Nunca te olvidé

Mar Fernandez Martinez · Capítulo 11 de 20

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Nunca te olvidé

Capitulo 9

Jack caminaba por la calle principal con paso ligero cavilando sobre Jane. Estaba preocupado por ella y más después de llamar cien veces al móvil, atendido por el desquiciante contestador automático. También probó con el fijo, pero tampoco hubo contestación. Se dirigía a su coche con la intención de acercarse a su casa cuando la vio a través del cristal de la cafetería de Nelly con aquel vestido rojo que le hizo hervir la sangre e hizo que su cuerpo protestara. Cuando era una adolescente solía vestir recatadamente, pero ahora parecía que había perdido esa costumbre. Iba a volver loco al sector masculino. Con furia entró para sentarse en la mesa que Jane estaba ocupando y ella levantó la vista del café con cara de pocos amigos.

—Por si no te has dado cuenta, no tengo ganas de hablar contigo —contestó furibunda al percatarse de que los miraban.

—Estaba muy preocupado —se excusó bajando ligeramente el tono de su voz.

—Sheriff, hoy es mi día libre y no tengo que darte explicaciones sobre lo que hago.

—Jane…

—Si no te importa —dijo mientras se levantaba de la mesa y dejaba un billete—. Tengo cosas que hacer.

—No tan deprisa —la atajó mientras se levantaba a su vez y la cogía del brazo para salir al exterior.

Jane chasqueó la lengua iracunda porque estaba segura de que los rumores de su discusión llegarían antes de la noche a todas partes. Consiguió que soltara su brazo cuando se encontraban frente a la tienda de Stella.

—No vuelvas a tratarme así nunca más —siseo.

—No te enfades, solo quería darte las compras que hiciste ayer en el supermercado. Supuse que te harían falta.

—¡Las compras! —explotó—. ¿Para eso me montas un espectáculo en el restaurante y delante de medio pueblo?

—Me importa una mierda lo que piense el pueblo entero. ¿Las quieres o no?

—¿Dónde están?

—En mi coche —dijo señalando el todoterreno.

—Pues vamos —caminaron a paso ligero hasta el coche. Jane notaba varios pares de ojos pegados a su espalda mientras caminaba junto él, que llevaba su uniforme. Cuando abrió el maletero cogió todas las bolsas sin dejar una sola en el interior con gesto impaciente.

—¿Cómo has traído la compra si no la llegué a pagar?

—No hace falta…

—Recuerdo bien que no llegué a la caja para pagar.

—Las pagué yo. ¿Qué más da?

—A mí no me da lo mismo. Dime cuánto es —dejó con trabajo las bolsas en el suelo y sacó el monedero del bolso.

—Te lo descontaré del sueldo. ¿De acuerdo? —parecía furioso.

—No quiero discutir contigo ni un minuto más. Estoy cansada y quiero irme a casa.

—No te molesto más.

—Nos veremos mañana. Gracias por todo.

—¿Por el beso también? —preguntó con humor.

—Eres un cerdo —si hubiera tenido las manos libres estaba segura de que le hubiera golpeado con gusto.

—No recordaba que tuvieras tan mal genio, dulce Jane

—dijo en voz alta sin darse cuenta.

—No me llames así.

—Antes te gustaba que te llamara así.

—Pues olvídalo. Nunca va a volver a pasar nada entre nosotros.

—No te creo.

—¡Vete al cuerno! —gritó exasperada.

—¿Es eso lo que quieres?

—Sí.

—No tendrás que repetirlo.

—Gracias a Dios.

—Hasta mañana, señorita Montgomery. Nos veremos en la oficina.

—Hasta mañana, Sheriff.

—No se retrase.

***

El lunes siguiente respiró tranquila cuando Jack apenas le prestó atención, porque parecía muy ocupado con una pila de papeles que ocupaban su escritorio. Era ya jueves y agradeció que se acabara aquella larga semana. El reloj que se situaba sobre la puerta de salida marcó las seis y Jane se levantó resuelta. Su mesa ya estaba recogida y solo tuvo que coger su bolso antes de salir. Ya en el exterior cerró los ojos y respiró aire puro fuera de aquel edificio.

