Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 1 de 6 · parte 6/6

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Nuestra parte de noche

Las garras del dios vivo, enero de 1981

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Juan la miró con una sonrisa que lo hacía parecer muy joven, un adolescente. Tali no podía encontrar en su cara al hombre que la había aterrado la noche anterior. Se sentaron en un sillón, uno de los tantos que Mercedes había hecho llevar al jardín para reemplazar los bancos de madera y de metal, tan incómodos. Tali se sentó en la punta y Juan a su lado, pero mantuvo el torso vertical para poder respirar mejor. El jardín estaba muy oscuro. Para usar el aire acondicionado se apagaban todas las luces posibles, incluso con el generador encendido. La casa de huéspedes estaba llena y se intentaba tenerlos cómodos. Se les prohibía acercarse a la casa grande donde permanecía el médium.

–No sabés lo fuerte que es el chico –dijo Tali. Juan no respondió. La dejó hablar–. Tuvimos que trabajar mucho. ¿Es porque es chico?

Juan se sentó derecho en el sillón para contestarle. Ya tenía el blanco de los ojos casi normal.

–No. Porque es chico debería haber sido fácil.

–Bueno, no fue un parto tampoco. Pero costó. ¡Se me escapaba por todos lados!

Juan se despejó la frente. No transpiraba a pesar de que el calor era húmedo y amenazante.

–Tengo que pedirte un favor. Quiero que lo mantengas así. A Gaspar.

–Más vale, Juan, hasta que te vayas va a estar bloqueado.

–No me refiero a eso.

–Juan, para hablar tendríamos que usar el silencio, ¿no?

Él negó con la cabeza. Estaba agitado.

–Hoy puedo sentir cómo crecen las plantas, puedo escuchar cada susurro de la casa, los pasos de los invitados, hasta los lamentos de los que Mercedes esconde en el túnel. No nos escucha nadie. Salvo Stephen, que está acercándose. Estamos solos.

Y entonces le pidió: quiero que mantengas a mi hijo bloqueado para siempre. Necesito saber si podés hacerlo. Tali dijo que podía intentarlo, pero también le explicó lo doloroso que resultaba anular a alguien tan joven. Había sentido, cuando hacía los trabajos para bloquearlo, que estaba lastimando físicamente al chico. Fue como si chillara, dijo Tali, y recordó el escalofrío, la sensación de que estaba cortando músculos cuando manipulaba el muñeco hecho de sangre, pelo, ropa y huesos. Que estaba ahogando a un gato fuerte, recién nacido, desesperado por vivir. Stephen había tenido que trazar los signos muchas veces porque se desvanecían, como si les faltara fuerza, como si una mano los borrara. Mantener ese estado durante mucho tiempo era posible, pero trabajoso, y, creía Tali, iba a resultar dañino para Gaspar. Y letal para ella y para Stephen, si los descubrían.

Los ojos de Juan estaban fríos.

–No van a descubrirlos si trabajan en el Templo. El signo de protección que dejé oculta cualquier cosa que suceda adentro.

–Sos turro, no me dijiste que lo hacías para eso.

–¿Podés mantener bloqueado a mi hijo?

–No sé qué puede pasar cuando crezca.

–Cuando crezca, veremos. Nadie va a enseñarle nada. Necesito que sigan creyendo que no sirve. Una sola sospecha sería suficiente para que empiecen a usarlo.

Stephen entró al jardín por el camino que llevaba a la casa de huéspedes. Se sentó en cuclillas frente a Juan y lo observó atentamente. Había dormido; parecía aliviado.

–Mi madre lo consideró un Ceremonial magnífico y quiere verte en cuanto te sientas bien. Tu hijo está con Marcelina.

–Me contó Tali que Gaspar no superó ninguna prueba.

Juan recordaba las siete pruebas con claridad. Eran sencillas y efectivas. Él las había superado todas sin mayor esfuerzo mucho antes de manifestarse. Gaspar también lo hubiese logrado sin la intervención de Stephen y Tali.

–El niño podría ser asombroso si lo entrenaras. Si me permitieras entrenarlo. Rosario quería eso y tú lo sabes.

–Y lo entrenó bastante. Gaspar tira el Tarot y tiene seis años. No quiero revivir esas discusiones. No vamos a discutir nosotros. Es mi decisión. No van a resignarse, ¿verdad?

–Por supuesto que no. Probarán al niño una vez por año o cuando lo consideren necesario. No me han dicho cómo lo harán pero, vamos, a eso no puedes negarte.

–Acabo de pedirle a Tali que mantenga el bloqueo de Gaspar, tenés que ayudarla.

Stephen suspiró.

–Mira: sé que, ahora mismo, la prudencia no puede importarte menos, pero tener esta conversación aquí es de locos.

–¿Vas a ayudarla?

–Pues claro que sí. Y basta, ya basta.

Stephen tomó a Juan de las manos. Como Tali, acarició la herida en la palma de la mano. Voy a buscar a Gaspar, dijo.

Cuando Gaspar entró en el jardín, con sueño en los ojos y acompañado de Stephen, estaba muy serio, hasta que vio a su padre y entonces corrió y trepó al sillón y lo abrazó con tanta fuerza que Tali tuvo que mirar para otro lado, hacia la noche y su tormenta, las luces de la casa de huéspedes, las orquídeas blancas que colgaban sobre el musgo de los árboles.

 

Juan y Gaspar durmieron y pasaron la mañana juntos: cenaron y desayunaron en la cama, miraron la televisión. Juan sentía la particular distancia que seguía al Ceremonial: un exceso de sensibilidad mezclado con cansancio y cierto aturdimiento.

Gaspar no le hablaba de las pruebas a las que su abuela, Florence y Anne lo habían sometido. Juan no quería preguntarle. ¿Las habría confundido con un juego? Ya se lo contaría. En el cansancio de las horas posteriores a la inconsciencia, prefería esta suspensión. Sin embargo, conocía lo suficiente a su hijo como para saber que, si no mencionaba lo que había pasado, era porque todavía lo estaba pensando. Y cuando Gaspar callaba y pensaba, era porque algo le había molestado, porque no encontraba todavía las palabras para decirlo. Necesitaba tiempo y Juan estaba dispuesto a dárselo. Hablaba de otras cosas. Del zoológico adonde lo había llevado Marcelina. Es para cuidar a los animales, le decía, porque la gente caza por maldad. Por maldad. Juan sonrió: había copiado esa expresión de alguien. Notaba claramente el trabajo que habían hecho sobre su hijo Tali y Stephen. Él, sin embargo, todavía podía adivinar lo que sentía y también hablar con él sin pronunciar palabras. Lo que ya no percibía era esa vibración que se venía acentuando desde la noche que los dos habían visto el fantasma de la mujer embarazada en el hotel. La vibración había sido tensa y palpitante como un dolor de cabeza. El chico estaba mejor sin esa carga.

