Operación Valhalla

Harry Patterson · Capítulo 15 de 17

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Operación Valhalla

Capítulo XIV

 

Durante el trayecto hasta el pueblo, Ritter y Claire de Beauville no intercambiaron una sola palabra. Cuando, finalmente, Hoffer frenó ante «El Águila de Oro», Claire no hizo ademán de salir; permaneció allí sentada, muda, con la mirada perdida en el vacío, mientras los copos de nieve le caían sobre las pestañas.

—Entremos, Madame —dijo cortésmente Ritter, mientras Hoffer les abría la portezuela.

La cogió de la mano para ayudarla a bajar, y ella empezó a temblar. Ritter le pasó un brazo por el hombro.

—¡Rápido, Erich, adentro!

Hoffer se adelantó para abrir la puerta. Ritter la llevó al bar. Meyer estaba atizando el fuego. Al ver a Claire, se dibujó en su rostro una expresión de asombro.

—Madame De Beauville…, ¿se encuentra usted bien?

Ahora temblaba inconteniblemente. Ritter dijo:

—¿Dónde está Herr Strasser?

—En mi despacho, Sturmbannführer.

—La llevaré allí. Llame al doctor Gaillard. Creo que va a necesitarlo. Ve con él, Erich.

Salieron los dos a toda prisa. Claire se apoyó pesadamente contra Ritter, y él la sostuvo contra sí, temiendo que se desplomara. La llevó hasta la chimenea y la acomodó en el gran sillón que había al lado. Luego fue al bar, sirvió una copa de coñac y regresó junto a ella.

—Vamos, sólo un poco. Se sentirá mejor, se lo aseguro.

Ella gimió levemente, pero bebió y, luego, pareció atragantarse, y sus dedos se crisparon en el hombro de Ritter mientras dirigía la vista más allá de él.

Strasser dijo:

—¿Qué ha sucedido? ¿Qué es lo que ha salido mal?

Ritter se volvió.

—No se encuentra bien, como puede ver.

—Esto no es cosa suya, así que haga el favor de mantenerse al margen — replicó fríamente Strasser.

Ritter vaciló, y luego se puso en pie y se alejó unos pasos. Strasser dijo:

—¿La han descubierto?

—Sí.

—Entonces, ¿cómo ha venido aquí?

—El general Canning me ha echado.

Strasser se la quedó mirando, con las manos cogidas por detrás y el ceño ligeramente fruncido. Movió lentamente la cabeza.

—Exactamente la clase de estupidez que él haría.

—¿Qué va a pasar ahora?

—¿A usted? Me es completamente indiferente, Madame.

Empezó a alejarse, y ella le cogió de la manga, temblando de nuevo y con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Por favor, Herr Bormann! Étienne…, mi marido. Usted prometió…

—¡Strasser! —replicó él—. Me llamo Strasser, Madame, y, por lo que se refiere a su marido, no prometí nada. Dije que haría lo que pudiese.

—Pero el coronel Rattenhuber…

—… está muerto —dijo Strasser—. Y no puedo ser responsable de las vacuas promesas de un difunto.

En el rostro de Claire se pintaban ahora el horror y la incredulidad.

—Pero yo hice todo lo que se me pidió. Traicioné a mis amigos…, a mi país. ¿No lo comprende?

Desde la puerta, Gaillard exclamó, sorprendido:

—¡Por amor de Dios, Claire!, ¿qué estás diciendo?

Se volvió febrilmente hacia él.

—¡Oh, sí, es verdad! Yo era la marioneta…, él manejaba los hilos. Te presento a mi amo, Paul: el Reichsleiter Martin Bormann.

—La verdad es que ya me estoy cansando de eso —dijo Strasser.

—¿Quieres saber por qué lo hice, Paul? Te lo diré. Es muy sencillo. Étienne no murió cuando escapaba del Cuartel General de la SD en París, como creíamos. Está vivo. Se encuentra prisionero en el campo de concentración de Mauthausen.

En el rostro de Paul Gaillard se dibujó una expresión de angustiada compasión. Cogió sus manos entre las suyas.

—Sé que Étienne no murió cuando intentaba escapar de la Avenue Foch, Claire. Hace tiempo que lo sabía. También sé que lo llevaron a Mauthausen.

—¿Lo sabías? —murmuró ella—. Pero…, no comprendo.

