Operación Valhalla

Harry Patterson · Capítulo 4 de 17

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Operación Valhalla

Capítulo III

 

 

En la mañana del 26 de abril, dos «Junker 52» cargados de munición para tanques lograron aterrizar en el centro de Berlín, en las proximidades de la Siegessaule, sobre una pista apresuradamente construida en una carretera de aquella zona.

Karl Ritter y Erich Hoffer, sus únicos pasajeros, salieron por la portezuela seguidos por su piloto, un joven capitán de la Luftwaffe llamado Rosch. La escena que contemplaron era indescriptible.

Reinaba un tremendo pánico entre los soldados, que inmediatamente comenzaron a descargar la munición. No era de extrañar, pues la artillería pesada rusa machacaba violentamente la ciudad y, de vez en cuando, silbaba sobre sus cabezas un obús, que acababa estallando contra los edificios en ruinas situados tras ellos. El aire estaba lleno de humo sulfuroso y de polvo, y un pesado velo lo envolvía todo.

Rosch, Ritter y Hoffer corrieron a cobijarse junto a una pared próxima y se acurrucaron. El joven piloto les ofreció cigarrillos.

—¡Bien venidos a la Ciudad de los Muertos! —exclamó—. El nuevo Infierno de Dante.

—¿Habías hecho esto antes? —preguntó Ritter.

—No, esto es nuevo. Todavía podemos llegar a Tempelhof y Gatow por aire, pero es imposible venir desde allí por tierra hasta aquí. Los Iván se han infiltrado por todas partes. —Sonrió sardónicamente—. Pero, con el tiempo, los echaremos, por supuesto. Después de todo, hay un ejército de veteranos en reserva. Unidades del Volkssturm, edad media, sesenta años. Y, al otro extremo, unos cuantos millares de miembros de las Juventudes Hitlerianas, la mayoría, alrededor de los catorce años. Y, entre ambos, poca cosa, a excepción del Führer, que Dios guarde, naturalmente. Él bien valdrá unas cuantas divisiones, ¿no le parece?

La desagradable conversación fue interrumpida por la súbita llegada de un coche de campaña ocupado por un sargento y un conductor de la Policía militar de las SS. El uniforme del sargento estaba inmaculado, y en torno a su cuello centelleaba la gorguera de la feldgendarmerie.

—¿Sturmbannführer Ritter?

—En efecto.

El sargento entrechocó los talones y levantó brevemente el brazo en un perfecto saludo del Partido.

—Saludos del general Fegelein. Estamos aquí para escoltarlo hasta el Cuartel General del Führer.

—Enseguida vamos. —El sargento se alejó, y Ritter se volvió hacia Rosch —. Resulta un tanto extraño el juego.

—¿Aquí, cuando acaba todo, quiere decir? —Rosch sonrió—. Yo, al menos, me voy. Mis órdenes son volverme lo antes posible y llevarme cincuenta heridos del Hospital Charité, pero usted, amigo mío… Me temo que le va a resultar bastante más difícil salir de Berlín.

—Mi abuela era buena católica. Me enseñó a creer en los milagros. — Ritter le tendió la mano—. Buena suerte.

—Lo mismo digo. —Rosch agachó instintivamente la cabeza al pasar aullando sobre ellos otro de los obuses pesados del 17,5—. La necesitará.

A la salida de la Wilhelmplatz, el coche de campaña torció por la Vosstrasse, y apareció ante ellos la mole de la Cancillería del Reich. Ofrecía una imagen lamentable, maltratada y desfigurada por el bombardeo, y, de vez en cuando, caían nuevas granadas para aumentar la destrucción. Las calles se hallaban desiertas, cubiertas de escombros, y el conductor tenía que circular por ellas con sumo cuidado.

—¡Santo Dios! —exclamó Hoffer—. Nadie podría trabajar en medio de semejante desbarajuste. Es imposible.

—Abajo, sí —le dijo el sargento de Policía—. Hay treinta metros de cemento entre esas granadas rusas y el búnker del Führer. Nada puede alcanzarle allí.

«¿Nada? —pensó Ritter—. ¿Es posible que este payaso se dé cuenta de lo que está diciendo, o es que le ha atacado la misma locura que a sus amos?».

La rampa para coches estaba destrozada, pero todavía quedaba sitio para introducir el coche de campaña. Al detenerse, salió de la oscuridad un centinela de las SS. El sargento le hizo seña de que se alejara y se volvió hacia Ritter.

—Sígame, por favor. Primero, hemos de presentarnos al mayor general Mohnke.

