Operación Valhalla
Capítulo VII
En un momento dado de la guerra en que tuvo la certeza de la casi segura derrota de Alemania, Karl Adolf Eichmann, jefe de la Sección Judía de la Gestapo, ordenó la construcción, conforme a los más estrictos detalles, de un refugio bajo su cuartel general, situado en el número 116 de la Kurfürstenstrasse. Tenía grupo electrógeno y sistema de ventilación propios, y era autosuficiente en todos los aspectos.
El proyecto fue desarrollado en condiciones de absoluto secreto, pero en el Tercer Reich nada era mantenido secreto para Martin Bormann durante mucho tiempo. Al realizar el feliz descubrimiento, y necesitando un lugar discreto para sus propios fines, había anunciado su intención de trasladarse allí, y Eichmann, demasiado aterrado para discutir, se había resignado a ello hasta marzo, en que había decidido escapar.
Cuando Bormann y Rattenhuber llegaron, el lugar parecía desierto. La puerta principal colgaba de sus goznes, medio arrancada, las ventanas carecían de cristales, y el tejado había resultado gravemente dañado por el bombardeo. Rattenhuber torció por la calle lateral, rechinando las ruedas del coche sobre los innumerables fragmentos de cristal, y se detuvo en el patio situado en la parte posterior del edificio.
Por el momento, había cesado el bombardeo, y la mayor parte de los disparos sonaban a cierta distancia. Bormann bajó del coche y, por una inclinada rampa de cemento, se dirigió hasta un par de puertas de acero pintadas de gris. Las golpeó con la punta de su bota. Se abrió una mirilla. El hombre que atisbaba por ella llevaba calcomanías de las SS en su casco de acero. Bormann no dijo nada. Se cerró la mirilla y, un momento después, las puertas se abrieron electrónicamente.
Rattenhuber hizo descender el coche por la rampa y se detuvo para que volviera a subir Bormann. Entraron en un oscuro túnel, pasaron ante dos centinelas de las SS y, finalmente, se detuvieron en un garaje de cemento brillantemente iluminado.
Había allí dos guardias más de las SS y un joven Hauptsturmführer de enérgicas facciones. Al igual que sus hombres llevaba en el brazo izquierdo un brazalete con las letras «RFSS», Reichsführer der SS. El emblema de la guardia personal de Himmler, un truco de Bormann para disuadir a los curiosos.
—Hola, Schultz, ¿cómo van las cosas? —preguntó Bormann.
—Sin problemas, Reichsleiter. —Schultz hizo un perfecto saludo nazi—. ¿Va a subir?
—Sí, creo que sí.
Schultz le precedió hasta un ascensor de acero y oprimió el botón. Dio un paso hacia atrás.
—A sus órdenes, Reichsleiter.
Bormann y Rattenhuber entraron en el ascensor, el coronel oprimió el botón de subida y las puertas se cerraron. Llevaba su «Schmeisser» y tenía una granada sujeta al cinturón.
—Ya falta poco, Willi —dijo Bormann—. La culminación de muchos meses de duro trabajo. Creo que te quedaste sorprendido cuando te metí en este asunto, ¿no?
—No, es un honor, Reichsleiter, se lo aseguro —respondió Rattenhuber —. Un gran honor ser solicitado para colaborar en esa tarea.
—No más del que mereces, Willi. Zander no era de confianza. Necesitaba alguien con inteligencia y discreción. Alguien en quien pudiese confiar. Este asunto es de importancia fundamental, Willi, creo que lo sabes. Es esencial que la Kameradenwerk tenga éxito.
—Puede confiar en mí, Reichsleiter —dijo Rattenhuber, emocionado—. Hasta la muerte.
Bormann le pasó un brazo por los hombros.
—Lo sé, Willi, lo sé.
El ascensor se detuvo, y se abrió la puerta. Un joven con bata blanca y gafas de gruesos cristales les estaba esperando.
