Redhouse
Capitulo 9
Aptonhouse. Abril 1805
LORD Peter Horton, y su compañero Colin, rodearon la mansión en apenas unos minutos, y volvieron a reunirse con el resto del grupo,
—Hay dos hombres en la planta baja.— dijo Colin.— ni rastro de las mujeres. Ackinson viene conmigo por la puerta de servicio. Peter y Colin por la puerta principal. Vosotros dos os quedáis aquí vigilando a este.—
dijo Edmund y señaló al hombre maniatado.
Yo te acompaño.— dijo Lord Orgins.— Y no sólo porque sea el magistrado. . Entonces ve con Peter.
Todos comprobaron que sus pistolas estaban cargadas, y después emprendieron a la carrera el camino hacia la casa. Cuando entraron por la puerta de servicio, se toparon con una mujer que llevaba una bandeja con una jarra de agua, Ackinson apuntó directamente a la nariz de la mujer mientras se llevaba un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio.
La bandeja empezó a temblar en sus manos, Ackinson se la quitó para ponerla encima de la gran mesa de la cocina. La mujer estaba aterrorizada.
—Soy el vizconde de Cortwind. ¿Dónde está mi esposa?— preguntó en un susurro. . En la primera planta, milord, la segunda puerta a la derecha.
Tengan cuidado, se ha vuelto loco. Edmund y Ackinson subieron por las escaleras de servicio, fueron directamente hacia la habitación que les había indicado la mujer, durante unos pocos segundos estuvieron escuchando, no se oía ningún ruido, Edmund abrió despacio la puerta y con el arma preparada fue recorriendo la habitación. Entonces vio la cama abierta y manchada de sangre, el corazón se le paro, entro de golpe.
¿Rose?
—¿Edmund?
Vio a su mujer sentada frente a la ventana, se levantó y corrió hacia él.
El la abrazo fuertemente, hasta que recordó la sangre, la separó para mirarla a la cara. . ¿Estás bien?, ¿Te ha tocado de alguna manera?
Ackinson que también había visto la sangre, salió de la habitación, estaba furioso, y no entendía como el vizconde podía ser capaz de mantener la calma.
.Estoy bien. Pensaba que no vendrías…— dijo ella llorando aferrándose a él. Durante el tiempo que no había estado dormida, había perdido la esperanza no solo de ser rescatada, sino de volver a ver al hombre que amaba. Antes de que los hombres de Mortimer la secuestraran, ella ya sospechaba que su marido la había devuelto a Oxford para retomar su relación con Elizabeth, y cuando Mortimer se lo confirmo, estaba como entumecida por todo lo que había pasado. Al ver entrar a su marido por la puerta de la habitación, fue como si se abriera una compuerta, y sus sentimientos se desbordaron.
Se abrazó a su cintura con todas sus fuerzas, el suspiró de alivio y le beso el pelo, mientras la acariciaba la espalda. Cuando Rose parecía haberse calmado, él la separo a la distancia de un brazo.
¿Te ha hecho daño de alguna manera?— al hacer la pregunta él no pudo evitar que sus ojos se dirigieran a la cama. A la mancha de sangre..No, no, estoy bien. ¿Podemos irnos a casa por favor?
Edmund le entregó una pistola.
—Cierra la puerta, y no abras a nadie. ¿De acuerdo?
—Me voy contigo.
Edmund le dio un beso ligero sobre los labios, y recorrió con Ackinson la primera planta, fueron entrando en todas las habitaciones, y mientras uno permanecía de guardia en el pasillo, el otro entraba recorriendo la estancia y los vestidores. Cuando llegaron a la última del pasillo, el olor a putrefacción les indico que algo no estaba bien. Abrieron la puerta de golpe, y entraron apuntando con el arma. Lo que vieron les dejo unas milésimas de segundo suspendidos en el horror.