Ritter se quitó su capote de cuero y se lo dio a Hoffer. Su negro uniforme de Panzers estaba inmaculado, y relucían las condecoraciones. Se ajustó los guantes. El sargento quedó visiblemente impresionado y se cuadró, como si se diera cuenta de que era un juego que compartían y estuviera ansioso por desempeñar su parte.

—¿Está preparado el Sturmbannführer?

Ritter asintió, el sargento echó a andar rápidamente, y le siguieron por un oscuro pasillo de paredes de cemento que rezumaban humedad a la débil luz. Había soldados acurrucados por todas partes, muchos de ellos durmiendo, y casi todos, al parecer, de las SS. Algunos los miraban con fatigados y empañados ojos, que no mostraban ninguna sorpresa, ni siquiera ante el deslumbrante aspecto de Ritter.

Cuando hablaban, lo hacían en voz baja y contenida, y el principal sonido parecía ser el monótono zumbido de las dínamos y el de los ventiladores eléctricos del sistema de aireación. De vez en cuando se percibía una débil vibración al retemblar la tierra sobre ellos, y el aire tenía un sabor rancio y desagradable, ligeramente sulfuroso.

El despacho del mayor general Mohnke era tan poco acogedor como todo lo que Ritter había visto al cruzar el laberinto de pasadizos. Pequeño y espartano, con las indefectibles paredes de cemento, demasiado pequeño hasta para la mesa y la silla y la media docena de oficiales que contenía cuando llegaron. Mohnke era un Brigadeführer de las SS que se hallaba ahora al mando del Cuerpo de Voluntarios de Adolf Hitler, una fuerza de dos mil hombres supuestamente selectos que habían de formar el anillo defensivo final en torno a la Cancillería.

Se interrumpió en seco al entrar en la habitación el inmaculado Ritter. Todos se volvieron, el sargento saludó y depositó sobre la mesa las órdenes de Ritter. Mohnke las examinó brevemente, se le iluminaron los ojos y se inclinó sobre la mesa con la mano extendida.

—Es un placer conocerlo, mi querido Ritter. —Alargó la mano hacia el teléfono y dijo a los otros—: El Sturmbannführer Ritter, caballeros, héroe de aquella increíble hazaña en las cercanías de Innsbruck, de la que les estaba hablando.

La mayoría de ellos emitieron los adecuados ruidos de apreciación, uno o dos le estrecharon la mano, otros la alargaron para tocarle, como si ello fuera a darles suerte. Era una experiencia ligeramente enervante, y se alegró cuando Mohnke volvió a colgar el aparato y dijo:

—El general Fegelein me dice que el Führer desea verle enseguida. — Levantó dramáticamente el brazo haciendo el saludo nazi—. Sus camaradas de las SS están orgullosos de usted, Sturmbannführer. Su victoria es nuestra.

—¿Estoy yo loco o lo están ellos, Erich? —murmuró Ritter, mientras seguían al sargento hacia las profundidades del búnker.

—¡Por el amor de Dios, mayor! —Hoffer le apoyó la mano en el brazo—. Si alguien le oye decir eso…

—No te preocupes, no pasará nada —lo tranquilizó Ritter—. Adelante, Erich. Estoy impaciente por ver qué ocurre en el siguiente acto.

Habían descendido hasta los niveles inferiores del propio Führerbunker. Una sección que, aunque Ritter no lo sabía entonces, albergaba a la mayoría del personal asignado al servicio directo del Führer, así como a Goebbels y su familia, Bormann y el doctor Ludwig Stumpfegger, médico personal del Führer. El general Fegelein tenía una habitación contigua a la de Bormann.

Era similar a la de Mohnke, pequeña, con húmedas paredes de cemento y amueblada con una mesa, un par de sillas y un archivador. La mesa se hallaba cubierta de mapas militares, que estaba estudiando detenidamente cuando el sargento abrió la puerta y se hizo a un lado.

Fegelein levantó la vista con expresión grave, pero al ver a Ritter se echó a reír excitadamente y se apresuró a salir de detrás de la mesa para saludarle.

—Mi querido Ritter, ¡qué honor…, para todos nosotros! El Führer está impaciente, se lo aseguro.

Tal entusiasmo resultaba ligeramente excesivo, habida cuenta de que Ritter no había visto jamás a aquel hombre. Sabía que Fegelein había sido comandante de caballería de las SS, condecorado con la Cruz de Caballero, de modo que no era ningún cobarde, pero su apretón de manos carecía de firmeza, y su frente estaba cubierta de sudor, especialmente junto a las raíces de los escasos cabellos. Tenía ante sí un hombre terriblemente asustado, como tantos y tantos que había visto durante los últimos meses.

—Exagera, general, estoy seguro.

—Y usted también, Sturmscharführer. —Fegelein no estrechó la mano de Hoffer, sino que se limitó a saludarle brevemente, con una reverencia—. Una magnífica hazaña.

