Nadie es perfecto
siete
verás.» Me da la vuelta y me penetra por detrás, y mientras lo hace con una mano me frota el clítoris y de pronto gimo al mismo ritmo que él y siento cómo crece su miembro, y me pongo a proferir sonidos increíblemente animales al tiempo que el orgasmo más intenso de toda mi vida me recorre de pies a cabeza.
Cuando terminamos estoy agotada y hago algo que nunca había hecho. Me duermo entre sus brazos.
siete
–Cuéntame, Libby, cariño -dice mi madre mientras sirve té de su mejor tetera de porcelana-. ¿Cómo te fue anoche?
¿Sabéis? Resulta extraordinario, pero aquí estoy, con veintisiete años, independiente, madura, sofisticada y, sin embargo, en cuanto cruzo la puerta de la casa de mis padres me convierto en una adolescente malhumorada a quien las preguntas de mis padres irritan tanto como hace diez años.
–Fue bien -respondo, resuelta a ser agradable y a que sus preguntas no me amarguen la fiesta.
–¿Y? – insiste mi madre con una sonrisa.
–¿Y qué? – gruño mientras cojo la delicada taza de té.
–El chico con el que saliste, ¿es agradable?
–Está bien.
–Si sólo está bien, ¿por qué sales con él? – Mi madre se echa a reír y se
recoge el pelo detrás de las orejas, un tic nervioso que, por desgracia, he heredado.
–No estoy saliendo con él -vuelvo a gruñir-. Sólo salimos juntos anoche.
«Dios», pienso mientras, mentalmente, levanto la vista hacia el techo. ¿Qué diría si le contara la verdad? Si le cuento que sí, que salí con un chico y que luego acabamos en su piso follando porque nos apeteció hasta que caímos dormidos y que por la mañana me tomé un té en la cama (lo siento, mis ideas románticas de tomar el desayuno en la cama eran algo ambiciosas dado que lo único que había en la nevera de Nick, admitió de mala gana, eran seis cervezas, una lata de mantequilla y medio paquete de bacón caducado hacía tres meses), volvimos a hacerlo y que luego me he venido derechita para aquí (Nick y yo no nos pusimos de acuerdo para salir a pasear porque él quería ver un partido de fútbol, de modo que tuve que entretenerme leyendo números atrasados de Loaded).
–¿Y qué hace?
–Es escritor.
–Vaya, un escritor. Qué interesante. ¿Y qué escribe?
Mi madre será un incordio, pero no puedo contarle la verdad.
–Escribe, bueno, artículos.
–¿Qué tipo de artículos?
–Para revistas de hombres.
–Qué bien. Seguro que tiene éxito.
–Sí. ¿Mamá? – Se me acaba de ocurrir algo para cambiar de tema-. Creía que tenías pastel de mazapán y chocolate.
–Oh, qué tonta soy -dice y se levanta mientras yo suspiro de alivio-. Lo había olvidado. Está en la cocina. – Y desaparece mientras me cruzo con la mirada de papá y sonrío cuando él pone cara de resignación y mira al techo.
Mamá regresa y me pregunta:
–¿Y tiene nombre tu novio?
–No es mi novio, pero sí, se llama Nick.
–Nick -repite ella y pienso que le daría un ataque al corazón si viera dónde vive-. Las cosas le deben de ir bien si puede permitirse el lujo de vivir en Highgate. ¿Vive en una de esas magníficas casas tan grandes?
–No, mamá -vuelvo a suspirar-. Nadie vive en casas grandes, ya lo sabes.
Todos tenemos pisos.
–Oh, claro -dice-. ¿Has estado en su piso? ¿Es bonito?
–No la atosigues -la interrumpe mi padre bajando el periódico-. Hace poco que lo conoce, ¿verdad, Libby?
Asiento mientras le dirijo una sonrisa de alivio.
–Sólo me preocupo por ti -dice mi madre alisándose el delantal antes de sentarse-. Cuando yo tenía tu edad ya estaba casada y tú tenías tres años. No os entiendo, chicas. Queréis ser tan independientes…
–Sí. Somos las mujeres de los noventa -le digo- y, además, no me preocupa casarme. Mi trabajo me interesa demasiado.
