Nadie es perfecto
treinta y uno
–Caray, Oll. – Me pongo a reír-. No sabes lo aliviada que estoy.
treinta y uno
Ya ha pasado un mes y ya me he repuesto. He redescubierto mi trabajo y en la oficina nadie cree lo duro que llego a trabajar o todo lo que he conseguido, ¡Jesús!, ¿no es ésa la mejor manera de superar el hecho de volver a estar soltera?
Y de acuerdo, mis noches resultan un poco más tristes. No es que desee estar con Ed, pero lo cierto es que no sé cómo matar el tiempo, aunque los amigos se han portado estupendamente, todo el mundo me invita a todo lo que organizan y lo mejor de volver a salir con la pandilla es que sé que nunca me encontraré con Ed. Nunca.
Porque ahora que vuelvo a estar soltera me he dado cuenta de que lo mío con Ed era una pura fantasía. Llevaba ropa que nunca creí que llevaría, iba a sitios a los que nunca pensé que iría y en general me comportaba de una forma que no tenía nada que ver conmigo. Por más que pensase que aquél era el estilo de vida que quería ahora que lo he probado sé que nunca más volveré a fingir ser quien no soy.
Sin embargo, volverme a acostumbrar a la vida de soltera es un poco extraño. Ahora tengo que organizar mi agenda meticulosamente para no quedarme en casa comiendo pizzas y comida china, aunque prefiero hacer ese esfuerzo antes que estar con Ed, pero aún estoy desconcertada por el hecho de que Amanda me llame un día al trabajo en el momento menos pensado para preguntarme si me importa que salga con Ed.
–No, no -digo con falso entusiasmo-. No te apures.
–¿Estás segura de que no te importa? – dice y sé que, aunque me importase, a ella le daría completamente igual. Es probable que sean la pareja perfecta.
Amanda está mucho más deseosa de subir en la escala social que yo, aunque mis aspiraciones sociales han disminuido drásticamente.
–Estoy encantada -digo al tiempo que me pregunto si no habrán salido juntos alguna vez, pero no hace falta que le dé muchas vueltas a la idea, porque esa misma tarde Jo entra en la oficina con el Daily Express y la última edición del Standard.
–Escucha -dice mientras se sienta en mi mesa con las piernas colgando en el aire-. Respira hondo. ¿Estás preparada?
Asiento, Jo abre primero el Express, me lo coloca delante de las narices. La sección de «Hechos y gentes» incluye un reportaje sobre las nuevas parejas de Londres. Resulta fácil localizar una fotografía enorme a todo color en la que aparecen Amanda Baker y Ed McMahon. La instantánea ha sido tomada por un paparazzi y observo con interés lo bien que Amanda ha perfeccionado su cara de cabreo y el gesto de esconderse el rostro con la mano, fingiendo que no quiere que la fotografíen.
–Hostia. – Ahogo un grito-. A eso lo llamo yo darse prisa.
–Espera -dice Jo-. Ahora viene lo mejor -Arroja el Standard encima del Express, lo abre por la sección de «El mundo de los famosos» y en el apartado de chismorreos aparece otra fotografía de Amanda.
–«Amanda Baker, la presentadora del espacio televisivo Breakfast Break -
lee Jo en voz alta-, vende su apartamento diseñado por un interiorista en el barrio de Primrose Hill en el que viven, entre otros, Liam Gallagher y Patsy Kensit y Harry Enfield. El agente de la propiedad inmobiliaria ha revelado que Baker tiene previsto trasladarse a Hannover Terrace para vivir con su nuevo amor, Ed McMahon. El apartamento tiene una preciosa terraza, y todo está en unas condiciones inmejorables, el precio de salida al mercado es de ciento ochenta y cinco mil libras bla, bla, bla.» -Jo se detiene y comprueba cómo me lo estoy tomando.
–Joder -farfullo-. ¿Cuándo diablos ha ocurrido todo esto?
Jo se encoge de hombros.
