Poesías
Primera velada
Estaba casi desnuda.
Los árboles, indiscretos,
a la ventana pegaban
perversamente sus hojas.
Sobre mi sillón sentada,
sin ropa, junto sus manos.
Sus pies, sobre el pavimento,
se estremecían de placer.
Pálido y color de cera
vi, de pronto, a un rayo pícaro
revolar por su sonrisa
—mosca en flor — y por su seno.
— Besé sus finos tobillos
y estalló en risa carnal
que se resolvía en trinos
¡bella risa de cristal!
Bajo el camisón, los pies,
«¡basta, basta!» — se escondían.
Fingió castigar su risa
mi primer atrevimiento.
—La besé suave en los ojos,
trémulos, bajo mis labios.
Se vencía su cabecita
y dijo: «¡Oh, mejor aún!,
¡Un momento, caballero…!».
—El resto lo supo el seno,
en un beso que le hizo
reír con todas sus ganas.
—Estaba casi desnuda.
Los árboles, indiscretos,
a la ventana pegaban
perversamente sus hojas.