Nadie es perfecto

Jane Green · Capítulo 3 de 31

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Nadie es perfecto

tres

también esbozo una sonrisa.

tres

Caminamos hacia mi coche en silencio. Ando a zancadas para mantenerme a su lado y me pregunto por qué el corazón me martillea en el pecho, por qué de pronto me encuentro algo mareada, pero una vez que enciendo el motor y la música retumba en los bailes empiezo a sentirme más relajada.

¿Me conviene tener una aventura con Nick?

No es que esté buscando una noche de aquí te pillo aquí te mato, quizá unas cuantas semanas de sexo delicioso antes de decir adiós sin que se nos rompa el corazón. Las citas de una sola noche no van conmigo. De hecho, no creo que vayan con nadie, ¿verdad? Por supuesto que todas lo hemos hecho alguna vez, pero incluso cuando no lo soportas, incluso cuando no es más que un desliz de borrachera, quieres que te llame, ¿no creéis?, aunque sólo sea para que puedas darte el gustazo de decirle que no quieres volver a verlo nunca más.

Es por amor propio. Claro está. No te quiero, pero quiero que tú me quieras.

De modo que no me apetece un lío de una noche con Nick, ya que siempre te queda la preocupación de que se te irá de las manos. Crees que la historia se repetirá, y te sientas al lado del teléfono y esperas durante semanas a que te llamen, pero no lo hacen, y sin darte cuenta añades otra puñetera aventura de una noche a tu lista.

Sin embargo, por lo que a mí se refiere, noches como ésas sólo ocurren con desconocidos. Cuando se da con alguien a quien conoces, sobre todo si es un conocido de tus amigos, normalmente vuelve a llamar, y esa noche, mientras conduzco, sé, más o menos, que pase lo que pase Nick volverá a llamar.

Y ¿sabéis?, en circunstancias normales nunca hubiera soñado con acostarme con él la primera noche. Si hubiera mirado a Nick y hubiese pensado: «Sí, tú podrías ser el hombre de mi vida», le habría dado mi número de teléfono y le habría dejado que me invitase a salir unas cuantas veces antes de considerar la posibilidad de irme a la cama con él. Tampoco es que me marque un límite de tiempo. Yo creo que una sabe cuándo es el momento, pero según Jules debes pasar treinta y seis horas con ellos antes de irte a la cama. Dios sabe de dónde ha sacado semejante idea. Es probable que de alguna de esas revistas espantosas, pero supongo que el momento llega después de salir juntos unas siete veces. Un tiempo más o menos prudencial.

Bueno, sí, de acuerdo, quizá a la cuarta cita.

Pero si dejo mi cinismo a un lado, el momento en el que decido irme a la cama con ellos es cuando sé, con absoluta certeza, que están locos por mí y que no van a desaparecer.

Aunque me ha salido mal. Una vez. Fue con Michael. Estuvimos enamorados dos semanas, pasamos juntos todo el tiempo que pudimos y, pese a que sabía que debería haber esperado, la relación funcionaba tan bien que pensé: «A la mierda, vamos a la cama.» Fue fantástico. Pero después de esperar cuatro días a que me telefonease el mismo hombre que llevaba dos semanas llamándome tres veces cada día, me di cuenta de que algo iba mal.

Efectivamente. Había cambiado de opinión. Ya ni me acuerdo de con qué gilipollez me salió. Algo así como que no estaba preparado para una relación, bla, bla, bla. El rollo de siempre. Me dejó destrozada. Destrozada.

Pero aquello me sirvió de lección y la única razón por la que no voy a aplicarme el cuento con Nick es porque Nick no será nunca mi novio, y cuando la cosa sólo va de sexo, las normas cambian.

Cuando sólo se trata de sexo te puedes permitir el lujo de convertirte en una depredadora, de dar el primer paso, de atraerlos hasta la cama, porque no es necesario que se enamoren de ti.

Cuando sólo se trata de sexo te puedes permitir el lujo de ponerles la mano en el muslo mientras conduces y decir con voz susurrante:

–¿Vienes a casa a tomar un café?

Cuando sólo se trata de sexo te puedes permitir el lujo de llevarlos a tu salita y besarlos apasionadamente antes incluso de que hayan tenido tiempo de quitarse el abrigo. Y luego te puedes permitir el lujo de…

Lo siento. Me estoy adelantando a los acontecimientos. ¿Dónde estábamos?

