Operación Valhalla
Capítulo II
Todo empezó —si puede decirse que empezó en alguna parte— en la mañana del miércoles, 25 de abril de 1945, a unas millas al norte de Innsbruck.
Cuando, poco después de amanecer, Jack Howard salió del camión situado en la parte posterior de la columna, hacía un frío intenso y el suelo aparecía espolvoreado de nieve seca, pues el valle en que se habían detenido para pasar la noche se hallaba en el corazón de los Alpes bávaros, aunque apenas se podían ver las montañas, a causa de la densa niebla que se había posado entre los árboles. Le recordaba demasiado a las Ardenas para sentirse tranquilo. Golpeó los pies en el suelo para entrar en calor y encendió un cigarrillo.
El sargento Hoover había encendido una fogata, y los hombres, ya sólo cinco, estaban sentados en cuclillas junto a ella. Anderson, O’Grady, Garland y Finebaum, que en otro tiempo tocaba el clarinete con Glenn Miller y no dejaba que nadie lo olvidase. En aquellos momentos, soplaba sobre las llamas, tratando de avivarlas. Fue el primero en advertir la presencia de Howard.
—¡Eh, el capitán se ha levantado y no tiene muy buena cara!
—¿Por qué no te miras a un espejo? —preguntó Garland—. ¿Crees que tú pareces una margarita o algo así?
—Estramonio, ésa es la única flor a la que jamás se ha parecido éste — dijo O’Grady.
—Muy bonito —replicó Finebaum—. Hemos terminado. De ahora en adelante, tendréis que buscaros vosotros mismos vuestras habichuelas. —Se volvió hacia Hoover—. Oye, sargento, apelo a tu buen sentido. ¿Es eso lo mejor que pueden ofrecer estos tíos después de todo lo que he hecho por ellos?
—Es un número pésimo, Finebaum. ¿Te lo he dicho alguna vez? — Hoover echó café en un vaso de aluminio—. Vas a necesitar mucha práctica, muchacho, si quieres volver al vodevil.
—Pues, mira, te voy a decir una cosa —contestó Finebaum—. Tengo un problema últimamente. Me he quedado sin público. Se me ha muerto la mayoría.
Hoover llevó el café hasta el camión y se lo dio a Howard sin pronunciar palabra. Un lejano tronar se escuchó en el horizonte.
—¿Ochenta y ocho? —preguntó el capitán.
Hoover asintió con un gesto.
—¿No se van a rendir nunca? No lo entiendo. Cada vez que encendemos la radio, nos dicen que la guerra está prácticamente terminada.
—Quizá se han olvidado de decírselo a los alemanes.
—Puede ser. ¿No hay posibilidad de hacérselo saber?
Howard movió la cabeza.
—No serviría de nada, Harry. Esos boches no tienen intención de cejar hasta que te cacen. Es todo lo que quieren.
Hoover soltó un gruñido.
—Más les vale darse prisa, o se quedarán con un palmo de narices; es todo lo que puedo decir.
—¿Quiere comer ahora? Tenemos abundancia de raciones K, y Finebaum consiguió anoche varios cigarrillos a cambio de media docena de latas de habichuelas que le dio a uno de esos tanquistas de la columna.
—El café es suficiente, Harry —dijo Howard—. Quizá más tarde.
El sargento regresó junto a la hoguera, y Howard paseó de un lado a otro junto al camión, golpeando el suelo con los pies y agarrando fuertemente el vaso de café con los dedos que emergían de sus mitones. Tenía veintitrés años, muy joven para ser capitán de batidores, pero eran cosas de la guerra. Llevaba un arrugado capote Mackinaw, bufanda de lana en el cuello y una gorra de punto. Había veces en que hubiera podido pasar por tener diecinueve años, pero no era ésta una de ellas, con la barba de cuatro días que le cubría el mentón y los hundidos ojos.
Pero en otro tiempo había tenido diecinueve años, cuando era el hijo de un granjero de Ohio, con ciertas pretensiones de poeta y el deseo de ganarse la vida escribiendo, que le había hecho acudir a Columbia para estudiar periodismo. Eso fue hacía mucho tiempo…, antes del diluvio. Antes de que surgieran las nuevas circunstancias de guerra, que le habían llevado a su actual situación, al mando de la escuadra de reconocimiento de una columna perteneciente a la 7.ª División Blindada Británica que se adentraba en Baviera, camino de Berchtesgaden.
Hoover se sentó en cuclillas junto al fuego. Finebaum le pasó un plato de habichuelas.
