Operación Valhalla

Harry Patterson · Capítulo 13 de 17

Páginas del PDF

Operación Valhalla

Capítulo XII

 

Ritter estaba sentado a la mesa del despacho de Meyer, examinando una vez más el plano de Schloss Arlberg. Hoffer permanecía junto a la puerta, esperando en silencio. Ritter dejó a un lado su lápiz y se recostó.

—¿Puede hacerse? —preguntó Hoffer.

—No veo por qué no —respondió Ritter—. Todo lo que hace falta es buena disciplina y un poco de valor, y creo que nuestros finlandeses no carecen de ninguna de las dos cosas.

Se abrió la puerta y entró Strasser.

—Jackson ha vuelto.

—¡Ah, sí! —exclamó Ritter—. Lo mandó usted a Arnheim. ¿Se puede preguntar por qué?

—Antes, explíqueme su plan de ataque.

—Muy bien. —Ritter volvió a mirar el grabado del castillo—. Esperaré hasta el anochecer. En realidad hasta bastante después, digamos que hasta medianoche, momento para el cual los defensores habrán estado ya alerta durante un considerable período de tiempo, lo cual significa que estarán cansados. No podremos avanzar con las camionetas, porque llamaríamos su atención en cuanto pusiéramos en marcha los motores.

—¿Entonces?

—Una fuerza, por ejemplo, de veinte hombres llegará hasta el borde del foso, al amparo de la oscuridad. Dos de ellos cruzarán el foso, treparán hasta el puente levadizo y colocarán un par de cargas de demolición. Muy fácil de lograr con lo que tenemos; no creo que haga falta una carga especialmente potente para volar las cadenas. Otra carga contra la puerta, sincronizada para hacer explosión en el mismo instante.

—Comprendo —dijo Strasser—. El puente levadizo cae, las puertas se abren, y sus tropas de choque se lanzan al asalto para ocupar la posición.

—Apoyadas por las camionetas, que empiezan a moverse en cuanto oyen la explosión. ¿Qué le parece?

—Muy bien —respondió Strasser.

—¿Algún punto débil?

—Sólo uno. Hay un reflector en la entrada. Lo han encendido hace unos quince minutos. Sorsa se lo confirmará si se pone en comunicación con él por el teléfono de campaña.

Ritter se recostó en su asiento.

—Tiene usted una magnífica fuente de información y muy inmediata.

—Así parece —respondió Strasser, pero no dio ninguna explicación—. Naturalmente, podría usted ordenar que un francotirador destruyese el reflector.

—Y los alertase inmediatamente de nuestros propósitos.

—Sin embargo, es un plan excelente, y podría dar resultado.

—¿Cómo?

—Si tuviésemos a alguien capaz de hacer exactamente lo mismo desde el interior. —Strasser se dirigió hacia la puerta y la abrió—. ¿Bien? —dijo.

Earl Jackson entró en la habitación llevando una cazadora de vuelo con cuello de piel sobre el uniforme de capitán de las Fuerzas Armadas del Ejército de los Estados Unidos.

Mientras el coronel Hesser y Schneider subían los escalones de la muralla oriental, el viento azotaba sus rostros con una helada nevisca. Hacía un intenso frío, y el sargento mayor asió con más fuerza la correa de Magda.

—Una noche infernal —comentó Hesser—. Me recuerda el 42 y la guerra de invierno. La clase de frío que se le mete a uno en los sesos.

Se estremeció, recordando, y Schneider dijo:

—No creo que nos molesten en una noche como ésta.

—¿No es eso lo que solíamos decir de los rusos? —exclamó Hesser—. ¡Hasta que aprendimos! Y también, supongo, aprendió Ritter. Pasó mucho tiempo en el frente oriental.

Los centinelas estaban muy diseminados, pero él no podía hacer nada al respecto. Había uno en la atalaya este. Hesser conversó brevemente con él y luego se asomó por una tronera y miró hacia la luz que iluminaba la puerta.

—Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que uno de ellos no pueda resistir la tentación de apagarla de un tiro. Casi estoy deseando que lo hagan. Así terminaría esta maldita incertidumbre.

—Entonces, ¿cree que vendrán, Herr Oberst? —preguntó Schneider.

—Ya ha visto a Ritter. ¿Le parece a usted que es de esos hombres que huye? ¿Y qué hay de esas patrullas de esquiadores que describen continuos círculos a través del bosque hasta el anochecer? No, él se encuentra ahí afuera. Y, cuando esté dispuesto, usted lo sabrá. De todas formas, comprobemos la compuerta del agua.

