Redhouse

Lury Margud · Capítulo 5 de 16

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Redhouse

Capitulo 4

Oxford. Febrero de 1805.

AQUEL domingo se celebraba la festividad de San Blas con un pequeño almuerzo en la casa del vicario, por supuesto estaban invitadas las personas más importantes del lugar, el marqués de Surrey, su hijo, el Sr. Redclive, el terrateniente de la zona, el médico y el abogado con sus respectivas familias.

Fue la Señora Emerson, la mujer del terrateniente quien busco la compañía de Rose al conocer su estado. Después de darle todos los consejos y transmitirle toda la sabiduría que poseía como madre de cinco criaturas, terminaron hablando de la temporada que estaba a punto de comenzar en Londres.

Supongo que nos veremos durante la temporada.— le dijo la mujer.

—No estoy segura de querer vivir una nueva temporada en Londres.

Resulta agotador en condiciones normales, y en mi estado no creo que sea lo más conveniente.. Pero querida, el marqués me ha asegurado que irán.

Incluso ha sido tan amable de invitarme a su fiesta, un baile en su honor para anunciarle al mundo la noticia, eso me dijo. Si la preocupa Lady Ocam, debe olvidarla.— de repente la humillación volvió a Rose con más fuerza que nunca, pero se mantuvo impasible sonriendo a la señora Emerson, está se sintió animada a continuar con el tema. Ella ya no representa ningún peligro para usted, usted es la vizcondesa y está esperando al futuro heredero, si es niño, claro, en cualquier caso ella se pasea con su nuevo amante, parece que no le importan las habladurías.

¿Tiene un nuevo amante?— Rose había supuesto que Edmund había terminado con la condesa, incluso había fantaseado que lo hubiera hecho por ella. Si resultaba que estaba con ella porque la mujer se había buscado a otro, no le perdonaría, se dijo. Esperó con el corazón encogido.

Lord Charles Horton, la oveja negra de la familia. Un sinvergüenza, muy guapo, muy simpático, y muy rico también, pero es un libertino de la peor clase. No dejaría que se acercara a mis hijas ni aun cuando fuera el último hombre sobre la tierra.

Al día siguiente, durante la comida, el vizconde había decidido iniciar la conversación para evitar ser excluido, la última semana había consultado más manuales de matemáticas que durante sus años de universidad, todo, para entender las conversaciones entre padre e hija y poder comprobar que no estaba siendo objeto de ninguna broma de los dos.

Un día bastante apacible, a pesar del frío.— dijo.

—Así es.— contesto Redclive.

Los dos hombres la miraron, esperando que dijera alguna obviedad sobre el tiempo.

¿Es cierto que lady Ocam es ahora la amante de su primo?— miro a su marido a los ojos, tratando de adivinar por su reacción, si aquello le importaba.

La pregunta cayó como un jarro de agua helada por la espalda de ambos hombres. Redclive se sonrojó hasta la cejas.. Querida no creo que ese tema pueda ser tratado durante la comida.— dijo su padre. . ¿Debo esperar a la cena?— preguntó con ironía. . No debes tratar ese tipo de temas, nunca.— dijo el vizconde exasperado.

La conversación se vio interrumpida, Ackinson, uno de los hombres encargados de vigilar la casa, entró tras el mayordomo, y después de saludar a todos, entregó un sobre bastante abultado al vizconde.

Lo he traído en persona. Al parecer…— miró a Rose y continuó.— Es más seguro así. . Está bien.

El hombre se marchó después de rechazar la invitación de unirse al almuerzo. El vizconde se levantó de la mesa después de excusarse y se dirigió junto con su suegro al estudio a examinar el contenido del sobre.

Dentro del sobre había dos cartas lacradas. Ambas estaban codificadas, así que Redclive saco de una caja fuerte los libros de claves, y se pusieron a

la par a transcribir los mensajes. Redclive lamentó no contar con la ayuda de Rose, completar el mensaje les llevó varias horas.

