Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 1 de 6 · parte 3/6

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Nuestra parte de noche

Las garras del dios vivo, enero de 1981

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

–¿Se va a enojar tu señor si te doy un beso?

–No –dijo Tali, y se dejó besar–. ¿Querés dejarle algo? Si no le ofrecés nada, sí que se puede enojar.

Juan se acercó al altar, depositó un cigarrillo a los pies del santo y, arrodillado, agachó la cabeza. Se sacó la venda de la mano y dejó caer algunas gotas de sangre en un plato con agua que había frente a la talla. Tali se dio cuenta, entonces, de la enormidad de lo que había ocurrido. La sangre de un hombre como Juan era un premio para su santuario.

Antes de salir, la tomó de la cintura y le dijo al oído:

–¿Tu señor puede custodiar algo? Con la protección en la puerta, nadie va a poder entrar a buscarlo. Quiero dejarlo acá.

Juan sacó del bolsillo una cajita plateada: Tali ya la había visto y pensó que se trataba de un pastillero para llevar la medicación. Juan la abrió. Adentro había un largo mechón de pelo castaño, trenzado y amorosamente acomodado en espiral. Un mechón de Rosario, lo reconoció enseguida. Tali cerró la caja, le dijo claro que lo guardo y lo ubicó detrás del santo, bajo su túnica negra.

–Después del Ceremonial lo pasás a buscar.

Juan no le contestó y Tali tuvo el presentimiento de que ahora era la custodia de esa reliquia, de que estaba guardándola para algo más o para alguien más. Afuera ya no llovía. Había sido una tormenta breve. Salieron. En el camino de vuelta, Tali le dijo:

–No pensé que a vos te iba a importar el santo.

–¿Por qué? Yo siempre lo respeté.

–Eso sí, pero nunca le habías pedido nada.

–Necesito toda la ayuda que pueda tener, ahora.

Respiraba agitado otra vez. Ella entró primero en la casa y se asomó a la habitación. Gaspar dormía de costado, tranquilo. No había pensado en el chico pero mientras cerraba con cuidado la puerta, se lo imaginó despierto y solo en la casa, con la tormenta, y agradeció ese sueño tan pesado.

–Me dieron ganas de tomar whisky –dijo Juan. Tali preparó dos vasos, con hielo.

–Justo traje del Paraguay. Es bastante berreta, pero si estás antojado, whisky es. ¿Te duele?

–¿El hombro? No.

–¿Por qué preguntás? ¿Te duele otra cosa?

–Me duele el dedo. Me duele la mano. Me duele una picadura de no sé qué bicho en la espalda.

–Tendrías que tomar antibióticos, sabés.

–Seguro tenés para darme.

–Tengo porque la gente que se los pone no sabe cuidarse bien y se infectan y no quiero que nadie me eche la culpa.

–Ahora no me des nada. Después.

–Claro que después –dijo Tali, y se sacó el vestido húmedo y se acostó desnuda sobre el suelo. Juan se acostó a su lado y Tali esperó con los ojos cerrados a que él estuviera más tranquilo, a que su respiración fuera menos trabajosa.

Se despertó a la mañana sola, sobre el colchón, en el living. Juan la había cubierto con una sábana liviana y le había acercado un ventilador. Tali miró el reloj de la pared. Las seis de la mañana. Muy temprano, pero ya no podía dormir más. Se acercó a su habitación y miró dormir a Juan y a Gaspar. A pesar del calor, estaban abrazados, Gaspar apoyado sobre el pecho de su padre, su padre que le pasaba el brazo por la cintura. Tali, en puntas de pie, buscó la Polaroid que se había comprado en Asunción. La cámara era muy ruidosa, pero esperaba que el ventilador, que también hacía mucho ruido, tapara el disparo. No se despertaron cuando los fotografió y salió de la habitación para ver aparecer lentamente la imagen sobre el papel. La luz de la mañana, filtrada por las cortinas, le había dado un efecto especial: los dos parecían menos pálidos, más dorados. A Juan no le gustaban las fotos, así que no pensaba mostrarle esa imagen robada. Cuando el papel se secó, la guardó sobre la heladera, donde él no iba a encontrarla.

 

Juan sintió el dolor de su hijo como una alarma que lo despertó y esa mañana pudo abrazarlo antes de que empezara a llorar con desconsuelo y le acarició el pelo hasta que se tranquilizó. Lo llevó al baño para lavarle la cara y lo dejó solo para que se cepillara los dientes. Tali les había preparado el desayuno y había dejado una nota sobre la mesa. Se había ido al pueblo a comprar cosas que necesitaba.

Juan escribió en la parte de atrás de la nota. Gracias por todo, nos fuimos, nos vemos en PR. Calentó la leche para Gaspar, que odiaba tomarla fría. El chico estaba sentado en una banqueta alta, sin respaldo, a la que se había trepado. Estaba incómodo, le costaba hacer equilibrio. Juan no le dijo nada, no le pidió que bajara a una silla, no podía hablarle esa mañana; le latía la cabeza, había soñado con pasillos húmedos y marcas de manos en las paredes, con la luz negra que mordía.

–¿Adónde vamos?

–Nos vamos.

Gaspar empujó la leche y escupió sobre la mesa. Odiaba la nata. No quiero más, es un asco, dijo. Juan vio cómo el enojo le endurecía las mandíbulas, cómo apretaba los dientes. No me quiero ir, dijo Gaspar y se cruzó de brazos. Y por qué no, pensó Juan. Por qué no dejarlo ahí, con Tali, que ella cuidara de su hijo. Él podía venir a visitarlo de vez en cuando. O no: en unos años él sería un recuerdo lejano y Tali podía ser su madre, se iba a criar entre los esqueletos y la iglesia misteriosa, un chico del río que hablaría en guaraní, que pescaría surubíes. Noches de pacú a la parrilla y sexo sobre la arena, los jangaderos lo saludarían. También podía abandonarlo en la ruta, en algún lugar cerca del río. O en la puerta de un hospital, de una comisaría. Había chicos perdidos por todo el país. Chicos robados, chicos abandonados. Los chicos que les quitaban a los secuestrados. Alguien podía quedarse con él. Las adopciones ilegales eran una epidemia. Gaspar tenía suerte, lo aceptarían con los brazos abiertos: era hermoso y no estaba dañado, no mucho, al menos. Por supuesto, lo que imaginaba era imposible. Lo encontrarían en minutos, estaría desprotegido. Tali era la hija de Adolfo y una iniciada periférica y rebelde, pero parte de la Orden. Gaspar nunca estaría seguro con ella. No había posibilidad de escapar. Podía fantasear con huidas, lo hacía con frecuencia, pero no solo los atraparían sino que, debía reconocerlo, él no quería renunciar a su poder. Con todo su odio, su desprecio, sus ambivalencias, su repulsión por la Orden, el poder seguía siendo suyo y él no poseía demasiadas cosas. Renunciar es fácil cuando se tiene mucho, pensó. Él nunca había tenido nada.

