Operación Valhalla

Harry Patterson · Capítulo 5 de 17

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Operación Valhalla

Capítulo IV

 

Y en Schloss Arlberg, a orillas del Inn, a 700 kilómetros al sur de Berlín y 80 al noroeste de Innsbruck el teniente coronel Justin Birr, 15.º conde de Dundrum, se asomaba por la estrecha ventana situada en lo alto de la torre norte y atisbaba en la oscuridad del jardín, 24 metros más abajo.

Sentía moverse en sus manos la trenzada cuerda, y detrás de él, en la oscuridad, Paul Gaillard dijo:

—¿Está ahí?

—No, todavía no.

Un momento después, la cuerda se aflojó, brilló abajo un súbito resplandor y, luego, se hizo de nuevo la oscuridad.

—Ése es —dijo Birr—. Vamos a ver si puedo pasar por esta maldita ventana. Hamilton sabe elegirlas, ciertamente.

Se subió a un taburete, volvióse para apoyarse en los hombros de Gaillard y sacó las piernas al vacío. Permaneció así unos instantes, con las manos sobre la cuerda.

—¿Seguro que no cambiarás de idea, Paul?

—Mi querido Justin, me fallarían los brazos antes de llegar a la mitad.

—Está bien —dijo Birr—. Ya sabes lo que tienes que hacer. Cuando yo llegue abajo, o quizá debiera decir Si llego abajo, te haremos una señal luminosa. Recoges la cuerda, la escondes en ese hueco debajo la tarima y te largas a toda prisa.

—Puedes confiar en mí.

—Lo sé. Preséntales mis respetos a las señoras.

—Bon chance, amigo mío.

Birr se dejó deslizar y se encontró de pronto solo en la oscuridad, meciéndose levemente a impulsos del viento, haciendo resbalar las manos de nudo a nudo. Una cuerda de fabricación casera y 24 metros hasta el jardín. Debo de estar loco.

Lloviznaba, no había una sola estrella, y los brazos estaban empezando ya a dolerle. Se dejó deslizar más de prisa, golpeando los pies contra la pared, raspándose los nudillos, girando en violentos círculos en un momento dado. De pronto, la cuerda se partió.

¡Dios mío, ya está! , pensó, apretando las mandíbulas en el momento de la muerte para no gritar, y, luego, golpeó contra el suelo después de caer durante no más de tres metros y rodar hecho un ovillo por la húmeda hierba.

Había una mano en su codo, ayudándole a ponerse en pie.

—¿Estás bien? —preguntó Canning.

—Creo que sí —Birr flexionó los brazos—. Ha faltado un pelo, Hamilton, pero es cuando sueles aparecer tú cerca.

—Procuramos complacer. —Canning hizo brillar brevemente su linterna hacia arriba—. Bien, en marcha. La entrada a la alcantarilla de que te hablé está en el estanque de la terraza inferior.

Avanzaron cautelosamente entre la oscuridad, salvaron un tramo de escalones y bordearon la fuente. El ornamental estanque se hallaba al otro extremo de una pequeña extensión de césped. Había una pared en su parte trasera, y de la boca de un león de bronce brotaba un chorro de agua, que se derramaba ruidosamente en la alberca. Birr lo había visto con frecuencia mientras hacía ejercicio.

—Bien, ya estamos.

Canning se sentó y se metió en el agua hasta la rodilla. Avanzó como los patos, y Birr lo siguió y encontró al norteamericano agachado junto a la cabeza del león, en la oscuridad.

—Aquí se puede tocar la reja, medio hundida en el agua —susurró Canning—. Si logramos arrancarla, entraremos en el sistema de desagüe. Un túnel tras otro, hasta el río.

—¿Y si no? —preguntó Birr.

—Raciones reducidas de nuevo y una celda de piedra, pero eso, como suele decirse, es problemático. En estos momentos tenemos unos diez minutos antes de que Schneider y ese maldito alsaciano suyo pasen por aquí de patrulla.

Sacó del bolsillo una pequeña barra de acero, la insertó en un costado de la reja de bronce y apalancó. Sonó un audible crujido al saltar instantáneamente el metal, corroído por los años. Estiró con fuerza, y se le quedó en las manos la reja entera.

