Nadie es perfecto

Jane Green · Capítulo 1 de 31

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Nadie es perfecto

uno

por lo menos eso creía.

Dicen que dudar es un símbolo de inteligencia, pero, cuando de hombres se trata, Libby se vuelve algo tonta. Por un lado está Nick, que con su pisito de soltero y su experiencia noctámbula es un tío genial para pasar buenos ratos. Sólo que, cuanto más tiempo pasa con él, más le gusta. Y por otro lado, para qué engañarse, ella necesita a alguien que le dé seguridad, o sea, alguien con pasta, y, en eso, a Ed no hay quien lo supere. Casa en Regent's Park, Porsche flamante, gran estilo de vida, son la prueba de que el hombre ideal está ahí, a su entera disposición, si no fuera por esos pequeños detalles irritantes que a veces lo hacen insoportable. Pero bueno, ¿tan complicado tiene que ser enamorarse? Porque de eso se trata, ¿no? La pregunta ya se la ha hecho mil veces, ahora ha llegado la hora de las decisiones.

* * *

uno

Vivir para ver. Nadie hubiera dicho que Nick iba a ser el hombre de mi vida, ni siquiera yo. Y sí, ya sé que los que están felizmente casados dicen que no hay modo de saberlo, al menos no de inmediato, pero yo lo sabía. La verdad es que el tipo estaba muy bien, pero no teníamos nada en común.

Para empezar estaba el tema del dinero. Mi trabajo de relaciones públicas quizá no sea el mejor remunerado del mundo, pero me da para pagar las facturas, la hipoteca, y aún me queda suficiente para invertirlo en esa extraña terapia que es ir de compras. Nick no ganaba ni un penique. Bueno, quizá decirlo así sea un poco exagerado, pero no era como los otros novios que había tenido, no nadaba en la abundancia, y, pese a que ése no es mi

objetivo principal, pues no me importa si mi pareja no puede invitarme, sí que me fastidia un montón que no tenga ni para pagar sus gastos.

Y aunque de vez en cuando Nick se ofrecía a pagar a medias, lo hacía con tan poca gracia y yo me sentía tan culpable que retiraba su mano, le decía que no fuera tonto y sacaba mi tarjeta de crédito.

Luego estaba el asunto de la política. O mejor dicho, mi falta de interés en ella. Nick era feliz cuando estaba con sus amigos de izquierdas, discutiendo los pros y los contras del Nuevo Laborismo mientras yo me moría de aburrimiento, sin decir palabra por si a alguien se le ocurría preguntarme qué votaba y yo tenía que admitir de mala gana que a los conservadores porque, bueno, porque mis padres los habían votado.

Hablando de pros y contras, tal vez sería más sencillo si os enseñara la lista que hice al poco tiempo de conocer a Nick. Y es que si me siento aquí y os cuento todas las razones por las cuales no me convenía, nos estaríamos hasta la noche, y como aún conservo la lista, mejor le echáis un vistazo.

Quizá os ayude a entender por qué estaba tan resuelta a considerarlo sólo una aventura.

Pros:

Me gusta sin pantalones.

Tiene los ojos más grandes, tiernos y azules que he visto en mi vida.

Es muy cariñoso.

En la cama es fantásticamente desinteresado. (Dejémoslo sólo en fantástico.)

Me hace reír.

Contras:

No tiene ni un penique.

Vive en un cochambroso estudio de una habitación en Highgate.

Es de izquierdas.

Le gustan los pubs y la cerveza.

Sus amigos son un horror.

Es un mujeriego de los pies a la cabeza.

Es alérgico al compromiso.

Dice que no está preparado para una relación (aunque yo tampoco).

Aquí lo tenéis, muchos más contras que pros y, para ser sincera, los contras son mucho más importantes. ¿Cómo puedo pensar en liarme con un hombre a cuyos amigos no soporto? Siempre he pensado que puedes juzgar a una persona por sus amigos, así que debería haber sabido cómo irían las cosas.