Sobre la cama estaban dos cadáveres, por la sangre que había por toda la habitación, no tardaron en descubrir que habían sido arrastrados hasta la
cama después de ser degollados. El olor les revolvió el estómago, ambos salieron de la habitación rápidamente y se permitieron respirar a grandes bocanadas una vez que cerraron la puerta. Oyeron un disparo.
Edmund bajo a la primera planta corriendo después de indicar a Ackinson con un gesto que se quedara vigilando el corredor. Este le siguió de todos modos hasta las escaleras, desde donde podía ver el cuarto donde estaba la vizcondesa, y el olor a muerte parecía menos intenso. Aunque como todos los que han tratado con la muerte, sabían que el olor les acompañaría durante un tiempo.
Cuando Edmund llegó al estudio, vio a Peter recargando su arma, mientras Mortimer intentaba ponerse en pie al mismo tiempo que con una mano trataba de contener la sangre que manaba abundantemente por su pecho. Su esbirro estaba con las manos en la cabeza mientras Lord Orgins le apuntaba con su arma a poca distancia. Colin mantenía sus pistolas apuntando a uno y otro.
Cuando Lord Mortimer vio llegar al vizconde, en su cara se dibujó una mueca de rabia, sus ojos brillaron con odio, buscó el arma que segundos antes había tenido en la mano, pero Peter le dio un puntapié mandándola lejos de su alcance.
Hay dos muertos arriba.— dijo Peter, especialmente a Lord Orgins.
—¿Lady Rose?— preguntó Colin.
Un nervio de la mandíbula de Edmund se tensó, su vista estaba fija en el hombre que se estaba desangrando.. No lo sé. Alguien debería ir a por un médico.
Colin se guardó las pistolas en su abrigo, y aceptó la misión en silencio.
. ¿Qué diablos pretendías hacer?— le preguntó Lord Orgins a Mortimer.
Llevarme a Rose. Nosotros nos amamos.— sonrió al ver el efecto que sus palabras provocaron en Edmund, rabia y dolor, quizás vergüenza.—
Ella prometió esperarme, pero no pude venir antes por ella. No podíamos estar juntos hasta que yo no arreglara la situación.
¿Matando a su esposa, tratando de matar a Lord Cortwind?— pregunto Peter. . Si piensa que mi esposa.— Edmund remarcó la palabra.— podría vivir con un asesino es que no la conoce en absoluto.. Por supuesto que podría. No tendría otra opción.
—¿Es ese el tipo de amor que le ofrece?
Al menos yo la amo. No como usted, que prefiere a una zorra pervertida en lugar de a Rose.— empezó a sentirse mareado, y el sudor empezó a cubrirle un rostro, respiró a grandes bocanadas como si necesitara grandes cantidades de aire, y después entrecerró los ojos para mirar a Edmund a través de ellos, como rendijas de maldad. He tenido a su mujer.— Peter con la rapidez de un rayo le quitó la pistola a Edmund mientras apuntaba al herido con intención de matar, Mortimer pareció divertirse por la reacción y decidió continuar.— Puedo entender que usted decidiera conservarla, es una auténtica zorra, me hizo cosas que ni las mejores prostitutas saben hacer, y yo le hice otras que nunca antes me había atrevido a hacerle a una mujer.
Edmund recordó la sangre, pero ni Peter ni Orgins llegaron a tiempo para impedir que cogiera a Mortimer de la pechera, se manchó las manos de sangre, pero no le importó. Enfrentó la mirada febril de Mortimer mientras este trataba de ocultar el dolor de su herida tras una sonrisa de satisfacción. Lo zarandeó dos veces antes de dejarlo caer al suelo.
Cuando vuelva con su mujercita…— empezó a toser y a respirar con dificultad, de repente perdió la consciencia. Edmund salió al exterior, no podía respirar. Su amor seguía estando allí, pero sentía tanto dolor e impotencia. Ni por un segundo pensó que Rose hubiera consentido una relación con su antiguo enamorado, ni aun cuando le siguiera amando. Pero la sangre le hablaba de violación salvaje. No quería pensar en eso, o tendría que matarlo, y prefería con mucho verlo colgando de una cuerda. Matarlo era demasiado fácil.