—Ya ves, Justin. Todo lo que hay que hacer es mantenerse en forma. Tú primero.

Birr se apoyó sobre las manos y las rodillas dentro del agua y, encendiendo la linterna, se introdujo por un estrecho túnel de ladrillos. Canning lo siguió, volviendo a colocar la reja en su sitio.

—¿No crees que eres ya un poco viejo para jugar a boy-scout, Hamilton? —murmuró Birr por encima del hombro.

—Cierra el pico y sigue —le dijo Canning—. Si logramos llegar al río y encontrar un bote para medianoche, dispondremos de seis o siete horas antes de que descubran nuestra fuga.

Birr continuó avanzando a gatas a través de medio metro de agua, con la linterna entre los dientes. A los pocos metros salió a un túnel de metro y medio de diámetro, por lo que le era ya posible caminar sin arrastrarse, aunque un poco encorvado.

El agua tenía aquí sólo unos treinta centímetros de profundidad, pues el túnel descendía en pronunciada pendiente, y el olor no era desagradable, parecido al de las hojas secas en otoño cuando se navega por el río en una lancha.

—Sigue —dijo Canning—. Por lo que he averiguado de ese jardinero, saldremos enseguida a la alcantarilla principal. Desde allí, se llega en línea recta al Inn.

—La estoy oliendo ya —respondió Birr.

Minutos después, el túnel desaguaba, en efecto, en la alcantarilla principal, formando una catarata en miniatura. Birr iluminó con su linterna las aguas moteadas de espuma marrón que se deslizaban más abajo.

—¡Dios mío, mira cómo huele, Hamilton! La verdad es que no tiene ninguna gracia.

—¡Oh, salga de ahí, por los clavos de Cristo!

Canning le dio un empujón, y Birr, perdiendo el equilibrio, cayó y desapareció bajo la superficie. Al instante, estaba de nuevo en pie, maldiciendo y sujetando todavía la linterna.

—Es mierda líquida, Hamilton. Mierda líquida.

—Te puedes dar un baño cuando lleguemos al río —dijo Canning, mientras bajaba a reunirse con él—. No perdamos tiempo.

Echó a andar por el túnel, con la linterna extendida ante sí, y Birr le siguió durante unos sesenta o setenta metros, hasta donde el túnel terminaba en un muro liso.

—Se acabó —dijo Birr—. ¡Vaya estupidez que hemos hecho! Tendremos que volver.

—Ni hablar. El agua tiene que ir a alguna parte.

Canning se guardó la linterna en el bolsillo, hizo una profunda inspiración y se sumergió. Volvió a salir casi enseguida.

—Lo que me imaginaba. El túnel continúa a un nivel inferior. Voy a meterme.

—¡No seas idiota! —exclamó Birr—. ¿Y si tiene veinte o treinta metros… o más? No te dará tiempo a volver. Te ahogarás.

—Correré el riesgo, Justin. —Canning se estaba atando a la cintura un extremo de la cuerda—. Quiero largarme, ¿entiendes? No tengo intención de quedarme como un imbécil en el castillo, esperando a que los sicarios del Reichsführer vengan a liquidarme.

Le tendió el otro extremo de la cuerda.

—Átatela a la cintura si quieres venir tú también. Si consigo pasar, daré un tirón.

—¿Y si no?

—Me llevas rosas de invierno a mi tumba. Escarlatas, como las que cultivaba Claire en el invernadero. —Sonrió, hizo una profunda inspiración y desapareció bajo la superficie del agua.

Justin Birr aguardó. La linterna eléctrica proyectaba sólo una luz mínima, apenas suficiente para ver el cieno que cubría las viejas paredes de piedra o la ocasional rata que pasaba nadando en las oscuras aguas. El hedor era horrible —realmente muy desagradable—, y el frío le había penetrado ya hasta los mismos huesos.

Notó un súbito tirón y vaciló, preguntándose por un momento si no se trataría de simple imaginación. Hubo otro tirón, más insistente esta vez. «Está bien, ya voy», dijo, y apagó la linterna y se la metió en el bolsillo. Sus manos tantearon bajo el agua hasta encontrar el abovedado techo. Hizo una profunda inspiración y se sumergió.