 

–Andá a vestirte.

Juan se levantó y dijo obedeceme, andá ya mismo, y cuando el chico volvió a negarse, lloriqueando y con los brazos cruzados, le dio un golpe en la mejilla con la mano abierta, un golpe que le dio vuelta la cara, lo hizo tambalear sobre la banqueta y finalmente lo hizo perder el equilibrio. Gaspar cayó con un golpe seco, de costado, y la banqueta también cayó al piso, cerca, pero no lo tocó. Juan se le acercó ignorando sus gritos, lo sentó de un empujón y vio la marca roja en la mejilla y el labio hinchado. La punzada de arrepentimiento desapareció en cuanto Gaspar empezó a llorar. Callate, le dijo, y tirándole del pelo lo obligó a mirarlo a los ojos, a tensar el cuello hacia atrás. Le sacudió la cabeza, el pelo suave se le enredaba en los dedos porque el chico transpiraba. No seas flojo, no pasó nada. Gaspar trató de decir algo, la silla, el golpe, y Juan lo amenazó de vuelta con la mano extendida hasta que lo obligó a dejar de llorar. Andá a cambiarte, repitió, y es la última vez que te lo digo. Gaspar obedeció, corrió hasta la habitación y no cerró la puerta. Iba a tardar en vestirse, primero tenía que descargarse dándole puñetazos a la almohada, gritando te odio, te odio, te odio, pero eso Juan podía soportarlo.

Lo que no podía soportar era el sol de esa mañana, el cansancio, el dolor constante en el pecho que ya no sabía si era consecuencia de la última cirugía, de la angustia o de algún mecanismo de su cuerpo que se iba descomponiendo como un motor viejo que irremediablemente arrancaba cada vez con más dificultad hasta el ahogo final.

Se acercó a la habitación. Llevaba en la mano una tijera y un sobre. Gaspar se había puesto bermudas y una remera. Estaba sentado en la cama intentando ajustarse las sandalias, pero todavía no sabía cómo usar el velcro.

–Dejame –dijo Juan, y Gaspar lo miró con los ojos secos. Le extendió el pie para que lo ayudara. Tenía el labio hinchado, pero no sangraba. Las sandalias franciscanas eran nuevas y al principio Gaspar las había odiado, quería estar siempre con zapatillas. A lo mejor las había elegido para ofrecer una tregua. Es inteligente, pensó Juan.

–No te odio –dijo Gaspar–. Perdoname, papi, ¿me perdonás?

Juan no le respondió. Con una tijera que había traído de la cocina le cortó un mechón de pelo a Gaspar, que lo miró sorprendido. Juan no le explicó, siguió cortando y metió el pelo en el sobre. Después trazó sobre el papel dos signos: Tali sabría interpretarlos. Eran necesarios para proteger a Gaspar. Se tocó la espalda y recordó que tenía que lavarse la herida donde Tali había incrustado el Santo Esqueleto bajo la piel. Esa región y sus huesos. Tantos huesos. Como los huesos del Otro Lugar en los que Juan no quería pensar, se negaba a pensar. Rosario le hablaba de que los guaraníes, tradicionalmente, enterraban a los muertos en ollas de barro y los conservaban cerca, a veces en sus casas, porque creían que podían devolverlos a la vida. Incluso los conservaban en esas inofensivas cestas artesanales de caña trenzada que ofrecían en los mercados y a los costados de la ruta: el cadáver quedaba ahí hasta que se pudría y deshacía. Después lavaban los huesos y la familia los guardaba en un recipiente de madera. Aquellas chozas antiguas debían apestar. Rosario decía que, en algunos relatos de sacerdotes evangelizadores, se hablaba de templos donde se alababan esos huesos, el esqueleto colgado de dos palos en una red o en una hamaca decorada con plumas. El lugar estaba perfumado y el cura decía que ese esqueleto era un demonio y hablaba.

–No te olvides de la mochila –dijo, y se levantó de la cama. Fue al baño a ponerse alcohol sobre la herida; no le ardió. Trató de no mirarse al espejo. Después fue a buscar su bolso a la habitación de Tali. Antes de salir, dejó el sobre con el mechón de pelo de su hijo sobre la mesa, para que Tali lo utilizara. Esperó a Gaspar bajo el sol, en el patio de la casa.

–¿Va a estar caliente el auto?

Juan miró alrededor. El verde era atroz, hermoso, tantos tonos que era injusto llamarlos a todos por el mismo nombre. El auto estaba estacionado debajo de un sauce, a la sombra.

–Un poco, pero no le dio el sol, no va a quemar.

–Si miro el sol me duele la cabeza. Aparecen las flores esas raras en el cielo.

–No mires, entonces.

Juan también veía las flores negras en el cielo antes de una migraña. En eso eran exacta y extrañamente iguales. En cuántas cosas más se parecían, ese era el problema.

Encendió el auto y le costó maniobrar sobre el ripio hasta llegar a la ruta. En la curva de salida vio el retén policial, que estaba parando autos y revisando baúles: una larga fila esperaba su turno. Pasó junto a ellos mirando apenas, fingiendo curiosidad, y uno de los policías le hizo señas para que siguiera adelante: llevaba un arma en la mano como si estuviese a punto de usarla o la necesitara para defenderse. Juan aceleró un poco, no tanto como para que el policía pensara que estaba escapando, lo suficiente para hacerle ver que había entendido su orden. Gaspar, en el asiento de atrás, lo miró alarmado por el espejo.

–Pasate adelante –le dijo Juan.

La Orden nunca había usado para el sacrificio a policías ni a militares. La coherencia ideológica era impecable, pensó Juan. Solamente sacrificaban a quienes perseguían sus amigos y así los ayudaban. Él contribuía, pero no se sentía cómplice. Se sentía inocente. Él también era un prisionero.