Bajaron los peldaños de la atalaya. Había un túnel pequeño y húmedo, bloqueado por una pesada reja de hierro. Montaba guardia allí un cabo llamado Wagner, un veterano del frente oriental, que había perdido parcialmente el brazo izquierdo a consecuencia de heridas de metralla. Estaba apoyado contra la puerta, mirando al exterior, con un «Schmeisser» a punto.

—¿Está todo en regla aquí? —preguntó Hesser.

—No estoy seguro, Herr Oberst. Me ha parecido oír algo.

Los tres aguzaron el oído. La nieve penetraba a través de la reja, y Hesser comentó:

—Sólo el viento.

Entonces, Magda gimió, estirando de la correa.

—No, Herr Oberst —dijo Schneider—. Tiene razón. Algo se mueve.

Él y Hesser sacaron las pistolas. Se oyeron con toda claridad unos vacilantes pasos al otro lado del foso, el caer de la nieve en el agua y, luego, un ronco murmullo en inglés.

—¿Hay alguien ahí? No disparen. Soy un oficial norteamericano.

Alguien entró en el agua. Hesser dijo a Schneider:

—Encienda su linterna, sólo un segundo, y, luego, ¡cuerpo a tierra!

Se abrió una pausa. Luego fulguró la linterna de Schneider, y su luz iluminó a Earl Jackson. Se encontraba en medio del foso, nadando con fuertes brazadas; y sólo emergían del agua su cabeza y el collar de piel de su cazadora de vuelo.

—Kamerad! —exclamó, jadeante—. Oficial norteamericano. Estoy buscando al general Hamilton Canning.

 

Acurrucado en la sombra que proyectaba la muralla sobre la puerta principal, Finebaum distinguió el relampagueante destello de luz a su izquierda. Por debajo de él, Howard y Hoover, sentados en cuclillas contra la pared, fumaban unos cigarrillos.

—Capitán, he visto una luz en el foso, bajo la atalaya oriental.

Se pusieron instantáneamente en pie.

—¿Estás seguro? —Howard se asomó por la tronera—. No veo nada.

—Se ha visto una luz. Sólo un instante.

—Bien, vamos allá —dijo Howard, y empezó a caminar a lo largo de la muralla.

Cuando entraron en el túnel de la compuerta, Jackson estaba frente a Hesser y sus hombres, al otro lado de la reja, cuyos barrotes agarraba con las manos, metido en el agua hasta la rodilla.

—Déjeme entrar, ¡por los clavos de Cristo! Tengo que ver al general Canning.

—¿De qué se trata? —preguntó Howard—. ¿Qué es lo que ocurre?

Hesser encendió la linterna sin pronunciar palabra. Jackson parpadeó ante la repentina luz. Estaba empapado hasta los huesos, su uniforme chorreaba agua, y le castañeteaban los dientes. Trató de escrutar a Howard en la oscuridad.

—¿Eres norteamericano? ¡Por favor, diles a esos bastardos que me dejen entrar! Cinco minutos más aquí, y moriré de frío.

—Tiene razón, capitán —dijo Finebaum—. Su aspecto no es muy bueno.

—¿Quién es usted? —preguntó Howard.

—Harry Bannerman. Me han derribado esta mañana a unas diez millas de aquí, en un «P-47», y he sido apresado por una unidad de las SS. Me han tenido en el pueblo hasta hace una hora. En una posada llamada «El Águila de Oro».

—¿Cómo ha escapado?

—Me ha ayudado el dueño, un tipo llamado Meyer. Había allí otro prisionero. Él le instó a que lo hiciera. Un francés llamado Gaillard. Me dijo que viniera aquí a toda prisa y preguntara por el general Canning. Tengo información sobre el momento en que los boches se proponen atacar este lugar. —Sacudió infructuosamente la reja, mientras se le quebraba la voz—. Déjenme entrar, por amor de Dios, si no quieren que muera aquí.

—De acuerdo —dijo Howard a Hesser—. Abra la puerta y métalo dentro…, pero aprisa. Y a ti, Finebaum, te hago personalmente responsable de partirle por la mitad la espina dorsal si hace un movimiento en falso.

En la oscuridad, entre los árboles del otro lado del foso, Strasser, Ritter y Hoffer oyeron el chasquido de la verja al cerrarse.

—Ya ha entrado —dijo Ritter—. Esperemos que se traguen su historia.