Peter y Orgins maniataron al esbirro de Mortimer, y mientras Peter con las pistolas cargadas y apuntando, vigilaba a los dos hombres sentado en una silla junto a la puerta, Lord Orgins subió al primer piso.
—¿Dónde están los cadáveres?— preguntó a Ackinson, este le acompaño, esta vez se colocó un pañuelo sobre la nariz y la boca antes de entrar, lo mismo hizo Lord Orgins. Después de examinarlos durante unos minutos, volvió a bajar al estudio.
El vizconde de Shottery y el Barón Apton. Peter entendió que esas eran las identidades de los dos cadáveres. Edmund le escucho cuando pasaba por la puerta en dirección a la habitación de su mujer. Cuando se hubo calmado lo suficiente comprendió que ella era una víctima, y él debería
estar con ella. Era culpa suya no haber sabido protegerla. No pudo relegar del todo la sensación de que quizás ella no se resistiera demasiado, al fin y al cabo, él había sido su primer amor, quizás el único.
La sangre que se extendía por el camisón de Rose desde su vientre a sus rodillas, hablaban de un gran violencia, casi deseo que ella hubiera consentido sus relaciones con Mortimer, en aquel momento comprendió que la hubiera perdonado si así hubiera sido. Con el amor de su esposa o sin él, había descubierto que él no sobreviviría sin Rose en su vida.
En cuanto Rose abrió la puerta la abrazó tan fuerte que ella sintió que se le podrían fracturar las costillas, pero no la importo. El soltó el abrazo y la llevo abajo, a una de las salas. Los primeros colores del amanecer se asomaban en el horizonte, él la ayudo a quitarse el abrigo, y descubrió la sangre en el camisón. Una mancha de sangre que se extendía por encima de su entrepierna y llegaba casi hasta sus rodillas. El la miró horrorizado.
Estoy bien, esto es…
—Quédate aquí tranquila.— su rostro estaba contraído.— Debe ser el doctor. Todo saldrá bien. Las lágrimas alcanzaron el filo de sus pestañas, tragó aire y consiguió esconderlas cuando salió al encuentro de Colin, y de un hombre enorme, que debía ser el doctor. Rose había salido tras él y pudo ver a través de la puerta abierta del estudio, a Lord Mortimer inconsciente a causa de la herida de bala que tenía en el pecho.
El médico vio las manchas de sangre de la mujer, y al hombre herido, no le costó sacar sus propias conclusiones.
—La examinaré a usted primero.— dijo el doctor mirando con desprecio al hombre herido.
—No, no, estoy bien. Atienda a Lord Mortimer.
Hubo un momento de desconcierto. Edmund apretó los dientes con tanta fuerza que podría haberlos hecho trizas. Todos entraron al estudio, incluida Rose. El médico y Lord Orgins se saludaron, rápidamente el médico se puso a trabajar en Lord Mortimer. Peter miro al gigante y antes de que este pudiera verlo a él salió de la habitación, en la cocina encontró a tres mujeres llorando en silencio.
El médico ha venido, quizás necesite su ayuda. Hiervan agua y busquen sábanas viejas para hacer vendas.
La señora Doher se fue directa al estudio. Se colocó junto al doctor y en silencio empezó a ayudarle. Cuando el médico empezó a tocar los bordes de la herida, Lord Mortimer recuperó el conocimiento a causa del dolor. Su mirada vagó por los presentes hasta llegar a Rose.
Rose. Todo lo hice por ti.— murmuro.— Te amo. Edmund puso su brazo por encima de los hombros de su esposa. Ni siquiera él estaba seguro si pretendía protegerla, consolarla o de alguna forma estaba reclamando su propiedad frente a Mortimer.