La primera carta hablaba de la desaparición de Lord Peter Horton. El almirantazgo había perdido el contacto, por lo que deducían que podría haber muerto. Dado que no habían tenido noticias suyas en los últimos diez días.

La segunda carta, mencionaba a un agente francés, conocido como Polifemo, que había conseguido llegar a Londres después de haber conseguido esquivar a los agentes que lo estaban esperando en Bristol.

Polifemo, era un hombre de mediana edad, con un aspecto de profesional acomodado, y todo indicaba que podía ser escocés. El primer ministro había ordenado al marqués de Surrey y a Lord Sterling colaborar en este asunto sin reservas. Y ordenaba que se reunieran con él en Londres en dos días.

Rose vendrá con nosotros. La obligaré si es necesario, quiero que lo sepa. Redclive se encogió de hombros, un gesto que lo mismo podía significar, adelante, como, no servirá de nada.

La encontró en la sala. Estaba tomando un té a pequeños sorbos, le miro por encima de la taza cuando le vio llegar.. Nos vamos a Londres.

—¿Tú y quien más?— ella le cortó la frase, parecía estar de un humor extraño. . Todos. Incluyéndote a ti.

El se acercó a ella hasta que su calor la envolvió. Permaneció detrás de ella, como una mera presencia, ella se sintió tentada de apoyarse contra su cuerpo, pero consiguió mantenerse firme. De repente la boca de su marido estaba en su cuello, junto a su oído. Se estremeció y rezó para que él no se hubiera dado cuenta. Pero si se dio cuenta. La pasó los brazos por la cintura y la recostó contra él.

—Me gustaría que vinieras conmigo…— le dijo al oído.— ¿Es que nunca vas a perdonarme?

Dejaste muy claro lo que querías de mí. Yo llevo a tu heredero en mi vientre, ahora es cuando cada cual hace su vida. ¿No?

—Te extraño.

Intento apartarse, pero no pudo moverse dentro de su abrazo. Edmund la siguió acariciando con sus labios, mientras trataba de convencerla..

Estamos casados. Yo te deseo, y sé que tu también me deseas a mí.— le

volvió la cara con una mano para poder besarla en los labios, un roce apenas, y después un acercamiento lento y mullido hasta que aprovecho un suspiro de Rose para entrar en su boca, la fue girando poco a poco sin dejar de besarla hasta que ambos estuvieron frente a frente. Ella se aferró a su cuello sintiéndose más feliz de lo que debería, pero sus sentidos estaban despertando de su letargo y desterró cualquier pensamiento.

Ven conmigo.— volvió a rogarla, susurrándola.— Rose, por favor.

Oírle decir su nombre la desarmó, y dejo de luchar contra sí misma.

—De acuerdo. Pero…

Sin peros. Hagamos las cosas bien desde este momento, como si empezáramos hoy este matrimonio, sin pasado, sin secretos. Partieron al día siguiente para Londres y Edmund se guardó la carta de su primo, la que le entregara en Fowey en el bolsillo de la chaqueta, en casa de Redclive no hubiera tenido la intimidad necesaria para hacerlo, y tampoco el tiempo.

El conde de Carrick les estaba esperando en Londres.

Rose fue acompañada por el ama de llaves a su habitación, mientras los tres hombres se reunían en la biblioteca.. No pensamos que vendrías tan pronto.— le dijo su padre al verlo entrar. . ¿Qué es exactamente lo que está pasando?

El ministerio de la guerra se ha convertido en un avispero. El ministro no estaba muy contento de que tanto yo como Sterling actuáramos a espaldas del otro. Tu primo Peter finalmente no estaba desaparecido, sino en una misión del propio ministro. Ese muchacho tiene demasiados jefes.

Supongo que no puede evitar ser el mejor, y que todos seamos consciente de eso. Me alegra saber que se encuentra bien.— le dijo Edmund a su padre.. Esa era la buena noticia.— dijo el conde, adoptando una expresión sombría miró a Redclive.— Tienen a Virgil. No conozco a su hijo lo suficiente para saber si delatará a su propio padre, o asumirá su destino.