—No veo por qué no —replicó Strasser—. Como he dicho antes, Jackson tiene la ventaja de ser un norteamericano auténtico, no el sucedáneo que dejó abandonado a Skorzeny en las Ardenas.

—Esperemos entonces —dijo Ritter.

—Hasta que llegue el momento de desempeñar yo mi papel en este interesante drama. —Strasser sonrió en la oscuridad—. ¿Saben? La verdad es que lo estoy deseando.

El general Canning, Birr, Madame Chevalier y Claire estaban cenando unos bocadillos y tomando café cuando entraron Hesser y Howard, seguidos por Jackson, que llevaba sobre los hombros una manta del Ejército. Detrás de él iba Finebaum, con la boca del cañón de su «M-1» a un palmo de la espina dorsal de Jackson.

—¿A quién tenemos aquí? —preguntó Canning, poniéndose en pie.

—Ha cruzado a nado el foso hasta la compuerta de agua, general —dijo Howard—. Afirma ser oficial de Aviación norteamericano. No lleva encima ningún documento de identificación. Ni siquiera sus emblemas.

—Me los han quitado —explicó Jackson—. Esos malditos SS me han despojado de todo. ¿Cuántas veces voy a tener que decírselo?

—¿A qué unidad pertenece? —preguntó Canning.

—510 escuadrilla, grupo 405, señor. Ha operado desde lo que fue base de la Luftwaffe en Hellenbach hasta que la tomamos hace cuatro días.

—¿Qué ha ocurrido?

—Mi escuadrilla recibió orden de atacar una columna de Panzers al otro lado de Salzburgo. La llevamos a cabo esta mañana, general. Dejamos caer nuestras bombas sobre el objetivo, sin problemas, porque en aquella zona no existe ya prácticamente la Luftwaffe. Luego, cuando regresaba, se me agotó la batería y tuve que realizar un aterrizaje forzoso.

—¿Qué avión pilotaba?

—«Thunderbolt P47», señor. Aterricé en un claro del bosque y me dirigí luego a la carretera principal. La situación es muy fluida en esta zona, general. Hay tropas nuestras en abundancia. La cuestión es saber dónde.

—¿Y dice que fue usted capturado por una unidad de las SS?

—En efecto, señor. En su mayoría finlandeses, pero bajo el mando de un oficial alemán. Un hombre llamado Ritter.

—¿Y le han retenido durante todo el día?

—En efecto, señor, en una posada llamada «El Águila de Oro». —Hubo una breve pausa, y miró aturdidamente a su alrededor—. Oiga, ¿qué pasa aquí? ¿Qué creen que soy…? ¿Un boche, o qué?

—Voy a decírselo, capitán —explicó Finebaum—. Resulta en verdad divertido que diga usted eso. Cuando estábamos en las Ardenas, en el 44 (y por cierto, también nevaba), había por todas partes tipos como usted, con uniforme de GI y todo, diciendo que se habían perdido de sus unidades y preguntando por el camino a Malmedy. Muy interesante. Y todos eran boches.

—¿Se puede hacer callar a este hombre? —preguntó fríamente Canning.

—Cierra el pico, Finebaum —ordenó Howard.

Canning se dirigió a Jackson.

—Nos encontramos aquí en una posición crítica, Bannerman. No podemos confiar en nada, ¿comprende?

—Dice que ha estado con el doctor Gaillard, señor —observó Howard.

—¿Ha visto usted a Paul? —preguntó excitadamente Claire.

—Claro que lo he visto.

—¿Cómo se encuentra?

—Está cuidando a un chico de la posada que está enfermo. Hijo del dueño, un tipo llamado Meyer.

—¿Y está prisionero de los SS? —preguntó Canning.

—Sí. El mayor Ritter, que manda las fuerzas, le permite visitar regularmente al chico, pero nos han tenido encerrados juntos durante bastante tiempo. Meyer nos traía la comida, y Gaillard hablaba mucho con él cada vez que iba a ver al chico. Está bastante mal.

—¿Y cómo ha escapado usted?

—Gracias a Meyer. Oyó a Ritter y a un tal Strasser, un paisano que va con él, discutir los planes para un ataque antes del amanecer. Se proponen enviar a varios soldados con explosivos para que crucen el foso y vuelen el puente levadizo. Al enterarse, Gaillard me dijo que tendría que escaparme y venir a advertirles a ustedes.

—Y parece haberlo conseguido sin demasiadas dificultades —observó Birr.

—Gracias también a Meyer. Me dijo que dejaría abierta la puerta trasera próxima a la cocina. Yo pedí permiso para ir al lavabo, le di un empujón, en el momento adecuado, al finlandés que me escoltaba, abrí la puerta y eché a correr con toda mi alma.