Bradford había entrado varias veces durante la noche, a comprobar que Juan estaba bien. También la doctora Biedma. Gaspar dormía con tanta tranquilidad a su lado que ni siquiera se despertó las varias veces que Bradford usó el tensiómetro para tomarle la presión. Era tan grato taparse con la sábana, sentarse en la cama y mirar la noche por la ventana, dejar atrás la sangre salpicada, las manos doloridas por la transformación, la visión de los entregados para el sacrificio, con los ojos vendados y las bocas abiertas.

Y, sobre todo, dejar atrás una nueva certeza. Él no había abierto la Oscuridad para Rosario. Nadie más podía abrirla y él no lo había hecho. Y como nadie más era capaz de abrir la Oscuridad, ella no podía estar ahí. El demonio lo había confundido. No era inmune a sus sugestiones, aunque le gustara creer que sí. Cuánta arrogancia. Era un alivio saber, de todos modos, que Rosario no estaba en los bosques de manos, los campos de torsos, en el bosque de huesos que ella había considerado un templo. O en el valle de los ahorcados, donde hombres y mujeres colgaban de los pies, donde pasaba su eternidad Eddie, el hermano menor de Stephen, el chico que había sido entrenado para médium y había fracasado. En esos páramos nunca había seres vivos, sin embargo. Apenas restos humanos. ¿O había alguien más, en la Orden, capaz de abrir la Oscuridad? ¿Mercedes había encontrado un médium entre los secuestrados que mantenía prisioneros? ¿Él podía no darse cuenta?

No, dijo en voz alta. No debía volver a rumiar hasta enloquecer. Las horas después del Ceremonial eran las más difíciles cuando se trataba de mantener la cordura.

Después de desayunar, acompañó a Gaspar hasta la pasarela de madera que se suspendía sobre las copas de los árboles y bajaba, con una escalera empinada, hacia una playa limpia desde la que se veía el muelle principal de Puerto Reyes. Se sentó sobre la arena gruesa y oscura y miró jugar a Gaspar, que se entretenía con ramas y esqueletos de peces, con sus propios autos y chapoteando en la orilla. Había pedido que nadie los acompañase salvo los guardaespaldas, distintos a los que contrataban en Buenos Aires, que se mantenían a distancia. El río estaba nervioso, crecido por las lluvias, marrón y opaco. Marcelina le había conseguido a Gaspar, el día anterior, un balde de plástico y el chico lo usaba para cargar las flores que dejaban caer los jacarandás, las flores rojas del ceibo, todo tipo de hojas verdes. Juan tuvo ganas de nadar, pero no se sentía físicamente fuerte para hacerlo. Cuando extendía los brazos, las manos todavía le temblaban.

Podía mejorar con los días o no. Bradford se lo había explicado: no había más que hacer desde el punto de vista médico. Tenía el corazón dilatado y en insuficiencia, era irreversible. Contaba con la medicación y los avances de la medicina y otros paliativos. Lo más probable, sin embargo, era la ya imparable decadencia hasta la muerte en meses, en pocos años, en un segundo.

El sol le hacía doler la cabeza.

–¡Me voy a trepar al árbol! –gritó Gaspar.

Juan lamentó no haber traído algo para tomar: tenía sed. No quería pedirles a los guardaespaldas. Miró la agilidad con que su hijo trepaba por el tronco torcido de un árbol y después sorteaba las ramas hasta sentarse en una, más bien baja, que usaba como caballito. Había aprendido eso seguramente en los paseos con su madre, cuando los dos salían de excursión mientras él se quedaba solo, postrado. Él, de chico, nunca había trepado a un árbol. Una envidia posesiva le llenó la boca de metal y se dio cuenta de lo peligroso de esa sensación, de lo que significaba para Gaspar, para él, para lo que le quedaba de cordura.

Sintió los pasos de Stephen: estaba a unos cien metros, venía por la plataforma. Algo tintineaba: traía alguna bebida, con hielo. Lo vio bajar con un equilibrio delicado por la escalera empinada y recibió la bebida con una sonrisa. Era té helado: Stephen detestaba el tereré y la yerba mate en general, pero disfrutaba mucho del té de Misiones, que le parecía bastante mejor de lo que sus esforzados cultivadores creían.

–Buenos días –saludó Stephen una vez que se sentó. Juan tomó el vaso de té de dos tragos y el frío lanzó un agudo dolor hacia su ojo izquierdo–. Quieren hablar contigo hoy. Por supuesto, respetarán tu decisión si prefieres posponer el encuentro.

–No –dijo Juan–. Cuanto antes mejor.

Stephen se quejó del calor y se sacó la remera oscura. Hacía tiempo que no tomaba sol, su piel gruesa y manchada de pecas en los hombros estaba pálida. Tenía los brazos dorados hasta la mitad, como un camionero. En la espalda, las cicatrices gemelas que empezaban bajo los omóplatos y se extendían hasta la cintura eran gruesas y sobresalientes. Juan las acarició con la punta de los dedos: él había abierto y cerrado esas heridas.

Stephen había viajado a Misiones con su madre. Tenía quince años y Florence juzgó que tenía la edad suficiente para asistir. Juan, a los doce, era alto y delgado: en aquellos primeros Ceremoniales todavía no comprendía bien qué era esa sensación en las manos, ese deseo de marcar. Stephen le enseñó el camino cuando se puso ante él, se arrodilló, se dio vuelta y le ofreció la espalda. Después le había contado que el corte había sido muy rápido y doloroso: Juan recordaba cómo sus uñas doradas chocaban contra los huesos de las costillas de Stephen. Stephen no había gritado ni temblado: se aferraba al pasto con las manos. También le había explicado el alivio que llegaba cuando las manos cerraban la herida, las uñas eran como una caricia. Juan recordó cómo Florence, entonces, había llorado de alegría. Lo consideraba una bendición. Le daba un poco de envidia, había admitido. Ah, ella llevaría con orgullo las marcas de las uñas de oro. Florence sabía que la marca era un compromiso con Juan, una cicatriz de fidelidad. La idea de que la fidelidad de su hijo mayor estuviese dividida entre el médium y la Orden no le resultaba del todo grata, pero Florence respetaba y no cuestionaba las decisiones de la Oscuridad. Era un honor que la Oscuridad hubiese tocado a su hijo mayor y era una desdicha que hubiese despreciado a Eddie, su hijo más chico, el fracaso más importante de su vida. Y era una pena que no la hubiese elegido a ella.