El paisaje ahora estaba manchado del rosado de las hortensias, del reflejo del río entre las ramas quietas de los sauces y al costado de la ruta empezaban a aparecer las mujeres sentadas, con el pelo largo, abundante y enredado, que vendían sus cestas de caña, firmemente trenzadas con cintas vegetales de verde clarísimo y marrón casi blanco, marfileño. Estaban silenciosas con sus hijos correteando alrededor y peligrosamente cerca de la ruta. Mujeres y cestos, sauces, chicos y cruces. Gaspar quiso saber sobre las cruces, los chicos morenos y pequeños, desnutridos, no le interesaban. Son de gente que se murió en la ruta, en accidentes. ¿Están enterrados acá? No, se las ponen de recuerdo, están enterrados en el cementerio como todo el mundo.

Como todo el mundo no, pensó Juan, pero era demasiada información para esa mañana. Junto al cartel que decía Bella Vista 80 km había una cruz enorme, blanca, decorada con papel crepé rosado, varios rosarios y cintas para envolver regalos. Una cruz reciente, con su decoración intacta, que todavía no habían desteñido el calor ni la lluvia. Un muerto reciente. ¿Cuánto faltaba para que Gaspar viera a alguno? Él estaba viajando cerrado: no quería ver a un atropellado tambaleante en la ruta después de ver a Rosario en la camilla de metal de la morgue, los fémures partidos que habían roto la piel de las piernas y asomaban rosados de sangre, la cara hundida por donde había pisado la rueda; parece una medialuna, había pensado, porque así se veía desde donde él la miraba arrodillado en el piso porque no podía estar parado, los rasgos hundidos, la nariz destrozada, los ojos en algún lugar del cerebro y la frente y el mentón sobresalidos en casi una media circunferencia perfecta. La había tapado después de un rato, después de acariciarle los brazos intactos y las manos extendidas. Un médico o una enfermera le entregó una bolsita de nylon con los anillos de Rosario y sus pulseras carísimas. Juan no recordaba si el de la bolsita era médico o enfermera, varón o mujer, pero sí recordaba que le había preguntado a quién tenía que llamar. No sabía cómo continuar. La funeraria, el entierro, qué hacer. Y ella o él se lo había explicado con paciencia y claridad. Juan había tomado nota mentalmente, pero antes de hacer cualquier cosa, antes de llamar a Adolfo y Mercedes, de avisar a los guardias y a los abogados, paró un taxi en la puerta del hospital y dio la dirección del colegio de Gaspar. No podía hacer todos esos trámites solo. Entendía que no era su hijo quien debía acompañarlo en la organización de un funeral. Entendía que él debía ocuparse de todo y después tenía que consolarlo, explicarle con delicadeza la muerte de su madre. Sin embargo no le importaba lo que hacía la gente normal. Ni Gaspar ni Rosario ni él eran normales.

–¿Mamá no tiene cruz en la calle?

–No, en la ciudad no se usan.

–¿Por qué no?

–Es una costumbre de las rutas.

–¿Le podemos hacer una?

Gaspar se quedó callado, con las manos apoyadas en la guantera. Afuera, los árboles bajos parecían despeinados, desorganizados y eran definitivamente feos. Juan no se atrevía a pasar el camión que lo atrasaba y que apestaba a fertilizante. El camión dobló por un camino de tierra entre los árboles y la ruta se abrió a jacarandás y ceibos; de pronto todo era violeta y rojo y Juan respiró hondo para controlar las palpitaciones que sentía en el pecho y el cuello.

–Gaspar, pasame el agua.

El chico le dio la botella de vidrio –originalmente era de gaseosa, de Crush, que a Gaspar le encantaba– llena de agua fresca. La modesta heladera de telgopor funcionaba bien.

–¿Y eso qué es?

Juan miró hacia donde apuntaba Gaspar, que había vuelto al asiento de adelante y también tomaba el agua fría del pico.

–Eso es un santuario.

Disminuyó la velocidad para ver de qué santo se trataba: no era el Gauchito porque faltaban los típicos trapos rojos.

Era San Güesito.

Quién es, quién es, insistía Gaspar. Es un chico de tu edad, más o menos. Lo mataron unos borrachos. Por qué, ¿era malo? Los borrachos eran malos, no él. Vivía en la calle, era un chico pobre. En la calle no, en realidad, por acá, por la selva, cerca de la ruta.

Gaspar se quedó pensando, concentrado. No puedo decirle la verdad, pensó Juan, no puedo explicarle que al Güesito lo violaron antes de matarlo. ¿Entre cuántos? No se acordaba, alguna gente hablaba de cinco, otros de diez. Habían mutilado su cuerpo y habían usado su cabeza para rituales. Así lo encontraron, desangrado y sin cabeza al costado de la ruta, hacía más de veinte años. Estaba enterrado en el cementerio de Goya y su tumba estaba cubierta por todos los juguetes que no había conocido en vida.

–No quiero bajar –dijo Gaspar.

Juan coincidía con él. Tampoco le gustaba el Güesito ni su efigie, un muñeco moreno y medio desnudo con los ojos pintados en un estilo vagamente egipcio, delineados y ciegos. Le daba curiosidad qué habían puesto en la casita de ladrillos que lo protegía, pero mejor era seguir viaje.

Un cartel anunciaba 78 km. Podía llegar en una hora a Bella Vista y había tiempo de hablar con su hijo en el camino. Era más fácil en el auto: el movimiento parecía hipnotizarlo. Pasarían la noche en un buen hotel, en Corrientes. Lo necesitaba antes de intentar lo que planeaba. También necesitaba convocar cierto tipo de energía sexual que le iba a resultar difícil encontrar en estos pueblos. Podía dejar ese problema para después.

–Gaspar, ¿viste a otra señora como la del hotel?

–Señoras no.

Juan se acomodó los anteojos oscuros. Le gustaba que Gaspar entendiera exactamente qué le estaba preguntando. Lo miró y vio que en el hombro del chico –se había sacado la remera, por el calor– crecía un moretón. El golpe contra el suelo cuando lo había tirado de la silla al golpearlo. Juan le pasó el dedo suavemente por la mancha oscura.

–¿Entonces?

–En el río cuando comimos la sopa que no era agua y había música salió un señor del agua.

–¿Y cómo supiste que era como la señora del hotel?

–Porque estaba desnudo y todo hinchado y no podía estar así. Entonces hice como me enseñaste y se fue.

–Se fue enseguida.

–Sí.

Impresionante, pensó Juan.

