Nunca te olvidé
Capitulo 1
Ocho años después
Jane había pasado parte de la tarde preparándose para su primer baile de Instituto. Se había comprado un vestido de gasa rosa de tirantes finos para esa noche y pensaba ser la chica más bonita de la fiesta, además de ir acompañada por uno de los chicos más guapos de su curso. Unos golpes en la puerta la alertaron de la llegada de su acompañante.
Antes de salir de la habitación se calzó los finos zapatos que le había prestado su hermana Darlene y cogió el delicado chal rosado y un pequeño bolso plateado.
Jerry iba elegantemente vestido con un frac negro a medida y le abrió la puerta de su coche negro, último modelo, con galantería. Durante el trayecto que separaba el pueblo del lugar del baile le contó algunas anécdotas de algunos compañeros de clase que la hicieron reír. En un principio, tuvo sus dudas sobre asistir al baile con él, ya que conocía su fama de manos largas, pero finalmente pensó que era más inofensivo de lo que las malas lenguas decían.
La fiesta fue todo un éxito y Jane se lo pasó genial con Jerry y sus compañeros. Tiempo después de llegar divisó a su amiga Tory muy acaramelada con Kevin Doll. Al parecer había conseguido que la invitara al baile como ella deseaba.
Sonrió al recordar lo pesada que se podía su amiga si algo se le metía en la cabeza.
Después de media noche le pidió a Jerry que la llevase a casa porque su madre había sido muy explícita sobre la hora, no debía llegar más tarde de las doce y media. Si llegaba cinco minutos tarde tendría que aguantar una hora de consejos y reprimendas. Los minutos se le hicieron eternos hasta que el coche se puso en marcha.
Jane miraba a cada rato el reloj de pulsera y comprobó que se acercaba su toque de queda. Los nervios se apoderaron de su cuerpo y le recriminó a Jerry que fuera más deprisa, él se limitó a dedicarle una sonrisa ladina.
Desde el principio no había parecido muy contento con tener que marcharse tan pronto y ahora iba despacio para fastidiarla, estaba segura de eso.
Llevaban medio camino recorrido cuando paró en una cuneta oscura y puso música romántica. Jane se percató de sus intenciones suspirando ofuscada. No estaba dispuesta a hacer nada que no quisiera y menos con Jerry. Era simpático y le caía bien, pero eso no quería decir que fuera a dejarse sobar como todas las chicas que estaban en su lista de conquistas.
—¿Por qué has parado?
—Jane, ¿te lo tengo que explicar?
—No soy tonta. ¡Vale!
—Entonces estamos de acuerdo… —intentó atraparla junto a su cuerpo para besarla y puso una mano sobre su muslo. Furiosa, la apartó con un manotazo y le propinó una bofetada. Él la miraba incrédulo mientras se apartaba, palpando la mejilla agraviada.
—¿Qué te pasa?
—No quiero que me manosees —no estaba dispuesta a dejarse manejar por él.
—Pues ya puedes salir de mi coche y empezar a andar,
¿de acuerdo? —le dijo mirándola fríamente.
—¿Estás de broma? —preguntó incrédula, no era posible que la fuese a dejar allí tirada en plena noche.
—No estoy bromeando. Si no lo voy a pasar bien contigo no tengo ganas de perder el tiempo. Baja de mi coche y, por favor, no intentes suplicarme.
—No tengo intención de suplicarte, cerdo engreído. —
Bajó del coche dando un portazo que no pareció gustarle nada a Jerry, mientras esté arrancaba el coche. Jane miró a su alrededor y se asustó por la oscuridad reinante.
—Eres una estrecha —gritó Jerry desde la ventanilla—.
Hay muchas que no hubieran desaprovechado esta ocasión.
—Eres un borrico, cerdo…
—Pregúntaselo a tu amiga Tory que estuvo muy dispuesta.
—No me importa lo que hiciera Tory.
—No voy a perder más el tiempo contigo.
—Lárgate entonces.
—Cielo, te arrepentirás de esto —soltó enfadado antes de salir chirriando ruedas.
Tras su marcha, Jane caminó furiosa por el andén de la carretera oscura y desierta, los altos pinos que bordeaban la carretera se movían con una ligera brisa formando sonidos extraños. En varias ocasiones sus zapatos le jugaron una mala pasada haciendo que se tambalease sobre los altos tacones que no estaba acostumbrada a utilizar.
Maldijo mil veces a Jerry por dejarla tirada en medio de la nada, ya se la iba a cobrar cuando su hermano Derek volviera de la universidad y se enterase de lo sucedido.