Virgil es fuerte, pero si han llegado hasta él, quiere decir que están cerca de mí …, de mí. Quizás sería conveniente que desapareciera una temporada, un viaje al norte. . No. No podemos correr riesgos.— dijo el conde.— Se quedará aquí, hay hombres encargados de su seguridad, la de todos nosotros. Lo que nos interesa saber, es ¿cuánto sabe Virgil de Redhouse, del código, de las informaciones que han llegado a sus manos?

Eso es algo que tendrá que contestar Lord Sterling. Después de una cena especialmente triste, Redclive le contó a su hija de la situación de su hermano, contraviniendo los deseos de su esposo y de su suegro. Rose demostró tener bastante aplomo a pesar de las lágrimas que asomaron a sus ojos, y que finalmente pudo volver a tragarse.

Rose se retiró temprano a su habitación, Edmund después de compartir una copa con su padre y su suegro, les dejó en la biblioteca, y se dirigió a la habitación donde estaría Rose seguramente llorando por el destino de su hermano. Pero la encontró dormida. Al mirarla descubrió unas ojeras que no recordaba, y una palidez que le asustó.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla, mientras la miraba dormir.

La sintió tan vulnerable, que olvidó su deseo de amarla, deseó poder consolarla con cada poro de su piel, absorbiendo el dolor hasta su propio cuerpo, se desvistió y se acostó a su lado, ella se acurrucó contra él, seguía dormida, pero esta vez entre sus brazos, que era donde debía estar.

Su calor y su aroma le hicieron olvidar sus intenciones. Al tenerla entre sus brazos, la plenitud le invadió, y comprendió dos cosas. Estaba enamorado de su mujer, y moriría por ella, por hacerla feliz.

Con caricias sensuales fue levantando el camisón, ella ronroneó dormida bajo sus caricias, mientras su mano se paseaba por su vientre y sus caderas, su boca había tomado uno de sus pechos, la sintió estremecerse, su boca fue bajando recorriendo su vientre, la recorrió con los labios desde el cuello hasta el ombligo, deteniéndose en sus pechos, donde mamaba suavemente mientras ella respondía con ansiedad a sus caricias. Se posicionó entre sus piernas, y empezó a rodar sus pezones entre sus dedos, mientras su boca dejaba un sendero de humedad en su estómago, su vientre, siguió bajando, se volvió loco con el aroma de mujer.

Enterró la cara en su entrepierna, y empezó a excitar su monte, presionando, bebiendo, succionando, lamiendo, sus manos habían abandonado sus pechos para poder maniobrar las caderas de Rose acercándola a su boca, ella se movía convulsivamente bajo sus caricias.

Dios mío, Edmund.— la oyó jadear mientras le tironeaba del pelo. El la miró por encima de su vientre, sin dejar de besar y mordisquear su objetivo, sus miradas se encontraron, la de ella estaba completamente velada por el placer, después cerró los ojos cuando su cuerpo explosionó en

fragmentos de colores. El la penetró en el momento en que ella parecía bajar de la nube. El notó alrededor de su pene las últimas contracciones.

Se quedó quieto sobre ella, sus miradas se encontraron, en aquel momento fueron uno, y ambos lo sintieron. Sus bocas se encontraron en un beso perfecto, un beso que sabia a ella, a él, a ellos.

Un beso que les abrió el apetito de más besos, el empezó a moverse despacio, les faltaba el aire así que tuvieron que renunciar a los besos por un momento, sus labios a pocos centímetros, compartiendo el aire de sus jadeos.

El empezó a moverse más rápido, ella echó la cabeza hacia atrás, dejando su cuello al descubierto, él la mordió la clavícula mientras ella le clavaba las uñas en los costados intentando detener la corriente que la llevaba sin control hacia una catarata, un abismo de oscuridad, donde se presentía la llegada del no sé qué.