Dios, si eso fuese cierto…
–¿Y cómo te va en el trabajo? – pregunta papá y, como siempre, saco a la luz todas las historias del trabajo que les fascinan y les cuento lo de Amanda esperando que se rían y mi padre lo hace aunque al poco tiempo se
detiene en seco cuando ve la expresión de mi madre.
–Eso no está bien, Libby. ¿No crees que deberías decírselo?
–Oh, vamos, mamá. Todo irá bien. Esa chica posaría desnuda si pensase que con ello obtendría publicidad.
–Bueno, quién mejor que tú para saber lo que haces -dice con las cejas arqueadas, lo que significa que no tengo ni idea de lo que tengo entre manos y que desaprueba mi comportamiento.
–¿Cómo está Olly? – les pregunto al fin porque sé que la única forma para ponerla de buen humor es preguntarle por mi querido hermano, la niña de sus ojos.
–Hecho un tunante, para variar -dice mi madre-. Entregado en cuerpo y alma a su trabajo y rompiendo el corazón de todas las chicas. No sé de qué me sorprendo.
Por mucho que odie admitirlo, adoro a mi hermano. Veintiséis años, guapísimo, cada vez que lo veo me da un ataque de risa y eso que no coincidimos tan a menudo como me gustaría. Es el tipo de persona que todo el mundo adora al instante y aunque a veces creo que debería estar celosa de eso, de su naturalidad, la verdad es que no lo estoy y sólo me jode cuando me dice que debería dejar en paz a mamá.
No obstante, cuando éramos niños lo odiaba. Lo odiaba por ser siempre tan listo y tener un gran espíritu deportivo y ser tan popular. Porque nunca se equivocaba, de ahí que, lógicamente, fuese el favorito de mamá. Pero, cuando me fui de casa para ir a la universidad, las cosas cambiaron de repente, y la primera vez que regresé a casa para pasar las vacaciones, Olly dejó de ser el incordiante hermano pequeño y empezó a ser un igual.
También ayudó el hecho de que comenzase a fumar. Los dos nos encerrábamos en mi habitación y fumábamos frenéticamente asomados a la ventana para luego, en cuanto terminábamos, rociar con un ambientador
dulzón hasta la náusea. Él fue quien me introdujo en el mundo de los petas y me enseñó cómo coger un Rizla grande, espolvorearlo primero con tabaco, luego con trocitos de maría ligeramente quemados y liarlo, hasta que cogía una forma sospechosamente parecida a la de un tampón súper plus.
Pero, por supuesto, mamá nunca lo supo. De haber sido así, se hubiese puesto a chillarme por beber o por fumar o por volver tarde por la noche, pero como Olly nunca hacía nada malo, cuanto mayor me hacía tanto más nos reíamos juntos, y a partir de entonces, de repente, Olly se puso de mi parte y le contaba a mamá que yo no había estado bebiendo, ni follando ni nada.
Y ella le hacía caso. Se ponía a despotricar hasta que aparecía Olly y decía que se había encontrado conmigo hacía un rato y que yo estaba con Susie y que mamá debía de haberlo entendido al revés… ¡y ella lo creía!
Incluso hablamos de compartir un piso durante un tiempo, pero decidí que, por mucho que lo quisiese, no podría vivir con su desorden, de modo que yo me busqué un piso y él consiguió un trabajo en Manchester.
Olly es feliz. Le encanta vivir allí. Ha alquilado un piso enorme en Didsbury, trabaja de productor en una importante cadena de televisión y los fines de semana se va de juerga por todos los clubes. No tiene ninguna novia con la que vaya en serio, los problemas con las relaciones deben venir de familia, pero tiene todas las aventuras que le apetecen. Lo telefoneo cada fin de semana, por lo general mi llamada lo rescata de la profundidad de otra resaca descomunal, y también demasiado a menudo tiene que llamarme al cabo de un rato, cuando el resultado de la noche anterior se ha maquillado y se ha ido.