–¿Te dio miedo?

Gaspar dudó un minuto y se pasó la mano por la frente. Su gesto de preocupación. El otro era cerrar la mano izquierda en un puño. Muchas veces Juan tenía que obligarlo a extender los dedos y no era poca la fuerza que Gaspar ponía en ese gesto de ansiedad. Se va a morir joven si sigue así de nervioso, le había dicho una vez a Rosario, y ella, furiosa, le había gritado que nunca dijera algo así de Gaspar, que cómo podía ser tan bruto, no se va a morir nuestro hijo. Todo eso parecía tan lejano ahora, esa discusión de madrugada, Rosario llevándose la almohada para irse a dormir a otra habitación, el portazo y el perfume caro en las sábanas.

–No me gustó –contestó Gaspar.

–Dame la mano y juramos para que veas que no te miento.

Juan disminuyó la velocidad. La ruta estaba vacía, así que podía manejar con una sola mano y mirar a los ojos a su hijo.

–Te lo juro. No te pueden hacer nada. No son señores y señoras, son ecos. ¿Viste cuando gritás en el garaje de casa y se vuelve a escuchar tu grito? Pero esa ya no es tu voz, la segunda vez. Esto es lo mismo. Alguna vez fueron personas, alguna vez fueron la señora del hotel y el señor del río, pero ahora no. No te pueden hacer nada. No te pueden lastimar porque ni te pueden tocar. Se te pueden poner cerca, pero no te pueden tocar. Te lo juro.

–¿Y por qué los vemos?

–Hay gente que puede verlos. Hay gente que puede ver muchas cosas más.

–Vos ves otras cosas.

No era una pregunta.

–Sí.

–¿Y yo también?

–No sé. Vamos a hacer la prueba, si querés. Y, si querés, también, hay una forma de que veas a los que son como el señor y la señora solamente cuando tenés ganas.

–¿Cuando tenga ganas?

–Claro.

–¿Y por qué voy a tener ganas?

Era una buena pregunta. Juan se rió.

–Entonces te voy a enseñar a no verlos nunca.

–¿Las flores negras son como las señoras que no son? Porque las vi al lado de las nubes y ahora me duele la cabeza.

–¿Dónde te duele?

–Acá en el ojo.

Juan estiró el brazo hacia el asiento de atrás y tanteó hasta encontrar el bolso. Tenía que darle una aspirina ya a su hijo, antes de que la migraña se desatara. Tomala con agua, le dijo, y quedate quieto con los ojos cerrados. Gaspar había heredado los desarmantes dolores de cabeza de su familia. Era imposible explicárselos a los afortunados que tenían jaquecas comunes, esos martillazos debajo del cráneo, los ojos como si fuesen dos piedras incrustadas en la cara, la luz como un cuchillo, cada ruido amplificado. Y las náuseas.

Lo peor no era eso, para él. Lo peor era que no podía quitarle el dolor a Gaspar. Los únicos dolores que podía quitar eran los que él mismo provocaba.

–Quiero vomitar papi –dijo Gaspar quince minutos después, y Juan detuvo el auto al costado de la ruta y abrió la puerta para que el chico pudiera vomitar sobre el asfalto y no se ensuciara. Le sostuvo la frente y el pelo detrás de la nuca y sintió cómo el cuerpo de Gaspar se esforzaba, se contraía y transpiraba de dolor. Iba a tener que parar en algún lugar fresco y oscuro para que el chico pudiera dormir; si no, bajo esa luz de mediodía las horas de migraña iban a ser inaguantables. Tenía que volver a casa de Tali. Sacó de la heladerita un poco de hielo y lo pasó por la frente de Gaspar, que se apretaba las sienes como un adulto.

–No llores, que es peor –le dijo.

Gaspar vomitó otra vez. Ya no tenía nada en el estómago y el esfuerzo lo hacía temblar. Juan estaba tan concentrado en sostenerle la cabeza que no notó el auto que se detenía a su lado. Oyó la voz antes de percatarse de la presencia del auto y se irritó consigo mismo, ¿estaba perdiendo reflejos, qué le pasaba?

–Buen día, ¿están bien?

Juan se dio vuelta. A su lado había un Peugeot, y el que le hablaba, el conductor, era obviamente porteño y joven e inofensivo. Ahora estaba alerta y absorbía al desconocido con toda su atención. Confiable, lo supo con total seguridad. Otro inocente.

–Mi hijo se siente mal.

–¿Necesitan ayuda? Acá, a doscientos metros, hay una proveeduría, estoy parando con la familia, tienen teléfono.

¿A doscientos metros? ¿En el monte? Juan sintió una punzada leve de desconfianza y al mismo tiempo percibió que el joven del auto también porfiaba. Ahí, en el norte, la dictadura era menos opresiva, pero cualquier persona consciente al menos encendía las alarmas ante una situación extraña. Pero, pensó Juan, esta no lo era: un chico descompuesto en la ruta, en verano. Eso era normal. Podía aceptar la ayuda y el desconocido actuaba con naturalidad al ofrecerla. Nada le indicaba peligro.

–Lo tienen escondido de la ruta al negocio, muy bien no les debe ir.

–La gente de por acá conoce dónde queda, ¿ves el camino?

Lo tuteaba, otra buena señal. Juan vio el camino de tierra: hasta había un pequeño cartel de madera que, en letras blancas, decía «proveduría Karlen».

–Mirá, mi hijo sufre migrañas. Lo que necesita es un lugar oscuro y fresco para descansar, no un negocio con gente que haga ruido. Iba a buscar un hotel.

El desconocido asintió.

–La familia vive ahí y estoy seguro de que le pueden hacer lugar en alguna de las piezas. Son doscientos metros.

Juan miró a los ojos al desconocido. Tenía rulos y, aunque ahora no los llevaba puestos, usaba anteojos: se notaban las marcas sobre el puente de la nariz. El auto estaba bastante sucio: venía viajando. La camisa beige que llevaba puesta estaba limpia. Iba a poder usarlo más tarde, si quería.

–Te sigo –dijo Juan.

