Poesías
Capítulo IV
Di no las pampas en flor
negras de atroces rebeliones
sino el tabaco y algodón
de sus exóticas cosechas.
Frente que Febo curtió, di
cuántos dólares se embolsa
Pedro Velázquez, en La Habana,
y olvida la mar de Sorrento
donde miles de cisnes nadan;
que tus estrofas sean reclamo
en las talas de los manglares
que hurgan hidras y machetes.
Sume en bosques de sangre tu verso
y ofrece después a los Hombres
nuevos temas de azúcar blanco
con resinas y expectorantes.
Dinos si esos rubios destellos
en Picos nevados del trópico
son desove de los insectos,
o son musgos microscópicos.
Queremos que halles, Cazador,
ciertas perfumadas granzas
que Natura, en pantalones,
para nuestras Armas, forme.
Busca en el fin del Bosque en sueños
flores con boca de dragón
que chorrean pomada de oro
sobre el pelaje de los Búfalos.
Sobre los prados donde tiembla
la plata de las pubescencias
busca copas con Huevos ígneos
que cuecen entre mil aromas.
Busca cardos algodonosos
en que asnos con ojos de brasa
trabajan hilando los nudos,
descubre flores que sillas sean.
Busca en el centro de las vetas
esas flores que son de piedra,
que junto a sus duros ovarios
tienen amígdalas de gemas.
Sírvenos, tú que puedes, Bufón,
en soberbias fuentes de plata
guisos de almibarados lises
que muerden cucharas de alpaca.