Operación Valhalla

Harry Patterson · Capítulo 16 de 17

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Operación Valhalla

Capítulo XV

 

 

Claudine Chevalier estaba sentada al piano, en el comedor, tocando La muchacha del cabello rubio, de Debussy. Era una de sus piezas favoritas, principalmente porque el propio compositor le había enseñado a tocarla cuando ella tenía doce años.

Sonó un golpecito en la puerta, y entró Finebaum. Llevaba su «M-1» colgado del hombro izquierdo, un «Schmeisser» del derecho, y tres granadas de mano en el cinturón.

Ella siguió tocando.

—¿Alguna complicación, Mr. Finebaum?

—Verá, señora. El general Canning ha pensado que sería buena idea que alguien cuidara personalmente de usted. ¿Entiende lo que quiero decir?

—¿Usted? —preguntó ella.

—Me temo que sí, señora. ¿Le importa que fume?

—En absoluto…, y no podría estar en mejores manos. ¿Qué hacemos?

—La llevaré a lo alto de la torre cuando llegue el momento…, fuera de los líos.

—¿Pero no ahora?

—No es necesario. Todavía no han llamado siquiera a la puerta. Oiga, mi vieja solía tocar el piano. Pero no así. Yo aprendí a tocar el clarinete cuando ella le compró uno barato a mi tío Paul. Era un prestamista de Brooklyn.

—¿Le gustaba a usted?

—Bueno, no soy Benny Goodman, pero he actuado con Glenn Miller.

—¡Eso es maravilloso! ¿Le gusta esto que estoy tocando?

—No, señora. Me hace sentir frío en el estómago. Me preocupa, no sé por qué, y eso no es bueno, porque ya tengo bastantes cosas de que preocuparme.

—Comprendo. Quizá prefiera algo como esto.

Empezó a tocar Noche y día. Finebaum dio la vuelta al piano para mirar las teclas.

—Eso sí que es grande. Realmente estupendo. Quiero decir, ¿dónde aprendió a tocar así?

—Una se las apaña, Mr. Finebaum. ¿No es ésa la frase?

—Supongo que sí.

Un rugido de motores quebró el silencio de la mañana.

—¡Oh, Dios mío! —murmuró ella, y dejó de tocar.

Mientras Finebaum corría a la ventana, retumbó una fragorosa explosión y empezaron a tabletear las ametralladoras.

 

Gaillard, que se encontraba ya en los últimos repechos de la montaña, oyó los ecos de aquella primera ráfaga y se detuvo a escuchar. Le dolían los pulmones, mientras jadeaba para recuperar el aliento, apoyándose pesadamente en los bastones, y le temblaban las piernas. Era demasiado viejo. Demasiados años bajo su cinturón, y la verdad era que, simplemente, no estaba en forma. Mirándolo bien, lo único a que podía recurrir era la técnica y la destreza nacida de su genio natural y sus años de experiencia.

Por el contrario, los finlandeses eran hombres jóvenes, endurecidos en el combate, que podían soportar cualquier cosa y estaban en la cumbre de su forma física. Realmente, no tenía ninguna posibilidad…, no la había tenido desde el principio.

Cruzó la pequeña extensión que se inclinaba suavemente hacia arriba y se detuvo en la loma. Al otro lado, la ladera de nieve descendía casi en vertical, hundiéndose en la niebla gris, sin medio de saber qué había abajo.

Se volvió y vio al primero de los finlandeses aparecer de entre los árboles, al otro lado de la extensión descubierta, a no más de treinta metros de distancia. Gestrin iba en tercer lugar, y el corpulento finlandés agitó la mano para que se detuviera la patrulla.

Se levantó las gafas sobre la frente.

—Bien, doctor, ha realizado usted una exhibición magnífica, y le admiramos por ello, pero basta ya de esta estupidez. Volvamos.

Sonaron dos violentas explosiones más en algún lugar abajo, entre la niebla. Continuaba el tableteo de ametralladoras y otras armas automáticas. Gaillard pensó en sus amigos; en Claudine Chevalier, en Claire de Beauville y en lo que le había sucedido.

Se sintió invadido de un súbito furor y gritó a los finlandeses:

—¡Está bien, bastardos! Veamos de qué estáis hechos.

Se acercó al borde de la casi vertical pendiente, agachándose y con los esquíes juntos, y se zambulló en la niebla. Los finlandeses, al llegar a la loma, le siguieron, uno tras otro, sin vacilar.

Canning, Birr y Hesser estaban en el túnel, y Howard en la muralla, cuando el rugido de motores quebró la calma de la mañana. Instantes después, las camionetas hicieron su aparición y tomaron posiciones. Los finlandeses saltaron de ellas y empezaron a desplegarse. Hoffer y los hombres bajo su mando tomaron posiciones a la izquierda.

