Operación Valhalla
Capítulo VIII
La tensión no disminuyó inmediatamente a bordo del «Stork», pues, mientras sobrevolaban Berlín, la artillería rusa parecía perseguirlos de forma incesante. Había numerosos incendios en muchas partes de la ciudad, y el ambiente estaba cargado de electricidad mientras las granadas alcanzaban sus objetivos.
—Algo memorable, ¿eh, mayor? —dijo Strasser, contemplando el holocausto—. El crepúsculo de los dioses.
—Sólo nos falta una partitura de Wagner para disfrutar plenamente —dijo Ritter—. Los alemanes estamos bien educados para apreciar las cosas bellas.
—Podría ser peor —señaló Strasser—. Podríamos estar ahí abajo.
El «Stork» se bamboleó violentamente, y algo resonó contra el fuselaje.
—Fuego antiaéreo —exclamó Berger—. Voy a bajar.
Hizo entrar al «Stork» en una súbita y violenta barrena que pareció durar una eternidad y en la que el ruido del motor se convirtió en un agudo aullido; finalmente, y sólo cuando parecían estar tocando ya las llamaradas de los incendios, accionó la palanca del timón y niveló el vuelo.
Hoffer apartó la cabeza, totalmente mareado. Strasser dijo, con leve tono de desprecio:
—Creo que su sargento mayor tiene poco aguante.
—¿Y qué? —repuso Ritter—. Dicen que el Gran Almirante Doenitz se marea cada vez que se hace a la mar, pero sigue siendo el más grande marinero de Alemania.
Gradualmente, fueron desvaneciéndose en la noche las llamas y los vibrantes puntos de luz. Berger gritó por encima del ruido del motor:
—Ahora que hemos salido de ésta, voy a decirles una cosa. Nunca creí que lo lograríamos. Ni por un momento.
—Lo ha hecho muy bien —dijo Strasser—. Una verdadera lección de vuelo.
Súbitamente irritado, Ritter exclamó:
—Aún no hemos terminado.
—Bobadas —replicó Berger—. A partir de ahora, todo será coser y cantar.
Y tenía razón, pues, en líneas generales, las condiciones no les hubieran podido ser más favorables. Continuaban volando en la oscuridad, a doscientos metros de altura y en medio de una intensa lluvia, sentado Berger a los mandos, con una leve sonrisa esculpida en su rostro y disfrutando evidentemente.
Hoffer se durmió; Strasser, que se hallaba sentado junto a Berger, tomaba notas en su Diario a la luz del cuadro de mandos. Ritter fumaba un cigarrillo y lo miraba, preguntándose qué sucedería tras los ojos de aquel rostro sereno e inexpresivo, pero se trataba de un ejercicio inútil. La misma pérdida de tiempo que preguntarse a sí mismo qué diablos estaba haciendo allí.
Era como una partida de ajedrez. Se hacía un movimiento en respuesta a otro. Una situación de resultados totalmente imprevisibles. Imposible saber cuál sería el final hasta que se llegara a él. Y, en definitiva, ¿importaba realmente? Se retrepó en su asiento y cerró los ojos.
Despertó instantáneamente a la presión de una mano en su hombro. Strasser dijo:
—Nos encontramos ya cerca de Plauen. Berger está tratando de comunicarse con la pista de aterrizaje.
Ritter miró su reloj y, con cierta sorpresa, vio que eran las tres. Se volvió hacia Hoffer:
—¿Qué tal estás?
—Mejor, mayor, mucho mejor ahora que ya no queda nada. Nunca pude soportar los aviones, ninguna clase de aviones. ¿Se acuerda de aquel aparato de transporte que nos sacó de Stalingrado?
Berger estaba hablando a través de su micrófono.
—Zorro Rojo, aquí Valhalla. ¿Me oye?
Se oía solamente el confuso crepitar de los ruidos atmosféricos. Volvió a probar, moviendo uno de los diales.
—Zorro Rojo, aquí Valhalla.
Momentos después, sonó una voz por entre las interferencias atmosféricas.
—Valhalla, aquí Zorro Rojo. Le oigo potencia cinco.
—Estoy llegando para repostar, como estaba previsto —dijo Berger—. ¿Cuál es su situación?
—Lluvia intensa, ligera niebla a ras de tierra, visibilidad unos ciento cincuenta metros. Vamos a encender las luces de aterrizaje.
—Todas las comodidades del hogar —dijo Berger—. Gracias.
Instantes después, brillaron a estribor dos líneas paralelas de luz.
—Ya lo veo —dijo—. Allá voy.
Viró en la dirección del viento y comenzó a descender. Ritter preguntó:
—¿Vamos a quedarnos aquí mucho tiempo?
—El que se tarde en llenar los depósitos —respondió Strasser—. Nos queda todavía mucho camino.