Sin embargo, en última instancia es imposible elegir quién te gusta, ¿no?

Asunto concluido. Nick me gustaba. Me gustaba más de lo que nadie me había gustado en años, y cuando alguien te provoca ese cosquilleo en el estómago, dejas de pensar en lo bueno y en lo malo, en lo que deberías y en lo que no deberías hacer, te lías la manta a la cabeza y sigues adelante.

Seguramente os preguntaréis cómo encontré a Nick porque, no nos engañemos, nuestros caminos no estaban destinados a cruzarse. Ya hacía algún tiempo que lo conocía. Solía verlo con mi amiga Sally, Sal, en alguna que otra fiesta. Nunca me fijé mucho en él, no lo veía lo suficiente; Sal y yo tampoco nos vemos tan a menudo.

Antes trabajaba con Sal, aunque de manera indirecta. Hace años, cuando empecé de humilde ayudante de relaciones públicas, Sal trabajaba de periodista en una de las revistas con las que colaborábamos, y era la única persona que no me trataba como si fuese basura. A raíz de eso nos hicimos amigas.

No es que me disguste. Es una chica estupenda. Pero diferente. De mí, vaya. Se parece más a Nick, y recuerdo vagamente que hubo un tiempo en que le gustaba. Supongo que ésa es la única razón por la que me acuerdo de él. Sal me pedía que lo observara para ver si él la miraba y todo eso, y yo lo hacía porque era mi amiga y así tenía algo con que matar el tiempo, lo que era mejor que quedarme allí plantada, aburrida, deseando estar en cualquier otro sitio.

Sal me arrastraba a fiestas, fiestas de estudiantes, pensaba yo con cierto engreimiento, salvo que los que acudían a ellas hacía años que no estudiaban y vivían en casas destartaladas, mantenidas por las cuatro, o seis, personas que las habitaban. Aquello no iba conmigo.

Y no lo digo porque entonces pudiera permitirme el estilo de vida que quería. Entonces no.

«Sueñas con champán y sólo alcanzas a comprar cerveza», me decía siempre mi madre arrugando la nariz si yo cometía el terrible error de llevar un vestido nuevo cuando iba a su casa.

–¿Qué es eso? – decía ella con tono de desaprobación.

–¿El qué? ¿Estos trapos viejos? – había aprendido a decir, haciendo de menos con mi comentario el fabuloso vestido de diseño que tanto me gustaba y que era el sexto día consecutivo que me ponía-. Hace siglos que lo tengo. – O bien-: Estaba tirado en el cajón de los trapitos de moda en el trabajo y me lo dieron. ¿Te gusta?

Me costó algún tiempo, pero al fin descubrí que, mientras no admitiese que era nuevo, a mi madre le encantaba. Si alguna vez se me pasaba por la

cabeza decirle que sí, que me había comprado algo, la mujer levantaba las cejas y decía:

–¿Y cuánto has pagado por eso?

Yo mascullaba un precio, casi siempre unas cien libras menos de lo que me había costado, y ella volvía a poner cara de resignación y movía la cabeza, con lo que conseguía que me sintiera como una niña mala.

Antes soñaba con ser una ejecutiva agresiva. Quería hombreras, maletines y teléfonos móviles. Quería ropa de diseño y un apartamento de la hostia, con los suelos de madera y sofás blancos, y enormes recipientes llenos de lirios en cada una de las mesas de madera pulida. Quería un Mercedes deportivo y joyas de oro macizo.

