Nadie es perfecto

Jane Green · Capítulo 6 de 31

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Nadie es perfecto

seis

1471.

«Número de teléfono 0.1.8.1.3.4.0.2.3…»

¡Sí! ¡No me molesto en oír el número hasta el final porque es un número de Highgate y no conozco a nadie más que viva en Highgate! ¡Sí! ¡Ha llamado! y eso me da la inyección de energía que necesito para correr hacia el baño y estar lista cuando vuelva a llamar. Sí, ya sé que podría llamarlo yo, no juego a hacerme la esquiva, es sólo que, al cabo de tantos años de perseguir a los hombres, me doy cuenta de que es mejor no llamarlos.

Nunca. Si puedes evitarlo. Y eso incluye devolverles las llamadas. Lo que ocurre es que no se me da muy bien.

Y para asegurarme de que no me rindo a la urgencia que tengo de telefonearle, decido bañarme, y nada más sumergir la cabeza bajo el agua, el teléfono suena y salto como si me hubiese dado un calambre y echo a correr hacia la salita, dejando tras de mí un rastro de charquitos. Descuelgo el teléfono e, intentando parecer lo más calmada y sexy posible, digo con voz aterciopelada:

–¿Dígame?

–¿Libby?

–¿Sí?

–Soy Nick.

seis

Dios mío, tengo una crisis aguda de vestuario. Las zapatillas deportivas son geniales, más que geniales, perfectas, pero ¿con qué diablos las combino?

Me he probado los vaqueros y la camiseta, y no me sientan muy bien, y no, no es que esté nerviosa, pero, demonios, quiero estar guapa.

La cama está cubierta de ropa y, al final, en el fondo del armario, encuentro una camiseta negra estrujada que hace al menos un año que no veía.

Insegura, la olfateo y, bueno, huele un poco a cerrado, pero la puedo rociar con perfume y plancharla y ¡sí! Es perfecta. Se me abraza al cuerpo, se ajusta a la perfección a mi cintura y me queda bien con los vaqueros negros.

Pero, un momento, aunque lleve zapatillas deportivas, ir de luto riguroso impresiona un poco. No es suficientemente desenfadado, no es suficientemente joven. Mierda.

Una hora más tarde me pongo una camiseta blanca con un logotipo de niña ingenua estampado en el pecho, mis 501 favoritos, los más viejos y descoloridos, y mis queridas zapatillas deportivas. Saco unos pendientes de plata maciza del fondo de la cajita de cartón piedra que utilizo como joyero y, qué diablos, también me pongo un par de anillos de plata maciza.

Perfecto.

He quedado con Nick en el Flask de Highgate, un pub que recuerdo vagamente de mis años de adolescente, y como sé que voy a beber dejo el coche en casa y llamo a un servicio de taxis. Cuando estoy a punto de salir, el teléfono se pone a sonar.

–Hola cariño, soy mamá.

Como si no estuviera claro.

–¿Qué pasa mamá? He quedado para salir y voy a llegar tarde.

–Qué bien. ¿Vas a algún sitio en especial?

–Tengo una cita. – Maldita sea, no quería decírselo. Ahora me va a

acribillar a preguntas.

–¡Fantástico! – exclama y casi puedo oír cómo su cerebro se pone en marcha al otro lado del teléfono-. ¿Un buen chico?

Y sé que ahora viene la pregunta de cómo se gana la vida, qué coche conduce, dónde vive y, básicamente, si es lo suficientemente bueno para su hija.

Ése es el problema de tener unos puñeteros padres burgueses. No es que no los quiera. Los quiero mucho, me machacan con esa historia de que debo casarme con un hombre que pertenezca a un nivel social más alto que el mío, y procuro no contarles nada sobre mi vida, pero a veces hay cosas que se me escapan.

–Sí, muy bueno -suspiro-, pero tengo que irme ya.

–Bueno -me retiene-. Estos jóvenes de hoy en día. No sé, siempre vais con prisas… Tu padre y yo nos preguntábamos si vendrás mañana a tomar el té.

–Oh. – Lo había olvidado-. De acuerdo.

