Nadie es perfecto

Jane Green · Capítulo 4 de 31

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Nadie es perfecto

cuatro

jardín.

Suelto un suspiro y me arrimo más a él.

–Detrás del jardín -prosigue- había una gran casa, y en esa casa vivían el señor y la señora Narizarrugada. Se llamaban señor y señora Narizarrugada porque cada vez que salían al jardín arrugaban la nariz, ya que el señor y la señora Narizarrugada odiaban el olor de cualquier cosa fresca y bonita, aunque nunca descubrieron que no se trataba del olor de las flores, o de los árboles o del río, no. Era el olor de Libby.

–¿Me estás diciendo que Libby olía mal? – digo indignada aunque sonría.

–Te estoy diciendo que Libby olía a fresco porque era bonita.

–Ah, en ese caso puedes continuar. – Y le cojo la mano y se la beso mientras él sigue hablando, y, antes de que me dé cuenta, caigo dormida.

cuatro

Odio la mañana siguiente porque nunca sabes cuál es tu situación, y aunque nos despertemos y volvamos a hacerlo, sigo sin estar segura de qué ocurrirá una vez que se rompa el hechizo, cuando salgamos de la cama y, en mi caso, vaya a trabajar, de modo que intento retrasar el momento todo lo que puedo, arrimándome a Nick porque, no nos engañemos, él no tiene que ir a ningún sitio.

Pero a la quinta vez que suena la alarma del reloj tengo que levantarme o llegaré tardísimo al trabajo. Voy a la cocina para preparar un poco de café y Nick se da la vuelta, quejándose por la luz del sol.

Me envuelvo con la bata de seda que Jules me regaló el año pasado y que tan sólo me pongo si un hombre se queda a pasar la noche, así que ni decir tiene que la prenda parece nueva. Pruebo a ahuecarme el pelo y limpiarme el rimel que se me ha corrido ante el espejo de la polvera que tengo en la salita.

Le llevo una taza de café y me quedo un rato de pie en el dormitorio, mirándolo. No está dormido, pero tiene los ojos cerrados, y está tendido en la cama; el edredón sólo le cubre las piernas, el resto de su cuerpo está desnudo, con un brazo encima de los ojos. Y yo me quedo allí al tiempo que pienso: «Joder, quizá no sea lo que esté buscando, pero, Dios, qué bueno está.»

Y mientras lo observo abre los ojos, y al verme extiende los brazos hacia mí y me dice:

–Ven y abrázame.

Y durante el tiempo en el que estoy entre sus brazos y él me hace reír, dándome ruidosos besos, pienso: «Vaya, podría acostumbrarme a esto.»

No, Libby. No podrías. No es lo que quieres. ¿De verdad crees que podrías pasar el resto de tu vida en un cochambroso estudio de Highgate? ¿De verdad crees que podrías disfrutar de tu vida social bebiendo cerveza caliente en pubs? ¿Crees que podrías olvidar tus sueños de convertirte en la esposa de un hombre rico y en una señora que almuerza decentemente? Me parece que no. No, no pienso enamorarme de este hombre. Seré una mujer de los noventa, disfrutaré del sexo. Pero ¿qué pasa si el chico resulta cariñoso y divertido? Bueno, será un plus.

Nick se sienta en la cama y se bebe el café mientras yo me preparo para ir a trabajar. Me hace reír cuando abro el armario y me dice:

–¿Qué diablos es eso? – al tiempo que señala un montón de perchas cubiertas con papel de seda y celofán.

–El tinte -le digo, y él se pone a mover la cabeza asombrado.

–¿El tinte? Jesús, realmente somos de mundos distintos.

–Supongo que tú ni siquiera planchas -replico echándome a reír.

–Si encuentro la forma de evitarlo, no -contesta; y luego, mientras me maquillo en el espejo del baño, entra y se sienta en el borde de la bañera para hablar conmigo y, como él dice, «ver qué hago».