–Ni idea, chica, pero gracias a Dios que lo dejaste cuando lo hiciste. Por favor, echa un vistazo a la fotografía de Ed. Mira ese bigote. ¿Cómo pudiste?
Estudio la instantánea del Express de nuevo y me echo a reír.
–Sí. – Me encojo de hombros-. ¿En qué demonios estaría yo pensando?
Joe Cooper sale de su despacho, nos ve riendo y se acerca para ver a qué viene tanto escándalo.
–¿Cómo lo llevas? – me pregunta mirándome fijamente-. Si tienes algún problema puedo pasar la cuenta de Amanda a otra persona.
–No. – Me río-. Estoy bien, es un alivio no ser la chica de la foto.
–¿Qué haces el sábado por la noche? – La voz de Sal tiene un cierto deje de emoción.
–Na… da -respondo lentamente, recelosa de comprometerme antes de saber a qué me comprometo-. ¿Por qué?
–Damos una fiesta. Tienes que venir. La otra noche Paul y yo decíamos que es una pena que ya nadie dé fiestas en casa; bueno, en realidad ya no hay fiestas.
–Sí, es verdad. Qué raro, ¿no?
–Sí y por eso hemos decidido montar una. La mayor, más ruidosa y más cojonuda que se haya visto.
La emoción empieza a invadirme sólo de pensar en la idea de acudir a una fiesta con todas las de la ley, una fiesta en la que pueda arreglarme, una fiesta a la que me muero de ganas de ir.
–¿La vais a hacer en tu casa? – Me hago una imagen mental de la casa de Sal en Clapham, su enorme recibidor y las cristaleras que dan al también enorme jardín.
–Sí, claro. Paul ha pasado el fin de semana construyendo una barbacoa y montaremos un bar con Sea Breezes y Martinis. Esta noche voy a comprar montones de luces de colores para colgar en los árboles.
Suelto un gritito de emoción.
–¿Quién va? ¿Quién va?
–¡Todo el mundo! – exclama-. Pero no, espera, todavía no he terminado.
Paul tiene un amigo pinchadiscos que traerá su mesa de mezclas.
–No traerá esa mierda de tecno…
–No. A nosotros lo antiguo no nos va. No. Ha dicho que pinchará música funky con una buena dosis de los setenta.
–Genial, mi preferida. ¿A qué hora empieza?
–A eso de las ocho, aunque mucha gente no vendrá hasta más tarde, pero yo quiero que los íntimos lleguéis temprano. En serio, Libby, habrá tanta comida y tanta bebida y acudirá tanta gente que será un bombazo.
–¿Cuánta gente calculáis?
–Tenemos unos ochenta en la lista, pero todos quieren traer amigos, porque, es lo que todo el mundo dice, ya no se hacen fiestas.
–¡Qué emoción! – Y hablo en serio.
El sábado por la tarde hago algo que hace siglos que no hacía: empiezo a prepararme para la fiesta a las tres y aunque eso me trae recuerdos de adolescencia, la verdad es que me encanta.
Me lavo el pelo en la ducha, y después me aplico un tratamiento de cera caliente, lo cubro con una toalla y me paso la hora siguiente pegada al teléfono, con Jules, mientras el producto hace su efecto.
Utilizo un exfoliante facial de albaricoque, luego tres mascarillas distintas que me las dejo puestas veinte minutos. Cuando termino la piel de mi cara está tan tirante y reluce tanto que casi parece un espejo.
Salgo disparada al quiosco y regreso a casa armada de revistas, porque por camaleónica que sea, según Jules, todavía no he decidido quién seré esta noche. ¿Seré una chica sofisticada, moderna, funky o fría y distante? ¿Me peino el pelo hacia atrás, me hago una cola o no lo toco y dejo que me caiga por los hombros? ¿Me encaramo encima de unos buenos tacones, me calzo unos zapatos planos de charol o piso fuerte con mis zapatillas deportivas?