Ah sí, en el coche, escuchando música. Ninguno de los dos dice nada. No quiero ser la primera en hablar, no sea que me diga en qué estación quiere que lo deje, así que sigo conduciendo. Finalmente giramos en Ladbroke Grove y llega el momento de que diga algo, y eso es lo que hago.

–El metro está al final de la calle -digo sin pizca de imaginación.

–Ah -dice él, y yo sonrío para mis adentros.

–¿Te apetece entrar y tomar una taza de café? – pregunto.

–Me encantaría -responde él y sonríe.

Aparco el coche. No puedo mirar a Nick porque soy demasiado consciente de su presencia, de la química, de ese acuerdo implícito al que vamos llegando. Me limito a abrir la puerta de mi casa y los dos entramos.

¿Y sabéis lo que me encanta? Me encanta el hecho de que, aunque Nick no sea carne de novio, parezca sentirse a gusto en mi casa al instante.

–¿Te importa si me quito los zapatos? – pregunta y, por supuesto, yo respondo que no, aunque mientras lo digo rezo para que no lleve unos calcetines andrajosos, llenos de agujeros, y para que no le huelan los pies o algo que me disuada de enrollarme con él. Echo un vistazo rápido y sus pies, o mejor sus calcetines, están bastante bien y no huelo nada, salvo el

aroma a hogar, de modo que me voy a la cocina para poner al fuego el hervidor de agua-. Tienes un gusto increíble -dice mientras se pasea arriba y abajo, coge cosas y vuelve a dejarlas en su sitio-. De veras -repite-. Vaya estilo.

–Gracias. – Le agradezco el comentario al tiempo que realizo los movimientos oportunos para poner en marcha el hervidor y lo observo con curiosidad para ver dónde tiene intención de sentarse. Si se sienta en una silla, pienso, voy a tener problemas para colocarme en una posición desde donde pueda besarme. Quizá pueda sentarme en el brazo de la silla, pienso, mientras veo cómo Nick parece dudar al lado del sillón.

Fiu. Lo piensa dos veces y se acomoda en el sofá. Me quito los zapatos con brusquedad, dispuesta a acurrucarme como un minino, y llevo las tazas hasta la mesita, pero luego me da un ataque de pánico por mi maquillaje y desaparezco a toda pastilla en el cuarto de baño.

Me seco el brillo de la nariz y de la frente y pienso en repasarme los labios con carmín, pero no, demasiado evidente, y termino revolviéndome un poco el pelo para darle un toque salvaje, sensual. Me contoneo hasta la salita para poner algo de música.

«Música de seducción -pienso-. Necesito algo suave, jazz, algo sexy. Algo que nos ponga a tono.» Busco entre los compactos hasta que doy con uno del infalible Sinatra. Perfecto. Siempre ha funcionado. Lo pongo y bajo el volumen para que haga de música de fondo. Después me acerco al sofá donde Nick sorbe su café y desde donde me observa.

–Necesito el toque de una mujer -dice, y yo me acurruco en el otro extremo, porque no quiero sentarme muy cerca, aunque sé que estoy a un salto, a un brinco de la pasión que tan desesperadamente busco.

Arqueo una ceja y él se ríe.

–Me refiero a que mi casa necesita un toque femenino -dice, y yo también me echo a reír, y los dos fingimos que nos bebemos el café, aunque no se

puede beber de lo caliente que está.

–Cuéntame, ¿cómo es tu piso? – le pregunto.

–Un tugurio -responde, y se ríe.

–No, en serio.

–Sí, de veras -insiste.

–¿Por qué? – vuelvo a preguntarle, aunque en realidad su respuesta no me haya sorprendido tanto.

Los solteros parecen dividirse en dos categorías. Si el soltero en cuestión tiene dinero, todo es cuero negro y cromados, con dibujos horribles de coches deportivos pintados con aerógrafo que cuelgan de las paredes, y televisores y equipos de música de la hostia. Y si el soltero, como es el caso de Nick, no tiene donde caerse muerto, el piso está lleno de libros y papeles y ropa sucia y basura. Creedme. Sé de lo que hablo.

–Bueno -digo mientras levanto mi taza-. Brindemos porque nos toque la lotería.

Después del comentario parece que nos relajamos. Hablamos de Sal, de su novio, de nosotros. Le cuento que no estoy para relaciones, que ya me han roto el corazón suficientes veces y que no estoy preparada para nada serio.