Los marcados tenían un estatus diferente en la Orden: mayor acceso a conocimientos, a rituales, a decisiones del círculo interno. Habían sido tocados por los dioses. La joven que había sido marcada la noche anterior ahora sería invitada a rituales mayores, se le concederían caprichos y, si Juan quería, podría tener una relación cercana con él. Stephen tenía tanta libertad y tanto acceso a él no solo porque era el hijo de Florence, sino también porque era uno de los marcados. Con los años el lazo se había vuelto íntimo, fraternal y sexual. Si a Florence le había molestado, nunca lo había dicho en voz alta. Todos sabían, sin embargo, que hubiese preferido ese privilegio para su otro hijo. Pero ya nadie hablaba de Eddie, que había desaparecido hacía casi diez años.

Gaspar sacudió la rama con tanta fuerza que algunas hojas alcanzaron a Juan y a Stephen.

–¡Bajá ya mismo! No te voy a ir a buscar.

Hubo un silencio y después un lento y dubitativo deslizar de manos y piernas. El árbol no era alto y Juan sabía que su hijo era capaz de arreglarse solo. En menos de cinco minutos estaba de vuelta en la playa y venía corriendo hacia él.

–Es más difícil bajar que subir.

–¿Y eso es raro?

–Sí, porque por ejemplo en las escaleras es al revés.

Tenía una de las manos llena de hojas y las agregó a su colección del balde. Hola, le dijo a Stephen, y se sentó a su lado. Cuando se puso a ordenar y seleccionar sus flores y yuyos y hojas sobre la arena oscura de la playa, Juan le preguntó:

–¿Cómo te fue con la abuela ayer? Me contaste mucho del zoológico pero de lo que hiciste con ella nada.

–Me aburrí. Me dijo de ir a jugar, pero jugamos a cosas raras que no estaban buenas. No me gusta estar con la abuela. Con el abuelo sí.

–¿A qué jugaron?

Gaspar contó las pruebas a su manera, confusa y caótica, pero a Juan y Stephen, que las conocían, les fue sencillo entenderlo. Le habían tapado los ojos y le habían preguntado quién estaba en la habitación. Gaspar había nombrado a los presentes. No sentía a nadie más. Todavía con la venda, le habían pedido que imaginara símbolos. Como qué, había preguntado Gaspar. Como números. U otros. Él les había hablado de las flores que veía antes del dolor de cabeza.

–¿Eso no cuenta para nada? –preguntó Juan.

–Parece que no les ha llamado la atención. Es un aura de migraña. No son imbéciles.

El chico hablaba como en un sueño mientras apilaba flores violetas, flores rojas, hojas verde claro, hojas verde oscuro, cortezas, como ingredientes para el caldero.

–Después me hicieron caminar por una parte rara del zoológico y ellos corrían alrededor, creo. No sé qué juego era. Como a la escondida, pero me asusté por los ruidos y además algunos no tenían ropa puesta y no me gustó. El abuelo me vino a buscar, pero después de un rato relargo. Como de noche.

–Está bien. Y qué más.

–Después eso aburrido, cuando me sientan arriba de unos redondeles en el pasto. ¿Son de tiza, papá?

–Sí, son de tiza.

Juan pensó: antes eran de sangre, hijo, pero tu madre se los prohibió cuando creciste. Es sorprendente que le respeten el deseo.

–Y otra cosa aburrida, querían que me quede en una cama con las patas torcidas y pensando en cosas que ellos me decían, como imaginándome cosas, pero no las entendí bien. Y tienen una mano como la que tenía mamá en la cartera, capaz es la misma.

Juan frunció el ceño. No le gustaba que se mencionase esa mano delante de Stephen, pero además sabía que estaba oculta. Si la habían encontrado, era un problema grave. Sin embargo, Stephen habló.

–No es la misma. La de Rosario sigue bien escondida. En Argentina sobran los muertos anónimos y esta casa ha sido una cárcel clandestina por años.

Juan se frotó los ojos. El dolor de cabeza le endurecía el cuello. También la frustración.

–La abuela se enojó porque cuando me la dieron porque casi se me cae, es repesada. Mamá no me dejaba tocarla y yo no sé cómo agarrarla.

–¿Cómo se enojó?

–Me la sacó y me pegó y me dijo que era un tarado, algo así. No sé si un tarado. Una cosa fea. Pasa que se me cayó. Es pesada.

–Te pegó.

Gaspar hizo el gesto de una bofetada, con el dorso de la mano sobre su mejilla.

–No me dolió, igual. No me dolió en serio.

Juan miró a Stephen.

–Algún día la voy a matar –dijo. Y añadió–: Gaspar, haceme un favor. Armá una pista de carreras para los autitos, con forma de ocho.

Gaspar obedeció, como si agradeciera el fin del interrogatorio, y se puso a trabajar en la arena, alisándola con las zapatillas.

 

La reunión se hacía en la sala principal de Puerto Reyes. La migraña que se había insinuado en la playa del Paraná ahora daba martillazos en la cabeza de Juan y con cada uno de los violentos y desiguales latidos de su corazón crecían las náuseas. Se sentó en el inadecuado sillón de cuero, inadecuado porque enseguida se humedecía, era pésimo para el calor y la humedad y esa sala, demasiado grande, no tenía aire acondicionado, apenas un ventilador de techo. Había dejado a Gaspar durmiendo en brazos de Marcelina. El dolor lo obligaba a cerrar los ojos. Era tarde para tomar un medicamento y, además, sabía que necesitaba algo muy fuerte; y un analgésico poderoso iba a bajarle la presión demasiado, más de lo que ya lo habían hecho los medicamentos de Bradford, cuyos rastros le recorrían en pequeños pinchazos la parte interna del codo. Desde el sillón podía ver la pintura de Cándido López. Asalto de la 3.ª Columna Argentina a Curupaytí. Un rectángulo de metro y medio de largo con sus hombrecitos con escaleras, el herido en la camilla, algunas explosiones, el hombre sobre el caballo blanco que parecía ajeno a todo, con su espada en alto, en el fondo las explosiones como nubes bajas, el suelo un pantano, el cielo nublado de guerra. Era una belleza. Era la muerte lejana, observada, infantil.