Howard dirigió hacia ellos sus prismáticos, tratando de averiguar qué estaban haciendo. Cuando lo comprendió, surgió una llamarada color naranja; un segundo después resonó una violenta explosión, al estrellarse el primer proyectil de «Panzerfaust» contra la muralla, junto al puente levadizo.

Todos se agacharon.

—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó Birr.

—«Panzerfaust» —respondió Hesser—. Es un arma antitanque parecida al bazoka de ustedes.

—Comprendo —dijo sombríamente Canning, agachándose de nuevo en el momento en que otra violenta explosión sacudió el puente levadizo…, esta vez, un impacto directo.

—Está claro que van por las cadenas —dijo Birr—. Me pregunto cuánto tiempo les llevará.

Una ráfaga de ametralladora pesada barrió la parte superior de la muralla, mientras las balas rebotaban en todas direcciones.

—¡Dadles todo lo que tenemos! —gritó Canning—. ¡Achicharradlos!

Schneider abrió fuego con la «MG-34», y el resto de los alemanes le apoyaron con sus fusiles «Mauser», disparando desde las aspilleras de la muralla. Los finlandeses se refugiaron detrás de las camionetas, una de las cuales cambió ligeramente de posición para cubrir al grupo de los «Panzerfaust».

El cuarto proyectil, disparado por Hoffer, dio de lleno en el puente levadizo, justamente debajo del enganche de la cadena de la izquierda. El maderamen se desintegró, se soltó la cadena, y el puente quedó colgando de un lado.

—Primer blanco —dijo Howard—. Ya falta poco.

Llegaron dos proyectiles más. Un tercero se estrelló junto a la parte superior de la muralla, matando instantáneamente a Schneider y a los otros dos hombres que manejaban la ametralladora, y volcando e inutilizando la «MG-34».

Canning se arrastró hasta donde estaba Howard, con el rostro cubierto de sangre.

—Ya falta poco. —Se volvió hacia Birr y Hesser—. Justin, tú y Howard quedaos aquí todo el tiempo que podáis con media docena de hombres. Max, tú retrocede a la torre.

—¿Y tú? —preguntó Birr.

—El «Gran Bertha» y yo tenemos cosas que hacer. Ponles las cosas lo más difíciles que puedas a esos bastardos, y, luego, lárgate de la muralla y reúnete con Max en la torre.

Birr empezó a protestar, pero, en el mismo instante, sonó otra terrible explosión, justamente debajo de ellos. Lo que quedaba de la cadena se desintegró, y el puente cayó sobre el foso, con retumbante fragor.

 

Los finlandeses rompieron en aclamaciones, y Ritter saltó de la camioneta para reunirse con Hoffer.

—¿Cuántos te quedan?

—Dos, Sturmbannführer.

—Úsalos bien, Erich. Esta vez, la puerta.

Corrió hasta la otra camioneta, y Sorsa se inclinó hacia él.

—Hoffer va a volar la puerta —dijo Ritter—. Arranque usted cuando quiera. Láncese derecho, y lo cubriremos. Buena suerte.

Sorsa sonrió, agitó una enguantada mano y se bajó las gafas. Gritó una orden en finlandés, y una docena de hombres subieron a la camioneta. Dio una palmada en el hombro a su conductor, y, mientras el vehículo iniciaba su avance, empuñó personalmente la ametralladora.

 

El primero de los dos últimos proyectiles de Hoffer abrió un boquete en la maciza puerta y estalló al final del túnel. La onda explosiva derribó a Canning, que estaba en pie junto al «Gran Bertha», haciendo caer sobre él una lluvia de polvo y diminutos fragmentos de metralla.

Había más sangre en su rostro —suya esta vez— y, cuando empezaba a incorporarse, Hoffer disparó el último «Panzerfaust». La hoja izquierda de la puerta se tambaleó y cayó hacia dentro.

La primera camioneta había recorrido ya la mitad del camino, con Sorsa disparando furiosamente la ametralladora y sus hombres apoyándole; lo seguía Ritter en la segunda camioneta, rociando la parte superior de la muralla con una tal cantidad de balas, que al puñado de defensores les era virtualmente imposible replicar.

Cuando se acercó la primera camioneta, Howard lanzó un par de granadas de mano al azar, y Birr le agarró del brazo.

—¡Larguémonos de aquí!

De los soldados alemanes que habían permanecido con ellos en la muralla, sólo tres quedaban en pie. Howard los llamó, bajaron los escalones a la carrera y cruzaron el patio hasta donde el coronel Hesser y siete de sus hombres esperaban al pie de las escaleras que conducían a la torre.

Canning se apoyó pesadamente en el cañón, con la sangre corriéndole sobre los ojos, y Howard se desvió hacia él. El general dobló una rodilla, buscando a tientas él trozo de humeante mecha que se le había caído al acercarse Howard.

—¡Lárguese de aquí! —ordenó Canning.