—Mauthausen es un campo de exterminio. Allí se entra, pero nunca se sale. Étienne murió hace dos años en la cantera, junto con cuarenta y siete aviadores norteamericanos, ingleses y franceses. Pensé que no tenía por qué causarte un dolor innecesario diciéndotelo, cuando tú ya le creías muerto.

—¿Cómo murieron?

Gaillard vaciló.

—Por favor, Paul, debo saberlo.

—Muy bien. En un lugar de la cantera, había una escalera de 127 peldaños. Étienne y los otros fueron obligados a subirlos llevando pesadas piedras. Treinta, cuarenta y hasta cincuenta kilos de peso. Si caían, eran golpeados a palos y patadas hasta que volvían a levantarse. Al anochecer del primer día, había muerto la mitad de ellos. Los demás murieron a la mañana siguiente.

 

Canning y Justin Birr tenían un plano del castillo desplegado sobre el piano. Claudine Chevalier estaba sentada frente a ellos, tocando suavemente. Se abrió la puerta y entraron Hesser y Howard; el alemán se sacudía los copos de nieve que cubrían el cuello de piel de su capote.

Canning dijo animadamente:

—Los he reunido para darles las instrucciones finales sobre el plan a seguir en caso de que se produzca un asalto.

—¿Lo cree posible todavía, señor? —preguntó Howard.

—No hay razón para creer lo contrario. Una cosa es completamente segura. Si atacan, lo harán pronto. Yo diría que no más tarde del amanecer, porque, si hay algo que no tiene Strasser, o Bormann, o quien sea, es tiempo. Podría llegar hasta aquí una columna aliada. No obstante, supongamos que atacan y fuerzan el puente levadizo. ¿Cuánto tiempo puede contenerlos antes de que vuelen esa puerta, Howard?

—No mucho, general. No tenemos más que rifles, «Schmeisser» y granadas, y una ametralladora ahí arriba. Ellos disponen todavía de dos camionetas con ametralladoras pesadas y muchos más hombres.

—Bien, así que fuerzan las puertas y se ve obligado a retroceder. ¿Qué hay del «Gran Bertha», Max?

—Está emplazado a treinta metros de la boca del túnel y rebosante de trozos de metal. Sin embargo, no puedo garantizar que no le estalle en la cara a quien pretenda dispararlo.

—Eso es cosa mía —respondió Canning—. Lo he dicho antes, y lo mantengo. Si funciona, nos cargamos a la primera camioneta que salga del túnel y, probablemente, a todos los hombres que vayan en ella. Eso igualaría un poco las cosas.

—¿Y luego? —preguntó Howard.

—Nos retiramos a la torre norte, cerramos la puerta y resistimos todo el tiempo que podamos.

Justin Birr dijo lentamente:

—Detesto mencionarlo, Hamilton, pero esa puerta no constituye un obstáculo serio. Al menos, si alguien empieza a lanzar granadas contra ella.

—Entonces nos retiramos escaleras arriba —respondió Canning— y combatimos piso por piso. ¿O tiene alguien alguna idea mejor?

Nadie contestó.

—Bien, caballeros, manos a la obra entonces. Los veré en la muralla dentro de cinco minutos.

Salieron. Él permaneció unos instantes mirando el plano, y luego cogió una parka alemana y se la echó sobre la cabeza.

—Una larga espera hasta el amanecer, Hamilton —dijo Claudine Chevalier—. ¿Crees realmente que vendrán?

—Me temo que sí.

—¿Y Paul y Claire? ¿Qué habrá sido de ellos?

—No lo sé.

—¿Ni te importa?

—Gaillard, sí.

Canning se ciñó la pistolera.

—Es extraño —comentó ella, sin dejar de tocar el piano— que el amor pueda convertirse tan rápidamente en odio… ¿O no puede? Quizá sólo nos engañamos a nosotros mismos.

—¿Por qué no te vas al diablo? —sugirió ásperamente Canning, y salió dando un portazo.

 

Cuando entró en el bar «El Águila de Oro», Sorsa encontró a Ritter sentado junto a la chimenea, con una copa en la mano. Sorsa se sacudió la nieve de su parka. Ritter no dijo nada y continuó mirando al fuego. Se abrió la puerta de la cocina y entró Erich Hoffer llevando café en una bandeja. La dejó sobre la mesa sin pronunciar palabra. Ritter lo ignoró a él también.

Sorsa miró al sargento mayor y, luego, carraspeó. Ritter volvió lentamente la cabeza. Levantó la vista, con expresión meditativa:

—Sí, ¿qué hay?