La proveeduría Karlen apareció enseguida. Era una construcción modesta, mitad de ladrillos, mitad de madera, con un estacionamiento amplio, un patio y, detrás, la casa familiar, pintada de blanco. El negocio tenía una galería con una mesa larga que, en ese momento, a pesar de que era mediodía, estaba vacía. Había dos hombres tomando alguna bebida, caña quizá, apoyados en la baranda. El desconocido del auto se bajó primero y habló con la mujer que estaba parada en la puerta, una mujer de batón floreado, delantal y el pelo canoso recogido. No bien escuchó lo que el desconocido tenía para decirle, se acercó corriendo al auto de Juan, que había abierto la puerta del lado del conductor y seguía pasándole hielo por la frente a Gaspar; el chico no movía la cabeza: ya sabía que hacerlo aumentaba el dolor.

La mujer se presentó como Zulema, la señora de Karlen, la dueña de la proveeduría y el aserradero y le dijo a Juan que, si quería acostar al chico en la cama de su hijo, ella estaba encantada de ofrecérsela. No estará ojeada esta criatura, dijo, después de que Juan se presentara y le dijera que el chico se llamaba Gaspar. Puede ser que esté ojeado, le contestó Juan, pero no conozco a tanta gente que sepa curar bien el mal de ojo. En eso tiene razón, dijo la señora de Karlen, como es que le dicen, hay mucho chanta. Vengan por acá. Mi madre tenía dolores así pero yo nunca había visto en un chico. ¿No estará insolado? A lo mejor, dijo Juan. El tono de la mujer era vagamente crítico, un hombre que no sabe cuidar bien a su hijo, pensaba, pero Juan no se molestó: algo de razón tenía. No le había comprado un sombrero a Gaspar, por ejemplo. No lo obligaba a usar el cinturón de seguridad y si lo irritaba era capaz de golpearlo brutalmente, más incluso que esa mañana. Siguió a la mujer con Gaspar en brazos.

–Mi marido y mi hijo están en la isla –dijo la mujer, como si Juan entendiese de lo que estaba hablando. La casa de atrás tenía piso de cemento y en el patio una chica adolescente barría con una escoba hecha con hojas de palmera. La casa, con las habitaciones separadas por cortinas de tiras de plástico en vez de puertas, era sorprendentemente fresca. Sobre la mesa, Juan vio un vino abierto, un arreglo de flores de plástico y estampitas de la Virgen de Itatí en las paredes, enmarcadas con delicadeza. La heladera hacía ruido.

–Acá –dijo la señora de Karlen, y corrió la cortina de plástico de una habitación pequeña, con una cama de una plaza y la ventana cerrada por postigos de madera.

Juan tuvo que parpadear para acostumbrarse a la oscuridad y acostó a Gaspar con cuidado. La mujer desapareció en la cocina y volvió con una pequeña olla de aluminio con agua, hielo y un pañuelo para mojar. Juan le agradeció y ella le preguntó si quería papas. Sí, dijo Juan, pero las corto yo, usted tiene que atender. Es un segundo, dijo la mujer. No sé cómo agradecerle, dijo Juan, y la señora de Karlen lo ignoró.

Juan sacó la almohada para no mojarla y le pidió a Gaspar que se pusiera de costado. Por experiencia sabía que era mejor y además evitaba que se ahogara con el vómito si volvían las náuseas. Empapó el pañuelo en la ollita de agua y hielo y se lo puso mojado a Gaspar en la cabeza, como un gorro. La señora de Karlen trajo varias rodajas de papa, cortadas muy finas, y se las dio a Juan, que las ubicó sobre la frente de Gaspar. Cuando el chico se soltó de su mano, cuando se quedó dormido con la boca abierta y los ojos tapados por el pañuelo helado, Juan pensó en salir, subir al auto y abandonarlo ahí, en esa proveeduría perdida. Sería lo mejor para vos, hijo, pensó. Lo imaginó crecido, atendiendo detrás del mostrador o, a lo mejor, hasta manejando la jangada. Si lo abandonaba, iba a ser un hombre rabioso y callado, pero había muchos hombres así. Dejó la habitación. Afuera, la chica que había estado barriendo le preguntó en voz baja si el nene se sentía mejor y él le dijo que estaba durmiendo, que iba a estar bien cuando se despertara. Una suerte que mi hermano y mi papá estén en la isla, así teníamos lugar, si no yo le prestaba mi pieza, pero la de él es mejor. Dónde están, quiso saber Juan. Están en la isla, en el obraje. ¿Tienen un aserradero? Para hacer cajones de fruta nomás. De limones y naranjas. Vaya, señor, si quiere, a tomarle algo allá, le dijo. Si se despierta la criatura le aviso, yo le pego un par de horas de siesta pero tengo un sueño livianito nomás.

La amabilidad de los extraños, pensó Juan. ¿No se había encontrado con demasiada gente generosa y desinteresada? ¿No era una señal, no estaba frente a alguna trampa, una puesta en escena? Cerró los ojos para concentrarse mejor mientras caminaba hacia la proveeduría. No pudo sentir ninguna acechanza. Las chicharras gritaban, los pájaros estaban mudos, en los campos latía una violencia antigua y percibió también la más reciente, pero ninguna dirigida a él ni a su hijo. Lo que sí sintió, como una ráfaga, fue el deseo del desconocido del Peugeot que se había presentado como Andrés.

Ahora en la mesa de la proveeduría había dos hombres comiendo: uno terminaba un plato de fideos y el otro mordisqueaba distraídamente un sándwich. Los que tomaban alcohol apoyados en la baranda seguían ahí y hablaban de un manguruyú. Juan trató de recordar qué significaba la palabra: era un pez, creía. Uno de ellos decía «soy más feo que desayunar caballa con mate cocido» y Juan sonrió: el hombre que hablaba era realmente feo, tenía la cara marcada por alguna enfermedad infantil y era gordito, petiso, le recordaba las imágenes estereotipadas de duendes de la siesta.

Andrés, el desconocido del Peugeot, salió de la proveeduría con la señora de Karlen y después de preguntarle por Gaspar quiso saber qué quería tomar, como si fuera un empleado. Que no lo era resultaba obvio en sus modales, en su acento de Barrio Norte de Buenos Aires, en la calidad de su ropa.

–Una gaseosa. Bien fría, si tienen.

–Tienen, no sabés lo fuerte que ponen el frío de las heladeras por estos lados.

Juan levantó una ceja. Sí que sabía.

–¿Trabajás acá?

–Me quedé con ellos unos días y como no aceptan plata los ayudo antes de irme.

Andrés destapó la Crush con dificultad. Estaba nervioso. No se sentó a la mesa hasta que se retiraron los dos camioneros y los de la baranda, ya bastante borrachos, se fueron a descansar bajo un sauce; Juan se dio cuenta recién entonces de que estaban muy cerca de una laguna.