–¿Para qué es eso? – no deja de repetir cuando hurgo en mi estuche de maquillaje y saco otra cosa insólita, al menos para él-. No sé -dice al fin, volviendo a mover la cabeza de un lado para otro mientras yo hago un gesto provocador con los labios a la perfecta imagen que me devuelve el espejo-.

Si quieres saber mi opinión, estás mucho mejor sin nada.

–Ahora sí que bromeas -le digo porque nunca me atrevería a salir de casa sin una aplicación total de toda esa ciencia milagrosa.

–No, lo digo en serio -dice-. No necesitas llevar todo ese maquillaje. Sé que hay mujeres que sí, porque sin él parecen perros, pero tú eres guapa por naturaleza y realmente estás mucho mejor sin nada.

No sé qué pensáis vosotras, pero conmigo un adulador siempre consigue lo que quiere. Podría besarlo por haberme dicho eso. De hecho, eso es lo que hago. Me olvido por completo del maquillaje y me concentro en que Nick me ha dicho que soy guapa. ¡Guapa! ¡Cree que soy guapa!

Cuando salimos de casa y vamos a la estación de metro voy por los aires como una cometa. No es que me haya enamorado, tampoco es que esté a punto de hacerlo, pero es tan bonito pasar una noche acurrucada al lado de un hombre, tener alguien con quien poder hablar por la mañana y que te vuelvan a decir cumplidos…

Pero cuando nos separamos en la estación, él en dirección norte, yo hacia Kilburn, siento una punzada ya que, aunque sé que esto no va a ninguna

parte, no creo que pueda soportar que me diga: «Adiós.» Creo que Nick me lo nota en la cara, porque me rodea con sus brazos y me abraza.

–Hacía años que no pasaba una noche tan maravillosa -dice mientras el corazón se me encoge porque seguro que luego dirá: «Cuídate.»

Pero no. Me equivoco.

–¿Cuándo volveré a verte? – dice a continuación y, a pesar de mi estado de ánimo, me apetece ponerme a bailar allí mismo.

–Humm -le digo mientras saco la agenda del bolso. Paso las páginas y echo un vistazo-. Esta semana estoy un poco ocupada. Tendrá que ser o el fin de semana o la semana próxima.

«Por favor, di el fin de semana», pienso.

–¿El sábado? – propone.

–Genial -digo sonriente.

–Muy bien. ¿Por qué no vienes a mi casa?

–¿Qué? ¿Y poner los pies en el tugurio donde vives?

Nick se echa a reír.

–Podríamos salir y comer algo. Te llamaré al trabajo para quedar a una hora, ¿qué te parece?

Me parece bien. Habría sido mejor que hubiese quedado a una hora en aquel mismo momento porque, cuando un hombre te dice que te llamará, por mucho que sepas que volverás a verlo, te pones a esperar su llamada; pero qué diablos, al menos tengo una fecha en firme, ya que no una hora, y de pronto me siento más feliz de lo que me he sentido en meses.

–Parece que te haya tocado el gordo -dice Jo, la recepcionista de la oficina, que siempre viste a la última.

–¿Ah, sí? – pregunto toda inocente, pero no puedo evitarlo y una enorme sonrisa como la del gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas se me dibuja en la cara.

–Estás enamorada, ¿eh? – me dice.

–Pues no. – Muevo la cabeza-. Para nada. – Y ya no digo más, me doy la vuelta antes de desaparecer por la puerta-. Pero ardo de deseo. – Y le guiño el ojo antes de dirigirme hacia mi mesa.

¿Creéis que consigo sacarme trabajo de encima? Y un cuerno. Me siento a mi escritorio y miro a las musarañas, echo un vistazo por la ventana y tiemblo de deseo cuando esporádicamente recuerdo la noche anterior, cargada de pasión.

Y los recuerdos se empeñan en aparecer en los momentos más ridículos.