El movimiento de Edmund se volvió compulsivo, y ambos danzaron juntos, desesperados, hasta que cayeron en un vuelo libre, planeando sobre ellos mismos, estremeciéndose a la par, gritando al mismo tiempo. Rose pensó que aquello había sido un no sé qué al cubo multiplicado por el último de los números primo. El círculo perfecto.

Edmund recostado de espaldas trataba de recuperar la respiración, la vida, la capacidad de pensar, mientras su corazón recuperaba el ritmo normal. Nunca en su vida había llegado tan lejos con sus sentidos ni con su corazón.

Me gustaría que durmieras conmigo.— dijo ella enterrando su cara en el cuello de su marido.

—Aunque quisiera marcharme, que no quiero.— dijo el abrazándola a su costado, dudo mucho que sea capaz de moverme. Ella se rió contra su piel, se estremeció en un placer diferente. Era la primera vez que la veía reírse, o mejor dicho, la sentía reírse, y fue un placer, casi tan grande como el que habían disfrutado.

No hubo más pensamientos, ambos se quedaron dormidos. Edmund no pudo amar a su esposa, aun cuando su cuerpo se despertó deseándola, la encontró en el vestidor luchando con las arcadas, la abrazó por la espalda y estuvo con ella hasta que llegó una bandeja con té. Después de endulzarlo hasta lo imposible, empezó a beberlo en pequeños sorbos.

¿No sería mejor que pidieras el azúcar con té?— bromeó él.

—Es lo único que me asienta el estomago.— confesó ella entre sorbo y sorbo.

Tengo cosas que hacer esta mañana, pero me gustaría que saliéramos esta tarde juntos. ¿Qué te apetecería hacer?. Podrías acompañarme a comprar algunos libros.

—¿Puedo irme tranquilo sin temor a que eches a mi hijo por tu boca?

Ella le sonrió, y a él se le paró el corazón. Como podía estar tan ciego para no haber descubierto a Rose mucho tiempo antes. Rose había tomado tres tazas de té y el malestar matutino desapareció, después de asearse volvió a su habitación, estaba a punto de llamar a la doncella para que la ayudara a vestirse cuando vio la chaqueta de Edmund.

La abrazó y trató de aspirar su aroma. Se sintió tentada de guardarla en su baúl, y conservarla como un recuerdo de aquella noche, pero supuso que al ayuda de cámara de su marido, no le gustaría, así que la dobló sobre su brazo y se disponía a llevársela a este cuando un sobre cayó al suelo.

Se inclinó a cogerlo. Sabía que no debía hacerlo, pero lo hizo. Leyó el contenido, sintiéndose culpable al descubrir que era una carta de su primo, y no de su amante, reconoció el código en el que estaba escrita la segunda parte de la carta. Como siempre la ocurría, para ella leer uno de sus códigos era como para cualquiera leer en su propio idioma. Guardó la carta en el sobre, y la volvió a colocar dentro de la chaqueta. Lo que su primo le decía a su marido, era demasiado importante, decidió que no le diría nada a nadie, ni a su propio padre. La situación de Virgil le vino a su memoria, y se sintió terriblemente desanimada.

Cuando bajó a desayunar, en la mesa del comedor estaba el conde de Carrick, se levanto para saludarla.. Te doy las gracias por hacerme abuelo, y por mantener a mi hijo en el buen camino. . Espero que todo salga bien.

Cuando nazca el bebé.— dijo el conde tratando de animarla.— Pienso regalarle un precioso poni, y a su madre le entregare las esmeraldas de la familia.

—Prefiero, con diferencia, que sean capaces de devolverme a mi hermano. . No dudes ni por un momento que lo haremos. Tu hermano estará aquí para celebrar la noticia y el nacimiento. Cada uno se dedicó a sus propios asuntos, después del desayuno, sólo que Rose no tenía asuntos

a los que dedicarse, no tenía amigas a las que visitar, y sus conocidos eran las amistades de su padre y su hermano, así que se decidió por leer algo en la biblioteca.