Por desgracia, la vida de una relaciones públicas no es la mejor manera de conseguir todo eso; mi trabajo es una de las profesiones peor pagadas del mundo. Ya sé lo que debería haber hecho; debería haber buscado trabajo en la City, puesto que me licencié a finales del boom de los ochenta y podría haber hecho una fortuna, pero nunca se me ha dado muy bien lo del dinero ni los números, y mi carrera profesional habría sido un desastre. Así es que convertirme en relaciones públicas pareció lo más sencillo. Era glamuroso, emocionante y no tendría que empezar como mera secretaria, cosa que me horrorizaba, porque no hubiera soportado que la gente me preguntase cómo me ganaba la vida. Empecé de ayudante de relaciones públicas, lo que, a la madura edad de veintiún años, me hizo sentir como si me hubiera tocado la lotería.

Contesté a un anuncio que apareció en The Guardian, y cuando me presenté a la entrevista, decidí que, si no conseguía el puesto, me moriría. Las oficinas de Joe Cooper RP estaban en una callejuela del barrio de Kilburn, no precisamente una de las zonas más recomendables, ya lo sé, y aunque vistas desde el exterior tenían todo el aspecto de un enorme almacén, una vez dentro eran magníficas. Un loft muy grande, suelos de madera, sillas pintadas de colores brillantes y cojines de terciopelo y un rumor constante de conversaciones por teléfono que provenían de algunas de las personas

más guapas que había visto en mi vida.

Pero mi aspecto era un desastre. Allí estaban ellos, todo el mundo con vaqueros, camisetas de ultimísima moda y botas grandes de motorista (lo que se llevaba entonces), y allí estaba yo, con mi traje chaqueta de color crema de Jigsaw, con zapatos de aguja a conjunto y agarrando un maletín para parecer más profesional.

«Mierda -recuerdo que pensé cuando entré-. ¿Por qué?, ¿por qué no me informé antes de venir?», pero luego apareció Joe Cooper y me estrechó la mano.

–Tú debes de ser Libby -dijo, y tan pronto como lo vi supe que me gustaría y, aún más importante, que yo le gustaría a él. Y así fue. Empecé a trabajar a la semana siguiente con un sueldo miserable, pero estaba encantada. Dios, cuánto me gustaba.

Al cabo de un mes todos mis amigos se morían de envidia porque me codeaba con algunas de las celebridades más de moda de la televisión y me pasaba el día ayudando a los ejecutivos del momento, mecanografiando dosieres de prensa y, en ocasiones, haciendo de canguro de aquellas celebridades que se iban a la radio y a los programas de la tele para hacer publicidad de su último libro, programa o película. Todo aquello era tan emocionante y conocía a tanta gente nueva que al final decidí colgar mi traje de Jigsaw en el rincón más oscuro del armario; ya vestía como el resto, ya encajaba.

Mis sueños de lujo y champán se vieron cumplidos en Joe Cooper RP. Si bien no exactamente como había planeado. En lugar de Yves Saint Laurent quería Rifat Ozbek. En lugar de Annabel's quería Quiet Storm. En lugar de Mortons quería el Atlantic Bar o cualquier otro local que estuviese de moda y cuyo nombre ahora no me viene a la cabeza. Pasaba la mayor parte del tiempo «entreteniendo» a los clientes, de modo que todo estaba pagado, pero cuando acostumbras a una chica a ese estilo de vida durante el trabajo, no puedes esperar que se contente con comida rápida por las noches, ¿no os parece?

Y ahora, al fin, ya puedo más o menos costear mi estilo de vida, siempre con la tan comprensiva ayuda de un director de banco que estuvo de acuerdo en concederme una línea de crédito, «por si acaso». ¿Por si acaso qué? ¿No estaba claro que lo necesitaba? Porque casi siempre tengo el saldo al descubierto, qué diablos; al fin y al cabo no es más que dinero, sólo estamos en este mundo unos ochenta años, eso con suerte, así que en el respetable orden de las cosas nada tiene mucha importancia, y el dinero, menos. Ni siquiera los hombres, cuando aparece alguno.

