Nadie es perfecto

Jane Green · Capítulo 2 de 31

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Nadie es perfecto

dos

con él. De modo que esa noche, cuando de golpe y porrazo parece que se produce esa química tan sorprendente, decido que tendré una aventura con Nick, que será perfecto pasar con él unas semanas de sexo genial, que no pienso enamorarme y que lo más probable es que luego sigamos siendo amigos.

Me siento muy fuerte. Siento que, por primera vez en mi vida, puedo hacerlo. Que puedo hacer el amor con un hombre sin estrechar lazos sentimentales, sin empezar a soñar de la noche a la mañana con el matrimonio y con tener hijos, un final de cuento de hadas. Me siento mujer.

Me siento adulta.

dos

–¡Libby! – grita Sal dándome un enorme abrazo de oso-. Dios, hacía siglos.

¡Mírate! ¡Estás fantástica! – Así es como habla Sally, con signos de exclamación.

–Gracias -digo, y le creo porque ¿quién no estaría fantástica con una rebeca nueva de algodón, súper cara, larga, de canalé gris pálido, pantalones grises de franela y unas botas negras de tacón alto de lo más sexys?-. Tú también -

añado, aunque para mí Sal siempre tiene la misma pinta. Con su pelo castaño rojizo natural cortado a lo chico, siempre se encuentra bien con su eterna imagen; Sal no cree que deba seguirse la moda, su idea es que tienes que dar con el aspecto que más te favorece y seguir con él hasta la muerte.

Por eso, como ya he dicho, siempre va igual. Faldas largas y sueltas, a veces pantalones y botas de montar, cazadoras ajustadas y un fular de seda al cuello. Esta noche toca pantalones de montar, y ya veo por qué.

–Jesús, Sal -digo al tiempo que retrocedo, porque hoy hay algo diferente en

su aspecto-. Has adelgazado un montón.

–¡Ah, sí! – dice ella con una sonrisa burlona, sabe que es verdad. De no ser así, nunca se atrevería a llevar esos pantalones de montar de color pardo que se le ajustan a las piernas como un guante-. Será el amor -susurra mientras me coge de la mano y me lleva a una mesa que hay en un rincón-.

Ven, que los conocerás a todos.

Menudo grupo más, ejem, ecléctico. Siempre he admirado en Sal cómo elige a sus amigos, el hecho de que siempre esté dispuesta a mezclar y a emparejar, a reunir a la gente y a no preocuparse lo más mínimo por las consecuencias. Yo me paso la vida temiendo que mis amigos no se lleven bien, e intentando desesperadamente mantenerlos separados. Por un lado están los modernos de los medios de comunicación, a la mayoría de los cuales he conocido por el trabajo, los amigos de la universidad, los viejos amigos del colegio y los amigos de las clases de arte, aunque hace meses que no los veo. Y luego está Jules, a la que puedo llevar a todas partes, porque le cae simpática a todo el mundo. Pero Sal no hace distingos y veo que en la fiesta hay muchas caras conocidas.

–Hola -digo con una sonrisa a Kathy, la amiga más antigua de Sal, una rubia alta y despampanante que rebosa estilo y sofisticación, y que parece tener siempre a su lado un enjambre de tíos que están tan buenos como ella.

–Libby -dice, y alarga una mejilla de un moreno inmaculado para darme uno de esos besos que se dan al aire-. ¿Cómo estás? Hace tanto tiempo…

Tienes que conocer a Phil. – Y hace un gesto a un macizo que corta el aliento.

–Es un placer conocerte -me saluda, con una de las voces más afectadas que he oído en mi vida, y me ofrece la mano, lo cual me desconcierta por unos segundos, pues fuera de la oficina nadie que yo conozca se estrecha la mano, pero luego caigo en la cuenta de por qué me ofrece la suya, de modo que, intentando secarme disimuladamente el sudor de la palma de las manos en la rebeca, estrecho su mano con firmeza y le digo como si estuviésemos en una reunión de negocios:

–¿Cómo estás? – No puedo mostrarme demasiado amable con alguien que está tan bueno, no sea que Kathy crea que quiero ligar, algo que nunca haría, y tan pronto como lo digo me doy la vuelta para ver a quién más conozco.