Estoy hablando por teléfono con un periodista y de pronto, en mitad de una frase, una imagen de Nick lamiéndome el cuello se dibuja en mi mente, y me detengo, sonrío, y el santo se me va al cielo.

No es que me esté enamorando de él, es sólo que resulta delicioso que un hombre tan guapo haya pasado por mi cama, que me haya recordado que soy atractiva, sexy, que aún puedo atraer a los tíos.

Porque, para seros sincera, después de los últimos seis meses ya empezaba a dudar de mí misma. No mucho, tampoco me han interesado tantos hombres. Sin embargo tiendo a enamorarme de los que nunca se interesarán por mí, y los que se enamoran de mí son, por lo general, bastante repulsivos.

No tengo ni idea de por qué me enamoro de los tíos equivocados. Jules tampoco. Los conozco, me enamoro locamente y nos hacemos amigos con

la errónea esperanza de que un día se den cuenta de que su planteamiento inicial está equivocado y que los atraigo un montón. Pero ni que decir tiene que eso nunca ocurre. Salgo con ellos, como amigos, y malinterpreto cada mirada, cada suspiro, cada roce, e intento convencerme de que están a punto de dar el paso y siempre termino sintiéndome como una mierda porque otra vez no le intereso al hombre que me gusta.

La última vez que me pasó fue con Simeon. Me fui derechita hacia él en una conferencia de prensa y, como era mono, me comporté como la mujer más brillante, divertida y ocurrente que pude y, cómo no, Simeon pensó que yo era genial.

Pero tenerme por alguien genial no significa que yo vaya a gustarle, y me puse en campaña para hacer que Simeon sintiera lo mismo que yo. Empecé a telefonearlo un par de veces a la semana, cosa que a él no parecía importarle; siempre parecía estar encantado de oírme, algo que no debería haberme sorprendido lo más mínimo, puesto que sólo hablaba yo, para contarle las historias más ingeniosas y conseguir que se riese.

Hasta que al final lo invité a una fiesta y me pasé toda la noche pegada a su lado. Eso tampoco pareció importarle. Incluso parecía que le agradaba.

Y poco a poco le impuse mi amistad, hasta que el chico no tuvo otra opción que hacerse amigo mío y muy pronto me llamaba con tanta asiduidad como yo a él, y cada vez mi corazón me daba un vuelco y yo me convencía de que él iba sintiendo lo mismo que yo.

Terminamos durante otra fiesta en la que Simeon se pegó a una morena bajita con un lamentable gusto para la ropa y acento americano, y yo me quedé colgada, viendo el espectáculo y sintiéndome como una mierda.

Al cabo de una semana, cuando me llamó, presa de la emoción por lo bien que lo había pasado con la americana la noche anterior, le colgué el teléfono y me eché a llorar. Aquel día decidí que ya estaba harta de enamorarme de los hombres que no me querían. Conseguiría que uno se enamorase de mí, y tendría que tratarme como a una princesa para que yo mostrase un poquito

de interés.

Pero eso es amor. El deseo es algo completamente distinto y hace siglos desde la última vez que me sentí atraída por alguien que sintiese lo mismo por mí y, de acuerdo, eso no significa nada, por supuesto no significa que Nick tenga que ser el hombre de mi vida, pero me hace sentir bien, y eso es bueno, ¿no?

De hecho, me siento tan bien que no estoy nada estresada por mi trabajo, lo que es un milagro porque estos últimos días me han pasado más y más clientes y tengo que confesar que hay veces que no sé cómo me las voy a arreglar con tanto trabajo.

¿Mis clientes? Bien. Ahora estoy trabajando en Sean Moore, del que ya os he hablado; una actriz de teatro que se llama Rita Roberts, cosa rara, porque normalmente no toco cosas de teatro, no tengo ni idea de ese mundo; una película titulada La copa misteriosa sobre la que es posible que aún no hayáis oído hablar pero que, si hago bien mi trabajo, pronto leeréis artículos sobre ella en todos los periódicos; el cómico Tony Baloney y una mujer que se llama Amanda Baker y que aspira a ser presentadora de televisión.