—¿No come el capitán?
—Ahora no.
—¡Cristo! —exclamó Finebaum—. ¿Qué forma de comportarse es ésa?
—Respeto, Finebaum. —Hoover le apuntó con su cuchillo—. Un poco más de respeto cuando hables de él.
—Si ya lo respeto —replicó Finebaum—. Le respeto una barbaridad, y sé cómo entrasteis juntos en Salerno, y cómo los boches os echaron de Anzio con aquellas ametralladoras en tiro rasante, que se cargaron a las tres cuartas partes del batallón, y cómo nuestro buen capitán salvó a los demás. Es un regalo del cielo para los soldados, así que debe comer de vez en cuando. No se ha metido en el cuerpo más de un par de bocados desde el domingo.
—El domingo perdió nueve hombres —dijo Hoover—. Tal vez lo has olvidado.
—Esos tipos están muertos, así que no hay más que hablar, ¿no? Si no se mantiene en forma, podría perder unos cuantos más, incluyéndome a mí. Fíjate en él. Está tan flaco, que el apestoso capote que lleva le está dos números demasiado grande. Parece un novato en su primer año de Universidad.
—Sí —comentó Hoover—, de los que reciben la Estrella de Plata con Hojas de Roble.
Los otros rieron, y Finebaum se las arregló para hacerse el ofendido.
—Está bien, está bien. Yo he llegado hasta aquí. Me parecería una estupidez morir ahora.
—Todo el mundo muere —dijo Hoover—. Más tarde o más temprano. Hasta tú.
—De acuerdo, pero no aquí. No ahora. Quiero decir, después de sobrevivir al Día D, Omaha, St.-Lo, las Ardenas y unos cuantos interesantes lugares más, parecería estúpido diñarla aquí, haciendo de ama de cría para un puñado de marineros ingleses.
—Llevamos ya cuatro años juntos —dijo Hoover—. ¿O no te habías dado cuenta?
—¿Cómo no me voy a dar cuenta estando rodeado de tipos vestidos así?
Finebaum señaló con la cabeza en dirección al oficial que mandaba la columna, un teniente coronel llamado Denning, que se acercaba hacia ellos en compañía de su ayudante. Eran highlanders y llevaban ostentosas gorras de Glengarry.
—Buenos días, Howard —dijo Denning al llegar junto a ellos—. Ha sido una noche muy fría. El invierno tarda mucho en irse de aquí este año.
—Así parece, coronel.
—Echemos un vistazo al mapa, Miller. —El ayudante lo extendió, apoyándolo en el costado del camión, y el coronel pasó un dedo por el centro —. Aquí está Innsbruck, y aquí estamos nosotros. Otras cinco millas hasta el final de este valle, y llegamos a un cruce con la carretera que va a Salzburgo. Puede que aquí tropecemos con dificultades, ¿no le parece?
—Muy posiblemente, coronel.
—Bien. Nos pondremos en marcha dentro de treinta minutos. Le sugiero que se ponga usted a la cabeza y envíe por delante su otro jeep para explorar el terreno.
—Como usted diga, señor.
Denning y el ayudante se alejaron, y Howard se volvió hacia Hoover y los demás hombres, que se habían acercado lo suficiente para oír.
—¿Has entendido, Harry?
—Creo que sí, señor.
—Bien. Tú irás con Finebaum y O’Grady. Garland y Anderson se quedarán conmigo. Informa por radio cada cinco minutos sin falta. En marcha.
Mientras se disponían a cumplir la orden, Finebaum dijo quejumbrosamente:
—Santa María, Madre de Dios, no soy más que un muchacho judío, pero ruega por nosotros, pecadores, en la hora de nuestra necesidad.
Las noticias de la radio eran buenas. Los rusos habían cercado por fin Berlín y habían establecido contacto con tropas norteamericanas a orillas del Elba, 75 millas al sur de la capital, cortando en dos a Alemania.
—Ahora la única forma de entrar en Berlín y salir de él es por aire, señor —dijo Anderson a Howard—. No pueden resistir mucho tiempo…, tienen que rendirse. Es lo único lógico que pueden hacer.
—¡Oh, no sé! —respondió Howard—. Yo diría que, si te llamases Hitler, o Goebbels, o Himmler, y tu única perspectiva fuese un juicio corto y una cuerda larga, tal vez pensaras que valía la pena caer llevándote contigo el mayor número posible de enemigos.