Todo era culpa de su amiga Tory por haberla convencido de ir al baile con él. Según ella era un chico guapísimo y todas las chicas de clase estaban deseando
salir con él; no podía decir que NO a su invitación cuando muchas suspiraban por ese honor. ¿Por qué le había hecho caso? ¿Es que nunca aprendía? Siempre que hacía caso a Tory acababa metida en algún lío. Era la última vez que se dejaba llevar por su alocada amiga, por muy pesada que se pusiera.
Diez minutos después comenzó a sentir el frío de la noche en su piel. Su vestido nuevo era muy bonito, pero no abrigaba demasiado, ni tan siquiera con el largo fular del mismo color que se había colocado sobre los hombros mitigaba la sensación. Había avanzado muy poco y aún le quedaba un largo trecho de caminata, porque estaba al menos a siete kilómetros del pueblo.
Cuando escuchó a su espalda un coche que se acercaba no pudo evitar sentir temor. El motor sonaba como una vieja cafetera haciendo imposible ignorarlo. Jane rezaba porque pasara de largo, pero el vehículo redujo la velocidad hasta pararse a su altura. Dejó de caminar atemorizada y atisbó por encima de su hombro, con cautela, para descubrir de quién se trataba.
Era una vieja camioneta de color rojo, reluciente y recién pintada por lo que pudo apreciar. Era de Jack Rider.
Siempre que él estaba cerca no podía evitar admirarle con deseos ocultos. En el pueblo era conocido como Jack Salvaje, porque siempre andaba metido en líos y era el chico malo por excelencia.
—Buenas noches, pequeña Jane —saludó con una de esas seductoras miradas de ojos grises que volvía loca a más de una en el pueblo, aunque ninguna lo reconociera—.
¿Qué haces caminando sola por la carretera? Es peligroso.
—Yo… —balbuceó nerviosa. ¡Jack Rider se acordaba de su nombre!—. Esta noche era la fiesta de primavera del instituto.
—¿Y tu pareja se ha perdido? —preguntó antes de abrir la puerta del acompañante invitándola a entrar. Ella la observó con cautela—. No creo que una chica como tú vaya sola a un baile —ignoró el miedo que vió en su mirada mientras hablaba, sabía que subiría al vehículo tarde o temprano.
—Me trajo Jerry pero… —dudó antes de hablar—.
Tuvimos una discusión y me dejó aquí tirada.
—Sube de una vez —dijo con cara de pocos amigos. No le había gustado lo que había dicho. Conocía bien a Jerry y sabía que era un niñato malcriado—. No tengo toda la noche.
—No creo que sea buena idea —cuando dijo eso pensó en su madre irremediablemente. Si se enteraba que había subido a un coche con Jack en plena noche la arrancaría la piel a tiras. Aún recordaba una vez que habían visto a su hermana hablar con él. Cuando su madre se enteró no quiso escuchar excusas, la castigó dos semanas sin salir—.
No estoy tan lejos del pueblo —mintió—. Puedo ir andando.
Gracias.
—Jane —la forma en la que pronunció su nombre le erizó el vello de la nuca. Sus ojos grises la miraban suplicantes—. ¡Por Dios! Sé racional, hay más de siete kilómetros hasta el pueblo y hace frío. Cogerás un resfriado. Además, esos zapatos son muy bonitos pero tus pies no aguantarán mucho con ellos puestos.
—Pero…
—Tranquila, cariño. Te dejaré a la entrada del pueblo para que mamá no se entere de esto. No me he comido a nadie todavía. ¿Tienes miedo? —Una sonrisa genuina surgió de sus labios desarmándola.
—No te tengo miedo —contestó desafiante antes de entrar en el coche. En el interior agradeció la calefacción
encendida, entrando rápidamente en calor. Percibió el aroma varonil que inundaba la cabina y sintió que su pulso se aceleraba.
—Eso está mejor —dijo Jack mientras arrancaba la furgoneta—. ¿Jerry te hizo algo? —preguntó preocupado por lo sucedido. Jane se sobresaltó al notar la preocupación en su voz.
—No —contestó escuetamente.
—¿Lo intentó? —insistió sin apartar la mirada de la carretera.
—Sí —confesó finalmente, enfadada al recordar aquel momento con Jerry—. Pero a mí nadie me fuerza a algo que no quiera y menos Jerry.
—¿Y qué quería?
—Lo que todos los chicos quieren a esta edad —
contestó con suficiencia—. Besarte y meterte mano… —se tapó la boca al darse cuenta de lo que había dicho y apartó la mirada, avergonzada, para fijarla en la ventanilla.
—¿Por qué fuiste con él?
