¿Y qué pintas?
–Abstracto.
Dios, no había nada que hacer.
–Trabajas de relaciones públicas, ¿no? – dijo Chris, no el chico, sino la chica.
Agradecida, asentí.
–¿No crees que es una pérdida de tiempo? – me preguntó agresiva-. Me refiero a que no estás ayudando a nadie, ¿verdad? Te limitas a complacer a esos estúpidos famosos de mierda.
–Me gusta lo que hago -respondí malhumorada-. ¿Por qué dices eso? ¿A qué te dedicas?
–Trabajo para Greenpeace. No soportaría un trabajo como el tuyo. Al menos con el mío sé que estoy cambiando el mundo.
–¿Por qué? ¿Has estado ayudando a rescatar ballenas? – pregunté inocentemente.
Chris soltó un resoplido.
–Personalmente no, pero formaba parte de la organización.
Se hizo un silencio porque todo el mundo bajó la vista hacia sus cervezas, pero vi que Chris miraba a Pete y arqueaba las cejas y comprendí que, por desgracia, aquella mirada iba por mí.
–¿Vives por aquí? – me preguntó Joanna, la única de todo el grupo que parecía ser normal. Fijaos que no me atrevo a decir amable, sólo normal.
Moví la cabeza.
–Vivo en Ladbroke Grove.
–¿De verdad? – dijo-. Tengo muchos amigos que viven allí. Tienen un piso de la Asociación de la Vivienda fantástico, enorme. ¿Vives de alquiler o qué?
–No, lo compré -respondí orgullosa.
–Vaya. ¿Y cómo te lo pudiste permitir?
–Ahorré durante años para poder dar la entrada -mentí, consciente de que si les contaba la verdad, si les contaba que mis padres me echaron una mano, probablemente todos se pondrían a silbar y hacer ascos.
–Debes de estar forrada -dijo y los otros me miraron, a la espera de que dijese lo que iba a decir.
–No creas. – E intenté reír-. Procuro ser cuidadosa con el dinero.
–Me gustaría tener el suficiente dinero para poder ser cuidadosa con él.
–¿Trabajas?
–No. – Meneó la cabeza-. Vivo del paro.
Y me quedé atascada, sin saber qué decir, porque no iba a cometer el mismo error de preguntarle qué haría si no viviese del paro.
–Bueno -dijo Alce al fin-. Hablábamos de los de la Tercera Vía. ¿Qué piensas de ellos?
–Creo que son una panda de cabrones en quienes no vale la pena confiar -
respondí con firmeza.
–¿Ah, sí? – dijo Alce-. ¿Blair también?
Mierda. ¿Y ahora qué digo? Me parece que Tony Blair está bastante bien, pero algo me decía que no era ésa la respuesta que se esperaba de mí.
–Blair el primero -dije y, gracias a Dios, todos asienten y sentí como si hubiese superado una prueba. Salvo que, por desgracia, mi aprobado justito no duró mucho tiempo y me quedé callada como una tumba mientras todos se ponían a hablar de política, rogando porque no volviesen a pedir mi
opinión.
Nick regresó, me rodeó con su brazo y me susurró:
–Lo siento, me han hecho esperar una eternidad en la barra. ¿Va todo bien?
¿Qué iba a decir? ¿Que sus amigos eran horribles? ¿Que eran desagradables a rabiar además de unos maleducados? ¿Que hubiese preferido quedarme en casa contemplando las musarañas antes que estar en ese pub repugnante con esa gente repugnante? No tuve las agallas de decir nada, así que me limité a asentir y Nick pensó que todo iba bien, así que terminamos quedándonos y yo no dije nada en toda la santa noche, lo que no estuvo tan mal porque todos pasaron de mí. Nick se pasó toda la noche intentando que participara en la conversación, pero era demasiado política para mí y me quedé calladita, pensando qué coño estaba yo haciendo allí.
Y cada vez que Nick me preguntaba si lo estaba pasando bien, le respondía que sí, aunque era evidente que no, porque no decía ni pío. Así fueron las cosas, daos cuenta. La gente me tiene por alguien con mucha confianza en mí misma porque cuando estoy con gente que conozco, o gente con la que me siento a gusto, las cosas van sobre ruedas, pero si me ponen en medio de un grupo como ése, de gente hostil y antipática, cierro la boca.
