Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 1 de 6 · parte 2/6

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Nuestra parte de noche

Las garras del dios vivo, enero de 1981

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

–Si no supiera que estás vivo, diría que sos un fantasma, che, puta que estás blanco.

Él fingió no escucharla y la abrazó con fuerza, tanto que la levantó del suelo. Se le ensució el vestido pero a Tali no le importó. Sintió otra vez, después de tanto tiempo, el cuerpo de Juan, que era firme y frágil; era tranquilizador hundirse en un pecho tan ancho y oler en la remera el calor y la nafta y el repelente de insectos. Lo sintió respirar hondo con alivio. Tali se quedó con los ojos cerrados escuchando su respiración y los insectos de la noche que despertaban y zumbaban. Él le tomó la mano y ella pudo sentir la tristeza en la punta de sus dedos, como si la irradiara. Notó, también, que tenía una venda sucia que le cubría una herida en la palma. Tenés que cambiarte ese trapo, le dijo, y Juan no contestó. Gaspar estaba sentado en el suelo, tratando de limpiarse las zapatillas blancas.

–Dejá, mitaí, yo te las lavo –dijo Tali, y enseguida resolvió varias situaciones. Le dio la mano a Gaspar, llamó haciendo señas como si saludara a uno de los chicos que trabajaba en el campito que tenía detrás de la casa y le ordenó que trajera el coche por el asfalto, y sirvió tereré bien frío en la mesa de la galería–. Tengo de cedrón nomás. Ahora te traigo a vos algo, mitaí, ¿te gusta la Coca-Cola?

Cuando volvió con la gaseosa, Juan estaba extendido todo lo que podía en el sillón hamaca y había usado un poco de agua fresca para humedecerse la cara.

–Me podrías haber avisado que venías, les preparaba algo, ponía bien la casa.

–No sabía si iba a poder llegar solo, así que me apuré un poco. Y, cuando me di cuenta de que era demasiado temprano, preferí visitarte antes de ir a Puerto Reyes.

–¿Estás bien?

Él no la miró. Prefirió el rojo del atardecer entre los árboles.

–¿Y el nene cómo la está llevando?

–No hablen como si yo no estuviera –protestó Gaspar, y dejó el vaso de Coca sobre la mesa con el ceño fruncido. Después se cruzó de brazos.

–Ahí tenés. Preguntale a él.

–Qué carácter, criatura. ¿Estás bien?

–A veces sí, a veces no. Extraño a mi mamá y me da miedo cuando él se enferma. –Y con una expresión de enojo, casi acusatoria, señaló a su padre con el dedo.

Tali abrazó al chico y lo sentó sobre sus rodillas aunque Gaspar ya estaba grande para andar en brazos. Como no sabía qué hacer porque nunca había escuchado a un chico de seis años hablar tan clara y sinceramente, le dijo vamos a cambiarte las zapatillas y le preguntó a Juan si le había traído otro par. Claro, le contestó él, y también le traje sandalias, aunque por acá puede andar descalzo. No, descalzo no, dijo Tali, hay demasiados bichos.

En el baño le lavó las piernas a Gaspar, le cambió las zapatillas y la remera y lo escuchó hablar de los animales que había visto en la ruta, incluso un ciervo con cuernos. A ella le pareció rarísimo que hubiese un venado tan lejos de los esteros, pero qué podía ser raro si Juan estaba cerca.

Tali había conocido a Juan en Buenos Aires. Su padre la había llevado para obligarla a estudiar, pero Tali se escapaba de la escuela, se tiraba al piso, lloraba. Rosario había tratado de retenerla, diciéndole que el colegio no era para tanto, que la podían pasar bien, y ella le había contestado que no era la escuela lo que odiaba: era la ciudad. Así que Adolfo Reyes desistió de educar a su hija menor en el mejor instituto de Buenos Aires, como había hecho con Rosario, y la dejó volver al norte, con su templo y sus yuyos y su escuela rural.

Rosario y ella eran íntimas amigas además de medio hermanas. Tali había llorado cuando Rosario, a los dieciocho, se había ido a Inglaterra a estudiar. Se iba, le había dicho a Tali, a la mejor universidad del mundo y estaba feliz. Juan ya había cumplido los quince y ese año había pasado todo el verano en Puerto Reyes. Él también estaba muy triste. Tali, de visita, se había quedado pasmada cuando volvió a ver a Juan en el fresco de la terraza que daba al río. Ella había crecido viendo hijos de inmigrantes altos y rubios como ese chico, los suecos de Oberá, los alemanes de Eldorado, los ucranianos de Aristóbulo del Valle. En los recorridos con su padre a veces almorzaba salchichas y admiraba las orquídeas en las fiestas de las colectividades; se había enamorado tontamente de muchos de esos jóvenes de ojos transparentes y piel oscurecida por el sol. Pero, cuando Juan se levantó de la silla de mimbre y le besó las dos mejillas, todos esos hombres y mujeres le parecieron ensayos de un pintor torpe, bocetos indecisos de una mano que practicaba hasta que, al fin, dibujaba a Juan y le daba vida y decía es esto, esto estaba buscando, este es el acabado perfecto. Juan tenía quince años, ella diecisiete y sin embargo le ardieron las orejas cuando él se quedó mirándola en silencio. ¿Querés que vayamos a caminar?, le preguntó Tali. No hace demasiado calor. Claro, le dijo el chico. Caminaron por el jardín salvaje de la casa. Ella le contó sobre los escandinavos de Oberá y le preguntó si su familia también era de ahí. Juan le dijo que sí, pero que se habían ido para Buenos Aires cuando él nació porque estaba muy enfermo. A lo mejor te queda familia acá todavía. No sé, dijo Juan.

Esa noche, después de cenar yacaré con mandioca frita, especialidad de Rufina, la cocinera de Reyes, Juan arrancó una hoja del cuadernito donde había estado garabateando mientras los demás tomaban café (él no tomó) y se la dio: era el dibujo de dos perros ladrándole a una luna con rayos que más bien parecía un sol, pero era una luna porque tenía cara, y era una cara de mujer; a la distancia había dibujado dos edificios, dos torres bajas, una para cada perro y frente a ellos un lago o un estanque del que salía un bicho que podía ser una langosta marina o un escorpión. Debajo decía La Lune y Tali reconoció enseguida que era una de las cartas del Tarot que tiraba Rosario, la Luna del Tarot de Marsella. Su hermana había tratado de enseñarle, pero Tali prefería las cartas españolas.