—Me ha mandado usted llamar, Sturmbannführer.

Ritter se le quedó mirando unos instantes más y, luego, dijo:

—¿Cuántos hombres ha perdido allá arriba?

—Cuatro muertos y dos heridos graves. Los hemos traído para que los vea el doctor. Otros tres han salido mejor librados: sólo rasguños. Una de las camionetas está completamente inutilizada. ¿Qué hacemos ahora?

—Atacaremos al amanecer. A las siete en punto. Usted y sus hombres continúan bajo mis órdenes hasta las nueve, recuérdelo.

—Sí, Sturmbannführer.

—Asumiré personalmente el mando. Asalto total. Utilizaremos «Panzerfaust» en el puente. Hoffer era el mejor artillero del batallón. Él hará saltar esas cadenas, ¿verdad, Erich?

Lo dijo con tono de orden, y Hoffer reaccionó en consecuencia, cuadrándose y dando un taconazo.

—Zu befehl, Sturmbannführer.

Ritter miró a Sorsa.

—¿Alguna pregunta?

—¿Importaría algo que la hiciese? —preguntó Sorsa.

—En realidad, no. Al final, los mismos caminos nos llevan a todos al infierno.

—En Finlandia tenemos también un proverbio así.

Ritter asintió con un gesto.

—Será mejor que deje aquí al sargento mayor Gestrin y a cuatro de sus mejores hombres para defender el fuerte mientras nosotros estamos fuera. Vuelva ahora a su campamento. Yo iré dentro de un rato.

—¿Y Herr Strasser?

—No creo que lo haga por el momento. Herr Strasser es demasiado importante como para exponerse a correr riesgos. ¿Me comprende?

—Creo que sí, Sturmbannführer.

—Estupendo, porque, a mí, que me aspen si lo entiendo.

Ritter se puso en pie, se dirigió a la barra y cogió la botella de schnapps.

—Durante los últimos cinco o seis años, he conocido muchos hombres magníficos que ya no están con nosotros, y por primera vez empiezo a preguntarme por qué —había una mueca de desesperación en su rostro—. ¿Por qué murieron, Sorsa? ¿Para qué? ¿Puede usted decírmelo?

—Me temo que no —respondió quedamente Sorsa—. Mire, yo lucho por dinero. Usted y yo pertenecemos a clubs distintos. ¿Algo más?

Ritter movió la cabeza.

—Entonces, volveré junto a mis muchachos.

El corpulento finlandés saludó militarmente y salió. Ritter se acercó a la chimenea y clavó la vista en las llamas.

—¿Por qué Erich? —musitó—. ¿Para qué?

—¿Qué le ocurre, mayor Ritter? —preguntó Strasser desde la puerta—. Yo diría que es un poco tarde para filosofías.

Ritter se volvió, llameantes sus ojos en el pálido rostro.

—No más juegos, Reichsleiter. Usted y yo hemos llegado demasiado lejos ya para eso.

—¿De veras?

Strasser se metió detrás del mostrador y se sirvió un coñac.

—¿Está Bormann en Berlín y Strasser aquí, o al revés? —dijo Ritter—. Por otra parte, ¿qué más da?

—¿Discursos ahora?

—Creo que me he ganado el derecho a ello, aunque sólo sea por haber tenido que presenciar ese nauseabundo espectáculo con la De Beauville. La dejó usted más degradada que una puta de San Pauli.

—Hice lo que había que hacer.

—Por Dios, el Führer y el Reich…, ¿o me he equivocado en el orden? — Ritter ignoró el horror que se dibujó en el rostro de Hoffer—. Han muerto cientos de miles de jóvenes alemanes, la flor y nata de nuestra nación, que creían. Que tenían fe e idealismo. Que creían estar sacando a nuestro país de la degradación y la sordidez de los años veinte para conducirlo a una nueva Era. Ahora me doy cuenta de que murieron por nada. En primer lugar, nunca existió aquello en que creían. Usted y los de su ralea permitieron, para el logro de sus propios fines, que un loco llevara al pueblo alemán por el camino que conduce al infierno, y nosotros los seguimos con el corazón lleno de alegría.

—Escúcheme, Ritter —dijo Strasser—. Eso son bobadas sentimentales de la peor especie, y precisamente en boca de usted, un hombre que ha servido al Reich como pocos lo han hecho. Se figura que estamos acabados. Se equivoca. Continuamos…, sólo que ahora empieza la Kameradenwerk, y usted tiene un puesto en ella. Un puesto de honor.