A través de la lluvia y la niebla, tomaron tierra en la zona iluminada, y luego rechinaron súbitamente los neumáticos al aplicar Berger los frenos, y el aparato redujo su marcha, al tiempo que bajaba la cola.
Entonces, Berger lanzó un grito de desaliento, pues los camiones que emergían presurosos de la oscuridad a ambos lados, convergiendo sobre ellos, tenían estrellas rojas pintadas en los costados.
—¡Escapemos! —gritó Strasser.
Berger alimentó las revoluciones del motor. Los soldados de los camiones estaban ya disparando. Una bala hizo saltar el cristal de una de las ventanillas. Ritter sacó por ella el cañón de un «Schmeisser» y disparó una larga ráfaga. Se movían de nuevo, acelerando hacia el final de la pista, con los camiones tratando de mantenerse a su altura y rezagándose. Berger echó hacia atrás la barra del timón, y el aparato se elevó en la oscuridad.
Niveló el vuelo a mil metros.
—¿Y ahora qué? —dijo Strasser.
Por primera vez, parecía haberle abandonado su serenidad, y se mostraba preocupado. Por alguna razón, Ritter encontró el espectáculo extrañamente confortante.
—De lo único que estoy seguro en estos momentos es de que tengo combustible para cuarenta minutos, incluyendo el depósito de reserva —dijo Berger. Y, en la crisis, fue a Ritter a quien se dirigió—: Eche un vistazo al mapa de la Luftwaffe, el de arriba. Mire a ver qué tenemos cerca de nosotros en un radio de treinta kilómetros al sur de aquí.
Ritter extendió el mapa sobre sus rodillas y encendió su linterna.
—Hay un lugar llamado Plodin, marcado con un círculo rojo. A unos veinticinco kilómetros. Según la clave, eso significa puesto de alimentación de reserva. ¿Qué quiere decir?
—Forma parte del sistema de apoyo a los cazas nocturnos. La clase de lugar en que pueden aterrizar si tropiezan con dificultades. Un hangar y una sola pista, generalmente de hierba. Probablemente, un club aéreo privado antes de la guerra. Veré si puedo establecer contacto con ellos.
—Ya estableció contacto con alguien la última vez —dijo Strasser—. Respondieron en excelente alemán, y mire lo que sucedió.
—Muy bien, ¿qué quiere que haga? —preguntó Berger—. No puedo ver adónde estamos llegando, a menos que baje, porque no empezará a clarear antes de las cuatro. Y veinte minutos antes de esa hora nos habremos quedado sin combustible, según mis cálculos. Quizás haya leído usted que en esta clase de situaciones la gente suele saltar. Por desgracia, sólo disponemos de un paracaídas, y lo tengo puesto yo.
—Está bien, entiendo —respondió Strasser—. Haga lo que crea más conveniente.
Permaneció sentado, moviendo nerviosamente la mandíbula y con los puños apretados. «Está deshecho —pensó Ritter— porque, por una vez, no domina la situación. Ha perdido el control. No está dirigiendo el juego, el juego lo está dirigiendo a él».
Berger estaba hablando ahora, sin emplear ninguna clave.
—Aquí «Fieseler Storch» AK-40, llamando a Plodin. Me estoy quedando sin combustible y necesito ayuda. Adelante, por favor.
La respuesta llegó en el acto. Una voz dijo urgentemente:
—Sugiero que pruebe en otra parte. Desde anoche a las siete, estamos completamente cercados por tropas rusas.
—Me temo que no puedo elegir —dijo Berger—. Mi hora prevista de llegada es las tres cuarenta. Si continúo en vuelo cinco minutos después, tendré que planear.
Hubo un silencio, sólo interrumpido por las interferencias atmosféricas, y, luego, la voz dijo:
—Muy bien, haremos lo que podamos.
—Bueno, caballeros, allá vamos otra vez —dijo Berger, y empezó a descender.
Dos aviones ardían a un lado de la pista cuando llegaron.
—Unas luces de aterrizaje muy caras —dijo Berger—, pero nos vienen muy bien.
Había un par de hangares, una pequeña torre de control y un grupo de barracones a unos cien metros de distancia, con varios camiones estacionados junto a ellos. No se oía ningún ruido de lucha, ni disparos, cuando aterrizaron, sólo los dos aviones ardiendo al lado de la pista: un viejo «Dornier 17» y un caza nocturno «Ju 88».
Mientras Berger dirigía su aparato hacia la torre de control, se adelantaron corriendo media docena de hombres, dos de los cuales llevaban calzos para las ruedas; y se abrió la puerta y apareció un oficial, enmarcado en la luz del interior.
Era un Oberleutnant, con su fliegerblüse de la Luftwaffe desabrochada a la altura del cuello. Tenía veintitrés o veinticuatro años, estaba sin afeitar y parecía cansado.
Berger le tendió la mano.
—Heini Berger. Veo que no se preocupan de apagar las luces.