Mientras hojeo las revistas me entra un irrefrenable impulso de depilarme las cejas para conseguir un arco perfecto, de modo que cojo las pinzas y manos a la obra. Cuando acabo, me quedo maravillada de lo diferente que se ve ahora mi cara y empiezo a preguntarme qué más puedo hacer para alcanzar la perfección digna de una modelo.
Al fin, a las siete y media en punto, ya estoy lista. Me contemplo en el espejo. Llevo un vestido de gasa ligera con un estampado oscuro de flores que resulta de lo más recatado, hasta que me pongo a andar y el corte delantero descubre mis piernas recién bronceadas (esta mañana compré uno de esos productos que le dan a la piel un tono moreno y que, sorprendentemente, le ha dado a mis piernas ese mismo tono, en lugar de dejar franjas naranjas). Unas sandalias rematan el conjunto y me recojo el pelo con una cola de caballo desaliñada, pensando que siempre estoy a tiempo de dejarlo suelto, en el supuesto de que encuentre a alguien para
quien merezca la pena soltármelo.
Me entran tentaciones de coger el coche, pero esta noche me apetece desmelenarme (pido disculpas por el juego de palabras) y llamo a un taxi.
Le pido que se detenga delante de una licorería para comprar cerveza. En circunstancias normales llevaría vino, pero Sal me dijo que no lo hiciese, porque iban a llenar con hielo tres cubos de basura enormes y que la cerveza resultaría más adecuada.
Cuando llego hay muy poca gente, nadie que conozca, pero en el ambiente ya se intuye el bullicio de la emoción y todos nos dedicamos sonrisas y nos estrechamos la mano, mientras comentamos qué buen tiempo hace y qué noche más hermosa para celebrar una fiesta.
La visión del jardín es espectacular. Paul me saluda con la mano desde la barbacoa, el carbón aún negro como el azabache, y detrás de él hay unas estanterías improvisadas de madera llenas de lo que sólo pueden ser reservas de lima Jello.
Los árboles que rodean el jardín están adornados con lucecitas de colores, pero como me comenta Sal mientras me enseña lo que han hecho, el efecto completo no se apreciará hasta más tarde. Saludo a Jools, el pinchadiscos, un tío muy moderno y bastante guapo que comprueba los sistemas y que está demasiado ocupado con su música para prestar atención a los invitados, si no es para saludarlos con la mano.
–No puedo creer cómo lo habéis dejado -digo después de que Sal y yo nos hayamos ventilado un vaso delicioso de lima Jello-. Es increíble.
–¿Crees que vendrá todo el mundo? – Me mira con preocupación antes de echar una ojeada al jardín-. Ha llegado tan poca gente…
–No te preocupes. – Compruebo mi reloj-. Sólo son las nueve menos cuarto.
Empezarán a venir de un momento a otro.
Efectivamente, como por arte de magia, la gente empieza a aparecer y al
cabo de una hora el jardín hierve con el bullicio de tantos invitados y lo mejor de todo es que, aunque no conozco más que a unos pocos, es como si los amigos de Sal y Paul fuesen amigos míos de toda la vida y lo paso en grande bailando con un chico llamado Dave que no es mi tipo, pero que baila de maravilla. Hacía siglos que no lo pasaba tan bien.
Entonces Sal entra en la casa, enciende las luces y Paul va de un lado para otro del jardín prendiendo fuego a las antorchas que se han colocado estratégicamente en los arriates y la noche parece teñirse de magia, la típica noche en que puede suceder de todo.
Pronto varios grupos de gente se ponen a bailar y aunque estemos al aire libre no corre brisa; hace tanto calor que noto que tengo la frente salpicada de gotitas de sudor y al final le digo a Dave a voz en grito que voy a beber algo, él asiente, sonríe y se da la vuelta para bailar con la chica que tiene detrás.
Lo único que ahora puede quitarme la sed es agua del grifo, de modo que me abro paso entre los invitados hasta que llego a la cocina de Sal, me apoyo en el fregadero, cojo un vaso, lo lleno de agua y me lo trago en menos que canta un gallo.
