Nunca te olvidé
Capitulo 2
Jack siguió trabajando en las tareas encargadas por Linette hasta que ambas mujeres salieron de la casa. Ya había recogido las herramientas en una pequeña caseta y estaba poniéndose la camisa cuando la anciana le hizo un gesto con la mano para que se acercara hasta el porche, donde se encontraba junto a su nieta Jane.
—Toma muchacho —dijo entregándole una bolsa de papel marrón—. Es la mitad del bizcocho que hice. Sé que a tu madre le encanta, de pequeña venía todos los domingos con tu abuela a comerlo.
—Gracias, Linette —le dijo con una sonrisa tierna—. Sé que le encantará.
—Tú solo hazme el favor de cuidarla como lo has hecho siempre. —Jane notó como Jack apretaba la mandíbula al oír hablar de su madre—. Ahora te necesita más que nunca.
—Lo sé. Antes de irme, ¿necesita algo?
—Sí, me gustaría que me hicieras un favor.
—Lo que quiera.
—Acompaña a Jane. Se ha hecho tarde y me quedaré más tranquila si lo haces…
—Abuela no hace falta… —Exclamó la aludida avergonzada.
—Calla mocosa —la cortó Linette—. ¿La cuidarás? —
preguntó la mujer mirando a Jack a los ojos.
—Como a un tesoro.
—No está bien que lo diga, pero es mi nieta favorita.
—¡Oh, abuela! Cállate —dijo más avergonzada si cabía.
—Por eso me gusta —le confesó al chico ignorando su presencia—. Es la única que me contesta, ¿lo ves?
Ambos emprendieron el camino en silencio por el atajo que atravesaba el bosque. Estaban a escasos metros de la casa y Jack aún seguía riendo por el comentario de Linette sin disimulo. Jane se percató y se enfureció con él.
Cogiendo impulso intentó darle una colleja en la nuca, como solía hacer cuando se metía con ella su hermano Derek. Jack se dio cuenta de sus intenciones y fue más rápido que ella en movimientos. Cuando su mano se alzó para atizarle él cogió su muñeca sin problema y la acercó a su cuerpo mirándola de forma peligrosa.
—¿Qué pretendías?
—A Derek nunca le da tiempo a reaccionar —comentó más para sí misma que para él.
—Por si no te has dado cuenta yo no soy tu hermano y no me gusta que me agredan.
—¡Te estabas riendo de mí! —respondió furiosa, pero resignada—. Está bien, lo siento —se disculpó a regañadientes esperando que él la soltara, pero al contrario de lo que pensaba rodeó su cintura con el brazo libre y la acercó hasta que sus cuerpos se rozaron—. ¿No me escuchas? —preguntó con voz estrangulada.
—Si te he escuchado. —No podía apartar la mirada de su rostro, era una tentación para cualquier hombre con sangre en las venas. Suspiró frustrado antes de soltarla y alejarse de su proximidad porque sabía que no era buena idea lo que su cuerpo le exigía—. Lo mejor es que te alejes de mí.
—Espera —dijo acercándose a él y aferrándose a su cuello con sus frágiles brazos— Déjame acércame a ti.
Jack sonrío mientras la observaba. Su pelo castaño, con reflejos rojizos, parecía una llamarada con el sol del atardecer que el viento revolvía acariciando su rostro anguloso y sus ojos azules como el cielo le miraban con adoración. Sabía que si su familia se enteraba de que una escoria como él le ponía un solo dedo encima se armaría un gran escándalo que solo conseguiría que su madre se disgustara.
—Jane, será mejor que me sueltes. Apenas eres un bebé para mí —cogió de nuevo su cintura para apartarla, pero ella no se lo permitió.
—Quiero que me vuelvas a besar.
—¡No!
—Ayer no me pareció que pusieras tantas pegas. Hazlo ahora mismo —le exigió mientras se ponía de puntillas para alcanzar su boca.