—¿Para qué? ¿Con esos dos aviones ardiendo como velas en un árbol de Navidad? Nuestra conducción de agua quedó destrozada en el primer bombardeo, así que nos es imposible apagar los incendios. A propósito, me llamo Frankel.
—¿Está usted al mando de la posición? —preguntó Strasser.
—Sí, el capitán Hagen cayó muerto anoche. Los tanques rusos nos bombardearon a las once y barrieron los edificios con fuego de ametralladora.
—¿No hubo ataque de infantería? —preguntó Ritter.
Frankel se fijó en el uniforme, en la Cruz de Caballero con Hojas de Roble y Espadas, y se cuadró.
—No, se quedaron ahí afuera, en la oscuridad, Sturmbannführer. Hace cosa de una hora, volvieron a bombardearnos. Entonces fue cuando se incendiaron los aviones.
Ritter echó a andar en la oscuridad. Acá y allá yacían diseminados varios cadáveres, y en el extremo más lejano de la pista había otro «Junker», con el morro hacia abajo y la cola levantada, y un enorme surco en el suelo indicaba el lugar donde había aterrizado sobre la panza.
Dio media vuelta y regresó junto a los otros.
—¿Cuántos hombres le quedan?
—Media docena —respondió Frankel—. Los tripulantes de esos aparatos escaparon antes de que fuésemos alcanzados. Y están luego varios de sus hombres, Sturmbannführer. Llegaron anoche, poco antes que los rusos. Ahora están en los barracones. Puede ver allí sus camiones…, cuatro de ellos.
—¿Mis hombres? —dijo Ritter—. Quiere decir SS, supongo. ¿Qué unidad?
—Einsatzgruppen, Sturmbannführer.
Ritter palideció intensamente. Agarró a Frankel por la pechera de su fliegerblüse.
—No vuelva a mencionar a esa escoria como si fuesen miembros de las Waffen SS, ¿me oye?
Los Einsatzgruppen, grupos de acción o comandos especiales, habían sido formados por Himmler antes de la invasión de Rusia. Eran en realidad patrullas de exterminio, reclutadas en las cárceles alemanas y mandadas por oficiales de la SD y la Gestapo. Ocasionalmente, soldados de la Waffen SS, declarados culpables de algún delito, eran trasladados a ellas como castigo. La expresión «escoria de la tierra» las definía perfectamente.
Fue Strasser quien se adelantó para apartar a Ritter.
—Tranquilícese, mayor. Cálmese. ¿Qué están haciendo allí?
—Beber —respondió Frankel—. Y tienen varias mujeres con ellos.
—¿Mujeres?
—Chicas…, de los campos de concentración. Judías, creo.
Se produjo un tenso silencio. Señalando con la cabeza los incendiados aviones, Berger dijo:
—¿Por qué no sacaron esos aparatos cuando aún había tiempo?
—Aterrizaron aquí porque se estaban quedando sin combustible, y nosotros tampoco tenemos nada. Gastamos las últimas gotas hace quince días.
—No hay combustible —intervino Strasser—. Pero algo les quedará, seguramente, y el «Stork» no necesita mucho, ¿verdad, Berger?
—Aunque sólo necesitaran diez galones, no podría dárselos.
Berger miró hacia el «Junker» que se encontraba más allá del hangar, el que había capotado.
—¿Y ése? ¿No tiene nada en los depósitos?
—Le sacamos el combustible hace un par de semanas —Frankel vaciló—. Acaso le queden unos litros, pero no lo suficiente para ir a ninguna parte.
De los barracones llegó una súbita explosión de risas y cantos. Ritter dijo a Berger:
—Supongo que un cacharro como el «Fieseler Storch» no necesitará gasolina de avión de alto octanaje para poder volar, ¿no?
—No. Funcionará con algo mucho menos refinado. Aunque la velocidad será menor, naturalmente.
Ritter señaló hacia los barracones.
—Ahí hay cuatro camiones. Calculo que entre todos tendrán ciento treinta y cinco o ciento cuarenta litros. ¿Serviría?
—No veo por qué no —respondió Berger—. Especialmente, si podemos extraer unos cuantos litros del «Junker» para mezclarlo.
Ritter se volvió hacia Frankel.
—¿De acuerdo?
El Oberleutnant asintió.
—Por lo que a mí se refiere, no hay inconveniente. Pero quizá los caballeros de los Einsatzgruppen tengan otras ideas.
—Estamos aquí en una misión de especial importancia para el Reich — repuso Strasser—. Mis órdenes están firmadas por el propio Führer.
—Lo siento, mein Herr —dijo Frankel—, pero actualmente están sucediendo cosas extrañas en Alemania. Hay personas para las que ese lenguaje no significa gran cosa. Sospecho que eso les ocurre especialmente a esos tipos.
—Entonces, les haremos cambiar de opinión —respondió Ritter—. ¿Cuántos son?
