Nunca te olvidé
Capitulo 8
Seis años después
Volver a casa después de seis años la ponía nerviosa y entristecía a partes iguales, porque tras la muerte de su abuela, una de las personas más importantes de su vida, se sentía más sola que nunca y estaba segura de que Ford Creek no sería lo mismo.
Después de acabar sus estudios en Dallas le habían ofrecido un fantástico puesto de trabajo como secretaria ejecutiva en una multinacional y tres años más tarde, la mala fortuna quiso que se quedara sin empleo por un recorte de personal que acabó con sus proyectos. Tras semanas entregando currículums, una llamada de su hermana la sacó de su tristeza y, con su persistencia, consiguió convencerla de volver a casa porque estaba embarazada de gemelos y deseaba que estuviera cerca.
Jane intentó rechazar la idea alegando que tenía que encontrar un trabajo, pero Darlene, que siempre tenía respuesta para todo, le informó que en la comisaría necesitaban una secretaria y, aunque no era un cargo tan importante como el que tenía anteriormente, al menos estaría cerca de su familia. Jane finalmente cedió al chantaje emocional de Darlene y decidió volver a casa.
Will, su novio, no estuvo de acuerdo cuando se lo contó. Se enfureció porque no hubiera hablado con él antes de tomar una decisión tan importante como aquella. Tras días de disputas finalmente aceptó, a pesar de la distancia
que les separaría. Llegaron al acuerdo de verse cada quince días como solución temporal. Cuando se despidieron ambos lloraron abrazados y él prometió que conseguiría alguna solución para estar más tiempo los dos juntos, tenía pensado pedir un traslado a una empresa que estaba más cerca de Ford Creek.
Jane llegó el viernes por la noche a la puerta de su nueva casa, la que había heredado de su querida abuela. Al lunes siguiente tenía la entrevista con el Sheriff Abott y quería estar relajada.
Estar de nuevo en aquella casa despertó recuerdos que creía ya olvidados, sobre todo de su abuela, a la que necesitaba tanto en aquellos momentos. Tras meter sus pertenencias en el interior de la casa estaba tan cansada que decidió dejar todo para el día siguiente y se acostó sobre la antigua cama de hierro forjado quedándose dormida al instante. A la mañana siguiente y tras tomar un vaso de leche con unas galletas crujientes decidió colocar sus libros en una vieja estantería de roble cuando sonó el timbre. Contrariada chascó la lengua y se dirigió hasta la puerta.
No se molestó en adecentarse, vestía unos pantalones cortos color rosa claro y una camiseta de tirantes blanca.
Cuando abrió la puerta su sonrisa radiante se quedó congelada al ver quién estaba apoyado en un poste del porche. Parecía un espejismo que venía del pasado para atormentarla.
Jack la miró extasiado cuando se presentó ante él tras la puerta. Desde las uñas de sus pequeños pies descalzos pintadas de rosa, siguiendo por sus largas piernas apenas cubiertas por aquellos short y su largo pelo suelto a su espalda. Seguía siendo tan fresca y dulce como la recordaba a los diecisiete años pero era más exuberante que antes. Incluso podía percibir su dulce olor, que ahora
era más intenso, a pesar de la distancia que les separaba.
Aún no podía comprender por qué demonios había ido hasta allí.
Quizás solo quería ver si era como la recordaba o solo la había idealizado con los años, pero no era así, era incluso mejor que en sus fantasías más inconfesables.
El primero en hablar con voz rasgada fue él:
—Hola, dulce Jane.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con el corazón acelerado al encontrarse frente a él.
—Vivo en este pueblo —contestó llanamente.
—Creí que te habías marchado hace años.
—Sí. Pero, como ves, volví.
—Jack —hasta decir su nombre le costó— ¿A qué has venido?
—Solo quería corroborar que habías vuelto.
—Como ves, es verdad —contestó con mayor soltura, recuperada ya del susto—. Ahora si no te importa, estoy ocupada.