—Verdaderamente —dijo Ritter con sequedad—. Después de todo, estaba con el dedo en el gatillo.

—Desde luego, mi querido Ritter, todos nos damos cuenta de ello. Por otra parte…

Antes de que pudiera continuar, se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre ancho y rechoncho. Llevaba un extraño uniforme. Su única condecoración era la Orden de la Sangre, codiciada medalla nazi, destinada especialmente a los que habían cumplido penas de prisión por delitos políticos en la vieja República de Weimar. Llevaba un fajo de papeles en una mano.

—¡Ah, Martin! —exclamó Fegelein—. ¿Era importante? Tengo órdenes del Führer de acompañar a este caballero a su presencia en cuanto llegue. Sturmbannführer Ritter, héroe de la increíble hazaña del miércoles en la carretera de Innsbruck. Naturalmente, ya conoce al Reichsleiter Bormann, mayor.

Pero Ritter no lo conocía, pues Martin Bormann era sólo un nombre para él, como para la mayoría de los alemanes; un rostro que aparecía ocasionalmente en alguna foto de un grupo de dignatarios del Partido, pero sin nada memorable en él. No era un Goebbels o un Himmler, que, una vez vistos, nunca se olvidaban.

Y, sin embargo, allí estaba el hombre más poderoso de Alemania, especialmente ahora, en que Himmler había huido. El Reichsleiter Martin Bormann, jefe de la Cancillería del Partido nazi y Secretario del Führer.

—Un verdadero placer, mayor. —Su apretón de manos era firme, quizás algo más fuerte de lo necesario.

Tenía una voz áspera y, sin embargo, extrañamente suave, rostro ancho y brutal, de pómulos eslavos, y nariz prominente. Daba la impresión de ser un hombre alto, aunque Ritter descubrió que tenía que mirarle hacia abajo.

—Reichsleiter.

—Y éste es su artillero, Hoffer. —Bormann se volvió hacia el sargento mayor—. Un tirador excelente, pero a veces pienso que ustedes, los hombres de los Montes Harz, echan sus primeros dientes en un cañón de escopeta.

Era la primera muestra que alguien daba de que Hoffer era algo más que una cifra, un reconocimiento de su existencia como ser humano, y no pudo por menos de impresionar a Ritter, aunque a regañadientes.

Bormann abrió la puerta y se volvió hacia Fegelein.

—Mi asunto puede esperar. Lo veré abajo, de todos modos. También yo tengo asuntos que despachar con el Führer.

Salió, y Fegelein se volvió hacia los dos hombres. Ritter, espléndido en su uniforme negro, Hoffer completando en cierto modo el número con su uniforme de camuflaje de una sola pieza y las mangas remangadas hasta el codo. No podía ser mejor. Justamente la clase de estímulo que necesitaba el Führer.

Los aposentos de Bormann estaban en el búnker de la Cancillería del Partido, pero su despacho, próximo al de Fegelein, se hallaba estratégicamente situado de modo que pudiese mantener estrecho contacto con Hitler. Una puerta daba a la centralita telefónica y centro de comunicaciones; la otra, al despacho personal de Goebbels. Por tanto, nada podía llegar hasta el Führer, o salir de él, sin que el Reichsleiter lo supiera, tal como él había deseado que fuese.

Cuando entró en su despacho, inmediatamente después de separarse de Fegelein, encontró en él al coronel de las SS Willi Rattenhuber —cuyos servicios había utilizado como ayudante adicional de Zander desde el 30 de marzo— inclinado sobre un mapa extendido en la mesa.

—¿Alguna noticia de Himmler? —preguntó Bormann.

—Todavía no, Reichsleiter.

—El bastardo se propone algo, puedes estar seguro, y también Fegelein. Vigílalo, Willi, vigílalo estrechamente.

—Sí, Reichsleiter.

—Y hay otra cosa que quiero que hagas, Willi. Dentro de unos momentos, un Sturmbannführer llamado Ritter, del 502 Batallón de Carros Pesados de las SS, recibirá las Espadas de manos del Führer. Cuando tengas un rato libre, quiero su historial… todo lo que puedas averiguar sobre él.

—Reichsleiter.

—Eso es lo que me gusta de ti, Willi, que nunca haces preguntas. — Bormann le dio una palmada en el brazo—. Y, ahora, vamos al gardenbunker, y te lo enseñaré. Creo que te gustará. Tengo la impresión de que puede servir perfectamente para mis planes.