–A tu lado John Travolta no es nadie.
Pego un salto y con la mano en el corazón me doy la vuelta. Veo a Nick apoyado en la entrada con una enorme sonrisa dibujada en la cara.
–Espero que hoy no vengas para insultarme -digo con recelo.
–¡No! – exclama aterrorizado-. Hablaba en serio. Nunca pensé que bailases tan bien.
Me encojo de hombros, pero me siento halagada.
–¿Cuánto hace que estás aquí?
–No mucho. Hemos llegado hará unos quince minutos. A tiempo para ver cómo movías esas caderas.
Me pongo a reír cohibida antes de preguntar: «¿Hemos?» y entonces la veo.
Alta, delgada, y uno de esos perfectos cortes de pelo típico de golfilla que tan sólo te puedes permitir si eres guapísima y vives en Notting Hill. La chica es, por supuesto, guapísima. Y la odio. Al instante. No es que esté celosa, de hecho, me alegro de que Nick haya conocido a alguien. Bueno, vale. Quizá decir que me alegro resulta exagerado, pero ¿por qué demonios tiene que ser tan guapa?
–Hola. – Sonríe. Joder, sus dientes son perfectos. Parece salida de un anuncio de dentífrico-. Me llamo Gata.
Genial. Encima. Le estrecho la mano con cautela y le pregunto con toda la educación que puedo:
–¿De veras te llamas así?
–No. – Mueve la cabeza de un lado para otro y se ríe-. Mi verdadero nombre es Sophie, pero cuando iba al colegio me decían que parecía una gata y desde entonces siempre me han llamado así.
Mientras reparo en sus ojos rasgados como los de una gata me doy cuenta de que su voz desprende un refinamiento inmaculado, un tono despreocupado e indolente que inmediatamente me dice que es de clase alta. O, al menos, medio-muy-alta. No me siento cómoda y me cuesta creer que una amiga de Nick me haga sentir así. No es que la chica sea antipática, pero resulta tan guapa que a su lado parezco una don nadie bajita y regordeta y en ese momento desearía vestir como ella, una camiseta lisa con pantalones de camuflaje holgados y zapatillas deportivas.
Nick me dedica una sonrisa, a la espera de mi próximo comentario, lo más seguro que con el ego hinchado por poder presumir de su nueva y guapísima novia. «Pues muy bien, que te jodan», pienso mientras le devuelvo la sonrisa y digo:
–Ya hace rato que he dejado solo a Dave. – Paso como un rayo por su lado, haciendo caso omiso del extraño modo en que Nick me mira y regreso al jardín.
Dave sigue bailando con la otra chica, le doy una palmadita en el hombro y le sonrío cuando se da la vuelta, me agarra por la cintura y mueve su cuerpo en perfecta armonía con el mío. Por encima de su hombro veo que Nick y Gata entran en el jardín y echo la cabeza hacia atrás y río para demostrar que lo estoy pasando en grande, porque Nick me mira. Sinceramente, que lo follen. O que se lo folle Gata, lo que seguro hará más tarde.
Mierda.
¿Por qué me preocupa tanto? ¿Por qué me importa? A fin de cuentas fui yo quien le dijo que no. La última vez. Y ahora no quiero meterme en una relación, y aunque no fuese así la última persona en quien estaría interesada sería Nick. Entonces, ¿por qué no puedo apartar los ojos de ellos, mientras les entra la risa tonta? ¿Por qué siento un ataque de celos cuando recuerdo que hacíamos lo mismo cuando salíamos juntos? ¿Por qué la está haciendo reír a ella y no a mí?
Decido que sólo hay una solución a mi dilema: emborracharme. Coger una buena borrachera. Me bebo mi Sea Breeze de un trago ante la sorpresa de Paul y, de inmediato, empiezo con otro. Eso es. Mucho mejor.
¿Nick? ¿Quién?
