Nunca te olvidé

Mar Fernandez Martinez · Capítulo 15 de 20

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Nunca te olvidé

Capitulo 13

Los agentes que trasladarían al acusado a Dallas llegaron a primera hora de la mañana. Jack bajó hasta la celda donde se encontraba Will para firmar los papeles y porque deseaba verle por última vez. Cuando uno de sus hombres abrió la puerta y este salió esposado sus ojos se encontraron. Aquel cerdo maltratador le miró con rencor pintado en los ojos antes de dirigirse a él.

—Fuiste tú, ¿verdad? —le gritó furioso mientras le sujetaban.

Jack no pudo evitar disfrutar al ver la rabia que se reflejaba en su rostro. Incluso sonrío antes de contestarle:

—Will, veo que eres muy perspicaz.

—Lo tenía que haber supuesto —dijo rechinando los dientes—. Es una maldita puta que se acuesta con su jefe...

Jack deseaba romperle la cara por lo que decía y por lo que había hecho: —Eres un cabrón… —dijo intentando pegarle, pero sus hombres se lo impidieron.

Cuando se serenó lo suficiente se deshizo del agarre de los agentes, alisando sus ropas antes de hablar: —

Lleváoslo cuanto antes —y se giró en dirección a las escaleras.

Ya en su despacho se sentó frente a su escritorio dando un puñetazo en el mismo con frustración. Notaba aun la tensión en su cuerpo. Solo podía pensar en lo que aquel cerdo le había hecho a Jane la noche anterior, renovando sus ganas de matarle.

Para colmo se sentía culpable por haber discutido con ella sobre aquel asunto, induciéndola a confesar a su novio lo sucedido entre ellos. Intentó convencerse de que solo se debía a los recuerdos que lo sucedido había despertado en él, no porque aún la amara. Solo la deseaba, era simplemente sexo y pasión, ya no había amor entre ellos.

Escondido en un callejón frente la comisaría observó cómo trasladaban a ese tipo en un coche policial. Mark, el dueño de la farmacia, le había comentado que el Sheriff Abott había transferido el caso a Dallas. Jack era un maldito cobarde. Si él hubiera estado en su lugar le habría matado antes de que ese cerdo le pusiera una sola mano encima a su Jane.

Llevaba años esperando el regreso de la mujer que amaba. Desde que Jane había vuelto se sentía rejuvenecer solo con verla furtivamente, escondido en alguna esquina fuera de su vista. Pero antes de conseguir lo que llevaba una vida ansiando tenía que resolver algunos problemas.

Debía seguir el plan que llevaba años obsesionándole.

Mataría a cada una de sus amigas por reírse de él años atrás, “la venganza es un plato que se debe servir frío” le había dicho mil veces su abuelo. Ellas no se habían percatado de su presencia aquella tarde, cuando habían estado hablando de él y se habían reído a su costa. Pero antes debía encargarse de ese cerdo que había herido a su mujer.

El Sheriff era otro asunto, no tenía muy claro que hacer con él. No le gustaba que pasara tanto tiempo con Jane, pero era bien conocido por todos que desde la aparición de ésta en el pueblo no hacían otra cosa más que discutir. Se llevaban a matar.

***

La mañana que le dieron el alta a Jane, en el hospital apareció su hermana a recogerla. Insistió infatigablemente para que se quedara unos días en su casa, hasta que se recuperase. Finalmente, a pesar de ser reacia, aceptó.

Darlene le indicó, a modo de amenaza, que sí insistía en quedarse sola en su casa su madre iría a pasar una larga temporada con ella para cuidarla. Eso fue lo que la convenció.

Ya en el coche y sintiendo el cuerpo dolorido volvió a protestar: —No sé por qué te hago caso. Igualmente mamá irá a tu casa y tendré que aguantar sus reproches…

Su hermana cortó sus protestas: —Jane, estos días no aparecerá. Ayer discutimos y se fue muy enfadada.

—Me has engañado —la recriminó.

—Para ya con tu mal humor.

—¿Por qué discutiste con ella? —preguntó girándose levemente para estudiar el rostro de Darlene.

—Cada día aguanto menos su forma de pensar. Es lamentable que se negara a que denunciaras a Will solo por lo que diría la gente.

—Ya sabes cómo es… —contestó con una leve sonrisa.