Se produjo un largo silencio, durante el cual todos parecían estar mirándole. Jackson dijo:

—General, soy el capitán Harry Bannerman, de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, y cuando el puente levadizo sea volado poco antes del amanecer, sabrá que estoy diciendo la verdad. Y ahora me gustaría tomar una taza de café, secarme la ropa y tumbarme en alguna parte.

Canning sonrió de pronto y le tendió la mano.

—Voy a decirle una cosa, hijo. He decidido creerle. —Sé volvió hacia Hesser—. ¿Puede proporcionarle ropa seca?

—Desde luego —respondió Hesser—. Si a Herr capitán no le importa ponerse un uniforme alemán. Por aquí, sígame.

Jackson empezó a andar, pero se detuvo y dio media vuelta.

—Otra cosa, general. Algo bastante curioso. No significa nada para mí, pero acaso sí para usted.

—¿De qué se trata? —preguntó Canning.

—Ese tipo, Strasser…, el paisano de que le he hablado.

—¿Sí?

—Parece un pez gordo. En un par de ocasiones lo vi comportarse como si ostentara él el mando, y he oído a Ritter llamarlo Reichsleiter. ¿Le dice algo eso?

Hesser palideció.

—¿Bormann? —musitó.

—Exacto —dijo Canning excitadamente—. Sabía que había visto en alguna parte esa maldita cara. Martin Bormann, secretario del propio Führer. Lo vi una vez en la tribuna de las Olimpíadas de Berlín del 36. —Se volvió hacia Hesser—. ¿No lo ha reconocido usted?

—No he visto a Bormann en mi vida —respondió Hesser—. Es un hombre que siempre se ha mantenido en la sombra.

—Ahora sabemos por qué nos necesitaba con tanta urgencia —comentó Canning—. Rehenes para negociar, con la esperanza de salvar su maldito cuello.

Se frotó excitadamente las manos.

—Buen trabajo, Bannerman. Se ha ganado usted el alojamiento. Lléveselo, Max, y dele ropa seca.

Hesser y Jackson salieron. Madame Chevalier dijo:

—¿Qué significa eso, general? He oído hablar de ese tal Bormann. Un miembro de las altas esferas, ¿no?

—No hay por qué preocuparse, se lo aseguro —respondió Canning—. Tomen más café, tengan calma, volveré dentro de un momento.

Salió acompañado de Howard y Finebaum, cerró la puerta tras él y se detuvo en la oscuridad, en lo alto de la escalera.

—¿Qué opina, señor? —preguntó Howard.

Canning miró a Finebaum.

—¿Es buen elemento?

—Un saco de medallas. Parece tener un talento especial para matar personas, general.

—Muy bien, soldado —dijo Canning—. Vigile a Bannerman como un halcón. No demasiado cerca, pero sí lo bastante, por si acaso.

—A sus órdenes, general —respondió Finebaum, que bajó la escalera y desapareció en la oscuridad.

—¿No cree a Bannerman, señor? —preguntó Howard.

—Mi abuela era escocesa, capitán, de la isla de Skye, y solía decir que tenía un instinto especial para las cosas. No necesitaba pruebas. Simplemente, sabía. A veces creo que he heredado algo de ese instinto. Y, ahora, vuelva a la puerta. Me reuniré con usted en cuanto pueda. Abrió la puerta y regresó al comedor.

 

Cuando Howard subió a la muralla, sobre la puerta, nevaba intensamente, y grandes copos se arremolinaban, impulsados por el viento, en el haz de amarillenta luz que lanzaba el reflector. Hoover estaba allí con tres alemanes. Al igual que ellos, el norteamericano llevaba una parka de la Wehrmacht.

—Veo que has decidido cambiar de bando —dijo Howard—. Un poco tarde, ¿no?

—Es que, en el fondo, soy un romántico —respondió Hoover—. Mi bisabuelo luchó en el Ejército confederado. Supongo que los Hoover aceptamos como algo natural el perder. ¿Qué hay de Bannerman?

—Cuenta una historia convincente. Dice que los de enfrente van a atacarnos poco antes del amanecer. Un par de tipos cruzarán el foso cargados de explosivos, y, luego, vendrán en tromba.

Siguió explicando el resto, y, cuando hubo terminado, Hoover comentó:

—Eso último no me dice gran cosa. Nunca he oído hablar de ese tal Bormann. ¿Y usted?