Anderson, que conducía, pareció preocupado, y no le faltaban razones, pues, a diferencia de Garland, estaba casado y tenía dos hijos, una niña de cinco años y un niño de seis. Apretó el volante con tanta fuerza que se le blanquearon los nudillos.
No debías haberte alistado, muchacho —pensó Howard—. Podías haber encontrado una forma más fácil. Muchos lo hicieron.
Resultaba extraño lo insensible que se había vuelto respecto al sufrimiento ajeno, pero era la guerra. Ésta le había hecho indiferente a la muerte, incluso en sus aspectos más horribles. Quedaba muy lejos la época en que un cadáver le producía un efecto emocional. Había visto demasiados. El hecho de la muerte era lo único que importaba.
Crepitó la radio. Sonó con toda claridad la voz de Hoover.
—Azúcar Nan Dos a Azúcar Nan Uno. ¿Me recibes?
—Fuerza nueve —respondió Howard—. ¿Dónde estás, Harry?
—Hemos llegado al cruce, señor. Ni un boche a la vista. ¿Qué hacemos ahora?
Howard consultó su reloj.
—Quedaos ahí. Estaremos con vosotros dentro de veinte minutos. Corto y fuera.
Colgó el micrófono y se volvió hacia Garland.
—Es extraño… Yo había esperado algo allá. Es un buen sitio para entablar batalla. Sin embargo…
Un súbito estruendo estalló en sus oídos, y se sintió arrastrado por un huracán. Todo giró vertiginosamente ante sus ojos, y se encontró tendido en una zanja, al lado de Garland, que había perdido el casco y casi toda la parte superior del cráneo. El jeep, o lo que quedaba de él, estaba volcado de costado. El tanque «Cromwell», que le seguía, ardía furiosamente; sus municiones estallaban como una traca de fuegos artificiales. Uno de sus tripulantes salió por la torreta, con su uniforme en llamas, y cayó al suelo.
Todo parecía irreal, completamente irreal. Y, entonces, Howard comprendió por qué. No podía oír nada. Consecuencia de la explosión, probablemente. Las cosas parecían desarrollarse a cámara lenta, como bajo el agua, sin ruido, sin el más mínimo sonido. Tenía sangre en las manos, pero se llevó los prismáticos de campaña a los ojos y recorrió los árboles de la colina situada al otro lado de la carretera. Casi inmediatamente apareció un tanque «Tiger», de cuya torreta emergía un joven de rostro pálido y vestido con el negro uniforme de Sturmbannführer de Panzergrenadiere de las SS. Mientras lo miraba, impotente, Howard vio cómo levantaba el micrófono. Movió los labios, y, entonces, el 88 del «Tiger» vomitó humo y llamas.
El hombre a quien Howard había visto en la torreta del «Tiger» era el mayor Karl Ritter, de las SS, de la 3.ª Compañía, 502 Batallón de Carros Pesados de las SS, y lo que sucedió durante los siguientes cinco minutos fue, probablemente, la más devastadora operación de los tanques «Tiger» de la Segunda Guerra Mundial. Ritter era un as en el manejo de los «Tiger», con 120 victorias en el frente ruso, un hombre que había aprendido su oficio sobre el terreno y sabía exactamente lo que hacía. Con sólo dos «Tiger» operacionales en la colina, se hallaba en absoluta inferioridad numérica, hecho que había quedado patente en el reconocimiento a pie practicado aquella mañana, y era evidente que Denning esperaba encontrar problemas en la confluencia con la carretera de Salzburgo. Por tanto, había parecido esencial anticiparse en el ataque…, en realidad, no había alternativa.
El ataque se desarrolló con pleno éxito, pues en el trozo de bosque que había elegido no había sitio para que ningún vehículo diera la vuelta o cambiara de dirección. Faltó poco para que el primer obús del 88 de su «Tiger» alcanzara al jeep que abría la marcha, volcándolo y arrojando a Howard y sus hombres a la zanja. El segundo obús incendió el tanque «Cromwell» que le seguía. Ritter estaba ya transmitiendo órdenes a su artillero, el sargento mayor Erich Hoffer. El 88 volvió a disparar, y momentos después hizo blanco en una ametralladora autotransportada que cerraba la marcha. Toda la columna se encontraba ahora inmovilizada, irremisiblemente atrapada, sin poder avanzar ni retroceder. Ritter hizo una señal con la mano, los otros dos «Tiger» salieron de entre los bosques situados a ambos lados de la carretera y empezó la carnicería.
En los cinco minutos que siguieron, sus tres 88 y seis ametralladoras incendiaron treinta vehículos blindados, incluidos ocho tanques «Cromwell».