En el gardenbunker estaba el estudio del Führer, un dormitorio, dos cuartos de estar y un cuarto de baño. Muy cerca se encontraba la sala de mapas, utilizada para todas las conferencias de alto nivel. El vestíbulo servía de antecámara, y era allí donde Ritter y Hoffer estaban esperando.

Bormann se detuvo al pie de los escalones y se llevó a un lado a Rattenhuber.

—Tiene buen aspecto, ¿no te parece, Willi? Da una imagen soberbia con ese espléndido uniforme, las relucientes medallas, el rostro pálido, el pelo rubio. Tío Heini se habría sentido orgulloso de él: lo mejor de la raza aria. No como nosotros, Willi. Indudablemente, será una inyección de vitalidad para el Führer. Y fíjate en su sonrisita sardónica. Te aseguro que este muchacho tiene porvenir. Un joven de grandes cualidades.

Rattenhuber dijo apresuradamente:

—Ya viene el Führer, Reichsleiter.

Ritter, de pie en el extremo de una fila compuesta por media docena de chicos con uniforme de las Juventudes Hitlerianas, sentía una curiosa sensación de distanciamiento. Parecía uno de esos sueños en los que todo presenta un aire de realidad, pero en los que todo resulta increíble. Los niños que tenía a su derecha, por ejemplo. Doce o trece años de edad, y estaban allí para ser condecorados por su valor. El que estaba junto a él tenía la frente vendada bajo el pesado casco de hombre. Le fluía la sangre sin cesar, y, de vez en cuando, el niño movía los pies como si temiera caerse.

—Cuádrate —dijo Ritter en voz baja—. Ya falta poco.

Y, entonces, se abrió la puerta. Entró Hitler, flanqueado por Fegelein, Jodl, Keitel y Krebs, el nuevo jefe del Estado Mayor General del Ejército.

Ritter había visto al Führer varias veces en su vida. Hablando en las concentraciones de Nuremberg, en París en 1940, en una visita al frente oriental en 1942. Su imagen de Hitler —lo que recordaba de él— era la de un inspirado caudillo, un hombre de mágica retórica cuyo hechizo no podía por menos de influir sobre todo el que lo oyese.

Pero el hombre que entró ahora en la antesala arrastrando los pies podría haber sido una persona completamente distinta. Éste era un viejo enfermo, con los hombros encorvados bajo la guerrera, que parecía un número más grande, pálido, demacrado, sin brillo en los ojos, y, cuando se volvió para coger, de la caja que Jodl le tendía, la primera Cruz de Hierro de segunda clase, le temblaba la mano.

Caminó ante la fila de chiquillos, murmurando acá y allá unas palabras de estímulo, palmeando ocasionalmente una mejilla, y llegó ante Ritter y Hoffer.

Fegelein dijo:

—Sturmbannführer Karl Ritter y Sturmscharführer Erich Hoffer, del 502 Batallón de Carros Pesados —empezó a leer la citación—: Al amanecer del miércoles, 25 de abril… —pero el Führer le interrumpió con un tajante ademán.

Ardía ahora en sus ojos una súbita energía, mientras chascaba impacientemente los dedos para que Jodl le pasase la condecoración. Ritter mantenía los ojos fijos al frente, impasible, consciente de las manos que le tocaban levemente y, luego, por un brevísimo instante, le apretaban el brazo.

Miró directamente a los ojos, consciente del poder, de la ardiente intensidad que volvía a latir en ellos, aunque sólo fuera por un momento; de la ronca voz diciendo:

—Tu Führer te da las gracias en nombre del pueblo alemán.

Hitler se volvió:

—¿Se dan cuenta de la hazaña de este oficial, caballeros? Ayudado solamente por dos tanques, destruyó toda una columna británica de la 7.ª División Blindada. Treinta vehículos blindados quedaron envueltos en llamas. ¿Pueden oír eso y decirme todavía que no podemos ganar esta guerra? Si un solo hombre puede hacer tanto, ¿qué podrían lograr cincuenta como él?

Se revolvieron todos, incómodos. Krebs dijo:

—Desde luego, mi Führer. Bajo vuestro inspirado caudillaje, todo es posible.

—Goebbels debe de haberle dictado esa frase —murmuró Bormann a Rattenhuber—. ¿Sabes, Willi? Estoy disfrutando con esto, y fíjate en nuestro orgulloso y joven Sturmbannführer. Con su pálido rostro y su negro uniforme, parece la propia Muerte que hubiera venido a recordarnos lo que nos aguarda al otro lado de estos muros. ¿Has leído alguna vez Máscara de la Muerte Roja, del escritor americano Poe?

—No, no puedo decir que la haya leído, Reichsleiter.

—Deberías hacerlo, Willi. Un interesante paralelismo sobre la imposibilidad de prescindir de la realidad por mucho tiempo.