—Sí, aunque no sé dónde —respondió Howard—. Pero nunca creí que fuera una figura de especial importancia. Quiero decir, no como Ribbentropp, o Goebbels, o uno de ésos. El hecho de mandar a un tipo así, indica lo mucho que desean coger como rehenes a estos prisioneros.

—¿Dónde está Finebaum?

—En alguna parte de la torre norte, vigilando a Bannerman por orden del general Canning.

Uno de los centinelas dijo rápidamente en alemán:

—Algo se mueve ahí afuera.

Cogió el brazo de Howard y apuntó. Instantes después, Karl Ritter, Hoffer y Strasser penetraron en el círculo de luz.

—¡Eh! —exclamó Ritter—. ¿Está ahí el general Canning?

Howard se mantuvo en la oscuridad.

—¿Qué quiere?

—Herr Strasser quisiera hablar con el general Canning. Tiene una proposición que hacerle.

—Dígamelo a mí —replicó Howard.

Ritter se encogió de hombros.

—Si ésa es su actitud, estamos perdiendo el tiempo. Gracias, y buenas noches.

Dieron media vuelta para marcharse, y Hoover susurró:

—Podría ser importante, señor.

—De acuerdo, Harry, de acuerdo.

Howard se inclinó hacia la luz.

—Esperen. Voy a ver qué dice.

Momentos después estaba hablando con Canning por el teléfono de campaña.

—Podría ser una trampa, señor.

—No lo creo —respondió Canning—. Saben muy bien que los dejaríamos secos en un instante al primer movimiento en falso, y no creo que hicieran esa clase de sacrificio, al menos si Strasser es quien Jackson dice que es. No, baje el puente y hágalos pasar. Mándame a Strasser y retenga a Ritter con usted.

Momentos después, el puente levadizo comenzó a descender, con un rechinar de cadenas. Ritter dijo en voz baja:

—Han picado el anzuelo. ¿Acierta siempre en sus profecías?

—Sólo en asuntos importantes —respondió Strasser, y, cuando el puente completó su descenso, lo cruzaron seguidos de Hoffer.

Se abrió el portillo, y Howard escrutó brevemente. Se hizo a un lado, y pasaron al interior. Mientras cerraba y atrancaba la puerta, Howard dijo a Hoover:

—Lleva a Herr Strasser a la torre norte. El general Canning está esperando. Y usted, mayor —continuó, dirigiéndose a Ritter—, me temo que deberá soportar mi compañía hasta que él vuelva.

Strasser, sin pronunciar palabra, se alejó en pos de Hoover. Hoffer se quedó de espaldas a la puerta, con rostro inexpresivo. Ritter sacó su pitillera, sacó un cigarrillo y ofreció otro a Howard.

—Debo advertirle que son rusos. Me he aficionado a ellos.

Howard cogió uno y se recostó contra la pared, con la culata de su «Thompson» apoyada en la cadera.

—De modo que aquí estamos otra vez —dijo.

 

Cuando Hoover llamó a la puerta y precedió a Strasser al interior del comedor, sólo Canning y Justin Birr estaban junto a la chimenea. Strasser se detuvo indolentemente en el centro de la estancia, con las manos en los bolsillos de su cazadora de cuero y el sombrero ladeado sobre una oreja.

—Buenas noches, caballeros.

Canning hizo una seña a Hoover.

—Puede esperar fuera, sargento. Lo llamaré si le necesitamos.

Se cerró la puerta. Strasser avanzó hasta la chimenea y extendió las manos sobre el fuego.

—No hay nada como una buena hoguera para calentarse. Hace una noche muy fría. De las que le hielan a uno los huesos.

Canning miró a Birr y le hizo una seña con la cabeza. Birr se dirigió al aparador, sirvió una generosa cantidad de coñac en una copa y regresó.

—Sólo para demostrarle lo humanitarios que somos. Y, ahora, ¿qué demonios quiere, Bormann?

Strasser se interrumpió en el acto de llevarse la copa a los labios.

—Strasser, Herr general. Mi nombre es Strasser.

—Es extraño —respondió Canning—. Es usted idéntico al hombre que vi en Berlín, en 1936, de pie en la tribuna, detrás de Adolf Hitler, en los Juegos Olímpicos. El Reichsleiter Martin Bormann.

—Me halaga usted, general. Le aseguro que soy un funcionario relativamente poco importante del Departamento de la Administración de Prisioneros de Guerra.

—Me cuesta imaginarlo a usted como relativamente poco importante. Pero continúe.