Además, aparte de Jules, es perfecto para solucionar mi vida amorosa. No es tan listo como ella, pero se le da muy bien explicar la perspectiva que los hombres tienen de las cosas; y me he pasado horas y horas al teléfono hablando con él para buscar estrategias que me ayuden a conseguir al hombre de mis sueños.
–¿Cómo le va en el trabajo? – pregunto, porque últimamente he estado muy liada y no he podido llamarlo.
–Tiene un nuevo programa de cocina -responde mamá, sacando pecho porque la producción televisiva es un tema que conoce. Al menos debería, después de las horas que se pasa delante de la tele.
Las relaciones públicas, por lo que a ella se refiere, no cuentan. No puede presumir de que su hija trabaja de relaciones públicas, porque nunca ha llegado a entender en qué consiste mi trabajo, por mucho que haya intentado explicárselo un millón de veces. Además, mi madre piensa que yo no debería trabajar. Cree que debería quedarme en casa preparando comidas suculentas para mi marido, que trabajase para mantenerme a mí y a mis diez hijos. Ése es el estilo de vida al que le gustaría que me acostumbrase.
Cualquiera diría que aún vive en los albores de la Edad Media. Sin embargo, un productor de televisión… Eso es algo que sí entiende, algo de lo que puede ver pruebas, razón por la que dice: «Mi hijo, el productor de televisión.» Con el tiempo se ha convertido en su muletilla.
–¿De cocina? – Me echo a reír-. Pero si Olly no sabe nada de cocina, excepto el arroz al curry y las hamburguesas para llevar.
–Se llama El gastrónomo vegetariano. -Es evidente que está resuelta a pasar por alto mi último comentario.
– ¿El gastrónomo qué? – Esto sí que es increíble-. Olly siempre ha sido el típico hombre de carne y guarnición de verduritas.
–Ya lo sé -dice ella-, y para serte sincera no entiendo toda esa tontería vegetariana. No me cabe la menor duda de que coméis así porque está de moda, pero ya ves… -Y me mira intencionadamente mientras yo desvío la mirada, porque a la mínima ocasión que le das, hurga en la herida.
Sí, muy bien, ¿y qué? Fui vegetariana durante una época, alrededor de dieciocho meses y no puedo decir que lo hiciese para evitar la crueldad con
los animales, sino porque todos mis amigos lo eran y yo no iba a ser menos.
No estuvo mal. Ni siquiera echaba en falta la carne. Pero toda esa historia de que comer vegetariano es comer sano es un rollo patatero. Será verdad si te pasas la vida comiendo ensaladas y frutos secos. Pero yo vivía de pan, queso, huevos y pasteles. Me puse como una vaca. Recuerdo la primera vez que volví a comer carne; salí con unos amigos, un grupo en el que todos comían carne, y fuimos a un restaurante chino donde sirven comidas para llevar y yo me quedé allí en medio, de pie en el establecimiento, oliendo todos aquellos aromas deliciosos. Todo el mundo pedía cerdo agridulce y pollo al limón y yo pensé: «A la mierda. Si tengo que volver a comer verdura a la cantonesa me pondré a gritar.» Así que no lo hice y pedí costillas de cerdo a la barbacoa. Estaban deliciosas. Nunca eché de menos mi régimen vegetariano.
Pero que Olly haga un programa sobre cocina es ridículo. Y se lo digo.
–Está leyendo libros sobre el tema -dice mamá con orgullo-, y ya sabes cómo es Olly. De la noche a la mañana se convertirá en un experto en la materia. No entiendo por qué razón ninguno de los dos ha heredado mis habilidades culinarias.
–¡Yo sé cocinar! – exclamo casi a gritos.
–Libby, cariño, preparar unos espaguetis a la boloñesa no tiene ningún secreto.
–Disculpa, mamá, pero aparte de que nunca has comido en mi casa, ¿cómo sabes si sé cocinar o no? Resulta que soy una excelente cocinera -insisto sin bajarme del burro.