Pero ya era demasiado tarde, pues, en el momento en que Howard le entregaba la mecha, la primera camioneta arrancó de sus goznes lo que quedaba de las puertas. Emergió del túnel, con Sorsa disparando la ametralladora, y Canning aplicó el extremo de la mecha a la carga de pólvora.

El «Gran Bertha» vomitó fuego y humo con reverberante estampido, retrocediendo sobre sus macizas ruedas. La improvisada carga de fragmentos de metal salió disparada a bocajarro, mató instantáneamente a Sorsa y a todos los hombres que ocupaban la camioneta y proyectó el vehículo contra la muralla, volcándolo.

Canning y Howard salieron despedidos por la fuerza de la explosión. Mientras el rugido de la camioneta de Ritter llenaba el túnel, Howard cogió del brazo al general, lo hizo ponerse en pie, y ambos echaron a correr tambaleándose.

Hesser y sus hombres disparaban ahora furiosamente, retirándose por los escalones y a través de la puerta situada al pie de la torre norte, pero sin dejar de cubrirlos con sus armas. Mientras Howard y Canning se dirigían a los escalones, la camioneta emergió del túnel y empezó a cruzar el patio, y su ametralladora los persiguió sobre los adoquines.

Los hombres de Hesser cerraban ya las puertas cuando, mientras Howard le apremiaba a continuar, el general tropezó y cayó. Hesser y Birr se precipitaron por la ya estrecha abertura y corrieron escaleras abajo para ayudarle.

Howard y Birr cogieron a Canning entre los dos y le subieron. Detrás de ellos, Hesser se volvió y disparó con una mano un «Schmeisser» a través del patio. Una ráfaga de ametralladora le alcanzó de lleno, y cayó a la nieve por el borde de los escalones.

Un segundo después, Howard y Birr penetraron tambaleándose por la angosta abertura, llevando con ellos a Canning, y las macizas puertas se cerraron.

 

La velocidad de Gaillard era tremenda cuando se hundió en la niebla gris, pero no sentía el menor miedo. Era imposible saber qué tenía delante. Podría estar precipitándose hacia su muerte, y su único consuelo estaba en que sus perseguidores correrían la misma suerte.

¿Y de qué serviría eso?, se preguntó de pronto, súbitamente furioso, y, dando un rápido giro, cambió de dirección, mordiendo la nieve el borde de sus esquíes.

Aclaraba la niebla, y, al mirar por encima del hombro, vio que el primer finlandés estaba a unos cuarenta metros de él, seguido de cerca por otro. Gestrin y los otros dos se hallaban algo más rezagados.

Gaillard completó un cerrado viraje en forma de ese y volvió a descender verticalmente, con las rodillas juntas, y, de pronto, una ráfaga de viento disolvió las restantes guedejas de niebla, y, al instante, se abrió ante él la intimidante visión del valle, sobre el que la pendiente por la que bajaba se desvanecía en el infinito unos cincuenta metros más abajo.

Gaillard no se desvió, sino que mantuvo su rumbo, con los esquíes tan juntos, que habrían podido ser uno solo. En el último momento, mientras se precipitaba vertiginosamente hacia él aquel borde que significaba una muerte segura, describió un rápido giro a la izquierda y se detuvo casi en seco. La maniobra le salió bordada, y tuvo un fugaz atisbo del glaciar, allá en el fondo, mientras bordeaba la cornisa final.

Sus perseguidores no fueron tan afortunados, pues el primero de los finlandeses saltó por él borde dando un terrible grito, y su compañero lo siguió.

Gaillard, fuera ya de la zona de peligro inmediato, empezó a cruzar la pendiente inferior. Por encima de él, Manni Gestrin y sus dos restantes camaradas cambiaron de dirección y continuaron en pos de él.

 

Canning tenía un profundo corte en la frente, sobre el ojo derecho, una herida que necesitaría por lo menos cinco o seis puntos. Howard se la vendó apresuradamente.

—¿Está bien? —preguntó Birr.

—Claro que estoy bien —replicó Canning—. ¿Cuántos quedamos?

—Seis alemanes y nosotros tres. Y Finebaum arriba, claro.

—Mal asunto.

Atisbó por una mirilla de la puerta. La camioneta se había retirado al túnel. No se observaba el menor movimiento.

—Yo diría que podrían entrar aquí en cuanto quisiesen —dijo Howard.

—Entonces, nos retiraremos piso por piso, como dije antes.

La camioneta asomó el morro por la boca del túnel y se detuvo. Su ametralladora pesada, manejada por Hoffer, empezó a rociar la puerta al ritmo de 850 balas por minuto. Mientras Canning y los otros echaban cuerpo a tierra, la puerta comenzó a hacerse pedazos sobre ellos.

—¡Las cosas se ponen feas! —exclamó el general—. De nada sirve quedarse. Es mejor que subamos esas escaleras ahora que todavía podemos.

Llamó a los alemanes, y todos empezaron a retroceder.