—Consideremos la situación en que nos encontramos. Son ustedes 24 en esta guarnición, 26 si contamos a las señoras. La mayoría de sus hombres son reservistas que no han combatido jamás, o inválidos que apenas pueden sostener un rifle.

—¿Y…?

—Por el contrario, nosotros disponemos de casi cuarenta soldados de tropas de choque, endurecidos en los campos de batalla. Hombres de las Waffen-SS, y, piense usted lo que piense, general, y por mucho que las desapruebe, son las mejores del mundo.

—Adelante —dijo Justin Birr—. ¿Qué está tratando de demostrar?

—Que si decidimos atacar, las consecuencias serán desastrosas… para ustedes.

—Cuestión de opinión —replicó Canning—. Pero admitiendo que lo que usted dice sea cierto, ¿qué sugiere que hagamos? Porque para eso ha venido aquí, ¿no? Para ofrecernos alguna especie de solución alternativa. Quiero decir, antes de enviar un par de hombres a cruzar el foso y volar las cadenas del puente levadizo.

—Vaya, alguien se ha ido de la lengua —comentó Strasser—. Es muy sencillo, general. Tenemos al doctor Gaillard, a quien encontramos en «El Águila de Oro» de Arlberg atendiendo al hijo del posadero. Es lamentable que las buenas acciones puedan causar con tanta frecuencia la ruina de quien las hace. No obstante, si se entregan usted y el coronel Birr, nos conformaremos con eso y dejaremos en libertad a las señoras.

—Ni hablar —respondió Canning.

Strasser se volvió hacia Birr.

—¿Está usted de acuerdo?

—Me temo que sí, amigo. La verdad es que no confiamos en usted. Una pena, pero así es.

—¿Y las señoras? —preguntó Strasser—. ¿No tienen nada que decir en el asunto?

Canning vaciló y luego se dirigió a la puerta y la abrió.

Habló unos instantes con Hoover y regresó.

—Vendrán aquí directamente.

Él y Birr encendieron sendos cigarrillos. Strasser paseó la vista por la estancia y vio inmediatamente el gran jarrón de plata con las escarlatas rosas de invierno sobre el piano.

—Mis flores favoritas. —Estaba sinceramente complacido, y cruzó la sala para admirarlas—. Rosas de invierno. Como la vida en medio de la muerte…, llenan el corazón de alegría.

Se abrió la puerta, y, mientras se volvía, entraron Claire de Beauville, Madame Chevalier y Earl Jackson. Strasser sonrió al norteamericano.

—Le hemos echado de menos en la cena.

—Lo siento, no podía quedarme.

Strasser se volvió hacia Canning.

—Eso explica varias cosas que me estaban desconcertando. Empezaba a pensar que era usted un taumaturgo. Consuela saber que es simplemente un hombre, como el resto de nosotros.

—Bien —dijo Canning—. Ya hemos tenido bastante por una noche. Quería usted hablar con las señoras; aquí las tiene, así que aproveche.

—No concibo que pueda usted decirme nada que me interese oír, Monsieur —dijo Madame Chevalier—. Afortunadamente, sé emplear mejor mi tiempo.

Se sentó al piano y empezó a tocar un Nocturno de Debussy. Sin descomponerse, Strasser dijo:

—He ofrecido su libertad, señoras, la he garantizado, a condición de que el general y el coronel Birr se vengan, sin resistencia, con nosotros.

Madame Chevalier hizo como si no lo hubiera oído, y Claire se dirigió hacia el jarrón de rosas y hundió la cara entre ellas.

Strasser dijo:

—Debí haberlo imaginado. Son las flores que más necesitan de unas manos delicadas y una paciencia infinita. ¿Son obra suya, Madame?

—Sí —respondió ella—. Así que, como puede ver, estoy plenamente ocupada y no puedo marcharme ahora.

Canning intervino.

—Ya ha oído a la señora.

Strasser eligió una de las flores, cortó el tallo y se la colocó en el ojal de la solapa.

—Bueno, de todas maneras ha valido la pena hacer el viaje. ¿Le gustan las rosas de invierno, general?

—Cualquier cosa que Madame De Beauville haya cultivado me gusta.

—Excelente —dijo Strasser—. Lo recordaré en su funeral. Está ya uno cansado de lirios. Una sola rosa de invierno escarlata hará muy buen efecto. Y ahora creo que debo despedirme de usted. Está bien claro que no tengo más que hacer aquí.

Se dirigió a la puerta. Hoover miró a Canning, que asintió con la cabeza. El sargento salió con él.