Digo que aspira, lo que no le hace justicia, porque ya sale en la tele, aunque no tan a menudo como le gustaría. Presenta un microespacio sobre el mundo del espectáculo en un magazine, y en cuanto su rostro apareció en pantalla, la chica decidió que ya era una estrella. Por desgracia, nadie parece saber quién es y eso acaba convirtiéndose en un círculo vicioso. Los periódicos no publican nada sobre ella porque es una don nadie, pero sin cobertura periodística la Baker no puede salir de un segundo plano, así que es el cliente más difícil que tengo, no sólo por esa razón, sino porque la tipa en cuestión es una mala zorra. Conseguí colarla en una tertulia de famosos para hablar de la peor cita de su vida. Seguro que pensáis que se puso a dar saltos de alegría, pero todo lo que hizo fue quejarse de ser el último mono de la reunión. Por el amor de Dios, ¿de verdad creía que la cámara le prestaría más atención que a Germaine Greer, Vanessa Feltz, Emma Noble y Ulrika? Bueno, por lo visto ésa era su idea. La muy estúpida estaba convencida.

Pero ni el hecho de que Amanda venga hoy a una reunión va a arruinarme el buen humor, y cuando la recepcionista me avisa de que ya ha llegado, salgo presta a buscarla e incluso logro dedicarle un cumplido, lo que parece desconcertarla.

–Me encanta tu vestido -miento al fijarme en su traje chaqueta de tono pastel que tan bien queda en la tele y que recuerda vagamente un modelo de Armani, aunque sé que no lo es porque Amanda está muy lejos todavía de tener el éxito para permitírselo.

–¿Estos trapos? – dice, aunque os aseguro que está la mar de complacida.

–Pasa. – Le sostengo la puerta abierta para que entre y le digo con mi mejor voz de relaciones públicas-: ¿Qué tal? ¿Cómo estás?

–Bien, ya sabes -responde mientras se pasa una mano por su melena rubia y con reflejos-. Tan liada como siempre.

–Vi tu programa la semana pasada, cuando entrevistaste a Tony Blackburn.

Sensacional. Das muy bien en televisión.

–¿Tú crees? ¿No se me ve gorda?

Me echo a reír porque incluso siendo una mala zorra, como todas las mujeres que conozco está convencida de que está gorda y, sí, en la tele siempre te ves con unos cuantos kilos de más, pero aun así la chica hace su papel de presentadora de televisión tipo Barbie pastel a la perfección.

–¿Gorda? – exclamo-. ¿Tú? Pero si estás delgada, mujer.

–Ya me gustaría -dice, pero ya lo he conseguido, la he puesto de buen humor, lo que debería poner las cosas más fáciles, porque solemos empezar con mal pie y terminamos con Amanda quejándose de que la prensa no le hace ni caso. Cabe esperar que ahora se muestre algo más comprensiva. Si no me interesase tanto mi trabajo le diría que sólo es otra de esas puñeteras

pelmazas con ínfulas de estrella y que no tengo tiempo para perder con ella; pero es evidente que no puedo hacerlo, así que remuevo algunos papeles encima de mi escritorio y le pregunto por qué quiere verme.

–Estoy convencida -empieza a decir- de que ahora es el momento adecuado para ponernos a trabajar a tope con los periódicos y obtener un poco más de cobertura.

–Bueno, sí -le digo y le paso la lista para que pueda ver con quién nos hemos puesto en contacto-. ¿Tenías algo pensado?

–Pues sí. Vi que en Helio! publicaron unas fotos de Lorraine Kelly con su nuevo hijo, y como yo acabo de mudarme y he decorado mi casa, he pensado que eso daría para un excelente artículo.