–Yo te puedo enseñar, también, ahora que ella se fue –le dijo Juan.

–Cómo sabías que quiero aprender.

–Me dijo Rosario, me contó que nunca te supo explicar bien. Yo sé enseñar mejor que ella.

–¿Y esta carta qué significa?

–Depende de la interpretación.

Juan guardó el lápiz en el bolsillo de la camisa blanca, impecable, que llevaba puesta. No parecía enfermo pero ella sabía que estaba grave. ¿Por qué se lo habrían escondido estos últimos años?, se preguntó entonces. Lo supo poco después, brutalmente.

Todavía guardaba ese dibujo, esa luna, esos perros.

 

Gaspar, limpio y con cara de cansado, se sentó en otra de las sillas hamaca. Ya no iba a llover, pero la noche caía húmeda y oscura. Guillermito, el chico que trabajaba en la casa de Tali, encendió las luces del patio y la galería. Juan se desprendió la camisa y la sacudió, para secarse un poco el sudor. Te traigo el ventilador, ofreció Tali. No, dejá, dijo él.

–Te deben estar buscando.

–No me pueden encontrar. Ahora me resulta más difícil mantener el secreto, pero todavía puedo hacerlo.

–¿Betty no viene este año tampoco?

–No cambió nada con respecto a ella y a su hija. No puede asistir al Ceremonial hasta que decidan qué hacer con la nena. Para ella, por ahora, es muy conveniente. Cuando sepan qué hacer con su hija, que probablemente sea quitársela, veremos qué sucede.

–Che, sabés que tienen perros nuevos ahí en Reyes. A mí me dan terror, son enormes, parecen caballos. Hay uno negro que debe medir metro y medio, se llama Nix.

–No puede medir metro y medio un perro, no seas exagerada.

–¿Qué es Nix? –quiso saber Gaspar de pronto.

–Juancito, esta criatura es un peligro, escucha todo.

–Nyx se llama la diosa griega de la noche. Es la noche.

–¿Y está en mi libro?

–No creo, es una diosa olvidada. Ya te conté de los dioses olvidados. La gente que los adoraba era poca y con el tiempo fue menos y entonces se dejaron de contar historias sobre ellos.

–Es retriste.

–Es triste, sí. Pero se saben algunas cosas sobre Nyx. Estaba casada con Érebo, que es la oscuridad, que no es lo mismo que la noche, porque oscuridad podés encontrar de día, por ejemplo. Y tuvo dos hijos, mellizos, Hypnos y Thanatos. Hypnos es el sueño y Thanatos es la muerte. Se parecen, pero obviamente no son iguales.

–¿Y viven todos juntos?

–Eso no se sabe, así que imaginate lo que quieras.

Juan miró a Tali y dijo está leyendo un libro de leyendas. Le prometí que le iba a mostrar el ceibo, por Anahí. En voz baja, Tali dijo este se te va a aburrir en la escuela.

Guillermito se acercó a la mesa. Necesito que vayas a buscar un colchón chico para el nene, le dijo Tali. Pedile a Karina, que tiene un montón. Desde la esquina del pasillo se asomó una nena apenas más grande que Gaspar. Tenía las rodillas embarradas y el pelo atado en dos desprolijas trenzas.

–Che, Laurita, por qué no te llevás acá a Gaspar a jugar un poco con vos. ¿Querés ir a jugar con ella, Gaspar? Después los llamamos para comer.

A los chicos les costó un rato animarse a estar juntos, pero Laurita le habló a Gaspar de un cachorro que le habían regalado y le preguntó si quería verlo y se fueron. Tali notó que Juan los miraba mientras se iban mordiéndose el labio.

–No pasa nada, la nena es de acá, está acostumbrada, lo va a cuidar mejor que vos. Es normal lo que te pasa.

–Nada es normal. No puedo hablar con ella.

–¿Con Rosario? Juan, tenés un Ceremonial en unos días. Tenés que concentrarte en eso.

Juan la miró con sus ojos cambiantes en la luz baja de la galería. Se sacó la venda de la mano y le mostró la herida. Tali la miró con atención: no estaba hinchada, no estaba infectada.

–No puedo hacerla venir ni con el signo de la medianoche. Si no puedo comunicarme con ella con este rito, es que alguien impide que la alcance.

–¿Alguien lo puede hacer?

–Alguien poderoso podría; varios trabajando juntos también. Creo que son varios.

–A veces no llegamos a nuestros muertos, eso vos lo sabés.

–No creo que esta vez sea así.

–¿Vos la sentís en algún lado?

Juan miró a Tali y se sacó un mechón de pelo de la cara.

–Yo no siento nada.

Ahora que ya ni se oían las voces de los chicos, Tali se acercó a Juan y le tendió la mano. Vamos que te doy un baño y te limpio esa mano, le dijo. Me compré una bañadera enorme, mirá, como si supiera que la iba a necesitar. Él se levantó despacio, perezoso, y en el pasillo que iba para el baño Tali se puso en puntas de pie y lo besó y lo empujó hasta su habitación y alcanzó a cerrar la puerta con la espalda. Siempre era un poco brutal estar con Juan, incluso cuando él trataba de ser delicado, y ahora ni lo intentaba; a Tali le dolía abrir las piernas para recibir el cuerpo ancho, le había dolido caer sobre el piso de su habitación, le dolía la madera en la espalda. Siempre había un momento de quiebre cariñoso y delicado también, un envión, un deslizamiento vertiginoso cuando reconocía las manos que la despeinaban y él se movía dentro de ella. Y siempre había un momento peligroso cuando ella tenía que pedirle de alguna manera que detuviera lo que empezaba como una sensación agradable, de temblor y fiebre, y que terminaba sintiéndose como el avance rápido de la marea, una ola cálida y demasiado profunda que no se parecía al placer. Él siempre la escuchaba y se detenía: esta vez se sentó, tiró de ella con una sola mano y la obligó a mirarlo a los ojos.