Stephen preparaba bebidas frías como si la conversación que iba a seguir fuese un intercambio amable y sin chantaje, una especie de té social. Él mismo, sin embargo, tomaba whisky de la interminable bodega de Adolfo. Juan le rechazó un vaso cargado de hielo: el dolor empeoraba con el alcohol. Stephen se le acercó y le pasó un hielo por la nuca.

–¿Esto te sirve?

Juan no contestó. No servía, pero necesitaba a Stephen cerca. Le había demostrado su lealtad hacía mucho y de una manera tan definitiva que era imposible dudar.

Solo Mercedes, Florence y Anne Clarke estaban en la sala. Las mujeres, las jefas. Florence usaba un vestido floreado, de seda, que parecía flotar a su alrededor. Era alta y esa tarde casi no llevaba maquillaje ni joyas: al natural, su piel demasiado blanca tenía un tinte grisáceo y los dientes, algo amarillentos, solo aparecían cuando sonreía. Se había recogido el cabello, largo e indomable, en un rodete. Habló sobre cómo esta vez la Oscuridad se había proyectado de una manera única. Doce tocados por la Oscuridad, el mayor número jamás conseguido. Juan quiso confirmar cuántos habían sido tragados y ella, con un orgullo desbocado, dijo ocho, y dijo eight, hacía eso, mezclaba el inglés y el castellano cuando se dirigía a él, que entendía ambos idiomas.

Por esto queremos ante todo agradecerte, dijo Florence. So grateful. Porque los dioses hablaron y el registro de sus palabras también fue extenso. Sabemos lo que le cuesta a tu cuerpo hacer esto y sabemos que estás lleno de dudas. Es normal que un médium dude. Pero nosotros debemos proteger a la Orden de la locura de los médiums. Sabemos de tu deterioro. Sabemos el precio que pagan por ser la puerta.

–El médium está acá –dijo Juan–. No hables como si te refirieses a otra persona. Antes de que me comuniquen lo que deben comunicarme, necesito saber algo y van a responder. Estoy harto del silencio.

Las mujeres levantaron la cabeza, expectantes, y Juan levantó la voz. Afuera, los perros ladraban.

–En el viaje hacia acá convoqué a una entidad. Por qué lo hice no es algo que deba explicarles. Respondió a una de mis preguntas con palabras que interpreté de una manera particular. Equivocada. Y persistí en el error. La manera en que persistí y lo mucho que me costó convencerme de que estaba pensando una tontería me dieron la pauta: la confusión era un trabajo mágico. Muy bueno, porque no lo sentí. Me hizo falta estar en esta casa para salir del error. Para entender quiénes son «los que me hablan». Y son ustedes.

Miró a las mujeres detenidamente. Ellas estaban tranquilas. Anne, con su pelo blanco perfectamente peinado, parecía la única algo inquieta. Era la más vieja y la más escrupulosa.

–Me subestiman. Saben que es posible que esté llegando al fin de mi ciclo. Pero, como vieron anoche, el ciclo todavía tiene descargas muy poderosas.

Florence quiso hablar, pero Juan levantó una mano.

–Ahora no. Quiero que me digan por qué estuvieron manipulándome.

Fue Florence la que respondió y fue muy concreta:

–Tenemos a Rosario –dijo–. La tenemos atrapada en un lugar donde no puedes alcanzarla. Out of reach.

Juan cerró los ojos. El dolor se le extendía a la mandíbula, porque tenía los dientes apretados.

–¿Adónde está?

–Eso no lo sabemos. Eso debes averiguarlo.

–Hicieron un conjuro sin saber cómo deshacerlo. Eso me están diciendo.

–Sí, es correcto. –Florence se cruzó de brazos.

–¿Por qué mataron a Rosario? ¿Para quitarme poder? ¿Porque pensaban que ella quería tomar el control de la Orden?

Mercedes se puso de pie.

–No matamos a mi hija. La sangre se respeta. Tuvo un accidente.

–Y entonces vieron la oportunidad.

Mercedes lo miró fijo, detrás de sus cristales oscuros. No dijo nada.

–No les creo. No importa. ¿Adónde mandaron a mi mujer?

–No lo sabemos y no mentimos –siguió Florence–. En el último Ceremonial, los dioses hablaron de diferentes lugares de muerte. Mandamos su espíritu a uno de ellos. Pero no nos enseñaron, aún, cómo encontrarla y tampoco podemos alcanzarla. We just can’t. Like you. Cada año, cuando hagas el Ceremonial para nosotros, podrás preguntarle a la Oscuridad dónde queda ese lugar y cómo se la puede sacar de allí. Tarde o temprano dará la respuesta.

–¿Es un lugar de sufrimiento?

–Sí –dijo Florence, con frialdad–. Tenemos que asegurar nuestra protección y tu compromiso. No puedes dejarla allí, ¿verdad? Tienes que buscarla y tienes que venir a buscarla aquí, en el Ceremonial. Quizá puedas buscarla por tu cuenta también, no es de nuestra incumbencia. Solo debes saber que la respuesta que buscas está aquí.

Juan cerró los ojos fingiendo dolor, pero en realidad estaba estudiando la energía de la habitación para ver si podía lastimarlas. Cuando se acercó a Mercedes y a Florence lo notó. Algo las protegía y era poderoso. Retrocedió. ¿Cuándo se habían vuelto tan fuertes, si las tres siempre habían sido apenas notables brujas prácticas? Entendía: eso era la disminución del poder. Lo que antes parecía mínimo ahora era importante y potente. Las condiciones se igualaban. Escuchó, como en un sueño, la voz de Stephen:

Si las eliminas nunca te dirán qué hicieron con Rosario. No las dañes.

Está en los textos, dicen. Puedo acceder a los textos.

Ese texto lo tendrán bien escondido. Lo averiguaremos, pero si mantienes la calma. Tienes otros caminos para buscarla y ellas no los conocen. No olvides eso. La encontraremos.

