Poesías

Arthur Rimbaud · Capítulo 12 de 95

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Poesías

El baile de los ahorcados

III

Y el Poeta nos cuenta que, en la noche estrellada, regresas a coger flores que un día cortaste.

Y que ha visto en el agua, reclinada en sus velos, a la cándida Ofelia flotar como un gran lirio.

EL BAILE DE LOS AHORCADOS

En la horca negra, gentil manca,

danzan, danzan los paladines,

los secos paladines del diablo,

los esqueletos de Saladino[12].

Monseñor Belcebú tiene por la corbata

a sus negros muñecos, braceando por el cielo,

y al darles en la frente un fuerte puntapié

les obliga a bailar al son de un villancico.

Los chocados fantoches mezclan sus brazos, flacos como tubos de órgano; los pechos descarnados, que encerraron en tiempos a bellas damiselas,

se rozan y entretejen con espantoso amor.

¡Hurra, alegres danzantes, que perdisteis la panza! ¡Vamos con las cabriolas, pues es ancho el tablado, que no llegue a saberse si es danza o es batalla! Rabioso, Belcebú desafina al violín.

 

¡Oh duros calcañares, no precisáis sandalias,

y ya casi a ninguno le reviste una piel!

Lo que queda no asusta y se ve sin reparos,

la nieve, sobre el cráneo, pone un blanco tocado.

El cuervo es el penacho de estas huecas cabezas, pende un jirón de carne de la estricta barbilla.

Girando por las sombras mezcladas, pensaríamos en guerreros que topan arreos de cartón.

¡Hurra! Que silba el cierzo en el vals de los huesos. Muge el viejo cadalso como órgano de fierro

y responden los lobos desde bosques violáceos y, en la distancia, el cielo muestra un rojo infernal.

¡Zarandéame a tantos fúnebres capitanes

que, taimados, desgranan, con grandes dedos rotos, un rosario de amor con sus pálidas vértebras!

¡Difuntos! ¡Que no estamos aquí en un monasterio!

Y, de pronto, en el centro de la danza macabra

brinca en el cielo cárdeno, loco, un gran esqueleto. Llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita, y al notar en el cuello la cuerda, tensa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje, con gritos que recuerdan a horrendas carcajadas y, como saltimbanqui entrando a su barraca,

vuelve a iniciar el baile al son de la osamenta.

En la horca negra, gentil manca,

danzan, danzan los paladines,

los secos paladines del diablo,

los esqueletos de Saladino.