El jeep de reconocimiento se hallaba oculto entre los árboles, en la confluencia con la carretera a Salzburgo. O’Grady estaba sentado al volante, con Hoover a su lado encendiendo un cigarrillo. Finebaum se encontraba a unos metros de distancia, directamente sobre la carretera, sentado en cuclillas contra un árbol, con su «M-1» sobre las rodillas y comiendo habichuelas de una lata con un cuchillo.
O'Grady tenía dieciocho años, y hacía sólo unas semanas que había sido alistado. Dijo:
—Es repugnante, ¿no le parece, sargento? No sólo se comporta como un cerdo, sino que también come como un cerdo. Y sin dejar de hablar nunca…, haciendo como si todo fuera una especie de chiste malo.
—Tal vez lo sea por lo que a él se refiere —comentó Hoover—. Cuando desembarcamos en Omaha había 123 tíos en el grupo. Ahora hay seis, contándote a ti, y tú no vales una mierda. Y no te dejes engañar por Finebaum. Tiene en alguna parte una bolsa llena de medallas, sólo por los muertos que ha ido dejando atrás.
Se oyó de pronto un sordo fragor de cañoneo en el valle y el tabletear de una ametralladora.
Finebaum corrió hacia el jeep, rifle en mano.
—¡Eh, Harry, eso me da mala espina! ¿Qué te parece?
—Quizás alguien acaba de cometer un grave error. —Hoover le dio a O’Grady una palmada en el hombro—. Bien, muchacho, vámonos de aquí.
Finebaum se subió a la trasera del jeep y se situó tras la ametralladora pesada «Browning», mientras O’Grady hacía girar rápidamente el vehículo y se dirigía por la pista hasta la carretera del valle. El fragor de los disparos era ahora continuo, entremezclado con incesantes explosiones. Doblaron un recodo y se encontraron con un tanque «Tiger» que avanzaba hacia ellos por la carretera.
Las manos de Finebaum se tesaron sobre las empuñaduras de la ametralladora, pero estaban demasiado cerca para cualquier acción positiva, y no había ningún lugar al que escapar, ya que los pinos se apiñaban en aquel punto a ambos lados de la carretera.
O'Grady lanzó un grito en el último momento, soltando el volante y levantando los brazos como para protegerse; luego se encontraron lo bastante cerca como para que Finebaum viera el emblema de la calavera en la gorra del mayor de las SS, en la torreta del «Tiger». Un instante después se produjo la colisión, y salió despedido contra la maleza. El «Tiger» continuó avanzando implacablemente, aplastando al jeep, y desapareció por el recodo de la carretera.
Howard había permanecido inconsciente durante un rato, y las repetidas explosiones de las municiones de otro «Cromwell» en llamas le hicieron recuperar el conocimiento. Era una escena infernal, humo por todas partes, los gritos de los moribundos, el hedor a carne quemada. A unos metros, vio al coronel Denning, tendido de espaldas en medio de la carretera, con un revólver firmemente empuñado todavía y, más allá, una ametralladora autotransportada se hallaba volcada contra un árbol y rodeada de cadáveres amontonados unos sobre otros.
Howard trató de ponerse en pie, pero empezaba a caerse cuando alguien le sujetó.
—Tranquilo, señor —dijo Hoover—. Ya lo sostengo.
Howard se volvió, aturdido, y vio también a Finebaum.
—¿Estás bien, Harry?
—Hemos perdido a O’Grady. Chocamos de frente con un «Tiger» en la carretera. ¿Dónde está herido?
—Nada grave. Casi toda la sangre es de Garland. Él y Anderson la han diñado.
Finebaum se hallaba en pie, con su «M-1» preparado.
—Ha sido una verdadera escabechina.
—Acabo de ver a la Muerte —dijo Howard con voz sorda—. Un tipo elegante, con uniforme negro y una calavera de plata con las tibias cruzadas en la gorra.
—¿Sí? —comentó Finebaum—. Pues creo que nos hemos topado con el mismo fulano.
Se puso un cigarrillo en los labios y movió la cabeza.
—Mala cosa. Mala. Quiero decir que había imaginado que esta puerca guerra estaba terminada, y aquí hay unos bastardos intentando cazarme todavía.
El 502 Batallón de Carros Pesados de las SS, o lo que quedaba de él, se hallaba estacionado provisionalmente en el pueblo de Lindorf, junto a la carretera de Salzburgo, y el comandante del batallón, Standartenführer Max Jager, había instalado su puesto de mando en la posada local.