Lo que he decidido es que los amigos son lo más importante. Mi vida social no es más que una sucesión de columpios y de tiovivos. A veces estoy en medio de un torbellino social, salgo todas las noches, y agradezco la rara ocasión de pasar una velada viendo la televisión y recuperando horas de sueño; pero entonces las cosas se calman un poco y me quedo en casa todas las noches, hojeando mi agenda, preguntándome por qué no me apetece hablar con nadie.

Bueno, con nadie no. Hablo con Jules todos los días, unas cinco veces, incluso aunque no tengamos nada que contarnos, como sucede a menudo, porque ¿qué novedades puedes contarle a alguien con quien hace una hora que has hablado? Muchas veces terminamos hablando de gilipolleces. Ella me llama y me dice:

–Acabo de zamparme medio paquete de galletas, un quesito y un sándwich de cebolla con salsa. Creo que me voy a morir.

–Pues yo me acabo de comer una crepé con salmón ahumado, sin mantequilla, y una barrita de Twix -le respondo. Y eso es todo.

O la llamo yo y le digo:

–Sólo te llamaba para saludarte.

–Hola -suspira, y añade-: ¿Alguna novedad?

–No, ¿y tu?

–No.

–Muy bien. Te llamo luego.

–Muy bien.

Nunca, nunca nos decimos adiós o te llamaré el fin de semana o incluso mañana porque, a menos que estemos hablando a última hora de la noche cuando ya estamos acostadas (algo que hacemos prácticamente todas las noches), sabemos que volveremos a hablar más tarde, aunque no tengamos nada que decirnos.

Lo más sorprendente no es que estemos muy unidas, sino que Jules esté casada. Se casó con James, o Jamie, como todo el mundo lo llama (qué bonito, ¿no?, Jules et Jim), el año pasado, y yo estaba aterrorizada porque creía que nunca más volvería a verla, pero pasó todo lo contrario. Es casi como si no estuviera casada, porque contadas veces hablamos de Jamie. Él nunca parece estar por allí, o, si lo está, se encierra en su despacho para trabajar, razón por la que durante una temporada temí que Jules se hubiera equivocado, que quizá su matrimonio no era como debía ser, pero en las contadas ocasiones en que los veo juntos, me doy cuenta de que funciona, de que ella es feliz, de que el matrimonio le ha dado la seguridad que nunca tuvo, la seguridad que me gustaría tener.

Y yo, mientras tanto, aún conservo a mi amiga del alma, mi hermana. No es que lo sea, pero así es como ella se siente, y Jules es la mujer más inteligente que conozco. Yo puedo ponerme a hablar y aburrirla con mi última aventura, y ella me escuchará con calma y esperará unos segundos antes de hablar (lo cual al principio me preocupaba porque creía que la estaba aburriendo, cuando lo que hacía era pensar en lo que yo le había contado y así se formaba una opinión), de tal suerte que cuando me da un consejo siempre es acertado, aunque no sea exactamente lo que deseo oír.

Es lo que mi madre llamaría una amiga de verdad, y sé que no importa lo

que ocurra, siempre nos tendremos la una a la otra, incluso en esas noches en que me escondo en mi caparazón porque no puedo enfrentarme al mundo. Y Jules es la única persona a quien siempre telefoneo. Siempre.

Y al menos mi apartamento se convierte en un lugar confortable para todos esos períodos solitarios de comida rápida y vídeos. No es el apartamento con el que siempre he soñado, aunque lo haya dejado bastante bonito si se tiene en cuenta que la mayoría de los muebles los he heredado de mis padres o los he comprado de segunda mano.

Pero de no haber sido por mis padres, que Dios los bendiga, nunca habría podido comprarme estas cuatro paredes. Lo más probable es que a estas alturas estuviera compartiendo una casa destartalada con cuatro o seis chicas y me pasara todas las noches peleándome por la colada o tomándome a mal el mero hecho de que respiraran. Yo nunca lo he vivido, pero tengo muchos amigos que han pasado por eso y, con franqueza, estoy harta de que me llamen para pedir si pueden venir a repantigarse en mi sofá porque necesitan un respiro.