—No es excusa —la rabia de su hermana la sorprendió

—. Como tu madre, tendría que pensar en ti, no en lo que diga la gente. Por cierto, me llamó Derek ayer. Está de viaje en Dallas, está muy preocupado por lo sucedido.

—Sois unos exagerados, como el Sheriff…

—Nunca había visto a Jack comportarse así. Daba miedo.

—Es el Sheriff. Es su trabajo atemorizar —intentó quitarle importancia.

—Sabes que no es por eso. Aún te ama.

—No digas tonterías.

—No lo son. Lo vi la otra noche en su mirada, mientras esperaba que saliera el médico para decirle como estabas.

Estaba muy preocupado. Mi amiga Tracy es la enfermera de guardia y me han contado que tuvo unas palabras con el médico.

—Darlene —apartó la mirada en dirección a la ventanilla del vehículo, hace poco hablamos y me dijo que lo que había pasado aquel día solo había sido sexo.

—Te mintió.

—Por Dios. No insistas…

—Jane, es normal que te mintiera. Estaba celoso por la llegada de Will. Creo que lleva mucho tiempo esperándote…

—Eres una ingenua —se burló—. Ves demasiada comedia romántica.

—Si quieres mentirte a ti misma, no hay problema —

concluyó mientras aparcaba frente a la casa. La niñera que se había hecho cargo de los pequeños salió a su encuentro con la intención de ayudar.

No volvieron a sacar el tema mientras tomaban un café en el salón ni mientras veían la televisión. Ambas estaban silenciosas y recelosas la una con la otra. Jane pensó que era la primera vez que discutían desde que eran unas adolescentes. En ese momento el timbre de la puerta sonó.

Darlene se levantó con premura, por miedo a que el sonido despertara a los pequeños que dormían en el piso superior:

—¿Quién será a estas horas?

—No lo sé, pero no me apetece ver a nadie.

—Lo siento —se disculpó mientras salía de la sala.

Al abrir la puerta Darlene se encontró frente a Izan Connor que llevaba un enorme ramo de rosas rojas en sus brazos. Cuando la saludó le miró admirada por lo atractivo que era. Divertida, pensó en los hombres que rondaban últimamente a su hermana pequeña.

—Connor, que sorpresa. Pasa, por favor —dijo dándole paso libre al interior.

—Gracias.

—Es increíble lo rápido que corren las noticias en este pueblo.

—Me lo contó Stella —justificó algo avergonzado—.

¿Cómo está?

—Bien, dentro de lo que cabe. Está en el salón —dijo indicando el camino.

—Gracias de nuevo —le agradeció entrando tras ella.

Su miraba se volvió acero al ver las marcas en el rostro de Jane que delataban la violencia con que la había tratado Will.

—Izan… —exclamó Jane con asombro al verle allí.

—Hola, preciosa —la saludó mientras se acercaba al sillón que ella ocupaba—. Te traje unas rosas que rivalizan con tu belleza.

—Son preciosas —dijo cogiendo las flores y deleitándose con su hermosura—, pero no tenías que haberte molestado.

—No es molestia. Estaba deseando verte y saber que estabas bien —con temor se sentó a su lado y tomó su mano.

—Izan. Estoy bien, de verdad.

—¿Seguro? —preguntó desconfiado.

—Tanto es así que mañana voy a ir a trabajar…

— Señorita Montgomery, ni se le ocurra aparecer mañana en la comisaría —la voz grave de Jack sobresaltó a todos los presentes, interrumpiendo sus palabras. Se encontraba en el umbral de entrada al salón observando cómo Izan tomaba la mano de Jane.

Darlene le miraba con la mano en el pecho aún.

—Jack, vaya susto nos has dado.

—Deberías dejar la puerta bien cerrada —le aconsejó.

—Tienes razón… —contestó algo avergonzada. Un llanto de bebe se escuchó en la parte superior—. Voy a ver cómo están los niños —se excusó con todos camino de la escalera.

Los tres se quedaron en silencio durante unos segundos, hasta que Jack lo rompió acercándose a ellos.

—Solo vine a comprobar que estabas bien. No quiero interrumpir —se disculpó mirando a Izan.

—Sheriff,

no

hay

problema

—le

contestó

amigablemente.

—Jane, también traigo unos papeles para que los firmes.

—Mañana los firmaré en la oficina —contestó sin mirarle.

—No quiero verte en la oficina en un par de días

¿Entendido? —le dijo con frialdad.