Sus pies golpeaban contra la piedra, pero los movía desesperadamente, consciente de la cuerda que le estiraba de la cintura, y, luego, cuando ya estaba convencido de que no podría aguantar más, vio delante una débil luz y emergió, respirando afanosamente para recuperar el aliento.

Canning, agachado junto al agua, al lado de un túnel más grande, le alargó la mano para ayudarle a salir.

—Tranquilo.

—Realmente, Hamilton, este paseíto no está resultando nada agradable. Huelo como un retrete atascado y, además, estoy helado.

Canning no le hizo caso.

—Escucha…, se oye el río. No puede estar lejos.

Echó a andar de prisa, resbalando en la pendiente del túnel, y Birr se puso trabajosamente en pie y lo siguió. Y, entonces Canning se echó a reír excitadamente y corrió hasta la rodilla chapoteando en las oscuras aguas.

—Ya lo veo. Hemos llegado.

—En efecto, caballeros. Han llegado.

Se encendió un potente foco, que inundó de luz el túnel. Birr vaciló, y luego siguió avanzando y se dejó caer sobre las manos y las rodillas junto a Canning, agachado ante la gran reja circular que cerraba el extremo de túnel. Al otro lado estaba Schneider, rodilla en tierra y acompañado de varios hombres armados.

—Les estábamos esperando, caballeros, Magda empezaba a impacientarse.

Su perra alsaciana gruñía ávidamente, introduciendo el hocico entre los barrotes. Canning le estiró de las orejas.

—Tú no me harías daño, ¿verdad, vieja bruja?

—Está bien, sargento mayor —dijo Justin Birr—. Saldremos sin resistencia.

 

El Oberstleutnant Max Hesser se retrepó en su sillón, sacó su pitillera y la abrió con una sola mano, con una destreza que revelaba larga práctica. El Oberleutnant Schenck aguardaba al otro lado de la mesa. Vestía uniforme de servicio y llevaba pistola.

—¡Extraordinario! —exclamó el coronel—. ¿Qué diablos preparará ahora Canning?

—Sólo Dios lo sabe, Herr Oberst.

—¿Y dice que venía sin firma la nota comunicándole que se iba a producir la fuga?

—Puede verlo usted mismo, Herr Oberst.

Le entregó una hoja de papel, y Hesser la examinó.

—«Canning y Birr escaparán esta noche por la alcantarilla principal». Toscamente escrita a lápiz y con letras mayúsculas, pero en perfecto alemán —suspiró—. De modo que hay un traidor. Uno de sus amigos los traiciona.

—No necesariamente, Herr Oberst, si me permite una sugerencia.

—Desde luego. Adelante.

—El conocimiento general de la alcantarilla y el sistema de desagüe tiene que haber sido adquirido en alguna parte. Uno de los soldados o un criado, quizá.

—Entiendo —dijo Hesser—. Alguien aceptó un soborno, y luego le hizo llegar esa nota anónima para asegurarse de que se frustraría el intento de fuga. —Movió la cabeza—. No me gusta, Schenck. Deja mal sabor de boca. — Suspiró—. De todos modos, supongo que será mejor que pasen.

Schenck se retiró, y Hesser se levantó y fue hacia el armario en que guardaba las bebidas. Era un hombre atractivo, pese a la profunda cicatriz que cruzaba su frente, curvándose hacia el ojo derecho, que era ahora de cristal; llevaba un uniforme bien cortado, cuya vacía manga izquierda se hallaba sujeta al cinturón.

Estaba sirviéndose un coñac, cuando se abrió la puerta tras él. Se volvió mientras Schenck hacía pasar a Canning y Birr y entraba tras ellos en el despacho.

—¡Santo cielo! —exclamó Hesser.

En efecto, presentaban un lamentable aspecto, descalzos, cubiertos de inmundicia, goteando agua sobre la alfombra. Hesser se apresuró a llenar otros dos vasos.

—Por su aspecto, yo diría que lo necesitan.

Canning y Birr se adelantaron.