Pierdo la noción del tiempo, pero al poco rato el mundo se vuelve un tanto confuso y sé que ya he bebido suficiente. Otra copa y corro el riesgo de caer redonda en la cama, y que tenga la sensación de ir por unas montañas rusas y la habitación empiece a dar vueltas o, peor aún, de vomitar en la fiesta.
Así es perfecto: confuso, divertido, suficiente para estar a tono. A quién le importa. El único problema que tengo es encontrar pareja para el próximo baile.
¿Nick ¿Quién?
Sal viene a buscarme y me agarra por el brazo.
–¿La has visto?
–¿Si he visto a quién?
–A Gata.
Asiento.
–Es guapísima, ¿no te parece? Quién lo hubiese imaginado.
–Sí, quién diablos lo hubiese imaginado.
Doy a Sal un beso de borracha en la mejilla y me dirijo a la barbacoa dando traspiés, no por hambre, sino porque beber con el estómago vacío no sienta bien, y sé que si no como algo me voy a encontrar fatal.
Le doy un mordisco a un kebab de pollo sin saborearlo y cuando tiro el palito por encima del hombro como la cosa más natural del mundo veo a Nick solo en el otro extremo del jardín. Cuando llamo su atención empieza a andar hacia mí, así que salgo disparada en dirección contraria y me pongo a ligar la mar de animada con un grupo de hombres a los que no he visto en toda mi vida y que parecen más que contentos de darme la bienvenida.
¡Ja! Así aprenderá.
Nick ha desaparecido, seguramente en busca de su preciosa Gata.
A las dos de la mañana, y pese a las quejas de los vecinos, la fiesta vive su máximo apogeo, pero gradualmente la gente empieza a irse y yo hace siglos que no veo a Nick, estoy un poco borracha, muy cansada y mi preocupación ahora es saber cómo volver a casa.
Entro en la vivienda, voy hacia la sala de estar, en la parte delantera del edificio, negro como el azabache, vacío y, tras chocar con la mesa de centro, logro llegar al sofá y me dejo caer.
–¡Joder!
–¡Joder! – Doy un salto hacia atrás y oigo un crujido, pasos. Y se enciende la luz.
–¿Libby? ¿Qué estás haciendo?
–¿Que qué hago? ¿Qué demonios haces tú? – Miro a Nick con recelo mientras él se echa a reír, lo que consigue que mi borrachera desaparezca al instante.
–Me había echado un rato. A oscuras. Ya sé que aún tienes debilidad por mí, pero ¿era necesario que me saltases encima para demostrarlo?
–Yo no he saltado encima de nadie -farfullo mientras me vuelvo a sentar-.
No sabía que estabas aquí. Es igual. Oye, ¿dónde está Gata?
–Se ha ido a otra fiesta.
–¿Y por qué no te has ido con ella?
–Sus amigos son demasiado Notting Hill para mí. Ya sabes, esa panda espantosa de ejecutivillos que no puedo ver ni en pintura.
Lo miro extrañada.
–Y entonces, ¿cómo…? Me refiero a que si no te resulta difícil… Bueno…
Ahora es Nick quien me mira con expresión extraña.
–¿Qué? ¿De qué estás hablando? Libby, estás borracha.
–No, no. – Muevo la cabeza para despabilarme-. Si no te gustan sus amigos, bueno, no me la imagino con los tuyos, con Alce y el resto y bueno… -Me callo.
–Libby, ¿a qué viene esa historia de los amigos? Los amigos de Gata siempre han sido un horror. Aparte de los viejos amigos, vaya. Algunos del colegio eran geniales cuando tenían catorce años.
Sigo sin comprenderlo y luego, poco a poco, empiezo a atar cabos.
–¿No será Gata tu…?
–¿Hermana? Sí, ¿por qué? ¿Qué pensabas? – Y en ese momento cae en la cuenta de lo que yo pensaba y se echa a reír a mandíbula batiente-. Dios mío, Libby, eres fantástica. ¿Gata? ¿Mi novia? – Y estalla a reír una vez más.
–¿Cómo iba a saberlo? – Me pongo a la defensiva porque, ¿qué más puedo hacer?