Después, Juan se acostó desnudo en la cama, de costado, y lloró de la mano de Tali, que lo conocía lo suficiente como para escucharlo en silencio y esperar. Angá, es la primera vez que llora por ella, pensó, pero no se lo dijo porque Juan no toleraba bien la compasión. Le acarició el cabello, tan fino y claro, no se le había puesto más oscuro con la edad como a muchos rubios. Él se desprendió de ella con cuidado. Vas a tener a alguien, alguna vez, quiso saber él, y Tali se acostó a su lado, encendió un cigarrillo, le ofreció una pitada, él fumó con los ojos cerrados y la cara húmeda, no se había secado las lágrimas. No, dijo ella, vos sos mi hombre. Pero no tengo el coraje de Rosario. No haría cualquier cosa por vos.

Juan apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesa de luz y besó a Tali; ella, detrás de la nicotina y el cedrón, sintió el salado de las lágrimas y el regusto químico de la medicación. Voy a buscar a Gaspar, dijo él y se fue, descalzo y sin camisa, todavía con barro salpicado en las piernas. Al rato Tali lo oyó hablar con Gaspar cerca de la ventana de la habitación. Seguían hablando de la diosa de la noche y sus hijos mellizos, tan parecidos y tan diferentes, la muerte y el sueño.

 

Tali le hizo lugar a Juan cuando él se metió en su cama a la noche. Había dejado a Gaspar durmiendo en el living: el chico quiso poner el colchón ahí y no en una habitación y no tenía ningún sentido discutir, podía dormir donde quisiera. Juan se había bañado y tenía ese aire distanciado que ella le conocía bien, así que no lo tocó. Pronto estaba dormido. Le daba la espalda. En la semioscuridad podía verle la cicatriz que empezaba en las costillas y terminaba en la espalda, marca de una de las cirugías de la infancia. La primera vez que lo había visto desnudo, las cicatrices la habían impresionado tanto que estuvo a punto de rechazarlo; además, ella era mayor, ¿qué hacía acostándose con un adolescente enfermo? Había sido en Puerto Reyes, en una de las muchas habitaciones de huéspedes de la mansión. Tali recordaba esa primera vez como algo cuidadoso; él era virgen y, aunque estaba tan recargado de hormonas como cualquier chico de su edad, conservaba cierto distanciamiento, como si fuera capaz de estudiar la situación y evitar la ansiedad adolescente. Y, de alguna manera, podía. Era la enfermedad, le había explicado él después. Cada cosa que hacía era una negociación, un cálculo. Como si fuese su deber cuidar y cargar con una delicada alhaja de cristal que jamás podía dejar de lado ni en un lugar seguro y tuviera que moverse con cuidado para no dañarla, no romperla, pensando antes de cada movimiento, siempre en puntas de pie, siempre preguntándose si esa brusquedad sería el accidente, la rotura final.

Aquel verano, Tali había sido iniciada en la Orden por Adolfo Reyes, su padre, y fue invitada al Ceremonial. Cuando vio a Juan en el lugar de poder, se desmayó. Nadie se dio cuenta, todos estaban en algún tipo de trance. El miedo no le duró mucho. Hacía años que su padre le había hablado de la Orden y le había contado las historias de los médiums. Pero no se esperaba que el médium fuese Juan. Lo habían ocultado muy bien, la propia Rosario, tan cercana, se lo había ocultado durante años, y Tali entendía por qué.

Poco más de un año después, Juan se fue a Londres a operarse y a reencontrarse con Rosario. Se quedó viviendo en Inglaterra algún tiempo, pero el desastre lo trajo de vuelta. Tali no se había enojado cuando supo que Rosario y él estaban juntos, porque sabía que así debía ser. Solamente había llorado cuando se enteró. Después intentó olvidarse de él y no lo logró.

Tali se durmió al amanecer y cuando despertó, apenas algunas horas más tarde, Juan y Gaspar estaban en la cocina preparando el desayuno. Se puso un vestido fresco y se acercó a la mesada para ayudarlos. Gaspar le dijo estamos haciendo cosas ricas. Por un momento pensó por qué no. Por qué no tomar el lugar de su hermana y hacerse cargo de su viudo y su hijo.

–Buen día, muchachitos –les dijo.

Gaspar untaba con extrema atención unas tostadas algo quemadas pero perfectamente comestibles. Juan le dijo:

–La protección de tu templo es un desastre.

Ahí estaba ese tono despectivo que ella odiaba, esa superioridad que la irritaba.

–Yo no tengo tus destrezas.

–Está clarísimo. Después voy a hacer lo necesario.

Gaspar le dio una tostada. Tenía mucha mermelada, pero Tali se la comió igual. Juan siguió preparando el mate. Tali decidió no discutir.

–¿Vamos a la laguna más tarde? –propuso.

–¡Vamos, vamos! –gritó Gaspar–. Yo ya sé nadar.

–Está aprendiendo –dijo Juan.

–Podemos ir, ya no hay más palometas.

–¿Qué son palometas?

–Son unos peces parecidos a las pirañas. Pero nada más muerden, no te comen.

Gaspar abrió mucho los ojos.

–A lo mejor tenés suerte y ves alguna –le dijo Juan.

–Pero no quiero que me muerdan.

–No te preocupes por eso, yo te cuido.

–¿Puedo mirar la tele?

Tali le dijo que claro y le llevó la leche y las galletitas al living. Cuando volvió a la cocina, Juan estaba sentado a la mesa, fumando.

–¿Te levantaste temprano?

–Trato de levantarme antes porque Gaspar se despierta llorando.

La miró a los ojos y ella vio un enojo tan profundo que tuvo miedo. Él apagó el cigarrillo en una taza, sacó un cuaderno de su bolso y le dijo tenemos que arreglar ese templo. Nos vamos a dar una vuelta por afuera, le dijo a su hijo, volvemos en un rato. El chico asintió hipnotizado por los dibujitos animados de la mañana, y eso a pesar de que la antena era muy precaria y la imagen se llenaba de rayas verticales y de lluvia. Afuera, Juan se quedó un rato en el jardín de Tali, que era pequeño pero tenía pasionarias, crisantemos, dalias, nomeolvides, glicinas que se apoyaban sobre altos helechos y llegaban hasta la casa y trepaban por la pared hasta el techo, dedaleras púrpura que parecían capuchas y algunas orquídeas colgando del tronco de un duraznero.

Tali siguió a Juan hasta el templo, que ella cerraba con un candado. Lo abría poco; los fieles venían casi todos en agosto, a hacer sus ofrendas. Si alguien tenía un pedido especial, la visitaba a ella primero y en ese encuentro decidían una fecha para el ritual.