–Perfecto, cariño. Tengo un poco de tu pastel favorito, el de mazapán y chocolate.

Mi madre aún cree que mis gustos son los mismos que cuando tenía seis años, pero no me molesto en decirle que últimamente huyo del pastel de mazapán y chocolate como de la peste, porque no termina en mi estómago, más bien se acomoda en mis muslos.

–De acuerdo, mamá. ¿Os va bien a las cuatro? – Mentalmente ya me estoy organizando el día. Un desayuno tarde en la cama con Nick, tal vez un paseo por Kenwood y luego un largo beso de despedida. Sí, si lo programo a la perfección puedo llegar a casa de mis padres en Finchley a las cuatro de la tarde.

–Perfecto, cariño. ¿De qué trabaja el chico con el que vas a salir?

–Mira, mamá, tengo que irme. Ya ha llegado el taxi.

–¿No te recoge él? – pregunta con una nota de horror en la voz.

–No, mamá. Nos vemos mañana. Adiós. – Y suavemente cuelgo el teléfono, no sin soltar un suspiro, cuando el timbre de la puerta suena y el taxi llega de verdad.

Veamos, ¿lo llevo todo? ¿Braguitas limpias, pasta de dientes, maquillaje, crema hidratante? Sí. El bolso de Prada está tan lleno que parece que vaya a reventar de un momento a otro. Cojo una chaqueta y bajo la escalera corriendo.

Cuanto más nos acercamos a Highgate más nerviosa estoy. En Queen's Park compruebo el carmín de los labios. En West End Lane miro que mi cara no brille por el sudor. En Hampstead me atuso un poco el pelo. En Kenwood empiezo a dar golpecitos con los pies e intento hacer caso omiso del conductor, que no deja de mirarme por el retrovisor.

–¿Va a un sitio elegante? – pregunta al fin con un acento europeo del este muy marcado.

–Ejem, sí -respondo porque, con franqueza, no tengo por qué darle conversación y no me gusta ni pizca la forma que tiene de mirarme.

–Va muy guapa.

–Gracias -le digo con un tono de voz que espero que lo desanime. Lo consigo, pero luego me siento culpable, así que cuando detiene el coche le doy un par de libras de propina y me quedo de pie en la calle durante un rato, preguntándome cómo irán hoy las cosas y dónde está Nick.

–¡Libby! – Levanto la vista y allí, sentado en una mesa de la terraza, está Nick, y mientras me dirijo hacia él siento cómo toda la tensión desaparece

porque, después de todo, sólo se trata de Nick y está guapísimo, es guapísimo, y de pronto sonrío resplandeciente porque todo el mundo se da la vuelta para mirarlo cuando me llama. La mayoría de las mujeres no dejan de mirar y ¡eh! ¡Está conmigo! Me quedo de pie delante de él sin estar muy segura de qué hacer. ¿Le doy un beso? ¿Un abrazo? ¿Le digo sólo «hola»?

Y entonces, se echa hacia delante, en busca de mis labios, y, tonta de mí, vuelvo la cabeza por los nervios, y sólo alcanza la comisura. Me mira algo sorprendido, pero luego sonríe y me pregunta qué me apetece beber.

Veo que ya ha dado cuenta de media pinta de cerveza, y pedir un vodka con zumo de arándanos, lo que siempre tomo, desentonaría por completo, así que pido una jarrita de cerveza, algo que parece complacerlo, y luego desaparece en el interior del pub para ir a por ella mientras yo tomo asiento y me felicito por mi fantástica fuerza de atracción.

Nick vuelve con una sonrisa en los labios y deja la cerveza encima de la mesa, delante de mí, diciendo:

–¿Sabes, Libby?, me sorprendes. Te tenía por una amante de los combinados.

Y yo levanto mi vaso de cerveza y doy un sorbo, procurando no hacer ninguna mueca, y digo:

–A donde fueres…

–Ah. Así que hubieras preferido un gintónic.

–¡Un vodka con zumo de arándanos! – exclamo-. ¡Por favor! – Porque los gintónics, por deliciosos que sean, siempre me recuerdan a mis padres y es la única bebida que nunca pido porque sé perfectamente que eso, más que cualquier otra cosa, delataría mis orígenes.