—Jane, tranquila —dijo mientras daba un paso para acercarse más a ella—, no pretendo que pierdas tu valioso tiempo, pero aun así… ¿No me vas a invitar a tomar un café? ¿En la ciudad has olvidado la hospitalidad típica de Ford Creek?
—Lo siento, no tengo café —dijo contrariada mientras intentaba cerrar la puerta.
Jack se lo impidió colocando su gran mano sobre la puerta. —Si no tienes café —dijo a diez centímetros de su rostro—, me conformaré con un dulce… —intentó besarla, como ella había temido, pero consiguió apartarle y le dio una sonora bofetada.
Jack se tocó la mejilla afectada.
—Parece que ya no eres la dulce Jane —se apartó sin dejar de sonreír—. Será mejor que me vaya, pero volveremos a vernos.
—No creo que lo vean tus ojos, Salvaje Jack —comentó furiosa.
—Jane, ahora solo soy un dulce gatito —dijo antes de darse la vuelta en dirección a una bonita camioneta nueva de color cereza que estaba aparcada junto a su coche.
—Sería estúpida si te creyera —se dijo a sí misma mientras él ya arrancaba el motor.
Cuando cerró la puerta y se apoyó en ella aún notaba sus pulsaciones aceleradas y los oídos le zumbaban. Sentía que había estado frente a un fantasma de su pasado que volvía para apabullarla. Jack parecía más atractivo que antes, con esa aura oscura que le rodeaba ya desde que era un joven indómito, y aquello la asustó. Solo había variado en él una cosa, parecía más tranquilo que seis años antes e incluso le había sonreído como pocas veces le había visto hacer en el pasado que ambos tenían en común. Muchas veces había pensado que podía llegar el día en que tendría que enfrentarse a él, pero no que sería tan pronto. Nadie le había dicho que Jack estaba en Ford Creek y tampoco ella había preguntado y se sintió débil tras su cercanía porque aún no estaba preparada para enfrentarle.
Como una autómata caminó hacía el sillón verde de su abuela y se sentó pesadamente. Todos los recuerdos sobre Jack asomaron a su cabeza volviéndola loca. Tras unos momentos de silencio se levantó resuelta a dar un paseo por el bosque con la intención de desterrarle. Sus pasos la llevaron por el sendero que conducía al viejo establo, pero no encontró el edificio que esperaba ya que en su lugar había un muro de piedra de medio metro de altura que ahora dividía la propiedad de su abuela. Al otro lado se
erigía una casa de dos plantas de piedra con un bonito tejado de teja roja y rodeada por un bello jardín. Se sintió confusa porque nadie le había dicho que su abuela hubiera vendido parte de la propiedad. ¿Quién viviría allí? ¿Cuándo se había fabricado esa casa? ¿Quiénes serían sus vecinos?
Demasiadas preguntas sin respuestas que ella estaba decidida a conocer. Al menos le consoló saber que si tenía algún problema tendría a quien acudir. Siguió por la vereda para dar un largo paseo que logró relajarla y cuando volvió a casa decidió llamar a su hermana para saber quién era su nuevo vecino que le parecía tan misterioso a su pesar.
Tras varios tonos Darlene cogió el teléfono y contestó con voz cantarina: —¡Jane! Esperaba tu llamada desde ayer
—le espetó.
—Lo siento, Darlene, cuando llegué estaba tan cansada que se me olvidó. Solo te llamaba para ver cómo estás.
—Un poco dolorida. Tus sobrinos ya pesan demasiado aquí dentro. ¿Qué has hecho esta mañana? —preguntó curiosa.
—Estuve paseando por el bosque y me encontré con un muro. ¿Esas tierras no eran de la abuela?
—Le vendió el terreno hace tres años al Sheriff Abott.
Mamá se enfureció con ella, pero ya sabes que a la abuela no la dominaba nadie.