–¿Querés entrar?

–Ahora no.

Juan había abierto su cuaderno y dibujaba con un lápiz muy chico o que al menos parecía muy chico entre sus dedos largos. Cuando dibujaba parado siempre arqueaba el cuerpo, adelantaba las caderas y curvaba la espalda. No le tomó mucho tiempo: cuando terminó, se levantó los anteojos oscuros para ver mejor si el resultado lo satisfacía y se secó con la remera la frente húmeda. Después se acercó a la puerta del templo y la tocó, la acarició.

–Vení, Tali –dijo.

Le pidió que sostuviera el cuaderno para poder ver el dibujo y sacó del bolsillo de atrás de sus jeans una navaja. Se cortó el dedo medio de la mano derecha desde la punta hasta el nudillo y dejó colgar la mano. Cuando empezó a sangrar mucho, usó el dedo como un lápiz para reproducir el dibujo del cuaderno sobre la puerta pintada de blanco. Tali miró el sello. Era delicado y tenía la corrección geométrica típica de Juan. Recién cuando admiraba el diseño de protección, que parecía sencillo, pero que hasta a ella le causaba una incierta repulsión, Tali se dio cuenta del silencio.

–Con esto no le va a hacer falta otra protección nunca más. Hasta podés dejar la puerta abierta. –Hizo un silencio y miró a Tali a los ojos–. Es un sello que me fue dado hace poco.

–¿Estás pidiendo protección?

Juan se miró la venda de la mano, sucia de sangre y transpiración.

–Estoy buscando protección y me la ofrecen, lentamente, como siempre. Sabés bien que todavía no me dieron lo que realmente quiero.

Después le pidió el cuaderno con la mano sana.

–Si querés nadar, te hago una venda buena para que te puedas meter al agua.

En el baño, más tarde, Tali limpió la herida, pensando en la mugre de esa puerta y en la fragilidad de Juan; sabía que, para él, una infección era muy peligrosa. Él la dejó hacer y solamente le pidió que ajustara mejor el vendaje.

–Estás hermosa –le dijo cuando ella terminó.

–No me digas eso, sabés que no me gusta.

–Siempre fuiste hermosa. Rosario era linda, pero vos sos hermosa.

–Pero vos la querés a ella, así que no me digás así.

–Ah, pero enamorarse no tiene nada que ver con la belleza.

Tali se puso las manos en la cintura y tuvo que respirar hondo para no gritar.

–Sabés, Juancito, que me tenés que avisar cuando venís, porque si no pasan estas cosas.

–Qué cosas –dijo él, y se sentó cruzado de piernas en el borde de la bañadera.

–Pasa que yo nunca me olvido de vos pero la voy llevando y estoy contenta con mis plantas, mi casa, mis perros, tengo mi cama y algunas noches me imagino que sos vos cuando escucho pasos pero otras duermo lo más tranquila, nomás te digo. Y de repente venís con la criatura y yo estoy como estúpida, como una estúpida, me entendés, pensando que se van a quedar y vamos a estar juntos y todas esas pavadas. Pienso hasta, mirá lo que son las cosas, que mi hermana estaría contenta si se quedan conmigo. Pobre mi hermanita querida. Qué bronca me das, que te parió.

Alguien golpeó suavemente la puerta del baño y Juan dijo pasá, hijo. Gaspar entró tímidamente. Tali se paró derecha al lado del lavatorio y se acomodó el pelo, que llevaba muy largo, casi hasta la cintura. A veces pensaba que estaba un poco vieja para esa melena. Gaspar ni la miró.

–¿Qué te pasó en el dedo?

–Me corté afuera.

–¿Con qué?

–Con una botella rota que había para que no entren los gatos al gallinero.

–¿Te duele?

–No.

–Cuando te cortaron ahí te redolió. –Y Gaspar le señaló el pecho.

–Pero nada que ver –le contestó Juan, y Tali vio cómo contenía la risa–. Este es un corte chiquito en el dedo. Y, además, ya te expliqué, lo que duele en el pecho es el hueso.

–Claro, porque te serrucharon el hueso para operarte.

–Ay criatura, no digás así –dijo Tali.

–Lo partieron, ¿no sabías? –Gaspar la miró parpadeando, como si le molestara la luz–. Lo abrieron por la mitad y después lo cosieron de vuelta. Fue para curarle el corazón, pero me parece que no se lo curaron muy bien.

Juan empezó a reírse a carcajadas. Se levantó para alzar a su hijo en brazos.

–¡Es que tu padre no tiene cura! Sos una bestia, estás asustando a Tali.

–Yo le quiero explicar.

–Ya le expliqué todo por teléfono hace un montón.

–Entonces no tengo que explicarle yo.

–No, no hay que explicarle nada.

–¿Y al agua no vamos?

–Vamos ya mismo.

Juan besó a Gaspar en la frente y agarró de la mano a Tali para sacarla del baño, pero ella le dijo vayan ustedes, están los dos locos. Yo me quiero cambiar y lavar un poco. No hagas un drama, murmuró Juan, y ella dijo que no con la cabeza. Necesitaba unos minutos, mirarse al espejo, juntar la crema para el sol y las toallas, mojarse la cara, limpiar la sangre de la bañadera, esperar hasta que dejaran de temblarle las manos.

Vamos con mi coche, dijo Tali, manejo yo. La laguna quedaba cerca y era mejor para bañarse que el río, traicionero en ese tramo, con sus remolinos y los pozos de arena. El calor resultaba agobiante pero el cielo estaba despejado, ni una nube de lluvia; a lo mejor más tarde, aunque ojalá no, pensó Tali, la humedad de enero podía ser desesperante. Acarició la pierna de Juan después de arrancar; él se había puesto un pantalón de grafa y parecía muy incómodo en el asiento del Renault, que le quedaba chico. Gaspar estaba silencioso atrás y Tali intentó distraerlo preguntándole sobre los dibujitos, pero, como no tuvo respuesta, desistió. El chico estaba de duelo y ella también y se daba cuenta de lo triste que era ese aire caliente, el horno abierto del mediodía les daba en la cara. Se había muerto su mamá. Nada iba a ser suficiente para consolarlo.

Paró el auto en la banquina y salió.

–Vení, Gaspar, que te muestro una cosa –le dijo al chico desde afuera.

Frente a una casa de madera pintada de celeste que parecía a punto de venirse abajo había un alto ceibo en flor. Gaspar bajó malhumorado, pero hizo caso.