Un ordenanza bajó presurosamente los escalones, pasó ante Bormann y Rattenhuber y vaciló ante lo que veían sus ojos. Krebs —que, evidentemente, reconoció al hombre—, se hizo a un lado y chascó los dedos. El ordenanza le entregó un mensaje, que Krebs leyó rápidamente.

Hitler se le acercó con avidez.

—¿Son noticias de Wenck? —preguntó.

Todavía estaba convencido de que el 12.° Ejército, mandado por el general Wenck, iba a acudir de un momento a otro en ayuda de Berlín.

Krebs vaciló, y el Führer dijo:

—¡Léelo, hombre, léelo!

Krebs tragó saliva y, luego, dijo:

—No hay posibilidad de que se reúnan Wenck y el 9.° Ejército. Esperan nuevas instrucciones.

El Führer montó en cólera.

—¡La misma historia que el domingo! Le di al general Steiner el 11.° Ejército de Panzers y todo el personal disponible en su zona, con órdenes de atacar. ¿Y qué ha ocurrido?

El hecho de que el ejército en cuestión existiera solamente sobre el papel, fruto de la imaginación de alguien, era cosa aparte, pues nadie habría tenido el valor de decírselo.

—De modo que hasta mis SS me abandonan, me traicionan en mi hora de necesidad… Pues no les servirá de nada, caballeros. —Estaba casi histérico ahora—. Sé cómo tratar a los traidores. ¿Recuerdan la conspiración de julio? ¿Recuerdan las películas de las ejecuciones que les ordené contemplar?

Dio media vuelta y, tambaleándose, entró en la sala de mapas, seguido de Jodl, Keitel y Krebs. Se cerró la puerta. Con movimientos de autómata, Fegelein hizo una seña a uno de los ordenanzas de las SS, que se llevó afuera a los niños.

Hubo un silencio y, luego, Ritter preguntó:

—Y ahora, ¿qué, general?

Fegelein dio un respingo.

—¿Qué ha dicho?

—¿Qué hacemos ahora?

—¡Oh, vamos a la cantina! Vamos a tomar algo. A echar un trago. A descansar. —Sonrió forzadamente y dio una palmada a Ritter en el hombro—. Entreténgase un rato, mayor. Le mandaré llamar pronto. Nuevos campos que conquistar, se lo prometo.

Hizo una seña a un ordenanza, que abrió la marcha. Ritter y Hoffer lo siguieron, escaleras arriba. Bormann y Rattenhuber ya no estaban allí.

Al llegar arriba, Ritter dijo en voz baja:

—¿Qué te parece eso, Erich? Niños y viejos mandados por un loco furioso. Creo que estamos empezando a pagar la factura…, todos nosotros.

 

Al llegar a su despacho, Fegelein cerró la puerta, fue hasta su mesa y se sentó. Abrió un armario, sacó una botella de coñac, quitó el corcho y bebió un largo trago. Durante algún tiempo, había sido un hombre asustado, pero esta última exhibición le había dejado aplanado.

Era exactamente igual que docenas de otros hombres que habían alcanzado altos puestos dentro del Partido nazi. Sus orígenes eran modestos y tenía poca instrucción. En otro tiempo mozo de cuadras y jockey que había ido escalando los grados de las SS, después de haber sido nombrado ayudante de Himmler en el Cuartel General del Führer, había consolidado su posición casándose con la hermana de Eva Braun, Gretl.

Pero ahora hasta Himmler había huido, había rechazado todo intento de hacerle volver a la trampa mortal en que se había convertido Berlín. Se le ocurrió a Fegelein que quizás hubiera llegado el momento de emprender también él alguna acción concreta. Dio otro rápido trago a la botella de coñac, se levantó, cogió la gorra que colgaba detrás de la puerta y salió.

 

Eran las 7 de la tarde, y Ritter y Hoffer estaban sentados en la cantina, hablando en voz baja y con una botella de Mosela en la mesa, cuando estalló un súbito alboroto. Se oyeron gritos y risas en el corredor y, luego, se abrió de golpe la puerta y entraron dos jóvenes oficiales.

Ritter cogió del brazo a uno de ellos al pasar.

—Oye, ¿qué es todo ese jaleo?

—El general Ritter von Greim, de la Luftwaffe, acaba de llegar de Munich con la famosa aviadora Hannah Reitsch. Han aterrizado en Gatow y han venido hasta aquí en un «Fieseler Storch».

—Lo pilotaba el propio general —dijo el otro oficial—. Cuando fue herido, ella se hizo cargo de los mandos y tomó tierra en la calle contigua a la Brandenburger Tor. ¡Qué mujer!

Se alejaron. Otra voz dijo:

—Parece que hoy es un día de héroes.

