Operación Valhalla

Harry Patterson · Capítulo 17 de 17

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Operación Valhalla

Capítulo XVI

 

Amanecía casi en La Huerta cuando Canning terminó de hablar. La lluvia seguía tamborileando contra la ventana del bar, más suavemente ahora, pero, cuando me levanté y miré a la plaza, ésta se hallaba silenciosa y desierta.

Canning echó otro leño al fuego.

—Bien, Mr. O’Hagan, ¿qué piensa?

—¡Tantos hombres buenos…! Una pérdida lamentable —dije.

—Lo sé. Todos lo eran. No Strasser, claro. Él era el demonio en persona, pero Jack Howard, Ritter, Sorsa y aquellos finlandeses…

—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Por qué insistieron en continuar con el asunto? ¿Por qué no le dijeron simplemente a Strasser, o Bormann, o quien fuera, que se fuese al infierno?

—Bueno, Sorsa y sus finlandeses son, posiblemente, los más fáciles de comprender. Como él dijo, estaban luchando por dinero. Habían recibido el oro, si quiere mirarlo así, comprometido su palabra, y se atuvieron a ella… hasta la carnicería final.

—¿Y Ritter?

—Era como un hombre sumergido en aguas profundas, arrastrado por la corriente, capaz sólo de ir en una dirección. Él y Jack Howard eran muy parecidos…, caras opuestas de la misma moneda. En último término, ahora creo que los dos estaban hartos. Después de todo lo que habían pasado, las cosas que habían hecho por sus distintos países, el futuro no les reservaba nada. No existía, si usted quiere.

—¿Quiere decir que los dos buscaban la muerte?

—Estoy seguro.

—¿Y Strasser…, o debo decir Bormann?

—Eso es lo terrible, no estar seguro. ¿Se acuerda de Berger, el piloto que los sacó de Berlín? ¿El tipo que despegó de Arnheim con el «Dakota»? Lo encontré en Italia hace quince o dieciséis años. Se estaba muriendo de cáncer. Se encontraba en la clase de situación en que a un hombre todo le importa un bledo.

—¿Y…?

—Él creía que Strasser era Bormann. Lo vio por última vez en Bilbao en junio del cuarenta y cinco. Durante los años siguientes, los camaradas le dieron trabajo en abundancia. Cuidaban de él.

—Me sorprende que no recibiera como recompensa un balazo, como los demás.

—Bueno, él era algo especial. Un piloto genial. Podía pilotar cualquier cosa en cualquier parte. Supongo que tenía su utilidad.

—Pero todos esos datos —dije— sobre lo que ocurrió en el búnker… ¿De dónde proceden?

—Erich Hoffer —respondió—. Todavía vive. Dirige un hotel en Bad Harzberg, y, cuando una unidad de infantería rusa registró el escondite de Eichmann, encontraron vivo a uno de los ayudantes, un hombre llamado Koenig. Se recuperó después de haber sido asistido en un hospital, y pasó veinte años en Ucrania. Cuando, finalmente, regresó a Alemania Occidental no andaba muy bien de la cabeza, así que no tomaron en serio su relato durante el interrogatorio. Me enteré de ello a través de un contacto en el Servicio de Información alemán.

—¿Fue a ver a ese tal Koenig?

—Lo intenté, pero era demasiado tarde. Se suicidó. Se ahogó en el Elba. Pero logré echar un vistazo al informe. El resto, naturalmente, es suposición.

—Así que, ¿cuál es la verdad? —pregunté.

—No lo sé. ¿Estaba Strasser en Arlberg y Bormann en el búnker, o al revés? Eso es lo que me ha atormentado durante todos estos años. Inmediatamente después de los acontecimientos, se lo conté todo a los del Servicio de Información.

—¿Y qué dijeron?

—Creo que pensaron que yo había estado encerrado demasiado tiempo. Por lo que a ellos se refería, Bormann estuvo en Berlín hasta el final. Strasser era otra persona.

—¿Y qué fue de Martin Bormann entonces, según la historia?

—Salió del búnker a la una y media de la mañana del 2 de mayo. Que sepamos, no intentó disfrazarse. Al parecer llevaba un capote de cuero sobre el uniforme de teniente general de las SS. Al salir, se encontró por casualidad con su secretaria, Frau Kruger. Le dijo que ya nada tenía mucho sentido, pero que intentaría pasar.

—Y a partir de ese momento, ¿empezó el mito?