 

Gaillard estaba terriblemente cansado. Le dolía el cuerpo y sentía punzadas en las rodillas. Lo sorprendente era que no se había caído ni una sola vez; pero ahora, al virar a la derecha para buscar cobijo entre los pinos, se le enredó un esquí y cayó.

Resbalando, avanzó un gran trecho antes de detenerse, jadeante. Seguía con los esquíes puestos y aparentemente ileso, lo cual ya era algo. No parecía haberse roto ningún hueso. Pero ¡qué cansado estaba! Apenas si tenía fuerzas para levantarse. Se volvió y vio a Gestrin y sus dos camaradas que cruzaban la pendiente sobre él, peligrosamente cerca ya.

De pronto, la tierra se estremeció, se oyó un estruendo sordo y prolongado, como una explosión subterránea, y, por encima de los finlandeses, la tierra pareció elevarse en una gigantesca nube.

¡Alud! No era nada sorprendente, tratándose de nieve caída en fecha tan avanzada. Pero Gaillard ya estaba nuevamente de pie y se deslizó cuesta abajo, siguiendo otra vez la vertical, pues la única forma de librarse de un alud era mantenerse delante de él…, una de las primeras lecciones que había aprendido, de niño, en los Vosgos.

Y los árboles no estaban lejos; allí encontraría alguna protección. Describió una amplia curva a la derecha, que lo llevó, en cuestión de segundos, al refugio del bosque. Se detuvo y se volvió para mirar hacia atrás.

El alud había alcanzado casi a los finlandeses. La enorme nube de humo blanco rodó sobre el último de ellos y lo envolvió por completo, pero Gestrin y el hombre restante siguieron hasta el mismo borde, logrando virar en el último momento y deteniéndose sobre la línea de árboles.

El fragor del alud se extinguió. Gestrin se levantó las gafas, buscando a Gaillard, cuyo rojo anorak lo delató al instante. Iniciaron en el acto el descenso por la pendiente, y el francés se volvió y siguió avanzando, con todos los miembros doloridos.

 

Desde el destrozado ventanal del comedor, Finebaum disparó a través del patio contra la camioneta.

—¿Qué pasa, Mr. Finebaum? —preguntó Claudine Chevalier, acurrucada en el suelo.

—Nada bueno, señora. Me parece que ha llegado el momento en que usted y yo nos vayamos arriba.

Sonó una ráfaga, y nuevos fragmentos de cristal cayeron sobre ellos. Sorprendentemente, Madame Chevalier no parecía sentir temor.

—Como a usted le parezca, Mr. Finebaum.

—Es usted extraordinaria —dijo Finebaum—. ¿Lo sabía?

La cogió del brazo y se dirigieron hacia la puerta. Abajo, en el patio, la camioneta avanzó.

 

Para Gaillard, la vista de la carretera fue como una inyección de vigor, y se lanzó hacia ella con renovada esperanza, aunque sus perseguidores estaban ahora más cerca que nunca. Gestrin iba detrás de su compañero, un joven llamado Salmi.

Gaillard volvió la vista por encima del hombro, consciente de que aquello no podía continuar, de que se había estado manteniendo demasiado tiempo por su sola fuerza de voluntad. Quedaba una sola y suicida posibilidad, y la arrostró, lanzándose en línea recta a través de los árboles, como una bala, en dirección al terraplén de la carretera.

Al llegar, hincó los bastones exactamente en el momento adecuado y se lanzó al espacio. La carretera fulguró bajo él, y aterrizó perfectamente al otro lado, sobre nieve blanda, deslizándose de costado, en medio de un surtidor de nieve. En el último momento, la punta de su esquí izquierdo golpeó contra una rama oculta bajo el blanco manto. Al caer pesadamente al suelo, el esquí se partió.

Quedó allí tendido, jadeante. Salmi se elevó en el aire sobre la carretera y se estrelló contra un pino, emitiendo un terrible grito.

Gaillard se sentó. No había ni rastro de Gestrin. Tiró de las heladas correas de sus esquíes y se los quitó. Cuando se puso en pie, creyó por unos instantes que sus miembros habían dejado de funcionar. Dio un vacilante paso hacia delante, y cayó de bruces sobre el terraplén, resbalando hasta la carretera.

Se incorporó y empezó a andar, poniendo cuidadosamente un pie delante del otro y con los oídos llenos de un ensordecedor rugido. Gestrin se deslizó por el terraplén a unos quince metros delante de él. Se había quitado los esquíes y empuñaba su rifle.

—¡No! —exclamó Gaillard—. ¡No!

Se volvió, y Gestrin le disparó en el hombro derecho. Gaillard cayó de espaldas, aumentando el rugido en sus oídos; luego se incorporó, apoyado en un codo. Gestrin permanecía en pie, con el rifle sobre el pecho, y ahora empezó a levantarlo.