Su gesto le pilló desprevenido y reaccionó sin pensar en los pros y contras de besarla. Las manos que rodeaban su estrecha cintura la elevaron para tener mejor acceso a sus labios. Probarlos de nuevo fue su perdición porque desde el primer roce su cuerpo se encendió como una cerilla.
Acabó apoyando su frágil cuerpo contra un árbol que había junto al camino y presionándolo con el suyo mientras la besaba con una pasión que amenazaba con consumirle.
Jane vio su mirada turbia de pasión y eso aceleró su propio corazón disfrutando de lo que tanto había anhelado.
Jack recuperó la cordura que poco antes había olvidado y se apartó de ella asustado de sus propias reacciones.
—¿Qué pasa? —preguntó aún con la neblina de la pasión en sus ojos confusos.
—Mantente lejos de mí o todos sufriremos.
—¿Por qué? —preguntó con voz desesperada.
—Si tu familia se entera sufrirá y hará sufrir a la mía.
—Pero…
—Empieza a andar. Mi madre me espera. —No dijo más y se puso a caminar con paso ligero.
Ella le siguió con el corazón saliéndose de su pecho. Al llegar al cruce de la carretera se separaron en silencio dirigiéndose cada uno a un punto del pueblo.
***
Era la quinta caja de cartón marrón que Derek cerraba aquella mañana. En ellas metía todas las cosas que había almacenado en los años que había asistido a la universidad.
Cuando terminara de recabar todos sus enseres abandonaría el piso de alquiler que había compartido con unos compañeros de clase, porque volvía a casa en menos de una semana y quería tener todo preparado para entonces. Solo le quedaba vaciar los cajones de la cómoda y, en el último cajón, donde solía colocar los calcetines de forma desordenada, encontró una foto de la mujer a la que había amado y que había huido de su lado con otro.
Recordar le hacía daño, pero volver a ver su rostro en aquella imagen impresa había abierto la herida que no parecía querer cerrar. Todo empezó un año antes cuando, en el piso, había quedado una habitación libre que debían ocupar para poder seguir pagando los gastos del mismo.
Justin, su mejor amigo, y él habían decidido alquilar a otro estudiante.
Tras varias entrevistas encontraron a un estudiante de medicina que tenía pinta de pagar a tiempo las facturas.
Pero no llegó a mudarse porque una tarde Caty, la novia de
Justin, les suplicó para que alquilasen la habitación a una amiga suya de la infancia que acababa de llegar a la ciudad y pagaría cada mes religiosamente. Finalmente, Derek aceptó, pensando que no pasaría nada, y eso pensó hasta que la conoció.
Stella era una mujer menuda y tenía el pelo rubio oscuro que le llegaba hasta la cintura, pero lo que verdaderamente hacía brillar a aquella joven eran sus ojos color de miel a los que acompañaban unas graciosas pecas sobre la nariz.
Tras dos meses conviviendo juntos, Derek supo que estaba definitivamente perdido, porque adoraba a aquella mujer por su dulzura y melancolía y en otros momentos la admiraba por su fuerza y su carácter cuando se enfadaba.
Solo había un problema para lo que sentía y era su novio modelo guaperas que parecía un estúpido. Estaba seguro de que aquel tipo la engañaba y mentía a su antojo.
Una tarde lluviosa, Derek estaba estudiando para un parcial de leyes que tenía al día siguiente y que si salía bien le haría subir la nota. Se encontraba en el cuarto de estar con los apuntes y libros abiertos sobre la mesa cuando entró una llorosa y frágil Stella.
A pesar de las lágrimas que habían enmarañado la pintura de su rostro estaba hermosa con aquel vestido de noche rojo que realzaba su figura. Cuando ella se percató de su presencia intentó ir casi a la carrera hacía su dormitorio pero Derek fue más rápido y atrapó su brazo deteniéndola.
—¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado.
—No creo que sea asunto tuyo —contestó enfadada.