–No lo sé -balbucea Nick mientras se seca las lágrimas de los ojos-. Es sólo que, bueno, si no fuese mi hermana tampoco sería mi tipo.
–¿Ah, no? – Me cuesta resistirme a la tentación de preguntarle cuál es su tipo.
–No. Escucha, ¿cómo vas a regresar a casa? Supongo que no piensas conducir…
–No.
–Menos mal. Si coges un taxi te acompaño para asegurarme de que llegas sana y salva y luego me voy para casa.
–Muy bien -respondo, aunque con una cierta sorpresa me doy cuenta de que no estoy segura de si eso está bien. No estoy segura de querer que se vaya a
su casa, pero quizá es que estoy borracha.
Nick llama a un taxi y cuando llega nos despedimos de Sal y Paul con un abrazo y nos desplomamos en el asiento de atrás. Durante un rato finjo que miro por la ventana, pero lo único en lo que me concentro es en mantener la respiración lo más tranquila posible, porque el hecho de que el interior del coche esté tan oscuro, haya tanto silencio y que sentado a dos dedos de mí haya un hombre guapísimo me pone las cosas muy difíciles a la hora de pensar sólo en términos de amistad.
–Ya casi hemos llegado -dice Nick cuando el taxista gira por Holland Park y entra en Ladbroke Grove.
Sonrío, apoyo la frente contra la ventana y me pregunto qué puedo hacer para prolongar esta noche, cómo puedo hacer que Nick se quede en mi piso sin ponerme en evidencia si se lo pido abiertamente.
Estamos justo delante de mi casa, sentados en el taxi mirándonos mientras el taxista tamborilea con los dedos sobre el volante, impaciente.
–Mierda -dice Nick de pronto golpeándose en la frente con la palma de la mano-. Sabía que había algo que tenía que contarte.
–¿Qué?
–Es una larga historia.
El taxista, que nos está escuchando, suspira y dice:
–¿Van a bajar? Pueden llamar después a otro taxi.
–¡Perfecto! – exclama Nick mientras se mete la mano en el bolsillo y saca un poco de dinero-. Ya pago yo.
Y entra en casa conmigo.
Nick cierra la puerta detrás de mí y se queda de pie delante del interruptor de la luz, de modo que cuando busco a tientas para encender las luces no encuentro el interruptor. Solamente acierto a sentir la mano de Nick. Me agarra por la muñeca sin decir nada y nos quedamos allí, en la penumbra, oyendo el sonido de nuestra respiración y ¿son imaginaciones mías o de repente ésta se torna más pesada, más lenta?
Me coge de la mano, y tal vez la oscuridad provoca la sensación de que hace el gesto muy lentamente, se la lleva a la mejilla y, sin poder evitarlo, se la acaricio y luego dejo que esa misma mano recorra el perfil de sus labios sin ver nada, pero conociendo su rostro de memoria. Él abre los labios y me lame el dedo, los dedos, con dulzura, y luego se los lleva a la boca.
Ahogo un grito, Nick me arrastra hacia él con toda la ternura del mundo, nuestras bocas se encuentran en medio de la penumbra, él se apoya en la pared sin soltarme y me besa despacio, con sensualidad, hasta que creo que mis piernas van a ceder.
Se mueve con suavidad, cogiéndome de la mano para guiarme, se deja caer despacio en el sofá, me arrastra en su caída y al cabo de pocos segundos tengo el vestido por la cintura y yo gimo suavemente mientras él me recorre el cuerpo con la lengua, y lo único que pasa por mi cabeza es cómo aguanté tanto tiempo sin esto, cómo pensé en conformarme con menos.
La mano de Nick sube por mi muslo y me acaricia y se desliza, mientras yo ahogo un gemido en su cuello y lo muerdo con dulzura.
Busco a tientas su cinturón y oigo cómo se desabrocha. Le bajo la cremallera de los pantalones y acaricio la longitud de su erección y él inspira hondamente antes de volver a besarme.