Ritter se volvió hacia Hoffer.

—Nos vamos ya, Erich.

Hoffer salió. Strasser, dijo:

—¿Qué se propone?

—Voy a atacar a las siete. Asalto total. Utilizaremos «Panzerfaust» para volar las cadenas del puente levadizo. Tal vez dé resultado, pero no puedo garantizarlo. Dejaré aquí al sargento mayor Gestrin y a cuatro hombres.

Hoffer regresó y le dio su parka y su gorro de campaña. Strasser dijo:

—Voy a ponerme el abrigo. Iré con usted.

—¡No! —replicó secamente Ritter—. Yo ostento el mando y digo que se quede aquí.

Mientras se abrochaba la parka, Strasser dijo:

—En vista de sus sentimientos, ¿por qué hace esto?

—La mayoría de mis amigos han muerto —respondió Ritter—. ¿Por qué habría de salvarme yo?

Y salió.

 

Arnie dormía tranquilamente, y la única evidencia de la prueba por la que había pasado eran las oscuras y purpúreas manchas que se dibujaban bajo sus ojos. Gaillard apoyó una mano en la frente del muchacho. Estaba fría, y el pulso era normal por primera vez en veinticuatro horas. Encendió un cigarrillo, se acercó a la ventana y la abrió. La oscuridad era absoluta, a excepción de la luz que se proyectaba sobre el patio, procedente de la ventana de la cocina. Estaba nevando, e hizo una profunda inspiración en el frío aire.

Sonó un golpecito en la puerta y entró Meyer, con café en una bandeja. El guardián finlandés permanecía fuera. Gaillard pudo verlo sentado en una silla, al otro lado del pasillo, fumando un cigarrillo.

—¿Cómo está el chico, Herr doctor? —preguntó Meyer, mientras servía el café.

—Temperatura baja, pulso normal, sin fiebre y durmiendo tranquilamente, como puede ver. —Gaillard tomó un sorbo de café—. Y ahora debo ver a Madame de Beauville.

Meyer dijo en voz baja:

—Preparan un asalto general a Schloss Arlberg para las siete.

—¿Está seguro? —preguntó Gaillard.

—He oído hace poco al mayor Ritter y Herr Strasser hablar de ello en el bar. El mayor Ritter ha salido ya para el castillo.

—¿Y Strasser?

—Han tenido una discusión por eso; Strasser quería ir, pero Ritter no se lo ha permitido. Se queda aquí, con cinco finlandeses para custodiarlo.

Gaillard se volvió y se apoyó en el alféizar de la ventana, visiblemente agitado.

—Si lanza un asalto general, no tendrán la más mínima oportunidad. Hemos de hacer algo.

—¿Qué podemos hacer, Herr doctor? Es una situación desesperada.

—No, si alguien pudiera comunicarles lo que está sucediendo aquí. — Brilló un rayito de esperanza en el rostro de Gaillard—. Debe de haber ya muchas unidades aliadas en las proximidades de Arlberg. Usted podría ir, Johann. —Alargó una mano y le cogió del brazo a Meyer—. Podría escabullirse.

—Lo siento, Herr doctor, le debo mucho a usted…, posiblemente incluso la vida de mi hijo; pero si voy, le haría correr un grave peligro al muchacho. —Meyer movió la cabeza—. De todas formas, sería imposible robar el coche de campaña, con esos finlandeses ahí delante. Por otra parte, ¿hasta dónde podría ir nadie a pie?

—Tiene razón.

Gaillard se volvió hacia la ventana, con aire abatido, y vio en el patio algo que le llenó de una súbita esperanza. Un par de esquíes apoyados contra la pared, junto a la ventana de la cocina.

Se dominó con gran dificultad.

—Sírvame otro café antes de que el centinela decida que ya lleva usted aquí bastante tiempo. Escuche: esos esquíes de ahí abajo, ¿son suyos?

—Sí, Herr doctor.

—Tiene razón, amigo mío, me debe usted algo, y ésta es su oportunidad de pagármelo. Coja esos esquíes, un anorak, mitones y botas, y déjelos en la leñera del patio. Es todo lo que pido. Salir de aquí es problema mío.

Meyer vacilaba.

—No estoy seguro, Herr doctor. Si llegan a saber…

—No lo sabrán por mí ni por mis amigos, Johann —respondió Gaillard—. Creo que me debe usted eso, a cambio de lo que he hecho por Arnie.