Ritter levantó la vista y vio a Bormann, de pie a su lado.

—Reichsleiter. —Empezó a incorporarse.

Bormann lo contuvo.

—Sí, una hazaña extraordinaria. Lo que han omitido decir es que fueron escoltados desde Munich por cincuenta cazas. Al parecer, han sido derribados más de cuarenta. Por otra parte, era esencial que el general Von Greim viniese aquí. El Führer se propone ascenderle a comandante en jefe de la Luftwaffe con el grado de Feldmarschall, una vez que Goering ha demostrado ser una caña rota. Naturalmente, deseaba comunicárselo él mismo al general Greim. Las cintas de telegrama son tan impersonales…, ¿no le parece?

Se alejó. Hoffer exclamó, sobrecogido:

—Más de cuarenta aviones…, cuarenta, ¿y para qué?

—Para decirle personalmente lo que habría podido comunicarle por teléfono —dijo Ritter—. Un hombre notable nuestro Führer, Erich.

—¡Por amor de Dios, mayor! —Hoffer extendió una mano, mostrando por primera vez una auténtica cólera—. Siga hablando así, y le colgarán. Y a mí también. ¿Es eso lo que quiere?

 

Cuando Bormann entró en su despacho, Rattenhuber lo estaba esperando.

—¿Has encontrado al general Fegelein? —preguntó el Reichsleiter.

—Salió del búnker hace cinco horas. —Rattenhuber consultó sus notas—. Según mis informaciones, se encuentra ahora en su casa de Charlottenburg…, vestido de paisano, podría añadir.

Bormann asintió calmosamente.

—Muy interesante.

—¿Informamos al Führer?

—No creo que debamos hacerlo, Willi. Dale a un hombre suficiente cuerda…, ya conoces el viejo refrán. Esta noche, en la audiencia del Führer, preguntaré dónde está Fegelein. Deja que haga por sí mismo este desagradable descubrimiento. Tenemos ahora otra cosa mucho más importante de que hablar, Willi. La cuestión de los prisioneros distinguidos que están en nuestras manos. ¿Tienes los datos que he pedido?

—Desde luego, Reichsleiter. —Rattenhuber depositó varias carpetas sobre la mesa—. Hay aquí un problema. El Führer tiene ideas muy claras sobre lo que debe hacerse con los distinguidos. Parece ser que ha recibido la visita del Obergruppenführer Berger, jefe de la Administración de Prisioneros de Guerra. Berger trató de discutir la suerte de varios importantes prisioneros británicos, franceses y norteamericanos, así como del canciller austríaco, Schuschnigg, y Halder y Schacht. Parece que el Führer le ordenó fusilarlos a todos.

—Me parece un evidente derroche, Willi. En otras palabras, un enorme despilfarro. —Bormann tabaleó con los dedos sobre las carpetas—. Pero son estas damas y caballeros quienes me interesan. Los prisioneros de Arlberg.

—Me temo que varios de ellos han sido trasladados ya desde la visita que, siguiendo sus instrucciones, giré hace dos meses, órdenes del Reichsführer — respondió Rattenhuber.

—Sí, por una vez tío Heini se ha movido un poco más rápidamente de lo que yo hubiera esperado —comentó secamente Bormann—. ¿Cuántos nos quedan?

—Sólo cinco. Tres hombres y dos mujeres.

—Bien —asintió Bormann—. Es un bonito número. Empezaremos por las damas, ¿te parece? Refréscame la memoria.

—Madame Claire de Beauville, Reichsleiter. Edad, treinta años. Nacionalidad, francesa. Su padre hizo una fortuna en la fabricación de conservas. Casada con Etienne de Beauville. Una excelente y antigua familia. Se los consideraba típicos miembros de la alta sociedad, que flirteaban con sus nuevos amos. En realidad, su marido estaba trabajando con unidades de la Resistencia francesa en París. Fue capturado en junio del año pasado, gracias a una información confidencial recibida, y llevado al Cuartel General de Sicherheitdienst, en la Avenida Foch, en París. Cayó muerto de un disparo cuando intentaba escapar.

—Los franceses… —dijo Bormann—. Siempre tan románticos.

—Se pensó que la esposa estaba implicada. Había una radio en la casa. Ella insistía en que no sabía nada, pero Seguridad estaba convencida de que podría haber actuado como… ¿pianista?

Levantó la vista, desconcertado, y Bormann sonrió.

—Típico humor de escolar inglés. Al parecer, ése es el término que el Servicio de Operaciones Especiales británico emplea para designar a un operador de radio.

—¡Oh, comprendo! —Rattenhuber volvió a la carpeta—. A través de su matrimonio, está emparentada con la mayoría de las grandes familias francesas.