–¿No querés comer algo?

–A lo mejor más tarde –dijo Juan, y se quedó mirando la botella vacía de Crush que se había tomado en tres tragos, del pico.

Andrés se acomodó los rulos que llevaba bastante crecidos y le explicó cómo había llegado a la proveeduría. Dijo que era fotógrafo, que estaba haciendo un trabajo sobre la Mesopotamia. Lo llamó así: «un trabajo». Fotografiaba gente, sobre todo. Los Karlen lo habían dejado entrar en su intimidad y no solo los había fotografiado en la proveeduría y en su casa, sino también en el obraje de la isla del Paraná donde de noche gritaban y peleaban los monos carayá. Contó el viaje por el río: de ida en lancha y de vuelta en jangada. Ahora los hombres estaban otra vez en la isla. También contó sobre un baile que había fotografiado apenas dos noches antes: lo habían llevado los hijos de Karlen en tractor porque la lluvia había embarrado demasiado los caminos de tierra. Juan escuchó con atención. Por qué Corrientes, por qué esta zona, quiso saber. Porque no conozco la Argentina, dijo Andrés. Viví en Italia varios años.

–¿Y por qué volviste? ¿No te dan miedo los milicos?

Andrés dio un respingo.

–No te pongas paranoico –dijo Juan.

–¿Adónde están yendo ustedes?

Juan sabía que le debía una explicación y además era la única forma de darle confianza. El fotógrafo había sido amable, aunque a lo mejor no del todo desinteresado. A Juan le había costado entenderlo, pero sabía el efecto que causaba su apariencia en hombres y mujeres. Había aprendido a entender el deseo de los demás, y a usarlo, si no era capaz de disfrutarlo.

–Vamos a visitar a mis suegros, a Posadas.

No iba a contarle la verdad, pero sí una versión paralela creíble, similar, espejada.

–Son ricos. Podría haber venido en avión, pero quise hacer el viaje en auto. Yo tampoco conozco tanto el país.

No tenía sentido mentirle porque, cuando Gaspar se despertara, iba a hablar –siempre, además, estaba extrañamente conversador después de una migraña–, así que le dijo que era viudo y que era la primera vez que viajaba solo con su hijo.

La señora de Karlen, desde la puerta de la proveeduría, escuchó la charla y se apuró a traerle a Juan un plato de milanesas con puré diciéndole que tenía que comer algo. Después, anunció que ella también se iba a dormir la siesta.

–Aviso si la criatura se despierta nomás le digo. Pase cuando quiera a la casa a verle.

Andrés quería saber por qué eran ricos sus suegros y Juan le dijo que tenían una maderera importante. Después preguntó si podía usar el sillón hamaca que estaba cerca de la puerta y Andrés dijo que sí y trajo otro de adentro del negocio. También llevó dos cervezas. Juan sacó dinero del bolsillo y le pidió al fotógrafo que después lo agregara a la caja o donde fuese que guardaban la plata los Karlen. Le pidió otra gaseosa, no quiero tomar alcohol y manejar, dijo. Pensé que se iban a quedar más. No, mañana tengo que estar en Posadas.

El fotógrafo pareció decepcionado y después le contó que se estaba cansando de fotografiar gente. Que había empezado a sacarles fotos a los santitos de la ruta. Lo había impresionado el altar de San Güesito; mucho más después de conocer la historia, y a eso iba cuando se los encontró en la ruta, a fotografiar más altares.

–No te quiero interrumpir –dijo Juan–. Todavía tenés buena luz, andá.

–Prefiero quedarme con vos –dijo el fotógrafo, arriesgado, y le dio un trago a la cerveza–. Vos me interesás más que cualquier otra cosa ahora.

Juan sonrió apenas. Ahora él tenía que dar el siguiente paso.

–Qué coraje. Yo no sé si me animaría a intentar un levante por acá, con tantos cuchilleros medio en pedo.

–No te creas. No sabés lo que se coge. En el baile, la otra noche, cogí más que en todo el tiempo que viví en Italia. Están desatados.

Juan se rió.

–¿Conocés la Capilla del Diablo? La tenés que fotografiar.

–Algo me dijeron, la gente le tiene miedo.

–Se hacen misas. Aunque no está consagrada. Eso dicen. En vez de vino usan el agua de un recipiente donde se haya bañado un bebé sin bautizar. Uno pensaría que lo más adecuado sería una copa de sangre, ¿no?, pero prefieren agua sucia.

–¿Y para qué se hacen esas misas? –quiso saber el fotógrafo.

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–Para lo que siempre se hacen cosas así: para dañar a alguien. ¿Sacás fotos de noche? Entonces, podés ir a ver si pasa algo. Si pasa, seguro es los viernes.

–¿Vos creés en esas cosas?

–No –volvió a mentir Juan–. Mi mujer creía bastante. Si hace mucho que estás por acá no te tengo que explicar que son todos medio brujos. Voy a ver cómo está mi hijo.

En la casa el silencio era total, salvo por el suave zumbido de los ventiladores. Fue directo a la habitación donde dormía Gaspar y, con cuidado, le sacó las rodajas finas de papa, que estaban calientes y secas; quedaba hielo en la olla y volvió a empapar el pañuelo. Logró hacerlo sin despertarlo. Salió tratando de no hacer ruido. Cuando volvió a la proveeduría, el fotógrafo había sacado un ventilador del negocio y lo esperaba con otra gaseosa. Una Coca-Cola. Tampoco podía tomarla. Parecía un chiste: el fotógrafo quería agasajarlo y se equivocaba cada vez. Además, se había quitado la camisa. Era delgado y lampiño en el pecho, lo que resultaba sorprendente porque sus brazos eran casi hirsutos, oscuros. El fotógrafo estaba nervioso. Juan no hizo nada para tranquilizarlo. Se sentó cerca de él y le pidió que le contara más sobre sus fotos. Andrés le habló de las islas del río y del miedo que le habían dado las peleas de los monos. No había podido retratar a ninguno. No le interesaban las fotos de animales, le dijo. Las haría solamente por dinero. Si me contrata la National Geographic, por supuesto. Lo que le gustaban eran la gente y los edificios. En Italia se había cansado de los edificios porque era todo trascendente o fastuoso, pero ahora, en las casas sencillas y aparentemente similares del Litoral, había encontrado de vuelta el gusto por los lugares donde vivía la gente. Juan estuvo a punto de decirle que debía explorar mejor, que en la región había mansiones extraordinarias, de piedra blanca en medio de parques con palmeras que ocupaban hectáreas. Prefirió preguntarle si conocía Venecia y escuchó lo que el fotógrafo tenía para decir sobre los canales y el Palacio del Duque. I stood in Venice / A palace and a prison on each hand, pensó Juan, que recordaba bien los versos. Se sacó la camisa, despacio: hacía mucho calor. Esperó la reacción del fotógrafo: no todos se impresionaban. A algunos las cicatrices de las operaciones les resultaban más o menos indiferentes, no todos tenían suficiente información para comprender su significado o su gravedad.