–Este es el árbol que te decía tu papá, el de la indiecita, el de Anahí.

El chico se acercó al tronco y, desde abajo, se quedó mirando las flores rojas.

–Hay un gato en la rama.

–A ver.

Tali se acercó y miró para arriba; un gato amarillo dormía despatarrado en el fresco de las hojas. Gaspar seguía serio y ella se agachó para estar a su altura y mirarlo a los ojos. Tu mamá te sigue queriendo, le dijo. No puede estar más con vos, pero te quiere con locura. Gaspar se tapó la cara y empezó a llorar balanceándose y Tali lo dejó, no miró al auto, no quiso saber si Juan les prestaba atención, si se acercaba para interrumpirlos, si iba a enfurecerse porque ella hacía llorar a su hijo. No va a volver más, ¿no?, le preguntó Gaspar, y Tali no tenía ganas de contestar esa pregunta, pero le dijo lo que debía decirle: que no, que no iba a volver. ¿Sabías que la atropelló un colectivo? Sí, no te acordás de que estuve para el funeral, a lo mejor no, cuando uno está muy triste se olvida de las cosas.

–Hay muchos colectivos por acá, no me gusta.

Está muerto de miedo, se dio cuenta Tali, y quiso abrazarlo, pero no había nada en la actitud del chico que la autorizara a tocarlo. En eso se parece al padre, pensó, son como gatos.

–Acá les decimos micros. Son distintos a los colectivos.

No iba a conformarlo con eso, pero al menos era verdad.

–¿Vamos al agua?

No quiere estar lejos de su papá, pensó Tali, y sorprendida tomó la mano que Gaspar le tendía. En el auto siguió silencioso, pero al menos miraba por la ventanilla: antes había tenido la cabeza gacha. Juan no dijo nada, pero encendió un cigarrillo y lo fumó despacio, llenándose los pulmones de humo como si el calor no fuera suficiente.

El resto del día fue tranquilo y silencioso a pesar de que las playas de la laguna estaban llenas de gente. Gaspar recibió muchos aplausos cuando pudo hacer la plancha sin la seguridad de los brazos de su padre y, aunque no comió mucho en el almuerzo, aceptó jugar a hacer pozos cuando lo invitaron unos chicos que estaban cargados de palas y baldes. Se quedan cerca que los podamos ver, les dijo Tali y los chicos sí, señora, y se acomodaron a menos de tres metros. Juan se metió muy adentro de la laguna para nadar y Tali, sola, debajo de la sombrilla, por fin se tranquilizó. Ya estaba lista para escuchar lo que Juan tenía para decirle. Porque, se daba cuenta, algo tenía que decirle. Juan no era su amante de ocasión. Ella no era una promesera del río. Los dos eran miembros de la Orden. Podían jugar a olvidarse, pero no por mucho tiempo.

Gaspar seguía haciendo su pozo, que, según la madre de los otros chicos, que los miraba atenta, parecía un cráter. La radio de un auto estaba encendida y se escuchaba un melancólico chamamé, una mujer gorda paseaba por la orilla con un perro negro que le saltaba y la hacía reír, dos hombres jóvenes guardaban sus cañas y carnadas y pescados en la parte de atrás de la camioneta: los cocinarían a la parrilla en alguna parte. Tali reconoció a un hombre que, hacía dos meses, le había venido a pedir protección y ella lo había dejado entrar y rezarle al santo en el templo, solo, y le había bendecido su esqueleto con vino y ceniza. También reconoció a una señora que había venido a tirarse las cartas, preguntando por su hija: Tali la había visto muerta, ahogada, y se lo había dicho. Una de las tantas chicas asesinadas por los militares y arrojadas a los ríos, los ojos comidos por los peces, los pies enredados en la vegetación, sirenas muertas con el vientre lleno de plomo. Tali no mentía, no daba falsas esperanzas. Los padres y madres de jóvenes desaparecidos por la dictadura la buscaban para, al menos, saber cómo habían muerto, si su cuerpo estaba en un pozo de huesos o bajo el agua o en un cementerio perdido. La mujer ahora no la miraba: jugaba con una niña. ¿Sería la hija de la chica muerta? Se acordaba de ese atardecer: llovía, el cielo estaba negro y la mujer se había querido ir igual, sin miedo a los rayos; la había visto cuando corría por el camino de tierra. Tali había juntado las cartas, las había apilado en su mazo y se había quedado tomando mate, afuera el gris oscuro, viendo cómo el viento sacudía el duraznero y los árboles allá lejos, junto al río. Ka’aru, pensó, tenía que hablar más guaraní, estaba perdiendo el idioma, pasaba demasiado tiempo sola.

Juan volvió y ella no lo vio llegar por la playa; venía por atrás, había dado un rodeo. Se tiró a su lado, sobre la toalla. Estaba tan agitado que, después de unos minutos, Tali se alarmó.

–¿Vos te das cuenta de que es un desastre si te descomponés acá? ¿Vos sabés lo que me pueden hacer? Tenemos que ir hasta Corrientes para atenderte. Nde tavy, carajo.

Juan no pudo contestarle por un rato y Tali aprovechó para mirarlo con desaprobación hasta que él recuperó el aliento.

–No hagas un escándalo –dijo Juan, y tomó Seven-Up del pico de la botella.

–Gaspar está jugando lo más tranquilo con unos chicos.

–Ya sé. Tenemos que hablar.

–Desde que llegaste que tenemos que hablar, me di cuenta.

–Necesito tu ayuda.

Juan se sentó cruzado de piernas y de pronto ya no era su amigo ni su amante, ni siquiera el hombre que la hacía enojar y del que estaba enamorada. Era el médium. Tali sabía que la gente que estaba alrededor no podía escuchar lo que decía o, si escuchaba, entendía cosas diferentes o creía que hablaban un idioma que desconocían. Se daba cuenta porque el aire alrededor de ellos parecía temblar y los suaves pelos de los brazos se le erizaban como si en vez del sol le estuviera tocando la piel un pedazo de hielo.

¿Hace falta que hagas esto? Ya estás en el secreto y no tenemos a nadie cerca.

Desconfío de todos. Desconfío de mí. Gaspar está atrapado. Ellos quieren que sea mi heredero. O porque heredó mi capacidad de convocar a la Oscuridad o porque voy a trasladar mi conciencia a su cuerpo cuando llegue el momento. Así seguiré atrapado.