—Mi amiga Tory me convenció porque dice…
—Que Jerry es un buen partido. ¡Nada menos que el hijo del alcalde! —exclamó con sorna.
—¿Qué estas insinuando? —interpeló mirándole enfadada por aquel comentario—. Yo no soy una de esas chicas que salen solo con un apellido importante.
—¡Oye! No te enfades —dijo deteniéndose a pocos metros del pueblo al lado de una arboleda apartada.
—¿Piensas eso de mí? —preguntó dolida.
—¿Acaso tu mami te dejaría estar dos minutos a solas conmigo en un coche en plena noche?
—No —contestó con sinceridad.
—Pero te dejaría pasar horas con Jerry, ¿verdad?
—Tienes razón.
—Y si llegara a besarte me denunciaría.
—YO nunca te denunciaría —afirmó con mirada apasionada. Jack disfrutó de su reacción a pesar de que no esperaba esa respuesta ni aquella mirada azul. Solo había dicho esa frase en broma, pero en aquel momento verdaderamente deseaba besarla.
—¿Qué pasa salvaje Jack? No me digas que te doy miedo —le mirada de una forma desafiante y parecía reírse de él, aquello no le gustó.
—Nadie me da miedo —ahora era él quien la miraba airado, ambos frente a frente como adversarios.
—No estoy tan segura de eso. —Sus gruesos labios se curvaron en una sonrisa. Jack notó como se le aceleraba el pulso al contemplar lo apetitosos que parecían. Tenía unas ganas desesperadas de besar a aquella chica por la que siempre había sentido dulzura. Deseaba probarla y ella le estaba provocando para que lo hiciera.
—Te estás pasando, dulce Jane. Juegas con fuego y puedes quemarte.
—Hoy me siento intrépida. Quizás quiera quemarme contigo. —comentó con humor.
—No sabes lo que dices.
—¡Oh! Claro que lo sé ¿Te da miedo besarme? —le retó.
Aquella provocación no pudo ni quiso resistirla un minuto más. Delicadamente cogió su pequeño rostro, entre las manos y rozó sus labios con dulzura, no quería profundizar aquel beso que amenazaba con volverlo loco.
Lo que no esperaba era esa pequeña lengua rozando sus
labios cerrados, aquel gesto hizo que se perdiera en el interior de su boca, saboreando su aroma.
No hubo marcha atrás a la pasión de aquel beso que pareció desconcertarlos a ambos por la intensidad que sentían con cada roce, con cada caricia, con cada olor. El beso duró hasta que ambos se quedaron sin aliento y se separaron mirándose incrédulos el uno al otro. Jack fue recuperando el pulso y la cordura hasta que consiguió separarla de él.
—Será mejor que salgas de esta chatarra y que vuelvas al palacio. Si llegas tarde tu mamá se enfadara.
—Sí. Es tarde —contestó aún impactada por aquel beso—. Gracias.
—¿Por qué?
— Por traerme al pueblo y por el beso.
—Baja del coche y olvídate del beso. —Jane abrió la puerta con manos torpes y bajó del coche con piernas temblorosas. Se había dado la vuelta para emprender el camino cuando volvió a escuchar su voz sexy.
—¡Eh, nena! —dijo desde la ventanilla abierta—, ten cuidado con esos niños de papá. Son más peligrosos que yo.
—Lo tendré en cuenta.
—Nos veremos, dulce Jane.
—¿De verdad? —Se giró para mirarle esperanzada y Jack sintió de nuevo como un puñetazo en el estómago.
Jane parecía desear… pero era una auténtica locura. Él era basura y ella demasiado joven para él, que tenía veinticuatro y una vida desastrosa.
—Vete a casa o vas a coger un catarro.
—No te creía tan paternal, Jack Salvaje —Bromeó, antes de darse la vuelta y ponerse a caminar sobre aquellos preciosos zapatos que la hacían más esbelta.
—Quizás sea que me recuerdas a una niña pequeña con restos de barro en la cara… —se dijo a sí mismo.
Cuando vio que llegaba a la zona iluminada arrancó el motor de su vieja camioneta Chevrolet para dirigirse al apartamento donde se había criado. Esperaba que su madre se hubiera acostado ya y no estuviera esperándole.
A última hora de la tarde le había llamado la señora Flecher urgentemente, porque se le había estropeado la caldera y no había conseguido repararla hasta la noche.