Nick asiente educadamente mientras hablo; luego, comenta que entiende lo que quiero decir. Se ríe y me cuenta que hace dos años que no tiene una relación seria, pero que después de la última, una que duró cinco desgraciados años con una tal Mary que lo amaba, pero que parece que a él no le gustaba mucho, no está preparado para un compromiso.

Después, levanta los ojos, me mira con esos ojos azules increíbles que tiene y me dice:

–Pero tú me atraes mucho.

Y aunque se supone que yo soy quien debe controlarse, quien ha decidido tener una aventura con él, el estómago me da un vuelco y empiezo a sentirme mareada otra vez.

Sigue un largo silencio y yo digo:

–Gracias. – No se me ocurre otra cosa, y no puedo contarle que él también me atrae mucho porque sería muy hortera y, además, seguro que él ya lo sabe, porque, si no, a santo de qué lo habría invitado a tomar café.

Y nos quedamos un rato sin mediar palabra y luego le ofrezco otro café, aunque yo apenas he probado el mío, y él niega con la cabeza, y el alma se me cae a los pies.

«Mierda -pienso-. Mierda, mierda, mierda. Se va a su casa. Joder.» Pero no se levanta. En cambio, ríe y dice:

–¿Sabes qué me apetecería mucho?

–No. – Muevo la cabeza.

–Darme un baño.

–¿Un baño? ¿Estás loco?

–Ya sé que suena raro, pero en mi casa sólo tengo una ducha y echo de menos darme un baño. ¿Te importaría?

Muevo la cabeza, preguntándome de qué diablos va esto; la situación es completamente nueva para mí. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme aquí y hacerme las uñas mientras él se baña? ¿O se supone que debo hablar con él? ¿Qué coño se supone que tengo que hacer?

No tengo que romperme la cabeza mucho rato porque en ese mismo

momento suena el teléfono.

–Hola, bonita -dice Jules-. Soy yo.

–Hola -respondo con cautela, en un tono de voz que le haga saber que quizá no sea el mejor momento para llamar.

–Oh, oh -dice ella-. Algo me dice que no estás sola.

–Ajá -digo mientras Nick se levanta del sofá y baja un poco la música.

–¿Quién está contigo? Seguro que es un tío, ¿me equivoco?

–Ajá -repito abriendo un poco los ojos cuando Nick se pone a reír como un maníaco mientras se desabrocha la camisa.

–¿Qué pasa? – pregunta cuando me entra la risa tonta.

–¿De verdad quieres saber qué pasa?

–¡Sí!

–Como quieras. Hay un tío que está como un tren dando brincos en mi salita y quitándose la ropa.

Nick contonea las caderas en agradecimiento por mi descripción.

–Ja, ja, qué risa -dice Jules-. En serio, ¿qué ocurre?

–Hablo en serio. Está a punto de quitarse la camisa.

Nick se quita la camisa.

–Y -prosigo mientras un torrente de deseo empieza a ascender por mis muslos- tiene el vientre como una tabla de lavar.

–No te creo -suelta Jules al tiempo que le paso el teléfono a Nick.

–Hola -saluda mientras yo estoy al borde de ponerme a babear con la visión de su torso desnudo, musculoso y fibrado-. ¿Quién eres?

Hay un momento de pausa.

–Yo, Nick -le oigo decir mientras se desabrocha los botones de la bragueta de los vaqueros, lo que me provoca un leve ataque al corazón-. Voy darme un baño -sigue diciendo, y se echa a reír cuando le arranco el teléfono de las manos.

–Pero ¿qué has dicho? ¿Qué has dicho? – exclamo.

–¡La madre que te parió! – grita Jules-. Ahora sí que te creo, pero dime,

¿quién coño es ese Nick?

–Es una larga historia -le respondo, dando gracias a Dios porque Nick lleva bóxers y no algo tan asqueroso como un tanga violeta o esos calzoncillos pequeñitos tan repulsivos-. ¿Puedo llamarte mañana?

–Dime sólo una cosa. ¿Está desnudo?

–Todavía no -respondo con los ojos clavados en Nick, quien hace esfuerzos para mantener el equilibrio con una sola pierna mientras se quita los calcetines-, pero creo que pronto lo va a estar.

Nick desaparece entre contoneos en dirección al cuarto de baño.

–Es la hostia -susurro-. ¡Está buenísimo!

–Mientras sepas lo que estás haciendo… -Se echa a reír.

–Pasarlo bien -le digo-. Algo que hace tiempo que no hago.

–Entendido -dice ella-. Te dejo en paz. Llámame mañana a primera hora sin

falta, y por el amor de Dios, que se ponga un condón.