Ya sabemos esto, por qué me lo contás de nuevo.

Para ordenarme. Y para pedirte. Estoy seguro de que mataron a Rosario. Hubo una pelea entre Rosario, su madre y Florence. Fue cuando yo estaba internado. Rosario les pidió que nos dejaran en paz. Les dijo que no podían seguir usándome, que yo no quería convocar más y que jamás les iba a entregar a Gaspar para que usaran su cuerpo.

Tali sintió un mareo. Lo que escuchaba era imposible.

Mi hermana estaba loca. Angá, cómo no la paré.

Para ellos es inconcebible que me niegue a usar el cuerpo de Gaspar. Yo les dije que lo haría, claro. Rosario me contó sobre la pelea poco antes del accidente. Estaba furiosa porque hacer el Ceremonial me había llevado al límite, pero puso en peligro a Gaspar. Van a volver a probar si es médium, como siempre, pero esta vez el resultado será positivo.

¿Estás seguro de eso? ¿No será que es sensible y nada más?

Estoy seguro. Si logramos que no se den cuenta, que la prueba sea nula como siempre, solamente queda esperar que cumpla la edad para que yo ocupe su cuerpo y en esos años estoy seguro de que conseguiré la manera de alejarlo de ellos. Tarda y me desespera, pero voy a conseguirlo.

¿Por qué no te lo contó antes Rosario?

Estuve meses entrando y saliendo del hospital hasta que pudieron operarme. No se atrevió. No sé.

No la culpás.

Sí, la culpo. La culpo y también la perdono.

¿Vos podés negarte a convocar?

No. Me van a obligar. Ya lo hicieron hace años, cuando me negué porque estaban usando prisioneros como sacrificio, un sacrificio que nadie les pedía.

Tali se miró las manos. Ella tampoco podía olvidarse de eso, de su propia complicidad.

Todavía usan a los secuestrados.

Lo sé, pero no puedo enfrentarme a ellos. Amenazaron con romper el pacto y quedarse con Gaspar, criar a Gaspar en los ritos, formarlo, destruirlo. Creen en lo que la Oscuridad les dice. Escuchan, obedecen. Y no tienen a nadie más que pueda convocarla. Mercedes siempre está en busca de otros médiums. Es sacerdotisa de un dios que la ignora igual que todos los sacerdotes de cualquier denominación son y han sido ignorados por sus dioses. Su dios habla conmigo. Para ella siempre fue una especie de maldición tener un oráculo tan poco confiable. Yo creo en la Oscuridad pero creer no significa obedecer. Cómo no voy a creer si le pasa a mi cuerpo. Pasa en mi cuerpo. Lo que la Oscuridad les dice no puede ser interpretado en este plano. La Oscuridad es demente, es un dios salvaje, es un dios loco.

Lo que quiero saber es si podés negarte en serio. Si querés.

Claro que no, soy un esclavo. Soy la boca. La Oscuridad puede encontrarme, es una batalla perdida. Tali, necesito pedirte. Necesito que trabajes con Stephen para bloquear a Gaspar. Yo hago mi parte, pero no es suficiente, ya no, estoy solo. Vio una presencia ayer y no cualquier presencia. Supongo que ahora empezará el crecimiento. Necesito que lo cuides de ellos en Puerto Reyes, necesito que lo ocultes con ayuda de Stephen.

Igual querrán que uses su cuerpo.

Faltan años para eso. Tengo tiempo y capacidad de engañarlos. Lo más difícil será permanecer vivo. Necesito tiempo. Tiempo para criar a Gaspar y conseguir la forma de alejarlo de la Orden. Voy a hacer el Ceremonial como siempre. Yo soy la puerta abierta, no puede cerrarse, pero tengo que proteger a Gaspar. Ya me quitaron a Rosario, por muchos motivos, pero sobre todo para debilitarme. Te sacamos a tu compañera, para que ella no pueda ayudarte a abandonarnos, para que ella no pueda ayudar en tu retiro y en tu traición. Mi retiro no es posible.

Y cuando dijo eso, Juan aflojó el aislamiento que les había permitido hablar casi sin mover los labios y Tali sintió una especie de pequeño torbellino a su alrededor mientras el sol, la laguna, la gente se desdibujaban con un brillo dorado, como los espejismos de la ruta. Juan le puso una mano en la frente y ella enseguida pudo acomodar la vista y el dolor de cabeza, que amenazaba ser fuerte, se convirtió en una débil palpitación.

–¡Basta! –gritó, y de un golpe se sacó la mano de Juan de encima. La gente alrededor los miró y ella sonrió, fingió que estaban jugando. Juan estaba pálido. Era cierto, entonces. Hacía años, ella lo recordaba bien, no le costaba casi nada generar la energía para hablar en secreto. Ahora estaba usando lo último que le quedaba para que ella no se sintiera mal y no podía permitirlo. Tali se culpó porque nunca había aprendido a hacerlo también, él se había esforzado solo. Lo abrazó para que no perdiera el equilibrio. Tali no quería que Gaspar los viera tocarse, pero ahora tenía que hacerlo.

–Tranquilo, qué necesitás, decime qué hago.

–Acostame –dijo Juan, muy bajo.

Tali le obedeció y usó el bolso como una almohada, para acomodarle la cabeza. Él se llevó dos dedos al cuello y se lo masajeó suavemente. Ya no estaba húmedo del agua de la laguna: estaba empapado de sudor y respiraba como después de una carrera. Tali miró a Gaspar, que estaba entretenido armando algo con la arena sucia, una estructura sin forma clara. Los otros chicos la decoraban con ramas y plumas. Usó una toalla para secarle el sudor a Juan, al menos de la cara y el pecho.

–Si podés abrí los ojos –le dijo.

Juan la miró y acomodó la cabeza sobre el bolso. Todavía no podía sentarse. Tenía las pupilas dilatadas.

–Llamalo a Gaspar.

–Si te ve así se va a asustar.

–Llamalo.

