Nunca te olvidé

Mar Fernandez Martinez · Capítulo 9 de 20

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Nunca te olvidé

Jack

Cuando terminó de leer las últimas líneas las lágrimas ya rodaban por su rostro y su mano dejó caer la hoja de papel. Su corazón parecía haberse detenido y enfriado en cuestión de minutos. No podía creer lo que decía el hombre al que había entregado su corazón. Aquella noche no quiso cenar y por la noche lloró acurrucada en su cama.

Tras un mes terrible decidió que no podía seguir muriendo en vida por alguien que nunca la había amado.

Poco a poco fue reconstruyendo su maltrecha vida e hizo amigas en la escuela. En una de sus salidas con la pandilla se encontró en una cafetería con Izan que también estaba estudiando en Dallas y quedaron en varias ocasiones. No parecía guardarle ningún rencor por haber desaparecido aquella noche del baile.

Durante esas salidas Jane prefirió darle esquinazo en lo referente a salir como pareja. Izan nunca le haría sentir como lo hacía Jack. Un día intentó besarla y no le quedó más remedio que confesarle que lo único que podrían llegar a ser era buenos amigos. Izan al principio se lo tomó mal, pero finalmente pareció darse cuenta de que tenía poco que hacer y decidió dejar de insistir porque prefería tenerla como amiga a perderla para siempre por intentar ser algo más.

Jane volvió a Ford Creek para la boda de Darlene y Daniel. No le apetecía demasiado volver a casa pero sabía que su hermana se disgustaría mucho si no iba. Cuando la vio vestida de blanco no pudo evitar sentir envidia porque había conseguido lo que ella siempre había soñado: tener al hombre al que amaba, casarse y en el futuro tener hijos.

Estaba convencida de que ella nunca conseguiría eso, porque su corazón siempre pertenecería a Jack. Llevaba dos días en casa y había escuchado a su madre chismorrear

por teléfono sobre la familia Rider, al parecer se habían dispersado y no quedaba ninguno ya en el pueblo. Enfadada consigo misma se negó a pensar más en él en un día tan especial.

Darlene era la novia más bonita que había visto nunca.

Su vestido de raso blanco realzaba su figura y el gran velo de encaje cubría su rostro mientras caminaba hacía el altar.

Oteó el banco que ocupaba su hermano Derek junto a Stella, su mujer, que vestía un precioso vestido premamá de color rosa y sonrió al ver la felicidad de ambos. No había asistido a su boda alegando que tenía un examen importante cuando la verdad era que no había tenido fuerzas para ello. Jane no pudo contener las lágrimas al escuchar los votos tan amorosos que se dedicaron y se sorprendió cuando una suave mano atrapó la suya. Era su amiga Kelly que la miraba preocupada ante la cara de tristeza de su amiga.

—No estés triste. Algún día le olvidarás.

—¿De qué hablas? —preguntó sin comprender sus palabras.

—Todas sabíamos que estabas enamorada de alguien, pero no sabíamos de quién, hasta que un día te vi con él en el bosque. —Jane abrió los ojos desmesuradamente—.

Tranquila nunca le dije nada a las chicas.

—Kelly, eso ya no importa porque nunca me quiso.

—Al día siguiente de irte se volvió a pelear en el Club y tu abuela tuvo que ir a buscarlo —le susurró al oído—. Le echó una buena bronca en plena plaza del pueblo.

—Ella siempre se ha preocupado por él. Pero él ya es agua pasada. Esta es la boda de mi hermana.

—Te echo tanto de menos —dijo Kelly emocionada.

—Y yo a ti amiga —dijo abrazándola.

—La vida es muy larga amiga, todo pasará.

—Espero que tengas razón, pero creo que nunca le olvidaré.

***

Entrar en la academia de policía al principio fue difícil porque tras años sin estudiar había perdido la costumbre, pero luchó por su sueño como un náufrago en medio del mar. Fueron meses difíciles y finalmente aprobó todos los exámenes con excelentes notas para poco después ser destinado en la comisaria del amigo del Sheriff Cullen.

Vivía en un pequeño apartamento que compartía con un compañero de trabajo y todo parecía estar saliendo como había previsto. Estaba cenando una sopa de sobre en la pequeña cocina del apartamento cuando sonó el teléfono.

—¿Diga? —preguntó contrariado al ver enfriar su cena.

—Muchacho —dijo Linette desde el otro lado de la línea. Le llamaba todas las semanas para saber cómo le iba

—. ¿Has atrapado a muchos malos esta semana? —

preguntó con humor.

—Alguno que otro, tengo que mantenerme en forma —

una sonrisa se dibujó en sus labios al escuchar su voz.

—Te llamaba para comentarte que Jane está más animada y han mejorado sus estudios.

—Me alegro mucho Linette —su voz parecía lineal cuando le hablaba de ella—. Se lo merece.

—¿Aún la amas? —no pudo contener aquella pregunta que desde hacía tiempo pugnaba por salir de sus labios.

—¿Y tú como andas? —le preguntó cambiando de tema sin vacilar.

—Estos viejos huesos míos ya no son como antes —

contestó comprendiendo que aún le dolía y no quería hablar del asunto.

—Linette, no digas tonterías, estas hecha una jovencita.

—No mientas muchacho, que aún no soy una vieja chocha.

—Perdona.

—Bueno, te dejo, que empieza mi serie favorita.

—Supongo que es una de esas policiales.

—Pues te equivocas, es una de amores imposibles.

—Entonces no te entretengo más.

—Cuídate, muchacho.