Mi apartamento es minúsculo. Minúsculo. El apartamento más pequeño que os podáis imaginar. Está en una planta baja, en Ladbroke Grove. El caso es que tras cruzar la puerta ya estáis en medio de la salita. Sin embargo, por sorprendente que parezca, tiene bastante luz y he procurado realzar esa característica manteniéndolo tan neutro como he podido. A pesar de todo, no he podido evitar el desorden, las estanterías de libros y fotografías y tarjetas. Yo soy de esas que nunca tiran nada; nunca sabes cuándo puedes necesitar algo.

Junto a la salita hay una cocina en forma de L, una cocina como las de los barcos, abierta, y delante del ventanal hay una puerta de cristal que da a un dormitorio, tan pequeño que la cama se recoge en la pared, aunque nunca me he molestado en subirla, excepto cuando organizo una fiesta. Al lado del dormitorio hay un cuarto de baño pequeñísimo, y eso es todo. Es perfecto para mí, aunque no he olvidado mi sueño de espacios gigantes y techos altos. Tan sólo he aceptado que mientras trabaje de relaciones públicas es poco probable que pueda comprarme lo que quiero y que no me quedará

más remedio que casarme con un hombre rico para conseguir el nivel de vida al que quiero acostumbrarme.

Sí. Hombres. Probablemente la única parcela de mi vida que es un auténtico desastre. No es que no conozca hombres, por Dios, si parece que salgan de debajo de las baldosas, pero los que salen para conocerme siempre son gilipollas. ¡Típico!, ¿verdad? Jules no lo entiende. Yo no lo entiendo. Cada vez que pienso que éste será diferente, que me tratará bien, que cuidará de mí, acabo hecha un mar de lágrimas.

Creía que Jon sería el definitivo. Sí, sí, sí, ya sé que siempre digo lo mismo, pero en aquella ocasión lo creí. Era lo que había estado buscando. Trabajaba de promotor inmobiliario, lo que es un poco aburrido, ya lo sé, pero él no lo era ni pizca. Era guapo, vestía bien, tenía un bonito apartamento en Maida Vale, conducía un Mazda MX-5, conocía a gente fenomenal y era genial en la cama… Y la lista sigue y sigue. El único problema era que yo no le gustaba demasiado. Me refiero a que estaba claro que yo le hacía gracia, pero no le gustaba de verdad, no quería que pasáramos todo el día juntos y yo no dejaba de pensar que si fuese perfecta, si me comportase como la novia perfecta, él se enamoraría de mí. Pero no fue así. Cuanto más intentaba ser esa novia perfecta, tanto más desagradable era conmigo.

Al principio me telefoneaba, pero las llamadas fueron disminuyendo hasta que cesaron, y luego, al final, la gente me llamaba para preguntar por qué la noche anterior no había ido a la fiesta a la que asistió Jon. Además, se iba muchos fines de semana sin decirme nada, desaparecía, y yo me pasaba todo el fin de semana ahogada entre lágrimas, llamando a su contestador automático y colgando el teléfono de golpe antes de dar tiempo a que el mensaje terminase.

Se lo presenté a mis padres. Gran error. Mayúsculo. Les cayó de maravilla.

Estaban encantados de que por fin hubiera conocido a un hombre que me arrancara de sus brazos, que me cuidara, y, por sorprendente que parezca, cuanto más lo adoraban ellos, más lo adoraba yo. Pero llegó un momento en el que ya no pude aguantar más. No podía soportar que me tratara como si fuera basura y, estoy bastante orgullosa de ello, terminé la historia.

Al muy cabrón ni siquiera pareció importarle. Hizo algo así como encogerse de hombros, dijo que ya estaba bien como estábamos, y cuando le dije que necesitaba algo más, volvió a encogerse de hombros y añadió que sentía no poder ofrecerme más cosas. Un cabrón. UN CABRÓN.