Estaba a punto de cruzar la calle cuando un hombre se le quedó mirando con intensidad y cuando estuvo a su altura le habló con una voz que a Jane le pareció familiar.

—¡Jane! Me habían dicho que habías vuelto, pero no lo creía.

—¿Perdón...? —no le recordaba.

—Asistimos juntos a clase de álgebra y una vez fuimos a un baile juntos. En Dallas salimos unas cuantas veces.

Izan Connor —se presentó sonriendo.

—¡Izan! Qué alegría verte. Perdóname por no reconocerte.

—Me has roto el corazón —dijo de forma teatral. Era un hombre muy sexy, con sus ojos azules y su pelo castaño.

—Lo siento —se disculpó confusa.

—Solo te perdonaré si aceptas que te invite a tomar algo.

—Se me ha hecho tarde…

—Podemos dejarlo para el viernes por la noche —él vio la duda en sus ojos—. No me digas que no —le rogó.

—Lo pensaré —contestó escuetamente.

—Vendrás —sentenció tajante—. Quedamos en el Richmond el viernes a las ocho y no hay más que hablar.

Solo serán unas cervezas.

—No te prometo nada.

—Si no puedes venir al final, solo tienes que llamar a la oficina de tu hermano. Trabajo para él.

—¿Desde cuándo? —preguntó con cierta curiosidad.

—Desde que acabé la carrera. Soy pasante.

—¿No trabajas con tu padre? —se dio cuenta tarde de lo indiscreto que había sido su comentario—. Perdóname.

—No te preocupes. Mi padre sigue con el negocio inmobiliario, pero es un mundo que a mí no me gusta demasiado —miró su reloj de diseño y volvió a sonreírla—.

Lo siento, pero tengo prisa. Recuerda que el viernes eres mi chica.

—Nos vemos —se despidió escuetamente Jane observando su espalda ancha mientras se dirigía a un coche gris deportivo. Se quedó allí parada hasta que una voz a su espalda, muy cerca de su oído, la hizo dar un salto por el susto.

—¿Ahora eres su chica? —aquella voz profunda era la de Jack.

—¿Me estabas espiando?

—Tengo cosas mejores que hacer —contestó iracundo.

—Resulta que yo también. Hasta mañana, Jefe.

—Espera —dijo cogiendo su muñeca—. ¿Vas a salir con Izan Connor?

—Aun no lo he decidido. Y si salimos solo será como amigos porque tengo un novio en Dallas que seguramente venga a verme este fin de semana —consiguió liberar la muñeca de su agarre—. Además, tampoco creo que sea asunto tuyo.

—Quizás sí lo sea.

—Dejó de serlo hace mucho tiempo —comentó dolida a su pesar.

—Me da igual lo que creas…

—¿Qué tal está Megan? —preguntó con intención.

—Ni lo sé ni me importa.

—Creí que aun salíais. Me lo dijiste en tu carta —se mordió la lengua después de nombrar aquella dolorosa nota.

—Te mentí —confesó escuetamente.

Eso hizo que Jane sintiera como se desplomaba el muro que había creado para proteger su corazón el día que la recibió.

—¿Por qué me mentiste? —preguntó dolida.

—Me lo pidió tu abuela —ella le miró incrédula ante las palabras que habían salido de sus labios—. Me pidió que escribiera esa maldita carta. Me contó que estabas muy mal, yo no podía ir a por ti porque no era nadie en aquel momento y me sentía perdido…

—Por favor, Jack —le rogó—. No digas nada más. Ya no importa.

—Pero…

—Mañana nos vemos en el trabajo.

—¡Maldita sea, Jane! —dijo cogiendo de nuevo su brazo a pesar de que algunos transeúntes se quedaron mirándolos—. No quiero hablar de trabajo ni del tiempo.

Estoy intentando contarte por qué te alejé de mí.

—¿Estás sordo? —gritó—. Te he dicho que no quiero saber nada más y que sea la última vez que me tratas así.

Jack la vio alejarse dirección al coche con paso lento.