El mayordomo le anunció una visita, y le preguntó si recibía. Examinó la tarjeta y aunque, después de la pasada noche con su marido, estaba segura de no sentir nada por él, algo la pasó por el cuerpo al leer el nombre, Lord James Mortimer.

Puede avisar a mi suegro por favor, si está dispuesto a acompañarnos no tengo problemas en recibirle. Un minuto después, el mayordomo la anunció que ambos caballeros la esperaban en el salón de las visitas. Estaba nerviosa. Se secó las manos en la falda del vestido, y después de tranquilizarse entró en la sala. Su suegro y Lord Mortimer charlaban animadamente, se callaron al verla entrar.

Buenos días, Lady Rose Cortwind.— saludó el visitante.— Me alegra encontrarla tan bien.

—Muchas gracias. Por favor siéntense. ¿Les apetece un té?. No, sólo quería felicitarla por su matrimonio y comprobar que estaba bien. Me esperan en otra parte.— El visitante estaba nervioso, ella no pudo decidir si era por verla a ella, o por la presencia del conde.

—Muchas gracias por la felicitación.— dijo ella.

Supongo que tendremos ocasión de conversar más tranquilamente a lo largo de la temporada. Acabo de regresar de Jamaica y estoy deseando recuperar las viejas amistades.

No asistiremos a todos los eventos, dado el estado de Lady Cortwind.

Pero no dudo que la ocasión se dará. De manera sibilina y con el tono prepotente que utilizaban las clases superiores al dirigirse al resto del mundo, le dio a entender que aun cuando Rose participara en la temporada, no coincidirían en el mismo circuito social.

Un enfurecido Lord Mortimer se despidió comprendiendo el mensaje.

Rose tomó el brazo que su suegro le ofreció mientras la acompañaba de vuelta a la biblioteca, ella esperaba una pregunta que no llegó a plantearse.

—¿Tienes ropa adecuada para la temporada?— preguntó el conde.

—Sí, tengo todo un vestuario completo que me hice cuando me case, estoy casi segura que la mayoría de los vestidos me irán bien.

—Supongo que sí, aún no se te nota el embarazo.

El conde no podía evitar que una gran sonrisa apareciera en su cara cada vez que se mencionaba a su futuro nieto. Cuando Edmund regresó a la mansión, se dirigió en primer lugar al estudio para informar a su padre de la reunión con Lord Sterling. Traía una carpeta llena de los documentos que habían confiscado hacia tiempo por los hombres del Lord del alto almirantazgo. El primer ministro estaba furioso con ambas redes y había ordenado tanto a Sterling como al conde que no se escamotearan información, debiendo actuar de manera coordinada en lo sucesivo. No es necesario decir que ambos hombres se tomaron bastante mal la orden, pero ambos la obedecieron sin reservas.

Hoy tu mujer ha tenido una visita.

—¿Ah sí? ¿De quién se trata?

—Lord Mortimer.

Carrick miro a su hijo, y comprendió que no sabía nada del que había sido el pretendiente de su mujer. Le contó lo que sabía.

—Cuando Rose, se presentó en sociedad hace dos años, todo el mundo esperaba que él la propusiera matrimonio, pero se caso a toda prisa con la señorita Crouser. La cara de Edmund se convirtió en piedra, y sus rasgos se tensaron bajo su piel. . ¿Qué quería?— preguntó tratando de no mostrar lo que aquella noticia le afectaba.

Sólo saludarla. Ella no quiso recibirle si yo no estaba presente, así que decidí satisfacer mi curiosidad, y conocer al hombre. ¿Lo conoces?

—Supongo que le habré visto alguna vez, pero no lo recuerdo. ¿Qué te ha parecido?. Es un hombre apuesto, sin duda. Demasiado seguro de sí mismo, para mí gusto. Le he dejado claro que me desagrada, pero no sé si habrá entendido correctamente el mensaje.