El rugido se convirtió en el ruido de un motor, y un tanque «Cromwell» apareció por el recodo de la carretera. Gestrin giró hacia él, levantando el rifle. Una ráfaga de ametralladora lo derribó contra un ventisquero, al lado de la carretera.

Gaillard siguió tendido, oyendo las pisadas que se aproximaban, con los ojos cerrados, jadeante, pugnando por no perder el conocimiento. Abrió los ojos y vio, estupefacto, que el oficial que se inclinaba sobre él, vestido de tanquista, llevaba un quepis.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Gaillard en su propio idioma—. No puede ser verdad. ¿Es usted francés?

—Sí, Monsieur. —El oficial se dejó caer sobre una rodilla—. Me llamo Dubois. Capitán Henri Dubois, de la Segunda División de Tanques francesa. Estamos avanzando hacia Berchtesgaden. Pero ¿quién es usted?

—Eso no importa ahora —contestó roncamente Gaillard—. ¿Conoce Arlberg?

—El próximo pueblo, a tres kilómetros de aquí por la carretera.

—¿Sólo tres kilómetros? —exclamó Gaillard, asombrado—. Debo de haber estado avanzando en círculos allá arriba. —Se incorporó y cogió a Dubois por la pechera de la guerrera—. Escúcheme, amigo, y escuche bien, pues de ello dependen varias vidas.

Cuando la camioneta empezó a cruzar el patio, Ritter iba al volante, una docena de finlandeses se acurrucaban detrás de él y Hoffer empuñaba la ametralladora. Los demás les seguían a pie.

En la torre, los defensores se habían retirado ya por la escalera y habían ocupado posiciones en el primer rellano, a excepción de Howard, que permanecía junto a la destrozada puerta, vigilando.

—¡Ya vienen! —gritó, y empezó a disparar furiosamente su «Thompson».

Ritter pisó a fondo el acelerador, y la camioneta dio un salto hacia delante, subiendo, con un rugido del motor, los escalones y embistiendo a toda velocidad contra las destrozadas puertas. Howard se encontraba ya hacia la mitad de la escalinata de mármol cuando las puertas se desintegraron, irrumpiendo a través de ella la camioneta y deteniéndose de costado.

Los defensores empezaron inmediatamente a bajar del rellano, Canning y Birr dispararon sus «Schmeisser» entre los pilares de la balaustrada, y Howard los cubrió con la «Thompson».

Los finlandeses estaban atrapados, y tres o cuatro de ellos fueron derribados al tratar de salir de la camioneta. Hoffer recibió un balazo en el hombro que le hizo salir de costado, y Ritter, sin vacilar, se puso en pie y empuñó las asas de la ametralladora.

Empezó a rociar expertamente de balas el rellano, destrozando las ventanas tras las filas de estatuas de mármol, amenazante figura tras la ametralladora, pálido el rostro bajo la negra gorra. Howard disparó una ráfaga tras otra, levantándose incluso a veces, aunque sin resultado, pues parecía como si un hechizo protegiese la vida del alemán.

El rellano se había convertido en un matadero: cuatro de los alemanes estaban heridos, y uno de ellos gritaba continuamente. Birr había recibido un balazo en la mano derecha, y abajo, en el vestíbulo, yacían por lo menos nueve finlandeses.

El hedor a cordita; el humo; los gritos de los agonizantes; el tableteo de la ametralladora en aquel confinado espacio convertían la escena en algo infernal. Birr recibió otro balazo, esta vez en el pecho, y cayó.

Canning, con los ojos enfebrecidos, le estiró de la manga a Howard.

—Es inútil…, será mejor que nos vayamos de aquí.

—Llévese a Birr —dijo Howard—. Yo lo cubriré.

Metió otro cargador en la «Thompson», y, detrás de él, los dos alemanes supervivientes cogieron de los hombros a Birr y lo llevaron a rastras por el rellano. Ritter dejó de disparar. Miró hacia abajo y vio a Hoffer apoyado en la camioneta, metiéndose una venda en la guerrera.

—¿Estás bien, Erich?

Hoffer asintió, con el rostro contorsionado de dolor, y, en medio del humo que cubría el descansillo, Howard exclamó:

—¿Qué le retiene, Ritter?

Algo fulguró en los ojos de Ritter. Cogió un «Schmeisser» y saltó al suelo. No pronunció una sola palabra, no dio ninguna orden; simplemente subió las escaleras, adentrándose en el humo, seguido por los finlandeses.

Ardían las cortinas y los artesonados de madera que revestían las paredes, y el humo, que se condensaba en el rellano, hacía imposible ver a más de un metro de distancia. Howard disparó a ciegas, avanzando uno o dos pasos, y luego se volvió y empezó a subir por la escalera de piedra.

Se detuvo en el recodo, colgándose la «Thompson» al hombro, y se sacó del cinturón dos granadas de mano. Podía oír voces abajo y vacilantes pasos en la escalera. Arrojó las dos granadas, una tras otra, dobló el recodo y continuó subiendo.