—¿El Sheriff? —preguntó extrañada.
—Sí, se me olvidó comentártelo —se excusó.
—Bueno —contestó con humor—, será más seguro vivir al lado del Sheriff que además es mi futuro jefe.
—Es un buen hombre.
—Eso espero.
—¿Vas a venir a ver a tu gorda hermana? —le preguntó Darlene con esperanzas.
—Mañana, cuando salga del trabajo.
—Está bien —concedió algo desilusionada—. Mañana es tu primer día, espero que empieces con buen pie. Será como cuando ibas al colegio y subías de grado, ¿verdad?
—Espero que ser la secretaria del Sheriff no sea trabajo de alto riesgo.
—Te aseguro que esto no es Dallas, el último suceso grave que ocurrió aquí fue hace dos meses cuando la señora Moon excedió al límite de velocidad en la calle mayor.
—Que aburrido. Me esperaba otra cosa.
—Puedes tramitar muchas multas…
—Claro, de señoras de ochenta años que exceden el límite de velocidad.
—Jane, ¿vienes a cenar a casa? —insistió—. No me digas que no, tengo muchas ganas de verte.
La ilusión en la voz de su hermana la desarmó y decidió aceptar. —Está bien, tengo la nevera un poco vacía.
—Eres un desastre, si mamá te viera…
—Gracias a Dios, no está —soltó un sonoro suspiro—.
Me alegro de que papá y mamá decidieran irse de vacaciones a cientos de kilómetros y pasen una larga temporada allí…
—No te hagas ilusiones que pronto volverán para el nacimiento de sus nietos.
—¿Será pronto para pedir vacaciones en el trabajo?
La risa de Darlene sonó al otro lado de la línea antes de contestar:
—Eres incorregible.
—Lo sé.
—Te quiero mucho, Jane, y te he echado de menos todo este tiempo.
—Y yo a ti hermanita. En una hora estoy en tu casa.
—Te espero con ansias.
***
Aquella mañana se puso su mejor traje pantalón negro con una camisa blanca y completó el conjunto con unos altos tacones. Incluso se había esmerado más de lo habitual en el maquillaje. Quería dar buena impresión en su primer día de trabajo. Tras aparcar su coche en el parking de la comisaría caminó con paso lento hasta el edificio porque le temblaban las piernas por los nervios. Abrió la puerta tras soltar el aire que contenía en los pulmones y entró.
Llegaba cinco minutos antes de la hora porque le gustaba ser puntual y, al llegar al mostrador y no encontrar a nadie, decidió ir directamente a la puerta donde se leía en letra cursiva: Sheriff Abott, y llamó con los nudillos. Al otro lado de la puerta una voz profunda le indicó que entrara y así lo hizo. Al cruzar el umbral no vio a nadie, solo una alta silla que tapaba a su ocupante que le daba la espalda y que parecía estar mirando por el amplio ventanal.
—Buenos días, señor Abott. Soy Jane Montgomery.
Vengo por la entrevista de secretaria.
—Lo sé —aquella voz le resultó extrañamente conocida y sus peores temores se confirmaron cuando la silla se giró y ante ella apareció Jack—. El puesto ya es tuyo, tienes el mejor de todos los currículums que he recibido.
—¡Dios mío! —exclamó sentándose en una silla cercana porque las piernas le temblaban—. Jack… ¿Jack Abott?
—Sí. Al poco de morir mi madre decidí cambiar mi apellido.
—¡Me has engañado! —gritó furiosa.
—No lo hice, necesitaba una secretaria y tu currículum llegó a mi mesa. Eso es todo. ¿No quieres el empleo?
Dímelo, porque si no, tendré que buscar otra candidata.
—No será necesario. Lo necesito. —Ahora que se había mudado y su piso de Dallas estaba de nuevo alquilado no podía volver.
—Supongo que podremos comportarnos como adultos.