—¿Llegas a casa con los ojos hinchados como los de un sapo y pretendes que no pregunte?
—Eres muy amable —dijo con palabras seseantes intentando soltarse de su brazo—, pero no tengo ganas de tus halagos.
—Si quieres te hago una infusión… —Se ofreció intentando retenerla.
—No…
—Oye, estoy seguro de que necesitas desahogarte.
Prometo no contárselo a nadie —vió la duda en sus ojos y decidió intentarlo de nuevo—. No tengo nada mejor que hacer…
—¿No estabas estudiando? —preguntó con la vista fija en los papeles que poblaban el sillón y la mesa.
—Hablamos y luego tú me ayudas a repasar, ¿te parece buen trato?
—Está bien, pero primero esa infusión que me prometiste.
Mientras Derek calentaba el agua, Stella se cambió de ropa poniéndose cómoda y se lavó los restos del maquillaje.
Veinte minutos después estaban cómodamente sentados en el sofá charlando.
—¿Qué pasó? —preguntó Derek.
—Esta tarde fui a una fiesta a la que me había invitado una amiga y encontré a mi novio con otra besándose sin ningún pudor. Ese cerdo me ha engañado desde que empezamos a salir. Mi amiga me contó que no era la primera vez, pero que nadie había tenido el valor para contármelo.
—Lo siento Stella. A pesar de lo mal que te suene lo que te voy a decir: me alegro —Ella fue a protestar pero él se lo impidió con la mano—. Mejor ahora que más tarde.
—Tienes razón. Gracias —dijo antes de darle un dulce beso en la mejilla—. Ahora será mejor que empecemos a
estudiar. Espero servirte de ayuda…
Stella pasó unas semanas malas pero finalmente superó su ruptura con el modelo. Tras lo sucedido se replanteó su forma de vida; repleta de fiestas, ropas y lujos que no la llenaban. Sus padres tenían dinero y siempre le habían dado todo lo que quería. Su vida no varió mucho tras mudarse para buscar libertad, porque no había aprendido a valerse por sí misma, aún dependía de sus padres en lo económico gracias a su vicio de comprar ropa cara. Ahora quería ser fuerte e independiente y había decidido montar un negocio propio para ocupar su tiempo en algo útil y mostrarse a sí misma que podía hacer algo más que estar con sus amigos.
Tras una larga semana buscando un local donde montar la pequeña tienda que quería fundar, el viernes por la noche se reunió con su amiga Caty y los chicos. Cenaron unas pizzas y alquilaron un DVD que les entretuvo durante un tiempo, pero poco después Caty y Justin desaparecieron en dirección a la habitación de éste dejándoles solos en el salón. Era consciente de cómo la miraba Derek y comenzó a sentir aquellas mariposas en el estómago que solo anunciaban problemas. Era muy divertido y con él a su lado lograba olvidarse de sus problemas. Tampoco podía ignorar que era condenadamente guapo y se sentía atraída por él, pero le daba miedo que surgiera algo por su mala suerte con los hombres que siempre le habían roto el corazón.
Estaban sentados los dos en el mismo sofá y Stella no dejaba de mirarle de una forma extraña que le estaba poniendo nervioso. No era para menos, ya que aquella mujer le hacía sentir cosas muy especiales y la adoraba porque todo en ella le encandilaba. Su primer instinto hubiera sido intentar seducirla, si no fuera porque hacía poco que había roto una relación y no quería dar la impresión de que se aprovechaba de ella.
Muchas veces logró controlar el deseo de besarla, pero aquella noche estaba demasiado cerca, percibiendo su fragancia suave y su pelo suelto a la espalda que le obnubilaron. Como a cámara lenta se acercó un poco más a ella y no refrenó el deseo de rozar sus labios. Stella por su parte le rodeó el cuello con los brazos y se dejó llevar sin pensar en nada más, perdida en el hombre que deseaba.