Abajo sonó una explosión, seguida de otra y, luego, de gritos de dolor. Apenas podía respirar ya, en medio del asfixiante humo. Caminó a tientas junto a la pared, encontró la entrada que conducía a la escalera superior y empezó a subir hacia lo alto de la torre.

 

Él no lo sabía, pero los otros no habían pasado del rellano superior, ya que Birr se había derrumbado completamente, y los dos alemanes se habían visto obligados a arrastrarlo al comedor. Canning se inclinó sobre él, casi vencido por el humo y esperando el final, que parecía ya inevitable. Se puso en pie, avanzó tambaleándose hasta la ventana y rompió los cristales que quedaban en la mitad inferior. Los alemanes arrastraron a Birr por el suelo, tosiendo y ahogándose.

Se asomaron todos a la ventana, inhalando grandes bocanadas de aire fresco. Canning gritó:

—¡La mesa…, volcadla!

Se acurrucaron tras ella, esperando el final.

 

En el rellano, al pie de las escaleras, Ritter rodó sobre sí mismo, apartando un cadáver. Estaba cubierto de sangre, pero no suya; se incorporó y se apoyó contra la pared. Una mano lo sostuvo; era Hoffer.

—¿Se encuentra bien, Sturmbannführer?

—Todo en regla, o así parece al menos, Erich.

Era una vieja broma entre ellos, que ya no resultaba divertida.

Penetró una ráfaga de viento por la destrozada puerta, despejando el humo del descansillo. Era una auténtica carnicería, con cadáveres tendidos por todas partes y las paredes salpicadas de sangre y sesos.

Quedaban unos doce finlandeses vivos e ilesos, acurrucados en lo alto de las escaleras. Ritter miró su reloj. Eran casi las ocho y media.

—Está bien, ¡maldita sea! Seguís siendo míos durante otros treinta minutos. Todavía sois soldados de las Waffen-SS. Acabemos con esto.

No se movieron. No era que hubiese miedo allí. Sólo vacío, rostros desprovistos de toda emoción, de todo sentimiento.

—Es inútil —dijo Hoffer—. Ya han tenido bastante.

Mientras el humo volvía a arremolinarse, los finlandeses se retiraron, desaparecieron.

—Bien —dijo Ritter.

Se agachó y cogió un «Schmeisser».

Cuando se volvía, Hoffer le agarró del brazo.

—Es una locura. ¿A dónde va?

—Pues a lo alto de la torre, amigo. —Ritter sonrió y apoyó una mano en su hombro—. Hemos recorrido juntos un largo camino, pero ya no hay más órdenes. Ha terminado. ¿Me comprendes?

Hoffer se quedó mirándolo, con expresión horrorizada. Ritter empezó a subir la escalera.

 

Cuando Howard emergió, tambaleándose, de entre el humo, Finebaum estuvo a punto de pegarle un tiro. Howard cayó sobre las manos y las rodillas, y Finebaum se agachó junto a él.

—¿Está bien? —preguntó Claudine Chevalier.

Fue Howard quien respondió, pugnando por recuperar el aliento.

—Lo único que necesito es un poco de aire. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está el general?

—No hay ni rastro de él —respondió Finebaum—. ¿Qué ha ocurrido abajo?

—Algo horrible —respondió Howard—. Lo peor que he visto jamás. — Se incorporó sobre las rodillas—. Tendré que volver. He de ver qué les ha sucedido.

Madame Chevalier, que se había acercado a la balaustrada para mirar al exterior, exclamó:

—¡Vienen tanques. Una columna entera!

Finebaum corrió junto a ella a tiempo de ver media docena de «Cromwell», varias ametralladoras autotransportadas y camiones avanzando hacia el castillo a toda velocidad. Los finlandeses supervivientes acababan de salir de la torre. Al empezar a cruzar el patio, apareció el primer «Cromwell» en el túnel y abrió fuego con su ametralladora. Cayeron abatidos dos finlandeses; los restantes arrojaron inmediatamente sus armas y levantaron las manos.

Finebaum se volvió y encontró a Howard apoyado en la balaustrada junto a él.

—¿Ha visto alguna vez algo más bello? —preguntó Finebaum.

Howard lo miró inexpresivamente, con la vista perdida en el vacío, y Finebaum le sacudió con rudeza.

—Bueno, capitán, todo ha terminado. Hemos sobrevivido.

—¿Sí? —dijo Howard.

Entonces, Claudine Chevalier lanzó un agudo grito.

 

Ritter se detuvo en lo alto de la escalera, mientras ondulaba el humo a su alrededor. No llevaba gorra. Tenía el rostro cubierto de sangre, y el rubio cabello fulguraba como una pálida lengua de fuego a la luz de la mañana. El negro uniforme de Panzers estaba cubierto de polvo, pero la Cruz de Caballero con Hojas de Roble y Espadas destacaba aún en su garganta.