—Buenas noches, Reichsleiter —dijo cortésmente.
—¡Ah, Scheel, el profesor Wiedler me está esperando! Eso espero, al menos.
—Desde luego, Reichsleiter. Por aquí.
Sólo se oía el zumbido de los generadores mientras caminaban por el alfombrado pasillo. Scheel abrió la puerta que había al fondo y les hizo pasar a un laboratorio equipado principalmente con material electrónico. El hombre sentado ante una gran grabadora con auriculares estaba vestido, como Scheel, con bata blanca. Tenía rostro inteligente e inquieto y llevaba gafas, con montura de oro y cristales semicirculares. Miró a su alrededor, se quitó las gafas y se levantó apresuradamente.
—¡Mi querido profesor! —Bormann le estrechó afablemente la mano—. ¿Cómo van las cosas?
—De maravilla, Reichsleiter. Me creo en situación de afirmar que no podrían haber ido mejor.
Fritz Wiedler era doctor en Medicina por las Universidades de Heidelberg y Cambridge. Ferviente partidario del nacionalsocialismo desde sus primeros tiempos, premio Nobel por sus investigaciones sobre la estructura de las células y uno de los profesores más jóvenes que jamás había conocido la Universidad de Berlín, con la reputación de ser uno de los mejores especialistas en cirugía plástica de toda Europa.
Constituía un ejemplo supremo de determinada clase de científico, hombre entregado a su profesión con un fervor que sólo podría describirse como criminal. Para Wiedler, el fin justificaba por completo los medios, y, cuando sus amos nazis llegaron al poder, prosperó enormemente.
Había trabajado con Rascher realizando estudios para la Luftwaffe sobre los efectos de las bajas presiones, para lo cual había utilizado prisioneros de guerra como conejillos de Indias. Luego había experimentado en cirugía de trasplante de miembros, utilizando los de prisioneros cuando era necesario, en el sanatorio de Geghardt, cerca de Ravensbrük, adonde solía ir con frecuencia Himmler en busca de remedios para su afección gástrica crónica.
Pero fue como miembro del Instituto para la Investigación y Estudio de los Caracteres Hereditarios, de las SS, cuando llegó a realizarse plenamente, trabajando en Auschwitz con Mengele en el estudio de gemelos, primero vivos y luego muertos, todo ello para mayor gloria de la ciencia y del Tercer Reich.
Y, luego, Bormann lo había reclutado. Le había ofrecido la oportunidad del experimento decisivo. En cierto sentido, de crear la propia vida. Un reto que no habría rehusado aceptar ningún científico digno de tal nombre.
—¿Dónde está el resto del personal? —preguntó Bormann.
—En la sala de descanso, cenando.
—Cinco enfermeros. Tres mujeres y dos hombres, ¿no?
—Exacto, Reichsleiter. ¿Hay algo mal?
—En absoluto —respondió tranquilamente Bormann—. Es sólo que, en estos difíciles tiempos, la gente tiende a dejarse dominar por el pánico y huir. Quería cerciorarme, simplemente, de que ninguno de sus ayudantes lo había hecho.
Wiedler pareció sorprendido.
—Ninguno de ellos pensaría en tal cosa, Reichsleiter, y, además, los guardias nunca les dejarían pasar.
—Cierto —dijo Bormann—. Bueno, dice que todo va bien. ¿Estamos listos ya?
—Creo que sí, Reichsleiter. Compruébelo usted mismo.
—Vamos allá, pues.
Wiedler sacó del bolsillo un manojo de llaves, eligió una y se dirigió a una puerta situada en el otro extremo del laboratorio. Bormann, Rattenhuber y Scheel lo siguieron. Wiedler introdujo la llave en la cerradura, y la puerta se abrió.
Se oía música, la Séptima Sinfonía de Schubert, lenta, majestuosa, cuyas notas llenaban la habitación. Wiedler entró primero. Los demás lo siguieron.