Para Derek fue el año más maravilloso de su vida, pero todo había acabado y no quería recordar. Metió la foto en un libro odiándose por no poder sacarla de su cabeza y sabedor de que ya era demasiado tarde porque le había entregado su corazón y no podría recuperarlo.
La herida aún estaba abierta porque no habían pasado ni dos meses desde que ella se marchó. Una mañana llegó a casa antes de lo previsto y encontró a Stella rodeada de cajas a su alrededor y vaciando las ropa de su armario.
Se acercó sigilosamente hasta ella antes de hablar:
—¿Qué estás haciendo? —Ella se dió la vuelta asustada al verse descubierta.
—Es evidente —contestó sin mirarle—. ¿Hoy no tenías clase?
—El profesor ha tenido un accidente con su coche y decidí venir a casa a estudiar. ¿Por qué estás recogiendo tus cosas?
—Me voy —Ya no doblaba la ropa, sino que la metía atropelladamente en la maleta abierta.
— ¿A dónde?
—No te incumbe.
Derek la obligó a girarse para mirarle de frente:
—Yo creía que teníamos algo.
—Solo fue una aventura —evitó su mirada.
—¡Estás mintiendo! —le gritó enfadado.
—Me da igual lo que pienses.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó dolido.
—He vuelto con el Rob —Nunca se había sentido tan mal en toda su vida. Era la mentira más grande que había dicho, pero no tenía otra escapatoria para alejarlo de ella.
Derek dejó caer el brazo que la sujetaba derrotado ante sus palabras—. Si no te importa, me gustaría que te fueras un par de horas.
—Tranquila —contestó con voz acerada—. Me largo y no te molestare más. Espero que seas muy feliz con tu modelo y tus fiestas.
—Adiós Derek. —Cuando Stella escuchó el portazo tras la salida de él, se desplomó en la cama llorando como una niña. No quería dañar a Derek porque le amaba, pero estaba asustada y necesitaba pensar en todo lo que se avecinada en su vida.
Tras lo sucedido Derek dedicó todas sus energías frustradas en estudiar el último parcial, sacando las mejores notas de toda su vida universitaria. A pesar de sus buenas calificaciones se sentía el hombre más desgraciado de la humanidad por no tener a la mujer que amaba a su lado. No estaba seguro de poder volver a amar alguna vez como amaba a esa mujer. Lo único que quería en aquellos momentos era volver a casa con su familia y disfrutar de sus hermanas pequeñas. La última vez que las vio las notó muy cambiadas, sobre todo a Darlene que cuando fue a cenar con su amigo Daniel parecía nerviosa y tímida.
***
La primavera llegaba a su fin y aquella tarde un grupo de amigas habían decidido reunirse a la orilla del río para pescar, o eso había organizado Kelly. Era bien conocido por todas su afición por la pesca que le transmitió su abuelo siendo apenas una niña.
Era una típica reunión de cinco amigas que se conocían desde que iban a preescolar y casi todos los fines de semana tenían algún plan para estar juntas. Jane tiró por tercera vez el sedal, mientras Gabrielle peinaba a Noelle, que tenía el cabello castaño. Gabrielle lo envidiaba porque el suyo era rizado y rebelde y de un color zanahoria que la horrorizaba. Tory por su parte tomaba el sol untada de crema mientras Kelly vigilaba las cañas de pescar del resto.
—¿Has quedado con Eric? —le preguntó Tory a Noelle mientras se ajustaba las gafas de sol sobre la nariz.
—Sí. Esta noche… Ahh —Se quejó tras un nuevo tirón de pelo por parte de Gabrielle.
—¿Es vuestra tercera cita? —Tory se había incorporado para observar mejor a su amiga.
—Sí —contestó la aludida sin querer profundizar en el asunto.
—Deberías tener cuidado —le aconsejó Gabrielle a su espalda—. Ya sabes que en la tercera cita intentan meterte mano…
—No seas exagerada —exclamó Kelly mientras cargaba de cebo el anzuelo—. No todos los chicos son iguales.