Pero de eso hace ya mucho tiempo. Fui como un alma en pena durante una semana. En el trabajo rompía a llorar, y todos se mostraron la mar de comprensivos y no preguntaron nada. Cada vez que empezaba a sollozar en mi mesa de trabajo, sentía una mano en el hombro y alguien colocaba una taza de té delante de mí, un detalle de lo más encantador. Era la manera que mis colegas tenían de demostrarme que les importaba.

Al cabo de una semana Jules me dijo que tenía que sobreponerme, que ella ya sabía desde el principio que Jon no me merecía, que era demasiado arrogante, y que yo debía aspirar a algo mejor y que en el mar había muchos más peces, y bla bla bla. Pero empecé a entender adónde quería llegar.

Comencé a «salir» de nuevo. Iba a bares, fiestas, cócteles, y aunque me sentía como una mierda hacía como que lo pasaba bien, y al cabo de un par de meses caí en la cuenta de que en realidad lo pasaba bien y decidí que estaba harta de los hombres. Al menos por un tiempo.

«Sí -pensé-. Ya basta de cabrones.» Sin embargo, algo así como a los seis meses, empecé a notar síntomas de abstinencia. No de Jon, sino de mimos, de ternura y, vale, lo admito, de sexo. Ahora ya sé que existe un límite. Sé que cuando te has acostumbrado a disfrutar del sexo de manera regular con alguien y dejas de practicarlo durante seis meses, dejas de pensar en ello porque ya no forma parte de tu vida, y de pronto, cuando vuelves a practicarlo, te sorprendes de cómo pudiste pasar sin él durante tanto tiempo, porque es genial. Lo sé porque he tenido dos LARGOS períodos de sequía en mi vida. Uno que duró diez meses y el otro…, no sé si me apetece contarlo. El otro duró dos años.

Ya lo sé. Veintisiete puñeteros años y me pasé dos de ellos sin hacer el

amor. Qué triste, ¿no?

Es probable que estuviese a punto de conseguir que el sexo dejara de ser importante para mí cuando, en lugar de esperar a que aquellos calentones desaparecieran, decidí tener una aventura.

«No quiero una relación -pensé-. Sólo quiero sexo. Eso es todo.»

Me encontraba en ese raro estado mental al que tus amigas no cesan de repetirte que debes aspirar, pero que parece imposible de alcanzar. Ese estado mental de completa felicidad sin hombres, de no buscar a nadie, y en el que te basta con tu trabajo y tus amigos.

Y yo lo había logrado. Me di cuenta de que, tras el trauma con Jon, no quería liarme con nadie a menos que fuera el hombre apropiado y, no nos engañemos, ¿cuántas veces encuentras a alguno que te haga tilín y que te guste de veras? Exacto.

Hago lo que la mayoría de las mujeres. Conozco a alguien, y una parte de él está bien, quizá es guapo, tiene un buen trabajo, no hay nada sospechoso en él y, en lugar de sentarme y ponerme a esperar a que muestre el resto, me lo invento. Decido cómo piensa, cómo va a tratarme y, por supuesto, siempre llego a la conclusión de que el tío que tengo delante es el hombre perfecto y, de pronto, bueno, quizá no tan de pronto, por lo general alrededor de seis meses después de nuestra separación, veo que no era el tipo de persona que yo creía.

Y ése es el punto en el que me encuentro cuando Sal llama (hace siglos que no la veo) y me invita a salir, casi sin poder hablar por la emoción de tener un nuevo novio; y cuando llego al bar, Nick también está allí, y se acuerda de mí, y eso es todo.

Bueno, no exactamente, pero luego os cuento más detalles. ¿Creéis que aprendí la lección después de mi historia con Jon? ¿La aprendí? Y un cuerno la aprendí. Salvo que con Nick sé desde el principio que nunca lo conoceré a fondo y que jamás llegaré a la conclusión de que puedo ser feliz