Un hombre con pantalón de franela y camisa parda estaba sentado a una mesa de espaldas a ellos, bajo una potente luz blanca, leyendo un libro.
—Buenas noches, Herr Strasser —dijo Wiedler.
El hombre llamado Strasser echó hacia atrás su silla, se puso en pie y se volvió, y Martin Bormann se encontró ante la imagen exacta de sí mismo.
Sorprendido, Rattenhuber soltó una entrecortada exclamación, conteniendo al mismo tiempo, horrorizado, el aliento.
—¡Dios mío! —murmuró.
—Sí, Willi, ya lo sabes —dijo Bormann, y alargó la mano—. ¿Cómo estás, Strasser?
—Mejor que nunca, Reichsleiter.
La voz era idéntica a la de Bormann, quien movió lentamente la cabeza.
—No puedo decirlo con seguridad, quiero decir que uno mismo no sabe cómo habla, pero me parece bastante bien.
—¿Bastante bien? —exclamó Scheel, indignado—. ¡Es perfecto, Reichsleiter, se lo aseguro! Hemos trabajado durante tres meses, utilizando los procedimientos de grabación más modernos, con cinta en vez de cable. Mire, vamos a hacer una demostración. Cuando abra el micrófono, diga algo, Reichsleiter. Cualquier cosa.
Bormann vaciló y, luego, dijo:
—Me llamo Martin Bormann. Nací el 17 de junio en Halberstadt, Baja Sajonia.
Scheel rebobinó la cinta y, luego, la pasó otra vez. La reproducción era excelente. Hizo una seña a Strasser.
—Ahora, usted.
—Me llamo Martin Bormann —dijo Strasser—. Nací el 17 de junio en Halberstadt, Baja Sajonia.
—¿Lo ve? —dijo, triunfalmente, Scheel.
—Sí, he de admitirlo. —Bormann ladeó la barbilla de Strasser—. Es como si me estuviera mirando en un espejo.
—No exactamente, Reichsleiter —dijo Wiedler—. Si se ponen juntos, un atento examen revela que ciertos rasgos no son del todo idénticos, pero no importa. Lo principal es que nadie podrá distinguirlos uno del otro. Y hay cicatrices, no muchas, es cierto, pero las he hecho de modo que parezcan arrugas de la piel, consecuencia natural de la edad.
—Yo no las veo —dijo Bormann.
—Sí, creo que nunca he trabajado mejor con un bisturí, aunque sea yo quien lo diga.
Bormann movió afirmativamente la cabeza.
—Excelente. Y ahora quisiera hablar unos momentos a solas con Herr Strasser.
—Desde luego, Reichsleiter —dijo Wiedler.
Salieron él y Scheel, y Bormann se llevó a un lado a Rattenhuber.
—La cuestión del personal, Willi. Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Desde luego, Reichsleiter.
Salió, y Bormann cerró la puerta y se volvió para mirarse a sí mismo.
—Bueno, Strasser, por fin ha llegado el día.
—Así parece, Reichsleiter. ¿La Kameradenwerk? ¿Empieza?
—Empieza, amigo mío —dijo Martin Bormann, y comenzó a desabrocharse la guerrera.
Wiedler y el otro esperaban pacientemente en el laboratorio. Unos veinte minutos después, se abrió la puerta y aparecieron Bormann y Strasser. El Reichsleiter iba de uniforme. Strasser llevaba un sombrero flexible y una chaqueta negra de cuero.
—Y ahora, Reichsleiter… —empezó el profesor Wiedler.
—Sólo queda decirnos adiós —terminó Martin Bormann.
Hizo una seña a Rattenhuber, que estaba en pie junto a la puerta. El «Schmeisser» del coronel saltó en sus manos, y una rociada de balas arrojó a Wiedler y Scheel contra la pared. Rattenhuber vació el cargador y puso otro nuevo.