El finlandés entró en la habitación, dijo algo en su idioma, y con un ademán indicó a Meyer que saliese. Meyer recogió la bandeja.

—Cuento con usted, Johann.

—Lo intentaré, Herr doctor. —Meyer parecía muy preocupado—. Haré lo que pueda, pero me es imposible prometerle más.

Salió, y el guardián se dirigió hacia la puerta, mientras Gaillard movía la cabeza. Recogió su maletín, pasó ante él y cruzó hasta la puerta contigua. Claire de Beauville estaba echada en la cama, y, cuando el finlandés trató de seguirlo, Gaillard le cerró la puerta en las narices.

Ella empezó a incorporarse, y Gaillard se sentó al borde de la cama.

—No, quédate así. ¿Cómo te encuentras?

—Un poco mejor.

—No, si alguien entra, no. Te encuentras muy mal.

—¿El centinela?

—No, él se muestra bastante tratable desde que he curado a dos de sus camaradas, que están en una habitación al otro lado del pasillo. Heridos de alguna escaramuza que se ha producido en el castillo. —Abrió su maletín y sacó un estetoscopio—. No tengo mucho tiempo, así que escucha atentamente. Ese hombre, Strasser, o quienquiera que sea… ¿todavía quieres servirle?

Ella se estremeció.

—¿Qué crees?

Gaillard miró su reloj.

—Antes de una hora van a lanzar un asalto general sobre Schloss Arlberg. Todo lo que tienen. Sin contemplaciones.

Claire abrió desmesuradamente los ojos.

—Claudine, Hamilton y los otros…, no podrán resistir.

—Exactamente; así que alguien debe ir en busca de ayuda.

—Pero ¿cómo?

—Meyer va a facilitarme esquíes y el equipo necesario, que esconderá en la leñera de la parte posterior de la posada. Salir es cosa mía. ¿Me ayudarás?

—Desde luego. —Apretó su mano contra la de Gaillard y sonrió con tristeza—. Si quieres la ayuda de alguien como yo…

—¡Mi pobre Claire! Todos somos víctimas de la guerra en mayor o menor grado. ¿Quién soy yo para juzgarte?

Sonaron voces fuera. Ella volvió a echarse apresuradamente. Se abrió la puerta y entró Strasser.

—¿Cómo se encuentra?

—No muy bien —respondió Gaillard—. Me temo que se produzca un derrumbamiento total. Después de todo, ha pasado una gran tensión. Añada a eso el trauma de acontecimientos más recientes. La noticia de la muerte de su marido.

—Sí, todo muy triste —replicó con impaciencia Strasser—. Pero quiero hablar con usted.

—Tendrá que esperar. Madame de Beauville necesita toda mi atención por el momento, y debo recordarle que tengo dos finlandeses gravemente heridos al otro lado del pasillo.

—Sólo diez minutos —dijo Strasser—. Es lo más de que puede disponer; luego quiero que baje al bar. —Su voz era fría, incisiva—. ¿Entiende?

—Desde luego, Reichsleiter —contestó calmosamente Gaillard.

Strasser salió, dejando la puerta abierta y con el centinela finlandés ante ella.

—Mala cosa —dijo Gaillard—. No tenemos mucho tiempo.

—Si no te vas ahora, no podrás irte, ¿verdad? —preguntó ella.

—Muy probablemente.

—Bien; entonces, ahora o nunca.

Se sentó en la cama y, al bajar las piernas, se las arregló para que cayera al suelo su maletín. Se inclinó para recogerlo, volcando torpemente sobre la alfombra la mayor parte de su contenido: instrumentos, frascos de píldoras, etc.

—Mira lo que he hecho.

El centinela finlandés entró en la habitación y se quedó mirando. Ella empezó a arrodillarse, y Gaillard dijo:

—No importa. Yo lo recogeré.

Claire se volvió hacia el finlandés, procurando parecer lo más confusa y desvalida posible, y él reaccionó como había esperado. Sonrió, se quitó el rifle, lo dejó sobre la cama e hincó una rodilla en tierra junto a Gaillard.

Claire no vaciló. Al lado de la cama había una botella de cristal tallado medio llena de agua. La cogió por el cuello y lo golpeó con toda su fuerza en la base del cráneo. El cristal saltó hecho añicos, se astilló el hueso, y el finlandés se desplomó de bruces sin exhalar un sonido.

Ella quedó inmóvil unos instantes, escuchando, pero todo estaba tranquilo.

—Vete ahora, Paul —dijo.