Gaspar llegó corriendo, sucio de agua y arena: se arrodilló al lado de su padre y le preguntó qué quería. Nada, dijo Juan, que me des un abrazo. Qué tarado, dijo Gaspar, y le rodeó el cuello y se quedó apoyado sobre el hombro de su padre un rato, hablándole del castillo que estaban haciendo cerca de la orilla, ¿después leemos cuentos de castillos? Cuando te vayas a dormir, le dijo Juan. Ahora vuelvo con los chicos. Son remalos para hacer castillos. Me imagino. Quiero un vaso de sevenap. Llevate la botella, compartila con ellos. Se llaman Sebastián y Gonzalo. Bueno, llevales vasitos de plástico, así no toman todos del pico, que es un asco.

Gaspar volvió a su juego con la botella y los vasos y los chicos lo recibieron festejando.

 

Se quedaron hasta el atardecer. Juan apenas se movió de la cama improvisada que le había armado Tali hasta que Gaspar pidió ir al agua un rato más, antes de que se hiciera de noche, y Juan lo acompañó. Hizo nadar a su hijo con la cabeza afuera y adentro del agua. Todavía era un crol elemental, pero lo hacía bien; todavía era incapaz de soltarse mucho tiempo, pero lo hacía bien.

–Qué rápido aprende –lo felicitó, cuando volvían a la playa, la madre de los chicos del castillo de arena.

Juan le dijo que sí, que estaba contento. La mujer, que era joven, se había quedado tomando mate con Tali mientras él nadaba con Gaspar; ahora les ofrecía chipá y facturas. Este te encanta, dijo Juan dándole un chipá a su hijo, que, no bien mordió el pan, sonrió, recordando: lo había comido varias veces, años anteriores, en Puerto Reyes. Él también comió y, antes de ponerse los pantalones, buscó en un bolsillo la medicación. La tomó sin pudor frente a la mujer; ella, instintivamente, le ofreció un vaso de soda para ayudarlo a tragar.

–Ay, le admiro nomás que pueda tragar todas juntas; yo, cuando un antibiótico es muy grande, no me pasa, debo tener un defecto en la garganta.

Juan le sonrió.

–Es que estoy muy acostumbrado.

–Le decía a su mujer que, si tienen ganas más tarde, hacemos una chamameceada allá cerca del balneario del río. Va a venir más gente con guitarras.

–La policía no molesta mucho acá si la gente se junta –le explicó Tali cuando Juan la miró extrañado.

–Y la milicada tampoco –dijo la mujer–. Hace unos años desarmaban todo. Pero ahora ya dejan. Van aflojando. Están invitados, con el chico también, es bien familiar.

–¿Querés ir? –le preguntó Juan a Gaspar–. Van a tocar música.

–¿Y vos querés?

–Te estoy preguntando a vos.

–Sí.

–Tendrías que descansar –dijo Tali en voz baja, y Juan se le acercó, le acarició la mano y le dijo no te preocupes, yo sé lo que hago.

–Va a haber empanadas también –explicó la mujer para terminar de convencer a Tali.

–¿Ves? Así no tenés que cocinar.

–No seás pelotudo, Juancito, te pido.

No se quedaron mucho. Tali opinó que las empanadas estaban demasiado grasosas, pero a Gaspar le gustaron; ¿no es un poco raro que un chico coma cualquier cosa?, le dijo a Juan, y él le contestó que sinceramente no conocía a otros chicos, pero su hijo siempre había sido así, alimentarlo era lo más fácil del mundo, incluso se aburría de comer siempre lo mismo y pedía variantes. El baile no arrancaba salvo por algunas parejas que se balanceaban perezosas con «Puente Pexoa» y «Kilómetro 11». La noche estaba pesada, cruzando el río y después de los árboles el cielo estaba claro, señal de que la noche se nublaba y había un viento que no aliviaba, el viento húmedo de la tormenta. La madre de los chicos del castillo los encontró y los invitó con sopa paraguaya, cortada prolijamente en porciones. El humo de la parrilla traía los olores de la carne y Tali le pidió cambio a Juan para ir a buscarse un choripán. Cuando hacía la cola, escuchó las conversaciones ya borrachas de los hombres –algunos la miraban con ojos rojos; en otro momento hubiese ido a buscar a Juan, pero ahora quería evitar cualquier pelea–. Estaban tomando vino, que se vendía de a litro, en latas de aceite de auto con los bordes remachados para evitar cortaduras. Para ignorarlos se concentró en la música y se dio cuenta de que ya no estaban tocando chamamé. Se dio vuelta y, entre el humo y la luz tenue que daban algunas bombitas y un sol de noche, vio a una chica de pelo largo atado que cantaba una zamba preciosa, tengo miedo que la noche me deje también sin alma, la añera es la pena buena y es mi sola compañía. Cuando volvió con Juan, que estaba sentado sobre un tronco, fumando, él le dijo: si estuviese cantando esto en otro lado se la llevan presa, nos llevan a todos, tienen suerte acá. Es muy linda la chica, ¿la conocés? Tali le pegó en la cabeza y el pelo rubio le cayó sobre la cara; de repente Juan parecía un adolescente. No, no la conozco. Y no nos vamos a quedar para que vos sí la conozcas. Me vas a perdonar, querida, pero me gusta mucho más la zamba que el chamamé. Y en cada vaso de vino tiembla el lucero del alba, cantaba la chica. Y después de saludar y presentarse, dijo que iba a cantar una canción muy triste de un cantor que estaba enfermo; no nombró al cantor por su nombre y Juan dijo que debía estar prohibido. No sé para qué volviste, si ya empezaba a olvidar, no sé si ya lo sabrás, lloré cuando vos te fuiste, decía la canción, y qué pena me da saber que al final de este amor ya no queda nada. Juan le dijo que él no sabía mucho de música, era Rosario la que escuchaba, pero esa canción era de Daniel Toro, está prohibido, sí, y eso que son canciones de amor. Rosario decía que era una estupidez prohibirlo porque sus canciones eran todas cursilerías, no tenían nada político.

Cursilerías, pensó Tali. Y ella estaba a punto de ponerse a llorar por culpa de una de esas cursilerías. Rosario, siempre fuiste bastante perra, chamiga, hermanita, pensó, cómo te extraño.

–Sabés que no sé si está más tranquila la cosa o no, pues. Cada vez que se vienen a tirar las cartas, veo muerte, muerte, pero un montonazo. ¿Sabés lo que veo? Una guerra. Acá no, en el mar, en el frío. No me animo a decirle a la gente, porque no me van a confiar más.

–Estoy seguro de que tenés razón –dijo Juan.