Se volvió hacia Bormann, con el rostro pálido.
—¿El personal? —preguntó Bormann.
—Los he encerrado.
Bormann movió aprobadoramente la cabeza.
—Bien…, liquídalos.
Rattenhuber salió. Instantes después, se oyó el tabletear del «Schmeisser», dominando un coro de gritos. La artillería rusa había reanudado su acción, y el edificio se estremecía violentamente por encima de sus cabezas.
Regresó Rattenhuber, caminando lentamente.
—Ya está, Reichsleiter.
Bormann asintió.
—Bien. Termina aquí ahora, y vamos abajo.
Salió al pasillo, seguido de Strasser. Rattenhuber se sacó del cinturón la granada que llevaba y la arrojó por la puerta del laboratorio. Cuando se extinguieron las reverberaciones de la explosión, se oyó el furioso crepitar de las llamas, al entrar en ignición las sustancias químicas.
El pasillo se llenó de humo cuando Bormann y Strasser llegaban al ascensor, y Rattenhuber corrió hacia ellos.
—No hay que asustarse —dijo Bormann—. Tenemos tiempo de sobra.
Se abrieron las puertas del ascensor. Entraron en él y empezaron a bajar.
Cuando se abrieron las puertas al llegar abajo, les estaba esperando Schultz, con una «Walther» en la mano y los dos guardias de las SS con sus «Schmeisser» preparados.
—No hay por qué preocuparse —dijo Bormann—. Todo está bajo control.
—A sus órdenes, Reichsleiter —dijo Schultz, y, entonces, miró a Herr Strasser, y la sorpresa que se llevó le dejó boquiabierto.
—Nos marchamos ya, Schultz, todos —dijo suavemente Bormann—. Traiga al resto de sus hombres.
Schultz se volvió, caminó irnos pasos y dio un silbido con los dedos en la boca. Instantes después, los dos guardianes apostados en la puerta del garaje bajaron corriendo la rampa.
—Si los manda formar, me gustaría decirles unas palabras sobre la situación que vamos a encontrar afuera —dijo Bormann.
—Reichsleiter.
Schultz ladró unas órdenes a sus hombres, que formaron ante ellos.
—Habéis hecho un buen trabajo. Un trabajo excelente. —Detrás de Bormann, Rattenhuber subía al coche de campaña y se situaba tras la «MG-34»—. Pero ahora, amigos míos, ha llegado el momento de partir.
En el último momento, Schultz se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Su boca se abrió en un silencioso grito, pero Rattenhuber disparaba ya la ametralladora, proyectando a Schultz y sus hombres a través del cemento, en una enloquecida danza de muerte.
Cuando, finalmente, cesó el fuego, un par de ellos seguían retorciéndose aún.
—Remátalos —ordenó Bormann.
Rattenhuber cogió su «Schmeisser», se acercó a los cuerpos tendidos y disparó una breve ráfaga en el cráneo de uno que aún se movía. Retrocedió apresuradamente al ver que las botas eran salpicadas de sangre y sesos desparramados, y, en el mismo instante, oyó el seco chasquido metálico de la «MG-34», al ser amartillada de nuevo.
Giró en redondo y vio a Strasser, de pie en el coche de campaña, tras la ametralladora.
—Hasta la muerte, Willi, ¿no es eso lo que dijiste?
Se tensaron sus dedos, carente por completo de expresión el rostro bajo el ala del sombrero. Fue lo último que Willi Rattenhuber vio antes de morir.
Strasser dejó de disparar y saltó a tierra.
—Es hora de que me vaya. Cogeré el «Mercedes» de Schultz.
—¿Y yo?
—Sugiero que se quede aquí hasta las once. Regrese al búnker entonces. Llegará hacia medianoche, teniendo en cuenta el estado de las calles.
—Tiempos peligrosos —dijo Bormann—. Un obús de artillería, un trozo de metralla, una bala perdida…, por no mencionar la posibilidad de tropezarse con una patrulla rusa.