—¿Y tú? —preguntó él, incorporándose.

—No te preocupes por mí.

Gaillard le puso las manos en los hombros, la besó rápidamente y salió a toda prisa. Claire quedó allí, mirando al finlandés, sorprendentemente serena, carente de toda emoción y muy fatigada. «Necesito un trago», pensó, y salió, cerrando la puerta tras ella.

Gaillard bajó las escaleras traseras. Al llegar al embaldosado pasillo, se abrió la puerta que daba al patio y entró Meyer, golpeando el suelo con los pies para sacudirse la nieve de las botas. Se echó hacia atrás, asombrado, al ver a Gaillard, que le agarró del brazo.

 

—¿Ha hecho lo que le pedí?

—Sí, Herr doctor —tartamudeó Meyer—. Ahora mismo.

—Buen hombre —dijo Gaillard—. Si Strasser se le echa encima cuando yo me haya ido, hágase el tonto.

Abrió la puerta, salió y la cerró. A través de los árboles comenzaba a filtrarse la primera claridad del alba. Había una ligera neblina, y nevaba suavemente. Se veían con claridad las huellas de Meyer, y Gaillard las siguió rápidamente a través del patio, hasta la leñera. Abrió la puerta y entró.

Se sentía muy excitado, más de lo que había estado durante años, y las manos le temblaban al quitarse los zapatos y ponerse los calcetines de lana y las pesadas botas de esquiar que Meyer le había facilitado. El anorak era rojo y había sido remendado muchas veces, pero la capucha estaba forrada de piel, al igual que los mitones. Se lo puso rápidamente, cogió los esquíes y los bastones y volvió a salir.

Ahora nevaba con más intensidad, una nieve fría, de montaña, extrañamente vigorizante, y cuando se detuvo al otro lado de la pared para ponerse los esquíes, volvió a sentir la vieja y conocida emoción. Se esfumaban los años, y estaba en los Vosgos, entrenándose para Chamonix. Mil novecientos veinticuatro, la primera Olimpíada de Invierno. El momento más importante de su vida, cuando ganó aquella medalla de oro. Todo lo sucedido después había tenido para él cierto sabor de anticlímax.

Sonrió con una mueca y se arrodilló para ajustarse las correas. Oprimió el cierre de seguridad, encajando la bota, y luego hizo lo mismo con el otro esquí. Estaba listo. Se puso los mitones y cogió los bastones.

 

Unos cinco minutos después, Strasser, que esperaba a Gaillard en el bar, oyó un grito procedente de la plaza. Salió a la puerta. Gestrin y los cuatro soldados finlandeses que Ritter había dejado se encontraban junto al coche de campaña. Uno de ellos señalaba por encima de las casas, en dirección a la boscosa ladera de la montaña.

—¿Qué ocurre? —preguntó Strasser.

Manni Gastrin bajó los prismáticos.

—El francés.

—¿Gaillard? —exclamó incrédulamente Strasser—. Imposible.

—Véalo usted mismo. Allí arriba, en la pista.

Le pasó los prismáticos. Strasser ajustó apresuradamente las lentes. Vio la vereda que zigzagueaba por entre los árboles y enfocó al esquiador del anorak rojo. Gaillard miró hacia atrás por encima del hombro, permitiéndole ver perfectamente su cara.

Dos de los finlandeses estaban ya apuntando con sus fusiles «Mauser». Gestrin dijo:

—¿Disparamos?

—No, quiero que vuelva —replicó Strasser—. ¿Me entiende?

—Nada más sencillo. En esta región, y con esquíes, no hay nadie mejor que estos muchachos.

Se volvió, dando órdenes en finlandés. Rápidamente, se dirigieron todos al coche de campaña y empezaron a descargar sus esquíes.

—Vaya usted con ellos —dijo Strasser a Gestrin—. No quiero excusas ni discusiones. Simplemente, tráigalo aquí antes de una hora.

—A la orden —respondió serenamente Gestrin.

En unos minutos se pusieron los esquíes y se alejaron en fila india, con los fusiles en bandolera. Gestrin marchaba delante. Strasser levantó la vista hacia la montaña, hacia el último recodo del sendero que podía verse desde la plaza. Distinguió una mancha roja entre el verdor y, luego, nada.