—Por supuesto —contestó rotunda.
—En tu mesa está el listado de tareas cotidianas. Mi anterior secretaria se fue sin avisar, de un día para otro.
—Bien —dijo Jane levantándose de la silla—. Cuanto antes empiece mejor.
—Si viene alguien di que estoy ocupado a no ser que sea algo urgente.
—Como guste, señor Abott.
—¡Por Dios, Jane! Llámame Jack, nos conocemos hace mucho tiempo.
Jane agradeció el trabajo atrasado porque su primer día en la oficina del Sheriff pasó volando y estando tan ocupada que no tuvo tiempo de pensar en la locura que estaba cometiendo al trabajar para Jack. Solo de pensar que tenía que verle todos los días se sintió como la adolescente que una vez fue. En todos los años transcurridos desde su separación nunca se había accedido salir con ningún hombre, hasta que conoció a Will y se permitió intentar amar a otro hombre de nuevo. Era una buena persona y la trataba como a una verdadera princesa.
Desgraciadamente al ver a Jack se había percatado de que su corazón seguía perteneciendo en parte a aquel hombre.
Sus esfuerzos no habían servido para nada en todos esos años.
Tras una semana de trabajo estaba tensa como la cuerda de una guitarra por la cercanía de Jack, que ahora era su jefe. Tampoco ayudó demasiado que su hermana le comentara que en menos de dos semanas sus padres volverían a casa. Aún sentía resentimiento contra ellos por destruir su amor con Jack. Aquella mañana de sábado no hizo el esfuerzo de levantarse nada más abrir los ojos porque no tenía que trabajar.
Tenía muchas cosas por hacer en casa, las cajas aún se apilaban en el salón de una forma caótica. Decidió empezar a organizar la cocina, cosa que casi la volvió loca. ¿Cómo podía acumular tantos trastos que ni tan siquiera sabía para que servían? En la tarde acabó cansada y hambrienta, lo que la llevó a escribir la lista de la compra que no podía esperar por más tiempo tras comer por quinta vez una lata de judías verdes en conserva. Sin demasiadas ganas se vistió con un chándal de color gris y se calzó unas deportivas antes de coger las llaves del coche para llegar al supermercado. Estaba deseosa de ver algún alimento que no fuera de color verde.
El supermercado no era muy grande pero lo suficiente para encontrar todos los productos que necesitaba su triste alacena. Recorrió el último pasillo comprobando la lista para cerciorarse que no se olvidaba nada y, cuando estuvo segura, se dirigió a la única caja que se encontraba operativa.
Estaba colocando los productos en la cinta de la caja cuando las puertas automáticas se abrieron para dar paso a un hombre grande que ocultaba su rostro bajo un pasamontañas negro. El establecimiento estaba casi vacío a esa hora de la tarde, parecía que conocía el mejor momento para atracar la caja. Tras otear a su alrededor sacó una
pistola de la cinturilla de su pantalón y apuntó a la joven cajera.
—¡Todos al suelo! —gritó con voz profunda. Jane solo pudo observar a la joven que parecía atemorizada por el arma que la apuntaba y más cuando él volvió a gritar junto a su oído: —Coge unas bolsas y vacía la caja. ¡Rápido!
—Si… sí, señor —titubeó siguiendo sus órdenes con manos temblorosas. En un momento dado se le cayó una de las que ya estaban llenas causando un gran estruendo con las monedas. Sin poder controlarse empezó a llorar y el atracador empezó a ponerse nervioso.
—¡Zorra! —la insultó antes de propinarle una fuerte bofetada con la mano libre. Volvía a levantar la mano cuando Jane se dirigió a él con valentía.
—Yo lo haré —se ofreció levantándose del suelo—. Deje a la chica, por favor, está asustada.
El atracador la miró detenidamente y con destellos de lascivia que se reflejó en sus ojos.