—Como el Führer, yo camino con la seguridad de un sonámbulo —dijo Strasser—. Llevo una armadura invisible, con la certeza absoluta de que nada me sucederá a mí…, a ninguno de los dos. Mucho depende de nosotros, amigo mío. El futuro de muchas personas.
—Lo sé.
Strasser sonrió.
—Debo irme ya.
Sé dirigió al «Mercedes» y se sentó al volante. Al poner en marcha el motor, Bormann cogió un «Schmeisser» y corrió hacia él.
—Llévese esto.
—No, gracias. No lo necesitaré —respondió Strasser, y desapareció en la oscuridad de la rampa.
Ritter estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y el «Schmeisser» sobre las rodillas. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía, y oyó el ruido del vehículo que se acercaba al mismo tiempo que Hoffer, que estaba de guardia.
—¡Mayor! —llamó Hoffer.
—Ya sé —respondió Ritter.
Estaba junto al sargento mayor, escuchando, y Berger se unió a ellos.
—No es un tanque.
—No, es un coche —dijo Ritter.
El vehículo se detuvo, y se oyó el ruido de unos pasos que se acercaban. Los tres hombres aguardaban silenciosos en la oscuridad; hubo una pausa, un leve y fantasmal crujido, y el ventanuco se abrió. Ritter y Berger encendieron al mismo tiempo sus linternas, y los haces de luz iluminaron a Strasser.
—¡Herr Strasser! —exclamó alegremente Berger—. Casi nos disponíamos ya a disparar. ¿Por qué no ha venido silbando unos compases del Deutschland Über Alles o algo por el estilo?
—Si me abren las puertas… Ahí afuera tengo un «Mercedes» que, probablemente, estaría mejor bajo cubierto. No queremos atraer la atención.
Hoffer dijo:
—¡Dios mío, es el…!
Strasser se volvió hacia ellos. Miró directamente a Ritter y dijo con calma:
—Strasser, el nombre es Heinrich Strasser. Estoy aquí para actuar en nombre del jefe de la Cancillería del Partido en el asunto que ustedes ya conocen. ¿Me esperaba, mayor?
—¡Oh, sí! —respondió Ritter—. Le esperábamos.
Se volvió hacia Hoffer, mientras Berger abría las puertas del garaje.
—Mete el coche de Herr Strasser, Erich.
Strasser pasó un brazo por los hombros de Berger.
—¿Tenemos alguna probabilidad de éxito?
—No veo por qué no —respondió Berger—. Realizar un intento así a estas alturas es algo que no piensan ni lo más remotamente. Al menos, cuento con ello.
Se dirigieron hacia él «Stork», hablando en voz baja. Hoffer metió el «Mercedes» en el garaje, y Ritter volvió a cerrar las puertas.
El sargento mayor susurró:
—Pero ese hombre no es Herr Strasser. Es el propio Reichsleiter. ¿Qué está pasando aquí?
—Lo sé, Erich, y Berger dijo que no se conocían, cuando es evidente que se conocen muy bien.
—¿O sea que Berger sabe quién es realmente?
—¿Y quién va a ser, Erich? —Ritter se puso un cigarrillo en los labios—. Martin Bormann o Heinrich Strasser, ¿qué más da? Y, si él prefiere un nombre a otro, ¿quiénes somos nosotros para discutir?
—Mayor Ritter —llamó Strasser—. Un momento, si no le importa.
Fueron hasta el avión, y Strasser consultó su reloj.
—Son las nueve. El capitán Berger cree que deberíamos salir alrededor de medianoche.
—Eso tenía entendido —respondió Berger—. ¿Y qué hay del despegue? Quiero decir que estará completamente oscuro; bueno, a menos que lleguen los bombarderos y provoquen unos cuantos incendios más.