—Muy amable —dijo Birr.

Canning sonrió y levantó su vaso.

—Prosit.

—Y, ahora, ¡al grano! —Hesser volvió a su mesa y se sentó—. Esto es absurdo, caballeros. Tiene que acabar de una vez.

—El deber de un oficial es intentarlo todo para conseguir su libertad y volver a su unidad —dijo Canning—. Usted lo sabe.

—Sí, en otras circunstancias estaría de acuerdo con usted, pero ahora no. No el 26 de abril de 1945. Caballeros, después de cinco años y medio, la guerra toca a su fin. De un momento a otro, habrá terminado. Todo lo que tenemos que hacer es esperar.

—¿Qué? ¿Un pelotón de ejecución de las SS? —preguntó Canning—. Sabemos lo que el Führer contestó a Berger cuando le preguntó por los prisioneros distinguidos. Le dijo que los fusilase. Que los fusilase a todos. Según he oído, Himmler se mostró de acuerdo con él.

—Están ustedes bajo mi custodia, caballeros. He tratado de dejárselo bien claro muchas veces.

—¡Magnífico! —replicó Canning—. ¿Y qué ocurre si se le presentan a la puerta del castillo con una orden del Führer? ¿Levantará usted el puente levadizo, o mandará que nos fusilen? Usted prestó juramento de fidelidad, como todos los demás miembros de las fuerzas armadas alemanas, ¿no?

Hesser lo miró, con el rostro cubierto por una intensa palidez, en que destacaba la gran cicatriz. Birr murmuró:

—Tiene razón, coronel.

—Podría ponerlos a régimen de raciones reducidas y confinarlos en sus celdas, pero no lo haré, caballeros —dijo Hesser—. Dadas las circunstancias, y considerando el momento en que nos encontramos, les haré volver a la sección de prisioneros, junto a sus amigos. Espero que sabrán corresponder a mi gesto.

Schenck le puso a Canning una mano en el brazo, y el general se desasió de un tirón.

—¡Por amor de Dios, Max! —Se inclinó sobre la mesa y habló con tono apremiante—. No tiene más que una salida. Mande a Schenck en busca de una unidad aliada, ahora que todavía queda tiempo. Alguien a quien pueda rendirse legalmente, salvando su honor y nuestro pellejo.

Hesser lo miró fijamente durante unos instantes. Luego dijo:

—Lleve de nuevo al general y a Lord Dundrum a sus aposentos, Schenck.

—Herr Oberst. —Schenck dio un taconazo y se volvió hacia los dos hombres—. ¿General?

—¡Oh, váyase al diablo! —exclamó Canning, que dio media vuelta y salió.

Birr se detuvo. Por un momento, pareció que iba a decir algo. Pero luego se encogió de hombros y salió también. Schenck y Schneider los siguieron. Hesser volvió hacia el armario y se sirvió otro trago. Cuando dejaba la botella, sonó una llamada en la puerta, y entró Schenck.

—¿Quiere una copa? —preguntó Hesser.

—No, gracias, Herr Oberst. Últimamente, mi estómago no admite más que cerveza.

Esperó pacientemente. Hesser se acercó al fuego.

—Cree que tiene razón el general, ¿verdad?

Schenck vaciló, y Hesser dijo:

—¡Vamos, hombre, diga lo que piensa!

—Muy bien, Herr Oberst. Sí, debo decir que sí. Acabemos de una vez, ésa es mi actitud. Si no, temo que pueda ocurrir aquí algo terrible, cuyas consecuencias acaben arrastrándonos a todos.

—¿Sabe una cosa? —Hesser dio una patada a un tronco, que rodó con una catarata de chispas—. Me parece que estoy de acuerdo con usted.

Canning y Birr, seguidos por Schneider, dos soldados armados con «Schmeisser», y Magda, cruzaron el vestíbulo y subieron la escalera, tan ancha que podría haber ascendido por ella una compañía entera de soldados codo con codo.

—Clark Gable me enseñó una vez los estudios de la «Metro Goldwyn Mayer» —dijo Birr—. Este lugar me recuerda al plató número 6. ¿Te he hablado de ello?