Nick se echa a reír.

–¿Cómo te ha ido la semana? – me pregunta, y no sé si contarle la historia

de Amanda y las fotos que le van a hacer, pero se lo cuento porque es una buena historia y se ríe sin parar. Y yo me lo paso en grande. De hecho, me lo paso mejor de lo que creía.

El caso es que desde esa noche, la noche que pasé con Nick, cada vez que pienso en él pienso en sexo. Nunca he pensado en él como persona, porque los objetos sexuales no tienen por qué tener personalidad, ¿verdad? Pero ahora aquí sentada, en el primer calor de la noche, me sorprende que Nick sea tan agradable, alguien con quien resulte tan fácil sentirse a gusto.

Nick me cuenta cómo le ha ido la semana. Me cuenta que una vez más ha hecho unos cuantos envíos por correo, en esta ocasión a ocho editores, con los tres primeros capítulos de su obra maestra, y que de momento ya ha recibido una carta de rechazo donde le dicen que la idea es interesante, pero que «no entra en su línea editorial».

–¿Alguna vez has pensado en dedicarte a otra cosa? – me atrevo a preguntarle, ya que no sé por qué se toma tantas molestias si no es suficientemente bueno.

–No. – Niega con la cabeza-. Bueno, quizá. Si surgiese algo interesante supongo que lo haría, pero escribir siempre ha sido mi sueño.

–Pero ¿de qué vives?

–¿A qué te refieres?

–¿De dónde sacas el dinero?

–Del gobierno de Su Majestad -responde orgulloso.

Yo palidezco.

–¿Vives del paro?

–Pues sí.

–Ah. – Me quedo sin habla, y sigo sentada preguntándome qué voy a decir y pensando en cuánto se reiría Jules. De Jon con su Mazda MX-5 a esto.

Vaya. ¿Qué demonios hago yo aquí?

–No me importa -dice, riéndose en mi cara-, aunque a ti, por lo que parece, sí.

–No es que me importe -me defiendo y decido no decirle que nunca hasta entonces había conocido a alguien que viviese del paro-. Es sólo que me parece una pena que desperdicies tu talento.

–Pero si no lo desperdicio. Sólo quiero que se reconozca.

–Ah. En ese caso, de acuerdo.

–¿Tienes hambre? – pregunta a la cuarta ronda de bebidas (yo pago dos porque no soy una tacaña y más sabiendo que Nick vive del paro).

–Pues la verdad es que sí. Me muero de hambre.

–Un poco más allá hay una pizzería donde se come muy bien. Pensé que podríamos ir y cenar algo.

–Ajá. – Asiento enérgicamente, quizá demasiado porque tanta cerveza se me ha subido a la cabeza-. Suena de perlas. – Nos levantamos y nos ponemos a andar. Al final resulta que la pizzería no está un poco más allá, está casi en la otra punta de Londres y después de veinte minutos de paseo le pregunto-: Nick, ¿dónde está ese sitio?

–Ya casi hemos llegado. Dios mío, no tienes remedio.

–No es verdad -digo, y le doy una bofetada en broma y él se da la vuelta y me agarra, diciéndome:

–No me abofetee, señorita.

Me entra la risa tonta cuando Nick me dice que mi castigo es darle un beso, y me acerco y le doy un pico en los labios y él se echa hacia atrás y se los relame.

–No. Eso no es suficiente.

Le doy otro beso un poco más largo, y él se queda allí de pie y mueve la cabeza, y yo me vuelvo a acercar. Esta vez abre los ojos y me mira mientras lo beso y, antes de darme cuenta, se ha convertido en un enorme y delicioso morreo, y el corazón me da un vuelco.

El beso rompe el hielo, el poco que había. No me doy cuenta de los últimos veinte minutos del paseo porque vamos cogidos de la mano y nos detenemos cada dos por tres para besarnos apasionadamente. Nos entra la risa tonta como a dos adolescentes. Me he olvidado por completo del hambre que tenía y de las piernas que me duelen, y de pronto Nick se gira hacia mí y me pregunta cómo están mis piernas.