—¿Capitán Howard? —llamó.

Finebaum se volvió, descolgándose el «M-1», pero Howard le detuvo.

—Esto es asunto mío, no te metas.

Sonreía, con los ojos llenos nuevamente de vida. Se agachó con lentitud y cogió la «Thompson».

Ritter dijo:

—Una excelente demostración. Lo felicito.

Howard disparó entonces una prolongada ráfaga, que arrancó la Cruz de Hierro de Primera Clase de la guerrera de Ritter, arrojándolo contra la pared. El alemán rebotó y cayó de rodillas. Levantó el «Schmeisser», con el brazo extendido, e hizo fuego con una sola mano, proyectando a Howard contra la balaustrada y matándolo en el acto. Por un instante, el joven alemán se mantuvo aferrado a la vida, de rodillas sobre la nieve, hasta que acabó por desplomarse de bruces.

Hoffer emergió de entre el humo, con una «Walther» en su única mano, y se inclinó junto a él. Finebaum se dejó caer sobre una rodilla al lado de Howard. Hubo una pausa, y luego, empezó a levantarse el «M-1» del americano.

La voz de Claudine Chevalier se elevó, aguda, en el aire de la mañana.

—¡No! —gritó—. ¡Basta ya! ¿Me oye? ¡Basta!

Finebaum se volvió para mirarla, y luego miró a Hoffer. El alemán arrojó su «Walther» y se sentó sobre los talones, con una mano apoyada en el hombro de Ritter. Sin pronunciar palabra, Finebaum arrojó por encima de la balaustrada su «M-1», que fue a caer al patio.

 

En los escalones de la entrada principal, Canning se encontró con Henri Dubois. El francés, pistola en mano, saludó.

—Mis respetos, mon Général. Lamento no haber podido llegar antes.

—Solamente el hecho de que haya llegado es ya un pequeño milagro, hijo.

—Debe agradecérselo a Monsieur Gaillard.

—¿Paul? —Canning le agarró del brazo—. ¿Lo ha visto?

—Escapó del pueblo esta mañana y, esquiando, ha cruzado las montañas, furiosamente perseguido por varios de esos finlandeses. Sólo la misericordia divina hizo que nos encontrara. Ahora está en la ambulancia, a retaguardia de la columna.

—Gracias. —Canning empezó a bajar los escalones y se detuvo—. Había en el pueblo un hombre llamado Strasser. Estaba al mando de todo esto. Tenía consigo a Madame Claire de Beauville. ¿Los ha visto?

—Hemos venido sin detenernos, mon Général. Naturalmente, Schloss Arlberg era nuestro objetivo principal, pero si ese tal Strasser está allí, lo encontraremos.

—Yo no estaría tan seguro.

Encontró a Gaillard tendido en una camilla, en el interior de la ambulancia al final de la columna, tal como había indicado Dubois. El menudo francés yacía bajo una manta militar que le tapaba hasta la barbilla, con los ojos cerrados, aparentemente durmiendo. Un enfermero estaba sentado junto a él.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Canning en francés.

—Estupendamente, Hamilton. Nunca me he sentido mejor. —Gaillard abrió los ojos y sonrió.

—Has hecho un buen trabajo.

—¿Y los otros? ¿Están a salvo?

—Claudine está estupendamente. Justin ha resultado herido, pero se pondrá bien. En cuanto a los demás… Max está muerto, y el capitán Howard… y la mayoría de los finlandeses. También Ritter. Ha habido un tiroteo terrible allá arriba.

—¿Y Strasser?

—Lo cogeremos… y también a Claire. Ya es sólo cuestión de tiempo.

El rostro de Gaillard estaba contraído de dolor, pero también mostraba preocupación.

—No lo dejes, Hamilton. Ése es capaz de cualquier cosa. Lo que le hizo a esa chica fue horrible.

—Lo sé —dijo Canning con dulzura—. Anda, duerme un poco. Te veré luego.

Saltó de la ambulancia y permaneció allí, pensando en Strasser, devorado por el deseo de echarle las manos al cuello. Y estaba también Claire. De pronto, se dio cuenta de que ella era lo más importante ahora.

Había cerca un jeep vacío. Sin la menor vacilación, se puso al volante, encendió el motor y arrancó, cruzando el túnel y el puente levadizo.

 

Cuando se detuvo ante «El Águila de Oro», la plaza estaba silenciosa y desierta. Había un «M-1» en el asiento trasero del jeep. Comprobó que estaba cargado, saltó a tierra y abrió de una patada la puerta de la posada.

—Strasser, ¿dónde estás, bastardo?

El bar estaba silencioso, demasiado silencioso. Vio impactos de bala en la pared, la sangre en el suelo, y se le erizó el cabello. Una escalera crujió a su espalda. Se volvió y encontró allí a Meyer.