—Cuando salgamos, lo haremos a toda velocidad —dijo Berger—. Tengo una caja de bengalas en el «Stork». Pondré en marcha el motor y, en cuanto esté listo para partir, quisiera que lanzase la primera. Después de los cien primeros metros, otra. Tal vez necesitemos una tercera, no estoy seguro. Podrá usted disparar con toda facilidad la pistola lanzabengalas por la ventanilla lateral.
—Entonces quedaremos al descubierto al despegar —dijo Strasser.
—Dos o tres minutos sólo. Naturalmente, una vez en vuelo, cuanto más oscuro, mejor; pero, a menos que quieran terminar en lo alto de la Columna Victoria… —se encogió de hombros.
—Todo menos eso, capitán —replicó Strasser—. Sin embargo, van a resultar unos minutos excitantes.
Ritter fue a sentarse en un cajón que había junto a la puerta. Se llevó un cigarrillo a los labios y se palpó los bolsillos en busca de cerillas. Strasser se le acercó y sacó un encendedor.
—Gracias —dijo Ritter.
—¿Hay algo que quisiera que le explicase?
—No creo —respondió Ritter—. Las órdenes del Reichsleiter fueron muy explícitas.
—Bien, entonces creo que descansaré un poco. Algo me dice que voy a necesitar todo mi vigor antes de que finalice la noche.
Se alejó, y Hoffer, que había estado rondando por sus proximidades, se acercó y se sentó junto a Ritter, con la espalda apoyada contra la pared.
—Bueno, ¿qué ha dicho?
—¿Qué esperabas? —preguntó Ritter.
—¿No ha dado ninguna explicación?
—Me ha preguntado si había algo que quería que me explicase, y yo le he dicho que no. ¿Te referías a eso?
—Sí, mayor. —La voz de Hoffer tenía ahora un tono de completa resignación—. A eso exactamente me refería.
A las once y media se reanudó el bombardeo ruso, espasmódicamente al principio, pero a los quince minutos se encontraba en todo su apogeo.
Berger estaba junto a las puertas, mirando su reloj a la luz de la linterna. Cinco minutos antes de medianoche, dijo:
—Bien, vamos a abrir las puertas y sacar el avión.
El cielo nocturno estaba muy oscuro, ocasionalmente iluminado por deslumbrantes fogonazos al hacer explosión las granadas, aunque la acción parecía concentrada en la zona situada más al Este. Los cuatro hombres sacaron el «Stork», empujando dos de cada ala, y lo hicieron girar en la callejuela. Cabía justamente, ya que, a ambos lados, las paredes quedaban a sólo unos centímetros de las puntas de las alas.
Aumentó el fragor de la batalla, y Berger, que empujaba junto a Ritter dijo:
—Dese cuenta. Cientos de miles de personas atrapadas en este holocausto se enfrentan esta noche a una muerte segura, y nosotros, sin embargo, si el motor funciona y la hélice gira, viviremos.
—Quizá sí, quizá no.
—No tiene usted fe, amigo.
—Pregúntemelo cuando pasemos sobre la Columna Victoria.
Hicieron girar al «Stork» hacia la avenida Este-Oeste; las ruedas crujían sobre los fragmentos de cristales.
—¿Qué hay de la dirección del viento, Berger? —preguntó Strasser—. Estos cacharros siempre tienen que cogerlo de frente, ¿no?
—Me parece que hay viento cruzado —dijo Berger—. De Norte a Sur, aunque no me importa gran cosa. Después de todo, no tenemos mucha elección.
La avenida estaba muy oscura y silenciosa; la artillería rusa se concentraba casi exclusivamente en el distrito que circundaba la Potsdamerplatz. Berger dijo:
—Bien, todos adentro, menos el mayor Ritter.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó Ritter.
Berger le entregó una pistola lanzabengalas.
—Aléjese por la avenida unos cincuenta metros y espere. En cuanto oiga el ruido del motor, dispare la pistola y, luego, vuélvase y regrese corriendo todo lo de prisa que pueda.