—¿Y qué experiencia tienes? —preguntó Tory con sorna.
—No todas tenemos tanta experiencia como tú —
contestó con el ceño fruncido.
—Tranquilizaos, chicas —dijo Jane conciliadora—.
Cada una hará lo que quiera llegado el momento. Hay chicos para todas…
—Claro, si nos dejas alguno —contestó Tory—. Tienes a un montón de tontos detrás de tí.
—A mí no me interesa nadie.
—Claro, santa Jane…
—Parad —gritó Gabrielle aburrida de su riña—. Dejad de discutir por tonterías.
—Mañana podríamos ir al cine, estrenan una nueva película que tengo ganas de ver —dijo Noelle para aligerar la tensión. El carácter de Tory podía llegar a ser insoportable cuando estaba de mal humor.
—¡Oh, sí! —exclamaron las cuatro voces a la vez—. Ese actor está buenísimo…
Un remolino de voces se alzó sobre los ruidos de la naturaleza junto al río. Todas alababan a los guaperas de la película y envidiaban a la protagonista del film. Las cinco regresaron al pueblo entre risas y chismes y sin haber pescado un solo pez.
La tarde siguiente Jane intentaba elegir en su armario algo que ponerse para la salida y sintiéndose deprimida porque toda la ropa que tenía era heredada de Darlene, que era muy recatada gracias al gusto de su madre.
Envidaba a sus amigas que podían vestir como quisieran y solían ponerse preciosos modelos de vivos colores. Muchas veces Tory le había propuesto prestarle algo de ropa, pero su madre no le permitía hacer semejante cosa alegando que su amiga vestía demasiado descarada. Finalmente, sacó la percha donde colgaba uno de sus mejores vestidos.
Era de color azul claro con tirantes y se alargaba por debajo de sus rodillas para que no mostrara más de lo que debía, al menos eso decía su madre. Se anudó el cabello en
una coleta alta y, tras ponerse unas sandalias blancas, cogió su pequeño bolso para encaminarse a la calle mayor donde se encontraba el único cine de la zona.
En la entrada la gente se aglomeraba esperando la hora del primer pase y la casualidad quiso que Izan, un compañero de clase que siempre se pegaba a ella como una lapa, se le acercara con una gran sonrisa que iluminaba su rostro. Era simpático y guapo, pero había algo en él que no le terminaba de gustar y sus atenciones la ponían nerviosa.
Tampoco podía negar que desde la noche del baile no podía dejar de pensar en Jack Rider y no tenía espacio para nadie más en sus sentimientos.
—Jane, qué casualidad —la habló el joven—. No esperaba verte aquí.
—He quedado con las chicas.
—Otro domingo podíamos…
—Allí esta Tory —dijo intentando cambiar de tema—.
¡Eh Tory! —exclamó llamando la atención de su amiga con la mano.
Los ojos de Jack se clavaron en su persona al ver el gesto de su mano llamando a alguien que se encontraba a su espalda. Era dulce Jane, aún recordaba el sabor de su boca a su pesar y por ese motivo había pedido salir a otra chica aquella noche y así poder olvidar lo prohibido de aquel beso. Kelly se había empeñado en ir al cine para ver aquella dichosa película que todo el mundo ansiaba. Había salido un par de veces con la rubia cañón que idealizaba medio pueblo, lo notaba por las miradas embobadas de algunos muchachos que no apartaban la vista de ella. Era muy guapa, no podía negarlo, pero estaba empezando a cansarse, porque parecía no tener nada en su linda cabecita.
—Jack, ¿te pasa algo? —Su voz estridente le sobresaltó.
—No.
—Estas muy pensativo mirando a… ¿Jane?
—Kelly, deja de decir tonterías. ¿Vamos a entrar a ver esa película?
—Estoy deseándolo —exclamó entusiasmada y olvidando a Jane.