–Te acuerdas de Paul, ¿no? – me dice Sal mientras coloca un taburete al lado de un joven con aspecto desaliñado y cara de niño que bebe una cerveza y que sé que es su último novio, aunque no estoy muy segura de por qué razón debería recordarlo.

–Humm, bueno, en realidad no estoy muy segura.

–Claro que sí, mujer -dice ella-. Paul trabajaba conmigo en el Sunday Mail.

–¡Oh, Paul! – exclamo-. Ese Paul. Lo siento. Vaya, al fin puedo ponerle una cara a ese nombre.

El tío me dedica una amplia sonrisa.

–Ya sé a qué te refieres. Seguro que te pasas todo el día hablando por teléfono con periodistas sin saber qué cara tienen.

–A menos… -digo sonriendo con descaro, recordando de pronto dónde lo he visto antes-, a menos que el periodista en cuestión se haya puesto una minifalda para ver qué tal sienta la última moda de hombre.

–Mierda -gime-. Pensaba que ya nadie se acordaría.

Los dos nos echamos a reír.

–Y Nick -dice Sal, mirándome con ojos como platos, lo que no acabo de entender; pero me doy la vuelta hacia Nick y caigo en la cuenta de que es el tío que le gustaba, y que ella está intentando avisarme telepáticamente de que no meta la pata-. Seguro que te acuerdas de Nick.

Nick se da la vuelta para mirarme y cabecea.

–Hola, Libby -dice, y el modo que tiene de pronunciar mi nombre hace que suene muy íntimo, y noto como un pequeño estremecimiento en el extremo de la espina dorsal.

¿Qué es esto? ¿Qué está pasando aquí? Miro a Nick detenidamente y es como si fuera la primera vez que lo viera. «Dios -pienso-, nunca había reparado en que sus ojos fueran tan azules.» Y se ha cortado el pelo. Ya no se lo recoge en aquella cola de caballo desordenada, ahora lo lleva cortado al cepillo, lo cual le descubre unos pómulos increíbles, y, ¡Jesús!, es guapo, y al cabo de un momento recuerdo qué significa ese estremecimiento.

Deseo. Puro y duro.

«Podría tener una aventura con él», me digo, me recuesto en la silla, y ya estoy en código ligue. Nick. Perfecto.

–¿Y qué has estado haciendo? – pregunta mientras me mira con descarado interés.

–Trabajando duro, para variar -respondo e, inmediatamente, lamento lo aburrido que suena y me pongo a estrujarme el cerebro para encontrar algo gracioso que contarle.

–Me gusta tu pelo -dice él, y otro estremecimiento me recorre el cuerpo-. Se ve distinto.

Y es cierto. La última vez que vi a Nick llevaba el pelo largo, completamente liso y con flequillo. Ahora me llega a los hombros, no llevo flequillo y tengo las puntas arqueadas hacia arriba.

–Es extraño que te acuerdes de mi pelo -me río-. Eres un tío un poco raro.

–Te sorprendería saber la de cosas que recuerdo -dice él con una sonrisa.

–¿A qué te refieres?

–La última vez que coincidí contigo fue hace dos años, en una fiesta de Sal

-añade.

–No. – Muevo la cabeza de un lado a otro-. No me impresionas. Cualquiera podría acordarse de eso.

–Llevabas el pelo recogido -prosigue sin dejar de sonreír- y unos pantalones negros de piel, zapatillas deportivas y una camiseta de color naranja chillón donde se leía: EXTRAVAGANTE.

–Por Dios. – Me deja con la boca abierta-. Ahora sí que me has impresionado. ¿Cómo es que te acuerdas de lo que llevaba?

Se encoge de hombros.

–Ya te dije que te sorprendería.

–No, de verdad… ¿cómo es posible que te acuerdes de eso? – lo obligo a que hable.

–Digamos que tengo muy buena memoria para recordar las cosas que quiero recordar.

–Ah -digo en voz baja, como si el comentario me revelara que quizá no estuviera tan distante las veces que coincidimos. ¿Quizá le gustaba? Quizá.

–¿Así que el emocionante mundo de las relaciones públicas sigue tan emocionante como siempre? – pregunta.