—¿Dónde está?

—Se ha ido, Herr general. Después de que los finlandeses salieran en persecución de Herr Gaillard, se fue al patio trasero, donde estaba escondido su coche de campaña. Cuando los soldados franceses llegaron hace media hora, pasaron de largo, sin detenerse. Herr Strasser se marchó poco después en el coche de campaña.

—Y Madame De Beauville… ¿Se la ha llevado consigo?

Meyer palideció, y su voz era un susurro apenas audible cuando dijo:

—No, Herr general. Ella está aquí.

Avanzó tambaleándose por el pasillo, abrió la puerta de su despacho y se hizo a un lado. Claire yacía en el suelo, cubierta por una manta. Canning se la quedó mirando, con la incredulidad retratada en su semblante. Se dejó caer sobre una rodilla y retiró la manta. Tenía el rostro ileso y tan pálido que resultaba casi transparente, exento de todo dolor, de todo engaño. Una niña dormida al fin.

Volvió a taparla, muy suavemente, y cuando se volvió hacia Meyer, su rostro infundía espanto.

—¿Sabe a dónde ha ido?

—Les oí hablar de ello varias veces, Herr general. Hay una pista de aterrizaje abandonada en Arnheim, a unos quince kilómetros de aquí. Tengo entendido que lo esperaba allí un avión.

—¿Cómo puedo llegar hasta allá?

—Siga la carretera hasta lo alto de la colina, al este del pueblo. A poco más de un kilómetro de allí hay una desviación a la izquierda, que lo llevará hasta Arnheim.

Batió la puerta. Instantes después, rugió el motor del jeep. Meyer permaneció allí, oyendo cómo el sonido se desvanecía poco a poco a lo lejos.

 

En Arnheim nevaba de nuevo mientras el «Dakota» salía del hangar. Strasser, de pie tras Berger en la carlinga, preguntó:

—¿Algún problema con el tiempo?

—No hay motivos de preocupación. Lo bastante nublado como para que podamos ir tranquilos, eso es todo.

—Bien. Voy a echar un vistazo al «Stork». No quiero dejar aquí esa clase de prueba. Sitúese en posición de despegue, vengo enseguida.

Berger sonrió.

—La próxima escala, España, Reichsleiter.

Strasser saltó por la portezuela, contorneó el ala de babor y corrió hacia la entrada del hangar, mientras se alejaba el «Dakota». Sacó del bolsillo una granada de mano y la arrojó por la puerta, al tiempo que se echaba a tierra. La granada hizo explosión bajo el «Stork», que empezó a arder inmediatamente.

Se volvió, para ver cómo el «Dakota» giraba al final de la pista y, en ese instante, apareció por la carretera un jeep, que se detuvo a unos treinta metros de distancia.

Canning vio al «Dakota» virar para ponerse cara al viento, durante unos terribles segundos pensó que había llegado demasiado tarde y, entonces, la explosión del «Stork» le hizo volver los ojos hacia el hangar. Vio a Strasser que se agachaba al tiempo que sacaba una «Walther» del bolsillo.

Canning cogió el «M-1» y disparó tres o cuatro veces, hasta que se le encasquilló. Tiró el arma y volvió a poner en marcha el jeep, mientras Strasser seguía disparando fríamente contra él. Dos balas abrieron sendos agujeros en el parabrisas.

Canning pisó el acelerador, las ruedas giraron furiosamente en la nieve y el jeep saltó hacia delante. Strasser siguió disparando, echándose a un lado en el último momento, y Canning frenó violentamente, deteniendo el jeep, que patinó hasta quedar atravesado.

Saltó sobre el alemán mientras el vehículo continuaba aún en movimiento, y se enredaron en un revoltijo de brazos y piernas. Por un momento, Canning le apresó con ambas manos la garganta y empezó a apretar, pero Strasser levantó la «Walther» y la golpeó con todas sus fuerzas contra la cabeza del general.

Canning rodó por el suelo, perdido casi el conocimiento. Notó confusamente que el alemán se ponía en pie y retrocedía, apuntándole con la pistola. Canning se incorporó sobre las rodillas, y Strasser apuntó cuidadosamente.

—¡Adiós, general! —exclamó, y apretó el gatillo.

Sonó un chasquido, al caer el percutor en el vacío. Arrojó la «Walther» contra la cabeza de Canning, se volvió y echó a correr por la pista en dirección al «Dakota».

Canning lo siguió, haciendo un esfuerzo por correr, pero le era imposible. Se le nubló la vista y volvió a caer. Lo último que vio con claridad —y era lo único que importaba—, fue a Strasser subiendo al avión. El motor del «Dakota» incrementó su rugido, y el aparato aceleró a lo largo de la pista.

Canning, arrodillado sobre la nieve, lo vio huir a la grisácea luz del amanecer, como un espíritu que remontara el vuelo.