Juan no tuvo nada que decir. Entonces Rosario estaba en la Oscuridad. De alguna manera. El demonio no le había mentido ni él había interpretado del todo mal. Solamente le faltaba información.

–Es nuestra manera de asegurar que volverás y seguirás convocando, porque si no lo haces, la abandonarás en ese lugar –siguió Florence–. Y de que aceptarás intentar el Rito con tu hijo cuando sea necesario.

–Y nos darás las pistas para que todos podamos hacerlo con éxito – agregó Mercedes–. Hasta ahora la posibilidad es solo para el médium. No podemos dejar que nada interrumpa el proceso.

–Rosario lo podía interrumpir –dijo Juan–. Ustedes creyeron que ella tendría ese poder sobre mí, que protegería a su hijo.

No hubo respuesta. Juan siguió:

–Mercedes, no te quedan hijos para poder mudar tu conciencia.

Ella sonrió.

–Juan, el dolor de cabeza te ha dejado estúpido. No tengo a mi hijo, pero tengo a mi nieto.

–El cuerpo de Gaspar es mío.

–Si fracasás, no. Si decidís fracasar como, me temo, tenés ganas de hacer, lo tomaré yo. La sangre es lo que importa.

Volvió a sonreír y miró a Florence, que dijo:

–Juan, nunca hemos tenido un médium con quien se te pueda comparar. Necesitamos protegernos de lo que te está ocurriendo. Los médiums pierden la cabeza. They lose their mind! It happened too many times. Se vuelven incontrolables, se rebelan. Lo entendemos. Pero lo que la Oscuridad, nuestro dios antiguo, nos está dando no se debe interrumpir por un capricho o una locura momentánea. Ni siquiera por tu enfermedad. Tenemos que protegernos de tu poder. No puede detenerse el mensaje solo porque decidas ponerte en nuestra contra. Nos está enseñando cómo vencer a la muerte. Nos está enseñando cómo contactar con otros Dioses Antiguos. Imagine that. Debes seguir convocando para nosotros. Tu mujer nos dijo que ya no querías hacerlo y no podemos permitirlo. Y sabes perfectamente que, cuando es necesario hacer algo por la Orden, yo no retrocedo. I’m so terribly sorry. Te estoy más agradecida que a nadie en este mundo. Pero no puedo permitir que abandones ni que ejerzas poder sobre nosotros.

–¿Realmente piensan que puedo dejar de convocar? ¿Que la Oscuridad lo va a permitir?

Florence ladeó la cabeza y el rodete estuvo a punto de desarmarse. Le cayó sobre la frente un mechón de pelo rojo.

–Es posible que lo logres, por un tiempo, si lo deseas. Lo que nosotras tememos es que decidas terminar con tu vida. You can kill yourself, y esa sería tu forma de dejar de convocar. No sería el primer suicidio de un médium.

–También puedo morir en cada Ceremonial.

–Lo dudo. Al menos sé que podemos salvarte y es un riesgo que debemos correr. Pero si decides morir por tu mano, no nos queda nada. Ahora que tu mujer está atrapada, no creo que lo hagas, creo que vas a continuar para liberarla. La Oscuridad dictará dónde está.

–Además –agregó Mercedes–, no creas que vamos a conformarnos y no volver a probar las capacidades de mi nieto. Mi hija pudo habernos mentido o no, no es importante. Era ambiciosa y quería heredar la Orden, yo no voy a culparla por eso, pero nunca confié en ella. Gaspar podría revelarse más tarde.

–Gaspar no es mi heredero. No es un médium.

–Todavía no. Si lo es, será marcado como lo fuiste tú. La mano izquierda encuentra su camino, extiende sus dedos. Eso no puede esconderse. It radiates. Sé lo que sientes por el niño –dijo Florence–. Los he visto juntos. Están llenos de amor. Creíamos que el niño era talentoso. Todavía lo creemos aunque ahora mismo no se haya manifestado. Si lo es, será tu heredero. Si no lo es, sé que te será difícil hacer el Rito cuando sea el momento. Pero usarás su cuerpo y querrás hacerlo. ¿Quién no querría? Es un acto de amor. Tenemos a los hijos para continuar, son nuestra inmortalidad. Lamento que el Rito sea imposible ahora, el niño es demasiado pequeño. Conozco las reglas. Es mejor que seas tú el que ocupe su cuerpo, ¿verdad? Si decides suicidarte, alguien más podría tomarlo. Eso no lo quieres, of course you don’t.

Juan respiró hondo antes de hablar.

–Estos años, hasta que Gaspar tenga edad para hacer el Rito, quiero que lo dejen en paz. No quiero que sepa nada de ustedes. Nada. Quiero que sea un chico normal lo que le quede de vida.

–Claro, mi querido –terció Florence, y miró a Mercedes con fastidio. No lo irrites, decían sus ojos–. No vamos a romper el entendimiento que teníamos hasta ahora contigo y con Rosario: la vida será normal. Un médium, bien lo sabes, se revela solo. And it’s a powerful revelation. Nos daremos cuenta. Siempre hay miembros de la Orden cerca de ti: ellos ya custodian a tu hijo, lo seguirán haciendo. Si Gaspar se revela, nos lo informarán. Un médium no puede ocultarse indefinidamente. Además, estará cerca de la niña, el milagro negro. Ella lo potenciará, ella ha sido tocada. ¿No quieres traerlo aquí cada verano, durante el Ceremonial? Pues no lo hagas. I agree with you. Puede ser peligroso. ¿Y si la Oscuridad lo desea y perdemos su cuerpo? Es tu decisión, y no me opondré.

–Ninguno de ustedes va a acercarse a él. No tendrá relación con Mercedes y Adolfo tampoco.

Mercedes se levantó de la silla. Juan le vio la furia en los ojos.

–Será custodiado y recibiremos informes. Es imposible que escape. No tendrá otro sitio adonde ir. Su cuerpo es precioso y necesario. Vamos a encontrar maneras de mantenerte con vida hasta que sea mayor y pueda recibirte.

–Ustedes nunca me mantuvieron con vida. Esta vida detestable se la debo a Bradford.

–En eso nunca estaremos de acuerdo. Él ha sido fundamental. But we helped too.