El fotógrafo, sin embargo, entendió. Dios mío murmuró, pero no con lástima: con sorpresa.

–¿Qué te pasó?

–Son cicatrices de cirugías. No me dispararon ni nada. No soy un revolucionario herido.

El fotógrafo murmuró que no había pensado eso. Y después Juan le contó todo: que había nacido con un defecto cardíaco muy grave. Y que lo habían operado varias veces de chico. Otra de adolescente, en Europa. La última hacía unos seis meses.

–¿Seis meses? ¿Y andás solo por acá?

–Estoy recuperado –dijo Juan. Miró al fotógrafo a los ojos y se apoyó contra el respaldo de la silla.

–No parecés enfermo. Sos muy pálido, pero ¡sos muy rubio! Y tenés un cuerpo increíble, no parecés, no sé, débil. ¿En serio estás mal? ¿No sirvió de nada la operación de hace poco?

–De algo sirvió. Pero no voy a curarme nunca. Por eso no puedo tomar tu Coca, al menos no ahora, porque después tengo que manejar.

–Por la cafeína. Sos valiente, en la ruta, con una criatura, solo. ¿La cicatriz de las costillas también es por el corazón?

Juan la tocó con el dedo: la cicatriz iba desde las costillas hasta la espalda. Giró un poco el tronco para que el fotógrafo pudiese verla entera.

–Sí, esta es la primera.

–¿Y lo del brazo?

–Una quemadura.

–Te pasa de todo.

Se miraron en silencio.

–Gracias por mostrarme –dijo el fotógrafo.

–Quería que supieras porque a lo mejor me muero arriba tuyo dentro de un rato.

El fotógrafo no se rió.

–Si querés, te llevo en auto a Bella Vista.

Juan se levantó del sillón y se acercó a Andrés, que lo agarró de las caderas como si quisiera evitar que se le cayera encima.

–No quiero que me lleves a ningún lado.

El fotógrafo acarició el vientre plano de Juan con la punta de los dedos. Tenía las orejas coloradas.

–No puedo creer que quieras estar conmigo. Sos el tipo más hermoso que vi en mi vida. Más que hermoso.

–Callate –dijo Juan–. Acá no, vení.

Entró en la proveeduría. Pasó detrás del mostrador, lejos de la máquina de cortar fiambre, y se apoyó contra la heladera, que era vieja y ruidosa y estaba pintada de marrón, como si fuese de madera. Ahí dentro, ya protegidos por la cortina de plástico, el fotógrafo preguntó si las cicatrices dolían. A veces, dijo Juan. El hueso, el esternón, me duele siempre cuando está por llover. Prometeme que no te va a pasar nada, dijo Andrés, mientras le desataba el cinturón. Juan lo dejó agacharse y bajarle los pantalones. El fotógrafo gemía y transpiraba y Juan pensó que si alguien los encontraba podían pasarla mal; si los descubrían, los borrachos no iban a ser amables con dos maricones. Agarró a Andrés de los pelos con fuerza y le dijo: «Más despacio.» El fotógrafo dijo que sí con la cabeza apenas y, cuando cambió el ritmo, Juan sintió cómo la transpiración le humedecía la espalda casi hasta hacerlo resbalar sobre la puerta de la heladera que zumbaba en el calor de la siesta. Entonces cerró los ojos y se concentró en el signo, se concentró hasta que estuvo lejos del calor y la siesta, flotando entre estrellas muertas, buscando entre los huesos el sello de la llamada, el permiso, la bienvenida.

 

No tuvo que decirle que se tragara hasta la última gota, Andrés lo saboreó con una voracidad inquietante. De todo lo que alguien podía usar para dañarlo, nada era más conveniente que el semen y Juan no quería dejar un resto en ningún lado. Se alejó hasta la puerta de la proveeduría para vigilar que nadie entrara mientras el fotógrafo se masturbaba en un rincón. El fotógrafo no tenía ninguna posibilidad de saber qué estaba sucediendo realmente. La doble corriente, lo llamaban en la Orden. Él, como todos, siempre había tenido compañeros de ambos sexos: el andrógino mágico. Los rituales, por supuesto, eran complejos y poco tenían que ver con un encuentro como el que había tenido con el fotógrafo, pero Juan, como siempre, caminaba al borde de la herejía y el peligro. Además, lo disfrutaba. Dejó que el fotógrafo lo besara en los labios, volvió a ponerse la camisa y oyó cómo el fotógrafo iba hasta el baño del fondo a lavarse. Era un baño externo, pero aparentemente tenía alguna canilla rudimentaria, porque Andrés volvió con las manos mojadas y se las secó en los pantalones. Juan sintió en sus propias manos la potencia de la energía convocada. Iba a alcanzar para lo que tenía por delante, la invocación que quería realizar.

–Quedate a dormir –pidió el fotógrafo–. Osvaldo y el hijo no vuelven hasta mañana.

Juan no le contestó. Miró la hora: apenas las dos de la tarde. Sin contestar, fue al auto: sacó del bolso algunas hojas en blanco que tenía para que Gaspar dibujara. Y la medicación. Su hijo se estaba despertando.

Cuando volvió a la proveeduría, Andrés le había traído una Fanta pomelo. Esto sí podés, no me digas que esto tampoco. Juan le dijo esto sí y usó la gaseosa para tragar las pastillas. El fotógrafo lo miraba con los ojos húmedos. Juan pensó que había sido egoísta, que tendría que habérselo cogido hasta hacerlo gritar sobre el mostrador de la proveeduría, pero estaba cansado. Dejó la gaseosa por la mitad y fue a buscar a Gaspar, que sentado en la cama miraba alrededor con más curiosidad que susto.

–¿Cómo te sentís?

–Tengo hambre.

–Entonces estás bien.