—Unos treinta.
—Bien. Ponga un par de hombres a sacar el combustible del «Junker». Envíe los demás a los camiones. Yo trataré con esos… —vaciló—, caballeros de los Einsatzgruppen. —Se volvió hacia Strasser—. ¿Está de acuerdo?
Strasser sonrió levemente.
—Mi querido Ritter, no me lo perdería por nada.
No había nadie en los camiones, y tampoco ningún centinela en los peldaños que conducían a la puerta del barracón, mientras Ritter avanzaba a grandes zancadas, seguido por Strasser.
—Debo de estar loco —dijo Strasser.
—¡Oh, no sé! Como solíamos decir de esos bastardos burócratas del Cuartel General, a un hombre le conviene despegar de vez en cuando el culo de la silla e ir al frente a ver cómo les va realmente a los soldados. Un poco de acción y pasión para usted, Reichsleiter.
Se detuvo al pie de los escalones para ajustarse los guantes. Strasser dijo:
—¿Por qué me llama eso, mayor?
—¿Quiere decir que estoy equivocado?
—Que yo sepa, el Reichsleiter Martin Bormann se encuentra en estos momentos en el Führerbunker, en Berlín. Incluso en estos tiempos, sería un milagro que un hombre estuviese en dos sitios a la vez.
—No sería difícil si tuviese un doble.
—Lo cual plantearía el problema de quién es real y quién sólo su imagen —replicó Strasser—. Una cuestión importante, convendrá usted.
—Cierto —dijo Ritter—. Y, en último término, quizás una cuestión puramente académica —sonrió con ironía—. ¿Entramos?
Abrió la puerta y dio un paso adelante en la iluminada estancia. Al principio, él y Strasser pasaron completamente inadvertidos, lo cual no era de extrañar, ya que casi todos los hombres que abarrotaban las mesas situadas ante ellos estaban borrachos. En un rincón había una docena de muchachas acurrucadas, despeinadas, con los vestidos hechos jirones y los rostros cubiertos de suciedad. De hecho, aquellos rostros eran lo más interesante de ellas; unos ojos apagados, desprovistos por completo de esperanza, con la mirada de un animal que espera la cuchilla del matarife.
Un corpulento Hauptsturmführer se encontraba sentado al extremo de la mesa más larga. Era un hombre de aspecto brutal, ojos oblicuos y prominentes pómulos eslavos. Tenía sentada sobre las rodillas una muchacha morena, a la que atraía fuertemente hacia sí con un brazo pasado por el cuello, mientras con la otra mano hurgaba ávidamente bajo su falda. La chica no tendría más de dieciséis años.
Y fue ella quien vio primero a Ritter, y se le dilataron los ojos por efecto de la sorpresa. El Hauptsturmführer, al notar su rigidez, se volvió a ver qué estaba mirando.
Ritter permanecía inmóvil, con las manos en las caderas y las piernas ligeramente separadas, y era como si un viento helado hubiera penetrado en la habitación, como si hubiera entrado la propia Muerte. El Hauptsturmführer se fijó en el espléndido uniforme negro, las condecoraciones, los oscuros ojos bajo la visera de la gorra, la reluciente calavera de plata.
—Supongo que es usted quien ostenta el mando —dijo Ritter con voz suave.
El capitán apartó de un empujón a la muchacha y se puso en pie. Se había hecho un silencio absoluto en la estancia.
—En efecto —dijo—. Grushetsky.
—¿Ucraniano? —preguntó Ritter, con evidente repugnancia—. Lo imaginaba.
Grushetsky enrojeció de ira.
—¿Y quién diablos es usted?
—Su superior —respondió calmosamente Ritter—. ¿Se da cuenta de que ahí afuera, en la oscuridad, hay rusos que podrían estar bastante interesados en ponerle las manos encima, y ni siquiera tiene usted apostado un centinela?
—No hace falta —repuso Grushetsky—. No vendrán antes del amanecer, sé cómo actúan. Mucho antes nos habremos largado en nuestros camiones. Mientras tanto… —pasó un brazo en torno a la muchacha y la atrajo hacia sí.
—Lo siento —dijo Ritter—, pero me temo que no van a ir en camión a ninguna parte. Necesitamos esa gasolina para nuestro avión.
—¿Qué? —exclamó Grushetsky.
—Enséñele sus órdenes —dijo Ritter a Strasser con tono negligente.
Volvió a mirar a la muchacha, ignorando a Grushetsky, y luego se dirigió al fondo de la estancia y miró a las otras.
—Se lo leeré —dijo Strasser—. Del Caudillo y Canciller del Estado. Alto secreto. Confío en que reconocerá la firma que figura al pie de la página. Adolf Hitler.
—Sí, bueno, él está en Berlín, y nosotros estamos aquí —replicó Grushetsky—. Y, si quiere coger esa gasolina, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
—Eso puede arreglarse.