—Está bien —concedió finalmente dándose por vencida y firmando los papeles.

—Jane —dijo Jack recogiendo los papeles de sus manos

—. Nos vemos en dos días —se despidió escuetamente

desapareciendo por la puerta por donde había aparecido poco antes.

Jack subió a su coche dando un portazo frustrado. No le había gustado encontrarse con Izan y su ramo de rosas para Jane, pero él no tenía ningún derecho sobre aquella mujer, se repitió. Ella se lo había dejado muy claro desde el principio. La maldijo porque aún la amaba, por mucho que lo quisiera negar. Pero ella ya no le quería. Lo único que había entre ellos era una tortuosa pasión que los devoraba.

Debía mantenerse alejado de ella por el bien de su propio corazón.

Izan se quedó una hora más en la casa, intentando seducirla como era su costumbre. Jane por su parte no hacía más que pensar en la frialdad de la visita de Jack.

¿Pero qué esperaba? Él nunca la había amado como ella le amaba a él. Su hermana era una ilusa y no se enteraba de nada. La visita solo duró diez minutos más. Izan era consciente de que Jane estaba cansada y no quería molestarla más de lo necesario.

Su hermana cerró la puerta tras su marcha, como le había aconsejado Jack, y volvió al salón donde vio el ramo de preciosas rosas olvidado sobre una mesa. Lo cogió en sus manos y las olió extasiada por su aroma.

—¿No vas a ponerlas en agua?

Jane salió de sus pensamientos y la miró.

—Sí, se me había olvidado.

—Parece que tienes demasiados admiradores en este pueblo —comentó con humor.

—Jack no parecía un admirador.

—Quizás se ha puesto celoso.

—No empieces de nuevo —la espetó mientras tomaba el ramo de sus manos en dirección a la cocina.

—Pero... —la siguió por el pasillo.

Jane ignoró a su hermana mientras colocaba la flores en un jarrón.

—¿Cómo están esos dos angelitos?

La ceja de su hermana se elevó mientras preguntaba:

—¿Cambiando de tema?

—Es evidente —contestó cerrando el grifo.

—Te dejo tranquila… de momento.

—Empiezas a parecerte a mamá.

—¡Jane! Te estás pasando.

—Era solo una broma.

—Con mamá no se bromea. Y mucho menos si encuentras parecidos entre nosotras más allá de lo físico —

ambas se miraron antes de reír a carcajadas.

***

Jack colgó el teléfono frustrado. Había pasado un mes desde la muerte de Gabrielle y tras la llamada recibida, desde el despacho de los jefazos, debía retirar la protección al grupo de amigas de Jane. Según ellos, no merecía la pena seguir gastando dinero del contribuyente cuando no había vuelto a suceder nada y no había ninguna prueba.

Por más noches en vela que había pasado y tras revisar las pruebas mil veces no había encontrado nada. Ni una mísera huella en la foto que había aparecido en la casa de Jane.

Para colmo estaba lo sucedido con Will y la mala relación que mantenía con Jane, que estaba a punto de explotar. Necesitaba desconectar de todo y de todos y solo lo lograría con trabajo físico. Se puso unos desgastados

vaqueros cortos y preparó las herramientas necesarias para cortar el césped y la maleza que asolaban la finca, ya que en las últimas semanas no se había ocupado de eso.

Estaba cortando la hiedra de la pared que separaba su propiedad de la de Jane cuando la descubrió tumbada cómodamente en una hamaca. El movimiento de las tijeras de podar se quedó suspendido en el aire. Notó la temperatura de su cuerpo subir y no era para menos, aquella mujer tenía un cuerpo escultural que le hizo sudar como a un adolescente. Su piel bronceada estaba ligeramente dorada por la crema y el pequeño bikini rojo dejaba poco a la imaginación.

Llevaba mucho tiempo intentando sacarla de su cabeza. En el trabajo procuraba tratarla con frialdad, ignorarla, pero en aquel momento le era imposible. Su cuerpo no respondía a sus órdenes y se moría de ganas de tocarla. Todos sus pensamientos se bloquearon cuando escuchó el sonido de su móvil a través del bolsillo de su pantalón. Maldijo cien veces cuando ella se levantó de un salto del lugar que ocupaba, asustada por el sonido.

Cuando buscó el lugar del que provenía el sonido le vio y se acercó hasta la pared furibunda. Jack pensaba aceleradamente que decir, ignorando el sonido delator.