¿Ella como reacciono?

—Estaba nerviosa y sorprendida. Al pasar junto a la biblioteca vio a su mujer leyendo. Estaba sentada sobre sus pies e inclinada sobre un enorme libro. Le sorprendió verla tan concentrada, la observó durante unos minutos, tratando de adivinar si la visita la había afectado de alguna manera,

¿Seguiría Rose enamorada del tal Mortimer?, se preguntó. Después de la noche anterior, lo dudaba, pero el sexo con su esposa siempre había sido algo magnifico, y al fin y al cabo, no sabía nada de la mujer con la que se

había casado. Estaba aprendiendo a conocerla y valorarla ahora, pero

¿seguiría ella sintiendo algo por aquel hombre? ¿Sobreviviría si ella le engañaba? El miedo y los celos le hicieron prisionero, tuvo que controlarse para no utilizar la fuerza y obligarla a confesar.

Al acercarse, ella se sobresaltó y se puso de pie. El tenía el ceño fruncido, estaba enfadado, pero ella no podía imaginar los negros pensamientos que le crecían a su marido.

¿Ocurre algo?— preguntó ella, y lo miró directamente a los ojos.

El supo en ese momento que su esposa era una mujer incapaz de mantener una mentira. O quizás, tenerla cerca y sentirla suya le hizo descartar los celos. Relajó el gesto y trató de mirar que estaba leyendo. Ella tenía el título del libro pegado a su pecho, así que sólo pudo ver la contraportada.

—¿Qué estás leyendo?— preguntó al tiempo que daba la vuelta al libro para ver el título.— Gerolano Cardano, cálculo de posibilidades.— La miró divertido. . Me temo que ese es uno de mis secretos vergonzantes. Adoro las matemáticas. . No sabía que tenías secretos vergonzantes. Lord Mortimer volvió a su pensamiento, haciendo que su tono se volviera áspero.

—Muy pocos, uno o ninguno.— dijo divertida.— ¿Y tú?. Tendríamos que diferenciar entre secreto y discreción y entre ocultar algo vergonzoso o algo vergonzante. Creo que es un tema de conversación que debemos profundizar esta tarde durante nuestro paseo.

Me parece bien, y supongo que una vez establecida la diferencia entre unos y otros, la necesidad de mantener los vergonzosos en secreto, y confesar los vergonzantes. ¿Qué opinas?

No estoy seguro de que te permita mantener ningún secreto, así que te sugiero que hagas una lista sobre todos los tuyos, y me des cuenta de todos y cada uno de ellos, para que yo pueda decidir si debo perdonarte o quizás imponerte alguna penitencia, antes del perdón.

Solo si tu llevas un recuento de tus pecadillos, también. Durante el paseo de aquella tarde, él la preguntó sobre el libro que había estado leyendo, y ella se entusiasmó explicándole algunos conceptos matemáticos, cuando llegó a los números imaginarios, decidió besarla.

Apenas una leve presión en los labios, un gesto espontáneo que hizo que ella se ruborizase hasta las orejas, y rápidamente volteara la cabeza para comprobar si alguien los había visto.

No es infrecuente que un marido bese a su mujer.— se estaba burlando de ella, pues era del todo escandaloso besarse en público, aun cuando como en aquel momento, no hubiera testigos para hacer rodar el chisme.

Durante su visita a la librería, siguió a Rose hasta las estanterías que contenían tratados de ciencias y matemáticas, después de comprobar que aquella zona estaba desierta, la abrazó y la besó.

Ella luchaba como un gato arisco, sin violencia pero revolviéndose para salir de sus brazos.

—Por favor, Edmund.— le pidió.— Esto me resulta muy embarazoso.