Ella es demasiado buena para ti. — dijo. El doctor vertió un liquido sobre la herida que hizo que Lord Mortimer se arqueara. Rose se estremeció bajo el abrazo de su marido.— Tú tienes a mi mujer.— le dijo a Edmund con rabia.— Pero yo he tenido a la tuya.
Cállate.— dijo el médico en un tono desagradable.— ¿Has sido tú quien ha herido a la mujer?
—Por supuesto que no.— las palabras le salieron a borbotones confundidas con el dolor y la indignación.— No la he tocado.. No es eso lo que ha dicho antes.— dijo el esbirro que parecía convencido de que estando presente el magistrado no le asesinarían a sangre fría, o quizás porque había recuperado el valor.— Ha dicho que es peor que una puta.
Rose se llevó las manos a la cara, se sintió terriblemente mortificada.
Se acurrucó contra el costado de Edmund, ella notó dureza en el cuerpo y en el abrazo de su marido. Imaginó que estaba indignado como ella de que alguien pudiera cuestionar su honorabilidad. Pero lo cierto es que dadas las circunstancias, no parecía tener muchos argumentos a su favor.
No me refería a ella, imbécil, hablaba de la mujer del vizconde, su puta, la condesa de Ocam. La mujer de la que está enamorado.— miró al vizconde con toda su rabia.— la hice mía mientras ella me hablaba de usted
— estalló Mortimer respirando con dificultad.
Esa mujer no es nada mío.— dijo Edmund abrazando a Rose tenso como una cuerda de guitarra.. Estuve leyendo sus cartas y nos reímos de su cursilería mientras me daba placer con su…— se calló advirtiendo la presencia de Rose, y cambió de actitud, sus palabras sonaron más dulces.—
Si me hubieras esperado, yo te habría entregado el mundo, él no merece ni siquiera tu respeto.— su voz se iba debilitando.— si él te hubiera amado yo
hubiera podido resignarme. Fue lo último que dijo antes de caer en la inconsciencia.
Se hizo el silencio, mientras el médico y la señora Doher acabaron de lavar la herida de Lord Mortimer, y vendársela, entonces el médico dio un paso en dirección a Rose. . Ella no está herida.— dijo la Señora Doher.—
La embadurné con sangre para que pareciera que estaba teniendo un aborto y que mandaran a buscarle. El médico miro a la mujer y asintió satisfecho. .
De todos modos me gustaría que la examinara.— dijo Edmund.
Cuando el médico y la señora Doher se llevaron a Rose a la habitación, todos quedaron en el estudio, custodiando al herido y al esbirro. Todos parecían querer decir algo pero el ambiente resultó poco propicio para las frivolidades, y demasiado incómodo para las confidencias, ya habían oído bastante de ellas esa noche.
Edmund sintió como desaparecía toda la carga que había estado llevando desde que se enteró de la desaparición de su esposa, pensó que podría volar como uno de aquellos globos de helio que se exhibían en Londres. No dedicó ni dos segundos en pensar en Elizabeth y si era cierto o no lo que dijo Mortimer, a él sólo le importaba Rose. Se dio cuenta de lo injusto que estaba siendo, incluso cuando había imaginado a Rose forzada por ese canalla, sentía los celos y la duda de si ella se hubiera resistido solo por sus principios, y no porque no deseara a su primer amor. A pesar de saber que estaba bien, y tener la certeza de que Mortimer no la había tocado, no le liberaban de los celos, ¿amaría a Mortimer? Trató de convencerse de que no, pero la duda persistía dejándole una extraña sensación de derrota.
Cuando bajó el doctor de examinar a su esposa, le miró directamente a la cara.. Está perfectamente. La señora Doher le está ayudando a asearse.—
le miró fijamente a los ojos.— Si le sirve de algo, tengo la certeza de que no la ha tocado. La señora Doher me ha contado que llegó inconsciente.
Después se le ocurrió la idea de ensangrentarla para simular un aborto.