–Bien -digo, y me pongo a reír porque Jules es la única persona en todo el mundo que sabe lo del cajón de condones, un cajón en mi mesita de noche lleno hasta los topes de condones de diferentes formas, tamaños y colores, la mayoría de los cuales, dicho sea de paso, me los ha dado ella.

Oigo correr el agua de la bañera, me pongo en pie, cruzo el dormitorio dando gracias a Dios de que esta mañana se me ocurriese hacer la cama, y con mucho cuidado abro la puerta antes de echarme a reír como una loca.

Nick está sentado en la bañera mientras el agua la va llenando. Ha vaciado casi una botella entera de gel, pero no me molesta, porque eso significa que no puedo ver nada, algo que me daba pavor pues no lo conozco lo suficiente para tomarlo como si tal cosa. Por si fuera poco, Nick se ha puesto un gorro de baño en la cabeza.

Si no estuviese tan bueno parecería ridículo. Pero está mono a rabiar. Bajo la tapa del váter y me siento. Muevo la cabeza de un lado a otro.

–Estás como una cabra -le digo mientras se frota la cara.

–En absoluto -se defiende él incorporándose-. Esto es fantástico. ¿Por qué no te metes conmigo?

–Ya me he bañado.

–¿Y? Necesito que alguien me frote la espalda.

«Oh, mierda», pienso mientras me pongo de pie y me desabrocho la rebeca.

Esto no es exactamente lo que había planeado, pero ¿qué puedo perder?

Por suerte, Nick no mira mientras me desnudo. Se recuesta en la bañera, cierra los ojos y yo no lo pierdo de vista para asegurarme de que no me mira a hurtadillas. Aún no estoy preparada para quitarme toda la ropa delante de él, de modo que cuando me quedo en ropa interior agarro una

toalla y regreso al dormitorio.

–¿Libby? – grita mientras yo me voy-. ¿Tienes velas?

Encuentro tres, y después de quitarme el sujetador y las braguitas en la relativa intimidad de mi dormitorio, me envuelvo con una toalla, regreso al cuarto de baño, enciendo las velas y apago la luz mientras las reparto por el cuarto.

Nick se sienta, sin mirarme. Yo dejo caer la toalla y me meto en la bañera, detrás de él.

–Aquí tienes -me dice al tiempo que me pasa el jabón por encima de su hombro-. Frótame la espalda.

–Lo único que querías era un masaje -le digo enjabonándole la espalda y preguntándome cómo demonios he hecho para, en tan poco tiempo, compartir un momento tan privado con alguien a quien apenas conozco.

–Mmm -murmura-. Un poco más abajo. Sí, ahí. Perfecto.

Observo cómo mis manos describen círculos alrededor de su espalda, cómo la vacilante luz de las velas mejora la definición de su espina dorsal, sus omóplatos, y cuando la espalda ya está completamente cubierta de jabón, dejo la pastilla a un lado de la bañera y, con lentitud, se la froto con suavidad.

Lo tengo entre mis piernas y, mientras le froto la espalda, Nick recoge el jabón y empieza a enjabonarme las pantorrillas. Al contacto con aquellas manos suyas, grandes y fuertes que me dan jabón con ternura en las piernas, en las rodillas, en los tobillos, y cuando me sujeta los pies en silencio mientras los frota, me quedo sin respiración.

Y mientras medio nos sentamos, medio nos hundimos en la bañera, la música que suena desde la sala de estar parece contagiarse de una sensación marcadamente sexual, y antes de que me dé cuenta de lo que estoy

haciendo, me echo un poco hacia delante y le beso el cuello. Oigo cómo gime cuando mis labios le acarician la piel, y le doy suaves chupetones mientras mis labios buscan su lóbulo. Su mano deja de dibujar círculos en mi pierna. Se ha detenido. Todo parece estar sucediendo muy lentamente.

Se da la vuelta al tiempo que el agua se agita a su alrededor, y me mira con ojos iluminados por el deseo antes de besarme con dulzura, sus labios abiertos jugando con los míos durante lo que me parece una eternidad y luego, finalmente, me muerde el labio superior mientras yo gimo e introduzco mi lengua en su boca.

Tengo la vaga impresión de que, mientras me besa, Nick está medio de pie y va dándose la vuelta, y cuando se sienta otra vez en el agua templada lo tengo de cara, con las piernas encima de las mías. Sus labios no han abandonado los míos.

Y sin dejar de besarnos, le quito el gorro de baño y lo dejo caer al suelo.