Finalmente, a eso de las diez, ya no pude soportarlo más.
–Nick -le susurré-. Me duele un poco la cabeza. ¿Te importa si nos vamos?
Nick me miró sorprendido porque llevaba la voz cantante en la conversación y era obvio que se lo estaba pasando en grande.
–En absoluto -dijo-. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
–Pensé que el dolor se iría solo -mentí. Me puse en pie-. Encantada de haberos conocido -volví a mentir y en cuanto salimos fuera solté un enorme suspiro de alivio.
–Te han caído fatal, ¿eh? – me preguntó Nick.
–Lo siento mucho. Estoy convencida de que son una gente muy maja, pero la verdad es que conmigo no han sido muy simpáticos que digamos y no me sentía nada cómoda.
–Lo siento, Libby -dijo Nick y me rodeó con sus brazos-. Soy un estúpido.
Siempre me figuro que todo el mundo con quien estoy a gusto va a llevarse bien y ya sé que pueden ser un poco raros con los extraños, pero nunca pensé que serían tan antipáticos. Debimos habernos ido hace rato.
–No te preocupes. – Me acurruqué en su hombro mientras andábamos por la calle-. ¿Nos podemos quedar en mi casa esta noche?
Nick asintió y no sentí necesidad alguna de contarle que después de sentirme tan insegura durante toda la noche necesitaba ir a mi casa, estar rodeada de mis cosas, dormir en mi cama, segura y cómoda.
Y entonces llamó Jules.
–Hola, corazón -dice-. Jamie y yo hemos invitado a unos cuantos amigos a cenar la semana que viene. ¿Qué te parece si te traes al famoso Nick?
¡Dios mío! Nick con un grupo de abogados de los tribunales superiores se va a sentir tan incómodo como yo con un puñado de socialistas de la línea dura. Estoy a punto de decir que no, pero Nick se pone a asentir enérgicamente, porque Jules habla tan alto que puede oír todos y cada uno de sus comentarios.
–Lo tengo a mi lado -le advierto-, y dice que sí con la cabeza, así que supongo que iremos los dos.
–El miércoles por la noche, a las ocho y media. No es necesario que os arregléis mucho.
–Muy bien -le digo mientras Nick sonríe, entusiasmado por tener la oportunidad de conocer a mis amigos.
–Así que al fin voy a conocer a Jules -me dice cuando ya he colgado el teléfono-. ¿Cómo es? ¿Cómo es Jamie? ¿Quiénes son sus amigos?
Y me echo a reír porque Nick siempre me hace reír y luego el muy cabrón se pone a hacerme cosquillas y le pido a gritos que se detenga, aunque cuando lo hace ya estoy más o menos histérica y por suerte se detiene, porque unos cuantos segundos más y me meo encima. Entonces se pone sentimentaloide y serio y empezamos a besarnos y es la primera vez que hago el amor en un sofá, pero es estupendo y lo perdono por la mierda de velada y por tener unos amigos que son una mierda. De hecho, ahora mismo, creo que le perdonaría cualquier cosa.
«No es necesario que os arregléis mucho.» Eso puede significar cualquier cosa, pero sé que no quiere decir que podemos ir con vaqueros y zapatillas de deporte. Nick nunca me ha visto bien vestida y no sé qué pensará y, aunque no estoy nada mal cuando me pongo en plan elegante, no quiero que piense que venimos de mundos distintos, por lo tanto, éste es el objetivo en el que me voy a concentrar… aunque lo cierto es que nuestros mundos son diferentes.
Y sé que lo nuestro no tiene futuro, pero, y me cuesta admitirlo, también sé que es cierto que estoy pensando en él mucho más que antes, que tengo ganas de volver a verlo mucho más que antes, y sé, o al menos creo saber, que cabe la posibilidad de que las cosas se me vayan un poco de las manos.