Corrió al interior de la posada y sacó del bolsillo la «Walther». Subió de dos en dos las escaleras y avanzó por el pasillo. La puerta de Arnie estaba abierta. El muchacho dormía tranquilamente. Strasser titubeó, y luego se dirigió a la habitación de Claire de Beauville. El centinela finlandés seguía en el lugar en que había caído, con el rostro vuelto a un lado. Tenía la base del cráneo cubierta de sangre. Un hilillo le corría desde la comisura de los labios. Estaba muerto. Strasser salió rápidamente.

—Meyer, ¿dónde demonios está? —exclamó mientras bajaba la escalera.

Meyer emergió de la cocina y se detuvo, con el miedo pintado en los ojos. En el mismo momento, Strasser vio que Claire de Beauville estaba detrás del mostrador del bar, abriendo una botella de champaña.

—¡Ah, es usted, Reichsleiter! Llega a tiempo para beber conmigo. «Krug», y de una cosecha excelente. No tan frío como debería estar, pero no se puede tener todo en esta vida.

Strasser hizo caso omiso de ella y, fuera de sí, amenazó con su pistola a Meyer, que estaba a su lado.

—Usted le ayudó, ¿verdad? ¿Dónde, si no, ha conseguido los esquíes y la ropa de invierno?

—¡Por favor, Herr Strasser! No dispare. —Meyer se derrumbó por completo—. Yo no he tenido nada que ver con esto. Se equivoca si lo cree así.

Claire se sirvió una copa de champaña, encaramada en uno de los altos taburetes, y tomó apreciativamente un sorbo.

—Excelente. De verdad, excelente…, y, a propósito, él tiene razón. Fui yo quien ayudó a Paul. Ha sido un placer romper la botella de cristal tallado en la cabeza de un soldado de las SS.

Strasser clavó la vista en ella.

—¿Usted? —exclamó—. El hombre al que ha atacado está muerto, ¿lo sabía?

La sonrisa se borró de su rostro, pero replicó al instante:

—Y también Étienne.

—¡Zorra! ¿Se da cuenta de lo que ha hecho?

—Echarle a perder todos sus planes, espero. La comarca debe de estar ya llena de tropas británicas y norteamericanas. Estoy segura de que Paul no tardará en encontrar a una de sus columnas.

—No tiene la menor posibilidad —respondió él—. Gestrin y cuatro de sus finlandeses acaban de salir en su persecución. Son cinco de los mejores esquiadores del Ejército alemán. ¿Cree que tardarán mucho en alcanzar a un viejo de sesenta años?

—Que ganó una medalla de oro olímpica en 1924. El mejor esquiador del mundo en su tiempo. Yo diría que eso cuenta aún, ¿no le parece? —Levantó su copa—. A votre santé, Reichsleiter…, ¡y que se pudra en los infiernos!

Strasser disparó varias veces, presa de una furia incontenible. La primera bala alcanzó a Claire en el hombro derecho, derribándola del taburete y haciéndola rodar sobre sí misma. La segunda y la tercera le partieron la espina dorsal, lanzándola contra la pared; la lana de su chaqueta empezó a humear y, luego, a arder. Él se acercó, disparando una y otra vez hasta vaciar el cargador.

Permaneció mirándola, y Meyer, con el rostro desencajado de horror, retrocedió silenciosamente y se echó a correr escaleras arriba. Cuando llegó al cuarto de Arnie, el muchacho seguía dormido. Cerró la puerta, echó el pestillo y arrastró hasta ella una pesada cómoda.

Se dirigió al vestidor, levantó una esquina de la alfombra y retiró una tabla suelta. Dentro, envuelta en un trozo de manta, estaba la vieja escopeta de cañones recortados con que solía cazar en su juventud, así como una caja de cartuchos, escondidos desde antes de la guerra. Cargó los dos cañones y regresó al dormitorio. Puso una silla en el centro de la habitación, mirando a la puerta, se sentó con la escopeta sobre las rodillas y esperó.

 

Había pasado mucho tiempo, pero hay cosas que nunca se olvidan. Gaillard emergió de entre los árboles y se lanzó por una superficie lisa, de unos doscientos metros de extensión, al otro lado de la cual había más árboles. Utilizaba el paso deslizante, técnica favorita de los escandinavos que había aprendido en su juventud y que devoraba kilómetros con sorprendente rapidez.

Si uno estaba en forma, claro, aunque por el momento se sentía mejor de lo que se había sentido en muchos años. Libre, sí, pero más que eso…, la certeza de que habían llegado al final de algo. De que la libertad estaba a la vuelta de la esquina para todos.