Lo alzó en brazos y cruzó el patio lentamente. Tengo que comprarle un sombrero, pensó. Después le pidió a Andrés que, por favor, hiciera un sándwich de milanesa para Gaspar. Mientras el chico comía, fumó un cigarrillo. Dejó el dinero del sándwich sobre el mostrador.

–Necesito un retrato de ustedes –dijo el fotógrafo.

–No. Odio las fotos.

–Yo soy muy buen fotógrafo, de verdad. Te voy a hacer famoso.

–Peor.

–Con ese cuerpo y esa cara, no podés odiar las fotos. Qué te cuesta. Un recuerdo.

Andrés los ubicó contra la pared blanca de la proveeduría. Gaspar dejó el sándwich sobre la mesa, a pesar de que el fotógrafo le aseguró que podía tenerlo en la mano. Queda feo, dijo el chico, y el fotógrafo se rió. Juan se cruzó de brazos; tenía la camisa abierta hasta la mitad del pecho. Andrés se le acercó para acomodarle el pelo. Gaspar se abrazó a la pierna de su padre. Antes de disparar, el fotógrafo los miró: el chico de ojos azules redondos y el pelo oscuro, un poco ojeroso después de la siesta y el dolor de cabeza, con su remera lisa y limpísima; el hombre hermoso que se metía las manos bajo la camisa oscura y miraba la cámara con una expresión tranquila que encubría su apuro. El mentón partido, el largo hoyuelo; los ojos sobre todo verdes, pero también amarillos. La cicatriz que brillaba un poco, como si estuviese recubierta de una pátina de cera. Tomó dos fotos en blanco y negro y una en color, y cuando intentó pedirles que hicieran alguna otra cosa, que posaran diferente, Juan le dijo de ninguna manera. ¿Nos vas a mandar las fotos?, quiso saber Gaspar, mientras le daba vueltas al sándwich que ya no quería comer.

–¿Conocés Posadas? –preguntó Juan de repente.

–No, pero pienso ir pronto.

–Vamos a estar dos semanas ahí. La casa de mi suegro es muy fácil de encontrar. Cuando llegues, buscá el Hotel Savoy. Es histórico, lo conoce todo el mundo. Ocupa media manzana. La otra media manzana es la casa de mi suegro.

Juan vio la esperanza en los ojos del fotógrafo y siguió mintiendo.

–Tocá el timbre nomás. Gaspar, terminate la soda ya. Si no querés comer, dejá el sándwich, o lo guardamos en la heladera. ¿Te duele la cabeza? ¿No? Bueno, nos vamos.

El fotógrafo los acompañó hasta el auto.

–Voy a ir a Posadas a buscarte. Me volvés loco. Te digo en serio que voy a ir.

–Tranquilo –dijo Juan, y subió al auto. Antes de arrancar le dijo al fotógrafo andá a la Capilla del Diablo, no te olvides, te va a gustar. Y, por favor, dale esto a la señora de Karlen.

Le entregó un papel. Era una breve nota de agradecimiento. Cuando arrancó, el fotógrafo corrió detrás del auto un poco y gritó no sé tu apellido. Juan, que iba despacio, pisó el freno. Dinesen, le dijo. Como la escritora. Qué escritora, preguntó el fotógrafo, con las manos sobre la ventanilla. Isak Dinesen, le contestó Juan. Vamos, que sos un chico educado en Europa. El fotógrafo se quedó parado bajo el sol: Juan se dio cuenta de lo joven que era. Veintiuno, veintidós años. No le había preguntado la edad. No le interesaba. Después volvió a arrancar y Gaspar se asomó por la ventanilla y saludó con la mano al fotógrafo, a la proveeduría y al perro gordo que les ladraba a las ruedas del auto.

Gaspar habló todo el viaje hasta la ciudad de Corrientes y Juan trató de prestarle atención sin irritarse. Recordó una tarde fría, cuando un chofer los llevaba desde la casa donde vivían con Rosario hasta el departamento de sus suegros en Avenida Libertador –siempre les mandaban chofer aunque a Rosario le encantaba manejar–. Estaba incómodo con sus piernas largas en el asiento de atrás, las ventanillas cerradas lo ahogaban y Rosario insistía en un juego monótono con Gaspar, una serie de adivinanzas: ¿qué tiene el cuello largo y cuatro patas y come hojas de los árboles? ¡Una jirafa!, gritaba el chico, y retumbaba en el espacio cerrado la carcajada y la felicitación con voz aniñada de la madre y Juan trataba de concentrarse en la ciudad afuera, pero era incapaz de bloquear las sensaciones de la calle, 1978 y la matanza era general. Juan odiaba salir de su casa, no tenía la fuerza para cubrir los ecos y el temblor de la maldad desatada: no había sentido nunca algo así. Incluso lo había alejado de su hijo, que estaba en una edad ruidosa y demandante, ya no se parecía a su niño adorado de la primera infancia. Rosario solía decirle «cerrate, te ayudo» y no quería creerle que los métodos habituales no eran suficientes, que hacía falta una reinvención de la protección y él no tenía las herramientas para encararla. Los dos primeros años de la dictadura habían sido así: lo desencadenado, para Juan, se sentía como un ataque directo. Rosario seguía: qué ladra y tiene el hocico frío, qué tiene bigotes y araña, qué tiene ocho patas y camina por las paredes. Y los gritos de Gaspar. Recordaba cómo la violencia lo hacía sentirse afiebrado, cómo tuvo la seguridad de que, si el chico no se callaba, iba a romperle el cuello como si fuera un tallo o un animal pequeño. Le había pedido al chofer que se detuviera y se bajó del auto sin decirle nada a Rosario: prefería la vibración del mal en la calle, la sentía más cercana y en cualquier caso más fácil de soportar que el griterío en el auto. Rosario lo siguió y él, recordaba, le había dicho no me toques, no voy a volver, dejame en paz. O qué, dijo ella. O los mato a los dos, contestó él, y, aunque no creía ser capaz de siquiera golpear a Rosario, en ese momento estaba diciendo la verdad de lo que sentía y caminó durante horas, escuchando y temblando, hasta que tuvo que sentarse en un banco de plaza, perdido y mareado, con la respiración vacilante y dificultosa. La ciudad gritaba, el aire estaba lleno de ruegos y rezos y risas y aullidos y sirenas y la vibración de la electricidad y chapoteos pero él no podía convencerse de volver a su casa y no había nadie que pudiese recibirlo salvo su familia.

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