—Muchas veces —respondió Canning:

Cruzaron el rellano superior y se detuvieron ante una puerta de roble reforzada con planchas de hierro, junto a la que montaba guardia un centinela armado. Schneider sacó una llave de unos treinta centímetros de largo, la introdujo en la pesada cerradura y la hizo girar. Empujó la puerta y se apartó a un lado.

—Caballeros. —Y, cuando empezaban a moverse, añadió—. ¡Oh!, a propósito, está prohibido el acceso a la sección superior de la torre norte y, en lo sucesivo, habrá permanentemente dos guardias en el jardín.

—Muy considerado por su parte —dijo Birr—. ¿No le parece, general?

—Puedes seguir con esa postura de vodevil toda la noche si quieres, pero yo ya estoy harto —comentó Canning, y empezó a subir la oscura escalera de piedra.

Birr le siguió, y la puerta se cerró con ruido tras ellos. Se hallaban ahora en la torre norte, el torreón central del castillo, la parte a la que, en otros tiempos, se retiraban siempre los defensores como último bastión. Estaba completamente aislada del resto de Schloss Arlberg, y su ventana más baja se encontraba a veinte metros del suelo y protegida por gruesos barrotes. Constituía una prisión relativamente segura en la mayor parte de las circunstancias, y, por ello, Hesser podía permitir a sus inquilinos una cierta libertad, al menos, dentro de los límites de los muros.

Madame Chevalier estaba tocando el piano; podían oírla con claridad; un Preludio de Bach, quebradizo y frío, todo técnica, sin corazón. Era lo que le gustaba tocar para combatir la artritis de sus dedos. Canning abrió la puerta del comedor.

Era un salón espléndido, de techo alto y abovedado, festoneado de estandartes guerreros de otros tiempos y con una magnífica selección de armaduras de los siglos XV y XVI en las paredes. La chimenea era de señoriales proporciones. Gaillard y Claire de Beauville estaban sentados junto al fuego de leños, fumando y hablando en voz baja. Madame Chevalier se hallaba ante el «Bechstein».

Al ver a Canning y Birr, dejó de tocar, soltó una aguda carcajada e inició los primeros compases de la «Marcha de los muertos», de Saúl.

—Muy divertido —le dijo Canning—. Me estoy desternillando.

Claire y Paul Gaillard se levantaron.

—Pero ¿qué ha sucedido? —preguntó Gaillard—. Me di cuenta de que algo marchaba mal cuando llegaron unos hombres para cerrar con llave la puerta de la torre superior. Yo acababa de bajar, después de esconder la cuerda.

—Nos estaban esperando; eso es lo que ha sucedido —dijo Birr—. El bueno de Schneider y Magda, ansiosa de echarse sobre Hamilton, como de costumbre. Se ha convertido en el gran amor de su vida.

—Pero ¿cómo pudieron enterarse? —preguntó Claire.

—Es lo que me gustaría saber —respondió Canning.

—Debí haberlo pensado. —Birr se dirigió al aparador y se sirvió un coñac —. Ese jardinero, Schmidt. El que te dio la información sobre el sistema de desagüe. Quizá cien cigarrillos no era bastante.

—¡Ese bastardo! —exclamó Canning—. Lo mataré.

—Pero después de haberte dado un baño, Hamilton, por favor. —Claire agitó delicadamente la mano ante su nariz—. Realmente, hueles bastante mal.

—Camembert…, un poco pasado —comentó Gaillard.

Estalló una carcajada general. Canning dijo sombríamente:

—El crujido de espinas bajo un tiesto, ¿no es eso lo que dice el buen libro? Espero que sigáis riendo todos cuando los asesinos del Reichsführer os conduzcan hasta el paredón más próximo.

Salió, furioso, del salón durante el silencio que siguió a sus palabras. Birr vació su copa.

—Es extraño, pero no se me ocurre nada gracioso que decir, así que, con vuestro permiso…

Cuando se hubo ido, Gaillard dijo:

—Tiene razón. La cosa está fea. Pero si Hamilton o lord Dundrum hubieran escapado y establecido contacto con tropas norteamericanas o británicas, habrían podido traernos ayuda.