Pero no era momento para tales reflexiones. Necesitaba un punto de destino y no tenía ninguno. Por otra parte, parecía razonable suponer que la ayuda que buscaba sería más probable encontrarla en las carreteras principales, lo cual significaba ascender más, atravesar el resalte oriental de la montaña y, luego, descender.

Una especie de sexto sentido le hizo volver la vista hacia atrás. Los finlandeses estaban cruzando la superficie descubierta, en fila india y con Gestrin al frente. No sintió miedo, sino que le invadió un violento placer y se zambulló entre los árboles, avanzando a gran velocidad. Se encontraba ya a treinta metros ladera arriba de la montaña, cuando los finlandeses llegaron a la linde del bosque y Gestrin dio la voz de alto.

—Bien —dijo—, la fiesta ha terminado. Es un buen esquiador. Demasiado bueno para andarse con juegos. A partir de ahora, cada uno debe valerse por sí mismo; y recordad: lo queremos vivo.

Comenzó a subir la pendiente, y los demás le siguieron.

 

Ritter y Sorsa estaban junto a una de las dos camionetas que quedaban, tomando café y examinando el plano de Schloss Arlberg, que el alemán había traído de la posada.

—Una vez que entremos, retrocederán a la torre norte —dijo Ritter—. No hay otro sitio al que ir.

—¿Y cómo será eso?

—Según Strasser, una pesada puerta de roble de dos hojas. No necesitará mucho tiempo. Dentro, una sala y, luego, una amplia escalera, que va estrechándose hasta convertirse en una espiral en los pisos superiores. El comedor y, después, un dédalo de pasillos y habitaciones hasta lo más alto.

—Si lo toman habitación por habitación, puede resultar trabajoso.

—No, si nos lanzamos decididamente sobre ellos. Sin vacilaciones y sin darles cuartel.

Los finlandeses estaban ya preparados y esperando en las camionetas; media docena de ellos, con los «Panzerfaust». Ritter se acercó para examinar los proyectiles antitanques.

—¿Son buenos con estos cacharros?

—Hemos tenido nuestros éxitos con ellos. Uno de éstos puede abrir un «T-34» como si fuera un bote de conserva.

—¿Cuántos tenemos?

—Diez.

—Entonces no podemos permitirnos correr riesgos. Encargaré de ello a Hoffer. Explíqueselo a sus hombres. Es el mejor artillero que conozco.

En ese momento llamó Hoffer desde el coche de campaña.

—Herr Strasser quiere hablar por radio con usted, Sturmbannführer.

Ritter se inclinó hacia el interior del coche. No había interferencias, y la voz de Strasser sonó clara y nítida.

—¿No ha comenzado el asalto?

—Enseguida. ¿Por qué?

Strasser se lo dijo. Cuando hubo acabado, Ritter comentó:

—O sea, que no tenemos mucho tiempo, ¿es eso lo que quiere decir? No necesitaba haberse molestado, Reichsleiter. El tiempo es algo que nunca nos ha sobrado desde el principio. Corto.

Colgó el micrófono y se volvió hacia Sorsa.

—¿Alguna complicación? —preguntó el finlandés.

—Gaillard ha logrado escapar. Se ha ido a la montaña esquiando. Strasser ha enviado en su persecución a Gestrin y sus hombres.

—No hay problema —dijo Sorsa—. Son los mejores esquiando. No tardarán en darle alcance.

—Yo no estaría tan seguro. Fue medalla de oro en la Olimpíada de Chamonix en 1924. Si se encuentra con una columna británica o norteamericana antes de que Gestrin y sus hombres consigan alcanzarle…

El rostro de Sorsa adquirió una expresión grave.

—Comprendo lo que quiere decir. ¿Qué hacemos, entonces?

—Terminar este asunto lo más rápidamente posible. Vámonos ya.

Echó a andar en dirección a una de las camionetas, y Sorsa le cogió del brazo.

—Un momento, Sturmbannführer. Es probable que la primera camioneta que cruce ese túnel lo pase bastante mal. Me gustaría ir en ella.

—Soy yo quien ostenta el mando aquí —replicó Ritter—. Creía que había quedado claro.

—Pero éstos son mis hombres —insistió Sorsa—. Llevamos mucho tiempo juntos.

Ritter se lo quedó mirando, con el ceño ligeramente fruncido, y luego asintió.

—Comprendo. Muy bien; sólo por esta vez, usted irá al frente, y yo lo seguiré. Y, ahora, en marcha.

Dio media vuelta y subió a la segunda camioneta.