Parecía impresionada por lo que le había confesado. Y

pensó que quizás aún no era demasiado tarde, quizás ella aún sintiera algo por él… Pero la noticia de que tenía un novio en Dallas le había dejado noqueado. Había sido un ingenuo desde el momento que había visto su currículum encima de su mesa pensando que ella había vuelto por él.

Pero no podía estar tan equivocado porque cuando la había besado ella había disfrutado tanto como él aunque quisiera negarlo. La furia había recorrido su cuerpo cuando la vio tonteando con el rompecorazones de Izan Connor y estaba empezando a cansarse de jugar al ratón y al gato.

Jane por su parte estaba furiosa por lo sucedido minutos antes. Tendría que hablar seriamente con él sobre su comportamiento o tendría que dejar de trabajar como su secretaria. Bajo ningún concepto podía permitir que se diera cuenta de lo que aun sentía por él y mucho menos de que su cuerpo le deseaba. Si lo descubría estaría perdida, podría hacer con ella todo lo que quisiera y después le volvería a romper el corazón.

También estaba Will, del que parecía haberse olvidado desde que había vuelto a casa, se sentía miserable cuando hablaban por teléfono cada noche y más cuando le decía que la echaba de menos y que pensaba en ella todo el día.

Tras aparcar el coche frente a la puerta fue hacía el buzón para encontrar folletos publicitarios y una carta de una amiga. Entró en la casa y dejó los folletos sobre la mesa para poder abrir el sobre. Estaba abstraída leyendo cuando escuchó en el exterior un coche derrapar. Al mirar a través del visillo sus ojos se abrieron desmesuradamente.

Jack salía del todoterreno bruscamente y caminaba a grandes zancadas en dirección a la puerta que se abrió con estruendo.

Jane retrocedió asustada hasta toparse con la mesa que estaba a su espalda, dejando caer la carta de sus manos. —¿Qué… qué haces aquí?

—Lo que debí hacer el primer día que llegaste al pueblo —dijo acorralándola contra la mesa, con sus ojos oscuros sobre ella y mirada lobuna. Estaban a escasos centímetros, cuerpo a cuerpo—. Voy a hacerte el amor.

—Estas

de

broma,

¿verdad?

—preguntó

con

nerviosismo.

—No —negó tajante y desabotonando la camisa azul del uniforme.

—Tendrás que obligarme —sentenció contrariada.

—Tengo unas esposas —dijo con humor negro—. Pero creo que no va hacer falta.

—Deja de desnudarte y vete de mi casa ahora mismo

—gritó exaltada a modo de defensa—. Hace un momento te he dicho que estoy con otro hombre.

—Jane, tus ojos azules son ahora casi grises y te conozco demasiado bien. Sé que aún me deseas como hace seis años…

—Te repito. ¡Tengo novio!

—Ese tipo de Dallas te importa una mierda.

—Eso es mentira —su voz le sonó estridente—. No te deseo.

—Eres tú la que mientes. Solo tengo que besarte.

—No lo hagas —le rogó.

—Lo voy a hacer porque es lo que más me apetece.

—Pero a mí no… —silenció sus palabras con un beso posesivo.

Cuando Jack reconoció su sabor dulce la besó más desesperadamente porque había pensado en ella durante seis largos años, amándola como antes a pesar del tiempo.

Se sintió en aquel momento como la primera vez que probó sus labios en el bosque que había en la parte trasera de esa misma casa. Ella, al principio, lo rechazó con fiereza, pero poco a poco cedió a su propio deseo, luchando con su propia camisa para poder sentir sus grandes manos directamente en la piel. Él no perdió el tiempo y la ayudó en la tarea de quitarse todas las prendas que cubrían su cuerpo para poco después quitarse las que cubría aun el suyo. Sin ceremonias la cogió por la cintura para ponerla sobre la mesa y dejó de besarla unos segundos, observando sus ojos antes de hablar.

—Aún me deseas. Yo no lo niego porque no puedo mentirme a mí mismo.

—¿Por qué me haces esto? —preguntó dolida y perdida en el deseo que embargaba su cuerpo.