–Bien -le respondo, después de dejar de quejarme por tener que andar tanto.

–¿No quieres que te lleve a caballito?

–¡Estás loco! – Me echo a reír-. No, no quiero que me lleves a caballito. –

Pero antes de que me dé tiempo de reaccionar me carga a sus espaldas como si nada y echa a correr por la calle mientras yo grito encantada y lo golpeo en los hombros con los puños para que me baje, que es, más o menos, lo que quiero (me preocupa que pese demasiado), y entonces llegamos y,

¿sabéis qué?, me gustaría que el paseo durase siempre, no recuerdo haberlo pasado tan bien desde hacía siglos.

Nos dan una mesa pequeña y agradable en una esquina con una botella en el centro cubierta de la cera de una vela y todos los comensales que hay en el establecimiento son iguales que Nick: jóvenes, modernos, sin dinero, pero todos sonríen y me pregunto si, quizá, podría acostumbrarme a todo esto, a este mundo tan lejos de los bares y restaurantes caros y encopetados a los

que suelo ir, a este mundo donde la gente parece estar más relajada, sin que les importe vestirse de una forma o de otra para impresionar. Me pregunto si, al fin y al cabo, el tipo de vida que lleva Nick está tan mal.

El camarero, que, por supuesto conoce a Nick, se acerca para tomarnos nota y los dos se estrechan la mano y se saludan: «Me alegro de volver a verte»

y Nick le pide lo que quiere y yo me quedo allí sentada pensando:

«Deberías habérmelo preguntado a mí primero», pero luego pienso que no tiene importancia y pido una pizza Fiorentina y una ensalada para acompañarla. Nick pide una botella de vino tinto de la casa.

Tan pronto como el camarero desaparece, Nick se pone un poco serio y suspira.

–¿Qué ocurre? – pregunto.

Silencio.

–De acuerdo -dice al fin-. ¿Crees que es hora de que hablemos?

Oh, mierda. Mierda. Mierda. Sabía que era demasiado bonito para ser verdad. Ahora es cuando me suelta que no quiere volver a verme.

–Bueno -digo dubitativa-. No me parecía que tuviésemos nada de que hablar, pero si hay algo que quieras decirme, será mejor que lo hagas.

–Como quieras.

Cabecea y luego suspira, y luego no dice nada y yo empiezo a sentirme incómoda.

–Mira… El caso es que…

Se detiene y me mira, y me coge la mano, pero al cabo de unos segundos la retiro porque sé que no me va a gustar lo que tiene que decirme y no quiero tener mi mano entre la suya mientras lo haga.

–Jesús -dice-. Es tan difícil…

–¡Por el amor de Dios! – exclamo, tan nerviosa que mi voz se torna áspera, fuerte-. ¿Piensas decirlo de una vez?

–Allá voy. No estoy preparado para una relación.

Yo no digo nada. No hay por qué. No es la primera vez que me lo dicen.

–Pero… -Y levanta la vista-. Me gusta mucho estar contigo.

–¿En qué quedamos?

–No lo sé. – Suspira de nuevo y mueve la cabeza-. Me parece que lo que intento decirte es que quiero que sepas que no estoy preparado para comprometerme. No estoy preparado para mantener una relación. De un tiempo a esta parte he estado sin pareja, me gusta estar así y no estoy listo para renunciar a eso.

–¿Eso es todo?

–Bueno, no, porque me gustas y quiero seguir viéndote, pero es que no quiero que te hagas una idea equivocada.

–Pero Nick, yo tampoco estoy preparada para una relación -le digo, y es verdad-. Hace tiempo que no salgo con nadie y sigo pensando lo mismo. –

Nick parece que se haya quitado un peso de encima-. Y sé que tú no eres mi príncipe azul ni yo tu princesa, pero eso no significa que no podamos disfrutar de la compañía del otro.

El alivio que se dibuja en su rostro se extiende por todo su ser. Casi veo cómo sus hombros se relajan.

–¿Así que nuestra situación te satisface? – me pregunta.