Se produjo un pesado silencio, y Madame Chevalier dejó de tocar.

—Debo de estar haciéndome vieja. De repente siento frío…, mucho frío.

 

Strasser salió por el portillo, seguido de Hoffer. Al pasar Ritter, Howard dijo en voz baja:

—Lo veré pronto.

—¿Cuándo? —replicó Ritter—. ¿Bajo los olmos al amanecer? ¿Seis pasos en dirección opuesta, volverse y disparar? Se lo toma usted demasiado en serio, capitán.

Siguió a sus compañeros. Al llegar al otro lado del foso, el puente se elevó tras ellos.

—¿Está satisfecho? —preguntó Ritter a Strasser en voz baja.

—¡Oh, sí, creo que sí! La posición de Jackson debe de ser ya bastante firme. El resto le corresponde a él.

Empezó a silbar alegremente.

 

Era poco más de medianoche, y en Berlín, en su despacho del búnker, Bormann trabajaba sin descanso, el rasguear de su pluma era el único ruido, ya que el fragor del cañoneo ruso se había diluido en la distancia. Sonaron unos golpecitos en la puerta. Ésta se abrió, y entró Goebbels. Estaba pálido y ojeroso y con la piel tensa sobre sus pómulos. Un cadáver ambulante.

Bormann dejó a un lado su pluma.

—¿Cómo van las cosas?

Goebbels le pasó una hoja de papel por encima de la mesa.

—Éste es el radiograma que acabo de despachar a Plön.

GRAN ALMIRANTE DOENITZ (Personal y secreto) Para ser transmitido sólo por un oficial. Führer murió ayer, 15:30 horas. En su testamento, fechado en 29 de abril, le nombra a usted presidente del Reich; a Goebbels, Canciller del Reich; a Bormann, ministro del Partido…

Había más, pero Bormann no se molestó en leerlo.

—Papel, Josef. No es más que papel.

—Quizá —comentó Goebbels—. Pero debemos conservar los formalismos, aun en estos desesperados momentos.

—¿Por qué?

—Para la posteridad, al menos. Para los que vengan después de nosotros.

—Nadie viene después de nosotros. No aquí… no en Alemania, durante muchos años. Nuestro destino está, por el momento, en otro lugar.

—Para ti, quizá, pero no para mí —replicó Goebbels, con voz monótona e inexpresiva.

—Comprendo —dijo Bormann—. ¿Te propones emular al Führer?

—No es vergonzoso poner fin a una vida que carecerá ya de valor para mí si no puedo permanecer a su lado. No tengo la intención de pasarme el resto de mi vida corriendo por el mundo como un eterno refugiado. Se están ya realizando los preparativos. A los niños se les administrarán cápsulas de cianuro.

—¿Cómo, a los seis? —Bormann sonrió—. Concienzudo hasta el final, por lo que veo. ¿Y tú y Magda?

—Ya he dado instrucciones a un ordenanza de las SS para que nos pegue un tiro cuando llegue el momento.

Bormann se encogió de hombros.

—Entonces, sólo puedo desearte mejor suerte en el otro mundo que la que has tenido aquí.

—¿Y tú? —preguntó Goebbels.

—Yo creo que probaré suerte en el mundo. Aquí estaremos perfectamente durante lo que queda de día. Escaparé esta noche con Axmann, Sturmpfegger y uno o dos más. Tenemos la intención de seguir el túnel del Metro. Eso nos llevará enseguida a la estación de la Friedrichstrasse. Mohnke continúa resistiendo allí con un grupo de combate de tres mil hombres. SS, marinos, Volkssturm y toda una hornada de críos de las Juventudes Hitlerianas. Parece que aguantan bien.

—¿Y luego?

—Con su ayuda, intentaremos cruzar el puente Weidendammer sobre el Spree. Una vez al otro lado, tendremos bastantes probabilidades de éxito. No hay todavía muchos rusos en los suburbios noroccidentales.

—Sólo puedo desearte buena suerte.

Goebbels pareció de pronto muy cansado. Se volvió hacia la puerta, empezó a abrirla y se detuvo.

—¿Y qué harás después, si logras escapar?

—Ya me las arreglaré.

—Ahora que lo pienso, siempre lo hiciste, ¿verdad?

Goebbels salió, cerrando la puerta. Bormann permaneció sentado, pensando en lo que le había dicho. No tengo la intención de pasarme el resto de mi vida corriendo por el mundo como un eterno refugiado. Se encogió de hombros, tomó la pluma y siguió escribiendo.