Ritter levantó indolentemente el brazo derecho y chascó los dedos. Saltó hecho añicos el cristal de una ventana y asomó por ella un «Schmeisser», tras el que se veía el sonriente rostro de Berger. La puerta se abrió de golpe y entró Hoffer empuñando otro «Schmeisser».
—Ya ves —dijo Ritter a la muchacha, que Grushetsky había soltado ahora —. Todavía es posible que suceda lo mejor en el peor de todos los mundos posibles. ¿Cómo te llamas?
—Bernstein —respondió ella—. Clara Bernstein.
Él reconoció su acento al instante.
—¿Francesa?
—Eso es lo que dice mi certificado de nacimiento, pero para ustedes, bastardos, no soy más que otra sucia judía.
En cierto extraño modo era como si estuvieran solos.
—¿Qué quieres que haga, decir que lo siento? —le preguntó Ritter en francés—. ¿Serviría de algo?
—En absoluto.
—Acción positiva entonces, Clara Bernstein. Marchaos ahora tú y tus amigas. Ahí afuera, en la oscuridad, más allá de la alambrada, hay soldados rusos. Os sugiero que os dirijáis hacia ellos, con las manos en alto y gritando como demonios. Creo que os admitirán.
—Eh, ¿qué diablos está pasando aquí? —preguntó Grushetsky en su mal alemán.
Ritter se volvió hacia él.
—¡Cierra la boca, cerdo! Y los tacones juntos cuando me hables, ¿entiendes? ¡Firmes todos!
Y todos obedecieron, tratando de cuadrarse incluso los más borrachos. La chica llamó en alemán a las otras. Éstas vacilaron. Ella exclamó:
—Está bien, quedaos a morir aquí, pero yo me largo.
Corrió afuera, y las demás muchachas la siguieron inmediatamente. Podían oírse con toda claridad sus voces, mientras atravesaban la pista en dirección a la alambrada.
Ritter paseó de un lado a otro por entre las mesas.
—Creéis ser soldados del Reich alemán, suposición natural, dado el uniforme que lleváis, pero estáis equivocados. Voy a deciros lo que sois, en palabras sencillas para que lo comprendáis.
Grushetsky lanzó un rugido de rabia y sacó su «Luger», Strasser, que había estado esperando algo parecido durante los últimos cinco minutos, disparó dos veces a través del bolsillo de su cazadora de cuero. La bala destrozó la espina dorsal del ucraniano, matándolo en el acto y arrojándole sobre una de las mesas.
Varios hombres gritaron y trataron de sacar sus armas. Berger y Hoffer dispararon a la vez, dando muerte a cuatro de ellos entre los dos.
Ritter dijo a Hoffer:
—Excelente, quítales sus armas y mantenlos a raya hasta que estemos listos para partir.
Uno de los Einsatzgruppen dio un involuntario paso hacia delante.
—Pero, Sturmbannführer… Sin armas, nos será totalmente imposible defendernos, y los rusos…
—Me trae sin cuidado —dijo Ritter, y salió, seguido de Strasser.
Frankel acudió a su encuentro.
—Ha dado resultado. Hemos conseguido unos setenta litros de combustible de avión del «Junker». Mezclándolo con gasolina de los camiones, podemos llenarle los depósitos.
—¿Cuánto tardarán? —preguntó Strasser.
—Cinco o diez minutos.
Ritter ofreció un cigarrillo al joven teniente de la Luftwaffe.
—Lamento no poder llevarles a usted y sus hombres. Les dejamos en una situación bastante peligrosa.
—En cuanto ustedes se hayan ido, nos rendiremos —dijo Frankel—. No creo que pueda hacerse otra cosa a estas alturas.
—Quizá tenga razón —respondió Ritter—. Yo, en su lugar, retendría aquí a esos bastardos encerrados bajo llave, hasta que llegaran los rusos. Podría resultar útil.
Un sargento corrió hacia ellos y saludó.
—El «Stork» está listo ya para partir, Herr Leutnant.
Se percibieron movimientos en la oscuridad, más allá del perímetro del puesto, y se oyó el ruido de un motor al ponerse en marcha. Ritter se volvió y gritó:
—¡Berger, Erich! ¡Vámonos de aquí, parece que los rusos empiezan a avanzar! Corrió hacia el hangar, seguido de Strasser. Mientras trepaban a la cabina del «Stork», llegaron Hoffer y Berger. Berger ni siquiera se molestó en ponerse el cinturón. Cerró la puerta y, al instante, puso en marcha los motores, de tal modo que en cuestión de segundos el «Stork» avanzaba por la pista y ponía proa al viento.
Las llamas de los aviones incendiados se habían extinguido, y el campo estaba casi totalmente a oscuras.
—Si creen ustedes en la oración, ¡ahora es el momento! —exclamó Berger, que aumentó las revoluciones del motor e hizo avanzar el «Stork».