–Absolutamente -afirmo con decisión-. Nos gusta estar juntos, nos lo pasamos bien en la cama, de modo que relajémonos y disfrutemos hasta que se acabe.

–Libby -dice, acercándose hacia mí por encima de la mesa y besándome-,

¡eres fantástica!

Me sonrojo y pienso para mis adentros: «Ya está. No ha sido tan difícil y al menos esto hará que no me enamore de él.» No es que tenga intención de enamorarme, entendámonos. Pero ahora seguro que no me enamoro. No tendría sentido.

Disfrutamos de una cena encantadora. No, de hecho no es verdad, porque aunque no pueda hablar por Nick, apenas he tocado lo que tenía en el plato.

Estaba demasiado ocupada besándolo por encima de la mesa y cogiéndole la mano por debajo, pero fue encantador. La velada fue encantadora. Él fue encantador.

¿Y sabéis lo mejor de todo? Lo mejor de todo fue pasar un sábado por la noche en compañía de un hombre. Hacer como que éramos una pareja.

Hacer como que soy tan buena como el resto de las mujeres que hay por ahí, que yo también tengo un hombre, que no soy una soltera triste y solitaria que vuelve a salir con sus amigas los sábados por la noche.

Es probable que penséis que estoy loca. Sé que Jules piensa que estoy loca, porque estar soltera tiene sus ventajas, cuando estás ocupada y conocer hombres y tener citas es lo mejor del mundo y no lo cambiarías por nada.

Pero cuando todas tus amigas solteras de pronto se echan novio y tú eres la única que sigues sola, te sientes la más desgraciada. Llamas a las chicas de tu pandilla y les preguntas si les apetece acompañarte a un bar un sábado por la noche y se disculpan y te dicen que están con Steve o con Pete o con Jake, pero que pueden quedar contigo para tomar un café por la tarde. Si tienes suerte aparecerán solas, con una sonrisa enorme estampada en el rostro y se sentarán y te entretendrán cantándote las excelencias de su nuevo amor. Si no tienes suerte, arrastrarán a su chico hasta donde habéis quedado y no te quedará más remedio que dar un poco de conversación a

alguien a quien no conoces de nada mientras tu amiga lo mira a los ojos, extasiada por todas esas cosas aburridas que se le ocurren a su novio y tú desapareces tan rápidamente como la buena educación te lo permite.

Y así te pasas los sábados por la noche sola o, peor aún, vas a una cena a la que te han invitado y cuando llegas te enteras de que esos horrorosos solteros que habían invitado para que los conocieras no han venido, de modo que entonces hay tres parejas y tú con tu circunstancia, y te pasas toda la velada sintiéndote como una mierda.

Pero esta noche, soy una de ellas. ¡Formo parte del juego! ¿Y sabéis qué?

Me encanta.

Terminamos de cenar y vamos andando al piso de Nick, se supone que me quedaré a pasar la noche, aunque ninguno de los dos lo ha mencionado, porque, después de todo, ¿qué significa «disfrutar de la compañía del otro»

sino irse juntos a la cama? Nick me lleva por un sendero hacia un edificio Victoriano de ladrillos rojos. En la ventana de delante hay postigos con tablillas de madera. Casi puedo ver a través de ellos. El sitio no parece tan horrible, más bien tiene toda la pinta de ser encantador.

Ha dejado una luz encendida y, de acuerdo, quizá no sea muy de mi agrado, pero es bonito; en absoluto el mugriento agujero con el que esperaba encontrarme. Cruzo la puerta y, mientras Nick revuelve unos sobres que hay en una mesa de la entrada, dejo mi bolso en el suelo delante de su puerta y espero.

Nick levanta la vista y se echa a reír.

–Este piso no es el mío. Yo vivo arriba.

–Oh -digo ruborizándome y recojo el bolso-. Lo siento.

Subimos. Abre la puerta que, esta vez sí, da a su piso y entro en el estudio donde imagino que vive. Es horrible.