—¿Qué demonios haces espiándome?—le echó en cara

—. Me has dado un susto de muerte.

—No te espiaba —contestó con cara de pocos amigos

—. Solo estaba cortando la hiedra de la pared.

—Como quieras —aceptó su pobre escusa—. Ahora, si no te importa, me gustaría disfrutar de mi día libre sin tener que verte. —tras soltar la última silaba se volvió en dirección a la tumbona.

¿Quién se creía esa mujer para tratarle como a un pelele?

—No me hables así —le gritó desde el otro lado de la pared que los separaba.

Jane detuvo sus pasos y volvió junto a él más enfadada de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo:

—¿Qué no te hable así? —espetó con las manos en la cintura—. ¿O si no qué? ¿Me vas a detener?

Los ojos de Jack cargados de ira, se clavaron en ella:

—Te crees muy valiente, ¿verdad? —preguntó con voz acerada. Acto seguido saltó el alambrado como un gamo y se plantó frente a ella—. Veremos qué tan valiente eres en las distancias cortas.

Jane retrocedió insegura, caminando de espaldas en dirección a la hamaca.

—Sheriff, está invadiendo propiedad privaba.

El avanzaba de frente hacía ella:

—Jane, sabes tan bien como yo que me estabas retando.

—Deja de decir tonterías... —se detuvo cuando notó la tumbona en sus pantorrillas, se había quedado sin escapatoria.

Jack atrapó su cintura con facilidad, notando la piel caliente por el sol en sus dedos. Olía a coco por culpa de la crema solar y eso le hizo latir el corazón a mil por hora. La sangre se agolpó en cierta parte de su anatomía. Era un estúpido al intentar negar que la deseaba.

Ella intentó apartarlo poniendo sus manos sobre su pecho, lo cual fue un error porque solo logró encender más la mecha de la pasión.

Jane balbuceó al intentar hablar.

—Jack… ¿Qué…. qué pretendes? Creí que habíamos acordado no acercarnos el uno al otro.

—Jane, cállate y no lo estropees.

Le encantaba ver los ojos abiertos de Jane que mostraban la sorpresa y la anticipación. Aunque intentara negarlo, ella también le deseaba. Bajó lentamente su rostro y la besó con toda la pasión que inundaba sus sentidos. Ella intentó resistirse, pero finalmente cedió a los instintos de su cuerpo y se apretó contra él. Sus pieles semidesnudas se rozaron con deseo mal contenido y parecían no querer separarse.

Jane se dejó llevar por la pasión que la consumía, pero cuando su teléfono empezó a sonar con insistencia pareció despertar de aquel sueño. Al principio no pensaba cogerlo, pero finalmente pensó que podía tratarse de su hermana y se preocupó. Con esfuerzo logró separarse de Jack y llegar hasta la mesa baja donde el teléfono no paraba de sonar.

Jack la miraba con ira mal disimulada, intentando tapar con sus manos la parte más afectada de su anatomía.

Con manos temblorosas abrió el teléfono y contestó.

—¿Dígame?... Ted… ya se lo digo yo —su rostro estaba desencajado cuando colgó y se dirigió a él—. Era Ted, me ha pedido que te localizara, ya que somos vecinos…

Jack no deseaba hablar sobre Ted, quería continuar con el juego que habían comenzado:

—¿Qué quiere ahora?

—Es referente a Will —un nudo se le formó en la garganta antes de proseguir—. Hace una semana pagó la fianza y salió en libertad.

—¿Y?—preguntó iracundo. No era el mejor momento para recordar a aquel tipo.

—Ayer apareció muerto en el aparcamiento de su casa.

— ¡Joder! —exclamó frustrado—. Tengo que irme —dijo con nerviosismo, mientras inspeccionaba su móvil poco

antes ignorado.

—No me lo puedo creer… —la voz de ella hizo que levantara su mirada. Se abrazaba el cuerpo como si tuviera frío. Jack la miró algo incómodo, pero la abrazó para consolarla.

—Jane, tranquilízate —susurró cerca de su oído.

—¿Puedo ayudar? —preguntó ella.

—Solo puedes ayudarme si sé que estás segura. Vete a casa de Darlene.

—¿Me llamarás? —le rogó con la angustia reflejada en sus ojos azules.

—Cuando pueda iré a verte.

—Voy a vestirme.

—Te espero en la puerta en diez minutos.