–Entendido -le digo, maldiciendo para mis adentros-. Los llamaré. – Cosa que pienso hacer, y ellos se sentarán al otro extremo del aparato, sin duda mirando al techo, mientras yo les suelto mi rollo de relaciones públicas acerca de lo brillante que es Amanda hasta que ellos dicen que lo sienten mucho, pero que nunca han oído hablar de ella.

–Y me preguntaba con quién has hablado exactamente de mí estos últimos días.

¡Ajá! Aquí está mi oportunidad para vengarme. Le paso la hoja de contactos y empiezo a hablar con mi tono de voz más agradable.

–La semana pasada hablé con los de «Femail» del Daily Mail, con Sun Woman, el suplemento de estilo del Express, Bella, Best, Woman's Realm y Woman. Esta semana he hablado con OK!, Here!, TV Quick y Cosmopolitan.

–Oh -dice con voz apagada y, por primera vez desde que la conozco, lo juro, seguro que mi reacción se debe a mi buen humor, siento verdadera lástima por ella.

–Mira -le digo-. Ya sé que esto es duro. – Y le suelto mi discursito sobre el círculo vicioso del que antes os hablaba-. Tenemos que buscar cómo enfocar el asunto, lo digo en serio.

–¿Y en qué estás pensando? – quiere saber y, por un momento, me olvido de que estoy con un cliente que no me gusta y a quien no gusto, y antes de que pueda evitarlo, le propongo:

–¿No te podrías follar a algún famoso?

Me mira horrorizada.

Yo también estoy horrorizada.

–Sólo era una broma -le digo intentando reír, pero no lo consigo y suelto un gruñidito ahogado-. Hablo en serio. ¿Ha habido algún cambio en tu vida que podamos utilizar, algo de lo que pueda salir una buena historia?

–¿Que no sea mi mudanza? – pregunta esperanzada.

–Eh… no. Nada de mudanzas. – «Algo así como robar, una crisis histérica», pienso.

–Humm. – Se sienta y casi puedo ver cómo su cerebro intenta ponerse en marcha. Ay, casi, casi. Nada, que no lo consigue.

–Muy bien -digo-. ¿Alguna vez robaste algo cuando eras una niña?

–¿Hablas en serio?

–Completamente. – Y asiento con la cabeza, muy seria.

–No. Creo que no. Bueno…

–¿Sí? – la animo.

–Bueno, una vez cogí un lápiz de ojos de Boots por error. Quería pagarlo, pero me olvidé.

–¡Perfecto! – exclamo-. ¡El infierno de remordimientos de una ladrona súper presentadora de televisión! ¡Como si lo viera!

–¿Estás segura de que ahí hay una historia? – pregunta dudosa-.

Únicamente fue un lápiz de ojos, y yo tenía unos catorce años, y tampoco diría que fue un infierno, sólo me sentí muy culpable.

–No diremos que fue un lápiz de ojos, diremos que fue todo un juego de maquillaje y no tendrás catorce años, habrá pasado hace un año y después de llevártelo te sentiste tan mal que te viste impelida a volver y confesarlo todo.

–¡Pero eso es mentir!

–Esto es el mundo de las relaciones públicas -digo-. Espera. – Descuelgo el teléfono y marco un número-. ¿Keith? Soy Libby, de Joe Cooper RP. Bien, bien ¿y tú? Genial. Escucha, ¿sabes? Amanda Baker del programa Breakfast Break… No, no, el espacio sobre el mundo del espectáculo. No, no, ésa se ocupa del tiempo. No, no, la rubia. Bueno, es igual, cada vez hace más cosas, se está haciendo muy famosa, y acaba de confesar una historia de lo más alucinante que sería perfecta para tu revista. Resulta que hace un año pasó por una experiencia infernal después de robar algo y cree que ha llegado el momento de confesarlo todo. Sí. – Asiento mientras escucho lo que Keith me dice-. Sí. Perfecto. ¿Una página entera? Excelente. – Escribo el número de teléfono directo del periodista que va a cubrir la noticia y cuelgo-. Bueno, Amanda. Tienes una página entera en Female Fancies con fotografías y toda la historia.

