Poesías

Arthur Rimbaud · Capítulo 18 de 95

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Poesías

Primera velada

Estaba casi desnuda.

Los árboles, indiscretos,

a la ventana pegaban

perversamente sus hojas.

Sobre mi sillón sentada,

sin ropa, junto sus manos.

Sus pies, sobre el pavimento,

se estremecían de placer.

Pálido y color de cera

vi, de pronto, a un rayo pícaro

revolar por su sonrisa

—mosca en flor — y por su seno.

— Besé sus finos tobillos

y estalló en risa carnal

que se resolvía en trinos

¡bella risa de cristal!

Bajo el camisón, los pies,

«¡basta, basta!» — se escondían.

Fingió castigar su risa

mi primer atrevimiento.

—La besé suave en los ojos,

trémulos, bajo mis labios.

Se vencía su cabecita

y dijo: «¡Oh, mejor aún!,

¡Un momento, caballero…!».

—El resto lo supo el seno,

en un beso que le hizo

reír con todas sus ganas.

—Estaba casi desnuda.

Los árboles, indiscretos,

a la ventana pegaban

perversamente sus hojas.