–Ya sé que piensas que trabajar de relaciones públicas es una pérdida de tiempo -comienzo a decir, aunque de hecho no lo sepa y sólo lo sospeche-, pero es lo mío. Me gusta.

–Yo no creo que sea una pérdida de tiempo -parece sorprendido-, y cuando mi novela sea un éxito, tú serás probablemente la primera persona a quien

acuda.

–¿Tienes un contrato? – pregunto emocionada. Esto cada vez se pone más interesante. Si Nick ya ha firmado un contrato, entonces tiene dinero, y si tiene dinero, eso lo convierte en un posible candidato, y si es un posible candidato, entonces, y sólo entonces, puedo imaginarme saliendo con él.

–No -suspira-. Lo estoy intentando.

–Vaya. ¿Y de qué va el libro? – Estoy siendo educada, ¿vale? Supongo que me hará un resumen de un par de minutos, pero al cabo de diez se calla al ver que mis ojos se cierran.

–Mierda. Lo siento. Te estoy aburriendo.

–No, no -contesto inmediatamente, moviendo la cabeza para despabilarme-.

Es que yo no sé gran cosa de política y no me interesa demasiado. Pero suena muy bien -añado con entusiasmo-. Me cuesta creer que aún no lo hayas publicado.

–Ya lo sé -comenta con tristeza-. A mí también.

–¿Qué te apetece? – Se levanta y yo le digo que un Sea Breeze, si hay, y si no tienen zumo de arándanos, pues un vodka con soda y un chorrito de lima.

–Bien -dice Sal con tono de complicidad cuando Nick desaparece a por las bebidas-. Parece que Nick y tú os lleváis muy bien.

Me encojo de hombros.

–Parece majo, nada más. Nunca había reparado en él.

–Deberías ir a por él. No me cuesta nada imaginaros juntos.

–¿Ya no te gusta? – susurro.

–No seas tonta -ríe-. Ahora ya tengo a Paul. No sé lo que vi en Nick… -Se detiene porque acaba de darse cuenta de lo que ha dicho-. No quería decir eso; Nick es genial, pero ahora veo que lo nuestro nunca habría funcionado.

Tú, en cambio…

Me pongo a reír.

–¡Sal! Estás loca. Yo sí que no nos veo juntos.

–¿Por qué? – Parece sorprendida, y recuerdo que ella no piensa en las cosas importantes, en nuestros estilos de vida, en lo distintos que somos.

–Míranos -le digo al tiempo que señalo disimuladamente mi ropa de diseño y luego a Nick, a sus vaqueros sucios, su chupa holgada y andrajosa con agujeros en las mangas y sus Doc Martins hechas una pena.

–¿Qué? – repite ella con el entrecejo fruncido. No lo coge-. ¿Qué quieres que mire?

–No importa -río-. Definitivamente Nick no es para mí, pero está bien. De hecho resulta bastante sexy.

–Quizá deberíais salir juntos y ver qué pasa -dice Sal con una sonrisa, y se aparta para que Nick, que vuelve con las bebidas, pueda pasar.

–Quizá tengas razón -respondo, y pienso que ahora me iría de perlas que saliéramos juntos, pero ya sé lo que sucedería. No encajaríamos, eso es lo que sucedería. «Pero no pasa nada -me digo-. Ahora no quiero un novio, ni siquiera un rollete. Sólo busco un poco de diversión. Sin ataduras.»

–¿Qué estáis cotilleando? – pregunta Nick, y por su sonrisa me atrevo a decir que los oídos le zumbaban.

–Ejem… cosas del trabajo -responde Sal, que es una auténtica pena a la hora de mentir.

–Entiendo -dice él mientras se sienta y me pasa el vodka-. ¿Así que no hablabais de hombres?

–¡No! – se apresura a responder Sal, al tiempo que con el dedo me envía una señal de aprobación de lo más indiscreta y se da la vuelta para acurrucarse en el hombro de Paul.

Nick y yo nos pasamos toda la fiesta hablando y, una vez que aparcamos el tema de su libro, el chico es interesante, divertido, diferente.

–¿Qué harías si te tocara la lotería? – pregunta en un momento dado, y yo casi me pongo a gritar de placer porque me encantan ese tipo de preguntas.

–¿Como cuánto?

–Lo que sea -responde él.