Gaspar bostezó. ¿A la cama, hijo? ¿Comiste bien? Sí, la sopa que no es con agua es riquísima. Estaba muy bien hecha, reconoció Tali. La chica de la guitarra avisó que era la última canción y, cuando Tali arrancó el auto, escuchó «Gracias a la vida».

–Qué valiente esa pendeja –dijo Juan–. Y dale, vamos, que esto lo escuchaba Rosario todo el día con Betty y no quiero que Gaspar se acuerde.

Gaspar ya dormía en el asiento de atrás. La ruta hasta la casa de Tali estaba oscura y, como era de tierra, ella aceleró: varias veces se había quedado en el barro. Sin embargo la tormenta no se terminaba de desencadenar; truenos lejanos, relámpagos y esa inminencia húmeda. De chica les había tenido miedo a las tormentas pero ahora, después de tantos años, ya le daban igual salvo que creciera el río. La inundación no llegaba a su casa, que estaba construida sobre una loma, pero casi nadie más tenía ese lujo.

–Acostalo en mi cama –dijo Tali, después de apagar la luz–. Yo duermo en el colchón esta noche. Te necesita tu hijo, dormí con él.

Juan no le discutió, le sacó la ropa a Gaspar y encendió el ventilador. La casa estaba fresca. Tali lo esperaba en el sillón del living. Ninguno de los dos tenía sueño.

–¿Querés pedirle al santo por tu salud?

–Tali, no va a servir de nada.

–Qué desconfiado te volviste, che, qué te pasa. Dejame ayudarte en lo que puedo.

Juan se quedó mirando el techo un rato. Afuera, por fin, había empezado a llover.

–La mayoría de los pacientes que nacieron con un problema como el mío, en aquella época, cuando eran experimentales las cirugías, viven bastante mal. Los que no se murieron. Yo sobreviví, pero nunca me recuperé y tengo constantes complicaciones. Se puede decir que tengo suerte.

–¿Entonces te vas a dejar morir y listo?

–Intenté e intento muchas maneras de curarme, además de la medicina, y seguramente me ayudaron. Ya hablamos de esto muchas veces. No quiero morirme, Tali. Tengo miedo. Los que son como yo no se van a la muerte. Se van a la Oscuridad.

–Eso no lo sabés.

–Sí, lo sé. A veces decido no creerlo. Cuando lo creo, haría cualquier cosa por evitarlo.

Juan se levantó.

–Vamos a ver al santo. Quiero que me lo pongas debajo de la piel. ¿Podés? ¿Puede ayudarme a vivir, puede darme tiempo?

Tali se acercó a Juan, le acarició las ojeras hinchadas, la barba que no se había afeitado. Después lo sacó de la casa de la mano.

El templo era sencillo. El Señor de la Muerte, no. Tali había elegido para el santuario una talla grande, de casi un metro, de plata. Tenía una túnica negra. Se acercó al esqueleto y llenó de whisky un vasito pequeño, para ofrecérselo. Después encendió tres velas rojas. Había muchas más en el templo y debía encenderlas todas ella, porque era la guardiana.

–No te muevas –dijo–. Quedate ahí.

Tali encendió todas las velas, algunas rojas, otras negras, y puso ante el santo claveles rojos, que mantenía frescos en un jarrón de vidrio blanco. Apagó la luz eléctrica. El pequeño santuario iluminado por las velas hacía temblar al santo plateado, su capa negra, su guadaña que asomaba. A diferencia de otras imágenes que lo representaban con corona, su San La Muerte tenía la calavera pelada, sin ningún adorno. Tampoco usaba capucha. Los ojos de la calavera estaban iluminados desde adentro por piedras brillantes que se veían o no según cómo ardieran las velas. Y esa noche ardían como fogatas. Tali nunca las había visto o sentido arder así.

–Arrodillate, Juan.

Él le hizo caso y Tali se lo agradeció profundamente. A Juan no le gustaban las ceremonias. Pero a ella sí, como a su hermana, y confiaba en su santo. Dijo, en voz fuerte y clara:

Poderoso San La Muerte,

Eficaz abogado y protector de aquellos

Que te invocamos,

Ruego tu intercesión para que este enfermo

Recupere rápidamente la salud.

Poderoso San la Muerte,

Hasta que llegue el último momento

Permite que viva plenamente

Para cumplir la misión que tiene encomendada. Que así sea.

Amén.

La luz hacía sonreír al santo y Tali le devolvió la sonrisa, mostrándole los dientes, en mutuo entendimiento. Después se le acercó, le tocó los pies de plata –que estaban calientes por el calor del día– y abrió la cajita de palosanto que había sobre el altar, junto a la imagen. Miró los talismanes. Tenía uno tallado en una bala, bendecido dos veces. Lo había conseguido ella misma, en el cementerio de Mercedes. Su madre le había indicado adónde tenía que ir a buscarlo. No quería ese para Juan, había estado bajo la piel de un hombre despreciable. Eligió su favorito, el que pretendía quedarse para siempre, pero que ahora iba a entregar. Era de un estilo diferente. El señor San La Muerte estaba sentado sobre una piedra, con los codos sobre las rodillas y las manos apoyadas en la mandíbula. Ella amaba esa representación inexplicable.

–Te voy a poner en el cuerpo al Señor de la Paciencia, es lo que necesitás. Es de hueso de cristiano. Levantate nomás.

Volvió al altar con whisky y una gillette que desinfectó con alcohol. El corte, en el hombro, debía tener menos de tres centímetros y Tali fue precisa, trató de no tajear muy profundo. La piel de Juan era delicada, se abría enseguida. Levantó la piel apenas –a diferencia de todos los demás devotos a los que ella les había injertado el santo, Juan ni se movió ni respiró hondo ni hizo ruido alguno, estaba acostumbrado al sufrimiento físico– y metió con cuidado la talla, que previamente había hundido en un vaso lleno de alcohol, bajo la herida. Se llenó la boca de whisky, lo escupió sobre el tajo y dijo algunas palabras en guaraní. Tenía también vendas limpias, y, aunque era innecesario porque la incisión era muy pequeña y con suerte iba a cicatrizar pronto, le hizo un parche.

–Ya está, mi amor –dijo Tali–. Es el payé más poderoso que tengo y el que yo más quiero. ¿Ves la luz? Nunca arde así, siempre se apaga alguna vela. Esta vez no se apagó ninguna.

Seguir: parte 3 de 6