Se hundieron en la oscuridad, y Ritter se retrepó en el asiento y cerró los ojos, sin experimentar ningún miedo, consumido solamente por la curiosidad de saber cómo sería. ¿Había llegado el momento?, se preguntó. ¿Podría ser éste el instante final después de todos aquellos años? Y, entonces, el «Stork» se elevó, al tirar Berger hacia sí de la barra del timón, y ascendieron en la oscuridad.
Ritter se volvió y encontró a Strasser examinando los orificios de bala de su cazadora.
—Muchas gracias, pero nunca esperaba ver el día en que usted se dedicara a defender los derechos de los judíos.
—Lo que les pase a esas chicas me es completamente indiferente —le dijo Strasser—. Usted, por el contrario, es fundamental para esta operación, que podría fracasar sin su ayuda. Ha sido la única razón de que disparase contra ese mono eslavo.
—Parece que debo agradecer pequeños favores.
—No más gestos vanos, mi querido Ritter, se lo ruego.
—¿Vanos?
—Una buena descripción. Imagino que los rusos violarán a esas chicas con un entusiasmo por lo menos igual al de Grushetsky y su heterogénea dotación, ¿o en realidad había pensado usted que sería diferente?
Empezó a amanecer hacia las cuatro y media, mientras volaban a través de espesas nubes; al principio era una mera impresión de luz. Strasser y Hoffer dormían, pero Berger parecía tan alegre y descansado como siempre, silbando suavemente entre dientes.
—Le gusta, ¿verdad? —dijo Ritter—. Me refiero a volar.
—Más que cualquier mujer —sonrió Berger—. Que ya es decir. Durante mucho tiempo me preocupaba más qué haría cuando todo hubiera terminado…, la guerra, quiero decir. Los derrotados no podrían volar más.
—¿Pero eso no juega con usted?
Era tanto una afirmación como una pregunta, y cogió desprevenido a Berger.
—Hay muchos sitios adonde ir, cuando se piensa en ello. Sitios en los que siempre hay trabajo para un buen piloto. América del Sur, por ejemplo. El Reich… —se contuvo rápidamente—. Herr Strasser ha organizado ya un oleoducto que nos permitirá a algunos de nosotros vivir para luchar otro día.
—Una perspectiva halagadora —dijo Ritter—. Lo felicito.
Al recostarse de nuevo, se dio cuenta de que Strasser estaba despierto y mirándoles por entre sus entornados párpados. Sonrió y se inclinó hacia delante, apoyando una mano en el hombro de Berger.
—A mi joven amigo le gusta hablar; es un conversador por naturaleza. Es una suerte que sea un piloto tan brillante.
Strasser estaba sonriendo alegremente, pero sus dedos se engarfiaban con tanta fuerza en el hombre, que Berger parpadeó de dolor.
—Vamos a subir —gritó—. Voy a procurar sacar el avión de esta mierda, a ver lo que hay. Debemos de estar llegando.
Echó hacia atrás la barra del timón y empezó a ascender, pero las densas nubes seguían envolviéndolos. Finalmente, niveló el vuelo.
—Es inútil. Tendré que probar de otra manera. No hay más remedio. Agárrense, y veamos cómo están las cosas abajo.
Echó hacia delante la barra del timón, lanzando al «Stork» en un leve picado. La nube se hizo más oscura, más amenazadora, hirviendo a su alrededor, mientras el granizo golpeaba el fuselaje, y Berger tuvo que sujetar la barra con toda su fuerza. Estaban a 1500 metros y seguían descendiendo. Berger continuaba aferrado a la barra del timón, y Hoffer lanzó un involuntario grito de miedo. Y, luego, a los mil metros de altura, emergieron a la luz del día y, al nivelar Berger el aparato, se encontraron sobrevolando un amplio valle en el que resaltaba sobre la nieve el intenso verdor de los pinos, con los Alpes bávaros elevándose a ambos lados.
—Alguien a bordo debe vivir —dijo Berger—. Ahora, mayor, eche un vistazo al mapa de la Luftwaffe, a ver si puede encontrar Arnheim.
No era más que un puesto de alimentación de reserva, nunca había sido otra cosa. Había una sola pista y dos hangares. Y, en lugar de torre de control, un par de barracones de cemento con tejados de meted.
Nevaba suavemente, pero el viento era ligero, y el «Fieseler Storch» llegó desde el Norte como un fantasma gris con el ruido de su motor convertido apenas en un murmullo. Sus ruedas tocaron tierra, y brotaron dos chorros de humo blanco al saltar la nieve en surtidor bajo ellos.
—Vaya derecho a los hangares —dijo Strasser—. Quiero que el aparato esté bajo cubierta.
—Está bien —asintió Berger.