Florence siguió hablando, pero Juan había dejado de escucharla. Estaba demasiado enojado y demasiado agotado para discutir. La necesidad de Rosario lo atravesó con una certeza de fiera. Habían ganado y solo le quedaba someterse. Esta vez le tocaba perder. Sintió que el dolor se ubicaba detrás de sus ojos. Ellos tenían a Rosario y él debía buscarla. Debía hacerlo porque ella lo hubiese hecho por él. Se paró y caminó hacia la puerta.

–No me sigan –dijo–. Puedo matarlos a todos. ¿No son suicidas, acaso, los médiums? ¿No se vuelven locos?

Les sonrió. Con un resto de fuerza, desde detrás del dolor, se retiró de la sala. Afuera, la luz del sol era blanca, como del desierto.

 

Juan le pidió a Stephen que lo dejara solo, quería descansar en su habitación; el dolor de cabeza no lo dejaba pensar ni caminar. Encontró a Gaspar durmiendo, boca abajo. Tenía olor al cloro de la pileta y el pelo húmedo. No quiso despertarlo. Siempre le extrañaba que los Iniciados vinieran al Ceremonial solos. ¿Cuántos habían venido esta vez? ¿Cincuenta, sesenta? ¿Y sus hijos? Porque todos tenían hijos. Eran ricos. Podían pagar niñeras hasta que los chicos fuesen lo suficientemente grandes como para asistir también. Y a esa edad se llegaba pronto, sin contar el caso de Adela, que había sido un accidente: una vez, la Oscuridad, a través de él, le había arrancado un brazo, desde el hombro, a un chico de diez años. La madre, en vez de tener la habitual reacción extática de los Iniciados, se había puesto histérica, había amenazado con sacar todo a la luz, con denunciarlos. Florence no toleraba ese tipo de rebelión. La mujer había sido arrojada, con piedras en los pies, al río Paraná. A que fuera parte de todos los muertos que se esconden en los lechos de los ríos argentinos. Los crímenes de la dictadura eran muy útiles para la Orden, proveían de cuerpos, de coartadas y de corrientes de dolor y miedo, emociones que resultaban útiles para manipular.

Juan subió apenas el aire acondicionado y cubrió a su hijo con una manta. Buscó en su bolso la jeringa y el analgésico inyectable: ya era tarde para combatir la migraña con pastillas. Usó el cinturón para apretar el antebrazo y buscar una vena que pudiese usar. Apenas podía ver lo que hacía: el dolor de cabeza le nublaba la vista. De todos modos lo logró. Ya no temía los efectos que pudiera causarle: la idea de arrojarse él mismo al río lo perseguía como un zumbido. Pero si decidía matarse en el río, tenía que llevarse con él a Gaspar. O pedirle a Stephen que buscara a su hermano en Río de Janeiro y le entregase a la criatura. Pero la Orden seguro le sacaría el chico a su hermano, tarde o temprano. Para ser el recipiente de Mercedes. Para ser el médium, después de descubrir y destrozar el trabajo de Stephen y Tali y matarlos a los dos. Estaban en peligro. Él había diseñado la protección de su hijo con elementos traídos del Otro Lugar, de una zona de la Oscuridad que la Orden desconocía. Y todavía necesitaba la protección definitiva y final, que se retrasaba. El Señor de la Paciencia, pensó, y se tocó la espalda. Esperó el efecto del analgésico con los ojos cerrados. Tardó en llegar. No iba a quitarle todo el dolor, pero adormecería la intensidad de los mazazos, la presión en las sienes, los latidos que parecían mover hierro caliente en vez de sangre.

Cerró la puerta despacio, guardó una pequeña linterna en el bolsillo de atrás del jean y caminó tratando de no hacer ruido hasta la entrada del túnel entre las casas. Hacía años se había usado para excentricidades: para que los sirvientes lo transitaran cuando llovía, así no ensuciaban ni la casa de huéspedes ni la principal con barro colorado; para guardar muebles en desuso y para encuentros clandestinos; alguna vez se había instalado una especie de lavandería subterránea de platos y ropa. Pero después de la inundación ya no quedaba túnel: el barro había arrasado con los ladrillos, provocando una avalancha. Salvo en el primer tramo, que aún mantenía la vieja puerta de hierro con su candado.

Juan la abrió sin pensarlo siquiera: no existía una puerta que se le pudiese resistir. Cuando entró, sintió el olor y el sufrimiento de las criaturas que vivían ahí. Encendió la linterna y caminó casi arrodillado: el túnel era bajo y para él, que medía dos metros, resultaba estrechísimo. Entonces encontró al primer chico.

Estaba en una jaula para animales, seguramente traída del zoológico vecino. (¡Tiene tucanes, pa, los tucanes son increíbles!, le había gritado emocionado Gaspar.) Recordó cuando Rosario había sido obligada a cuidar de otra camada de chicos secuestrados, que Mercedes los guardaba en uno de sus campos de la provincia de Buenos Aires, y él había decidido ayudarla. Aquella vez también estaban en jaulas. Ahora el primer chico estaba en una jaula oxidada y sucia que posiblemente había cargado animales. La pierna izquierda la tenía atada a la espalda en una posición que había obligado a quebrarle la cadera. Como era muy chico (¿un año?, difícil saberlo por la mugre), seguramente la quebradura había resultado sencilla. Tenía el cuello ya torcido también, por la ubicación del pie, y, cuando Juan le acercó la linterna para verlo mejor, reaccionó como un animal, con la boca abierta y un gruñido; le habían cortado la lengua en dos y ahora era bífida. A su alrededor, adentro de la jaula, estaban los restos de su comida: esqueletos de gatos y algunos pequeños huesos humanos.

Juan siguió. Había más jaulas. Los otros niños y niñas eran más grandes. Muchos lo miraban detenidamente con sus ojos negros: algunos eran niños guaraníes que probablemente no sabían hablar español. Otros quizá eran hijos de los hombres y las mujeres que se entregaban en sacrificio a la Oscuridad. Algunos reaccionaban a su aparición yéndose hacia el fondo de la jaula, otros apenas abrían los ojos. Vio criaturas con los dientes limados de forma tal que sus dentaduras parecían sierras; vio a chicos con la obvia marca de la tortura en sus piernas, sus espaldas, sus genitales; olió la podredumbre de chicos que ya debían estar muertos. ¿Dejaban los cadáveres ahí para que el olor se les volviera familiar a los demás? A Rosario la habían obligado a enterrar a los enjaulados que morían. Vio heridas supurantes, infecciones, ojos por los que caminaban los bichos de la humedad y el río. Se detuvo después de unos cien metros de jaulas llenas de criaturas destrozadas, vivas y muertas. Dedujo que las jaulas ocupaban los cien metros que quedaban de túnel. Volvió, dispuesto a enfrentar a Mercedes, que lo esperaba junto a la puerta, junto a su invunche. Juan apagó la linterna cuando Mercedes encendió una débil lamparita, la única iluminación del túnel.