 

Jackson yacía tendido en la cama, aguardando en la oscuridad, en la habitación que le habían asignado. Miró la esfera luminosa de su reloj. Eran las doce y veinte; faltaban diez minutos. Encendió un cigarrillo y succionó nerviosamente. No es que tuviera miedo; simplemente, estaba algo tenso. Brillante idea por parte de Strasser la de decirles que era el Reichsleiter. Junto con el aspecto personal de Strasser, había resuelto eficazmente el asunto. Estaba seguro de que ahora lo aceptaban por completo.

Consultó de nuevo su reloj. Había llegado el momento. Se levantó, caminó hasta la puerta, y, cuando la abrió, el pasillo estaba desierto. Un lugar de sombras parcialmente iluminado por una única bombilla al fondo. Tuvo un breve atisbo de su imagen, reflejada en un gran espejo de marco dorado. Llevaba el mejor uniforme de Hesser, y le sentaba bien. Echó a andar, pasando ante una serie de cuadros al óleo, desde los cuales rostros del siglo XVIII clavaban en él su vista. Torció por las escaleras del final, se detuvo junto a la blanca puerta del pequeño rellano y llamó.

La puerta se entreabrió en el acto, como si el ocupante hubiera estado esperando.

—Operación Valhalla —susurró Jackson.

—Pase, tiene todo preparado —dijo Claire de Beauville.

Jackson entró en la habitación. En el lavabo había explosivo de plástico, detonadores y un «Schmeisser». Él se guardó el explosivo en un bolsillo; los detonadores, en el otro, y cogió la pistola ametralladora.

—¿Algo más? —preguntó ella.

Su rostro estaba pálido y extrañamente sereno.

—Sí. Alguna pistola automática. ¿Puede proporcionármela?

—Creo que sí.

Abrió el cajón de la mesilla y sacó una «Walther». Jackson se cercioró de que estaba cargada, y luego se la metió en el cinturón, en la parte posterior, bajo la guerrera.

—Me gusta conservar un as en la manga, por si se tuercen las cosas. Es sorprendente la frecuencia con que hasta un experto deja de registrar ese preciso lugar. ¿Ha vuelto usted a hablar con él por radio desde que estuvo aquí?

—Hace veinte minutos. Todo está preparado, exactamente de acuerdo con lo planeado. Lo están esperando. Necesitará usted un capote y una gorra para cruzar el patio sin ser advertido. Hay hombres trabajando allí fuera. La escalera pequeña del final del pasillo lo llevará hasta el vestíbulo de la entrada; encontrará un guardarropa al fondo, y la habitación que alberga el mecanismo del puente levadizo es la primera puerta a la izquierda en el túnel.

—Lo ha hecho usted muy bien —sonrió Jackson—. Bueno, no debemos quedarnos aquí charlando. De nuevo en la brecha, queridos amigos…

Cogió el «Schmeisser» y salió.

En el comedor, Canning se hallaba de pie ante la chimenea, solo, cuando entró Hesser.

—Frío —comentó el alemán—. Demasiado frío. Me ha dicho Schneider que quería usted hablarme.

—Sí. Supongamos que el puente levadizo cae y saltan las puertas; ¿qué ocurriría?

—Imagino que se lanzarían en tromba en esas camionetas.

—Exactamente. Transportes blindados, y ni siquiera tenemos nada capaz de hacer volar una camioneta, a menos que alguien tenga la suerte de acercarse lo suficiente con una de sus granadas de mano.

—Cierto; pero creo que tendrá usted alguna solución; de lo contrario, no plantearía la cuestión.

—Llevamos juntos demasiado tiempo, Max —Canning sonrió—. En efecto…, ese cañón del centro de la plaza. El «Gran Bertha».

—No ha sido disparado desde la guerra francoprusiana —dijo Hesser.

—Lo sé, pero quizá le queden fuerzas todavía. Encárgueselo a Schneider. Puede preparar sin dificultades una especie de carga. Abra unos cuantos cartuchos para aprovechar la pólvora. Rellene el cañón con metal viejo, cadenas, cualquier cosa que pueda encontrar, y luego haga que los hombres lo sitúen ante el túnel. A unos veinte o treinta metros de la entrada, por ejemplo. Podría hacer saltar por los aires al primer vehículo que llegara por ahí.

—O estallarle en la cara al que acercara una mecha al cañón.

—Bueno, ése seré yo —manifestó Canning—. He pensado en ello, así que me expondré. Hesser suspiró.

—Muy bien, Herr general, usted manda aquí, no —dijo, y salió.