Vamos al dormitorio y hacemos el amor despacio, lánguidamente pero con pasión, y cuando me penetra, en el momento antes de empezar a moverse en mi interior, tres palabras me vienen a la mente: «Estoy en casa.» Resulta difícil de explicar, pero en este momento hay algo tan familiar, tan cómodo, tan agradable que de pronto me invade una sensación de estar exactamente
donde debería estar, en el momento exacto y con la persona adecuada.
Estoy demasiado ocupada en perderme en ese momento para darle más vueltas, y después de hacer el amor, después de hablar entre susurros, nos tumbamos en la cama, uno al lado del otro, con los brazos de Nick alrededor de mis hombros y mientras me acaricia el pelo recuerdo que comentó que tenía que contarme una cosa.
Me inclino sobre él y le doy un beso en la nariz.
–¿Qué era eso que tenías que contarme? – susurro.
Nick abre los ojos.
–En realidad son dos cosas las que tengo que decirte.
–¿Cuáles son?
Nick retira el brazo de debajo de mi cuerpo, se sienta en la cama y se da la vuelta para mirarme mientras me coge la mano.
–Libby -dice con voz seria al tiempo que yo empiezo a preocuparme-. Ya sé que probablemente no estés preparada para oír esto, pero el caso es que… -
Se detiene.
–¿Sí? – insisto sin tener ni la más remota idea de lo que va a decir.
–Bueno, el caso es que creo que estoy enamorado de ti…
Me quedo con la boca abierta y él traga saliva antes de continuar.
–No estoy completamente seguro, porque no creo que antes haya amado a nadie y es un sentimiento nuevo para mí, pero es que no he dejado de pensar en ti y no sé si la última vez fue sólo que no era el momento, porque yo no estaba preparado, pero ahora creo que lo estoy. Quizá tú no me quieras ahora, pero tenía que decirte algo, porque cuando me levanto por las
mañanas tú eres lo primero en lo que pienso, y cada noche antes de acostarme tú eres la última persona en la que pienso, y no tengo ni idea de lo que vas a decir, pero quería que lo supieses.
Y yo me quedo ahí, el corazón palpitándome desbocado al oír esas palabras, al oír que es Nick quien me las está diciendo, al ver la expresión en sus ojos que brillan de emoción y sé que es sincero. Sé que me ama, y no como me amaba Ed, no por cómo podría ser, ni porque podría ser una buena esposa, ni por ninguna de esas razones superficiales, sino por lo que soy. Me ama por ser la mujer que soy.
Y de pronto me doy cuenta de que, a pesar de que nunca haya pensado en si amo a Nick, lo cierto es que se dan todos los requisitos. Me hace gracia. Me gusta. Es mi amigo. Me hace reír. Me encanta estar con él y empiezo a sentir ese entusiasmo y ese ardor, y a la mierda con todo lo demás. A la mierda si no tiene ni un penique, si vive en un estudio de una sola habitación y si no es lo que yo siempre he buscado. Voy a vivir esto y ya veremos adónde llegamos. Nadie ha dicho que tenga que casarme con él, por el amor de Dios.
Además, ya no pienso que el matrimonio sea lo más importante de todo. Ni mucho menos. No después de lo de Jules y Jamie y tal y como ella mismo dijo hace unos días: «Es una lucha dura y larga, pero creo que lo conseguiremos.» Y yo no estoy segura de estar preparada para esa lucha.
Todavía no.
–Nick -digo inclinándome para darle un beso-. Eres la primera persona que me dice una cosa así. Para serte sincera aún no sé lo que siento por ti, creo que para mí es un poco temprano para hablar de amor, pero sé que me encanta estar contigo y me gustaría intentarlo. Estar juntos, quiero decir, y ver qué ocurre.
Una ola de alivio se extiende por su cara.
–Y ahora dime -añado, picada por la curiosidad después de que nos hayamos acurrucado el uno junto al otro y nos hayamos besado durante un
Terminaste Nadie es perfecto
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