–¡Es fantástico! – exclama, casi sin aliento por la emoción-. ¡Fotos! ¡Es increíble! ¿Será una foto de estudio, con peluquero y maquillador?

–Ya te daré los detalles -le digo evasiva, porque pienso que ahora no es el mejor momento para decirle que quieren fotografiarla en una perfumería,

metiéndose furtivamente un estuche de maquillaje en su impermeable grande y voluminoso-. Y ¿qué te parece un poco de radio? – le suelto al tiempo que marco un número de teléfono.

Amanda está tan impresionada que no puede hablar. Asiente.

–¿Mark? Soy Libby, de Joe Cooper RP. Escucha, ¿conoces ese espacio sobre los londinenses y sus restaurantes preferidos? ¿Qué te parece Amanda Baker, de Breakfast Break? Luego te pongo al corriente, sí, sí. Genial. – No puedo molestarme en contarle a nadie más quién es la Baker y, además, ya sabía que Mark diría que sí, las radios locales dan tiempo de antena a cualquiera, y surte efecto: Amanda está entusiasmada.

–Libby -dice mientras se pone de pie y se sacude unas imaginarias motas de polvo de su chaqueta-. Estás haciendo un trabajo increíble.

Sonrío.

–¿Qué te parece una llamada rápida a «Femail» por si quieren hacer un artículo sobre mí?

–Eh… -Decido escurrir el bulto-. Antes de que llegaras he hablado con la redactora de la sección y sé que ahora está reunida. Ya la llamaré más tarde.

–Oh. – El entusiasmo de su rostro disminuye-. De acuerdo. Será mejor que me vaya. – Comprueba su reloj-. Gracias.

Y me da un beso en cada mejilla, lo que me desconcierta un poco porque hasta ahora sólo me había estrechado la mano sin ganas.

– Ciao -se despide mientras yo me estremezco-. Te llamaré. – Y lo hará, cuanto más pequeña es la estrella, más te toca las narices.

–¡Libby! – me llama Jo mientras acompaño a Amanda hasta la puerta-.

Jules está al teléfono. Es como la octava vez que llama. ¿Lo coges o la llamas más tarde?

Pero ya corro hacia mi mesa cuando Jo termina de decir la frase.

–Lo cojo, lo cojo -grito cayendo en picado en la silla y cogiendo el teléfono casi sin resuello.

–¡Libby! – grita Jules-. Me muero de ganas de hablar contigo. No creo que tuvieses una de esas puñeteras reuniones. No hay manera de que me concentre en el trabajo, cuéntame quién es ese Nick y qué pasó. Os fuisteis a la cama, ¿verdad? Sé que sí. ¿Cómo fue? ¿Cómo es? Cuéntamelo todo…

–Cálmate -le digo riendo, enciendo un cigarrillo y me recuesto en mi silla para pasar un buen rato colgada al teléfono-. En primer lugar, ya puedes olvidarte de planear la boda porque ese chico no es para mí, pero sí, nos fuimos a la cama y, joder, está buenísimo.

–¿Por qué no es para ti? ¿Cómo sabes que no es para ti?

–Muy bien. Para empezar no tiene dinero…

Silencio al otro extremo de la línea.

–Segundo, vive en un estudio asqueroso de Highgate.

–¿Y cómo sabes que es asqueroso?

–Me lo dijo él. No busca ninguna relación. Le interesa mucho la política. Su idea de una buena noche es irse a un pub para beber diez jarras de cerveza.

–Vale, vale -suspira Jules-. Ya me hago la idea, pero, Libby, sólo porque no tenga dinero no significa que no sea para ti. Quizá deberías empezar a bajar un poco el listón de tus pretensiones.

–¡Jules! Sabes que no podría salir en serio con alguien así. De todas formas

-digo y me siento un poco culpable por tener que admitirlo-, no es sólo el dinero. Es todo. Nos parecemos como un huevo a una castaña.