Edmund utilizó el carruaje de Lord Mortimer para llevarse a Rose a casa, les acompañó Ackinson que hizo de cochero hasta el pueblo, donde contrataron a un hombre para que realizara el resto del viaje. Después él regreso a la mansión para ayudar al magistrado en la investigación. Aunque no había misterios que resolver, si había que prestar declaraciones, y en el
caso de que Mortimer sobreviviera a la herida ir a juicio. Todos se habían puesto de acuerdo en que era mejor evitar que apareciera el nombre de la vizcondesa.
Una vez que salieron del pueblo, Edmund se sentó junto a Rose y la abrazó contra su cuerpo, apoyando la barbilla sobre su cabeza. Aunque sólo fuera en su pensamiento, las dudas le estaban convirtiendo en alguien mezquino.
Sabía que tendría que enfrentar los sentimientos de Rose, él tenía pruebas de la honorabilidad de su esposa, y sabía que esta no le habría permitido mantener relaciones con Mortimer aunque le amase. ¿Era eso lo que ella sentía, amor por su antiguo pretendiente? Cuando el médico quiso reconocerla, pidió que trataran a Mortimer primero, y no vio en sus ojos el odio que debería sentir una mujer arrancada de su casa, detecto cierta ternura en ella hacia su secuestrador, ¿Qué sentía Rose por aquel hombre?
El no deseaba saberlo, pero sabía que hasta que aquella cuestión no estuviera resuelta, no podría recuperar la paz.
Por suerte para ambos, Rose cayó en una especie de letargo del que apenas se despertaba. Cuando se detuvieron a pasar la noche en la posada, ella estaba bastante despejada.
Lamento mucho lo que ha pasado.— le dijo ella.
—Tú no tienes ninguna culpa. . Lo sé, pero no puedo evitar pensar que quizás podría haber hecho algo para evitarlo.
Durmieron abrazados, y aunque Rose hubiera deseado que Edmund le hubiera hecho el amor, él no parecía desearlo, a pesar del calor y el consuelo que le daba el cuerpo de su marido, prevalecía la sensación de soledad, y la distancia entre ellos parecía insuperable. Ni siquiera se atrevió a tomar la iniciativa, la idea de que pudiera rechazarla era algo que no podría soportar.
Cuando Rose comprendió que se dirigían directamente a Londres, sus miedos mordieron su corazón, dejándolo desgarrado y en carne viva. Lo único que podía haber en Londres era Elizabeth, la tristeza se apretó en torno a ella como un corsé demasiado apretado. Cuando llegaron a la mansión del conde de Carrick, agradeció que su padre se encontrara allí, se fundieron en un abrazo, y Rose dejo escapar el manantial de lágrimas que había estado conteniendo durante todo el tiempo.
Aquella noche Edmund no durmió con ella. Fue a verla y después de darle un beso tan liviano que apenas alcanzo la carne de los labios, se marchó. Edmund deseaba a su mujer como nunca antes había deseado nada en el mundo. Si hubiera sido sólo deseo físico hubiera cedido a la tentación de amarla con su cuerpo, de satisfacer, al menos, su deseo en parte.
Pero la idea de perderla le había llevado hasta la locura, y el demonio de los celos le mantenía en ella. La imagen de Rose con Mortimer rumbo a Jamaica, lejos de él y resignada a ese destino, de la misma manera que había terminado por resignarse a él, le hacía temblar de rabia.
Sabía que era injusto, él había consentido en aquel matrimonio de conveniencia, era él quien se había comportado de un modo detestable, quien había estado a punto de ignorar el tesoro que había ganado al casarse con Rose, y ahora, se sentía herido y traicionado por las acciones de un hombre que amaba a su esposa, ella era inocente de toda culpa, pero no conseguía enjaular al demonio de los celos.
Se dirigió al club donde esperaba encontrar la distracción suficiente para dejar de lado aquella ansiedad que le estaba volviendo loco. Encontró amigos y conocidos, bebió con ellos, y jugo a las cartas hasta que la noche empezó a clarear. Entonces volvió a casa.