Alguien podría vernos

—Volvamos a casa entonces. Ella le miró y él vio en sus ojos que compartían el mismo deseo, hubiera deseado hacerla suya allí mismo, pero pensó que ella no lo gozaría, demasiados prejuicios para disfrutar del sexo en un lugar público, así que la tomó de la mano, y volvieron de nuevo al carruaje. Regresaron a casa diez minutos después de haber salido.

Saltó del carruaje y ayudo a Rose a bajar antes de que llegara el lacayo, la tomo de la mano y la condujo directamente a la habitación. Empezó a desvestirla, estaba terriblemente excitado aquello divirtió a Rose que se dejó desnudar. Después de ayudarle con la chaqueta, hizo el intento de desabotonarle la camisa, pero él no se lo permitió, se la sacó por la cabeza.

Ambas prendas quedaron precariamente colgando del respaldo de una silla.

Intento sacarse las botas, pero no podía solo. Ella sin imaginar el efecto que tenía sobre él, se giro de espaldas y tomo la bota de su marido entre sus piernas, y tiró de ella. Edmund fue incapaz de resistir la tentación de acariciar sus nalgas mientras ella estaba en aquella postura. Pensó que podría estallar allí mismo, el deseo empezaba a dolerle.

Si no me ayudas, no puedo sacar la bota.— dijo volviendo la cara para mirarlo. La sentó sobre su muslo, y la abrazo contra él. Mientras besaba su cuello, una de sus manos había alcanzado uno de sus pechos, después de mantenerlo en su mano, empezó a pasear el pulgar en círculos alrededor del pezón. Cuando este reaccionó, lo aprisiono entre sus dedos, y suavemente lo fue exprimiendo, ella jadeaba moviéndose contra su muslo.

Fue entonces cuando él buscó su boca, la besaba con ansia, mientras con la mano que tenía libre empezó a acariciar su estómago, para ir bajando por su vientre hasta encontrar el lugar más necesitado y palpitante de su cuerpo. Recorrió con sus dedos la extensión de sus labios, sin tocar allí donde ella quería, lo que la hizo mecerse contra el muslo y la mano, buscando lo que necesitaba.

Cambió entonces de postura, levantando el muslo la obligó a recostarse sobre su pecho, el cambio la mano de un pezón a otro mientras seguía con la otra negándole la satisfacción. Sus miradas se encontraron y ambos reconocieron la desesperación del deseo. Dejo entonces de jugar con ella.

La mano encontró el monte que coronaba su humedad y empezó a frotarlo, de arriba abajo, y cuando ella explotó, siguió haciéndolo en círculos consiguiendo de nuevo que volase en sus brazos.

No podía esperar más, desabotonó el pantalón, y la montó encima de su sexo, ella parecía agotada por el placer, así que cogiéndola por las caderas la enseñó a moverse, al mismo tiempo que él se lanzaba hacia arriba buscando su propia liberación.

Rose no tardó en sentirse de nuevo cabalgando las olas de sensaciones que la arrastraban hacia su destino, y apoyándose en los muslos de su marido, no necesito más guía para mecerse sobre él, se frotó, y bajó, y subió, cuando él alcanzo su placer, la apretó fuertemente contra su cuerpo, ambos estremeciéndose al mismo tiempo, vibrando piel con piel, hasta sus corazones parecían latir al mismo ritmo.

Cuando ella se levantó, volvió de nuevo a su posición inicial para quitarle las botas, el se dejó caer de espaldas sobre la cama, riéndose.

Se incorporó sobre los codos, y con el otro pie empujo las nalgas de su esposa, que gloriosamente desnuda se tambaleó hacia delante con la bota en la mano. Repitieron la operación con la otra bota. Edmund terminó de desnudarse rápidamente y cogiéndola en brazos la llevó a la cama, sus ojos se encontraron mientras que sus manos se acariciaban despacio. Como ciegos reconociéndose mutuamente.

Ella suspiró. El la sonrió.

—Me has hecho muy feliz.— dijo él.

—Tú también a mí.

Se durmieron a los pocos minutos, y cuando despertaron volvieron a amarse.

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