—Por esa razón está en Arlberg. ¿La siguiente?

—Madame Claudine Chevalier.

—¿La concertista de piano?

—En efecto, Reichsleiter.

—Debe de tener setenta años por lo menos.

—Setenta y cinco.

—Una institución nacional. En 1940 realizó un viaje a Berlín para dar un concierto a petición especial del Führer. Eso le hizo muy impopular por entonces en París.

—Una pantalla muy inteligente para enmascarar sus verdaderas actividades, Reichsleiter. Formaba parte de un grupo de personas influyentes que organizaron una línea de huida y consiguieron llevar desde París a Vichy a varios conocidos judíos.

—Una astuta anciana, llena de nervio y valor. ¿Hay más franceses?

—Sí, Reichsleiter. Queda Paul Gaillard.

—¡Ah, el exministro!

—En efecto, Reichsleiter. Sesenta años de edad. En otro tiempo, médico y cirujano. Tiene fama internacional como escritor. Se metió en política poco antes de la guerra. Ministro del Interior en el Gobierno de Vichy, que resultó estar firmando órdenes de libertad de conocidos delincuentes políticos. Se sospechaba también que estaba en contacto con De Gaulle. Miembro de la Academia Francesa.

—¿Algo más?

—Espíritu un tanto romántico, según el informe de los Servicios de Seguridad. En 1915 se alistó como soldado raso en el Ejército francés, en una especie de gesto público contra el Gobierno del momento. Al parecer, pensaba que no estaba dirigiendo adecuadamente la guerra. Flirteó con el comunismo en los años 20, pero una visita a Rusia en 1927 lo curó de esa enfermedad.

—¿Y qué hay de sus debilidades?

—¿Debilidades, Reichsleiter?

—Vamos, Willi, todos las tenemos. A unos les gustan las mujeres, otros se pasan la noche jugando a cartas, o beben quizá. ¿Cuál tiene Gaillard?

—Ninguna, Reichsleiter, y el informe de Seguridad es realmente concienzudo. Pero hay un detalle muy sorprendente.

—¿De qué se trata?

—Toda su vida ha sido un enamorado del esquí. En 1924, durante los primeros Juegos Olímpicos de Invierno en Chamonix, ganó una medalla de oro. Una hazaña notable. Tenía treinta y nueve años entonces, Reichsleiter.

—Interesante —murmuró Bormann—. Eso dice ya algo sobre su carácter. ¿Qué hay del inglés?

—No estoy muy seguro de que sea ésa una descripción exacta, Reichsleiter. Justin Fitzgerald Birr, 15.º conde de Dundrum, título irlandés, e Irlanda es el lugar de su nacimiento. También es 10.º barón de Felversham. El título es, naturalmente, inglés, y lleva aneja una hacienda en Yorkshire.

—Realmente, los ingleses y los irlandeses no pueden adoptar una postura clara entre ellos, ¿verdad, Willi? En cuanto hay una guerra, millares de irlandeses parecen apresurarse a alistarse en el Ejército británico. Muy desconcertante.

—Exactamente, Reichsleiter. Lord Dundrum, que es como le llama la gente, tuvo un tío que fue mayor de Infantería en la Primera Guerra. Una hoja de servicios excelente, condecorado y demás, y en 1919 volvió a su país, se alistó en el IRA y fue comandante de una columna volante durante su lucha por la independencia. Al parecer, causó un gran escándalo.

—¿Y el conde? ¿Cuál es su historial de guerra?

—Treinta años. Orden de Servicios Distinguidos y Cruz Militar. Al principio de la guerra era teniente de los Guardias Irlandeses. Dos años después, teniente coronel del Servicio Aéreo Especial. En su breve existencia, su unidad destruyó 113 aviones en tierra, detrás de las líneas de Rommel. Fue capturado en Sicilia. Realizó cinco intentos de fuga, entre ellos, dos desde Colditz. Entonces fue cuando se decidió que sus especiales circunstancias merecían su traslado a Arlberg como prisionero distinguido.

—Lo cual explica el último y más importante extremo concerniente al buen conde de Dundrum.

—Exactamente, Reichsleiter. Al parecer, el caballero es primo segundo del rey Jorge por línea materna.

—Lo que le hace, ciertamente, muy distinguido, Willi. Muy distinguido, en verdad. Y ahora…, lo mejor para el final. ¿Qué hay de nuestro amigo norteamericano?

—Brigadier general Hamilton Canning, cuarenta y cinco años.

—Igual que yo —dijo Bormann.