Su ayuda de cámara lo despertó cuando apenas había dormido tres horas. Se sobresaltó pensado que algo podía haberle pasado a Rose..
¿Rose?
—Esta abajo con el conde, su padre y Lord Sterling, todos están esperándole.
Estaban en la mesa del desayuno, vio que no estaban presentes los criados, así que se sirvió el mismo. Ignoró el reproche que encontró en los ojos de su padre y de Redclive así como evitó la mirada de Rose. Se sentía demasiado en carne viva, los sentimientos a flor de piel, no deseaba que nadie supiese que su esposa lo había convertido en un hombre aterrado y vulnerable.
Tenemos buenas noticias.— dijo Sterling.— Virgil se encuentra a salvo.
Por la reacción de su esposa y de su suegro, supo que ellos ya conocían la noticia, simplemente le estaban poniendo al día, aquello también le molesto, de repente le pareció que él, y toda su vida, habían pasado a un segundo plano en el que no se sentía cómodo en absoluto.
Supongo que ahora tendrá que trabajar para ambos, dijo Sterling a Rose refiriéndose al conde y a él mismo.— Por su padre he tenido conocimiento de que es capaz de descubrir las claves de un código con cierta facilidad.
Sin duda, mi padre exagera.— dijo modesta, se sentía incómoda por la actitud de Edmund, y hubiera preferido que él no estuviera presente.. Me he tomado la libertad de traerle algunos mensajes interceptados al enemigo, quizás podría dedicarles algo de tiempo, si se encuentra recuperada de su aventura, por supuesto.
Lo haré encantada. Me vendrá bien tener alguna distracción.— El reproche, apenas insinuado, llego a Edmund con total precisión.
La conversación duró lo que el desayuno, acabado este Sterling se despidió, y Rose con la carpeta que le había entregado este se dirigió a su habitación.
—Me siento terriblemente decepcionado contigo.— dijo el marqués a su hijo.— Supongo que has pasado la noche con “esa mujer”. Edmund miró a los dos hombres, su expresión era distante y aunque le hubiera gustado haber parecido indiferente, no pudo ocultar la rabia y el disgusto.
Se marchó sin decir nada, apenas una leve inclinación de cabeza dirigida a nadie en particular.
La relación entre Edmund y Rose había recuperado cierta normalidad.
Habían vuelto a compartir la cama por las noches, pero la intimidad entre ellos estaba plagada de sombras, cada caricia compartida parecía suave como un pétalo de rosa, pero a veces se encontraban sus espinas, cuando algún pensamiento inoportuno les alcanzaba.
Sin saberlo ambos compartían el mismo veneno. Ambos imaginaban que otras personas compartían aquella intimidad. A veces eran capaces de olvidar a los intrusos invisibles y sus cuerpos se decían lo que callaban sus palabras. Otras sin embargo, las caricias se convertían en algo ajeno a ambos.
El dolor y el placer se entrelazaban con sus cuerpos, dejando un vacio extraño entre ellos. Fue Rose la que decidió enfrentarse a la situación, acababan de hacer el amor, ambos habían alcanzado el placer, pero ninguno de ellos parecía realmente satisfecho. Edmund se disponía a marcharse a su propia habitación con la sensación de haber amado sin ser amado.
No puedo soportarlo más.— dijo ella sentándose en la cama.— Si tan duro te resulta no es necesario que vuelvas, estoy embarazada por si no lo recuerdas, ya has cumplido con creces tu obligación.
—¿Es eso lo que quieres?
No quiero sentirme sucia pensando que estas pensado en ella. Eso me hace daño. Edmund la miró desconcertado. Ella malinterpretó su silencio. .
Si el niño es un varón, consideraré cumplida mi parte del acuerdo.
Aunque no lo creas no he vuelto a ver a Elizabeth desde que nos casamos.— ella arqueó una ceja incrédula.— No de manera íntima. Y
tampoco lo deseo. . Entiendo que sufres por ella, pero eso me hace daño.