–¿De veras? – responde mamá con tono de aburrimiento-. ¿Y cuál es tu especialidad?
Mierda. Me quedo quieta intentando pensar en algo, pero no hay forma, me he quedado en blanco.
–Puedo cocinar cualquier cosa -fanfarroneo.
–Claro, cariño.
Y punto. Ya he tenido suficiente.
–Tengo que irme -digo mientras me levanto y me acerco a mi padre para darle un beso de despedida.
–¿Tan pronto? – pregunta mientras vuelve a bajar el periódico.
–Sí. Tengo cosas que hacer y he quedado con unos amigos.
–Pero Libby -objeta mi madre-, si sólo hace cinco minutos que has llegado.
Más de una puñetera hora y, en cualquier caso, ya hace demasiado rato.
–Lo siento, mamá. Ya te llamaré durante la semana. – Y salgo disparada antes de que me haga sentir culpable.
Subo al taxi que he llamado antes y enciendo el móvil de inmediato.
Maldita sea. No hay mensajes. Pero ¿qué esperaba? ¿Que Nick llamase para decirme que me echa de menos? Poco probable, pero en ese momento se pone a sonar y el número de Jules aparece en la pantalla y abro el teléfono.
–¿Dónde estabas? – se queja-. Tenías el móvil desconectado. Me pongo enferma cuando lo haces.
–Lo siento -digo recostándome en el asiento del coche. Enciendo un pitillo antes de levantar la vista y ver que mi madre aparta las cortinas-. Mierda.
Espera. – Ni siquiera le he dicho al taxista adónde vamos-. A Ladbroke Grove -le indico y me despido de mi madre con la mano mientras recorremos la calle a paso de tortuga hasta que la pierdo de vista. Entonces vuelvo al teléfono. Los móviles son, cómo no, otro de los «aparatos modernos» que mi madre no soporta.
–¿Y bien? – me pregunta.
–¿Y bien qué? – Me echo a reír.
–¿Cómo te fue?
–Increíble. Fue encantador, es encantador.
–¿Te quedaste en su casa?
–Sí y volvimos a disfrutar de una fantástica sesión de sexo. – Bajo la voz hasta convertirla en un susurro para que el taxista no me oiga.
–Y su estudio, ¿es tan asqueroso como pensabas?
–Dios mío, Jules -gruño-. Peor. Mucho, mucho peor.
–¿Cómo?
–Está hecho un desastre. En serio, Jules; suerte que esto sólo es una aventura, porque no podría vivir así. No entiendo cómo él puede.
–¿Estaba sucio?
–No, aunque las sábanas no olían precisamente a detergente. Es un agujero de lo más cochambroso.
–Ya veo. La prueba definitiva es el baño. Mientras el aseo esté decente no importa cómo esté el resto del piso.
Humm. Qué interesante.
–En realidad el cuarto de baño estaba bien. De hecho, es bonito. ¡Y me mintió en lo de que no tenía bañera!
–¿No había manchas?
–No. Limpio como los chorros del oro.
–A Dios gracias. Me da igual si un hombre vive en una pocilga siempre y cuando el pavo sea limpio.
–Nick es limpio -le informo, al tiempo que recuerdo su olor a limpio, masculino y adorable.
–Entonces, ¿no te has enamorado?
–¡Dios mío, no! Ayer tuvimos una conversación. – Y se la cuento palabra por palabra, con pelos y señales, mientras ella escucha con suma atención.
Cuando termino me vuelve a salir con la misma historia.
–¿Estás segura de que vas a poder controlarlo?
–¡Por supuesto! Jules, escucha, si creyese que va en serio te lo diría,
¿verdad?
–Ajá.
–En todo caso, después de nuestra conversación, ahora los dos sabemos en qué punto nos encontramos y nos parece bien.
–Mientras no te haga daño.
–Cállate, Jules. Sabes de sobra cuánto odio esa expresión.
Y es cierto. La odio. ¿Por qué se molesta la gente en decirte algo así?