***
Jane se despertó con una sonrisa en los labios y aún dudando de que lo pasado la noche anterior no hubiera sido un sueño. ¡Jack la había besado! Aún tenía muy presente su olor almizclado, aderezado con after shave, de cuando habían juntado sus labios. Todo en lo que podía pensar era en besarle de nuevo y que hiciera a su cuerpo vibrar de una forma que no podía entender. No era la primera vez que lo hacía pero nadie le había hecho sentir esa descarga por todo el cuerpo. Estaba fantaseando con más besos de Jack cuando se abrió la puerta estrepitosamente dando paso a Darlene, su hermana mayor.
—Hola, mocosa —saludó su hermana sentándose en la cama a su lado—. Mamá te va a matar cuando se entere…
—¿Ya se ha enterado? —preguntó incorporándose con celeridad y con la preocupación pintada en el rostro—. Me va a matar, ¿pero cómo se ha enterado tan deprisa?
¿Alguien nos vió y se lo ha contado?
—Me refería a que son las once de la mañana y aún no te has levantado —Darlene elevó una de sus perfectas cejas rubias entre curiosa y preocupada ante la reacción de su hermana pequeña—. Supongo que como ayer estuviste de
fiesta no pasará nada porque te levantes un poco más tarde
—Jane se levantó para vestirse con la esperanza de que no la preguntara nada sobre la noche anterior, pero no hubo suerte—. ¿Te han visto besándote con Jerry? —preguntó Darlene directa.
—No. Ese cerdo…
—¿Qué pasó? —preguntó alarmada.
—Nada…
—Cuéntamelo —el tono de su voz no admitía discusión.
—Cuando salimos del baile se suponía que me iba a traer a casa, pero esos no eran sus planes. Quería llevarme a una cuneta apartada, ya sabrás que las parejas van allí para…
—Ya sé para qué van allí las parejas. ¿Qué pasó?
—Intentó besarme y meterme mano. Entonces me enfurecí y le di una bofetada. Él me echó de su coche y me dijo que volviera a casa a pie. —Los ojos de su hermana echaban chispas y la furia crecía en su interior.
—¿Te dejó sola a esas horas en una carretera comarcal? —Darlene se levantó de la cama y paseó por la habitación furiosa—. Le voy a matar, no, Derek le matará…
¿Cómo volviste?
—Iba andando por la carretera cuando un vehículo paró…
—¿Quién era?
—Te lo digo si me prometes que no se lo contarás a nadie, sobre todo a mamá.
—Te lo prometo. —Jane observó el rostro de su hermana que tan bien conocía antes de contestar.
—Era la vieja furgoneta de Jack Rider. —Darlene abrió los ojos como platos—. Me recogió y me trajo hasta el
pueblo. Me dejó a la entrada para que nadie nos viera.
—¿Te hizo algo?
—¡Darlene! Fue amable conmigo y me trajo a casa.
—No olvidemos que es Jack salvaje. Si mamá se entera de eso te encerrará un mes.
—Lo sé. A ti te castigó por hablar con él, ¿verdad?
—Solo le estaba dando unos apuntes para su hermano Cole, que va a mi clase, me pareció muy educado y amable.
No creo que sea tan malo como dice la gente, pero por tu bien sería mejor que ni Derek ni mamá se enteren. Solo me fastidia que ese idiota de Jerry se salga de rositas.
—Gracias Darlene, por guardarme el secreto.
—Ahora será mejor que te vistas de una vez para ir a la iglesia. Cuando volvamos tenemos que lavar las cortinas
¿No dice la Biblia que los domingos hay que descansar? En media hora salimos.
—Papá odia ir a la iglesia los domingos.
—Pero si no fuera, mamá le pondría a dormir en el sofá durante una semana —Ambas hermanas rieron a carcajadas mientras rebuscaban en el armario lo que se pondrían.
La clemencia del tiempo quiso que aquel domingo fuera soleado. Su padre aparcó el monovolumen gris cerca de la iglesia y caminaron con premura hasta el templo. Aún había poca gente en la entrada, pero a su madre le gustaba llegar de las primeras a la homilía.
Ya en el interior se sentaron en la parte delantera de la nave desde donde se podía ver la entrada de los feligreses.
Sospechaba que ese era el motivo por el cual su madre siempre se quería sentar en los bancos laterales al altar.
Suspiró aburrida jugueteando con el libro de oraciones cuando sus ojos se levantaron de sus manos para
encontrarse con la mirada de Jack que acompañaba a su delgada madre a uno de los bancos traseros. Sus pupilas se encontraron escasos segundos, pero para Jane fue suficiente para acelerar su corazón.
Observó con pesar a la frágil mujer que le acompañaba, estaba muy delgada y su cabello rubio parecía apagado, lo único que destacaba en su rostro eran sus ojos grises iguales a los de su hijo mayor. Últimamente parecía una flor marchita que esperaba desaparecer. Iba agarrada del brazo de Jack como buscando apoyo.