El se sentó en la cama, mirándola de frente, pudo ver la humedad de sus ojos. Frunció el ceño parecía estar reflexionando sobre lo que veía.. ¿Y tú?
—¿Yo qué?
Supongo que crees entender como me siento, porque seguramente aún sientes algo por Mortimer.. Sólo siento lastima por él, algo de rabia también. Nada más. ¿Y tú?
—Yo le odio bastante. Espero que sobreviva para que pueda ser ahorcado. . Por ella, ¿qué sientes por ella?
—Solo rabia. Me siento estafado. Eso es todo.
Permanecieron un rato mirándose, tratando de adivinar que ocultaban tras las palabras.
—Te amo Rose.— dijo él, al fin como si se estuviera rindiendo.— Se que he dicho y hecho cosas que no te permiten corresponderme, y eso me está matando.. ¿Me amas?— él simplemente asintió cogiéndole la mano y enlazando sus dedos con los de ella.— Por Dios santo, Edmund, estoy loca por ti. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
No pensé que me correspondieras. He llegado a conocerte, se que eres una mujer con principios, algo realmente extraordinario, y…Ella le besó aferrándose a su cuello. Moldeó sus labios mientras le repetía, en un susurro, “te amo, te amo”. El sintió un estremecimiento recorriéndole la espina dorsal hasta la nuca, el vello se le erizó, y le hormigueó todo el cuerpo.
Se tumbó sobre ella, a pesar de tener la ropa de cama interponiéndose entre sus cuerpos, a los dos le pareció que aquel momento era bastante más íntimo que el que apenas acababan de compartir. El se apoyo en los codos
para poder mirarla, reconoció el amor en su mirada, y no tuvo dudas de que ella podía sentir el suyo. El amor les envolvía con un halo de la luz inexistente. La luz de un fuego que ardía en sus corazones recorriéndoles cada poro de su piel y de su alma. Completándolos. Cuando se cansaron de mirarse, Edmund la recorrió el rostro con sus labios, saboreando su piel, sus nudillos recorrían su cuello en una caricia que despertaba su piel, erizándola.
Los labios de Edmund encontraron su boca, y el saboreo por dentro y por fuera, bebiéndola, mordiéndola, respirándola. La ternura empezó a calentar la sangre de un modo nuevo, distinto, llenando sus venas de fuego que les hizo olvidarse de todo. El pasado murió en aquel mismo instante, y como si aquella comprensión fuera una revelación, el aparto la ropa que los separaba, y rápidamente sus manos empezaron a recorrerla no para descubrirla, sino descubrirse. Rodaron piel con piel, mientras ambos se recorrían con las manos y la boca. Cuando su mano encontró el centro de su placer, ella ya estaba a punto de estallar. Lo hizo apenas el movió su mano, y lo hizo de nuevo cuando la penetro.
Apenas tuvo tiempo de recuperarse, y la espiral de sensaciones recorrían su estomago hacia aquel lugar conocido y añorado. El no dejaba de mirarla mientras contenía sus ganas de dejarse ir, apretando los dientes, cuando las sensaciones la llevaron a moverse deprisa bajo el cuerpo de su marido, este no pudo evitar que su cuerpo se deshiciera. Cuando Edmund grito su placer, en un gruñido ronco junto a su oído, ella volvió a subir a las nubes.
Esta vez no hubo espinas. Ambos durmieron abrazados y satisfechos, felices y completos, sin sombras que perturbaran la luz que acababan de compartirse amaron a la luz del nuevo día, y cuando tuvieron que separarse, para asearse y vestirse, se despidieron como si alguno de ellos fuera a partir al nuevo mundo. Sus miradas y sus manos parecían incapaces de abandonar al otro. Y ambos se apresuraron para volver a encontrarse.
Tanto el conde como Redclive se miraron extrañados cuando los vieron entrar al comedor cogidos de las manos.
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