Poesías

Arthur Rimbaud · Capítulo 35 de 95

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Poesías

Los sentados

Negros de pupas, héticos, con verdosas ojeras

y con garras hinchadas engarfiadas al fémur,

chapado el occipucio de irritaciones vagas

como esa eflorescencia de los muros con lepra,

han logrado injertar, en convulsos amores,

su irreal osamenta al tiznado esqueleto

de las sillas; sus pies a tan flacos barrotes

se entrelazan durante las noches y los días.

Carcamales eternos al asiento trenzados,

notan cómo los soles adelgazan su piel,

o, pegados al vidrio, mientras se funde el hielo, tiemblan con el grotesco sobresalto del sapo.

Y acaban sus Asientos amándolos; la anea,

con un tinte marrón cede ante sus riñones;

y, tejido, el espíritu de los soles de antaño,

aún boquea en las espigas que tuvieron el grano.

Y así, verdes pianistas, las corvas en los dientes y los dedos marcando bajo el tablero el ritmo,

se escuchan chapoteando dolientes barcarolas

y se mecen sus cholas al run — run del amor.

No hagáis que se levanten. Sería como un naufragio. Se alzarían, bufando como gato escaldado.

Lentamente enarcadas sus espaldas ¡oh rabia!

se inflan sus pantalones sobre las gordas nalgas.

Y entonces los oís golpear sus mondos cráneos en los plúteos sombríos, coceando patizambos. Sus botones parecen pupilas furibundas

que os clavan su mirada desde los corredores.

Poseen una mano invisible que mata;

al regreso, sus ojos destilan el veneno

que inyecta el ojo fiero de una perra apaleada

y termináis sudando con un nudo fatal.

En la silla de nuevo y con crispados puños piensan en cuantos llegan y les roban la paz

y, de aurora a crepúsculo, sus racimos de amígdalas bajo un mentón exiguo tiemblan a reventar.

Cuando el austero sueño abate sus viseras,

sobre los brazos sueñan en asientos que paren,

en amorcillos que alguien en las sillas tallara

para las que se estofan soberbios escritorios.

Flores de tinta en pólenes de comas escupidas

les mecen, a lo largo de acurrucados cálices,

igual que a los gladiolos un vuelo de libélulas,

y afiladas espigas acalambran su miembro.