—Todo esto es absurdo. —Claire volvió a sentarse—. Hesser nunca toleraría que se nos tratase así. No le va.

—Me temo que el coronel Hesser tendría muy poco que hacer —dijo Gaillard—. Es un soldado, y los soldados tienen la terrible costumbre de cumplir lo que se les manda, querida.

Sonaron unos golpecitos en la puerta, ésta se abrió, y entró Hesser. Sonrió, hizo una leve inclinación dirigida a los tres y, luego, se volvió hacia Madame Chevalier.

—¿Ajedrez?

—¿Por qué no? —Ahora estaba tocando un Nocturno de Schubert, lleno de pasión y significado—. Pero, antes, resuélvanos una discusión que tenemos, Max. Paul cree que, si las SS vienen a fusilarnos, usted les dejará. Claire no cree que pudiera usted tolerarlo sin hacer nada. ¿Qué opina?

—Tengo la extraña sensación de que esta noche le haré jaque mate en siete jugadas.

—Una respuesta de soldado, comprendo. Veamos.

Se puso en pie, dio la vuelta alrededor del piano y se dirigió a la mesita de ajedrez. Hesser se sentó frente a ella. Madame Chevalier hizo el primer movimiento. Claire cogió un libro y empezó a leer. Gaillard permanecía sentado con la mirada clavada en el fuego, fumando su pipa. Reinaba una calma absoluta.

Al poco rato se abrió la puerta y entró Canning, vestido con guerrera de campaña marrón y pantalón crema. Claire de Beauvoir dijo:

—Eso está mejor, Hamilton. La verdad es que tienes un aire realmente elegante esta noche. Se ve que te sienta bien arrastrarte por las alcantarillas.

Sin levantar la vista, Hesser dijo:

—¡Ah, general, estaba esperando que usted apareciese!

—Yo había pensado que ya nos habíamos visto bastante por una noche — replicó Canning.

—Tal vez, pero, respecto a lo que dijo usted antes, creo que su argumentación puede tener cierto valor. Quizá pudiéramos discutirlo por la mañana. ¿Inmediatamente después del desayuno, por ejemplo?

—Ahora está usted hablando como se debe —dijo Canning.

Hesser le ignoró, se inclinó hacia delante y movió un alfil.

—Jaque mate, creo.

Madame Chevalier examinó el tablero y suspiró.

—Dijo siete jugadas, y lo ha hecho en cinco.

Max Hesser sonrió.

—Mi querida Madame, hay que procurar siempre ir por delante. La primera regla del buen militar.

Y en Berlín, poco después de medianoche, Bormann permanecía aún en su despacho, pues el propio Führer trabajaba últimamente durante toda la noche, acostándose rara vez antes de las siete de la mañana, y Bormann quería estar cerca. Lo bastante cerca como para mantener alejados a otros.

Sonó una llamada en la puerta, y entró Rattenhuber con un sobre sellado en la mano.

—Para usted, Reichsleiter.

—¿De quién, Willi?

—No lo sé, Reichsleiter. Lo he encontrado en mi mesa con la indicación «Prioridad Siete».

Se trataba de una referencia en clave para comunicaciones altamente secretas, destinadas exclusivamente a Bormann.

Bormann abrió el sobre, y luego levantó la vista, con rostro totalmente inexpresivo.

—Willi, el «Fieseler Storch» en que el Feldmarschall Greim y Hannah Reitsch volaron a Berlín, ha sido destruido. Ponte en contacto inmediatamente con Gatow. Diles que deben enviar otro avión para mañana, uno que sea capaz de despegar directamente de la ciudad.

—Muy bien, Reichsleiter.

Bormann le mostró el sobre.

—¿Sabes lo que hay aquí, Willi? Una noticia muy interesante. Parece ser que nuestro amado Reichsführer, el querido tío Heini, ha ofrecido rendirse a los ingleses y los norteamericanos.

—¡Dios mío! —exclamó Rattenhuber.

—Pero lo más interesante es lo que dirá el Führer, Willi. —Bormann echó hacia atrás su silla y se levantó—. Vamos a averiguarlo, ¿eh?