Días antes había escuchado a su madre cuchichear con una amiga sobre la familia Rider. Al parecer su marido bebía en exceso y a veces había llegado a maltratarla. Lee Rider era conocido por lo poco que duraba en los trabajos y por meterse en líos cuando se emborrachaba. Jack había acabado sus estudios con buenas notas, pero no había podido ir a la universidad por falta de dinero. Tenía varios trabajos eventuales con los que mantenía a la familia. El resto de lo que se dijo sobre Jack no lo quiso escucharlo.
Al terminar el oficio la gente se agolpó en los alrededores del recinto para charlar con sus vecinos en un acto social. Linette Montgomery fue la última en salir del recinto y se acercó a la familia Rider con afecto. Su abuela era muy conocida en la comunidad ya que era descendiente de los fundadores del pueblo, como a ella le gustaba contar a todo el que quisiera escuchar aquella vieja historia.
Era una mujer pequeña y delgada con un pelo espeso de color blanco y ojos marrones que parecían sabios por la edad. Tras abrazar delicadamente a Rose Rider se puso a conversar con Jack que asintió con la cabeza a lo que le decía y le dedicó una dulce sonrisa a la anciana. Al lado de Jane estaban sus padres que observaban con interés la escena hasta que su madre habló.
—Jacob —le llamó en voz baja para que la gente no escuchara—. ¿Por qué tu madre está hablando con esa gentuza? —dijo con un tono de desprecio que no gustó a Jane.
—Mery —contestó su padre hastiado—, sabes perfectamente que mi madre conoce y aprecia a todo el mundo. A Rose; desde que usaba pañales…
—Su hijo mayor es un gamberro. Montó un escándalo el día de Navidad el año pasado, pegó al hijo de Smith…
—No conocemos las circunstancias…
—Cuando trabajó en el supermercado no duró ni dos días. La gente se quejaba de que era arisco y contestaba…
—Deja a ese muchacho de una vez y vámonos a casa —
cortó su padre tajante.
—Vamos niñas —les dijo su madre, como si no estuvieran a menos de treinta centímetros de ellos—.
Tenemos muchas cosas que hacer en casa.
—Sí, mamá —contestaron las hermanas al unísono.
—Vamos al coche —dijo su padre que estaba deseando llegar a casa para ver la final de baloncesto que daban en la televisión por cable. Esperaba que su mujer estuviera muy liada para que le dejara en paz.
Aquella tarde, tras acabar con sus tareas, Jane le pidió permiso a su padre para ir a visitar a la abuela Linette. Su madre no pareció muy contenta, pero no podía decir nada malo sobre la madre de su marido. La abuela vivía a tres kilómetros del pueblo en una pequeña finca junto al bosque. La casa de madera era pequeña y estaba cubierta por un tejado de pizarra gris que destacaba entre el verdor circundante. Un espeso jardín plagado de colorido rodeaba la vivienda dándole un aspecto mágico que desde niña siempre la había atrapado.
Cuando estaba a pocos metros de la casa divisó un hombre cortando un árbol enfermo del jardín. Según se acercaba descubrió un cuerpo fibroso y una piel morena por el trabajo al aire libre. Podía apreciarlo porque no llevaba camiseta y sus músculos torneados aceleraron su respiración. Se paró a pocos pasos, para poder seguir disfrutando de su visión, pero Jack debió notar su presencia porque se volvió para mirarla con sorpresa.
Su pelo negro era más largo de lo que recordaba Jane y en aquel momento lo llevaba revuelto en torno a su rostro anguloso, en el que destacaban unos labios generosos. Pero lo que de verdad conseguía hipnotizarla eran sus ojos grises como el acero. Jack la estudiaba de una forma que provocó un escalofrió en su piel. Estaba apoyado relajadamente sobre el palo del hacha esperando que llegara ella a su lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó curiosa.
—Estoy trabajando —dijo señalando el jardín con un gesto.
—Ya lo veo. ¿Qué haces en casa de mi abuela?
—Linette me ha contratado para que arregle el jardín
¿Se acabó el interrogatorio?
—Sí —contesto tímida, pero sin apartar los ojos azules de sus labios. Él sonrío a su pesar antes de seguir cortando las ramas que reposaban en el suelo e ignorando su presencia—. ¿Dónde está la abuela?
—Haciendo un bizcocho de chocolate para su dulce Jane.
Ella se ruborizó avergonzada pensando en lo que su abuela habría hablado con él sobre ella.
—Gracias —dijo antes de entrar en la casa por la puerta trasera de la cocina.