—De acuerdo —respondió Ritter—. Creo que puedo hacerlo.
Hoffer le estiró de la manga.
—Déjeme a mí, mayor.
—No seas estúpido —repuso fríamente Ritter.
Echó a andar en la oscuridad, súbitamente furioso consigo mismo y con Hoffer. El sargento mayor actuaba con la mejor intención del mundo, lo sabía, pero había veces… Quizá llevaban demasiado tiempo juntos.
Estaba contando los pasos en voz baja mientras andaba, y luego se detuvo y cargó la pistola. Reinaba el silencio, sólo turbado por el sordo retumbar de los cañones, y, cuando rugió el motor del «Fieseler Storch», el estruendo le aturdió.
Ritter levantó la pistola y disparó. Un par de segundos después, la bengala empezó a descender, suspendida de su paracaídas, bañando por unos momentos la avenida con una fría y vivísima luz blanca.
Sesenta o setenta metros más allá había dos tanques rusos y media compañía de soldados de infantería. Ritter vio los blancos rostros, oyó las excitadas voces y, dando media vuelta, echó a correr desesperadamente hacia el «Stork».
Le cogieron en marcha. Strasser mantenía abierta la portezuela, mientras Hoffer le agarraba del cuello de la guerrera, y los rusos disparaban.
Ritter cayó en el suelo de la cabina sobre las manos y los pies, y Berger gritó excitadamente:
—¡Más luz! ¡Voy a necesitar más luz!
Ritter buscó otra bengala en la caja. El «Stork» rugía ya a lo largo de la avenida levantando la cola, pero había empezado a moverse uno de los tanques. Berger tuvo que desviarse violentamente en el último momento, el ala de estribor pasó rozando la torreta del tanque, y, por un momento, pareció perder el dominio del aparato.
Pero un instante después había enderezado de nuevo el rumbo. Ritter sacó la mano por la ventanilla y disparó la bengala. A su súbito resplandor, la Columna Victoria pareció terriblemente próxima, pero Berger se mantuvo sombríamente imperturbable. El viento sesgado desvió ligeramente a estribor al aparato, y aplicó una pequeña corrección del timón.
Y entonces, de pronto, el aparato se elevó sobre la avenida, entre una rociada de balas de rifle, mientras la Columna Victoria se abalanzaba velozmente hacia ellos.
—¡Vamos a chocar! ¡Vamos a chocar! —gritó Hoffer; pero Berger se mantuvo firme, rehusando sacrificar velocidad para ganar altura, y, sólo en el último momento, atrajo hacia sí la barra del timón, salvando por cinco o seis metros la punta de la Columna Victoria.
—¡Santo Dios, lo hemos logrado! ¡Es extraordinario! —exclamó Strasser.
—No habría dudado de mí, ¿verdad, Reichsleiter?
Heini Berger se echó a reír, sin percatarse de su lapsus linguae en la excitación del momento, accionó el timón de dirección y se alejó sobrevolando lo que quedaba de los tejados de Berlín.
Aproximadamente en el mismo momento, el centinela de las SS que custodiaba la puerta del búnker que daba a la Hermann-Goeringstrasse oyó aproximarse un vehículo. Un coche de campaña enfiló hacia la entrada de la rampa y se detuvo con un frenazo. Su conductor, una confusa sombra en la oscuridad, descendió y se acercó a él.
—¡Identifíquese! —ordenó el centinela.
Martin Bormann penetró en el círculo de luz. El centinela se cuadró.
—Disculpe, Reichsleiter. No me había dado cuenta de que era usted.
—Mala noche ahí afuera.
—Sí, Reichsleiter.
—Pero no tardará en mejorar, amigo mío, y para todos nosotros. Esté seguro.
Bormann le dio una palmadita en el hombro y descendió por la rampa, desapareciendo en la oscuridad.