Quiero decir, ¿tengo otra opción? ¿Encerrarte en un ático y no salir nunca por miedo a que te hagan daño? ¡Y un cuerno! Por la cuenta que te trae, en una relación tienes que darlo todo, porque si tiene que hacerte daño, te lo hará, pero al final al menos te queda el consuelo de saber que lo has intentado con todas tus fuerzas.
Aunque no tenga previsto darlo todo en esta relación, o aventura, o sea lo que sea, al menos no cuando estamos fuera del dormitorio. No, así está bien. Una relación sana. Controlo la historia y eso es algo en lo que no tengo mucha experiencia. Qué diablos, ni he pensado en Nick desde que me fui de su piso. No mucho. Bueno, vale, no tanto como pensaba en mis otros novios. ¿Contentas?
Seguramente debéis de pensar que miento, pero es verdad, porque en el pasado pensaba en mis nuevos novios todo el santo día. Bueno, casi. Esto es algo que nunca he entendido de los hombres. No importa lo locos que estén por ti, pueden seguir con sus vidas, sus trabajos, sus amigos y no volver a pensar en ti. Cuando lo hacen, algo que por lo general ocurre cuando no piensan en nada más, descuelgan el teléfono y te llaman, sin tener en cuenta el hecho de que tú hace una semana que lloras desconsolada porque no te han llamado.
Personalmente creo que es porque los hombres son unos inútiles a la hora de hacer malabarismos. No estoy hablando de sabérselas componer con el trabajo o con los niños ni todo ese rollo, no; estoy hablando de hacer más de una cosa a la vez. Las mujeres pueden planchar, ver la televisión, hablar por teléfono y contestar a la puerta y todo al mismo tiempo. En cambio los hombres… Los hombres sólo pueden ocuparse de una sola cosa a la vez.
¿Alguna vez habéis probado a hablar con un tío mientras intenta aparcar el coche? Exacto. No os hará ni caso porque sólo puede concentrarse en una cosa al mismo tiempo. Así que nosotras seguimos con nuestras vidas mientras ellos se instalan en nuestras cabezas, sin tan siquiera pagar alquiler, y ellos siguen con sus vidas sin volver a pensar en nosotras.
Y no estoy diciendo con esto que nuestra manera de hacer las cosas sea mejor. La de veces que he deseado poder dejar de pensar en alguien y continuar con mi trabajo, pero no puedo. Una vez se te han metido en la cabeza, se quedan ahí para siempre, hasta que te dejan o tú logras olvidarlos. Para seros sincera, encuentro todo este proceso agotador, y ésa es la razón por la que, sentada en el coche y hablando por teléfono con Jules, decido que esta vez no pienso hacerlo. De hecho, estoy harta de hablar de él, de recordarlo, de analizarlo.
–Jules, tengo que colgar -le digo.
–¿Por qué? ¿Adónde vas?
–A mi casa, quiero darme un baño. Ahora estoy en un taxi y no puedo hablar.
–De acuerdo. ¿Me llamas luego?
–Sí. ¿Estarás en casa?
–Sí.
Cuando llego a mi casa salto a la bañera, y mientras disfruto del baño, empapada en burbujas con olor a lavanda, me recuerdo que no voy a pensar en Nick, pero entonces pienso que pensar un poco en él tampoco me va a hacer ningún daño. Así que decido darme tres minutos para recordar a Nick y se acabó, al menos por hoy.
Y cuando sus tres minutos han pasado, cojo un libro y me pongo a leer y cada vez que Nick amenaza con colarse en mi cabeza (una vez cada dos páginas) lo echo fuera hasta que estoy tan enfrascada en el libro que ya no pienso en él y cuando Jules me llama un poco más tarde estoy en mitad de una buena película de domingo por la noche, lo cual, estaréis conmigo, es una razón perfectamente válida para no hablar con tu mejor amiga, ya que por lo general la programación del domingo por la noche no vale un pimiento, y cuando me meto en la cama estoy tan cansada que no tengo ni fuerzas para pensar en Nick, por mucho que quiera. Pero no quiero. Lo digo por si alguna sentía curiosidad.
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