—Exactamente. ¿Fue muerto en el puente Weidendammer, como dijo Kempka, el chófer del Führer…?

—¿O más tarde, junto a la estación Lehrter, donde Axmann dijo que lo vio tendido al lado de Stumpfegger? Esos dos cadáveres, según recuerdo, fueron enterrados junto a la Invalidenstrasse por empleados de Correos.

—En efecto, y en 1972, en el curso de unos trabajos de construcción, encontraron un esqueleto que las autoridades alemanas insisten en que es el de Bormann.

—Pero ¿no fue refutado eso por los expertos?

—Uno de los mejores de ellos enfocó perfectamente el asunto. Señaló que Bormann no podía estar en dos lugares a la vez. Muerto en Berlín y vivo y en perfecto estado de salud en América del Sur.

Hubo un largo silencio. La lluvia seguía tamborileando en la ventana. El general Canning dijo:

—Como sabemos, esa extraña situación es perfectamente posible. No necesito indicar que eso explicaría también muchas desconcertantes características del asunto Bormann a lo largo de los años.

Se acercó al mostrador y se sirvió otra copa.

—Y ahora, ¿qué? —le pregunté.

—¡Dios sabe! Me siento viejo de pronto. Consumido. Creí estar cerca esta vez. Pensé que todo habría terminado finalmente, pero ahora…

Se volvió hacia mí, con una expresión sorprendentemente furiosa en su rostro:

—Nunca me casé. ¿Lo sabía? Nunca pude, ya ve. ¡Oh!, hubo mujeres, pero nunca pude olvidarla realmente. ¡Extraño! —suspiró—. Creo que me iré a Maryland por una temporada, a descansar junto al fuego.

—¿Y Strasser… o Bormann?

—Pueden irse al infierno los dos.

—Se podría escribir un magnífico relato —dije.

Se volvió hacia mí, de nuevo con aquella furiosa expresión en su rostro.

—Cuando yo haya muerto, no antes. ¿Entiende?

Era una orden, no una petición, y la traté como tal.

—A sus órdenes, general.

No había oído llegar el coche, pero sonaron unas rápidas pisadas en el vestíbulo, y entró Rafael.

—Me han mandado del aeropuerto para que venga a recogerlo en el taxi, señor Smith. Su piloto dice que sería posible despegar ahora, pero sólo si se da prisa.

—Enseguida voy. —Canning vació su copa y la dejó en el mostrador—. ¿Quiere que le lleve?

—No, gracias —respondí—. Tengo que ir a varios sitios.

Asintió con un gesto.

—Ha sido un placer conocerle, O’Hagan. Me ha ayudado a pasar una noche solitaria en este perdido rincón.

—Debería usted haber sido escritor, general.

—Debería haber sido muchas cosas, hijo.

Caminó hasta la puerta, se detuvo y se volvió.

—Recuerde lo que le he dicho. Cuando haya muerto, puede hacer lo que se le antoje con ello, pero hasta entonces…

Sus pasos retumbaron en la tarima del vestíbulo. Un momento después, sonó un portazo y el taxi se alejó, cruzando la plaza.

 

No le volví a ver más. Como todo el mundo sabe, murió tres días después, al despegar de Ciudad de México, cuando su avión estalló en el aire. Algunos periódicos hablaron de sabotaje, pero los inspectores aeronáuticos examinaron los restos y desecharon esa versión.

Lo enterraron en Arlington, naturalmente, con todos los honores, como correspondía a uno de los más grandes hijos del país. Todos estaban allí. El propio presidente, todos los que eran alguien en el Pentágono. Hasta los chinos enviaron un general.

Yo estaba todavía en América del Sur cuando sucedió, y me costó mucho coordinar los vuelos para llegar, así que casi me lo perdí, y, cuando llegué a Arlington, ya se habían marchado las grandes figuras.

Había uno o dos jardineros, nadie más, y la tumba y sus inmediaciones estaban cubiertas de flores y coronas de todas clases.

Empezaba a llover, y me acerqué, levantándome el cuello de la trinchera, para examinar el epitafio que figuraba en la lápida provisional.

—Bueno, amigo, todos lo han recordado —dije en voz baja—. Supongo que eso vale mucho.

Empecé a volverme y, en ese instante, divisé algo que yacía junto a la base de la lápida, y se me heló la sangre en las venas.

Era una solitaria rosa escarlata. Lo que algunos llamarían una rosa de invierno. Cuando la cogí, vi que la tarjeta decía, simplemente: Como le prometí.

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