–Así que esta es tu nueva colección, Mercedes.

–Dará resultado. Nuestro dios lo dice, indica que debe hacerse así.

–Es un dios loco, como vos.

–Sigo órdenes de la Oscuridad.

Juan se rió y su risa rebotó en ecos obscenos por las paredes del túnel. Algunos de los chicos moribundos y heridos se quejaron. Del fondo llegaba un gimoteo agónico.

–Aquí no hay búsqueda de un médium, Mercedes. Esto siempre fue solo para tu placer.

Mercedes aflojó los brazos, que hasta entonces llevaba cruzados sobre el pecho.

–¡Ahora no es hermoso, pero lo será! ¡Cuando trabajen juntos! ¡Hay muchos dioses! El nuestro lo dice y ordena la búsqueda de otro médium. ¡Está en el libro!

Juan se acercó a Mercedes hasta que pudo ver el brillo de sus ojos detrás de los anteojos oscuros que usaba constantemente, incluso en la semipenumbra del túnel.

–¿De dónde sacás a estos chicos? ¿Chicos indígenas, Mercedes? ¿Los hijos de los prisioneros? ¿Por qué no les pedís un sacrificio, una entrega, a los Iniciados ricos de la Orden? ¿Los robás de noche o te los venden madres muertas de hambre? ¿Los padres saben dónde están sus hijos antes de ser arrojados a la Oscuridad? Aprendiste unas cuantas cosas en las salas de tortura de tus amigos.

–Cuánta compasión. ¿Por qué no los salvás? Tenés el poder para hacerlo.

Juan le puso a Mercedes la linterna sobre los anteojos oscuros. Quería verle los ojos. Quería cegarla.

–Eso sería otra crueldad. Están lejos de cualquier ayuda.

Con la linterna, Juan se iluminó una de las manos y Mercedes empezó a balbucear y pedir piedad. Intentó huir por la puerta, pero la cerraba herméticamente la voluntad de Juan. Estaba sola en el túnel con el dios dorado y señor del portal.

–¿Sabés por dónde pasaba este túnel? No va de una casa a la otra en una línea recta. Los que lo construyeron tuvieron que rodear algunos lagos subterráneos, porque está muy cerca del río. Y en un tramo, varios metros después del principio del derrumbe, alcanza el Lugar de Poder. ¿Ves?

La mano iluminada ahora estaba rodeada de luz negra.

–Las mujeres médium son mucho más poderosas. Tienen el poder de convocar donde sea, solamente deben encontrar las condiciones de concentración propias o debe dárselas el ritual. Los hombres dependemos de Lugares de Poder. No son pocos. Algunos médiums sencillamente se chocan con ellos, otros aprenden a encontrarlos. Yo sé encontrarlos. También sé cuál es el radio de poder que emanan. Lejos de los lugares, somos casi normales. Yo tengo talento natural pero me cuesta mucha energía. Lejos del Lugar de Poder, Mercedes, vos y yo no somos tan diferentes. Cerca, en cambio.

La mano irradió esa luz oscura, filosa, un cuchillo de sombra. Se la acercó a la cara.

–Por suerte para vos, este dios está aburrido y solo quiere saber si mataste a Rosario. Si mataste a tu hija. Quiero que lo reconozcas, Mercedes, porque esta mano no te va a dejar piel sobre los huesos. Yo no respeto a la sangre. No sé qué significa eso.

Mercedes temblaba. Juan metió los dedos entre las rejas de la jaula y con un movimiento sencillo degolló al niño invunche, que apenas se movió. Su sangre, caliente, inundó los zapatos de Mercedes.

El resto de los niños, enloquecidos por el olor salado, rugían.

–Qué más. Quién la ejecutó. Estuve con el chofer del colectivo que la atropelló. Ni siquiera recuerda el accidente. Fue enviado. Pudiste hacerlo con ayuda, claro. ¿Por qué? ¿Qué te dijo ella?

El llanto de Mercedes sorprendió a Juan. Era convulsivo y triste, algo desesperado.

–Tenía un plan para matarme. ¿Lo sabías? ¿No te lo dijo? Tuve que defenderme.

Juan recordó a Rosario y sus pulseras de plata, su vincha blanca en el pelo y que podía hablar en guaraní con una rapidez que dejaba asombrado a todo el mundo. Rosario con sus perfumes caros y el lápiz entre los dientes cuando leía y se acomodaba el ventilador para que le diera en la espalda y no en la cara. Rosario con sus listas y sus dedos manchados de la tinta de la birome, o de tiza.

Con delicadeza, dibujó un círculo alrededor de la boca de Mercedes y en la mano abierta, sobre la palma, recibió los labios y los dientes de su suegra. Enseguida cauterizó la herida. Los gritos de Mercedes y los de los niños enjaulados lo ensordecían, pero continuó con su trabajo. Limpió cada diente con la lengua y masticó los labios ante los ojos desorbitados de Mercedes, que ya no sufría porque, cuando la herida se cerraba, desaparecía el dolor. Las cicatrices de las heridas que producía Juan nunca tenían la ternura de una herida reciente, eran duras y viejas. Después atrajo la cara de Mercedes hacia la suya y limpió, a lengüetazos, todos los rastros de sangre en su mentón y en el cuello. Cuando terminó, la tiró al piso de un empujón.

–Debería cortarte la mano con la que golpeaste a mi hijo. Es nada para vos, ¿no? Pero con esto –y abrió la mano para mostrarle los dientes brillantes, algunos ennegrecidos por el tabaco y las emplomaduras– tengo material suficiente para que jamás vuelvas a tocarlo, ni siquiera a intentarlo. También puedo usarlo para controlarte y lastimarte de otras maneras.