–No, no. Tienes que hacerlo bien. Tienes que decirme una cifra.

–De acuerdo -dice con una sonrisa-. Cinco millones de libras.

Me recuesto en la silla y pienso en todas las cosas maravillosas que podría comprar con cinco millones de libras.

–Bueno… Me compraría una casa.

–¿Qué tipo de casa y dónde?

–Una de esas enormes y blancas que hay en Holland Park.

–¿Te das cuenta de que eso te costaría unos tres millones de libras?

–Bueno, está bien. Una de esas pequeñitas y blancas de Maida Vale.

–¿Por cuánto?

–¿Quinientas mil?

Asiente.

–¿Y cómo la decorarías?

Le describo la casa de mis sueños aunque me pierdo un poco cuando termino con el salón, el cuarto de baño, la cocina y el dormitorio. Nunca he tenido que pensar en más habitaciones.

–¿Y el comedor? – pregunta-. ¿Y la habitación de invitados? ¿Y tu segundo dormitorio? ¿Qué pasa con el estudio?

–Dios mío -me quejo al fin-. Demasiadas habitaciones. Quizá me quede con un apartamento fantástico de dos dormitorios con habitaciones enormes y una zona elevada para montar el despacho.

–Aún te quedan cuatro millones y medio.

–No, un poco menos. Probablemente me gastaría unas cien mil en decorarla.

Me mira como si estuviese loca; luego, mueve la cabeza y se ríe.

–De acuerdo. Te quedan cuatro millones cuatrocientas mil libras. ¿Qué más?

–Me compraría una casa para ir a pasar las vacaciones en el Caribe.

–Lo tuyo son las casas.

–¿Qué esperabas? Soy hija de la generación Thatcher.

–Humm -dice con desdén-. No me digas que la votaste…

No miento con la gracia de una experta, y respondo lo de siempre:

–Voté al partido ecologista.

–¿Ah, sí? – Y pone cara, bueno, si no de estar impresionado, al menos de no estar cabreado del todo, y por un momento pienso en la posibilidad de confesarle la verdad: que la política me importa un pito y que la única razón por la que voté a los conservadores es porque mis padres también lo hicieron, y que por mí podría gobernar cualquiera. Me da lo mismo.

Decido seguir mintiendo.

–Sí -digo mientras asiento-. Ningún partido parecía ofrecer nada nuevo, y ya sabemos de qué calaña son los políticos. Unos cabrones en quienes no vale la pena confiar. – Esta última frase la oí en una fiesta y pensé que sonaba bastante bien, que daba la sensación de que sabía de qué estaba hablando. Y funciona. Nick asiente, como si acabase de decir algo muy sensato-. De todas formas -añado para llevar la conversación a un terreno más familiar-, volvamos a mi casa del Caribe.

–Ah, sí -dice él con una sonrisa-. Eso es mucho más importante que la política.

–Muchísimo más. – Y sigo describiendo la casa que me construiría en la pequeña isla de Anguilla.

–Ya nos queda un millón menos -dice Nick-. ¿Y luego?

–Luego, seguramente cogería cien mil libras y me daría el gustazo de irme de tiendas -admito.

–¿Cien mil? Por Dios. ¿Qué te comprarías? ¿Perlas y diamantes?

–Pues no. – Muevo la cabeza-. Eso está bien para las viejas. Me iría a Armani, Prada, Gucci…

–¿Tiendas de lujo? – pregunta Nick-. ¿Tipo Oasis?

–¿Estás loco? – salto-. Por nada del mundo me rebajaría a poner los pies en un sitio como ése.

–Ah, vale -contesta y sonríe-. Por supuesto. ¡Qué tonto que soy! – Y me acerca su mano, a la que doy una palmada con mucha suavidad.

–En cualquier caso, ¿cómo sabes que existe Oasis?

–Yo sé muchas cosas -responde, y se echa a reír.

–Tú no eres un poco raro -comento mientras lo miro con el entrecejo fruncido-. Tú eres una chica, ¿verdad?

–Maldita sea -dice Nick moviendo la cabeza y riendo-. Y yo que pensaba que no te habías dado cuenta.