—Pues no sé a qué esperamos —rodeó su estrecha cintura para conducirla a la taquilla donde se vendían las entradas sin mirar atrás.
Tory se bajó con manos expertas la corta falda roja que aderezada con una camisa blanca sin mangas realzaba el moreno de su piel. Se incorporaba cuando vió a su amiga Jane que le hacía gestos con una mano y con cara de desesperación. Una sonrisa surgió de sus labios pintados de rosa al descubrir a qué se debía su nerviosismo; a su derecha se encontraba Izan que desde hacía tiempo estaba intentando llamar la atención de su amiga. Se acercó hacía ellos con un ligero balanceo de caderas hasta llegar a su altura y poco después llegaron el resto de chicas.
Salieron tras la sesión emocionadas con el cuerpo y los ojos del actor del momento y poco después se separaron para ir cada una a su casa. Tory vivía en la misma calle de Jane por lo que volvieron juntas.
—¿Vas a salir con Izan? —le preguntó Tory sin preámbulos.
—No. Para eso me lo tendría que pedir. ¿No crees?
—Lo hará —afirmó convencida.
—Espero que no —confesó Jane con fastidio.
—¿No te gusta? —pregunto incrédula.
—No quiero salir con él…
—Pero si es muy guapo.
—Tory. No te lo niego…
—Yo saldría con él. Es un buen partido.
—A mí eso no me importa —contestó enfadada por la frivolidad de su amiga.
—Para vivir bien hay que elegir bien. —le aconsejó—.
No puedes negar que es un buen partido.
—Estas de broma, ¿verdad?
—Claro. No seas tonta —mintió.
—¿Sabes cómo le fue ayer la cita a Noelle? —preguntó para cambiar de tema.
—Estaba muy contenta. Parece ser que Noelle se ha enamorado. Pobre ilusa.
—Tiene que ser bonito enamorarse.
—Jane, no seas empalagosa.
—Y quizás tú quizás seas demasiado práctica.
—Puede ser. Mi madre dice que puede serme útil en la vida.
Como cada domingo por la noche la familia se reunió en torno a la mesa junto a uno de sus invitados habituales, el jefe de su padre, el señor Sullivan. Aquella noche le acompañaba su hijo, Daniel.
Su hermana Darlene se había puesto muy bonita y apenas abrió la boca sin apartar la mirada de su plato, como avergonzada. No podía negar que últimamente se comportaba de un modo extraño pero no le dió la mayor importancia porque su cabeza ya tenía su propio cupo de problemas.
A pesar de que Tory tenía razón respecto a Izan no podía fijarse en él porque ya estaba loquita por Jack, que a
su vez salía con la rubia más despampanante del pueblo.
No la había gustado verle con ella, pero le fue imposible no fijarse en él a la entrada del cine. En su interior fluyó un enfado que solo podía significar una cosa. Se había enamorado de él.
Tras salir del cine, Jack invitó a Kelly a tomar unas cervezas y jugar al billar. Después de ganarle tres partidas seguidas decidió llevarla a casa para acabar con aquella farsa de cita. Aparcó su vieja furgoneta frente a la casa de la chica esperando que ella bajara, pero Kelly tenía otra idea y comenzó a besarlo de una forma que en otro tiempo habría calentado su sangre. Ahora no sentía lo mismo porque el beso que había compartido con Jane no le permitía disfrutar del que le daba la rubia. Ofuscado la separó.
—Sera mejor que bajes. Tu madre te estará esperando.
—No lo creo —confesó Kelly que imaginaba a su madre con alguno de sus novios—. ¿Me estás echando?
—No es eso. Solo es que estoy cansado y quiero ir a casa.
—Espero que solo sea eso —dijo Kelly mirándole desconfiada—. En los últimos días parece que me rehúyes.
—No digas tonterías —Jack le dió un ligero beso en los labios antes de abrir la puerta para que bajara.