Mercedes gruñó. Con las encías al desnudo y los anteojos era ridícula, horrible. Juan no tenía nada más que decirle. Salió y cerró la puerta detrás de sí: la dejó trabada con otro signo que algunos miembros de la Orden, ciertamente Florence, serían capaces de reconocer y revertir. Pero no enseguida. Mercedes estaría un buen tiempo encerrada, oyendo morir a sus mascotas, paseando por ese túnel malsano, alimentada a través de las rejas como los animales del zoológico, ahogada en el olor de su mierda y en la descomposición de los chicos. No era importante. Ellos habían ganado y a él no le sobraba tiempo, pero ahora sabía lo que quería saber. Ya no podían engañarlo.

 

Juan preparó el bolso con tranquilidad y le pidió a Stephen que lo llevara hasta el aeropuerto. No podía volver solo: ya tenía sobre él a los guardaespaldas y no podía escaparse de ellos. Le costaba respirar y una tos constante, molesta, empeoraba con las horas.

Mercedes aún no pedía ser rescatada del túnel. Era orgullosa. Juan quería irse antes de que Florence supiese del pequeño encuentro que había tenido con su suegra. Gaspar estaba despierto y vestido sobre la cama, esperando. Desde que sabía que volvían en avión estaba excitado pero callado, nervioso. Te da miedo, buh, Gaspar tiene miedo de que el avión se caiga, se había burlado Juan, y su hijo lo había golpeado con los puños, falsamente enojado.

Juan cruzó el patio interno y la galería hasta la casa de Marcelina. Le agradeció haber cuidado de Gaspar y revisó en su bolso de cuero: encontró un collar que en un impulso había comprado para Tali en el ostentoso hotel casino de Corrientes y que no le había regalado porque creía que no iba a gustarle mucho. Eran piedras duras de las minas de Wanda, que quedaban cerca de Iguazú. Las piedras –azules, blancas, rosadas, verdes, violetas– estaban engarzadas y el collar podía usarse dándole varias vueltas o sencillamente llevarlo largo. Marcelina se emocionó, intentó rechazar el regalo sin entusiasmo y Juan le puso el collar con cuidado, tratando de no enredar las piedras en su largo pelo negro. Te queda precioso, le dijo. Ojalá lo disfrutes. Marcelina acarició las piedras y después sacó del bolsillo del delantal una pluma de caburé.

–Para el chiquito –le dijo.

Juan aceptó el amuleto en nombre de Gaspar. Después, le pidió permiso a Marcelina para llevarse las cosas que Rosario le había dejado en custodia. Marcelina lo dejó pasar al cuarto que usaba para guardar trastos viejos. Juan buscó hasta que encontró la caja con el signo discretamente trazado en una punta, la abrió y encontró adentro una bolsa de plástico, una inocente bolsa de hacer los mandados. Sonrió cuando vio el contenido. Qué inteligente haber dejado la reliquia con Marcelina. Era más seguro, incluso, que esconderla en el templo de Tali. La Orden jamás hubiese revuelto las pertenencias de una sirvienta, aunque fuese una sirvienta de confianza.

Tali lo estaba esperando fuera de Puerto Reyes, apoyada en su auto. La besó tomándole la cara con las manos. Ella, en puntas de pie, le hundió los dedos en el pelo.

–Puta, que me besás como si fuera la última vez. Tenés que pasar por casa para buscar lo que me dejaste de Rosario.

No, dijo Juan con la cabeza.

–Es tuyo. Ella puede darte una señal.

Tali lo estudió con sus ojos oscuros.

–No quiero que vuelvas a esta casa ni al Ceremonial –dijo Juan.

–Vos no me das órdenes a mí, eh.

–Es un pedido, no una orden. Un favor. Cada año, cuando veo que Stephen y vos no entraron en la Oscuridad, vuelvo a respirar. No le puedo pedir a Stephen que deje de venir porque esta es su familia y su mundo. A vos te lo puedo pedir.

Juan volvió a abrazarla, a sentir su cuerpo; dejó que ella le metiera una mano bajo el pantalón para acariciarlo.

–Está bien –le dijo–. Ahora no tengo ganas.

Se miraron en el calor, bajo el sol, los dos excitados y algo locos y tristes. Se escuchaba el río crecido, un pájaro nervioso. La casa, lejana y silenciosa, parecía muerta. ¿Cuándo se irían los huéspedes? El estacionamiento seguía lleno. Juan pensó en contarle sobre Mercedes, pero no era el momento. Tampoco se lo había dicho, todavía, a Stephen. Lo haría en el avión.

–¿Dónde tenés el coche? Tengo cosas para darte, pero no quiero que nos vean.

Tali lo llevó de la mano hasta su Renault 6, que estaba completamente cubierto por una capa de polvo rojizo. Abrió la puerta y Juan se acomodó en el asiento de atrás. Sacó del bolso la Mano de Gloria que había estado guardada entre los cachivaches de Marcelina. Estaba perfectamente conservada. Tali la admiró, la recibió con cuidado.

–¿Y esto?

–Tu hermana quería que fuese tuya. Ellos no saben que tenemos una Mano de Gloria, no saben que existe. Tu hermana siempre la escondió bien. Bueno, los dos la escondíamos.

–¡Sos loco! Mi hermana jamás me la hubiese dado.

–Bueno, te la doy yo. ¿Sabés cómo usarla? Te va a servir para mantener bloqueado a Gaspar. La Mano no es suficiente, pero servirá mucho.

–Sé cómo usarla. Rosario no la prestaba, pero siempre fue de explicar. Era generosa así, ¿no?

Juan le sonrió. Era generosa a medias, sí. Le hizo señas a Tali para que la guardase. Ella la escondió en su bolsa de mimbre. Una bocina los interrumpió. Stephen ya había cargado los bolsos y a Gaspar en el auto. Hay pasajes, gritó. Tenemos que llegar al aeropuerto en una hora.

–¿Y por qué no la usás vos?

–No puedo, me recuerda lo que hice, no lo soporto. No le falles a mi hijo, Tali –dijo Juan–. Nunca van a dejar de vigilarlo.

–Vos no te preocupes. Vamos a ir encontrado la manera entre los tres. Y vas a conseguir el signo final. Tené paciencia. El Santo te va a ayudar con la paciencia.

–Él va a crecer y va a cambiar. Y hay que seguir cubriéndolo, hay que evitar que se le acerquen.

Tali lo besó en la frente para que se callara, para que confiara. Juan pensó decirle que, en otra vida, ella hubiese sido su mujer, pero se calló la boca. No había otra vida. No quería mentir.

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