Cuando llegaron lo bastante cerca, Strasser, Ritter y Hoffer saltaron a tierra y abrieron entre los tres las puertas del hangar. Berger condujo el avión al interior y paró el motor. Soltó una carcajada al saltar del aparato.
—Lo hemos logrado. Desde la Columna Victoria hasta Arnheim, en cinco horas y media. —Ayudó a Ritter a cerrar la puerta—. Respire este aire de montaña.
Hoffer había pasado al hangar contiguo por la puerta que comunicaba ambos, y ahora regresó.
—Ahí hay un coche de campaña, mayor —dijo a Ritter—. Con un cesto en la parte posterior.
—Estupendo —dijo Strasser—. Es lo que esperaba.
Echó a andar, y los otros le siguieron. El cesto era de los utilizados en las meriendas campestres. Con él había también una pequeña maleta de cuero. Strasser la puso sobre el capó y la abrió. Dentro había un emisor-receptor de radio, de un modelo desconocido para Ritter.
—Excelente —comentó Strasser—. Lo mejor del mundo en estos momentos. Llegado hasta nosotros por cortesía de un agente del Ejecutivo de Operaciones Especiales británico. —Miró su reloj—. Las cinco y media…, ¿voy bien?
—Creo que sí —respondió Ritter.
—Bien. —Strasser se frotó enérgicamente las manos—. Este aire de montaña resulta vivificante. Comeremos, tomaremos algo caliente y, luego…
—¿Comer algo? —preguntó Berger.
—Pues claro. ¿Qué cree que hay en el cesto?
Berger soltó las correas y levantó la tapa. En su interior había tres barras de pan negro, salchichas, mantequilla, huevos cocidos, dos grandes termos y una botella de schnapps. Berger desenroscó el tapón de uno de los termos y quitó el corcho. Inhaló profundamente, y en su rostro apareció una expresión de placer.
—Café…, café caliente.
Sirvió un poco en la taza y lo probó.
—Y es auténtico —anunció—. Un milagro.
—Ya ven lo bueno que soy con ustedes —dijo Strasser.
—¡Desde luego, es un verdadero genio de la organización! —exclamó Ritter.
—Eso lo he oído ya muchas veces. —Strasser consultó su reloj.
—¿Y luego? —preguntó Ritter—. ¿Qué iba a decir antes?
Strasser sonrió.
—Estoy esperando otro avión para las siete. Se trata de un hombre de verdadera confianza, así que llegará puntual.
Ritter abrió la puertecilla existente en el portón del hangar y salió, levantando la cara hacia la nieve.
—¡Qué aire! Hace que todo vuelva a parecer limpio.
Hoffer le pasó a Ritter una taza de café y un trozo de pan negro.
—No entiendo, mayor. Ese otro avión que está esperando… ¿Quién es? ¿Por qué no nos lo dice?
—Probablemente, el Führer en persona, Erich. —Ritter sonrió—. Después de los acontecimientos de los dos últimos días, ya nada me sorprendería.
Exactamente a las siete menos cinco, Heini Berger, que estaba recostado contra el capó del coche de campaña, fumando un cigarrillo, se irguió.
—Viene un avión. Lo oigo.
Ritter abrió el portillo y salió al exterior. Seguía nevando, y los copos le rozaron el rostro al levantar la vista. El motor se oía aún a cierta distancia, pero no había duda.
Volvió a entrar.
—Es cierto.
Strasser había abierto la maleta y tenía el micrófono en la mano. Ajustó los mandos y dijo en inglés, para sorpresa de los otros:
—Operación Valhalla. Operación Valhalla. ¿Me recibe?
Una voz americana contestó con sorprendente claridad:
—Operación Valhalla. Aquí Odín. ¿Tengo campo libre para aterrizar?
—Todo libre. Baje ya.
Guardó el micrófono y cerró la maleta. Ritter preguntó:
—¿Puedo saber a qué viene todo eso?
—Más tarde —respondió impacientemente Strasser—. Por el momento, abramos esas puertas. Quiero que esté a cubierto y fuera de la vista en cuanto aterrice.
Ritter se encogió de hombros, hizo una seña a Hoffer y, con ayuda de Berger, abrieron las puertas. Se oía ya muy cerca el ruido del avión, y todos volvieron a entrar y aguardaron.
De pronto apareció, emergiendo de la bruma gris que ocultaba el extremo norte de la pista, un bimotor, camuflado y completamente familiar al menos para uno de los hombres presentes, Berger, quien exclamó:
—¡Santo Dios, es un «Dakota» americano!
—Así parece —dijo Strasser.
—¿Es que no hay nada imposible para usted? —preguntó Ritter.
—Mi querido Ritter, si lo necesitase, podría haber tenido una Fortaleza Volante o un «Lancaster» de la RAF.