—Jane —su voz estaba rasgada—, estoy a punto de explotar y te necesito. Decídete.

—Hazme sentir, Salvaje Jack —las palabras salieron de sus labios sin apenas percatarse.

—Solo tenías que pedirlo, he nacido para eso.

No hubo más palabras entre ambos y se entregaron a una frenética pasión que acabó con ambos en el suelo, desnudos y sudorosos. Cuando ambos culminaron en un orgasmo conjunto que los dejó sin aliento, Jane sintió que antes nunca había sido así. Hacer el amor con Jack había sido siempre mágico, pero en aquella ocasión había sido como si su piel y su alma se hubieran fundido con él.

Minutos después, cuando su corazón había recuperado los latidos normales fue cuando pensó en lo sucedido. ¿Qué demonios había hecho? ¿Por qué había permitido aquello?

Se separó de él con esfuerzo y se levantó en busca de su camisa para cubrirse.

—Esto no debió pasar —él se levantó y se acercó desnudo como estaba hasta ella.

—No te engañes. Ha sido como hace años, pero más fuerte y mejor de lo que recordaba.

—¡Me siento como una mujer horrible! —dijo con voz histérica—. He traicionado a Will…

—No lo eres… —el sonido de su móvil sonó insistentemente interrumpiendo sus palabras. Contrariado cogió los pantalones del suelo, lo sacó y maldijo en alto después de colgar.

—Es de la comisaria… me tengo que ir.

—Será lo mejor. Esto no volverá a pasar…

—Han encontrado a una mujer muerta en el embarcadero del río.

—¿Qué? ¿Quién es? —sus palabras le hicieron olvidar como se sentía tras lo sucedido.

—Aun no sé nada —dijo cogiéndola en sus brazos de nuevo—. Ahora debo irme. Pero tenemos que hablar con calma de todo esto. Quizás teníamos que haber hablado antes de…

—Deberías vestirte de una vez —dijo fríamente apartándose de él—. Tus hombres te están esperando.

—Que sepas que no te vas a librar de mí tan fácilmente

—ya se ponía los pantalones con prisas y cogía la camisa y el cinturón con su arma y esposas.

—¡Vete de una maldita vez! —gritó furiosa. Respiró cuando escuchó cerrar la puerta a sus espaldas.

Tras darse una ducha preparó una infusión, intentando relajarse, cuando sonó el teléfono. Descolgó temiendo que fuera él, pero al ver el identificador de llamadas sintió un nerviosismo como cuando era una adolescente. Era el número de teléfono de la casa de sus padres. Se había olvidado por completo de que llegaban ese día. Aquella llamada le llevó a recordar la discusión con Jack frente a la comisaría que, a esas alturas, ya habría llegado a oídos de su madre. Finalmente dio al botón verde y esperó que fuera su padre el que contestara, pero no tuvo suerte porque la que saludó fue su madre. No la dejó ni abrir la boca.

—¿Te has olvidado de que llegábamos hoy?

—No...

—Pues no sé qué haces que no estás aquí. Tenemos que hablar —conocía bien ese tono.

—¿Sobre qué?

—¿Qué haces trabajando en la comisaría? —le recriminó.

—Es un trabajo y gano un sueldo.

—No sé por qué demonios tu abuela tuvo que dejarte esa casa para que volvieras y para colmo ese trabajo.

—¿Qué tiene de malo mi trabajo? —preguntó empezando a cansarse de sus reproches.

—Lo malo es que trabajes con Jack.

—Mamá, eso pasó hace mucho tiempo.

—No me gusta cuando la gente cuchichea de ese maldito Rider y tú. No sabes lo mal que me lo haces pasar...

—Ya no se apellida así y ya no es el chico malo del pueblo.

—Me da igual que sea el Sheriff. No me gusta que esté cerca de ti. Su padre era escoria.

—Mamá, no quiero discutir.

—Ya hablaremos de eso en la cena. Te espero dentro de media hora. No te retrases.

—Ahora mismo… —estaba hablando sola porque su madre ya había colgado, lo que significaba que tenía que ir a la dichosa cena.