Poesías
Sol y carne
I
El sol, ese reducto de vida y de ternura,
vierte su amor ardiente sobre la tierra en éxtasis, y cuando nos tumbamos en el valle, notamos
que la tierra es doncella y rebosa de sangre;
que su inmenso regazo, alzado por un alma
es de amor como Dios y de carne, cual hembra, y que entraña, preñado de rayos y de savia,
el pulular inmenso de todos los embriones.
Todo crece y asciende.
¡Oh Venus, oh mi diosa!
Yo tengo la nostalgia de la antigua niñez,
de sátiros lascivos y de salvajes faunos.
Dioses que, por amor, mordían los ramajes,
besando a la dorada Ninfa de los nenúfares.
Añoro aquellos tiempos en que la savia cósmica, las linfas de los ríos, el jugo de los árboles,
en las venas de Pan componían un mundo
palpitante, debajo de la hendida pezuña,
y, acercando muy suave la siringa, sus labios
modulaban el himno del amor bajo el cielo.
Cuando, de pie en el llano, oía en torno suyo
la respuesta a su grito que da Naturaleza.
Cuando el árbol callado, que acuna el son del ave y la tierra que arrulla al hombre y al océano
y todas las criaturas, en Dios, querían, querían…
Añoro aquellos días de Cibeles, la grande,
que, enormemente bella, se decía que cruzaba
en su carro de bronce las ciudades espléndidas. Vertía su doble seno en las inmensidades,
el puro deslizarse de la vida infinita, y el Hombre se cogía de su pecho bendito
como un niño muy chico jugando en su regazo. —Y el Hombre, por ser fuerte, era casto y afable.
¡Oh miseria! Ahora dice: «yo conozco las cosas», y va, ciegos los ojos y sordos los oídos.
¡No hay dioses, ya no hay dioses, el Hombre es Rey y Dios! Sin embargo, el Amor es la única fe.
Gran madre de los hombres y los dioses, ¡Cibeles!
Si no hubiera olvidado a la Astarté [1] inmortal que antaño, al emerger de la gran claridad
de la mar, flor de carne que la ola perfuma,
mostró su ombligo rosa, donde nevó la espuma e hizo cantar, Señora de ojos negros triunfales, al ruiseñor del bosque y al amor en los pechos.