Pero soy una adulta, puedo manejar la situación, ¿y qué pasa si Nick empieza a gustarme un poco más de lo que tenía previsto? ¿Qué implicaría eso? ¿Que debería cortar nuestra relación de raíz porque me gusta? No.
Exacto. Seguiré adelante y quizá esto sólo sea una etapa, quizá dentro de poco vuelva a mi situación de antes, tranquila, calmada, sosegada, libre.
Ya sé que sus amigos me cayeron fatal, pero me cago de miedo cuando
pienso que Nick va a conocer a los míos, porque deseo muchísimo que le gusten y que él les guste a ellos. Supongo que lo que busco es una aprobación general, aunque es imposible que no les guste cuando Nick es tan natural y divertido y dulce… Bueno. Ya saldrá el sol por donde quiera.
Aquí estoy, en mi dormitorio. He quedado con Nick que lo recogería en la estación del metro. Toda la habitación está llena de ropa y, como he cambiado de imagen completamente desde que conocí a Nick, ya no sé qué va con qué, y pese a que me apetece ir sofis, no quiero parecer una mujer elegante de mediana edad, no sé si sabéis a lo que me refiero. Quiero estar elegante, moderna y total, y al final creo que me he salido con la mía.
Un vestido estampado de color pardo, ceñido a las caderas, casi transparente y sandalias con tiras de Prada muy altas, que no me convencen demasiado, porque tal vez sean algo llamativas, pero hacen que me sienta guapa y esta noche lo que más necesito es un buen chute de confianza.
Me maquillo con cuidado, sólo un poco, lo imprescindible para resaltar mis ojos y mis labios, y cuando ya estoy lista me echo para atrás y, aunque suene pretencioso, Dios, estoy genial. Había olvidado por completo que podía estar tan guapa y no importa el hecho de que casi no pueda andar con estas puñeteras sandalias, porque estoy la mar de atractiva.
–Adiós, Liam -grito triunfante mientras cojo el bolso y salgo pitando del piso-, hola, Patsy. – Y salto al interior de mi coche para ir a recoger a Nick.
Y que Dios lo bendiga, el chico se ha esforzado. Esta vez no lleva su uniforme reglamentario de vaqueros y zapatillas deportivas; mi pareja viste pantalones de algodón y zapatos marrones con cordones, y una camisa azul celeste que resalta el color de sus ojos, y está guapísimo y, vaya, lo que hace la ropa, porque de repente me doy cuenta de que me gusta más que nunca.
–Estás increíble -le digo tan pronto como entra en el coche-. ¿De dónde has sacado esa ropa? – Y casi me caigo del susto cuando advierto que no sólo es bonita la camisa que lleva, sino que en el lado izquierdo lleva un jugador de
polo que me resulta de lo más familiar-. ¡No será de Ralph Lauren! –
exclamo cuando me repongo y sé que es una pregunta estúpida, porque resulta bastante evidente que es el bordado de Ralph Lauren, aunque si Nick lo lleva debe de ser una falsificación.
–Sí -responde-. ¿Y qué?
–¿De dónde la has sacado?
–Mi madre me compró toda esta ropa el año pasado, pero nunca me la pongo.
–Ya me he dado cuenta. – Me echo a reír-. Nunca he visto que la llevaras, pero, Nick, estás guapísimo.
También es cierto que se le ve muy incómodo. Jesús, me casaría con Nick si siempre vistiese así. Bueno, no, probablemente no lo haría. Que nadie se ponga nervioso, es sólo una manera de hablar.
Y entonces me mira y suelta un silbido de lobo muy lento y muy sexy.
–Dios mío -dice mientras asimila la visión de mi vestido-. Estás increíble.
–¿Increíblemente bien o increíblemente mal?
–Increíblemente sexy -responde, moviendo la cabeza de un lado para otro con incredulidad, al tiempo que mi ego amenaza con hincharse de tal manera que pronto no cabrá en el coche-. ¿Por qué no pasamos de la fiesta, te llevo a casa y nos damos un revolcón?
Y yo me echo a reír, pero cuando lo miro veo que va medio en serio.
–¡Estás nervioso! – Y yo asombrada de que lo esté.
–No lo estoy -replica demasiado deprisa.