Cuando me gasto tres millones de libras me quedo sin ideas. Llegados a ese punto ya tengo dos casas, un guardarropa que pondría celosa a Oprah Winfrey, un Porsche 911 descapotable, una criada que duerme en casa, pero que de hecho no vive conmigo, sino que ocupa el coqueto pisito que adoso a la planta baja, y muchas inversiones en propiedades. Ya no sé qué hacer con el resto.

–Eh, bueno, el resto lo daría a instituciones benéficas -digo magnánima, confiando en que no me pregunte a cuáles, porque no sabría darle el nombre de una sola aunque mi vida dependiese de ello, y porque, tal vez, les daría algo, aunque, sinceramente, no me veo donando dos millones de libras. Por más encomiable que sea.

–¿A qué instituciones? – pregunta. Lo ha hecho.

–A unas cuantas. A esa del cáncer de mama. A… -Pienso con todas mis fuerzas-. A la Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad con la Infancia. – Recuerdo las cajitas azules de plástico que nos daban en el

colegio-. A la investigación para el sida, sí, a ésa mucho dinero. ¡Y a instituciones para animales! Sí, daría mucho dinero a instituciones benéficas para animales para que no tuvieran que picar carne de poni ni de caballo para hacer comida para gatos. ¿Y tú? – le pregunto-. ¿Qué harías tú con cinco millones de libras?

Se sienta y lo piensa un rato.

–No creo que me fuese a otro sitio -responde-. No tendría mucho sentido, la verdad; estoy bastante bien donde estoy.

–¿Dónde vives?

–En Highgate.

–¿Vives solo? – Pero no es eso lo que realmente le estoy preguntando. Sólo quiero saber si el piso es de propiedad, si es responsable, si puede mantener a una esposa. Pero no, echo el freno, no pienso ser su esposa y él no será mi marido. No importa.

–Ajá. – Asiente-. Tengo alquilado un estudio. Supongo que podría buscar un apartamento, pero ya estoy bien donde estoy.

–Tendrás que comprarte algo -le digo con tono de reproche-. Ya va siendo hora de que tengas un sitio donde caerte muerto. – Otra frase que he oído en algún sitio y que siempre utilizo cuando hablo sobre casas.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Porque… -De pronto no sé por qué, pero me han educado en la convicción de que todo el mundo debería comprarse una casa, si puede permitírselo.

–Porque creciste en la era Thatcher, ¿no?

–Y tú también -digo en mi defensa.

–Pero yo soy de los sociatas -añade él.

–¿Los sociatas?

–Quizá yo sólo sea un par de años mayor que tú, pero mis padres son votantes de toda la vida de los laboristas.

–Lo que quieras, pero tú creciste con los gobiernos de Thatcher.

–¿Y por eso debería creer en ella?

–No, pero a veces resulta difícil ir en contra de lo que se supone que debes creer mientras te estás formando.

–Yo no crecí suponiendo que eso era en lo que debía creer.

Empiezo a perder el norte. Me levanto.

–¿Otra cerveza?

Nick se echa a reír.

–Entonces, ¿no te vas a comprar una mansión? – digo cuando regreso.

–No, no -dice-. He estado pensando y es probable que tengas razón. Debería comprarme algo, pero no sería nada alucinante. A lo mejor incluso me compro el estudio donde vivo.

Lo miro horrorizada.

–¿Un estudio?

–De acuerdo -se ríe-. Me compraría un apartamento de una habitación.

–¿Qué más? ¿Qué más?

Se pone a cavilar.

–¡Ya lo sé! – exclama de pronto. Sus ojos se encienden-. Me compraría un ordenador como Dios manda.

–¿Estás escribiendo una novela y no tienes ordenador? – digo despacio.

–Tengo una de esas máquinas de escribir con una pequeña pantalla en la que puedes ver las últimas tres líneas que llevas escritas.

–Pues te estarás gastando una fortuna en líquido corrector -le comento.

–Sí. – Me dedica una amplia sonrisa-. Me compraría líquido corrector para toda la vida.

–Pero si tuvieses un ordenador no necesitarías el líquido.

–A lo mejor tendría nostalgia.

–¿De tu vieja máquina de escribir medio estropeada con la que te vas a pasar toda la vida para escribir tu novela y con la que no puedes ni retroceder ni corregir?