Karl Ritter había tenido la suerte de ocupar uno de los dormitorios del primer piso, y estaba durmiendo, por primera vez en 36 horas, totalmente exhausto. Yacía sobre la cama con el uniforme puesto, demasiado cansado hasta para quitarse las botas.
A las tres de la tarde, despertó al sentir una mano sobre su hombro, y vio a Hoffer inclinado sobre él. Ritter se incorporó al instante.
—Sí, ¿qué pasa?
—El coronel quiere verlo, señor. Dice que es urgente.
—Más trabajo para los sepultureros. —Ritter se pasó la mano por los rubios cabellos y se levantó—. ¿Has conseguido dormir algo, Erich?
Hoffer, un joven de veintisiete años, fuerte y delgado, llevaba un gorro negro de Panzers y un traje de camuflaje de otoño, hecho de una sola pieza. Hijo de un posadero de los Montes Harz, llevaba cuatro años con Ritter y estaba consagrado por entero a él.
—Un par de horas.
Ritter se puso la gorra de uniforme y se ajustó a su gusto el ángulo de inclinación.
—Eres un terrible embustero, ¿eh, Erich? Tienes las manos manchadas de aceite. Otra vez has estado con esos motores.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Hoffer—. No hay más repuestos.
—Ni siquiera para las SS. —Ritter sonrió sardónicamente—. El desbarajuste debe de ser realmente tremendo. Mira, ve a ver si puedes encontrar un poco de café y algo de comer. Y un vaso de ginebra no estaría mal. No creo que tarde.
Bajó rápidamente la escalera, y un ordenanza lo condujo a una habitación situada en la parte posterior de la posada, donde encontró al coronel Jager y dos de los otros comandantes de compañía examinando un mapa extendido sobre la mesa.
Jager se volvió y se dirigió hacia él, alargándole la mano.
—Mi querido Karl, no sabes lo que me alegra verte. Un gran honor, no sólo para ti, sino para todo el batallón.
Ritter pareció aturdido.
—Me temo que no comprendo.
—Claro que no. ¿Cómo lo ibas a entender? —Jager cogió una hoja de papel que había sobre la mesa—. Naturalmente, comuniqué a la división los detalles completos de tu asombrosa hazaña de esta mañana. Parece ser que desde allí lo transmitieron por radio a Berlín. Acabo de recibir esto. Órdenes especiales, Karl, para ti y para el Sturmscharführer Hoffer. Como puedes ver, tenéis que salir enseguida.
En efecto, Hoffer había logrado agenciarse un poco de café —auténtico café — y un trozo de carne fría y pan negro. Estaba disponiéndolo todo en la mesilla del dormitorio, cuando se abrió la puerta y entró Ritter.
Hoffer se dio cuenta en el acto de que pasaba algo, pues nunca había visto tan pálido al mayor, lo cual resultaba en verdad extraordinario, habida cuenta de que generalmente carecía por completo de color.
Ritter echó su gorra sobre la cama y se enderezó la Cruz de Caballero con Hojas de Roble que colgaba del cuello de su negra guerrera.
—¿Es café lo que huelo, Erich? ¿Café de verdad? ¿A quién has tenido que matar? ¿Ginebra también?
—«Steinhager», mayor —Hoffer cogió la botella—. Lo mejor que he podido encontrar.
—Bueno, pues a ver si encuentras un par de vasos. Dicen que tenemos algo que celebrar.
—¿Celebrar, señor?
—Sí, Erich. ¿Qué te parecería un viaje a Berlín?
—¿A Berlín, mayor? —Hoffer parecía aturdido—. Pero Berlín está cercado. Lo han dicho por radio.
—Todavía se puede volar a Tempelhof o Gatow si es uno lo bastante importante…, y nosotros lo somos, Erich. Vamos, hombre, llena los vasos.
Y, de pronto, Ritter montó en cólera, con el rostro más pálido que nunca y temblándole la mano, mientras ofrecía un vaso al sargento mayor.
—¿Importantes, señor? ¿Nosotros?
—Mi querido Erich, acaban de concederte la Cruz de Caballero, que se te debía hace mucho tiempo, podría añadir. Y yo voy a recibir las Espadas, pero ahora viene lo mejor. De manos del propio Führer, Erich. ¿No es formidable? Alemania está al borde del desastre total, y puede encontrarnos un avión especial para nosotros, con escolta de la Luftwaffe si quieres. —Soltó una carcajada—. El muy desgraciado debe de creer que acabamos de ganar la guerra para él, o poco menos.