No es que esté sucio, al menos no a primera vista, es sólo que es un caos donde todo está revuelto y dejado. Hay un futón sin hacer en un extremo que, supongo, debe de ser un sofá cuando Nick se toma la molestia de recogerlo, molestia que, evidentemente, esta mañana no se ha tomado, porque el edredón está hecho un lío a los pies de la cama y todo el estudio está lleno de pilas de papeles y revistas. Y cuando digo todo el estudio me refiero a todo el estudio. A duras penas se puede andar y, mientras cruzo la pieza, se me ocurre pensar que las montañas de papeles y revistas es preferible que permanezcan tirados, porque el trozo de suelo que alcanzo a ver está cubierto por remolinos anaranjados y moqueta de pub de color marrón. Me siento con mucho tiento en un sofá que, por supuesto, ha visto días mejores. Mucho mejores. Hace mucho tiempo.

Todo el mobiliario parece sacado de baratillos, y sin duda de ahí proviene.

Se cae a trozos. Nick ha colocado estanterías de cualquier manera por toda la habitación y hay tantos libros, que se amontonan unos encima de otros, en lugar de estar bien alineados como en mi piso. El estudio parece un basurero.

Un asqueroso basurero.

–¿Te apetece un té? – pregunta Nick al tiempo que desaparece en lo que debe de ser la cocina y me levanto para seguirlo, pero se vuelve y me dice-: Quédate ahí. La cocina está hecha un desastre. Ya te lo traigo yo. – Y me pregunto qué aspecto debe de tener la cocina, pero decido que no pienso poner los pies en ella-. Siento que esté todo patas arriba -dice cuando trae dos tazas melladas-. Hoy quería ordenar un poco, pero no me ha dado tiempo.

–No te preocupes -lo disculpo, estrujándome el cerebro para que se me ocurra algún cumplido-. Es exactamente lo que debe ser el piso de un escritor.

–¿Tú crees? – Resulta fácil deducir que mi comentario lo hace feliz.

–Sin duda.

–A mí me gusta -comenta-, pero tengo que limpiarlo más a menudo.

No digo ni pío y me tomo el té.

Luego regresa y se sienta a mi lado. Empieza a acariciarme la espalda y yo dejo mi taza de té y me apoyo en él. Al cabo de unos minutos me olvido del cuarto, del desorden, de todo menos de la sensación de su mano en mi espalda y me doy la vuelta para besarlo. Supongo que una de las ventajas de un sitio como éste es que saltar al futón es sólo cuestión de segundos y ni siquiera reparo en el estado de las sábanas, porque Nick me ha quitado la camiseta y ahora me desabrocha el sujetador y ohhhh. Es genial.

Yo misma me desabrocho los vaqueros, tiro de ellos con decisión porque no quiero perder ni un instante y luego miro cómo Nick se desabrocha los suyos y veo, hipnotizada, cómo la polla le asoma completamente empalmada por la pernera de los bóxers, y Nick mira cómo lo miro acariciándosela. Me echo hacia delante y le beso el capullo. Él gime y le doy un empujón hacia atrás, de modo que cae de rodillas, y abro los labios y me meto su glande en la boca, luego todo el miembro y él empieza a jadear.

Al cabo de un rato me susurra que pare, que se va a correr. Me levanta y nuestras lenguas se confunden con pasión. Nick me acaricia los pechos antes de deslizar una mano hacia abajo, y ahora me toca a mí jadear, y juega conmigo un rato hasta que aparta las braguitas y, sí, sus dedos me acarician el clítoris, me los introduce para mojarlos, para que se deslicen con más facilidad y con la otra mano describe círculos alrededor de mis pechos hasta que alcanza los pezones y los pellizca, y yo gimo y me hundo en la cama.

Entonces nos quitamos toda la ropa. Yo no puedo más e insisto en que se ponga un condón y me penetre AHORA MISMO y así lo hace y resulta mejor, Dios, mucho mejor de lo que recordaba, y mientras se mueve hacia dentro y hacia fuera le chupo el cuello y me pregunto por qué razón nunca antes había sido tan genial, pero pronto me dejo de tanta pregunta, porque Nick me empuja hacia arriba para cambiar de postura y yo estoy confundida porque para qué moverse si las cosas iban tan bien, pero él me susurra: «Ya