–¿Y cómo sabes tú que está medio estropeada?

–Lo está, ¿verdad?

–Sí, un poco, pero tiene personalidad. Los ordenadores parecen demasiado fríos.

–Muy bien -suspiro-. Hasta ahora llevamos gastadas menos de cien mil. No es que se te dé muy bien lo de gastar.

–Podría donar un buen pellizco al Partido Laborista -dice con timidez.

–¿Como cuánto?

–Un millón.

–¡No puedes dar un millón de libras a esos puñeteros políticos! – exclamo horrorizada-. No tienes remedio.

–Lo siento. – Parece sentirlo-. No sé qué hacer con el dinero.

–Ya veo. – Por suerte se pone a reír, y cuando lo hace no puedo evitarlo y reparo en lo blancos que son sus dientes, en cómo se suaviza su rostro y en lo bueno que está.

–¿Qué tal? – dice Sal, inclinándose sobre nosotros e interrumpiéndonos-.

¿Tienes alguna historia interesante que contarme, Libby?

Me siento y pienso.

–No exactamente, pero tal vez te interese una entrevista con Sean Moore.

–¡Sean Moore! – Sus ojos se encienden-. ¿Lo llevas tú?

Asiento.

–Nos estamos encargando de la promoción de su nueva serie de televisión, y estoy organizando una ronda de entrevistas para dentro de un par de semanas. Debes de tener el dosier de prensa. Te lo mandé la semana pasada.

–Oh -dice Sal con ademán culpable-. Es probable que lo recibiera, pero recibo tantos que la mitad ni los miro.

–¿Qué? – exclamo en actitud de falsa consternación-. ¿Me estás diciendo que me tomo tantas molestias para escribir algo que sea ingenioso y luego se va directo a la papelera?

–No -dice ella-. Pasa a engrosar la pila de papeles que se acumulan en mi escritorio y que amenaza con venirse abajo y caerle a alguien encima.

–Te perdono… -Pausa-. Siempre y cuando redactes un buen artículo de Sean.

–¿Doble página?

–Eso sería perfecto.

–Con una condición.

Sé perfectamente lo que viene ahora.

–¿Lo podemos tener en exclusiva?

–Odio cuando los periodistas os ponéis a pedir cosas así -gruño.

–Pero ya sabes por qué lo hacemos -dice Sal-. No tiene ningún sentido que hagamos una entrevista a Sean Moore si ya ha aparecido en todas partes.

–Te diré lo que haremos -le digo-. No puedo prometerte una exclusiva porque tengo que conseguir la máxima cobertura informativa posible, pero puedo dártela a ti primero; sin embargo, y ahora hablo en serio, Sal, tienes que publicarla cuando me digas que la publicarás.

Estoy hasta el moño de dar entrevistas en exclusiva a los periódicos, salir corriendo a comprarlos a la mañana siguiente y ver que en su lugar hay otra historia que se considera más importante. Entonces tengo que ponerme a perseguir a los periodistas durante días, los cuales siempre te dicen que la historia saldrá pronto, no saben cuándo, y antes de que te des cuenta ya nadie se acuerda de tu historia.

–Lo haré -asiente-. Te lo prometo.

–De acuerdo. Llámame mañana a la oficina.

A las once todo el mundo empieza a levantarse, dispuesto a marcharse.

–Ya sabes cómo son estas cosas -dice Kathy-. Mañana hay cole. – Y nos ponemos los abrigos y nos arracimamos a la salida para despedirnos.

–¿Dónde vives? – me pregunta Nick justo cuando me pregunto cómo voy a despedirme de él, y si quiero despedirme de él.

–En Ladbroke Grove. – No puedo disimular un cierto tono de lamento en mi voz. No puedo ofrecerme para llevarlo hasta Highgate, sería demasiado evidente-. ¿Llevas coche? – le pregunto.

Nick dice que no con la cabeza.

–No, no tengo coche.

–¿Y cómo te desplazas?

–En bici.

–¿Y dónde está tu bici?

–He venido en metro.

–Oh.

Se me ocurre una idea.

–¿Quieres que te lleve hasta la estación?

Su rostro se ilumina.

–Me encantaría.

Y mientras nos alejamos veo que Sal me sonríe, y yo no puedo evitarlo y