—Está bien, ven aquí —cuando llegó a su altura la cogió del brazo y empujó a la dependienta contra el suelo
—. Empieza. No tengo toda la tarde.
Siguió sus órdenes sin demora y, cuando estaba a punto de terminar con la última caja, la puerta trasera se abrió dando paso a Jack con su reglamentaria apuntando a la cabeza del atracador sin vacilar. Este también fue rápido en sus movimientos, cogiendo a Jane por el cuello y apuntando a su sien con el arma.
Jack reconoció al instante el rostro tenso de ella que le miraba atemorizada. Su corazón palpitaba aceleradamente por el miedo, pero sabía que lo único que podía hacer era mantener la calma o ella podría salir herida.
—Sheriff, es rápido, pero voy a salir de aquí con esta zorra y usted no me lo va a impedir. ¡Tire el arma! —gritó
con nerviosismo.
—Tranquilo —dijo levantando las manos por encima de su cabeza.
—Déjela en el suelo y dele una patada.
—Lo que tú digas, amigo —dejó el arma en el suelo y le dio una patada acercándola al ladrón.
—Buen chico —exclamó mientras caminaba de espaldas en dirección a las puertas delanteras—. Ahora nos vamos y espero que no nos sigan.
—Deja a la mujer —dijo con desesperación—. No tiene nada que ver con todo esto. Puedes coger el dinero e irte.
—Lo siento pero no puede ser, amigo —acarició el rostro de Jane con la punta del arma—. Me gusta, es muy guapa.
Jack tensó la mandíbula, estaba jodido y tenía poco tiempo para actuar. Tenía que entretenerle de cualquier modo para ganar algo de tiempo a sus hombres.
—Esa tía no es para tanto. La conozco bien y te decepcionaría.
—¿Tanto la conoces? —preguntó sin comprender su comentario.
El atracador se distrajo unos segundos que fueron los que necesitó Jack para lanzar el cuchillo, que siempre llevaba en el cinturón a su espalda, y darle en la mano donde tenía el arma que cayó al suelo. Jane también fue rápida y se tiró al suelo lejos de él. En ese momento entraron los hombres del Sheriff que inmovilizaron al hombre.
Jack no podía pensar en nada más que en ella, se agachó y la ayudó a levantarse. Estaba temblorosa como una hoja a pesar de haber sido tan valiente minutos antes.
—¿Estás bien? —la miraba con preocupación reflejada en sus ojos grises.
—Solo quiero irme a casa —dijo en un susurro.
—Cielo, ahora te llevo —dijo cogiendo su cintura para salir del establecimiento. Ya en el exterior se dirigió a uno de sus hombres—. Ted, toma declaración a todo el mundo y acordona la zona. En menos de una hora estoy aquí.
—Sin problema.
Jane temblaba porque se había levantado aire frío y el susto aún crepitaba en su interior. Él no pudo evitar abrazarla contra su cuerpo para que no lo tuviera y cuando llegó al coche abrió la puerta del acompañante para que ella entrara. Cuando llegaron a su casa, Jane aún seguía como en otro mundo y no protestó cuando Jack la ayudó a bajar y la acompañó hasta la puerta.
—Jane, ¿dónde tienes las llaves? —preguntó buscando en su bolso sin éxito.
—Donde las dejaba mi abuela —contestó en voz baja.
Jack buscó en la maceta verde que había en el porche donde había plantados unos grandes geranios.
—No deberías dejar las llaves de tu casa tan a la vista
—comentó ofuscado mientras abría y encendía la luz al entrar junto a ella—. Es peligroso.
—¿Tan peligroso como ir a la compra en este pueblo?
—Normalmente no suelen pasar estas cosas…
—Solo abuelas multadas por exceso de velocidad,
¿verdad?
—Veo que ya te has recuperado —comentó con humor mientras entraba en la cocina y preparaba el café como si estuviera en su casa, sabía dónde estaba todo—. Eso me deja más tranquilo.