—Casi exactamente igual. Usted, Reichsleiter, nació, según creo, el 17 de junio. El general Canning, el 27 de julio. Parece el arquetipo de cierta clase de norteamericano…, un hombre en perpetua prisa por llegar a alguna parte.

—Conozco su historial —dijo Bormann—. Pero léemelo otra vez.

—Muy bien, Reichsleiter. En 1917 se alistó en la Legión Extranjera francesa como soldado raso. Trasladado al Ejército norteamericano el año siguiente con la graduación de segundo teniente. Entre las dos guerras no le fue muy bien. Un buscalíos, que estaba mal visto en el Pentágono.

—En otras palabras, era demasiado inteligente para ellos, leía demasiados libros, hablaba demasiados idiomas —dijo Bormann—. Igual que en el Alto Mando que conocemos y amamos, Willi. Pero sigue.

—Fue agregado militar en Berlín durante tres años. Desde 1934 hasta 1937. Al parecer, se hizo muy amigo de Rommel.

—¡Ese maldito traidor! —Su habitual ecuanimidad abandonó momentáneamente a Bormann—. Muy propio de él.

—Participó en acciones militares a escala limitada en Shanghai contra los japoneses en 1939, pero en 1940 todavía era sólo mayor. Se hallaba entonces al mando de una pequeña fuerza en las Filipinas. Libró una brillante acción defensiva contra los japoneses en Mindanao. Se le dio por muerto, pero apareció en un junco de Joló en Darwin, Australia. Las revistas hicieron de él una especie de héroe, así que tuvieron que ascenderle entonces. Pasó en el hospital casi un año entero. Luego lo enviaron a Inglaterra. Fue destinado a un puesto administrativo, pero se las arregló para participar en operaciones combinadas.

—¿Y luego?

—Se lanzó en paracaídas sobre la Borgoña poco después del Día D, con unidades SAS británicas y batidores para trabajar con los resistentes franceses. Copado por paracaidistas de las SS en julio del año pasado en una meseta de las montañas de Auvernia. Saltó de un tren en marcha que le conducía a Alemania y se rompió una pierna. Trató de huir del hospital. Le sometieron a prueba en Colditz durante algún tiempo, pero no dio resultado.

—Y, luego, Arlberg.

—Se decidió, tengo entendido por el propio Reichsführer, que era un candidato evidente para prisionero distinguido.

—¿Y a quién tenemos a cargo de las cosas en Schloss Arlberg, Willi?

—Al Oberstleutnant Max Hesser, de los panzergrenadiere. Ganó su Cruz de Caballero en Leningrado, donde perdió el brazo izquierdo. Un soldado profesional de la vieja escuela.

—Lo sé, Willi, no me lo digas. Todo fibra y energía. ¿Y a quién tiene con él ahora?

—Sólo veinte hombres, Reichsleiter. En las últimas semanas le han privado de todo hombre capaz de combatir en primera línea. El Oberleutnant Schenck, su actual lugarteniente, tiene cincuenta y cinco años, un reservista. El sargento mayor Schneider es un buen hombre. Cruz de Hierro de segunda y primera clases, pero tiene una placa de plata en la cabeza. El resto son reservistas, la mayoría, cincuentones o inválidos.

Cerró la última carpeta. Bormann se recostó en su silla, juntando las yemas de sus dedos. Reinaba ahora un silencio absoluto, a excepción de un sordo y lejano rumor, que sonaba sobre ellos mientras la artillería rusa continuaba machacando Berlín.

—Escucha eso —dijo Bormann—. Se acerca por momentos. ¿Te has preguntado alguna vez qué pasará después?

—¡Reichsleiter! —Rattenhuber pareció ligeramente alarmado.

—Uno tiene planes, naturalmente, pero a veces se tuercen las cosas, Willi. Algún inesperado obstáculo que lo desbarata todo. En tal caso, necesita uno lo que creo que los norteamericanos llaman un «as en la manga».

—¿Los distinguidos, Reichsleiter? Pero ¿son suficientemente importantes?

—¿Quién sabe, Willi? Excelentes bazas de negociación en una emergencia, nada más. Madame Chevalier y Gaillard son casi instituciones nacionales, y las conexiones de Madame de Beauville incluyen a varias de las familias más influyentes de Francia. Los ingleses aman a un lord sobre todas las cosas, en particular, si está emparentado con el propio rey.

—¿Y Canning?

—Los norteamericanos son notoriamente sentimentales respecto a sus héroes.

Permaneció inmóvil, con la vista perdida en el vacío durante unos momentos.

—¿Y qué hacemos con ellos? —preguntó Rattenhuber—. ¿Qué idea tiene el Reichsleiter?

—¡Oh, ya se me ocurrirá algo, Willi! —sonrió Bormann—. Creo que puedes confiar en ello.