El «Dakota» aterrizó, levantando una nube de nieve a su alrededor, viró hacia ellos al agitar Strasser los brazos y se acercó lo bastante como para que pudieran ver al piloto que ocupaba la carlinga, con las insignias de las Fuerzas Aéreas americanas destacando claramente sobre el camuflaje verde y marrón.
El avión rodó hasta el interior del hangar; por unos momentos, el estruendo fue infernal, y, luego, los motores se pararon de repente.
—Bien, cierren esas puertas —ordenó Strasser.
Cuando lo hubieron hecho, se abrió la carlinga y apareció el piloto. Tenía un rostro moreno, plomizo, y no aparentaba mucho más de treinta años. Llevaba una gorra con la calavera de las SS y una cazadora de vuelo. Se quitó la cazadora y provocó una especie de conmoción.
Llevaba un bien cortado uniforme de color gris verdoso. Bajo el águila de su manga izquierda se veía un escudo de las Barras y Estrellas, y en el puño izquierdo de su guerrera figuraba la inscripción «George Washington Legión», en letras góticas. Sus condecoraciones incluían la Cruz de Hierro de segunda y primera clase; y llevaba la Cinta de la Guerra de Invierno. Cuando habló, pudo apreciarse que su alemán era excelente, pero con un claro acento norteamericano.
—De modo que lo ha logrado —dijo a Strasser—. Extraordinario, pero ya debería haber aprendido a creer en usted.
—Me alegro de verle. —Strasser le estrechó la mano y, luego, se volvió hacia los otros—. Caballeros, permítanme presentarles al Hauptsturmführer Earl Jackson. Éste es Heini Berger, que nos ha traído de Berlín en el «Stork».
—Capitán —Berger le dio la mano—, le aseguro que me ha emocionado verle caer del cielo.
—Y el Sturmbannführer Karl Ritter.
Jackson le tendió la mano, pero Ritter lo ignoró y se volvió a Strasser.
—Y ahora hablaremos, supongo.
—Mi querido Ritter… —empezó Strasser.
—¡Ahora! —replicó ásperamente Ritter, y abrió la puerta de comunicación y pasó al hangar contiguo.
—Está bien —dijo Strasser—. ¿Qué pasa ahora?
—Ese americano, Jackson… ¿quién es? Quiero saberlo.
—Vamos, Ritter, las Waffen-SS han reclutado hombres de casi todas las naciones imaginables, usted lo sabe. Tenemos desde franceses hasta turcos. Hay incluso un contingente inglés, el Britisches Freikorps. Admito que sólo ha habido un puñado de americanos en la Legión George Washington. Exprisioneros de guerra, reclutados gracias a la perspectiva de cantidades ilimitadas de licor y de mujeres. Jackson es un ejemplar distinto, créame. Voló para los finlandeses durante su primera guerra contra los rusos, se quedó en sus fuerzas aéreas y volvió a enfrentarse con los rusos cuando aquéllos se aliaron con nosotros. Cuando los finlandeses pidieron la paz el año pasado, se vino a nuestro lado.
—Un traidor es un traidor, por mucho que lo adorne.
—Es un punto de vista, pero no lo bastante objetivo, amigo mío. Lo que yo veo es que es un piloto excelente; un hombre valeroso y lleno de recursos, con un historial altamente especializado que le hace adaptarse a la perfección a mis planes. Puedo añadir también que, como sus paisanos lo colgarían sin duda alguna si lograran echarle la mano encima, no tiene más remedio que servir a mi causa. Es su única posibilidad de sobrevivir. Bien: ¿tiene algo más que decir?
—Creo que se ha explicado con toda claridad —respondió Ritter.
Strasser abrió la puerta, y ambos pasaron al otro hangar. No hizo ninguna alusión a lo sucedido, simplemente sacó un mapa del bolsillo y lo desplegó sobre el capó del coche. Los demás se apiñaron va su alrededor.
—Esto es Arnheim. Arlberg está a doce o quince kilómetros al sur de aquí. Y a quince kilómetros al oeste hay una granja, señalada en la linde del bosque. Ahí es donde están los finlandeses.
—¿Vamos todos? —preguntó Ritter.
—No, el Hauptsturmführer puede quedarse con los aviones.
—¿Y yo? —dijo Jackson.
—No, usted podría ser útil de otra manera. Vendrá con nosotros.
El norteamericano no pareció muy complacido, pero, evidentemente, no había nada que pudiera hacer. Strasser añadió:
—Y, a partir de ahora, como empieza lo que podríamos llamar la parte militar de la operación, asumirá el mando el Sturmbannführer Ritter.
—¿Quiere decir que tengo carta blanca para tomar las decisiones que considere oportunas? —preguntó Ritter.
—Bueno, nunca le ha hecho daño a nadie algún que otro consejo de vez en cuando, ¿verdad? —Strasser sonrió—. Pero no crucemos los puentes hasta llegar a ellos, mayor. Primero esperemos a ver a esos bárbaros finlandeses.