—Bienvenido —la ironía se translucía en su voz—.
Como si estuvieras en tu casa.
—Lo siento —se disculpó acercándose a ella—. Es la costumbre. Cuando venía a ver a tu abuela solía hacer yo el café.
—No lo sabía —confesó.
—Bueno, ahora cuéntame todo lo que ha pasado, tengo un informe que redactar.
Ella le contó paso por paso todo lo sucedido con bastante precisión y detalles. Él escuchaba y cada vez sentía más ganas de estrangularla.
—¿Cómo se te ocurrió cambiarte por la cajera? —
preguntó con enfado.
—La chica estaba muerta de miedo, se le cayó la bolsa y ese tío estaba muy nervioso…
—Que sea la última vez que pones tu vida en peligro —
dijo tajante. Sus ojos grises desprendían chispas—. ¿Me has oído?
—Perfectamente, pero que sea la última vez que me hablas así —le desafío con la mirada mientras le daba un leve empujón para separarse un poco de él. Sentía su cuerpo demasiado cerca y su propio cuerpo estaba reaccionando como no debía—. No olvides que estás en mi casa.
—Y tú no olvides que soy tu jefe —dijo alejándose de ella para servir dos tazas que dejó encima de la mesa.
—Sheriff, ¿alguna pregunta más?
—No. Ahora tómate el café y así entrarás en calor —
dijo antes de dar un trago al propio.
—Cuando termines espero que te largues.
—Veo que ya no eres dulce, Jane.
—Ni tu tampoco eres salvaje, Jack. Eres agente de la ley.
—No te equivoques —dijo tomando su cintura y pegándola a su cuerpo. Jane no recordaba que fuera tan musculoso cuando… se abrazaban seis años antes—. Sigo siendo tan salvaje como lo era entonces.
—¡Suéltame! —exclamó nerviosa por su cercanía.
—No, porque primero voy a besarte.
Y así lo hizo. Jane sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies mientras que Jack absorbió el olor de su piel, la suavidad de sus labios… la había recordado cada día que había pasado desde la última vez, seis años antes, pero ahora era peor porque la deseaba más que nunca. Deseaba seguir besándola y llevarla a la primera cama que encontrara, pero era el Sheriff de Ford Creek y tenía obligaciones que cumplir. La separó de su cuerpo con esfuerzo antes de hablar.
—Debo irme.
—¡No vuelvas a besarme! —gritó cuando se recuperó de la hecatombe.
—No veo que te hayas resistido demasiado.
—Eres un cerdo…
—Hacía años que no me llamaban así —dijo con humor.
—Claro, desde que te has hecho tan respetable…
—¿Te gustaba más cuando era el chico malo?
—No sé por qué pierdo el tiempo contigo. Vete.
—Acabaremos esta discusión otro día, te lo aseguro.
—No lo verán tus ojos.
—No te creas tan valiente —dijo rozando su mejilla con un dedo antes de salir.
Jane tenía ganas de gritar, pero sabía que no podía dejar que él la sacara de sus casillas de esa forma, tenía que apartarle de su mente. —Ni tu tan odioso —refunfuño para sí misma.
Apenas pudo dormir y a la mañana siguiente el teléfono amenazaba con volverla loca, no había parado de sonar en una hora y ya cansada, decidió desconectarlo. Se le había olvidado lo rápido que corrían las noticias en el pueblo. Solo daba gracias al cielo porque sus padres no estuvieran allí.
Tras levantarse, más cansada de lo que estaba cuando se acostó, se dio una ducha de agua caliente para relajarse, se vistió con un sencillo vestido de color rojo y sandalias blancas y fue a ver a su hermana porque debía estar muy preocupada, a esas alturas ya habría llegado a sus oídos lo sucedido. Comió con su hermana y su cuñado comentando lo sucedido y, era ya por la tarde, cuando decidió tomarse un respiro y un café antes de volver a casa.