Acto seguido rodeo su cuello con mis manos, lo acerco a mí mientras él inclina la cabeza y me besa la clavícula.

Me estremezco.

Nick se reclina y vuelve a recoger la pastilla de jabón sin dejar de mirarme, como si comprobase que todo va bien, y la verdad es que va de perlas, y con mucha suavidad comienza a enjabonarme los brazos, los codos, las manos y, santo cielo, nunca hasta ese día supe cuan sensuales podían ser las manos, o cuánto me excitaría el hecho de que alguien me recorriese los dedos con jabón.

Y me acaricia los brazos con jabón, sigue con los hombros y luego, lentamente, describe círculos alrededor de mis pechos, acercándose cada vez más a los pezones, que están duros como rocas, aunque no llega a tocarlos. Todavía no.

A continuación, desliza la pastilla de jabón por mi pezón izquierdo, jadeo y bajo los ojos hacia el agua, porque a estas alturas el jabón ha hecho

desaparecer todas las burbujas y puedo ver su polla, gruesa y dura, y recojo la pastilla de su mano y la dejo resbalar hacia ella, y ahora le toca a él jadear mientras la muevo arriba y abajo del miembro.

El jabón me resbala de la mano, él lo recoge y traza una línea a lo largo de mi cuerpo, por encima de los pezones, hacia el vientre y hasta el clítoris mientras yo cierro los ojos para poder sentir esa sensación tan fantástica; y cuando vuelvo a tocarle la polla lo único en lo que pienso es que quiero sentirlo dentro de mí.

Oigo un gorgoteo y abro los ojos de golpe. Nick ríe mientras sostiene el teléfono de la ducha, lo que rompe el hechizo durante un segundo, tan sólo uno, porque cuando el agua empieza a derramarse fuera de la bañera Nick hace que me recueste y, mientras mis piernas se apoyan una a cada lado de la bañera, desliza su mano por mi cuerpo, hasta que noto que se detiene entre mis muslos. Abro los ojos y lo miro, y él me mira como si quisiera preguntarme si debe hacerlo, y yo cierro los ojos y suspiro en un gesto de afirmación.

Noto cómo su lengua se escurre entre mis piernas y, mientras me lame, me chupa y me da lengüetazos, siento que un orgasmo crece en mi interior, y mi cuerpo se estremece como loco entre los estrechos límites de la bañera, Nick me mira y me sonríe. Lo beso, deleitándome en su boca. Lo saco de la bañera y lo llevo hacia el dormitorio.

Le pongo un condón, empujo a Nick hacia atrás y me siento a horcajadas encima de él, para que me penetre con mayor facilidad, y cuando me he metido su miembro unos tres centímetros suelto un jadeo, porque ya no me acordaba de lo fantástica que es esa sensación.

Es perfecto. El polvo perfecto. Ni muy corto, ni demasiado largo, porque no hay nada, nada peor que los hombres que se creen que todo lo que necesita una mujer para sentirse satisfecha son horas y horas de movimiento continuo. Por favor, antes preferiría ver cómo se seca la pintura de una pared recién pintada.

Pero Nick es perfecto y me encanta esa sensación de poder, estar encima, controlar la situación, y me encanta observar su cara cuando finalmente se deja llevar por el orgasmo.

Cuando se acaba pienso que es probable que Nick sea uno de esos tipos que se dan la vuelta y caen dormidos, pero no es así. Me abraza y me acaricia sin parar.

–Ha sido… -dice después de abrazarme muy fuerte- genial.

–Sí. A mí también me lo ha parecido.

–Y tú -dice besándome la nariz- eres una chica muy sexy.

–Mi aspiración es complacer -digo entre risas.

–Pues lo has conseguido. Y ahora quiero un cuento.

–¿Un qué? – Me levanto apoyada en un brazo y lo miro.

–Un cuento. Quiero que me cuentes un cuento antes de ir a dormir.

–¿Un cuento sobre qué?

–Sobre lo que quieras.

–Pues no se me ocurre nada.

–Vamos, mujer, por el amor de Dios. – Suspira en un gesto de lo más dramático-. Si no, te lo tendré que contar yo.

–¡Sí, por favor! – digo con voz infantil, sintiéndome, por extraño que parezca, como una niña, a salvo y amparada, protegida entre sus brazos.

–Érase una vez -entona en voz baja y suave- una niña que se llamaba Libby.

Libby vivía sólita en un enorme girasol de color amarillo en un bonito